Capítulo 9 Hipocresía y lealtad

Sango miraba a Kohaku entrenar a un grupo de monjes en el arte de la lucha. Para ser tan joven era sorprendente que fuera un general.

—Los demonios, deben morir. —El joven general, decía mientras caminaba a lo largo de la fila de hombres que estaban ahí para aprender de los mejores—. Los demonios son la escoria que ni el plano espiritual, desea. ¿Por qué deberíamos compartir nuestra tierra? ¿Por qué deberíamos someternos a sus órdenes?

Parecía otro, no aquel niño que prefería caminar a la sombra de un demonio, que al de su hermana mayor. Ella que lo amaba con locura. Miroku, sostenía a su esposa por los hombros desde su espalda; al sentir la tristeza de su mujer, besó su mejilla y juguetonamente bajó una mano hasta su trasero.

—Monje lujurioso. ¿Qué es lo que haces? —replicó sin ánimo y más con ternura, al ver que su esposo a pesar de los años no había cambiado sus formas.

—Nada, solo intento animarla, mi señora. —La voz seductora del monje la hizo sonreír y permitió que se deleitara un poco más.

Miroku se acercó hasta su oído para depositar un mordisco en su lóbulo. Después susurró:

—Seguiremos los pasos de tu hermano. Por nuestros hijos, es lo que más nos conviene por ahora.

—Pero, mi vida le pertenece a Lord Sesshōmaru, todos estos años él me ha permitido vivir feliz a tu lado y con mis hijos.

—Lo sé, pero nuestras lealtades deben ser siempre con las personas que más amamos, cuando llegue el momento yo me encargaré de pagar el precio. Olvídate de nuestros amigos por ahora y concéntrate en mantener a nuestros hijos con vida. Además, presiento mi amada Sango, que nunca tuvo la intención de cobrarse nada.

Ella se giró para mirar el rostro de su amado, tenía razón. En otros tiempos solo se tenían el uno al otro; pero, ahora, sus hijos eran lo más importante que poseían. Así la decisión estaba tomada, y selló el juramento con un beso. Miroku era sabio y sabía moverse con la corriente, era su esposo así que confiaría en él con los ojos cerrados.

Un Jaken tembloroso, miraba al que había servido durante años. Por primera vez temía por su vida. El demonio que se encontraba delante se mantenía tan estático qué si no fuera por sus ojos rojos, pensaría que no lo escuchó.

—¿Por qué han traído a mi casa al enemigo?

—Él nos salvó y… —respondió Rin, pero de inmediato el demonio la hizo callar.

—¡Jaken! —El pequeño demonio, tembló todavía más. Ahora su amo no solo estaba molesto con su pupila, también con él.

—¡Se lo dije mi Señor! Pero ella no escuchó. Juro que está niña tiene la idiotez hasta los pies mi Señor.

—Es un desertor…

El demonio la tomó de la cabeza para obligarla a inclinarse hasta el piso, para no mirar sus ojos llorosos. Además, ya era tiempo de que esa niña insolente mostrara el debido respeto. Ella lo había querido así al cortar los lazos, le pidió que no la viera más y ahora ella regresaba como si nada y por si fuera poco con su enemigo. Era una falta de respeto mirar a un Señor como él de esa manera. Ella era hembra y humana, ella tenía que saber su lugar. Debía respetarlo. Sus generales estaban a su alrededor y si no se hacía respetar por su manada, no debía esperar respeto de ellos. Mucho menos su lealtad. En esos tiempos difíciles en los que un signo de debilidad podía significar la caída de un clan.

—Guardarás silencio y no volverás a dirigirte a este Sesshōmaru sin su autorización. —Soltó a su protegida, ella se mantuvo en la posición indicada. Lloraba por la humillación, nunca la había tratado con tal desprecio, una vez que la había tomado bajo su ala. ¿Tanto asco le había causado que lo amara? Se preguntaba.

Sesshōmaru, miró al humano que vestía los restos de una armadura enemiga. Era joven tal vez un par de años más que Rin, él se mantenía arrodillado, sin energía y con la mirada perdida al piso; su frente estaba bañada de sudor. Apestaba a muerte y putrefacción. Tan solo por vestir sus ropas ordenaría que lo hicieran hablar mediante una tortura lenta y muy dolorosa. Pero había salvado a Rin, Jaken y al hijo adoptivo de su hermano; el kit. El niño caminó dos pasos hacia él, con su mirada al piso. Tomó su mano y la acarició con su mejilla, pidiendo permiso para hablar.

Eso era lo que hacían los cachorros para pedir permiso a su Alpha, la voz, si él no quisiera la compañía ni las palabras del Kit, lo arrojaría o soltaría un gruñido para hacerlo retroceder. Pero en este caso no quería preguntar a Jaken la versión de los hechos porque ese diablillo odiaba a los humanos y solo alimentaría aún más el desprecio por ese soldado obligándolo a matarlo, lo que dañaría a Rin. Y muy en el fondo no deseaba hacerlo. Retiró la mano del cachorro y la colocó en su cabeza, una invitación para hablar.

—Un grupo de monjes llegaron a la aldea. Buscaban a los sagrados del pueblo. Estaban en la choza de la Miko Kaede. Yo no lo sabía, había estado recolectando una hierba de mucho aroma para un brebaje, que necesitaba Kagome. No los olí. Entre a la choza, todo fue tan rápido, uno colocó un pergamino que me inmovilizó, luego otro me golpeó; al instante que Kagome me quitó el pergamino… Kagome, Miroku, Kaede y Rin habían acabado con ellos.

Kagome me dijo que debía venir contigo, porque soy tu manada y solo tú puedes protegerme. Me dio un mensaje para ti. —El kit, miró a los demonios en la sala, no hablaría con ellos allí—. También dijo que Rin y Jaken corrían peligro una vez que fueran a buscar a los monjes. Por eso nos ha enviado contigo. Hace tres días nos encontramos con un grupo de humanos, no parecían soldados ni aldeanos, creo que eran saqueadores. El señor Jaken y yo hicimos lo imposible para proteger a Rin, pero eran demasiados. Nos capturaron y por la noche… Uno de ellos pretendía… Él quería… Él iba a…

—¿Qué pasó entonces?

—Daisuke. —El kit señaló al hombre enfermo—. Lo mató. Era de noche, y estaban ya demasiado ebrios. Rin nos liberó, Daisuke nos dijo que huyéramos que los detendría. Al principió lo hicimos, pero algunos nos alcanzaron. De nuevo Daisuke nos alcanzó y peleamos juntos. Lo hirieron, pero al final pudimos huir del resto de hombres. Tus soldados nos encontraron en el río y acabaron con el resto de nuestros perseguidores en cuanto reconocieron a la señorita Rin.

—Un soldado que sigue a mi protegida no es coincidencia.

Rin que aún mantenía la frente pegada en el piso levantó la mano para poder hablar. Sesshōmaru, al notar su movimiento caminó hacia ella. No la tocó, pero aguardó por sus palabras.

—Lo conocí cerca de la aldea, dijo que había desertado de su ejército. Porque no era un asesino.

—Sin embargo, mato al hombre que te pretendía tomar. ¡Niña estúpida! —dijo Jaken, que no simpatizaba con el humano.

—Me enfrentaría a mil batallones, mataría a cualquier hombre y cruzaría el infierno solo por ella —susurró Daisuke antes de caer inconsciente.

—Enciérrenlo y manténganlo bajo vigilancia.

—¡Señor Sesshōmaru! Necesita atención médica. —Rin, había levantado la cabeza, sus ojos llorosos y su boca estaba ronca. La niña que había conocido se había ido. Ahora tenía delante a una mujer, que había dado palabras de esa cosa que los humanos llamaban amor. ¡Qué pena!

—Ningún demonio lo sanará, Rin, si ha de sobrevivir lo hará por sus propios medios.

—¿Puedo atenderle? Por favor amo Sesshōmaru, estoy en deuda con él. —Rin bajó su mirada al piso en sumisión.

—Has lo que quieras. Pero no te cruces en mi camino con el olor a un ser tan repugnante. ¡Jaken! Tomarás de nuevo tu lugar como sirviente de esta casa y si vuelves a fallar… ¡Te mataré! Ahora lleva al Kit con el maestro Kara —miró al kit a los ojos y continuó diciendo—: Serás puesto bajo su ala, para tu entrenamiento mágico y como tu padre Inuyasha, servirás al Oeste. ¿Has entendido Zorro?

Shippō asintió solemnemente y poniendo una mano en su corazón y arrodillándose frente al Señor del Oeste dijo:

—Lo juro con mi vida. Señor del Oeste serviré a la casa de la luna, como hace mi padre Inuyasha. —Sesshōmaru asintió, en reconocimiento el juramento del Kit.

—Rin, ha llegado el momento de que te responsabilices por tus actos y por eso, serás responsable del humano. Si sobrevive y traiciona al Oeste… tú al igual que él, pagarán el precio por su traición.

—Sí, mi Señor.

Sesshōmaru se sentó de nuevo en su trono, al lado de su madre, que, había permanecido en silencio, en espera de las decisiones de su hijo. Ella miraba al Kit con atención, le agradaba. ¡Tanta valentía! ¡Tanto honor! Le recordaba a un Sesshōmaru más joven. Y su propio hijo le recordaba tanto a su difunto esposo... ¡Qué justo que era!

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Inuyasha utilizó su viento cortante para derribar a los demonios malditos y traidores. Koga junto con su manada se dedicaron a derribar a los tontos humanos. Era sorprendente ver a un enfurecido Koga como nunca, parecía verdaderamente salvaje. La muerte de Ayame lo había afectado más de lo que Inuyasha había previsto, por lo que se le notaba una sed de sangre sin igual. Lo miró perder el control en el instante que llegó frente al humano al que llamaban su general, aquel que había matado a su pareja e hijo.

Decir que fue una muerte rápida sería mentir, Koga arrancó cada miembro de su cuerpo con su boca y luego, le abrió el estómago con sus garras. Solamente un humano había sobrevivido y los pocos demonios que quedaban vivos habían sido capturados. Todos observaban al gran líder de los demonios lobos. Enfurecido con los ojos rojos y salvaje rodeaba el cuerpo agonizante del hombre, Inuyasha vio el gozo de su aliado. No sentía simpatía por el humano, no podía culpar a Koga por su odio y venganza. Koga, sacó con una garra cada víscera del cuerpo humano y se las dio a cada familiar de sangre de Ayame. Lo comieron vivo. No le permitían morir, cuando el hombre comenzó a desfallecer, Koga, sacó su corazón y aun con los últimos latidos él lo tragó.

Los demonios capturados sufrieron el mismo destino, salvo uno. Esa noche la manada de lobos comió la carne de su enemigo y bebió su sangre. Inuyasha se apartó del festejo dirigiéndose al único sobreviviente enemigo.

—Será mejor que hables. Si lo haces procuraré darte una muerte rápida y sin dolor.

El demonio serpiente lo miró a los ojos.

—¿Qué es lo que quieres saber Hanyō?

—Todo.

—Pronto el Oeste caerá. No hay más que decir.

—¿Cómo?

—Son dos batallones en camino al Oeste. Para cuando llegues, todo cuanto conoces deberá estar devastado, y tú aquí con esos lobos, viéndolos comer a los míos.

La serpiente ríe frenéticamente.

—¡Ja! ¿Crees qué me has asustado? Siento decepcionarte.

—¿No tienes a nadie a quién proteger?

—¿Dónde están esos ejércitos?

—Supe que tomaste a una humana como tu mujer. ¿No te decepciona su fragilidad?

—¿Dónde están? —preguntó Inuyasha mientras enterraba una daga, en el costado del demonio.

—Del otro lado de esa montaña, llegará el primero en tres días —señaló la montaña detrás de ellos.

—¿Y el otro?

—No lo sé, íbamos a reunirnos allí después de derrotar al príncipe lobo.

Inuyasha, miró a su enemigo.

«¿Cómo es posible que sepan de Kagome?», se preguntó mentalmente.

—¿Sabes? Voy a disfrutar mirarlos comerte, no te devoro porque no como mierda. ¡Koga! Ha dicho que matarán a Kagome, ¿lo permitirás?

Koga miró a la serpiente que aterrado tenía los ojos en el mestizo.

—¡Dijiste que me matarías rápido!

—Sí bueno… Nunca confíes en un medio demonio. La mentira viene muy arraigada en la sangre humana. Un defecto heredado. —Inuyasha le sonrió.

Inuyasha, solo podía confiar en que Kagome estuviera bien y bajo el cuidado de los demás.

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Un demonio tejón estaba de pie frente al gran Lord Sesshōmaru. Su cuerpo tembloroso le indicó a Sesshōmaru el miedo que le tenía.

—Mi maestro «El túnel del viento», me ha enviado para decirte que el ejército de Imagawa Yoshimoto, cruzará el bosque de Inuyasha en dirección al norte.

—¿Cuándo?

—Ya están en camino. Al parecer son 25,000 señor.

El demonio, había sido recompensado por sus servicios. Mandó a llamar a sus generales para que prepararan un grupo de 3000 guerreros para emboscar a Imagawa en el norte.

Sesshōmaru, tomó a otro grupo de 10 exploradores, para ir a la aldea de Inuyasha por la Miko, si ella moría su desastroso hermano, enloquecería y eso no era para nada conveniente. Y lo quisiera o no, la mujer era manada y una Sacerdotisa que podría ser de utilidad. Si lo que «El túnel del viento» decía, había demasiados demonios traidores. Alguien que pudiera purificar en masa definitivamente tendría que estar de su lado. Y esa no era otra que la mujer de Inuyasha.

La vista era devastadora, las casas se encontraban quemadas, cuerpos de niños colgados del cuello en los árboles, los hombres desmembrados y los cuerpos de las mujeres estaban desnudos, violados y decapitados; las cabezas apiladas alrededor del cuerpo inerte de la vieja Miko Kaede. Sesshōmaru aspiró el aire en un intento por localizar a la mujer de Inuyasha. Apenas percibía nada más que humo y cenizas.

Peinaron el área en busca de sobrevivientes, no quedaba ninguno. Él, recorrió el lugar, tras ver la antigua choza de su hermano en ruinas, recordó donde se habían jurado amor eterno, la Miko y su hermano. Se dirigió ahí una vez se aseguró que el cuerpo de la mujer no se encontraba con el de los aldeanos.

El viento sopló, llevando consigo los olores de la naturaleza, fue el chillido de un niño dentro del pozo lo que lo atrajo. Saltó dentro solo para encontrar a un bulto en los brazos de una mujer; al aspirar el aroma, finalmente encontró a la moza.

La tomó en brazos y al bulto chillón. Al salir la depositó en la tierra húmeda y al niño a su lado; y comenzó a inspeccionarla. Ella se había abierto la cabeza, todavía sangraba levemente. Una herida en el pecho debido a una flecha, suponía que había corrido hacia el pozo con el niño en brazos, debieron lanzarle la flecha y ella debió caer dentro del pozo. Aún estaba con vida, pero si no era atendida pronto…

—Señor, sabemos a dónde se dirigen.

—Síganlos y si cambian el rumbo, avisen al general Shojin.

Amarró al niño en el cuerpo de la Miko con las telas que protegían al cachorro humano del frio, luego la tomó en brazos y voló hacia el Oeste. En algún momento del camino ella abrió los ojos, pero estaba demasiado aturdida para reconocer a nadie así que pronto cayó de nuevo en un sueño profundo. Sesshōmaru podía sentir el calor que irradiaba por la fiebre. El niño por fin se había callado, cansado y hambriento se había dormido.

Cuando llegó al castillo la llevó directo a la habitación de su hermano. Su personal lo seguía, Jaken daba órdenes a los sirvientes para traer a los sanadores.

Sesshōmaru la depositó en el futón con suavidad, y desamarró al niño, el cachorro se removió al sentirse privado del calor de la Miko. Una Yōkai lo tomó y se lo llevó fuera de la habitación; Sesshōmaru abrió las ropas de la humana para inspeccionar la herida. La flecha había atravesado su pecho. Sacó el resto de la flecha quebrada suponiendo que la Miko había intentado sacarla antes de desmayarse. Algo imposible de hacer por sí misma.

Su madre entró en la habitación; al ver a la mujer entendió porque ese Hanyō estaba tan… enamorado, ella era hermosa y su poder espiritual enorme.

—Si muere el mestizo no te perdonara, querido hijo.

—Si colmillo sagrado lo desea, la reviviré y sí no es así, Inuyasha tendrá que superarla.

—¿Y el Kit, también tendrá que hacerlo? —dijo con una sonrisa.

Jaken hizo su aparición con los sanadores y comenzaron a trabajar.

Dos días habían pasado, donde Sesshōmaru, pendiente de la Miko agonizante no podía creer que no se rindiera. Para él, sería más fácil que lo hiera, porque entonces la reviviría y ya no tendría que estar encerrado en el casillo como su guardián, perdiendo el tiempo, cuando podría estar haciendo pedazos a su enemigo. La odiaba.

«Maldita humana».

Había tenido que visitar la habitación en varias ocaciones llamado por sus sanadores cuando creían que su final estaba por llegar. En el momento en que la fiebre la hacía alucinar, llamaba a Inuyasha. Le pedía que no se fuera. Lloraba y gritaba el nombre de la asesina de demonios, o del monje, a veces, sus gritos desgarradores se debían al Kit de sus pesadillas. El niño había permanecido con Kagome. Lo había visto acariciar sus cabellos y limpiar sus lágrimas disimuladamente con la manta. Y abandonaba la habitación cuando la fiebre disminuía.

Y mientras ella agonizaba, él, había estado observando a Rin en los jardines del castillo recolectando flores para el maldito y despreciable humano. Sesshōmaru no la perdonaría por sus palabras de desprecio, él no le debía amor; le había dado más de lo que una simple chiquilla humana podía esperar jamás en la vida.

«Estúpida», había pensado.

—Mi amo —lo llamó Jaken.

—¿Qué es lo que quieres? —Había casi gruñido el demonio.

—La Miko de Inuyasha, al parecer… está muriendo al fin.

Su madre había ido por el niño cuando la fiebre empeoró. Había chillado y luchado para que no lo separasen de ella, al final, Sesshōmaru tuvo que ejercer su dominio cuando entró a la habitación.

—Kit —llamó con autoridad, de inmediato el chico se calmó—. Este Sesshōmaru requiere estar solo con la Miko.

—¡Pero ella me necesita!

En otro momento él lo hubiera arrojado fuera de la habitación.

—Ella necesita a colmillo sagrado, no ha un zorro lloroso y asustado.

Sin más que decir le dio la espalda al niño para acercarse a la Miko. Jaken que siempre parecía leer los deseos de su amo, ordenó a los sanadores salir de la habitación. La madre de Sesshōmaru, tomó al niño de la mano llevándolo lejos.

—Inuyasha… ¿Dónde estás? —preguntó Kagome, mientras se sentaba en el futón.

Cuando ella comenzó a buscar a su hermano con las manos levantadas como si estuviera en un cuarto oscuro y caminara para encontrar la luz; se dio cuenta de que ella en realidad no podía verlo. Sesshōmaru se acercó a la Miko, su hora había llegado. Podía verlo en sus ojos. ¿Colmillo pediría la vida de Kagome?

—Sacerdotisa —la llamó.

Kagome al escuchar la voz profunda, creyó que era Inuyasha. Ella lo buscó desesperada.

—Inuyasha… Inuyasha no puedo verte. ¿Dónde estás? Háblame.

Sesshōmaru comprendido que lo estaba confundiendo. Ella se había arrodillado en el futón y buscado a tientas, al fin lo había encontrado. Toco sus ropas y al sentir el fuerte abdomen —porque él no llevaba su armadura—, se aferró a su cuerpo en un abrazo que no dejaba cabida al despreció.

—Inuyasha, creí que no te encontraría. Pensé que nunca volvería a verte. El pozo estaba cerrado y lloré por ti. Tantas noches y no podía volver, no podía. Me sentía tan sola.

Sesshōmaru pensó que se refería a cuando ella cayó por el pozo cuando fue herida.

Ella subió las manos al rostro del demonio para sujetarlo. Y mirándolo a los ojos. Se acercó poniéndose de pie lentamente. El demonio, podía ver en su rostro la devoción enferma hacía su hermano. Ese sentimiento por el que su padre había perdido la cabeza, el sentimiento que tanto se jactaba Izayoi sentir por el gran perro general.

—Me quedaré a tu lado hasta el fin de mis días. Te amo, por sobre mi vida. Te amo con locura. Te amo y no hay tiempo ni distancia que lo cambie algún día. Mi cuerpo lleva tu nombre escrito, como el único dueño de mi corazón y lo llevas siempre en tus manos. Te amo tanto que no existen palabras exactas para describir lo que siento.

Impresionado o tal vez curioso no la alejó, creyó que moriría en poco tiempo así que solo estaba intentando darle un poco de paz, para que se rindiera al fin a la infinita oscuridad del inframundo, una miko que dejó a su corazon contaminarse con la energía oscura de un medio demonio, no podría esperarle otro lugar.

Entonces sin previo aviso lo besó. Nunca en toda su vida el demonio había sido besado, la practica era meramente humana, tan repugnante… ella mordió su labio inferior provocando el gruñido bajo del demonio. Sus ojos se tornaron rojos, al gruñir dejó al descubierto sus colmillos que estaban a punto de alargarse. Ella los lamió, tan filosos que cortaron su lengua. Su sangre contaminada de infección no lograba apagar el sabor dulzón de la esencia de la sacerdotisa. El poder en bruto de su energía sagrada que corría por sus venas lo incitaba a ser aplastada, dominada y mancharla con energía demoniaca. El demonio la sujetó por las caderas no para atraerla sino para controlarse para no asesinarla; su cuerpo gritaba por cambiar de forma y mostrar su poderío a la fuerte hembra que permanecía aferrada a él.

Con su cuerpo ardiendo sus senos erectos, su aroma lleno de feromonas que le aullaba por ser tomada, el cuerpo de la mujer estaba listo a hincharse con la maternidad. La lengua de la sacerdotisa entró en su boca en una obscena invitación, un preludio de lo que ella podía ofrecer. Movimientos perversos que lo hacían imaginar, y lo hacían asquearse por tal depravación. Las pequeñas manos en su nuca aferrándose a sus cabellos, acariciándolo, atrayéndolo más y más. Ella gimió, cuando chocó sus caderas con las de él. Tan deseosa de su cuerpo, comenzó un vaivén sincronizado entre sus caderas y su lengua, tan corrompido, como un demonio podría ser.

Y Sesshōmaru era un demonio, uno que no podía ser domado y aplastado. Tan maligno que no debía retarse. Arrancó la prenda que la mujer llevaba encima dejándola desnuda. Enloquecida gimió al obtener al fin reacción de su compañero en sus brazos. Ella continuaba penetrando la boca del demonio, tal y como su cuerpo pedía ser impregnado, fuerte y rápido. Sin contemplaciones y ternura.

Kagome deseosa de más fricción enredo sus piernas en las caderas del demonio. Y ¡Oh! ¡Qué sensación! Sesshōmaru se dejó caer en el futón con ella enredada en su cuerpo, cansado de dejarla jugar, decidió que la Miko, debía aprender su lugar. Dejó sus labios, un momento mientras que sus manos tiraban del vendaje en su pecho liberando sus senos, para tomar uno con su boca, tan redondo y lleno, que ya envidiaba a sus cachorros que se deleitarían con los senos de su madre. ¡No! Nadie tocaría su cuerpo, ni siquiera sus engendros, ella había nacido para ser poseída solo por él. Llevó una mano al otro pecho amasándolo mientras que succionaba con la boca el otro, quería morderlo mientras ella gemía de placer, y entre palabras entrecortadas decía:

—Te amo, te amo…

Sus caderas se movían en una deliciosa fricción. Sesshōmaru, estaba al borde del control. Sentía que la tomaría cual demonio haría con su intención. Salvaje sin delicadezas. «¿Cómo hizo el padre?» Se preguntó. Bajó una mano hasta su centro, acariciándolo, conociéndolo. Encontró un montículo; curioso de las sensaciones que le provocaba a la Miko, por tan solo rozar esa parte de su feminidad ella clamaba.

—¡Por favor!

Fue así como el gran Lord Sesshōmaru supo que la tenía en sus manos. Ella suplicó a su Alpha, se doblegó entregándose para ser provista por su Señor. Porque él sabía de sus necesidades de lo que era bueno y lo mejor para todos. Ella rogaba.

—Por favor, por favor… Hazlo ya…

Su voz en un susurro. Le llenó de felicidad, porque su superioridad y su voluntad no serían jamás cuestionadas. Ella gritó de placer, entonces al ver sus labios pintados de rojo —por su sangre—, e hinchados deseó volver a tomar el néctar que ella tan dispuesta y amable le ofreció. Quería sentir su lengua depravada en su boca.

Él la besó mientras ella sujetaba con sus largos cabellos para mantenerse en esta tierra y no dejarse ir en un éxtasis. El penetró su boca, como quería penetrar su feminidad. La sangre aun brotaba de su lengua. De nuevo la Bestia pedía doblegar a la mujer. Porque Yako no perdonaba ni olvidaba su insensatez e irreverencia.

La soltó, llevo sus labios a su cuello, lamió encontrándose con una cicatriz de una marca, una que no era la de un demonio ni la de un hombre, era la de un hibrido, que llevaba la sangre de su poderoso padre, era la de su hermano mestizo entonces la escuchó llamarlo.

—¡Inuyasha! Por favor.

Se separó de ella como si de lava ardiendo se tratara, olió. Sangre comenzaba a manchar el vendaje desecho por sus caricias y parte de su rapa también. El esfuerzo había reabierto de nuevo las heridas.

El demonio lamió sus labios, se sintió sucio. ¿Cómo una humana podía ejercer tanta sensualidad y estimulo? ¡Ella era la hembra de su hermano! ¡Ella era humana! Salió de la habitación. Enfurecido escapó del castillo, si ella moría desangrada no se permitiría responsabilizarse. Los humanos eran seres despreciables esclavos de su propios instintos y bajas pasiones. La Miko agonizante al borde la muerte suplicaba por las caricias de su hermano. ¡Qué despreciable!...

Él había sucumbido a la sacerdotisa, en sus maneras. ¿Cómo podía ser? Era una asquerosa hembra, pero ella no apestaba, no era una humana común solo por sus poderes espirituales. Pero, ¿Quién era ella además de la Shikon no Tama? ¿Por qué había accedido a sus caricias? Tal vez por curiosidad, ¿había heredado también la depravación del padre? ¿Cómo un demonio podía copular con un humano, sucio y débil?... Él jamás caería tan bajo. Todo estas incógnitas y pensamientos lo acompañaron hasta el amanecer.

La mañana había llegado y con ella Inuyasha.

—¡Inuyasha! —Gritó Shippō en cuanto lo vio cruzar las puertas. El medio demonio de inmediato se puso en alerta. ¿Dónde estaba Kagome?

—¡Shippō! ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Kagome? —El niño comenzó a llorar. Aun no lo dejaban verla—. ¡Shippō! Respóndeme.

—En tu habitación.

Inuyasha atravesó el patio a una gran velocidad. Su hermano que había sido informado de la llegada observaba desde lo alto de una ventana.

—Idiota, es tan débil.

—Sí. Bueno heredo de tu padre tal depravación y debilidad. Pero es un Hanyō, muy normal en su mitad humana desear a una hembra al punto de nublársele la mente. Son seres tan peculiares —dijo su madre, mientras permanecía sentada bebiendo té.

—¡Madre! —amenazó Sesshōmaru, pues sabía que estaba burlándose de él.

—Yo, no escuché nada hijo mío —susurró, refiriéndose a la noche anterior.

Inuyasha, acariciaba el rostro de Kagome, mientras escuchaba a Shippō relatar lo que había sucedido desde que había partido.

—¡Maldita sea!

Inuyasha golpeó con el puño a un lado del cuerpo de Kagome, impotente por no haber previsto que era demasiado peligroso para ella permanecer en una aldea humana sin protección.

—Debí haberla traído aquí, aunque se negará. Si ella muere…

—Sesshōmaru la traerá de vuelta con colmillo, lo prometió. Ha permanecido cerca de ella esperando a que suceda. Anoche casi sucede.

—¡Maldita sea! Sesshōmaru no puede desgastar esa oportunidad en algo que pudo ser evitado.

Inuyasha, se dirigió a la cocina del castillo enviando antes a Shippō a recolectar algunas hierbas; él sabía cómo ayudarla y lo haría.

«Tontos demonios creyeron que podrían cuidar a un humano. ¡Ja! ¡Estúpidos! Puso agua a hervir y cuando llegó el Kit, preparó el brebaje para detener la fiebre de Kagome y la infección. No habían perdido el tiempo siguiendo a Kagome mientras recolectaba hierbas para sus brebajes. Ella le hablaba sobre que poción era para qué o cuál otra cosa. También le había explicado cómo curaban las infecciones en su Era. El agua hervida y un fuerte brebaje acompañaron a Inuyasha a la habitación de Kagome. Sacó a los supuestos sanadores con sus artefactos inservibles, solo pidió mantas nuevas.

Sesshōmaru estaba más que molesto, ¿cómo se atrevía el mestizo a abandonar sus deberes por una humana? Entró a la habitación para encontrarse con la grotesca imagen de Inuyasha, limpiando la herida infectada de la Miko, se estaba pudriendo.

—¡Repugnante!

—¡Cállate idiota! Que tus sirvientes no lavaron la herida. ¿Qué creían?, ¿qué sanaría por si sola?

—Ningún demonio salvaría a un humano.

—Sin embargo, lo hiciste —Inuyasha, terminó de vendar con ayuda de Shippō a Kagome—. Sesshōmaru, estaré en deuda contigo por traerla aquí.

—Esa mujer apesta a muerte, agradece si ella no muere y no tengo que utilizar la espada de mi padre.

El gran demonio, dio un último vistazo a la Miko y se dio la vuelta para irse no sin antes decirle a su hermano:

—Al terminar te espero para el informe, Inuyasha.

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Cuando Kagome abrió los ojos se encontró con el rostro de Inuyasha a escasos centímetros del suyo. Ella, acarició su mejilla. Inuyasha al sentir la suave caricia abrió sus ojos para mostrar sus orbes doradas como las de su padre.

—Hola —susurró ella con voz ronca. Carraspeó.

Inuyasha la tomó en sus brazos dándole un beso profundo sin dejar caer su cuerpo en el de ella debido a su herida. Cuando se cansó de sus labios fue depositando besos por su mejilla y fue bajando hasta llegar a su cuello, donde yacía su marca posesión.

—Regresaste por mí —dijo la sacerdotisa, débil y feliz, le dolía todo.

Inuyasha, sintió alivio al verla lucida. Había estado alucinado, diciendo cosas que no comprendía, tal vez de su época.

—No, Kagome. Fue Sesshōmaru. —Ella lo miró a los ojos extrañada por el comportamiento del demonio.

—Él no haría eso.

Ella se negaba a creer, él era malvado y un ser demoniaco que odiaba a los humanos.

—Tal vez estás equivocada Kagome.

A Inuyasha no le importaba las razones de su hermano, si era porque le beneficiaba su poder de purificación, si lo había hecho porque era parte de la manada o no. Lo que importaba era que estaba a salvo entre sus brazos.

—¡No! Él dijo que provocó tu muerte.

—Y te has preguntado si acaso no fue un error.

Depositó un beso en su marca.

—Él no se arrepiente de nada. ¿Cómo puede ser un error?

—No lo sé. Solo creo que no deberías juzgar severamente al idiota.

Kagome, suspiró en los brazos de Inuyasha, era tan testarudo, pero ella no confiaría jamás en el demonio. Cerró los ojos y volvió a dormir, todavía estaba débil.

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Kagome miraba los hermosos cerezos en flor, una vista tan pacífica y hermosa; tan extraña en tiempos de guerra. Sentada a la sombra del cerezo, ella cerró los ojos cerrados tan tranquila y llena de paz. Sus cabellos largos se mecían con el viento, su kimono blanco, combinaba con su piel. Sus labios gruesos y seductores eran un recordatorio de…

—Lord Sesshōmaru —lo saludó aún con los ojos cerrados —. Gracias por salvar mi vida.

Fue entonces que abrió los ojos para mirar directo al rostro del demonio. Sus ojos azules, contra los dorados. El demonio asintió. Se acercó a ella.

—Demuestra tu valor, humana.

Ella se puso de pie y frente a frente le susurró:

—Demuéstrame tu lealtad hacia Inuyasha. Demonio.

Ella pasó a un lado del demonio que mantenía las manos en sus costados con el veneno goteando de sus garras.