Capítulo 10 Reconciliación

Sesshōmaru, se encontraba hablando con sus soldados, mientras entrenaban con las espadas, y más allá, una joven humana lo miraba con melancolía.

—Niña estúpida, ¿todavía estás teniendo sueños locos con mi amo?

—No son sueños locos, señor Jaken. Solo es tristeza y esa no puede evitarse a menos que mi corazón deje de amarlo y eso, no creo que pase en poco tiempo.

—No comprendo cómo es que se te ocurrió que él podía amarte como un vil humano.

—¿Por qué no puede, Señor Jaken?

—Los demonios no tenemos esa característica somos malignos, Rin. Los humanos son seres dados a manejar la luz tanto como la oscuridad, siempre están dentro de esa ambigüedad que los confunde y los hace estúpidos. El amor es parte de la luz, porque te hace hacer tonterías por aquellos a los que dices amar, la oscuridad los lleva a definir la clase de amor que tendrán; un amor egoísta o un amor desinteresado. Eso depende hacia donde su corazón este inclinado. Los demonios no amamos. No existe el amor en nuestra naturaleza.

—¿Cómo es eso posible? ¿Acaso el padre de mi señor no amó a la madre de Inuyasha, no dicen que murió por ella?

—El apego no es amor, para un Inu lo importante es hacer prevalecer la sangre; para un Alpha, todavía más. Se ocupa de mantener a la manada a salvo y unida. Pero ¿amor? Es imposible Rin. No sentimos amor. Solo posesión.

—Eso es horrible.

—Un demonio puede engañarte para obtener de ti lo que desea.

—El padre engañó a la señora Izayoi, pero ¿por qué? ¿qué obtendría de ella? Él era el más poderoso, lo tenía todo o podía tomarlo si hubiera querido. No comprendo qué es lo que buscaba.

—Somos especies diferentes, bien has dicho él podía tomar y tomó. Tomó lo prohibido, porque podía. Desafió a los dioses como otros tomando su creación y manchando su alma con la oscuridad demoniaca. El tiempo y el aburrimiento lleva al ocio tanto, como a desear la muerte física.

—Él no la amó… —afirmó Rin.

—No. Seducir un alma pura es algo que muchos demonios harían por diversión, beber de la luz solamente los poderosos, pocos procrearían con un humano, porque es deshonroso para ambas especies pues estarían condenando a su descendencia al rechazo; es algo cruel para su sangre y traidor para los de nuestra especie.

»Mira Rin lo que quiero decir es que, rebajar nuestra sangre con seres tan inferiores, es rechazarse así mismo por lo que es. Por eso créeme cuando te digo que mi amo nunca te amará y si algún día un demonio te dice que te ama, en realidad solo está usándote para un fin malévolo, niña estúpida.

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Inuyasha observaba a Rin mirar a Sesshōmaru, la niña había crecido muy rápido. Pero su hermano tenía razón, una unión entre ambos era imposible por muchas razones: era como su hija, era humana con una vida extremadamente corta y, sobre todo, él, detestaba a los humanos. Estaba totalmente en contra de esas uniones y sería muy hipócrita de su parte caer en la misma desgracia que su padre, la cual condena.

Cuando la algarabía y las felicitaciones por su nuevo nombramiento terminaron, se acercó a su hermano.

—Sesshōmaru, la cachorra te mira como si le hubieran arrancado una extremidad, por no decirte que le has arrancado el corazón.

—No me interesa.

—Deja de ignorarla, Sesshōmaru.

—No alimentaré sus sueños tontos.

—No te pido que lo hagas, solo que te reconcilies con ella; como su padre.

—Estás diciéndome, ¿qué debo hacer, mestizo?

—No, solo te estoy comentando que ella es humana y que podría morir en cualquier momento. No hay tiempo de orgullo cuando se trata de humanos. No seas imbécil.

Con eso Inuyasha se marchó, pero esperaba no tener que ser obligado por Kagome para interceder de nuevo en las relaciones de su hermano.

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—Así que te nombró general ¿eh? —dijo Kagome cuando Inuyasha entró a la habitación.

Inuyasha se preguntó, cómo se había enterado.

—Es un idiota si cree que estoy orgulloso.

—¿No lo estás? Porque ahora creo que eres más atractivo. Ya sabes… Eres muy importante ahora… ¡Mi señor!

Kagome puso sus manos en los hombros del medio demonio. Ella sabía inflarle su ego. Inuyasha, pensó que si ella lo aprobaba entonces estaba bien su nombramiento.

—¿Te gusta qué ahora sea un Hanyō honorable?

—Tú me gustas en todas tus formas Inuyasha.

—Entonces demuéstrame mujer.

Inuyasha la tomó en brazos y la recostó en el futón. En medio de caricias y besos escuchó el chillido del bebé. Kagome gimió de frustración lo había olvidado.

—Lo siento Inuyasha, debe tener hambre.

Kagome, caminó hacia la canasta que había obtenido en la cocina del castillo y tomó al niño que descansaba adentro.

—No me digas que ahora adoptarás a ese cachorro humano.

—Adoptaremos.

Inuyasha negó con un gesto y colocó las manos detrás de su cabeza, y observó el techo.

—Dame una buena razón, Kagome.

—Está solo en el mundo. —Kagome, arrulló al niño mientras que con una mano buscaba un paño el que remojó para darle de beber agua.

—Mejor no hubiera preguntado. —Después volvió a sentarse, para observarla.

Inuyasha no podía dejar de pensar en que era hermosa en su papel de madre, le gustaba tanto.

—¿Sabes por qué lo salvé?

—No. ¿Cómo podría? No tengo ese poder.

—Su madre había llegado esa mañana al pueblo, era una viajera que había perdido a su esposo en la guerra y abandonó el lugar del que venía porque había rumores de que un ejército llegaría en cualquier momento. ¿Cuál crees qué era el nombre de la mujer?

—Ni me lo imagino.

—Yumiko Higurashi.

—¿Estás insinuando qué?

—No lo sé, pero no podía arriesgarme, ella estaba conmigo cuando llegaron los soldados, eran demasiados. Al principio no hicieron nada, salvo instalarse, pero en el segundo día un soldado había violado a una mujer. El esposo enfurecido gritó lo que el soldado le había hecho a su esposa. Entonces comenzó el caos. Cuando fui a buscar a Kaede la encontré muerta junto a Yumiko. El bebé estaba en el futón escondido entre las sábanas. Lo tomé y salí corriendo. Me siento tan mal Inuyasha. Dejé a toda esa gente. Hui mientras escuchaba los gritos de agonía de las mujeres que eran violadas. El llanto de los niños, mientras eran torturados y cazados como ganado.

—No podías hacer nada por ellos Kagome.

—Pero era una Miko y mi deber era estar con ellos, protegerlos.

—Cierto, pero Kaede era la líder y tú una mujer casada que había abandonado su posición cómo Miko, para llevar una vida común. No eres responsable de nada ni de nadie. Hiciste lo que creíste correcto y era asegurarte de que ese niño viviera. Porque si tus sospechas son ciertas entonces él es tu antepasado.

Inuyasha se acercó a ella para limpiar sus lágrimas, luego le quitó al niño de los brazos y dijo:

—Anda mujer tráenos algo de comer que tenemos hambre.

Kagome, entrecerró los ojos, por su despliegue de machismo, pero al ver que Inuyasha parecía disfrutar del niño comprendió que era su manera de decirle que la amaba tanto que aún, quinientos años antes de que ella naciera, él se encargaría de cuidar a sus antepasados para asegurar su llegada al pasado.

Kagome se sentía incómoda con ese Kimono y su excéntrico peinado. Pero se había visto obligada a vestirse como lo que era, la esposa de un general que era nada más y nada menos que el medio hermano del Señor del Occidente. El festejo por el nombramiento de Inuyasha casi le había hecho pensar que Sesshōmaru estaba orgulloso de su medio hermano mestizo. Claro que a ella no la engañaba, estaba segura de que él lo odiaba y que nunca dejaría de ser una vergüenza y mancha para su gran linaje. La perra de su madre miraba a su esposo con ojos astutos y sonrisa entre sínica, y de completo odio. Ella podía sentirlo.

Sesshōmaru había parecido durante toda la noche tan estoico como siempre, salvo que había intercambiado más frases con Inuyasha que de costumbre. Su esposo había cambiado mucho, más maduro y parecía estar secretamente muy complacido de ser reconocido. Era como si estuviera deslumbrado por la luz que su hermano irradiaba en todos sus súbditos, y podía asegurar que era su modelo a seguir.

Observó a Rin, ella había estado al lado izquierdo de Sesshōmaru con la mirada baja sin ver a nadie en particular. También podía sentir su tristeza. En medio del festejo se despidió con una reverencia a Sesshōmaru, sin mirarle a los ojos. Él simplemente la ignoró, como era su costumbre en los últimos días; y no pudo evitar sentir pena por ella. Habían tenido una relación padre e hija muy hermosa.

Al levantarse Inuyasha de la mesa para entablar una conversación con otros generales que lo habían estado llamando para unírseles con el Sake, ella quedó más cerca del gran señor. Sabía que él nunca la reconocería y para no ser menospreciada, decidió hablarle en un susurró.

—Gracias por esto que le has dado a Inuyasha, para él tu aprobación es importante.

Ella levantó la mirada para encontrarse con los ojos dorados del demonio, nunca pensó que él podía permitirse mirar a una humana repugnante y rebelde. No era su típica mirada asesina ni de curiosidad siquiera, era una mirada que ella no podía descifrar, solo podía decir que era demasiado intensa y que parecía querer atravesar su piel hasta llegar a sus pensamientos. Kagome tragó en seco.

Sin dejar de mirarla levantó su vaso y bebió, el resto de Sake. De repente Kagome tenía la boca seca. Una carcajada la liberó de la mirada del demonio. Era su madre, ella no los observaba, pero era evidente que había burla en su sonrisa.

Kagome miró hacia todas partes para intentar descifrar de quien se burlaba, no encontró nada. Cuando volvió su mirada hacia el demonio él estaba estoicamente mirando al frente, había perdido su atención. Era evidente que su concesión había terminado.

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A la mañana siguiente, Shippo se encontraba entrenando con Inuyasha, al niño se le había entregado su primera espada y a pesar de estar recibiendo una paliza de su padre adoptivo, estaba feliz y solo por eso, Kagome se había detenido de gritarle a Inuyasha. Comprendía que era necesario, pero lo detestaba. Arrulló enérgicamente al pequeño Tadao, su segundo hijo adoptivo. Fue tan solo un momento en el que sintió una fuerte mirada.

Buscó la fuente de esa extraña sensación para encontrarse con los ojos dorados de la madre de Sesshōmaru. La lady del Oeste, parecía más intimidante que su propio hijo. Kagome asintió en reconocimiento de la fuerte Inu que no le quitaba la vista de encima, y se mantuvo un rato más observando a su esposo e hijo. Pero cuando ya no pudo con la terrible sensación, caminó hacia el interior del castillo. Se preguntó si ella le recordaba a la humana que le quitó al gran Inu No Taishō. La verdad, no deseaba averiguarlo.

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Sesshōmaru había estado de muy mal humor, habían acabado con ese repugnante humano y su ejército, pero no era su único enemigo ni el último, por supuesto. Al parecer una vez que caía uno se levantaba otro más fuerte, porque los señores se estaban uniendo y él solo contaba con un aliado y eso era una alianza echa más por Inuyasha que por él.

El príncipe lobo no era de su agrado. Necesitaba sacar su frustración. Entonces escuchó al cachorro humano llorar y la voz de la Miko hablándole para tranquilizarlo. Esto lo enfureció todavía más. El niño lo irritaba de sobre manera. Salió de la habitación siguiendo la voz de la mujer que caminaba en dirección a sus habitaciones.

—Ya cariño. ¿Tienes sueño? ¿Qué pasa Tadao?

Sesshōmaru se detuvo, su aura permanecía oculta. Entonces pensó que sería tan fácil matarlos a ambos. Pero luego recordó al mestizo que era su hermano y se detuvo. Él no se rebajaría al asesinato por la espalda de dos miseros humanos. Sesshōmaru fue en busca de Inuyasha, él pagaría por su mal humor.

El entrenamiento casi pelea —entre Inuyasha y Sesshōmaru—, había sido interrumpida por un soldado que traía un mensaje del tejón. «El túnel del viento», había dado noticias, entonces Sesshōmaru recordó que después de todo, el Oeste, tenía aliados y nada más que nada menos que dentro de la casa del enemigo.

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Cuando Miroku llegó a la aldea de Jinenji, había sido demasiado tarde. Otros soldados y monjes estaban ahí. La madre del medio demonio había sido golpeada por la misma aldea, hasta morir. Caminó hasta donde se encontraba el medio demonio atado a un árbol y golpeado. Al parecer era su día de debilidad.

El medio demonio sin ojos ahora, pudo escuchar los pasos de un hombre acercándose, su aroma le era familiar, pero aun cuando supiera quién era no podía comunicarse. También le habían arrancado la lengua.

—¿Se puede saber porque están aquí, en lugar de avanzar, señores? —Miroku, observó con desdén, al grupo de monjes que habían estado escupiendo al medio demonio momentos antes.

—Su excelencia, encontramos a este medio demonio y decidimos acabar con él, solo que cómo puede ver, era demasiado grande. Nos costó algo de trabajo derribarlo.

—Sí ya veo, que les costó jugar con él. ¿Creen que soy imbécil? O ¿En verdad ustedes son tan débiles? ¿Quién es la anciana que yace muerta? —Miró de reojo a la mujer, y maldiciendo por dentro.

El medio demonio se removió, soltando un gemido de dolor. No sabía que su madre había muerto defendiéndolo. Tenía la esperanza de que ella se salvara.

—Era la madre de está abominación, Excelencia.

Miroku no mostraba ningún sentimiento en su rostro, no había asombro, repulsión o tristeza.

—Bien. ¿Qué esperan para continuar?

—Pero ¿qué haremos con él? —preguntó el monje más joven.

—Nada, lo hare yo.

Miroku se acercó a Jinenji, arrodillado para quedar frente a él, siendo consciente de las miradas especuladoras, tomó una daga y dijo en un susurro:

—Una muerte rápida es lo más que puedo hacer por ti amigo mío. Perdóname por no llegar a tiempo.

Entonces clavó la daga en su corazón.

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Inuyasha, estaba furioso. El enemigo estaba ganando terreno.

—¡Malditos! ¡Voy acabar con todos ellos!

—¡Inuyasha!

Inuyasha miró a su hermano, no comprendía como podía mantenerse en calma cuando habían recibido la noticia de la muerte de Jinenji. Era un medio demonio sin valor para Sesshōmaru, pero así, como habían dado caza a Jinenji, también lo hacían con demonios completos.

—Déjame ir hermano. Me desharé de esos malditos —Inuyasha rogó, lleno de rabia y una sed de venganza incontrolable.

El túnel del viento había enviado el mensaje de la muerte de Jinenji junto con la ubicación de la siguiente junta de líderes sacerdotales, una oportunidad para cortar sus cabezas, algo que descolocaría al enemigo y en consecuencia Miroku escalaría una vez más obteniendo así más información de primera mano. Un plan arriesgado, pero bien elaborado que no podían dejar escapar.

—Hazlo.

Kagome, vio a su esposo caminar furioso hacia ella, con el presentimiento de que algo no iba bien, dio unos pasos al frente hasta que se alcanzaron.

—¿Qué sucede?

—Partiré a una misión.

Kagome asintió, pero él no la había engañado.

—Hay algo más ¿verdad?

—Kagome…

—Dime… ¿Es Sango o Miroku? ¿Qué sucede Inuyasha?

—Jinenji está muerto. El túnel del viento nos envió un mensaje que nos da la ubicación de los líderes y un plan para matarlos.

—Suena peligroso.

—Sí, pero Miroku ascendería y obtendríamos más información exacta del enemigo. Es su plan Kagome y él es un hombre que difícilmente se equivoca.

—No quiero que te hagan daño.

—No lo permitiré. Ven acá, que quiero hacerte el amor.

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Rin cortaba flores, para el soldado que había estado cuidando, afortunadamente él había sobrevivido.

—Rin.

Al escuchar la voz de su Señor llamándola a sus espaldas ella apretó las flores que tenía en la mano. Se levantó del piso y se giró a él. Su rostro tan hermoso como siempre no estaba cargado de frialdad como los últimos días.

—Señor.

Sesshōmaru se dio la vuelta para comenzar un paseo, ella le siguió, como lo había hecho cuando era una niña. Quería abrazarlo y suplicarle perdón por haberse enamorado, quería decirle que ya no lo quería de esa manera solo para que todo volviera ser como antes y que él la reconociera, y le hablara como antaño. Quería sentir su mano en su rostro los nudillos del demonio acariciar sus mejillas. Quería sentir el calor de su abrazo mientras la paseaba volando. Ella decidió amarlo en silencio.

En ese paseo no hubo palabras, solo entendimiento y la reconciliación estaba dada.

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Kagome se despidió de Inuyasha al amanecer, a pesar de las marcas en su cuello y brazos se veía hermosa con el Kimono blanco y flores de colores, su cabello suelto y más largo de lo que el Señor Demonio recordaba.

Los primeros rayos del sol iluminaban su hermoso rostro mientras sacudía su brazo para decir adiós a Inuyasha y a los guerreros que lo acompañaban. El demonio no podía quitarle la vista de encima.

Cuando ella ya no pudo verlos, suspiró. Se mordió el labio inferior, incomoda de permanecer al lado de Sesshōmaru, pero no podía retirarse antes que él, de hecho, no podía hacer casi nada estando en su presencia sin su autorización. Ella no podía mirarlo, simplemente miró al frente esperando a que hiciera lo que siempre hacía dar la vuelta y marcharse…

—Sacerdotisa.

Al escuchar el sobrenombre cerró los ojos y maldijo. «Maldito, tenías que esperar a que Inuyasha se fuera, ¿no? ¿Iba a matarla?», pensó Kagome.

Rin le quitó al bebé que cargaba en sus brazos y se fue con Shippō.

Una vez solos ella se giró para mirarlo. Sesshōmaru miraba hacia el frente, pero nunca a ella. No era digna.

—Señor Sesshomaru. —Casi quería vomitar su nombre.

—A partir de mañana entrenarás para ser útil en la guerra, como miembro de este clan, tu deber es con occidente.