El sonido de las espadas al chocar, era atronador; el Kit estaba agotado, gotas de sudor caían de su pelaje pelirrojo. En esa batalla no podía utilizar su magia. El demonio que parecía estar jugando con su presa, no mostraba ningún signo de asombro por las tácticas nuevas del Kit. La pelea del kit con el hierro de la espada del Demonio, figuraba ser sangrienta para él, que había sido cortado en diferentes partes de su cuerpo. Kagome, salió corriendo del salón de magia que ocupaba para entrenar su reiki al escuchar y reconocer el fuerte alarido de su hijo adoptivo. Lo que encontró, la llenó de ira incontrolable; su cachorro estaba inconsciente en el piso.
—¡Shippō! —Kagome llegó hasta el niño y lo giró para encontrarse con el desastre sangriento en el que estaba convertido—. ¡¿Qué le has hecho?! —gritó furiosa.
Sesshōmaru guardó silencio hasta que ella se puso de pie, su poder espiritual comenzó a emanar de su cuerpo causando que los demonios a su alrededor retrocedieran ante la enorme energía sagrada.
—¿Qué le has hecho? —preguntó de nuevo mientras miraba los ojos color ámbar del demonio sin ninguna intimidación.
—Para en este instante o matarás al niño.
Las palabras del demonio la hicieron consiente de su energía.
—¡Maldito! Como si él te importara…
Sesshōmaru tomó a la mujer del cuello en un abrir y cerrar de ojos, y la elevó hasta que la fortaleza que habitaban no era más que un punto.
Kagome estaba por desfallecer por la falta de oxígeno, estiró las manos para alcanzar el rostro de Sesshōmaru y concentró su reiki en sus palmas y luego, dejó ir su energía en contra del demonio.
El rostro del demonio deformado, herido por la energía purificadora, mostró sus colmillos y sus ojos rojos. Pero estos colmillos, armas mortales, no amedrentaron a Kagome. Su odio hacia el demonio le dio la fuerza para intentar asesinarlo sin compasión. Así le costara la vida, mientras que Inuyasha viviera todo estaría bien.
Kagome perdió el conocimiento al mismo tiempo que sentía que podía volver a respirar.
Sesshōmaru había querido matarla; ella no solo era una humana, también era una sagrada por lo tanto era como tener a su enemigo en casa. Además, la odiaba por todas las razones correctas por las que un demonio como él, debería odiarla.
Pero de pronto sintió las manos de la humana en su rostro como hace unas noches donde ella lo besó. En ese momento esperaba cualquier cosa excepto la luz que emanó de sus manos quemando su rostro en el proceso. La soltó. Ya sea por la impresión o para darle una lección. Pero luego recordó que ella moriría al impactar en la tierra. Y él todavía quería darle una lección.
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El sonido del llanto de un bebé la despertó. Al abrir los ojos se encontró con el techo de su habitación, tocó su cuello, la garganta le dolía al pasar la saliva, carraspeó un poco antes de darse cuenta que estaba severamente afectada. Se sentó en el futón para encontrarse con Sesshōmaru al otro lado de la habitación, observando con los ojos rojos, el rostro quemado y gruñendo bajo, mostrando sus colmillos a su bebé humano.
Kagome nunca sintió tanto temor como en ese momento, ni siquiera cuando luchó contra Naraku o cuando Inuyasha estuvo en varias ocasiones en un punto peligroso. Ella temía moverse incluso respirar. Si el demonio era consciente de ella no lo hizo saber.
—Sesshōmaru —su voz era un susurro, le había lastimado las cuerdas vocales con el estrangulamiento. Él giró lentamente la cabeza hacia ella y su gruñido comenzó a sonar más fuerte. —¡Por favor! ¡No le hagas daño!
Una sola lágrima cayó del rostro de Kagome, incluso sollozar temía.
—¿Crees que este Sesshōmaru dañaría a un cachorro? ―preguntó con voz ronca, animal.
Los ojos de Kagome se movían de un lado a otro pensando en cuál sería la respuesta correcta. Con lentitud ella bajó la cabeza ocultando sus ojos al demonio y se arrodillo en el Futón, temía moverse de una manera que pareciera ofensiva o retadora que enfureciera al demonio o que lo tomara como una ofensa. Así que hizo lo que cualquier madre haría por su hijo: Suplicó.
Con su frente pegada al futón de rodillas con las palmas hacia abajo pidió perdón.
—No, señor Sesshōmaru. Usted no dañaría a un cachorro.
Y ella lo había dicho de verdad, él no había dañado a Rin. Una niña humana huérfana. Todo lo contrario, ella había sido provista y cuidada con lo que él consideró lo más apropiado, y podría decir sin dudar que lo mejor que podría tener una niña en su condición.
—¿Eso crees mujer?
—Sí, señor. Cometí un error, yo… me asusté por… por mi hijo —dijo refiriéndose ahora a Shippō.
—Él no es tu hijo, humana.
—Lo siento… Lo siento. Inuyasha nunca lo trató así.
—El mestizo no fue educado en las artes de la guerra. —El demonio se alejó del niño llorón dirigiéndose a la salida de la habitación y antes de salir dijo—: No volverás a interferir en la formación del Kit, si quieres que aprenda a sobrevivir.
Cuando el demonio se fue, Kagome soltó por fin un sollozo y corrió hacia el bebé para abrazarlo y besarlo con sus piernas temblorosas y mejillas mojadas.
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Después de ese día ella no había vuelto a ver a Sesshōmaru, se había dedicado a seguir el entrenamiento, que el demonio había ordenado para ella. Su barrera de reiki se había fortalecido y ahora podía extenderla a una gran distancia, su posición dentro del ejercito era la de un arquero, con la distancia suficiente para atacar y proteger a la vez. Ella no sería puesta en peligro. Estaría siempre protegida ya que era sin duda un arma eficaz contra los demonios que habían traicionado a los suyos uniéndose a los ejércitos de los humanos que estaban acabando con la raza Yōkai.
Kagome no había tenido noticias de Inuyasha y aunque había preguntado a la madre de Sesshōmaru, ella no le respondió. La Dama del Oeste, solo le había sonreído y ordenado que se dirigiera a Sesshōmaru. Por supuesto, Kagome no lo hizo.
El invierno había llegado, pero aun así el entrenamiento no había cesado. Sesshōmaru había solicitado a su Sensei una demostración de su avance para evaluar si estaba lista o no para la próxima batalla. Sesshōmaru estaba impaciente por sentir sus garras sobre el enemigo y aunque había salido un par de veces del Shiro no había sido suficiente, él no saldría hasta que Inuyasha regresara para quedarse en su lugar. Las noticias de varios Señores uniéndose contra él y los ejércitos humanos, causando estragos en todo Japón no le permitían actuar impulsivamente.
El viento frio calaba en los huesos de Kagome, pero aun así se mantuvo firme en su lugar sin demostrar emoción alguna. El demonio al que odiaba con todo su corazón se encontraba sentado en su trono observando a sus soldados luchar entre sí. El turno de Kagome había llegado una hora después.
Cuando Kagome estaba por comenzar el sonido de la entrada en el campo de entrenamiento de varios soldados detuvo el evento. La comitiva frente a Sesshōmaru descubrió a un pequeño demonio no mayor a Shippō. Kagome no comprendía porque el niño parecía haber sido arrastrado por todo el camino, su naturaleza le gritaba que fuera a él y lo ayudara.
—Señor Sesshōmaru, encontramos a esta escoria llevando información al enemigo.
Sesshōmaru miró al niño, sin emoción en su rostro. Pero el joven sabía lo que ocurría a los traidores en el Oeste y por lo tanto ya nada tenía que perder. El chico escupió al piso y miró retadoramente al gran señor.
—Explica.
Ordenó Sesshōmaru, pero este solo sonrió y negó con la cabeza. Sesshōmaru miró al capitán, el demonio Zorro le dio un asentimiento al Lord. Sabían lo suficiente. Él niño podía ser asesinado. El demonio invocó su látigo contra el traidor, pero Kagome no podía permitirlo. ¡Era un niño! ¿Cómo podía matarlo? Él había dicho que no era capaz de matar a un cachorro, entonces, ¿por qué?
Cada vez que ella quería confiar en él, este hacía lo contrario para que ella lo aborreciera. Era un mentiroso, ¿no? Ella lo sabía. Él le había dicho que era la causa de la muerte de Inuyasha, era un traidor. La barrera de reiki fue erigida.
Sesshōmaru miró a la mujer de su hermano y se preguntó: «¿Cómo se atrevía?»
Kagome se encontraba todavía en las filas mirando hacia el niño, no era tan estúpida como para crear una barrera y permanecer fuera de ésta. Él quería una demostración de su poder, pues entonces, aquí la tenía. Los demonios a su lado dieron un paso atrás, no lo suficiente para alejarse porque estaban atrapados dentro de la barrera con ella. Miraron a su señor. Pero no hicieron nada para atacarla, puesto que él todavía, no les había dado la orden.
Sesshōmaru se preguntó, si acaso era estúpida. ¿Creyó que sus soldados la respaldarían? ¡Qué ilusa!
El látigo de Sesshōmaru comenzó a chocar contra la barrera, el demonio furioso lo golpeaba sin piedad, Kagome, sintió cada golpe dentro de su alma, como una enorme pared ardiendo y quemándola por dentro; ella cayó de rodillas, pero la barrera todavía estaba de pie.
Golpe tras golpe, cada uno más fuerte que el otro. Sesshōmaru no estaba siendo dominado por su bestia y eso era peor, porque podía ver en su mirada dorada el goce por su sufrimiento. Era despiadado.
Los gritos de la mujer resonaban en el patio y no se sabía si era estúpida o muy valiente al soportar tal castigo y todo por un traidor. ¿A caso ella también lo era? Muchos se preguntaron.
Fue en el doceavo golpe que Sesshōmaru rompió la voluntad de la mujer.
De pie frente a ella la tomó del cabello sus garras rasgaron su cuero cabelludo y la arrastró frente al traidor.
—Lo matarás o morirás con él deshonrando a Inuyasha.
—Mentiste… dijiste que no matabas cachorros y mírate, ibas a matar a uno de tu propia especie.
—Y no lo hago, a menos que sea alguien sin valor y deba dar una lección para aquellos que crean que el Oeste es débil y tolerante con la inmundicia.
El niño Yōkai aprovechó la distracción para atacar a Kagome, la mujer era conocida como la puta del medio demonio, su debilidad. Ella gozaba de la protección del gran señor y si él fallaba en eso, su gente podría llegar a Inuyasha.
Las garras del niño, rasgaron la espalda de Kagome, Sesshōmaru lo vio venir hacia ella, pero la obstinada mujer debía aprender su lección. Ella tenía que aprender a no ofrecer su piedad a cualquiera. No todos la merecían, es que ¿acaso no aprendió de la desdichada Kikyo y Onigumo?
Su piel estaba siendo desgarrada por las garras de un Yōkai, estas atravesaban su carne no para matar rápidamente sino para causar su sufrimiento. Kagome sabía que no era un soldado obedeciendo las órdenes de Sesshōmaru, que la observaba de pie con el rostro sin emoción. Él le había dicho que su deshonra seria morir como una traidora del oeste y como una imbécil, pero no podía atacar al niño. Sus ojos se encontraron con Shippō que lloraba y gritaba que lo matara.
El olor de su sangre excitó a los demonios a su alrededor que gruñían y gritaban a favor de su muerte. No desconocía que para esos demonios ella era una traidora a su especie, como el niño que la estaba hiriendo, no confiaban en ella antes y ahora les estaba dando todas las razones para nunca aceptarla. Nunca le hablaron ni prestaron atención fuera de los entrenamientos, ellos trabajaban a su lado porque se les ordenó, más no porque lo que desearan. Así que… Sí. La deseaban muerta y esta, era su oportunidad.
Kagome, no permitiría que Shippō sufriera las consecuencias; seria marginado aun más de lo que seguro ya era por ser el hijo adoptivo de una humana sin valor. Su muerte significaría la muerte del que posiblemente era su antepasado, pero, sobre todo, sería abandonar a Inuyasha. Romper su promesa y causarle dolor.
Kagome se giró tirando a un lado al pequeño demonio, que de inmediato volvió a saltar sobre ella enfurecido; era una pequeña Bestia sin sentimientos o piedad, tan llena de odio que Kagome se preguntó cómo puede romperse la inocencia y la bondad en el alma de un niño, ese demonio tenía la edad de Shippō cuando lo encontró. Sujetó sus manos…
—Para, por favor no me obligues…
Los gruñidos del demonio le dijeron que no esperara eso. Ella en verdad no quería asesinar a un niño, odiaba a Sesshōmaru por forzarla a esto, por haberla engañado haciéndola creer que él no mataba a los niños. Odiaba la posición en la que se encontraba, ¿por qué debería ir en contra de su naturaleza noble? Con lágrimas en el rostro, ella finalmente se giró tirando al niño a un lado, frente a él, el niño con la piel de reptil se abalanzó sobre ella nuevamente. Kagome supo que él estaba perdido entre el odio y la maldad.
Lo purificó.
Shippō, se encontró con Kagome en un fuerte abrazo, él la conocía lo suficiente para entender el precio que Kagome había pagado por su desobediencia. Ella aprendió que no puede salvar aquellos que no quieren ser salvados.
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Rin cambiaba los vendajes del joven soldado, hubo un momento en el que pensó que moriría, pero él había demostrado ser más fuerte.
Ahora se sentía un poco incómoda bajo la mirada inquisitiva del hombre. Rin tomó un paño limpio y lo sumergió en un tazo con agua hervida como le había enseñado Kagome y, comenzó a quitar la suciedad y sudor de su pecho, tomó otro y continuó limpiando hasta que llegó a la herida. Miró un momento al rostro del hombre que la observaba atento y le dijo suavemente:
—Ya lo sabes, Va a doler.
—Ya lo sabes florecita… puedes continuar.
Rin untó jabón en otro paño y comenzó la tarea de lavar la herida. Él soldado solo se quejó un poco, aunque quería gritar no lo haría porque quería impresionarla y porque el dolor valía la pena si al final sus dedos rozarían su piel sensible una y otra vez causándole un escalofrío que recorría su cuerpo en un delicioso placer. Rin nunca se dio cuenta de lo que causaba en el hombre.
Sus dedos de nuevo le regalaron tan dichosa tortura mientras lo vendaba, Daisuke sin poder aguantar más, atrapó su muñeca. Tan suave al tacto como debería ser para alguien de la corte del Demonio del Oeste, se preguntó si ella era su ramera humana, pero luego lo descartó; la joven era toda inocencia.
—¿Sabes lo que una bella mujer puede hacerle a un hombre con su toque?
La voz de Daisuke era ronca y oscura. La joven lo había mirado con sus ojos grandes e inocentes. No sabía lo que podría hacerle a un hombre.
—Lo siento si lo he lastimado.
—No lo lamentes porque realmente me gusta sentir tu piel sobre la mía, es solo que eres una doncella y me temo que si mancillo tu honor el demonio… tu protector me despellejará vivo.
Los ojos de Rin se abrieron al instante tan grandes que Daisuke abría creído que saltarían de sus cuencas.
—A él no le importa Rin…
Daisuke acunó el rostro de la joven que tenía lágrimas en sus ojos achocolatados. Él pensó que era una joven muy hermosa, lo suficiente como para querer hundirse entre sus piernas y correr el riesgo con el demonio. Ella lo valía.
—Oh, dulce, dulce florecilla. Dime, ¿quién ha roto tu frágil e inocente corazón?
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Kagome se encontraba sentada bajo la sombra de un árbol en los jardines del palacio, el Kit le mostraba sus nuevos trucos. Ella le sonrió, aunque en el fondo se preguntaba sí Shippō tendría la edad suficiente para cuando ella muriera.
Kagome sintió el aura de un soldado acercándose a ellos, pero aun así no giró la cabeza en su dirección. Los odiaba a todos porque siempre la trataban peor que a la escoria.
—Miko, debes prepararte. Lord Sesshōmaru desea que participes en la siguiente expedición. Saldremos al anochecer.
El soldado se retiró sin hacer caso a los fuertes chillidos de la hembra humana que era bastante tolerada por su señor. Todos sabían de antemano que ella era la hembra de Inuyasha y eso mismo la salvaba de que le arrancaran la cabeza por su impertinencia. Solo esperaba que colmara la paciencia de su benevolente señor lo más rápido posible.
Kagome abrazó a Shippō tras ver que el soldado la ignoró.
—No te preocupes Kagome él no permitirá que te ocurra nada. Eres manada.
—No lo sé Shippō, no confío en él. Pero si no vuelvo…
—Si no vuelves… ¿Qué?
Kagome saltó de repente mirando hacia atrás donde se encontraba la Dama del Oeste. No respondió a la Dama, no le temía, pero eso no significaba que no la respetara por su poder. La madre de Sesshōmaru era tan fuerte como él.
—Miko, mi hijo puede ser todo lo que a tu cabecita pequeña se le pueda ocurrir, pero nunca un cobarde que ataca por la espalda. Ahora niña… ¿Qué ibas a decir?
Kagome regresó su vista al Kit y él también la miró.
—Dile a Inuyasha que no olvide el futuro… que soñamos. Y nunca, nunca debes rendirte mi pequeño niño.
Para Kagome era inaudito que se sintiera amenazada a cada paso que daba sin Inuyasha.
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—Malditos demonios y sus habilidades asombrosas… si, si caminemos en la oscuridad a no sé dónde para matar a no sé quién en compañía de una humana torpe, sin valor y sin habilidades para ver en la oscuridad.
Cada soldado a su alrededor había estado escuchando su balbuceo desde que fue tan oscuro para los humanos como podía ser en una noche sin luna. Y todavía más allá de ellos la habían escuchado. Algunos sonrieron con malicia.
Aunque había estado entrenando no había sido suficiente, ella era humana y esos demonios caminaban, y caminaban sin cansarse. No veía, había tropezado y maldecido, una y otra vez. La armadura que llevaba era extremadamente pesada y todos se movían a un paso rápido que no podía mantener en su nefasta humanidad. Sin contar que cada tanto tiempo era rebasada y cada vez más, dejada atrás. Si fuera de día apostaba que ya hubiera conocido el rostro de la mitad del ejército de Sesshōmaru.
El sudor y la armadura en la cual habían insistido, alegando en que debía de llevar oculto el rostro, para evitar que el enemigo supiera que era humana y, nada más y nada menos que la sacerdotisa de Inuyasha. Ella estaría camuflajeada entre los demás para que no pudieran intentar matarla. Antes de que pudiera derribar a los Yōkai traidores. Pero Kagome creía que a ese paso cuando llegaran a su destino no tendría energía ni para matar a una mosca.
El sudor acumulado, con el peso y la fatiga, la estaban mareando. Sesshōmaru había ido al frente, pero era un Daiyokai tan poderoso que sus sentidos auditivos captaban entre el silencioso caminar de su ejército y la Miko rebelde, escandalosa y odiosa. Su general que era a su vez el maestro del Kit y la Miko, miró a su señor dar un salto y volar hacia atrás. La Miko se había rezagado.
Tan concentrada en caminar hacia el frente intentando mirar por donde iba, no se percató del muro de armadura con el que se estrelló. El chillido ante su inminente caída lastimó los oídos sensibles de cada soldado que caminaba a metros de ella.
Sesshōmaru tomó el brazo de la Miko y la levantó.
—No tolero la debilidad Miko.
—No tolero que me trates como un demonio, soy humano. Lord Sesshōmaru.
Sesshōmaru le arrebató el casco que ocultaba su rostro enrojecido y sudoroso con hebras negras pegadas en él. Por un momento, Kagome creyó que le arrancaría la cabeza.
Sus ojos azules ciegos por la oscuridad llevaban ese aire retador que tanto odiaba Sesshōmaru. Ni siquiera cuando hizo brillar sus ojos a un rojo en la oscuridad, la mujer se hizo atrás. Sesshōmaru soltó el casco, luego la jaloneo y trozó con sus garras las hebras que ataban las hombreras al cuerpo de la Miko, le siguió la pesada y gruesa pechera de hueso.
Ella realmente detestaba llevar los restos de un muerto encima y no sabía si agradecerle por el respiro u odiarlo porque estaba dejándola descubierta. Su vestimenta debajo de la armadura constaba de un ligero Kimono empapado de sudor. El aire fresco le causó un escalofrío y sus pezones se levantaron dejando al descubierto, lo que tenía para ofrecer a su amante a la vista de un demonio que podía ver en la oscuridad.
Sesshōmaru tomó la enorme pechera y comenzó a romperla a la mitad dejando solo la base alta para proteger su pecho en especial su corazón. Tomó el casco y arrancó los enormes cuernos de jabalí tan grandes y pesados que no le servían de nada a la Miko más que para obstaculizar su visión como para utilizar correctamente el arco.
Tomó la pechera y comenzó a maniobrarla en el cuerpo de la mujer atándola, era imposible que lo hiciera por si sola con su ceguera y no era correcto, que otro hombre que no fuera de su familia la tocara y viera lo que él había visto sin desearlo. Se dijo así mismo que tenía que hacerlo sin perder más tiempo con la torpeza de la mujer.
Pero mientras Sesshomaru maniobraba las cintas, sus garras rozaron levemente la punta de sus pezones. Ella gimió de asombro por el toque, sin embargo, ella rechazó el pensamiento de que él quería sobrepasarse con ella, ¿verdad? Pero cuando hubo un segundo toque ella entre abrió los labios, al final no fue capaz de pronunciar ni una sola palabra. ¿Qué le diría? El demonio se burlaría de ella por siquiera pensar en que él estaba abusando de la confianza de una buena mujer, una que era una miko capaz de purificarle el trasero al instante de sentirse amenazada. No se sentía amenazada, con él no habían segundas intenciones, no caería tan bajo en la lujuria como un vil débil y repugnante demonio de bajo nivel. Pero su padre no era un demonio de bajo nivel, no. No lo fue.
Luego, la giró para atar las cintas en su espalda y ella juró que por un instante algo rozó su nuca, no las manos del demonio, era su respiración.
—Una vez que lances la primera flecha con tu poder sagrado todos sabrán que eres una Miko —le susurró cerca de su oído, estando todavía detrás de ella. Kagome se lamió los labios y tragó en seco.
Por último, la giró de nuevo quedando frente a frente, sus manos reteniéndose un poco más en sus hombros, y al retirarlas sus garras rasparon, no para cortar la tela de sus hombros sino como una caricia. Fue extrañamente intima la acción e imposiblemente imposible.
Luego saltó de nuevo a los cielos para llegar al frente de su ejército. Sintiendo todavía el asco por el aroma intoxicante de la Miko, apretó su mano en un puño lleno del sudor de la mujer.
Su general que caminaba a una distancia prudente, observó con detenimiento cada acción de su señor.
Kagome volvió a maldecir porque tenía rato que el ejército la había dejado atrás. Rebuscó su arco en el piso encontrándolo y también uno de los cuernos de jabalí. Ella corrió al frente para alcanzarlos, sabiendo que tropezaría a cada instante.
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Había leído y visto tanto sobre las guerras, pero nada de eso había sido narrado o interpretado tan correctamente. Era devastador, humanos y demonios yacían alrededor de ella muertos. Sesshōmaru la miraba a la distancia, los suyos comenzaron a acercarse poco a poco rodeando a la pequeña mujer. Ella parecía en estado de shock, ¿Cómo podía la humanidad alcanzar tanta maldad corrupta? Habían utilizado niños sagrados como escudos para exterminar a los demonios mientras los mayores esperaban el contra ataque.
Kagome había lanzado la flecha sagrada para purificar a los demonios contrarios, no había querido sentirse bien por asesinar como lo hizo, pero de verdad que las guerras eran sin razón y se trataba de ganar o morir. Ella había cerrado los ojos y pensado en que Inuyasha la estaba esperando en cualquier lugar, recordó que Miroku y Sango hacían lo propio para proteger a su familia. Jugar a dos bandos les aseguraba tener doble protección y ella… ella también tenía, muchos a los que proteger. No importaba cuanto odiara a Sesshōmaru su orgullo no tenía cabida para la venganza en ese momento si ella debería de acabar con él, lo haría con sus propias manos.
Tras la primera flecha purificadora, se quitó el casco que protegía su identidad, los monjes la miraron altivamente con sus ojos furiosos llenos de odio. Y ella llevaba esa ferocidad que Sesshōmaru una vez había visto cuando luchó contra Naraku. La segunda flecha dio en el corazón de un monje, aquel que lidereaba y ni siquiera Sesshōmaru había dado la orden de atacar. Pero ella no iba a desaprovechar la confusión y el asombro de los monjes ¿o sí?
Su poder purificador había sido mostrado como ninguno antes. Y cuando creyeron que la segunda flecha llevaba el mismo objetivo de purificar a los pocos demonios de su bando que quedaban, se llevaron la sorpresa en su orgullo mancillado. Su líder, había caído y con eso su derrota fue inminente; y asombrosamente rápida.
Kagome caminaba a paso lento, qué importaba si esos estúpidos demonios la dejaban atrás, no estaba de humor para corretear detrás de ellos, eso era lo que había creído en un principio cuando comenzó la caminata. Pero grande fue su sorpresa cuando sus compañeros comenzaron a caminar a su paso. Ella no levantó la vista del piso como había hecho desde que había lanzado las flechas, todo había sido un borrón a partir de ahí. Kagome se había caído de rodillas con lágrimas en los ojos mirando la batalla llevarse a cabo.
¿Por quién había llorado? ¿Por los niños caídos? ¿Por los hombres de su especie? ¿o por los Yōkai que asesinó? Muchos de ellos se preguntaron, pero Sesshōmaru sabía bien, ella lloraba por el simple hecho de haber matado. Una sagrada con un poder tan grande y fuerte poseía un alma pura. Ella era diferente a esos tontos que ocupaban su poder no para proteger, sino para sus propios fines ambiciosos. Ella les había dado la victoria prematuramente si debía reconocer. Y por eso, le dio su respeto.
Cuando llegaron a la fortaleza todavía nadie había dicho una palabra, al menos en los entrenamientos había camarería entre ellos, a ella la ignoraban como siempre, pero con forme pasó el tiempo comenzó a notar ese incómodo silencio. Entraron por las enormes puertas y ella sin esperar la orden de nadie se dirigió a su hijo el Kit que esperaba ansioso y lo abrazó con toda la fuerza que tenía.
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Kagome se encontraba caminando detrás de un Jaken presumido, que extrañamente la había llamado por su nombre y pedido que lo acompañara hasta donde se encontraba su maestro. Ella no sabía dónde encontrarlo, la verdad era que ambos se evitaban como la peste podía evitarse. Habían transcurrido seis días de su llegada después de la batalla y había faltado a tres entrenamientos. Como nadie la había mandado a llamar supuso que no les importaba, después de todo nadie la extrañaría. Así que suponiendo que tenía una idea del por qué había sido convocada por el Gran Señor. La desobediencia.
Kagome rodó los ojos…
Jaken abrió las grandes puertas de lo que parecía un salón con un trono en el centro una gran mesa frente al trono y sus ocho generales frente al gran señor del Oeste. Todos la observaron. Ella miró a su maestro, el zorro general tenía una media sonrisa que desde donde ella estaba, parecía sádica. Era un zorro muy astuto apenas y le dirigía la palabra para entrenarla y la mayoría de las veces la ignoraba… como todos.
De pie frente a Sesshōmaru ella no bajó la vista y ni siquiera reverenció. Pero de nuevo se dijo que su madre era una Perra peligrosa, así que la miró al lado de su hijo e hizo lo propio con la dama.
La Inu sonrió divertida detrás de su abanico.
—Kagome Taishō, como esposa de Inuyasha y por la asombrosa demostración de lealtad hacia el Oeste en la batalla anterior, se te ha consentido un lugar en nuestra mesa.
Había dicho un general, Kagome no podía decir qué clase de demonio era, salvo que era muy hermoso.
—Yo… no entiendo. Sólo hice lo que se me pidió.
—Hiciste más que eso querida —dijo la Dama—. Localizaste de inmediato al líder y lo mataste sin pensar más que en dar la victoria al Oeste.
—Fue un golpe de suerte, Señora.
—¿Cómo podría ser un golpe de suerte tanta habilidad? Me ofendes soy yo quien te entrena.
Todos rieron tras la burla, excepto Sesshōmaru que miraba atento cada movimiento de la mujer, había sido el zorro llamado Kara, quien pidió una recompensa honorable por los actos de la mujer, no solo había destruido la columna vertebral de su enemigo, sino que también lo honró con su lamento. A su parecer, había sido honorable, aunque otros lo vieran extraño, pues eran guerreros sin ley en su mayoría, pero él era un samurái. Respetar a su enemigo era un honor que pocos tenían.
—Bueno yo… fui quien rompió la perla de Shikon en mil pedazos y créame cuando le digo que no fue mi intención.
—¡Miko!
Kagome levantó la vista hacía Sesshōmaru…
—Te sentarás a mi lado en la posición de Inuyasha hasta que regrese; y no discutirás.
Kagome caminó lentamente hacia el mirándolo a los ojos, detestándolo por obligarla a permanecer en ese lugar. Al sentarse a su lado en los cojines con las piernas en posición sus brazos se rozaron y un escalofrío recorrió su columna.
