Inuyasha miraba a la mujer a su lado con devoción y reconoció que, nunca fue más feliz; ahora lo sabía bien. Kikyo había sido, sin duda, una gran mujer y su primer gran amor. Hubo un tiempo que la extrañó con rencor; luego con dolor por las condiciones en las que fueron engañados y separados; pero después de su regreso al mundo espiritual, la recordaba con cariño y tal vez un poco de nostalgia. Sin embargo, a Kagome la añoró, la esperó; algunas veces la recordaba con arrepentimiento, rabia e impotencia. Sin saber si sería capaz de llegar a ella, un maldito amor imposible marcado y condenado por el tiempo y un destino cruel.
Viéndola con su Kimono blanco, le parecía la mujer más hermosa que jamás ha visto, Kikyo no gozaba de la belleza pura de Kagome.
«¿Cómo pude haberla confundido y comparado con la otra sacerdotisa?», se preguntó en silencio.
Kagome brillaba con luz propia y era única, por decir lo menos. Ella le miraba con un amor infinito y su sonrisa amable y dulce que era solo para él.
«¡Cuánto la ama!»
Creía que sí ella volvía a desaparecer por el pozo, haría lo imposible por alcanzarla en su época. Incluso, vendería su alma si era preciso. Y si ella moría entonces, moriría con ella, porque su vida le pertenecía desde el momento que sacó la flecha que lo mantenía atrapado en un sueño eterno.
La bestia, la había tomado en cuanto la vio. Marcándola como su única compañera. En su momento más vulnerable estaba uniéndose en matrimonio a la única mujer que amaría en esta vida.
La unión que se celebraba del otro lado del prado era observada por el Señor demonio a una distancia imperceptible para los humanos. Solo la luz de las antorchas alumbraba el terreno. Pero era el ojo demoniaco y su aura quien realmente los mantenía a salvo.
La devoción de la humana por su hermano rayaba en la idiotez, creía el demonio. Ella nunca fue de su agrado, ningún humano en realidad. A excepción de Rin, por supuesto. La sacerdotisa era… chocante, irreverente, rebelde, grosera, imprudente, entrometida, de pocos modales, irrespetuosa, engreída, altanera, bruta, sin educación y no la soportaba. Aunque fuera la fuerza y devoción de su hermano, no podía evitar querer desaparecerla. Sus garras goteaban veneno y sin darse cuenta ya estaba gruñendo a lo lejos a una mujer que estaba casándose con un hombre que en unas horas desaparecería, y en su lugar estaría un híbrido. Ahora esa mujer era una más de su manada, un miembro que debía ser tratado cuanto antes.
Rin, se acercó al demonio sin temor, con su joven corazón latiendo tan rápido como las alas de un colibrí. El demonio miraba a la distancia cuando ella finalmente llegó a su lado, un poco agitada, pero con una sonrisa en el rostro. A su edad de diecisiete, años su cabeza estaba tan emocionada que soñaba con algún día poder unir su vida al ser que tanto amaba.
Ella lentamente tomó la mano de su señor como cuando era una niña pequeña.
—Señor Sesshōmaru, Rin desea saber cuándo podrá volver a viajar a su lado como cuando era una niña. Usted prometió que llegaría el día que debía tomar una decisión. Y hoy mi corazón está completamente sin dudas y todavía es mi deseo permanecer a su lado. Mi señor.
Rin, le preguntaba al demonio mientras buscaba su mirada con sus ojos grandes color chocolate. Él observaba el campo lleno de hermosas flores que habían sido cuidadosamente mantenidas por ella para la vista de su señor durante sus visitas. Ella le amaba tanto, y no había día que pensara que su siguiente visita sería para llevarla con él. Su Señor se lo había prometido, que volvería por ella cuando fuera el momento. Después de una década se preguntaba: «¿Cuándo será eso?»
Ella no formaría una familia con un humano, eso era evidente. No le gustaba ninguno, solo tenía ojos y corazón para su Señor y ellos tampoco se relacionarían con una mujer que seguía a un demonio.
—Todavía no es el momento, Rin.
—¿Cuándo será eso? ¿Acaso ya no le agrada Rin? Mi Señor.
Ella temblaba de miedo y sus ojos ardían por querer derramar las lágrimas, no podía perderlo era todo lo que tenía. Su amigo, su héroe, su amor, su Señor.
—Has permanecido en esta aldea por diez años, responde: ¿Alguien te ha hecho algún daño? ¿Es por eso que deseas volver a este Sesshomaru, con tanta urgencia?
—No, mi señor. Todos han sido buenos con Rin. Es solo que yo lo extraño, y quiero estar siempre a su lado.
—¿Te has dado cuenta que yo no poseo tales sentimientos tan característicos de los humanos? Me es indiferente tu presencia en mi vida como tu ausencia. Rin.
—Rin está segura de que la considera un poco más que a cualquier otro humano. Y…
El demonio se soltó del agarre de la muchacha.
—Rin, ¿qué sentimiento humano es el que alberga tu corazón hacia Éste Sesshōmaru?
—Rin, lo ama… No como a un Maestro, o un padre. Rin… —Se detuvo un momento para tomar el valor para pronunciar las siguientes palabras—: ¡Yo lo amo con todo mi corazón! Mi Señor. Así como una mujer ama y puede amar a un hombre.
—Es una pena que tu especie se sienta atraída por los demonios, pero tú eres una pena más grande. Te consideraba la excepción.
—¿Ya no es así? Haría lo que me pidiera para ser de su agrado. ¡Rin aprenderá!
—¿Cómo podría ser así, Rin? No eres más que una niña desamparada que mostró compasión por su depredador. ¡Tan inocente! Una buena distracción.
—¡No! ¡No es así! ¿Por qué quiere alejarme de usted? Yo no tengo miedo a su mundo y…
—¡Basta! ¿Qué te ha hecho creer que yo caeré en desgracia por ti? ¿Qué te hizo creer que este Sesshōmaru cometería el error de su padre? Al menos él descargó su lujuria en una princesa y no una marginada. ¿Acaso creíste que yo algún día te reclamaría cómo ha hecho el mestizo con esa tonta Miko?
—Él ama a la señorita Kagome, ¿por qué usted no puede amar a Rin?
—Porque soy un demonio completo y él ha heredado de su madre tan deshonrosa debilidad, los sentimientos. Deberías marcharte ahora antes de agitar a mí Bestia, él te devorará si continuas con tal blasfemia.
Rin tenía un nudo en la garganta y las lágrimas ya caían de su rostro, sin ninguna vergüenza. Rin, jamás se avergonzaba por sus sentimientos.
—La señorita Kaede tenía razón. Es mejor un corazón roto, que uno lleno de sueños tontos que solo sirven para hacerle a uno dejar ir los años. ¡En una espera sin sentido! Algún día señor Sesshōmaru, alguien romperá su corazón demoniaco. Sólo prométame una cosa, que me recordará cuando eso pase, porque hasta el Gran General Perro, sintió amor. Y es el deseo de esta humilde humana, no volver a verlo, Señor Sesshōmaru.
Rin corrió de regreso a la aldea, sin mirar atrás. Con el corazón roto, y sus ilusiones desvanecidas.
El pequeño diablillo que había cuidado de ella desde hacía muchos años, sintió pena. Ella no entendía que el amor entre humanos y demonios siempre estaba destinado a la tragedia. El diablillo levantó su rostro para mirar al de su amo, bien podía mostrarse ilegible y frio de emociones, pero el veneno que goteaba de sus garras demostraba cuánto le costaba dejar ir a su pequeña. Ciertamente, el demonio había aprendido a amar a su joven e inocente pupila. Rin había traído la comprensión de sentimientos a los cuales los demonios no estaban acostumbrados.
El Señor Demonio, dio la vuelta para marcharse y no volver en mucho tiempo. Inuyasha, a pesar de sus deficiencias era confiable y podría cuidar de sí mismo y su antigua pupila. Ella no había comprendido que estaba mejor con los humanos, más segura. Si la muerte venía por ella, por alguna enfermedad, era natural, para su especie. Ella debía encontrar un humano despreciable que le diera hijos y una buena vida. La niña lo merecía, ¿no era esa la vida que las humanas buscaban? Una vida sencilla. Si la guerra los alcanzaba Inuyasha estaría ahí. Estaba seguro, él no le fallaría.
—¡Amo, Sesshōmaru! Yo he sido honrado siendo su más ferviente sirviente, pero debo confesar, que… Soy demasiado viejo y pronto seré inútil y más una carga. Creo que debería despedirme. No… No me quedará nada más que quedarme en esta horrible aldea llena de malolientes y despreciables humanos. Si usted lo permite, mi amo.
El Señor demonio nunca miraría a un sirviente tan mentiroso, pero Jaken, era Jaken. Siempre servicial y sabio a las necesidades de su amo. Por lo que él, se giró para quedar de frente a tan humilde servidor. Jaken, tenía los ojos llorosos no por temor a su gran Señor, él lamentaba tener que dejarlo. Sesshōmaru, colocó una mano en el hombro del diablillo.
—¡Has lo que quieras!
Sesshōmaru, dio media vuelta y saltó a los cielos para desaparecer en la oscuridad de la noche.
—¡Cuidaré de ella… ¡Mi amo!
Kagome, no comprendía su estado nervioso y tímido. Era Inuyasha, solo que el humano y no el medio demonio; curiosamente él parecía igual o más nervioso que ella. De pie uno frente al otro realmente no sabía cómo dar comienzo a la consumación del matrimonio.
Antes, la primera vez había sido arrebatada entre un beso apasionado por un medio demonio en su estado salvaje. Después había sido un medio demonio más consciente de sus actos y menos agresivo, pero igual de efectivo para hacerla ver luces de colores, perder la razón lanzándola a un estado de trance placentero del que no tenía poder de sí misma más que dejarse hacer y llevar por él.
Inuyasha, tenía un gran desprecio por su humanidad, que lo hacía sentir demasiado emocional. Una emoción extraña y más fuerte que en su estado de hibrido, lo molestaba desde que la vio con su kimono blanco. Aunque últimamente su parte demoniaca había estado sufriendo un estado de continuo frenesí cuando estaba cerca de su hembra, con un deseo incontrolable de preñarla. Su lado racional manteniendo una lucha constante con su lado animal para no dejarse llevar y dañarla en el proceso como la primera vez. Casi había perdido el control llevándose la vida de su mujer en tal acción. Pero había entrado en razón tan solo un instante antes de enterrar sus garras en sus costados y morder su cuello con una fuerza que se lo habría roto. Ahora la dichosa emoción radicaba en que sabía que podía dejarse llevar sin temor a matarla. Las cosas que deseaba hacerle.
Inuyasha dio un paso a ella para acortar el espacio, tomó su kimono y lo haló hacia abajo sin preocuparse de romperlo o no. ¿Qué más daba? No se preocupaba por dañarla o asustarla porque ella no le temía como medio demonio. Los ojos de su mujer nerviosos tomaron un matiz de lujuria luego de que cruzaran miradas, cualquier duda o temor quedó en el olvido cuando con pasión, ambos se besaron.
