Capítulo 8 Cuando la guerra nos alcance

Cuando su mente se encontraba agitada le gustaba apartarse de los demás. Sumergió la punta de los dedos de su mano en el agua fría, en un intento de tocar a los extraños peces de colores que nadaban entre sus piernas. Era curioso, que sintiendo tanta tristeza en su corazón todavía pudiera distinguir los colores de la vida. Aun cuando para ella, todos tenían un significado gris.

—¿Cómo es que una mujer tan hermosa se encuentra tan lejos de su aldea?

Rin levantó la vista para buscar al dueño de la voz cantarina. Miró a todas partes sin encontrar al hombre.

—¿Quién eres? —preguntó con seguridad, si algo había aprendido de su maestro Sesshōmaru, era a no mostrar miedo y mucho menos cuando se encontraba vulnerable. Sola.

—No es mi intención asustarte.

—No estoy asustada. ¡Salga ahora!

El joven soldado salió de la parte de atrás de un árbol, a la izquierda de Rin. Cuando ella vio su uniforme dio un paso atrás y levantó una piedra. El joven, sonrió con simpatía y levantó ambas manos. Mostrándole que iba desarmado.

—Te lo he dicho, no quiero hacerte daño.

—Entonces, ¿qué hace aquí soldado? ¿Dónde están los demás?

Rin movía sus ojos hacia todas partes buscando a los posibles enemigos. El joven soltó una carcajada y se llevó una mano hasta su nuca.

—Siento desilusionarte, pero soy un desertor. Estoy solo.

—Entonces eres un cobarde.

—No. Más bien… No soy un asesino.

—Sí claro. ¡Vaya con ese cuento a otro!

—¡Oye! ¿Me has juzgado solo porque llevo este uniforme? Dime, ¿quién te ha dado ese derecho? Porque si yo juzgara por las apariencias diría que estás esperando a tu amante.

—¿Cómo te atreves?

—No. ¿Cómo te atreves tú?

Ambos se miraban con el rostro encendido por la ira. Sin darse cuenta ambos se habían acercado un poco.

Una voz gangosa y chillona se escuchó a lo lejos llamando a la joven.

—¡Rin! ¿Dónde estás?

—¿No que no esperabas a tu amante? —preguntó el joven con una sonrisa en el rostro llena de burla y diversión.

—¿Qué? Él no es mi amante. —Rin estaba indignada; el joven soldado no parecía tener más de veinte años, y a pesar de llevar el uniforme sucio, no era desagradable a la vista. Lo que en realidad le molestaba a Rin, era su irreverencia.

—Entonces es otro.

—No, yo no tengo ningún amante. —No podía dejar que su reputación se viera entredicha. Ni siquiera por un tipo sin valor.

—¿No?

—No.

—¡Aja!

Al ver que perdía el tiempo intentando justificarse con el cobarde desertor y que Jaken estaba por encontrarla, se despidió.

—Me tengo que ir. Será mejor que no te acerques a la aldea, y que no andes más allá de este río. Podrías encontrarte con el protector del bosque y ten por seguro que te matará por tan solo vestir esas ropas.

—¿No le agradan los soldados? Tal vez debería retarlo a una batalla.

—Sería algo muy estúpido de hacer.

—Es él tu amante.

—No. Ya te he dicho que no tengo amante. ¡Eres un necio!

El joven sonrió.

—Solo quería asegurarme de que no llorarías si lo matara.

—Dijiste que no eras un asesino.

—Sí. Lo dije, pero por una mujer como tú haría cualquier cosa, como cruzar el bosque e ir a tu aldea.

Las mejillas de la joven se tiñeron de un rosa encantador. Su corazón latía apresurado.

—¡Rin! ¿Muchacha desgraciada! ¡Ya verás cuando te encuentre!

—Adiós.

Rin corrió en busca de Jaken, además deseaba evitar el encuentro que podría convertirse en algo desastroso. Inuyasha había recibido un mensaje de su antiguo Maestro, poniéndolos sobre aviso. El enemigo estaba comenzando la exterminación de todo aquel Yōkai que no estuviera a sus órdenes y a pesar de que Jaken no era en su mayor tiempo un ser agradable, le tenía cariño.

Kagome se encontraba en su choza llorando en los brazos de Inuyasha. Se sentía tan impotente, una aldeana había muerto, unas horas atrás en el parto. Tampoco había podido salvar al niño.

Kaede había intentado salvar la situación, pero ya era demasiado tarde cuando intervino y aunque ella le había dicho que con o sin su ayuda la muerte de la mujer y el niño eran inevitables; algo en su corazón le decía que no era cierto. Era una inútil reportera que jugaba a la buena Miko y ni siquiera tenía entrenamiento. Kaede había estado atendiendo otra demanda al otro lado de la aldea, una niña había caído a un barranco y había estado mal herida.

—Vamos Kagome deja ya de llorar, sabes que no fue tu culpa.

—Si lo es, esa mujer no debió haber muerto. No tuve la capacidad ni los conocimientos. Ahora, ¿con qué cara voy a mirar a los aldeanos? ¿Cómo podrían confiar en mí?

—Si no lo hacen son unos idiotas. Tu eres la persona más confiable que puede haber. Y lo que unos simples hombres tontos piensen o digan no debería importarte.

—¡Inuyasha!

—¡Vamos mujer tonta seca esas lágrimas que si continúas así no podré irme nunca!

—¿Por qué tienes que irte?

—Ya te lo dije. El idiota me convoca para dirigir un grupo de guerreros al norte.

—Quisiera poder ver a Koga.

—¡Estás loca! Ahora que Ayame a muerto, querrá tomarte de nuevo como su mujer y tendría que matarlo, y presiento que a eso no le gustará a Sesshōmaru.

—Inuyasha a veces eres tan insensible.

—No lo soy Kagome. Eres tú la que solo ve lo que quiere ver. Koga, aceptó el matrimonio solo por cuestiones políticas y mucha conveniencia. Eso es todo.

—Aun así, era su compañera.

—Como lo quieras ver, Kagome.

—¿A ti no te importaría si yo muriera?

—¡Claro que me importaría si murieras! pero eso es porque soy mitad humano. En un Yōkai es distinto.

—Shippō tiene sentimientos.

—Él es un niño que todavía depende de nosotros, pero en cuanto tenga edad, Kagome, te olvidará.

—¡Mientes!

—Bueno, no tanto como olvidarte, pero partirá sin mirar atrás para ganar sus propias batallas. Es su naturaleza, Kagome. No debes olvidarlo.

Kagome, limpió sus lágrimas con la mano. Inuyasha la soltó un poco para besarla.

—Por favor cuídate mucho y no hagas nada estúpido. Salúdame a Koga y a los demás.

—Lo haré. También cuídate y por favor no dejes que nada manche tu sonrisa. Nunca Kagome.

Inuyasha tomó su buen confiable colmillo y salió de la choza, no permitió que ella lo despidiera en la colina ya que pocos deberían saber sobre su ausencia en la aldea.

Habían transcurrido un par de semanas cuando, un grupo de monjes budistas se acercaban por el norte, habían estado viajando por diferentes poblados haciendo el llamado a Sacerdotes y Mikos para cumplir con su deber.

La aldea les había parecido inusualmente próspera, ¿cómo era posible que se respirara paz en estado de guerra?, era extraño no ver a soldados instalados. La aldea quedaba a unas millas de la frontera de las tierras del Señor del Oeste. Habían viajado a otras comunidades también cercanas a la frontera y estaban atiborradas por soldados ya sea de un bando u otro. Los demonios habitaban los bosques atacando a todo humano con el que se cruzaran. Los soldados humanos habían tomado los poblados con o sin autorización de los líderes de la aldea. En su mayoría aceptados por la Miko o monje a cargo.

—Niño, ¿dónde está la Miko o Monje de la aldea? —El niño que llevaba un canasto de frutas, miró a los cinco monjes que lo habían rodeado. Ninguno se parecía al Monje Miroku.

—Subiendo, está la choza de la Miko Kaede. Es la penúltima ―dijo antes de partir dejando al grupo de hombres.

Los hombres llegaron al lugar indicado, para encontrarse con una anciana que estaba sentada mirando el atardecer con su único ojo nublado.

—¿Es usted la sacerdotisa de la aldea? —El monje más joven cuestionó.

—Así es, ¿Cuál ha sido el motivo de su viaje hasta aquí?

—Es un asunto confidencial, ¿podemos entrar?

Un segundo monje señaló la choza.

Se instalaron, para beber el té. Kaede, aunque no aparentaba estar nerviosa, supo de inmediato que esos hombres serían non gratos.

—Es extraño que su aldea sea pacífica y próspera para nuestros tiempos. ¿A qué Señor sirven?

—No es de extrañar, si la aldea tiene a dos Mikos un monje y un Asesino de demonios —respondió.

—¿A qué señor sirven? —volvió a preguntar el joven osado.

—Somos una aldea olvidada, son tierras de nadie. No servimos ningún Daimio. Nadie ha venido antes a reclamar. ¿Son ustedes enviados por alguno?

—Nuestra causa es más importante que unas tierras, Miko. Pero nos interesa hablar con la otra sacerdotisa y el monje; también.

Rin entró a la choza, sin saber el escenario adentro. Los hombres se giraron para ver a la joven, miraron su Kimono. Extrañados por la fina tela y el estampado poco común se miraron unos a otros para luego mirar a la vieja Kaede.

—¿Su aprendiz?

—No. Es mi nieta. Rin, llama a la señorita Kagome y al monje Miroku.

Rin se dio la vuelta para acatar la orden, cuando uno de los monjes, colocó su bastón frente a ella.

—¿Quién te ha dado ese Kimono?

—Una mujer que ayudamos a dar a luz a su hijo. Ella y un grupo de hombres viajaban rumbo al norte. Por nuestra ayuda ella me dio este Kimono —respondió mientras miraba a los ojos al sacerdote.

El monje a regañadientes permitió que se marchara.

—Le agradecería que en el futuro no asustara a mi nieta. Somos gente de bien, y no toleramos la injusticia, señor.

—Eso lo decidiremos después. Anciana.

Miroku recogía lo más importante de sus bienes sus manos teñidas de sangre pusieron en alerta, a sus pequeños hijos que miraban asustados a su padre. Sango ayudaba al monje a empacar. Era solo cuestión de tiempo para que otros vinieran a buscar a los exploradores y se dieran cuenta del desastre, que había ocurrido. Los hombres no estarían muertos si Shippō no hubiera entrado en ese momento a la choza de Kaede. Sin darse cuenta de que había enemigos que intentaban exterminar a su raza, entró en busca de Kagome.

Los hombres se pusieron de pie. Actuaron demasiado rápido, expertos diría él, era como su segunda naturaleza atacar sin remordimiento a todo Yōkai, no preguntaron, no pensaron. Uno de ellos lanzó un pergamino a Shippō que lo inmovilizó otro golpeo al niño con su bastón, provocando su caída. No hubo un tercero tocando al niño porque de pronto Kagome se lanzó sobre él amortiguando el segundo golpe. Miroku tomó su báculo y golpeo en la cabeza al más cercano. Rin, enterró un cuchillo en el estómago de otro y Kaede apuntó una flecha con su arco al líder. Los otros dos se detuvieron. El hombre herido falleció en el momento. El odio en los ojos de los hombres se instaló en la mujer que protegía al niño. Kagome miró a Miroku a los ojos y supieron de inmediato que no había otra forma. Kaede lo supo desde el momento en que los vio de pie frente a ella. Solo era cuestión de tiempo para que se dieran cuenta de que los demonios que venían en paz eran bienvenidos. Y sería una suerte si no los descubrían.

Kaede dejó ir la flecha sobre el líder, Kagome se lanzó sobre el monje que había amenazado la vida de su hijo y Miroku sobre el otro hombre restante. Lo mató a golpes. Kagome fue ayudada por Kaede que lanzó dos flechas para poder derribarlo. Rin había huido con Shippō a la choza de Kagome gritando el nombre de Jaken, temerosa de que hubiera más como ellos en camino.

—¿Qué haces papá? —preguntó el niño con su inocencia grabada en la voz.

—Nos vamos niños.

—¿Por qué papá?

—Iremos a la aldea de su madre a visitar a su tío Kohaku, ¿No les gustaría?

El monje dijo con una sonrisa, Sango, tenía lágrimas en los ojos. Miraba a su esposo aprensivamente mientras él trataba de tranquilizar a sus hijos.

Kagome se encontraba empacando comida para Shippō. El Kit todavía se sentía débil y mareado.

—No quiero dejarte Kagome, ellos vendrán por ti. Vamos por Inuyasha.

—No debes temer por mí Shippō. Nadie dirá nada sobre la visita de esos hombres. Y yo estaré bien si nos separamos.

—¿Por qué debo ir con Sesshōmaru?

—Porque eres parte de su manada y solo él podrá protegerte. No sabemos qué es lo que está ocurriendo, pero estos monjes también eran guerreros. —Kagome toma las mejillas del Kit—. Escúchame Shippō ellos están planeando formar un ejército y si mi memoria no me falla, serán un gran problema en el futuro. Sesshōmaru debe ir a Nagashima, allí los encontrará. Si logras ver a Inuyasha antes que yo, dile que estaré bien. Y que por precaución decidimos que Miroku y Sango se fueran con Kohaku. Yo me quedaré en la aldea al lado de Kaede. No puedo dejarla sola y ella no ira a ningún lado sin su gente. ¿Comprendes?

—Tú también eres parte de la manada.

—No Shippō. Soy humano.

—Inuyasha…

—Inuyasha es hijo de Inu No Taishō, ha mostrado su valía y poder a Sesshōmaru. Eso es todo. Cariño.

—No quiero dejarte Kagome… —habló el niño con voz temblorosa.

—Estaré bien, cuando Inuyasha venga por mí volveremos a vernos.

Kagome salió de la choza al lado de Shippō. Se acercó a Jaken, sabía que a el pequeño diablillo le gustaban las formalidades, por lo que pidió humildemente:

—Por favor Jaken, cuida de Shippō. Él lleva un mensaje para Sesshōmaru que podría ser de importancia para la supervivencia de su especie.

—¿Qué cosas dices tonta humana? Nada afectará a nuestra supervivencia. ¡No te hagas la importante!

Kagome tomó a Jaken de los hombros sacudiéndolo, sin querer había caído en un estado de pánico, por lo que un poco de su reiki hirió al diablillo.

—¡Escúchame idiota! Sabes que pertenezco al futuro y en él no existen los Yōkai fuera de los mitos y leyendas. Pero no debes decírselo a Sesshōmaru, solo el mensaje de Shippō debe llegar a sus oídos.

—¿Por qué?

—Porque deben hallar una manera de coexistir con los humanos, porque yo soy humana y si cambian enteramente el pasado nunca vendré a este instante de la historia a darte este mensaje, ¿entiendes? Solo Inuyasha será capaz de explicarle a Sesshōmaru esto si es necesario.

Kagome lo soltó y buscó con la mirada a Rin, que se encontraba de pie mirando hacia el bosque. Ignorando el aullido de dolor del diablillo, caminó hacia Rin.

—¿Dónde están tus cosas Rin?

—No iré con el señor Jaken.

Kagome cerró los ojos e inhaló un poco de aire. Estaba a un paso de perder la paciencia.

—¿Por qué?

—Ya se lo has dicho a Shippō, somos humanas; no tenemos cabida en la sociedad Yōkai.

—No digas tonterías, me refería a mí. No deseo morir en manos de ese idiota. Pero tú eres su protegida.

—Ya no.

—¿De qué hablas?

—Rompí mis lazos con él y ya no tiene ninguna obligación con esta tonta y humilde humana.

—¡Rin! Tal vez no quiso decir…

—¡Me rechazó! No puedo ir con él ahora. Seria humillante y… —Rin miró a Kagome con lágrimas en los ojos—. ¡Por favor señorita Kagome no me obligue!

Kagome miró a Jaken para corroborar lo que había dicho Rin, él demonio miraba su báculo de dos cabezas haciéndose el desentendido.

—Lo siento Rin, pero debes madurar. Si Sesshomaru no te ama de la manera en que deseas eso no le impide amarte como lo hace. Y él te ama como un padre. Debes entenderlo y superarlo. ¿Acaso deseas que llore la muerte de su hija?

—No lo sé no la conozco.

—¡Rin!

—¡No moriré!

—Un ejército se dirige hacia nosotros, ¿crees que no vendrán a buscar a los que hemos matado?

—Niña testaruda has caso. ¿Qué no ves que mi amo me matará si algo te ocurre?

—Yo creí que me entendería, señorita Kagome.

—Lo hago, pero es más importante la vida que un desprecio. En ocasiones nos toca ser el amor abnegado, si de verdad lo amas Rin, no creo que quieras que se preocupe por ti y que haga algo estúpido por venir en tu ayuda o ¿sí?

—Hacer algo así por un asqueroso humano está por debajo de él. ¡Nunca lo haría!

—Rin, ¿acaso no fue al inframundo por ti? Ya no habrá una segunda vez. No puede volver a revivirte. ¿Comprendes?

—Me duele tanto.

—¿Y si le demuestras lo que vales para el oeste?

—No debes rendirte al primer «no», si yo lo hubiera hecho ¿crees que ahora sería feliz con Inuyasha?

—Iré por mis cosas.

—Bien, eso es. Debes ser fuerte y no rendirte.

Al ver que ya no podrían ser escuchados, Jaken le preguntó:

—¿Por qué le has engañado? Mi amo nunca se rebajaría con un humano. Aunque sea Rin.

—Lo sé, pero eso no quiere decir que ella no le importe.

Más tarde Kagome los vio partir entre las quejas de Jaken. Una Rin silenciosa y un Shippō lloroso.

—Odioso niño, vámonos, guardarás silencio porque no toleraré tus Chillidos…