Capítulo 5 Un salto al pasado y la vergüenza de Taishō

Kagome miraba al demonio sentado en su mesa con una terrible sensación de ahogo. De pronto se auto diagnosticó: claustrofóbica. En cambio, Sesshōmaru, observaba el cielo nocturno a través del ventanal sin reconocerla, totalmente perdido en sus recuerdos. Después de confesar haber traicionado a su hermano, las palabras, simplemente murieron para ambos, sellando sus labios. Tal era la impresión que había causado a la Miko y tal vergüenza era la suya.

Una hora o dos, no importaba cuánto tiempo pasó, el demonio tomó asiento en la silla frente a ella; Kagome cansada de permanecer pegada a la pared donde la dejó Sesshōmaru, antes de su confesión, se sentó del otro lado. Reconociendo, al fin, las palabras del mal aliado. Guardó silencio.

Extrañamente no estaba enfrentándolo, con lloriqueos y gritos. Lo que desconcertó al demonio que ya había esperado demasiado por alguna reacción de la Miko.

—¿No preguntarás? —Sesshōmaru demandó, ya cansado de esperar que saliera de su estado de shock.

—¿Qué? No. Por supuesto que no.

Sesshōmaru miró el rostro de la Miko. Se detuvo en sus ojos azules, lo que la hizo sentirse nerviosa, su mirada era tan abrasadora. La incomodidad la molestó preguntándose «¿Por qué era tan grosero como para fijar sus penetrantes orbes dorados en ella?»

—Sé tus motivos, nada de lo que me digas podría hacerme cambiar de opinión.

—¡Explícate!

—Tú nunca has sido un amigo, un aliado contra un enemigo en común sí, pero eso es todo. Mucho menos fuiste un hermano. Así que, preguntarte sobre tus motivaciones, no valdría de nada.

—¿Qué te hace creer eso?

—¡No hay sorpresa en tus acciones, Sesshōmaru! Simplemente, fuiste tú mismo. Un primogénito, heredero orgulloso de su sangre y posición; presuntuoso y caprichoso, señor de un pedazo de tierra que en realidad no le pertenecía. Porque ese trozo de tierra ya existía antes que la vida misma en ella. Y así como Inu no Taishō, no te llevarás nada, cuando mueras. Solo que, a ti, el despojo, te llegó en vida y no en la muerte.

»Eres un ser egoísta que, en nuestro presente, ¡no le ha quedado nada! Ni un sirviente complaciente o un niño enajenado. Sin nombre, ni legado, dime ¿qué es lo que has hecho tan notable para ser recordado? ¿Qué crees que puede esperar un patético y humilde ser humano, de un demonio sin honor?

—¿Te atreves a decir que este Sesshōmaru no tiene Honor?

A pesar de la mirada fría y de la presión que el señor demonio ejercía en su mandíbula ella continuó:

—Me atrevo a decir que un demonio que miente y utiliza maniobras deshonestas, para conseguir la única herencia del hijo bastardo de su padre le ha dejado, siendo que lo ha tenido todo en su vida… ¡No tiene honor!

Sesshōmaru se levantó y arrojó a la pared la mesa que lo separaba de la Miko, haciéndola pedazos. Tomó a la mujer de los hombros enterrando sus garras en la carne blanda de sus brazos, ella no se inmutó, la adrenalina la tenía atrapada en una ira profunda que la inhibía del dolor.

—Me juzgas tan fácilmente Miko que has olvidado las vagas ocasiones que éste Sesshōmaru te ha salvado, o a tus amigos, ni que decir de ese al que pones ante mis ojos como un mártir, sin darte cuenta que tal vez, el que lo ha tenido todo siempre fue él. ¿Te lo has preguntado, Kagome?

—Tal vez él ha hecho más para merecerlo.

Sesshōmaru la soltó dejándola caer en la silla de nuevo. Por la posición, ella debería sentirse pequeña, pero la verdad era que no sentía temor ante el demonio; solo pensaba que hubo una vez que creyó qué podría ser alguien mejor.

—¿Fue la espada de nuevo? ¿Ella no te sirvió y ahora después de siglos te has dado cuenta de que no valió la pena? ¿Me has confesado que lo traicionaste buscando el perdón que Inuyasha no puede darte?

—Te equivocas Miko, este Sesshōmaru no se arrepiente de sus actos.

En los ojos del demonio no había arrepentimiento, ni dolor por la muerte de su hermano.

—¿Qué es lo que quieres de mí?

Sesshōmaru caminó hacia el ventanal que había estado observando demasiado en su conversación ignorando a la Miko.

—No puedes dármelo. Al menos, no ahora.

—Entonces nada tienes que hacer aquí.

Él se giró para encontrar a la mujer de pie, alejada y con la ira marcada en su rostro; sus manos temblaban, pero no de miedo sino de impotencia. Creía entenderla, le dijo que vio morir a su amante. Inuyasha tomó la mala decisión de salvarlo a pesar de saber que era una misión suicida. Peor aún, con el conocimiento de que salvaba al hombre que había intentado arrebatarle la felicidad.

Kagome, también fue suya o lo será y le carcomían los celos de pensar que, en este momento de su vida, el amor que siente por su medio hermano es ciego y leal. Le inquietaba que nunca lo viera mejor, ni que sintiera más por él, que una atracción delirante por la oscuridad, así como él, alguna vez se sintió hechizado por su luz, su sangre y fuego en el corazón. realmente nunca estuvo seguro de los sentimientos que ella sentía por él. ¿Lo amó alguna vez?

Temía que le preguntara sobre la noche de Inuyasha. Sin embargo, estaba ahí para responder. Tiempo atrás, entendió, que no debía mentirle si quería su corazón; hace mucho que las mentiras y los juegos sucios y deshonestos estaban debajo de él.

—Te ordeno que…

—Calla Miko, los conjuros no funcionan en mí. No lo hicieron hace quinientos años, no lo harán ahora.

Kagome quería estar sola y llorar, porque no sabía si podría alcanzar a Inuyasha antes de que pasaran los acontecimientos con Sesshōmaru.

—Sesshōmaru por favor solo… Vete, por favor.

No podía irse, todavía no. Tanto tiempo esperando, asechando en las sombras. Mirándola hacer…

—¿Continuarás llorando por el mestizo?

—¡Eso no te incumbe!

¡Sí, sí le importaba! Quería gritarle a la maldita mujer. Ella se había prometido a él, y detestaba su desprecio tanto como en un principio. Tenía que recordarse, constantemente, que esta no era la mujer que él había estado esperando.

—¿Por qué has escrito estupideces sobre este Sesshōmaru?

Sesshōmaru le arrojó la nota que había perdido en su altercado con el demonio serpiente. Ella la tomó y la desdobló intentando estirar inútilmente las arrugas del papel.

—Trabajo en una revista y recibí una carta que hablaba sobre un extraño violinista. No tenía idea de que eras tú.

—Deshazlo.

—Escribiré una nota que hable sobre el «muy humano» violinista que perdió a su familia en un trágico accidente y su alma «sensible» nunca pudo reponerse. ¿Le parece correcto, Señor Sesshōmaru?

Era cierto él nunca pudo reponerse de la pérdida de su compañera y de todos los demás, se había quedado completamente solo de un día a otro.

—¡Has lo que quieras!

Kagome lo vio salir sin decir adiós, fue tan rápido que la mareó, insegura de si, él, realmente había saltado de nuevo por la ventana. Miró a fuera. La calle estaba vacía.

Un grito atronador se escuchó a lo lejos provocándole un escalofrío en la espalda. ¿Acaso el demonio había matado a alguien? Kagome esperaba que fuera el demonio serpiente. Era lo menos que ese cínico podía hacer por ella.

Kagome lo decidió en ese momento, ella volvería a la era feudal y lograría llegar a Inuyasha antes de que Sesshōmaru cometiera la traición. Si tan solo supiera qué fue eso tan atroz que provocó la muerte de Inuyasha. Aunque él había negado haberlo matado por su mano, si fue el causante de ella.

«¡Maldito demonio! ¡Mil veces maldito!»

Kagome tomó un bolso lo suficientemente grande para guardar un cambio de ropa, algo de comida instantánea y sus objetos de limpieza personal. Sintió un hueco en el estómago al comenzar a escribir una nota a su viejo amigo Hideo. No quería mentirle, pero sabía que la buscaría hasta por debajo de las piedras al notar su desaparición. Salió de su departamento a la una de la mañana sin mirar atrás.

La noche era fría, la nieve le congelaba las extremidades, pero aun así nada la detendría para llegar al pasado.

El Santuario, en invierno le gustaba más que en cualquier otra época del año; por eso, a pesar de la escasa luz de las lámparas que colocó, el año pasado junto con su abuelo y hermano, grabó la imagen en su corazón. Por si el pozo se cerraba nuevamente. Tantos recuerdos de su familia, de su amoroso padre fallecido y de Inuyasha. ¡Oh! ¡Cuánto lo extrañaba!

Kagome dejó una nota a su madre pegada a la puerta con la frase:

«Perdón mamá».

No quería despertarla y decirle que lo intentaría una vez más. Saltar por el pozo para llegar al pasado. Y posteriormente, llorar como una cría, porque no lo logró. Ella prometió no intentarlo de nuevo, luego de su intento de suicidio. Su madre, hecha un mar de lágrimas, la hizo prometérselo.

«¡Maldita sea! Nada me salía bien en ese tiempo».

Kagome rezaba porque esta vez tuviera éxito, amaba a Inuyasha perdidamente, jamás lo superó. Ella había estado viviendo todo el tiempo del otro lado del espejo. Mirando la vida pasar, sintiéndose tan sola, aun con gente a su alrededor. Profanó su cuerpo por rebeldía y no dio nada por amor. Al único hombre que dio un poco cariño, fue al ingrato ladrón. ¿Y de qué le sirvió? Él nunca podría dejar el juego y ella era un bonito y joven pretexto para no recaer de nuevo en el vicio. Aunque su sangre ardiera por jugar, cada noche la tomaba, solamente el sexo lo ayudaba a nublar su mente y así evitar correr hacia el casino más cercano. Kagome jugó el papel de puerto seguro y él era su cambia nombres, al que le gustaba llamar: Inuyasha. ¿Cuántas veces invocó a su amante perdido, mientras que el jugador la elevaba a la cima? Tal vez, Kagome fue la villana en esa historia.

Kagome, quería gritar «lo siento» a todos los que había decepcionado. Luego se calmó y se permitió ser egoísta y no pensar en nadie más que en su propio corazón herido y solitario. Se dirigió a la casa del pozo y abrió las puertas. Recordó a su madre diciendo que algo pasaba con él y era cierto; podía sentir la extraña magia revoloteando a su alrededor. Y supo entonces, que esta vez no fallaría, iba a volver. Su estómago se comprimió de emoción. Ella soltó un gemido de alegría, mientras se limpiaba las lágrimas de sus ojos y caminaba hacia el pozo.

—¡Kagome!

Escuchó la voz de su madre detrás de ella. No se giró porque si lo hacía dudaría y no podría marcharse. No le respondió. No hizo falta, en realidad. La señora Higurashi, sabía que la había perdido hace mucho tiempo. Tal vez, desde el día en que había caído accidentalmente por el pozo aquella primera vez que viajó al pasado.

—Se feliz… —dijo su madre.

Kagome simplemente asintió y saltó por el pozo en busca de Inuyasha.

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Sesshōmaru sacudió las garras llenas de sangre antes de salir del callejón oscuro. No pretendía regresar al departamento de esa mujer horrenda que, una vez, hacía mucho tiempo lo había vuelto loco con su indiferencia; y el pensar que estaba a punto de saltar al pasado y no precisamente a sus brazos, lo agitaba.

Tantas cosas vividas… La odiaba, la amaba, porque solo ella tenía la oportunidad de cambiar el futuro o tal vez, no lo haría. Quizás, Kagome, estuvo desde el principio destinada a provocar la discordia entre hermanos y acabar con su especie.

Nunca creyó odiar a alguien tanto como lo hizo con su padre. Que lo despreció y humilló eligiendo a Inuyasha en lugar de a él. Pero Kagome, rivalizaba con ese odio, con ese amor y deseo por ser reconocido por lo que es y, ¿quién es él?

El hijo que quería seguir los pasos de su padre, eso que él le había mostrado. Al que admiraba con una profunda adoración por quien era, un líder único, un señor justo, un padre ejemplar y un esposo honorable. Cuando era joven, Sesshomaru, ansiaba superarlo. No por el poder, sino para demostrar que era digno de ocupar el puesto de un Gran Señor Demonio. Al héroe que se jactaba de una inmensa bondad hacia sus súbditos y su familia. Y luego, llegó la mujer humana, Izayoi. Entonces el héroe se convirtió en villano, traicionó a su compañera y a su hijo primogénito dejándolos en segundo lugar, para correr al lado de su amante y su bastardo.

Si él no hubiera muerto, posiblemente ahora lo entendería. Era su sangre después de todo. La misma que le impidió en innumerables ocasiones acabar con la vida de Inuyasha. Pero el padre hizo más que eso. Murió robándole la oportunidad de demostrarse a sí mismo y a él, que merecía su herencia, como su único heredero.

La otra falta que Inu no Taishō cometió, fue dejar el valioso colmillo a su hermano y no a su primogénito como lo marcaba la costumbre. Lo despreció, tres veces, en una sola noche le arrebató todo. Cuando no hizo nada más que agradarlo o ¿acaso nunca lo hizo, y su padre no tuvo realmente el valor para decírselo? Desde seguir el entrenamiento para ser un perfecto asesino, hasta sus propias enseñanzas y consejos, aprendió de su sabiduría. Marcó en su mente y corazón el código de honor de un guerrero y líder; y lo siguió cada día de su vida, aunque su padre hubiese fallado en lo principal. La lealtad. Todavía así le tuvo respeto.

Hasta que ella regresó, entonces también traicionó a su familia; pero Inuyasha merecía su propia dosis de traición. No podía seguir ganando mientras que él perdía, una y otra vez.

La falta que cometió Inu No Taishō a su madre no le correspondía juzgarla. Aunque también eso significara no estar satisfecho con su primogénito; morir por su bastardo era comprensible para otros y no tanto para él que, le arrebató su derecho de reto. Al final, lo aceptó y hasta cuidó del… insolente pedazo de vergüenza.

Nadie fue capaz de comprender que nunca fue la espada, ni su poder… fue la falta de confianza de su padre. Para haber sido un demonio sabio, dejó mucho que desear esa noche. Sesshōmaru hubiese comprendido tarde o temprano que, Inuyasha, la necesitaba para no perderse en su lado demoniaco. Siempre tuvo claro que el Hanyō no tenía el poder para proteger a los suyos. Acaso, ¿no desistió de arrebatarle la reliquia? ¿No hasta le mostró como utilizarla? ¡Maldito mestizo no la merecía!, su padre no le confió la tarea de ceder en su nombre la espada. ¡Y cómo dolía! Si hubiera confiado en él…

Su padre fue cruel, pero Kagome fue mucho peor…

Sesshōmaru llegó a la librería donde encargaba su violín, tonta Miko, no había podido ver que la anciana era un demonio. Ella le abrió la puerta como la había hecho después de la segunda guerra mundial.

Le entregó el instrumento a su señor. Sesshōmaru se dio la vuelta sin una palabra, no eran necesarias en realidad. Caminó rumbo a su lugar preferido para tocar frente a Masao o mejor conocido como Totosai. No le importaba que apenas estuviera amaneciendo; Sesshōmaru consideraba el día especial. Valía la pena aventurarse a romper la rutina. ¿Cuánto había esperado este momento? Al fin después de siglos el pasado y el futuro comenzaban a entrelazarse de nuevo y está vez esperaba tener la oportunidad de ver el final y no quedarse en el limbo de promesas rotas, pasiones reprimidas y mentiras piadosas.

Los rayos del sol comenzaban a iluminar las calles frías. El demonio sacudió la nieve de sus hombros, la gente comenzaba a verse apurada intentando llegar a sus destinos. Totosai, llegó más tarde de lo habitual y sin sorprenderse echó una ojeada al hijo de su antiguo señor.

—Has llegado temprano, Sesshōmaru. ¿La Miko te tiró de la cama o te rechazó de nuevo por el recuerdo de tu hermano?

—¿Es tu deseo morir? —preguntó.

—Ella se enojaría mucho si pierde a su informante número uno. Además, solo quería distraerte. Hoy es el día, ¿cierto?

Sesshōmaru ignoró al demonio herrero ahora creador de Mochis. Tomó su violín en posición y comenzó a tocar su instrumento acariciando la idea de volver a ser el demonio que fue alguna vez, y porque se sentía de ánimo, Lacrimosa, fue la interpretación inicial de ese día tan especial.