Capítulo 6 Odio

Kagome arrojó su bolso fuera del pozo, el cielo nocturno de la era feudal le dio la fría bienvenida. Aunque no estaba nevando en ese momento, el aire del invierno calaba en sus huesos. Kagome respiró el aire puro, sin contaminantes de fábricas que, absorbían la naturaleza como depredadores, sin el aroma a tecnología.

El manto de la noche, era otra visión, las estrellas, esos hermosos puntos luminosos tan visibles ahora, que no podía creer que el ser humano del futuro fuese tan ciego e inconsciente de la naturaleza que lo rodeaba. De su belleza.

Sin importarle y sin todavía estar segura de que no era un sueño, se quitó los botines, los calcetines y colocó los pies en la nieve.

«¡Al diablo con los resfriados!», pensó.

Al percatarse de que en verdad no estaba dormida o muerta, vistió de nuevo sus pies y comenzó con su antigua caminata a la aldea de Kaede. Tan absorta estaba en la belleza de los sonidos de la noche, que no se había dado cuenta de que no estaba sola en el claro.

Inuyasha sintió un tirón en el estómago que lo hizo despertarse, salió de la choza que compartía con un niño zorro, y olió el aire en un intento de localizar el aroma de lo que lo despertó. Demasiado lejos, apenas y percibió un cambio en el ambiente; sin embargo, lo suficiente bien conocido que no hizo falta saber de dónde venía la turbulencia de sus nervios.

Corrió porque tal vez no era un sueño o una falsa alarma; y si realmente el pozo había comenzado a funcionar y podía saltar sobre el… volvería, él podría ir y no iba a desperdiciar la oportunidad con estúpidas dudas, no iba a detenerse a pensar en miles de posibilidades que lo alejaran de ella.

¿Qué si ya no eran los mismos niños de antaño?

¿Qué si había alguien más ahora en su vida o en su corazón?

La amaba. Sí. Amaba a Kagome Higurashi.

No por ser una supuesta reencarnación de Kikyo, o por ser la Miko de Shikon.

La amaba porque selló su destino a él cuando sacó la flecha que lo mantenía atrapado.

La amaba porque era noble, leal, valiente y lo aceptaba por lo que es.

—¡Oh Kagome! Tú me enseñaste a vivir.

Kagome era vida en todos los sentidos, tan llena de alegría y pasión. Sí. Cuando la conoció era una niña, pero sabía en qué se convertiría.

Tiempo. Justo en el preciso momento en que había tomado la decisión de sobrevivir hasta su época para poder verla… ¿Hubiese podido? ¿Quién sabe? Afortunadamente ella lo contaminó con su fuerza de voluntad que, ahora nada lo detendría. Si ya existía otro hombre en su vida, no le importaba, tomaría lo que le pudiera dar, amistad. Si eso era lo que había para él, lo aceptaría, porque la amaba y no tenía derecho a reclamarla. ¡Cuánto se arrepentía! Sentimientos ocultos, inseguridades, indecisiones.

«¡Maldita sea! ¡No te dejaré escapar esta vez Kagome!»

Ella le pertenecía, él le pertenecía; estaban unidos por el destino, por el amor, por la magia de un pozo y por una flecha.

Cuando llegó al prado y la vio… su corazón medio humano y medio demonio latía con una fuerza abrumadora, podía escuchar el agitado golpeteo, del humano corazón de la mujer a metros de él. Ella era bella, nada igual a Kikio; y eso estaba bien porque Kagome no era la fallecida sacerdotisa. Kagome era simplemente Kagome una estrella nacida en otro tiempo. Joven y hermosa. Su largo cabello grueso y un poco ondulado acariciaba sus mejillas, ¡él quería ser su cabello! Había crecido y ahora sus curvas estaban mejor definidas y su aroma exótico era más penetrante y llamativo. Apostaba que todavía atraía problemas.

Inuyasha la vio mirar el cielo, como si lo viera por primera vez y lo comprendía, porqué lo hacía, su época era triste y sin color. ¡Horrible! Y luego se descalzó, una sonrisa que dejó a la luz un colmillo, se formó en su rostro. La amaba con locura. Cuando ella comenzó a avanzar con un nuevo bolso al hombro supo que era el momento de atrapar a la bella moza y no dejarla ir jamás…

Desde otra distancia más alejada en la rama de un árbol otros ojos dorados observaban a una Miko aparecer en el claro, un poco sorprendido de no haberla visto venir, ¿se había vuelto más fuerte?

—Así que ha vuelto… —murmuró.

Sesshōmaru, al oler a su hermano, supo que no quería quedarse a verlo copular con la humana. Así que se dejó caer con gracia del árbol y se dispuso a marcharse muy lejos del lugar.

Kagome levantó la vista al sentir un cosquilleo en su columna vertebral, sus poderes de Miko volvían con una fuerza sorprendente. Al localizar la fuente, no hubo temor en su corazón, porque el aura que había sentido era de…

—¡Inuyasha! —susurró.

Estaba de pie a lo lejos observándola, sus ojos cubiertos por su flequillo y una sonrisa en los labios; sus manos en puños en sus costados y las de ella también. Corrió hacia Inuyasha y cuando se detuvo a metros de él. Inuyasha levantó la cabeza para mirarla con sus ojos tintados en un rojo demoniaco. No llevaba consigo su herencia, pero ella tenía confianza en él y sabía que jamás le haría daño.

—Inuyasha… —reiteró, para recibir como respuesta que él la atrajera hacia su cuerpo en un abrazo colocando su nariz en el cuello de la mujer.

Sesshōmaru sintió algo extraño en el aire. Aspiró el viento que acariciaba sus cabellos plateados, para encontrar su propio aroma con otros más entre mezclados con el de la sacerdotisa; como si la hubiera visto unas horas atrás. Por supuesto, ¡era imposible!, porque estaba seguro de no haberse topado con ella. Giró su cuerpo para observar de nuevo a la pareja que se reencontraba y las preguntas asecharon su mente. Ladeó un poco la cabeza como si el demonio intentará comprender, lo que su aroma en ella significaba.

Inuyasha sujetaba a la mujer con fuerza, no le importaba nada excepto que ahora estaba con él. Atrapada entre sus brazos, la deseaba y la manera en que ella también le devolvía el abrazo y sollozaba hablando un montón de incoherencias le hacía saber que, Kagome, había anhelado el momento tanto como él. Sus ojos rojos y la elevación de su sangre demoniaca, solo era el reflejo del deseo de su corazón.

Kagome elevó su mirada en busca de los ojos carmesí de Inuyasha, no le temía, jamás podría hacerlo, lo amaba y lo conocía lo suficiente para creer en él ciegamente. Él soltó un gruñido que le erizó la piel, el preámbulo de lo que ambos deseaban.

Kagome soltó una risita y, luego se atrevió a ponerse de puntas sobre sus delicados dedos de los pies y así recargar su frente en la del mestizo, ambos cerraron los ojos tan solo disfrutando de su cercanía, no había necesidad de palabras; sus corazones entendían.

—Inuyasha yo…

—¡Mía!

La bestia hibrida de Inuyasha había hablado, él la quería. Sin más preámbulo la arrojó al piso atrapándola con su cuerpo; y con gruñidos, su boca selló la de Kagome con un feroz apasionamiento. Arrastrándose entre sus piernas golpeando su miembro con el centro tibio de su amante, en una necesidad desenfrenada dejándolo con el único deseo de enterrarse en ella una y otra vez.

La ropa se lo impedía.

Kagome no temía a los instintos de Inuyasha. Si ella hubiera sido una niña, nunca perdonaría el trato; seguro se espantaría. Pero era una mujer y comprendía la necesidad de su compañero, porque compartía la misma hambre por unirse a él, en cuerpo y alma.

Con brutalidad arrancó la ropa de su mujer, el aroma a sangre fue lo único que detuvo a Inuyasha antes de enterrarse en ella, su respiración era agitada y sus ojos permanecían cerrados intentando recuperar la cordura, Kagome, sangraba y en el fondo de su corazón escuchaba a su mente humana gritar que se detuviera, que le hacía daño.

Unos cálidos labios se apoderaron de su boca en un tierno beso. Fue todo lo que necesitó para perder la poca razón que le quedaba.

Inuyasha tomó a Kagome de las caderas y se enterró sin consideración dominado por su Bestia. A ella no le importaba el dolor cuya brutalidad le ocasionaba, estaba deseosa por sentirlo. Tanto tiempo deseando el momento y soñando con ser su mujer. Ya no era una niña y reconocía su urgencia. No necesitaba palabras dulces ni promesas tontas. Kagome se consideraba una mujer de acción, sabía que si él estaba actuando era porque ya habían superado la fase de los sonrojos, las frases evasivas, reconocieron el tiempo mal gastado con medias verdades; falta de honestidad con sus corazones y con ellos mismos. Ambos se amaban, Kikyo ya no estaba, ya eran mayores, y nada los detenía. ¡Al diablo el tiempo y el pozo y más tonterías!

Calor, reconfortaba su miembro. Fuego abrazador, lo consumía por dentro; solo tenía algo en mente y era la palabra «¡Mía!». Las caderas de Kagome comenzaron a moverse instigándolo a complacerla, «Sí» era lo que deseaba. Inuyasha comenzó a marcar el ritmo, mientras enterraba un poco más sus filosas garras en la piel de sus costados; el aroma a sangre, lo excitaba y llamaba a su bestia para marcarla. Kagome, enredó las piernas en la cintura de su amante, deseando tenerlo más cerca. Alcanzó su cuello para atraerlo a un beso apasionado.

Mordió sus labios sin medir las consecuencias, él también la castigó de esa manera, pero sus colmillos todavía más filosos rompieron su labio inferior. Él se colocó de rodillas soltándola para girarla y tomarla de espaldas. Teniendo acceso a su centro con su posición sumisa, se complació. Ella ladeó su cuello cuando él se acercó para morder su oreja. Complacido por su confianza y aceptación, y mientras se enterraba en ella sin miramientos tan fuerte como el cuerpo humano de su mujer se lo permitía, la marcó.

El placer fue mutuo y ella podía percibir el cambio, le pertenecía total e irremediablemente. Nunca fue más dichosa y nunca fue más consciente del verdadero ser de Inuyasha, él era un demonio, una bestia y nunca podrá vivir sin él. Si al contaminar su cuerpo, entregándose a un medio demonio se convertía en una Miko oscura, entonces bienvenida sea esa oscuridad…

Del otro lado del claro un Daiyokai, observaba el intercambio con una mirada ilegible. Se dio la vuelta cuando el aroma de la sangre de la Miko llegó a él.

—¡Qué pedazo de vergüenza eres, Inuyasha!

Kagome, miraba al pequeño zorro comer, mientras permanecía sentado en su regazo. ¡Lo había extrañado! Y por eso, de vez en cuando depositaba un beso en su cabecita pelirroja. Él seguía siendo su hijo sin importar cuánto tiempo estuvo alejada de él.

Al llegar a la choza, antes del amanecer, su olor despertó al pequeño zorro. Al verla, corrió hacia la humana que amaba y se abrazó a sus piernas con una vehemencia que rompió el corazón de Kagome. Ella lo apretó de vuelta y arrulló al niño hasta que nuevamente se quedó dormido. Inuyasha la ayudó a levantarse con el chico todavía en brazos; luego, hizo a un lado las mantas para cuya mujer y su hijo pudieran recostarse con él en el futón. Inuyasha la estrechó fuertemente por detrás, mientras que enterraba su rostro en el cabello de su nuca ahogándose en el aroma femenino.

Kagome estaba tan cansada que sucumbió al sueño de inmediato e Inuyasha, también durmió con ellos hasta el mediodía. Su brazo sujetando fuertemente a su pequeña familia y atrayéndolos más a su cuerpo.

Más tarde, Inuyasha observaba a su mujer impartir caricias al Kit, se veía serena y hermosa. Con dulzura y amor, le recitaba canciones tontas del futuro que lo hacían escupir su comida de vez en cuando, mientras se carcajeaba; provocando las burlas de Inuyasha. En secreto un sentimiento comenzó a nacer en el corazón del medio demonio. Quería preñarla y contemplar su vientre redondeado con su hijo en camino. ¡Su hijo! ¡Quería ser padre!

La mirada intensa que su compañero le estaba dando la hizo sonrojar; aun así, no dejó de mirarlo a los ojos. Inuyasha se distrajo al percibir una energía fuerte e inquietante. Kagome lo vio abandonar su cómoda postura para ponerse de pie y olisquear el ambiente; ella no pudo detectar nada. Pero las acciones de Inuyasha, le hizo suponer que él sí lo hacía.

—¿Sucede algo malo, Inuyasha?

—No. Es solo el imbécil que viene a ver a Rin.

—¿Sesshōmaru?

—Sí. ¡Ya vuelvo!

Kagome saltó de su lugar tomando una de sus mangas para detenerlo. —¡Espera Inuyasha!

—¿Qué pasa Kagome?

—Es que… me preguntaba si ustedes dos… ¿van a pelear?

—Por supuesto que no. Sesshōmaru, bueno él ha puesto a Kaede a cargo de Rin. Desde entonces «gozamos» de sus constantes visitas. Aunque, en ocasiones chocamos espadas, él de alguna manera nos ha reconocido como parte de su manada. ¡Ven conmigo y te explicaré!

Inuyasha tomó la mano de Kagome conduciéndola fuera de la choza rumbo al bosque donde Sesshōmaru se encontraba con Rin.

—Entonces, ¿ahora juegan a los hermanos por siempre? —Kagome preguntó cuando se alejaban de la aldea. Su rostro mostraba una sonrisa burlona.

—Tonta, no es para tanto. En realidad, es más como si él nos tuviera cierto respeto. Por nuestra lucha contra Naraku. Y nos reconoció como honorables dignos de su confianza ya que la mocosa vive en la aldea. Kaede dijo que era muy joven y que necesitaba convivir con humanos o algo así.

»El idiota lo aceptó, solo después de que la mocosa se enfermara y el sapo no pudiera hacer nada con sus hierbas. Un par de años más tarde, unos saqueadores intentaron atacar la aldea y desafortunadamente para ellos, Miroku y yo estábamos en la zona.

» Venían con un grupo de Yōkai, querían comenzar una invasión a las tierras del Oeste. El bastardo se enteró y buscó al ejército que aguardaba en la frontera de sus tierras esperando la señal de los otros. Los destrozó con su látigo. ¡Débiles idiotas! Sesshōmaru envió las cabezas de esos imbéciles a su Señor. Al soplón le deshizo las piernas y los brazos con su veneno. Todavía lo mantiene con vida en su castillo, no le permite morir.

—¡Vaya! Siempre tan sutil. ¿Estuviste a su lado?

—Sí, Miroku y yo lo acompañamos… Fue cuando me di cuenta de que él nunca quiso matarme en realidad. Fue un fuerte golpe a mi ego, ¿sabes?

—Así que ahora protege está aldea.

—Más que eso. Es parte de su territorio y por lo tanto somos manada.

—¿A ti y a Miroku?

—Tonta… Al grupo completo y hasta a la vieja. La hubieras visto estaba sonrojada, como una quinceañera cuando él le dijo que ahora le pertenecía y por lo tanto le debía obediencia. Está nada secretamente enamorada de él.

—¡No! ¿De verdad?

—Ya lo veras cuando mencionemos su visita.

—Y tú… ¿estás bien con eso?

—¿A quién le importa?

Kagome no encontró rencor ni envidia en la mirada de Inuyasha, más bien parecía contento de al fin, pertenecer a la familia de su padre.

—Entonces si ahora no luchan, ¿qué hacen? ¿Te muerde la oreja?

Inuyasha paró su caminata para mirarla a los ojos, sorprendido de sus palabras. Ella se mantuvo lo más seria que pudo.

—¡Señorita Kagome!

La había saludado una hermosa joven de cabellos largos y negros que vestía un fino Kimono. Sus hermosos ojos y la sonrisa inocente le dijeron su nombre.

—¡Rin! ¡Qué hermosa estás!

Rin sonrió con esa dulzura e ingenuidad que la caracterizaba, Kagome no había mentido al llamarla hermosa. Cuando miró a su lado vio al Daiyokai en toda su gloria, frio y sin un atisbo de emociones, tan distinto a su yo futuro. El otro, a pesar de conservar la belleza etérea, le faltaba la soberbia que le sobraba a este demonio.

Cuando sus ojos se toparon reconociéndola al fin, ya que él había estado teniendo una silenciosa conversación de miradas agudas con Inuyasha, sus iris dorados, la recorrieron, la mueca asqueada de Sesshōmaru la hizo sentir insegura y poca cosa. «¿Cómo se atreve?», pensó. Miró a su compañero esperando a que la defendiera, pero él solo mantenía la cabeza baja manteniendo sumisión.

Ella regresó su mirada al demonio mayor, luego a Rin quien también estaba mirando el piso, muy sonrojada.

—Se puede saber, ¿por qué me miras así?

Solo le bastó al demonio un instante para divisar las marcas de la moza provocadas por el ataque del mestizo. Era imposible que ninguno se diera cuenta de que Inuyasha era un híbrido, que podía perder el control de su lado demoniaco en cualquier momento y matarla durante la cópula. Aun así, ambos necios se aferraban. Estaba un poco sorprendido de encontrarla con vida, muy golpeada y mallugada, pero viva. Sesshōmaru, le dio la espalda al grupo ignorando la pregunta de tonta humana e iniciando su partida.

Kagome, simplemente no podía creer que fuera rechazada por el maldito demonio engreído. Le había dolido, porque era evidente que ahora Inuyasha estaba doblegado por su hermano. Y de alguna manera Inuyasha esperaba su aprobación y reconocimiento, como parte de la manada que habían formado en su ausencia. Aunque no le sorprendió, tal vez ella iba a arruinar sus planes para deshacerse de Inuyasha después de todo y lo presentía. Pero, eso no evitó que irá la invadiera.

«¿Quién se creía?», se preguntó.

—Para ser un Gran Señor de los Demonios, no eres más que un ser despreciable sin educación.

Dos jadeos se escucharon antes de que Sesshōmaru detuviera su paso, los pájaros dejaron de cantar al sentir la temperatura bajar. Él, giró un poco la cabeza solo para mirarla de reojo con una ceja levantada. Los dedos de su mano, fueron flexionados al comenzar a escurrir su veneno. Kagome sabía que se había excedido, pero ella no tendría respeto por un traidor que no se arrepentiría nunca de sus actos. No se inmutó. Lo despreciaba con todo su corazón.

—Rin, lleva a Kagome de vuelta a la aldea —ordenó Inuyasha, preocupado.

—¡No!

—¡Kagome, ahora no! ―ordenó nuevamente Inuyasha.

—¿Ahora no, Inuyasha? ¿De verdad estoy hablando con el Inuyasha que conocí hace diez años?

—Kagome…

—¡Kagome nada! Si a ti no te importa que alguien mire a tu mujer peor que a la escoria entonces…

—¡Suficiente! —La voz de Sesshōmaru fue autoritaria y no aceptaba más reclamos—. Miko, no faltaras a este Sesshōmaru y no volverás a dirigirte a mi persona.

De nuevo Sesshōmaru estaba por marcharse, pero Kagome no podía contener su furia, ella lo odiaba, como nunca había odiado en su vida. Ese demonio era peor que Naraku, fingiendo ser un Alpha, un líder honorable cuando en realidad era la mierda traidora.

—¡Púdrete bastardo!

Todo pasó demasiado rápido, Sesshōmaru se dio la vuelta, sus ojos carmesíes la fulminaron y sus colmillos se mostraron junto a su rostro deformado por la bestia queriendo salir y tomar la vida de su ofensora. Inuyasha se colocó frente a Kagome gruñendo mostrando sus colmillos también, pero el demonio no desgastó su tiempo ni se detuvo, la moza tenía que ser reprendida por su insolencia. Con su látigo envió a volar a Inuyasha hacia un árbol, el mestizo quedó inconsciente.

El aire de sus pulmones desapareció cuando su espalda tocó tierra, el peso del demonio maldito la tenía atrapada y su garganta estaba siendo cerrada por una mano con garras. No podía respirar, su vista comenzaba a nublarse por la falta de oxígeno y el demonio parecía no tener suficiente. La voz oscura del Señor del Oeste se grabó en su mente.

—Otros han muerto por menos Miko. No tientes a tu suerte. Ahora te someterás…

Él soltó el agarre en su garganta permitiendo que respirara. Pero Kagome no estaba dispuesta a doblegarse a un perro odioso y maldito. Todavía imposibilitada para hablar por la tos y una garganta severamente lastimada levantó una mano y le señaló el dedo medio.

Sesshōmaru gruñó y levantó la mano para enterrar sus garras en el corazón de la asquerosa humana, pero…

—¡Señor Sesshōmaru! ¡No, por favor!

Rin cayó de rodillas con la cabeza pegada al piso, llorando y suplicando perdón. Kagome no podía comprender por qué la pequeña mujercita lo hacía. El demonio empezó a volver en sí, pero cuando Kagome dejó de mirar a Rin para observar al demonio todavía sobre ella, mirándola con los ojos llenos de puro odio, la neblina de insolencia que nubló su sentido común, comenzó a dispersarse.

Sesshōmaru, lentamente acercó su rostro al de Kagome para luego acercar sus labios a su oído. A este punto, la realidad cayó como un balde de agua fría en Kagome. Ella había arriesgado la vida de su compañero. Provocó que Rin se humillara por ella e interfiriera en las decisiones de «su padre» una falta más. Sesshōmaru no perdonaría a Rin.

«¡Qué estúpida he sido!», pensó.

—¡Te mataré!

Las palabras bañadas con su aliento le enviaron escalofríos por su columna vertebral, miedo, ella tenía miedo. Tan rápido como había pasado él también desapareció, con Rin. Kagome, permaneció recostada en la tierra mirando las hojas de los árboles, entumecida por la baja de adrenalina y así se quedó un buen rato.

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Cuando Inuyasha despertó, encontró a Kagome sollozando sentada a su lado con la cabeza enterrada entre sus piernas.

—No estoy muerto así que para ya ese lloriqueo.

—Pudo matarte.

—Ja, no me creas tan débil.

Detuvo su sollozo para levantar el rostro y mirarlo, él tenía una sonrisa que mostraba la punta de su colmillo.

—Te desmayaste idiota.

—¡Para eso mujer! —Inuyasha miró a Kagome y suspiró, su compañera no estaba siendo honesta.

Ciertamente, ya había esperado el tiempo suficiente para escucharla explicarle por qué olía a Sesshōmaru, cuando la encontró junto al pozo. La verdad era que tenía miedo de preguntar. Pensó que, si no lo mencionaba, era porque no sería importante. Pero, ya habían transcurrido unas horas de su llegada y su extraña aversión hacia su hermano lo ponía nervioso.

No mencionarlo lo hacía preguntarse. ¿No se suponía que él era el bruto inconsciente que atacaría, mientras ella estaría intentando frenarlo? ¿Cuántas veces le pidió en el pasado que no luchará contra él? Siempre guardando su distancia y ahora los había expuesto a ambos.

—Pudo herirte. ¡Por tu falta de respeto Kagome! Además, me desobedeciste y te revelaste a mi mando frente a él. Ya no somos los de hace diez años. Ya no eres una niña a la que le puedo permitir su irreverencia, Kagome.

—¿Qué quieres decir? —Kagome giró su rostro. Ella sabía que el trato a la mujer en la era feudal es muy diferente al de su época, pero Inuyasha debía comprender que nunca acataría ciertas normas. Simplemente no estaba en su naturaleza ser abnegada, sumisa o dominada y mucho menos gobernada.

Su lado feminista bien arraigado en su corazón le decía que ambos eran iguales, los dos merecían el mismo respeto y oportunidad en todo. Para ella eran un equipo con la misma capacidad de voz y de voto.

—¡Olvídalo! —dijo Inuyasha tras verla por un momento para después negar con la cabeza y levantarse, iniciando su camino de regreso a la aldea.

—Inuyasha espera. ¿Qué quisiste decir?

—Lo que quiero decir es que: ¡Ya no puedes tratarme como antes! ¡Te permití darme órdenes, interferir en mis batallas y quebrantar mi mando, pero no más Kagome!

—¡Inuyasha! ¿Qué significa eso?

—Me debes respeto y obediencia. ¿Ya? Como tu compañero, como tu Alpha, y como tu futuro esposo.

—Disculpa, pero no iba a permitir que un imbécil me mirara horrible, mientras que mi supuesto amante agacha la cabeza. ¿Quién eres tú? ¿Dónde está el Inuyasha que conocí?

—¿Dónde está la Kagome generosa y dulce que conocí? ¿Quieres que pelee con él de nuevo? Me reconoce como parte de su manada, ¿Quién lo diría? Es mi medio hermano y me ha dado reconocimiento, y respaldo en su estúpida sociedad. Me dio más de lo que nadie ha hecho.

—Yo también te he dado, te di mi corazón, mi confianza y mi vida. Pero si eso no vale nada para ti entonces…

—Espera no he dicho eso…

—Eso es lo que acabas de decir. Lo eliges a él antes que a mí y…

—Yo no estoy ocultándote nada. Dime Kagome, dime tus secretos… No eras doncella y apestabas a Sesshōmaru, aun así, he guardado silencio y esperado a que me lo digas.

—¿Qué…

—Se que no sobreviviré quinientos años para alcanzarte, sé que tal vez mañana o en cualquier momento desaparecerás y volverás a tu época, pero de todos lo humanos y Yōkai ¿tenías que revolcarte con mi hermano?

Kagome lo abofeteo, los ojos de Inuyasha eran carmesí y había sido la voz de la bestia la que habló. Al sentir el golpe de la mano de su mujer tomó fuertemente la empuñadura de su espada. Ella lloraba nunca antes le había roto tanto el corazón como ahora con su desconfianza.

—No podía volver, te lo he dicho y estaba perdida y sola y… quería morir. Una noche un hombre llamado Hojo, me consoló; él me amaba. Yo a él no. Después vino otro rostro sin nombre y luego otro y otro hasta que ya no recordé a ninguno, solo el de la ocasión, para olvidarlo al día siguiente. Hubo quien se atrevió a no importarle si el nombre que gritaba era el tuyo, pero igual fue un error. Llámame puta si quieres si eso te hace sentir mejor Inuyasha, pero nunca te olvidé y entre ese demonio de Sesshōmaru y yo no hay nada más que un odio mutuo.

—Nunca te llamaría tal cosa, yo comprendo. Me dije tantas noches que no te culparía, estaba dispuesto a hacer lo imposible por volver a verte, aunque tu ya no me amaras, aunque hubiera alguien más en tu vida y tu corazón; yo hubiera aceptado lo que quisieras darme. Pero eso no significa que no muera de celos y maldiga al destino por no haber sido yo el primero y el único. Pero, eso no cambia el hecho de que te ame con locura, Kagome. Eres mía hasta el último aliento de mi vida.

—Inuyasha… Yo siempre seré tuya.

—No. No lo serás y no lo eres. Soy medio demonio mi marca no es lo suficientemente fuerte. Un demonio completo y más poderoso podría tomarte y arrebatarte de mi lado. Y eso me aterra.

Él la tomó entre sus brazos, su rostro en su cuello besando su marca, ella colocó sus manos en las mejillas de Inuyasha separándolo de su cuerpo, cuando se miraron a los ojos, le confesó:

—Él provocará tu muerte.

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Hideo llegó al departamento de Kagome, con una bolsa de comida rápida. Ella no había respondido a sus llamadas de nuevo, y tampoco se presentó a laborar. Sin embargo, lo que más le preocupaba era que cuando leyó el reportaje del nombre del violinista, y notó el apellido Taishō, una corazonada le dijo que era el hermano del hombre que Kagome había amado. Así que fue a buscarla para hacerla hablar claramente de lo que estaba sucediendo. No sin antes preguntarse, por qué la mujer era tan complicada.

Tocó el timbre del interfono, sin obtener respuesta. Sacó su juego de llaves y se dio paso hasta el piso de su departamento.

Al llegar sacó su llave de emergencias que le había dado Kagome y entró. Las luces apagadas y la corriente de aire frío, no lo desconcertaron tanto como cuando encendió la luz y vio la pequeña mesa hecha pedazos.

—¡Kagome!

Caminó hasta la ventana de la estancia y la cerró no sin antes mirar a la calle. Lo que vio lo impactó y le causó un escalofrío que le recorrió la espalda. Había un hombre con un estuche de violín en su mano izquierda, no podía distinguir sus facciones faciales porque llevaba puesto un Kasa.

—¡Taishō! —dijo Hideo, sacó más la cabeza por la ventana en un intento de distinguir mejor al hombre. ¿Qué más daba si era indiscreto? Era obvio que el señor Taishō, lo había visto entrar y que estaba montando guardia.

«Pues que el hombre sepa que ella no está sola», se dijo. Si el señor Taishō era un asesino y tenía algo que ver con la desaparición de su pupila, entonces…

Pero su valentía se acabó en el momento que el señor Taishō dasapareció frente a sus ojos, asustado se levantó de prisa golpeándose la cabeza con la parte posterior de la ventana.

—¡Auch demonios!

En los días anteriores Inuyasha no se separó de ella. La siguió a todas partes, haciendo visitas aquí y allá en toda la aldea. No queriendo reconocer que temía que desapareciera de un momento a otro. Cuando ella se percató de eso, Inuyasha le respondió, gruñón, que no tenía nada mejor que hacer. Kagome solo le sonrió caminando frente a él, muy feliz porque ahora Inuyasha le demostraba que la amaba.

Cuando regresaron a la aldea, Sango había gritado su nombre y corrido para abrazar a la que consideraba su hermana. Al pasar la conmoción Sango observó en su cuello las marcas de mordidas y rasguños en los brazos de su amiga.

Sango, había tenido que pedirle a Miroku hablar con Inuyasha, sobre los buenos tratos que debe hacerse a una mujer. Aunque, después Kagome le dijo, con la cara roja como una colegiala, que había sido la euforia de verse después de mucho tiempo. Sus labios aun no sanaban y no lo harían ya que, si bien Inuyasha ya no enterraba sus garras en su cuerpo, ni la tomaba con demasiada fuerza, no podía evitar morderla.

Durante el tiempo que duró la visita a Kaede, la joven Rin, no dejó de mirar a Kagome. Se sentía atraída por la peculiaridad de la chica futurista.

—Veo que Inuyasha te ha tomado como su pareja elegida. —La anciana lanzó una mirada especulativa a Kagome con su único ojo.

—Sí, bueno… nos amamos.

—Entiendo, pero el matrimonio es importante y aunque tu madre no esté presente, es mi deber representarla como tu antiguo mentor. Y puede que Inuyasha no sea un humano completo, pero todavía así, convive con los aldeanos.

»Además, debes pensar en tus futuros hijos. Inuyasha debe recordar tu lugar como una Miko, una mujer respetable y él debe darte ese respeto, en nuestra sociedad humana. ¿Comprendes Kagome? De no hacerlo así no solo está faltándote a ti, también a su futura descendencia.

—Sí, anciana Kaede. Comprendo que aquí no es lo mismo que en el futuro donde el matrimonio no es tan importante si ambos nos amamos.

—Bien. Ahora, ¿por qué no ayudas a esta pobre anciana a llevar estos víveres a Sango?

—Por supuesto, anciana Kaede.

Kagome salió de la choza en compañía de Rin quien se había abstenido de dar su opinión.

—Señorita Kagome, ¿cómo se siente estar enamorada? —Rin sorprendió a Kagome con su inocente y muy personal pregunta, pero al mirarla detenidamente supuso que no solo tenía la edad para enamorarse, sino que tampoco tenía a una amiga con quien hablar.

Aunque Rin vivía en la aldea, no tenía amigas de su edad; corría el rumor de que pertenecía a un demonio.

—Bueno, Rin… ¿Te gusta alguien?

—No, por supuesto que no. Yo…

—Rin.

Una voz monótona y profunda llamó la atención de las jóvenes, Rin de inmediato se giró para ver a su señor esperando por ella a unos metros de distancia. Kagome no pudo dejar de sorprenderse de lo diferente que era el demonio del pasado al del futuro. Seguro que si le decía en lo que se había convertido le cortaría la cabeza después de una larga tortura.

—¡Anda! Te veré después.

—¡Señor Sesshōmaru!

El grito eufórico de la joven, no sorprendió a Kagome, pero sí le dijo que el hombre que amaba era el demonio.

«¿En qué momento había dejado Rin de ver al demonio como algo más que su protector?» se preguntó Kagome.

Y a pesar de saber que Rin era algo inusual y poco probable en la viva de Sesshōmaru, todavía no lograba entender el papel que jugaba Rin en la vida de aquel horrible ser.