Kagome había viajado el primer día vestida con el Kimono que la Dama le había dado, y aunque era incómodo viajar con él, lo hizo de todos modos. Luego, Sesshōmaru la hizo entrenar con tan maravilloso vestuario y fue peor.
—Antes de partir —susurró jadeante—, ¿puedo ir al río a lavarme? —Kagome había caído al piso de rodillas, cuando él dijo que era todo por ese día.
—Nos iremos de inmediato —respondió tajante el demonio.
—Por favor. Necesito un baño —insistió amablemente.
—Sube al caballo o te quedarás atrás —su voz severa no daba paso a nada más, pero Kagome no era como los súbditos del Señor.
—Por favor, no tardaré. Lo prometo, solo necesito un momento.
Kagome se señaló a sí misma y con la mano precisó su ropa desaliñada y su peinado arruinado. Él pareció entenderlo porque su ceja aristocrática se levantó burlonamente.
—Hitsu, lleva a la dama al río y espera con ella.
Un soldado con rasgos feroces y con cuernos de jabalí, dio un paso al frente, asintiendo a la orden de su señor.
—¿Con él? —Kagome no pudo evitar preguntar, ella quería darse un baño rápido.
—Tu modestia humana me irrita —amenazó el Lord mientras se instalaba bajo la sombra de un árbol para esperar.
Kagome tomó uno de los bolsos que traía y echó a correr en dirección señalada por el soldado. Quería ganar tiempo a desnudarse antes de que el demonio la alcanzará. Esperaba tuviera la consideración de no mirar.
«Estúpidos demonios».
Cuando regresó, el cabello húmedo de Kagome con aroma a flores silvestres fue un saludo bienvenido para el olfato delicado de los demonios. Su piel limpia, impregnada de una fragancia desconocida provocó el aleteo de las fosas nasales de la pequeña comitiva.
Cuando Kagome era más joven, y con la esperanza de un día poder volver a la época feudal, aprendió a fabricar su propio jabón, desde la fragancia floral, hasta la pasta. Creía que tal conocimiento le vendría bien si no pudiera volver a casa. Ahora ella preparaba sus jabones de baño y era feliz.
Sesshōmaru la evaluaba desde su posición, la mujer lo había sorprendido con desear un baño, tan temprano y nada más que con agua fría.
—Ahora hueles como si te hubieras arrastrado por un campo lleno de flores silvestres —le comunicó lo que ella sabía, aunque Kagome no podía estar segura de sí era un cumplido o una reclamación por ofender su sentido del olfato con demasiado perfume.
Y se preguntó si el demonio era alérgico al polen de las flores silvestres y respondió:
—Lo cual considero que es mucho mejor aroma que el anterior, ¿no lo cree, mi señor?
—Hnn. —Sesshōmaru recorrió la forma de la humana de arriba abajo con la mirada antes de añadir—: Ahora, Éste, comprende por qué eras siempre atrapada.
Kagome se observó así misma. El Kimono que había elegido de color azul cielo con bonitas flores de colores, se había mojado con su cabello húmedo, dejando entrever todavía más sus generosos atributos, ocultos por el sostén. Un poco viejo ya por el sobre uso, pero todavía se negaba a dejar libres sus senos. No veía donde estaba la falla en realidad.
—Ofenderás a mi señora madre —dijo el demonio al ver el desconcierto de Kagome en sus llamativos ojos azules.
—No comprendo el por qué.
—Atas mal tu Obi y el Kimono no está perfectamente alineado, y al parecer has olvidado colocar las prendas interiores.
—Hace mucho calor y bueno… de dónde vengo el Kimono no es una ropa común salvo para ocasiones especiales. Disculpa mi falta de práctica con estos menesteres.
—Hnn.
Sesshōmaru que ya se había puesto en pie, le dio la espalda y comenzó a caminar. Los demonios que los acompañaban se miraron. Si Kagome se estuviera preparando para ir a la guerra no sería extraño verla montar como un macho humano. Pero hasta para ellos, esa posición en una dama de la realeza vestida en Kimono viajando para una visita diplomática, era inusual.
Kagome ignoró a sus colegas y se postró con su corcel negro a un lado de Sesshōmaru que, al verla igualar su paso, achicó los ojos.
—¿Puedo preguntar algo?
Tras un largo silencio sin respuesta ella se aventuró.
—¿Por qué ordenaste la muerte del chico? Era solo un niño.
—¿Todavía te atormentas con eso, Miko?
—Ya no soy una Miko, me casé y con un medio demonio nada más. Y sí, aún pienso en él, mi corazón humano es débil, ¿recuerdas?
—Él era un huérfano de la guerra, sus padres murieron porque se levantaron contra el Oeste, por lo tanto, este Sesshōmaru les puso fin. Él niño pudo elegir, más su honor estaba del otro lado. No importa cuantas oportunidades le diera, él no descansaría hasta ver al asesino de sus padres, muerto.
—No es como si fuera fácil de hacerlo de todos modos.
Ella no había querido sonar como si le regalara un cumplido, aunque en definitiva, para los oídos del demonio, sonó así, a él le agradó que ella reconociera su poderío.
—Es igual a ti. No canses a este Sesshōmaru. Ahora ve detrás de mí.
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Inuyasha se encontraba oculto entre el follaje del bosque en espera. Habían pasado semanas sin tener noticias, esperando la llamada del túnel del viento, quién les diría dónde y cuándo atacar.
—Señor, alguien se acerca.
—A sus posiciones —murmuró el medio demonio a los soldados.
Un hombre con un bastón conocido se dejó ver al subir totalmente la colina, él se quedó de pie un momento y luego decidió sentarse en espera de que el medio demonio saliera del escondite.
—Keh, Monje.
—Amigo mío me disculpo por la tardanza.
—Sí claro, casi dos meses.
—Bueno, ¿qué te puedo decir?… al parecer el señor del Oeste logró una gran victoria al lado de una sacerdotisa de gran poder. Ella derribó a los demonios que acompañaban a los míos con una sola flecha al aire y al líder con otra en menos de un minuto. ¡Y la batalla ni siquiera había comenzado!
Había dicho Miroku con una sonrisa jovial como si contara algo de todos los días.
—¡Maldito Sesshōmaru! Ha expuesto a Kagome.
Inuyasha, se enfureció, quería terminar de una vez por todas con la misión y volver al Oeste para patearle el culo a su hermano y hacerle el amor a su esposa.
—Creo que la está enseñando a sobrevivir, si me lo preguntas.
Agregó el Monje tras percibir el mal humor del mestizo.
—¿Cuándo y dónde?
—Mañana al anochecer cruzarán por el camino a la costa este.
—¿Y qué demonios estoy haciendo aquí, totalmente del lado opuesto?
—Entonces es hora de correr, amigo.
—¡Maldito seas Miroku!
—Salúdame a Kagome y a Shippō.
—Keh, dile a Sango que ya no te dé más hijos.
—Tu mensaje no será dado —dijo con una sonrisa en los labios.
El monje lo vio partir a toda prisa con su comitiva.
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Kagome tenía los músculos adoloridos y en cuanto el demonio decidió que era hora de acampar, ella se tiró al piso y miró las estrellas por un largo rato. En dos días sería la noche humana de Inuyasha. Cómo lo extrañaba.
—Levántate. Entrenaremos con cuchillas.
—Pero ya entrenamos esta mañana…
—Hnn.
El demonio se quedó de pie a su lado esperando a la mujer, él no desistiría. Kagome se levantó de mala gana, preguntándose por qué la urgencia del demonio para que ella aprendiera a utilizar las armas. Cuando se puso de pie, Sesshōmaru le tendió el par de armas señalándole cómo debía sujetarlas.
—¡Ataca! —ordenó.
Kagome lo vio de pie tan tranquilo como siempre.
—Sí bueno… solo se gentil, ¿quieres?
Kagome lo intentó una vez y fue derribada.
—¡Auch! ¿Tenías que tirarme al piso?
—Hnn.
Kagome se levantó y de nuevo se fue contra él, Sesshōmaru la esquivó y golpeó su espalda con un brazo haciéndola caer de bruces, ella tragó pasto. Molesta, se levantó regalándole una mala mirada al demonio.
—Ataca.
—Puff.
Y Kagome tocó el piso y tragó tierra una y otra vez, hasta que ya no pudo levantarse.
Sesshōmaru la miró un momento antes de sujetarla del Kimono por la espalda y arrastrarla hasta una cueva que en lo profundo tenía aguas termales.
Kagome no tenía la fuerza para oponerse a las maneras del demonio y se dijo que, si era su deseo que se levantara de nuevo para enfrentarse a él, iba a joderse y quedarse con las ganas; porque no lo haría. Así que simplemente dejó que su cuerpo se relajara, cerró los ojos y permitió que la arrastrara hacia quién sabe dónde. Ni siquiera abrió los ojos cuando él la dejó caer sin contemplaciones.
—Mujer… ¡Apestas!
Kagome, olisqueó y el aroma a azufre inconfundible de aguas termales se registró en su cerebro. Abrió los ojos y a la luz de la antorcha que el demonio llevaba consigo miró el agua humeante.
—¡Oh! Que gentil y romántico, seguro le robarás el corazón a la futura madre de tus hijos —dijo Kagome mientras luchaba con su cuerpo adolorido para levantarse.
Sesshōmaru la empujó con el pie al piso y Kagome gruñó algo parecido a: «¡Maldito perro rabioso!», luego se levantó y caminó hacia el estanque. Iba a desnudarse, pero recordó que no estaba sola. Así que se giró y miró a Sesshōmaru sentado con los ojos cerrados y el rostro dirigido a una pared, todavía sujetaba la antorcha.
—¡Sí, claro! Buen intento chico.
—Este no es un cachorro y tampoco soy Inuyasha, que pudo haber evitado un sinfín de problemas si no te hubiera perdido de vista.
De acuerdo con su punto y reconociendo su mala suerte para atraer problemas, ella cedió. Además, ¿quién iba a sostener la antorcha?
—Solo dame la espalda y no mires.
El demonio la ignoró.
—Argh —gruñó.
Kagome comenzó a desnudarse, confiaba en la honorabilidad del demonio, es cierto. Pero era incorrecto mostrar de más así que se dejó su ropa interior moderna puesta, lo único que se había salvado con ella cuando él la rescató. Había tenido que remendar el sostén un par de veces ya, pero todavía no podía decirle adiós a lo último que le quedaba de su hogar.
Sesshōmaru abrió los ojos y giró su rostro hacia la mujer que se desnudaba dándole la espalda, confiando en él. Algo malo para ella, nunca debería confiar su desnudez a un hombre por muy honorable que este fuera, porque si era cierto que nunca le haría nada que no quisiera, mirar para asegurarse de que no fuera robada en sus narices no estaba de más. Y por lo tanto no era su culpa mirar la piel expuesta de la miko, bañada con la luz tenue de la antorcha que cargaba en su mano.
Si fuese otro macho temblaría ante el espectáculo. La mujer tenía una espalda que dudaba sería atractiva si estuviera curvada, y la estrechez de su cintura hacia que sus caderas parecieran más anchas. Pero sus nalgas estaban cubiertas por una tela blanca de algodón, podía decir que nunca había visto una ropa interior tan vulgar y hermosa a la vez.
Ella se adentró a las aguas.
El agua caliente fue un gran alivio para su cuerpo adolorido. Pronto cerró los ojos dejándose llevar por el sonido de la naturaleza. Estaba tan relajada que no se percató del tiempo trascurrido, ni que su cuerpo había resbalado de la roca. De pronto estaba ahogándose. Alguien tomó su cuello para levantarla a la superficie. Tosió con fuerza, y abrió los ojos para encontrar al demonio en la orilla, observándola con la ceja levantada y un brillo divertido en sus ojos.
—Lo siento me quedé dormida. —Luego recordó su desnudez y trató de cubrir su piel expuesta. Sin antes notar que tal vez el demonio había bajado un poco la vista de su rostro.
—Regresamos.
Fue lo que dijo el demonio luego de levantarse y darle la espalda caminando hacia la salida.
Kagome, nunca se había sentido tan expuesta, a pesar de su ropa interior. El demonio era incapaz de sentir algo más que sed de sangre, ¿no?, o nada más que entumecimiento. Salió del agua caliente temblando por el frio. Cuando lo alcanzó en la entrada de la cueva, su ropa se le pegaba como una segunda piel.
No había llevado sus suministros de baño con ella, así que se secó con el Kimono sucio, antes tirado al piso o al menos lo había intentado; luego se la colocó. Al ver que iba a dar un gran espectáculo de Kimono mojado a los demonios caballeros, echó su cabello a cada lado de sus hombros. «De algo a nada» susurró.
Él la esperaba y dejó que ella se adelantara un paso, Kagome no había esperado sentir como él colocaba su estola en sus hombros, para darle calor y cubrir su indecente vestidura. Mentiría si ella dijera que no sintió un ligero escalofrío cuando rozó la punta de sus garras en sus hombros o, que no se sonrojó, cuando él le acomodó correctamente la estola y sujetó sus manos mientras le daba un poco del pelaje para que ella lo sujetara mejor. Sus miradas se cruzaron y no podía creer que él fuera tan… gentil. ¡Y con ella de todas las personas indeseables!
Después, el demonio la ignoró y comenzó el viaje de regreso al campamento. Kagome lo siguió en silencio y aturdida por la gama de emociones a las que no deseaba poner su atención profundamente.
Cuando llegaron hasta donde habían acampado, los otros demonios ya se habían ido a sus posiciones de vigilancia. Kagome estaba segura que con Sesshōmaru a su lado no tenían nada que temer. Ella caminó hacia el caballo y extrajo un Kimono seco y limpio. Se quitó la ropa mojada detrás del caballo utilizándolo como barrera entre ella y el demonio, y se colocó el Kimono seco, el cual, lamentó usar en ese momento porque era hermoso. Por último, sacó la estola de la Dama del Oeste y se la puso. Sintiéndose mejor, tomó la de Sesshōmaru que había puesto sobre su caballo para no ensuciarla con la tierra y la llevó hasta él.
—Lo siento si he dejado mi aroma, pero puedo lavarla ahora si quieres. Seguro para mañana a medio día estará seca.
—¿De verdad quieres lavar a Éste Sesshōmaru? —cuestionó a la mujer con los ojos cerrados.
—¿Disculpa?
—La piel es parte de este.
Cuando los ojos del demonio se abrieron para mirarla brillaban con diversión. Kagome con la boca abierta miró la estola de la madre de Sesshōmaru.
—¿Qué?
—Duerme, mujer.
—No, no, no, no. ¿Tú me rodeaste con tu cosa?
—¿Llamas cosa a Éste Sesshōmaru, humana?
—No a Sesshōmaru, sino a la cosa que no sé qué cosa es… ¿qué es? —chilló.
El demonio sonrió y Kagome no podía creerlo… «¿De verdad puede sonreír?», se preguntó asombrada.
—No querrás saberlo.
Sesshōmaru le arrebató la estola y se la colocó, poniéndose cómodo. A Kagome le pareció que el demonio había bajado un escalón de su estado de Dios inalcanzable, había parecido menos etéreo y más vivo. No podía explicarlo. Kagome recordó esa ocasión en la batalla final contra Naraku, ella se había sujetado de la estola de Sesshōmaru para que no la dejara después de que la rescató. ¡Ella había agarrado su cosa!
Sin saber qué decir o hacer, simplemente se sentó nuevamente junto a él. Ajustándose la cosa de la Dama para cubrirse del fresco de la noche dejando que el sueño por fin la reclamara. Aunque tardó en dormir recordando que él permitió que lo tocara, sin que ella lo supiera.
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A la mañana siguiente, Kagome se sentía más que adolorida, pero aun así realizó las formas con la katana correctamente. No permitiría que Sesshōmaru la humillara por su debilidad humana. Al terminar, ella caminó hacia su caballo dispuesta a comer antes de partir, pero…
—Toma tu arco, alimentarás a tu alfa.
—¿No sabes cazar? —preguntó Kagome, con la esperanza de herir su ego y que la dejara tranquila.
—Eres tú quien no sabe cazar. —Y Sesshōmaru comenzó a caminar hacia el bosque.
—¡Cielos! —Maldijo dejando sus alimentos de vuelta en su bolso. Tomó el arco y su carcaj para salir corriendo por donde el demonio se había ido.
Kagome había logrado atrapar tres conejos, gracias al buen sentido del olfato de Sesshōmaru y sus indicaciones que nunca faltaban para poder efectuar una buena caza. No perfecta, pero sí, una buena.
Ella los llevó consigo de regreso a su campamento. Los colocó en una roca y sacó un cuchillo, iba a limpiarlos, aunque no quería hacerlo. Nunca lo había hecho, por lo que los miró un largo rato, mientras Sesshōmaru la veía desde su árbol de macho alfa. Bautizado por Kagome, como todos los árboles en el que Sesshōmaru había descansado.
—Si yo los atrapé, ¿por qué no los limpias tú? Después de todo son para ti.
Él no le respondió solo le regaló su mirada aburrida.
—Se hace tarde.
—¡Sí, sí! ¡Ya sé! Uff, Ok… —se dijo. Luego se animó: «Kagome tú puedes… hacerlo».
Pero no podía, ya había hecho demasiado con clavarles una flecha.
—¿Cómo te gusta comerlos?
—Enteros y muy frescos.
Kagome miraba su caza, con una mueca de horror en su rostro.
—Entonces no debo… ¿limpiarlos?
—No.
Ella lo miró con incredulidad…
—Dime, entonces… ¿Por qué no has venido por ellos?
—Porque no has brindado tus respetos ofreciéndolos a este Sesshōmaru.
—¡Ah!
Kagome se levantó y tomó los conejos por las patas y caminó hacia el demonio.
—Tómalos son todos tuyos —Sesshōmaru achicó los ojos—. Mi señor.
Agregó tardíamente Kagome. Sesshōmaru los tomó y Kagome le dio la espalda de prisa no quería ver cómo los tragaba el Señor Demonio, ya creía que limpiar al pobre animal era asqueroso y no deseaba por ningún motivo vomitar frente a él o sobre su almuerzo.
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Inuyasha y su grupo de hombres apenas habían llegado al atardecer, debía interceptar a los monjes esa noche y no descansaría hasta hacerlo, porque extrañaba a Kagome y quería abrazarla y llevarla a la cama.
Esperaron en el mejor lugar para emboscar. Algo no se sentía del todo bien, desde el aroma en el aire hasta el silencio abrazador de la selva. Él no estaba muy familiarizado con la zona, ni con el mar o la selva del lugar; el clima era distinto de donde había crecido y bueno nunca se había aventurado a esa parte de Japón.
—Señor se acercan.
Todos se colocaron en sus posiciones y cuando los monjes se acercaron, Inuyasha y su grupo atacó.
Todo había estado mal desde un principio; los monjes no se aparecieron por donde sabían que lo harían, Miroku apareció casi dos meses después y los llevó a un terreno desconocido para ellos. Con los ojos cerrados se habían aventurado. Los monjes atacaron, y por el aire aparecieron demonios águila, ¿qué demonios hacían en esas tierras? Su grupo fue más que acribillado.
Inmovilizado por los pergaminos de los monjes, vio a otro salir de la oscuridad de la selva. Su andar, su silbido alegre y la sonrisa desdeñosa lo dejó sin palabras.
—Señor, lo tenemos. El hermano del Lord del Oeste.
—Sí, así es. Y es hora de que él y la puta de este mestizo paguen por lo que le hizo a nuestro monje maestro.
Inuyasha, sintió un vuelco en el corazón, Miroku los había traicionado y ahora estaba expresándose de Kagome de manera horrenda. Furioso, intentó suprimir el poder de los sutras, pero no podía.
—Lo siento Inuyasha, pero no podrás hacer nada. Pónganle las cadenas.
Y como siempre hacía cuando terminaba con la vida de algún viejo conocido demonio, se acercó hasta su oído y susurró:
—No luches, será más rápido.
Luego se levantó, tomó su bastón y se lo enterró en el estómago.
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Para sorpresa de Kagome, se había acostumbrado demasiado rápido a la rutina que el demonio le había impuesto. Se levantaban dos horas antes del amanecer para entrenar con la katana, meditar, bañarse y almorzar, para luego reanudar el camino. Fue fácil.
—¿De verdad ya no tienes malos sentimientos hacia Inuyasha?
—Es el hijo de mi padre. Y como tal, un buen elemento para el Oeste.
—¿Todo lo que haces en tu vida es por el poder?
Le preguntó, porque de verdad quería saber que pensaba más allá del poder y la guerra; ¿era ese en verdad su único propósito?
—Nadie gobernaría mejor las tierras de este Sesshōmaru.
—De acuerdo, lo acepto. Tu clan parece bien cuidado. Dime una razón por la que lo matarías. A Inuyasha.
Sesshōmaru la miró, sus ojos dorados profundos querían traspasarla y ella no se dejó intimidar.
—Traición.
—Hnn —Imitó Kagome— ¿De verdad podrías traicionarlo? Porque siempre te creí honorable.
—Tu estúpido corazón humano no ve más allá de lo que quieren ver tus ojos. Si él me traiciona, entonces lo mataré.
Corrigió el demonio.
—Y si tú lo traicionas… ¿Qué pasaría? ¿Podrías vivir con eso?
—¿Por qué habría de traicionarlo?
—No lo sé. ¿Qué me dice tu corazón? —Ella sentía que debía preguntar, el demonio hacía cosas que estaban fuera de su entendimiento. El futuro Sesshōmaru le dijo que había causado la muerte de Inuyasha y al llegar, ¿qué se encuentra? Una hermandad, una unión y respeto mutuo que ella podría pensar era difícil de romper. Incluso, ella con sus malos comentarios hacia Inuyasha no sirvieron para influenciar a su esposo.
—Nos detendremos aquí —dijo Sesshōmaru en voz alta y de inmediato los demonios se dispersaron. Kagome intentó bajar del caballo por si sola. Pero de pronto sintió las manos del demonio en su cintura. Él la ayudó a bajar del caballo sin esfuerzo. Kagome giró su rostro para mirar al demonio a los ojos. En esas ocasiones sentía que no era el verdadero Sesshōmaru que debía ser un impostor. — ¿Y tú Miko? ¿Por qué traicionarías a mi hermano?
—¡Jamás haría eso!
—Jamás es mucho tiempo para un humano.
Sesshōmaru quitó las manos de la cintura de la Miko, mientras la giraba completamente y cerraba la distancia entre ambos, dejándola entre el caballo y su cuerpo.
—Yo no lo haría. ¡Nunca! Ahora… ¡Fuera de mi camino, Demonio!
Él se hizo a un lado, cosa que asombró a Kagome por un momento, pero no pensaba desaprovechar la oportunidad de escapar de los insistentes ojos del demonio y pasó de largo. Se sentó para descansar un poco, ignorándolo. Sesshōmaru le dio la espalda y salió corriendo hacia las profundidades del bosque dejándola sola con su voz retumbando en su mente. ¿Por qué razón traicionaría a Inuyasha?, ¿y por qué siquiera estaba buscando una razón?
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Habían colocado a Inuyasha en un ataúd de madera, con rocas a su alrededor. El medio demonio no podía moverse y cada vez se sentía más pesado y cansado. Miroku tomó la espada de Inuyasha, el valioso colmillo de su padre, y lo colocó sobre él dándole otro peso más. Lo último que vio fue el rostro del hombre en el que había confiado su vida en innumerables veces.
Inuyasha fue enterrado vivo.
—Señor, ¿cómo desea que matemos a este otro?
—No lo mataremos, lo llevaremos con nosotros para el interrogatorio.
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Había anochecido, y cuanto más se habían alejado del oeste y subían la enorme montaña, el clima, era más frio. Lo malo de viajar con el Lord era que no buscaba refugios para humanos. ¿Cómo es que Rin había sobrevivido en sus manos?
Kagome también se preguntó si Sesshōmaru volvería o si estaba muy molesto por su conversación, no comprendía por qué había salido corriendo, podía esperar que la pusiera en su lugar por ofenderlo, pero ¿huir?
Kagome se levantó de inmediato al escuchar el movimiento en los arbustos hacia su derecha, tomando su arco y una flecha apuntando sin bajar la guardia. Temía no ver a su oponente, Sesshōmaru había sido claro el primer día del viaje, no habría fuego que alertara al enemigo de su presencia. Por lo que estaba totalmente oscuro a su alrededor.
—¿Quién anda allí?
Preguntó con voz fuerte, intentando no trasmitir su inquietud. En respuesta solo escuchó un largo suspiro y un medio gruñido.
—¿Quién eres? Muéstrate.
—¡Basta mujer…! Duerme.
La voz parecía ser de Sesshōmaru, pero también era diferente más profunda… Era su bestia. Esa que la aterrorizaba cuando ella le faltaba. No había sido su intención, esta vez no.
—¿Sesshōmaru?
La bestia volvió a suspirar.
Ella se sentó de nuevo en su lugar. Mirando en la dirección donde el demonio se encontraba oculto por los arbustos y la oscuridad.
—Perdón si te ofendí —susurró Kagome y cuando creyó que él no volvería a hablar, Sesshōmaru salió de las sombras y lo que vio Kagome la dejó helada, porque a pesar de la oscuridad, ella, pudo verlo. El demonio estaba bañado en sangre.
—¡Oh! ¡Por los dioses! Sesshōmaru —Kagome corrió hacia el demonio que se había dejado caer a los pies de un árbol, lejos de ella —. ¿Te encuentras bien?
Ella se arrodilló a su lado y sin pensar comenzó a tocar su abdomen y por todas partes buscando heridas sangrantes. Sesshōmaru tomó una de sus manos.
—No es mía.
Ahora su voz era la de siempre. La bestia se había retirado a lo profundo de la mente del demonio.
—¿Dónde están los demás?
La ignoró, pues había notado en ella el frio de la noche.
—Tienes frio, mujer.
Y sin previo aviso la tomó por la cintura arrastrándola a su lado. La humedad de la sangre traspasó la ropa de Kagome en el lado en que sus cuerpos se tocaban, pero la tibieza de la temperatura del demonio había sido tan reconfortante que ignoró el detalle. Kagome se asombró al ver como la estola de Sesshōmaru, manchada con la sangre de amigos o enemigos, no estaba segura… cobraba vida moviéndose por sí sola y la de su madre que la llevaba puesta, también lo hizo respondiendo así al llamado de su hijo. Ambas, los habían envuelto para calentarlos o tal vez tranquilizarlos.
Kagome ya no tenía frio y su pulso era acelerado.
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A la mañana siguiente, Kagome se despertó entre ambas pieles, pero no había señales de Sesshōmaru. Tras esperar un par de minutos, se levantó y tomó sus suministros de baño, al ver la estola del demonio manchada de sangre supuso que tardaría demasiado en lavarla; también podía escuchar el agua del rio correr demasiado cerca. Así que tomaría un baño antes de que él regresara.
Pero cuando cruzó el bosque se encontró con el demonio desnudo bajo la cascada. Su cuerpo era el de un hombre alto, muslos fuertes, un trasero que en su época podría infartar a unas cuantas jovencitas, y su espalda era ancha, él se había dado la vuelta con los ojos cerrados dejando que el agua lo recorriera de una manera envidiable. Su abdomen que había sentido la noche anterior estaba marcado por el ejercicio y sus brazos musculosos no en exageración sino como deberían de ser, si acaso existen las medidas perfectas para describir a la perfección masculina. Se atrevió a mirar un poco más por debajo de su ombligo y… «¡Oh por Dios!» susurró. El demonio abrió los ojos de inmediato y Kagome se dio la vuelta volviendo al campamento. Sonrojada como una adolescente incómoda.
Sesshōmaru, la encontró todavía impactada por la vista de él desnudo.
—Apresúrate, debemos llegar mañana y aún nos falta camino por recorrer.
Kagome le agradeció que fuera un caballero y que no mencionara nada del incidente. «Maldito su orgullo masculino debe andar por las nubes», pensó Kagome.
—Sí… solo… cof cof… me lavaré y… lavaré también tu estola.
Sesshōmaru, se atrevió a ver su estola en sus manos, más no respondió, ella hubiera deseado que le dijera que no lo hiciera. ¿Pero que había hecho el demonio? Le dio la espalda.
Había sido complicado hacerlo, cada vez que pasaba sus manos en ella con el jabón percibía lo suave que era y luego pensaba que comenzaría a moverse de pronto como la noche anterior y se sentía más angustiada. No sabía si exprimirla o no, ¿podía sentir lo que le hacía a su piel? Seguro sí.
Cuando Kagome regresó de su baño, él ya la esperaba listo para partir. Kagome se acercó a él y le ofreció su estola.
—Está muy mojada, lo siento no sabía si exprimirla te causaría alguna sensación. Yo…
El demonio se la arrebató y utilizó su Yōki para secarla, luego se la colocó. Kagome pensó que eso había sido como utilizar una secadora, ahora comprendía porque siempre estaba suave y esponjada.
—Hoy te mostraré como seguir un rastro.
Ella se dio cuenta que él quería cambiar el tema así que lo dejó hacer, aunque…
—¿Por qué haces esto? ―le preguntó al demonio. Ella podía comprender hasta cierto punto las razones por las que el zorro Kara, su maestro, estaba entrenándola; pero ¿Sesshōmaru?
—Porque posees el alma de un demonio alfa, porque estás casada con Inuyasha, un medio demonio; y algún día tendrás tus propios cachorros, tu hijo adoptivo es un zorro y tienes un hijo humano a los que proteger y como la hembra alfa de tu manada tu deber es mantenerlos a salvo. ¿Cómo planeas hacerlo si dependes enteramente de Inuyasha?
—Izayoi no necesitó nada de esto para criar a Inuyasha.
—Sí. Y a cambio, ¿qué obtuvo? Inuyasha fue el hazme reír de los enemigos de mi padre, y también su vergüenza. Un mestizo salvaje y sin valor.
—¡Dijiste que ya no lo odiabas!
Estaba sorprendida de que tuviera todavía esos pensamientos tan… racistas.
—No lo hago, mas no quiere decir, que no reconozca que no merece la espada, ni el nombre de mi padre y tampoco a …
Kagome lo abofeteó, ambos se miraron asombrados. Ella por su estúpida fe en los otros, de alguna manera le hubiera gustado creer que era sincero con su respeto a Inuyasha.
—Izayoi no sabía cómo y tu padre no estaba ahí. Pero tu sí, entonces la vergüenza es tuya solamente.
Kagome quería llorar, el maldito egocéntrico nunca dejaría de serlo, ¿verdad?
—Éste —dijo señalándose así mismo, y habló quedo con los labios apretados—, sabe mejor que nadie que las guerras son duraderas, y éste Sesshōmaru no se convirtió en la perfección asesina por mi padre, Kagome. Después de que el muriera no hubo día o noche que no me enfrentara a mi madre, venciéndome como si fuera nada más que un mocoso insolente, débil y sin ningún poder, una y otra vez y todo para qué cuando algún enemigo de mi padre se atreviera a retarme, supiera que esperar.
»No eres una princesa humana. No tienes familia más que a Inuyasha. Y sin nada con que sobornar los corazones humanos y ambiciosos, no eres nada más que la inmundicia para tu señor humano, alguien que se folló y contaminó su pureza con demonios y una carga para todos los demás.
El rostro de Kagome estaba bañado en lágrimas, pálido por sus crueles palabras. Pero entendió lo que quiso decir. La muerte de su padre tampoco había sido fácil para él, no importaba si tenía un castillo bañado en oro como hogar, también fue ´perseguido y humillado por la desgracia y caída de su padre. Tuvo que soportar la humillación y las burlas con la cabeza en alto. Pero, sobre todo, entendió que no quería que la historia de un niño mestizo marginado y sin honor se repitiera.
—Transmitirás las enseñanzas a tus descendientes directos. Ningún Taishō deberá sufrir la suerte de Inuyasha. Nunca más.
Kagome asintió.
—No viviré lo suficiente para hacerlo, lo sabes. El niño será muy joven para aprender de una anciana.
Él la miró.
—Prométeme Sesshōmaru que estarás ahí para Inuyasha. Que no permitirás que nada malo le ocurra. Que lo protegerás.
—Ya no es un cachorro.
—Pero no es tan fuerte como tú.
Sesshōmaru se acercó a la Miko y colocó una mano en su cintura.
—Puedes hacerlo. Vivir tanto como él.
—Quisiera creerte —ella susurró.
Sesshōmaru llevó su otra mano al rostro de Kagome y con la punta de sus dedos acarició sus labios. Kagome cerró los ojos cuando él la atrajo a su cuerpo, apretando su cintura, pegándola aún más. El rostro del demonio estaba en su cuello y su pecho enviaba olas de Yōki para tocar el alma de Kagome.
—Pídemelo.
Solicitó el demonio, mientras ella elevaba su reiki para dejarlo entrar en su cuerpo.
—¿Qué? —preguntó muy quedo.
—Un trato.
Las palabras del demonio no entraban en su cerebro como debería estar haciendo. Eso qué el hacía era pecaminosamente placentero.
—¿Un trato?
—Es simple, pero irrompible. Yo te concedo, a cambio de algo.
Lo sintió lamer su piel y ella lo quería cerca. Era extraño, porque no sentía que fuera incorrecto. Estaba confundida.
—Quieres vivir tanto como él.
Y ella sintió como la levantó y por inercia rodeó sus piernas en su cintura.
—¿Por qué harías algo así por nosotros?
Preguntó mientras él, se arrodillaba en el piso y se recostaba con ella, apresada por su peso, Kagome no pudo resistir rodear su cuello y retorcerse entre sus brazos, de pronto se sintió navegar a oscuras en medio del mar de sensaciones nunca antes experimentadas, entre más había más deseaba.
—No por él, solo por ti —dijo él, mientras soltaba una ola de Yōki y mordía su cuello, sin romperlo, una presión exquisita y alucinante.
—¿Por qué? —preguntó, mientras deseaba más y más… pero él dejó su cuello para morder su oreja y Kagome se derritió, elevó sus caderas para tocar las del demonio en busca de fricción, sin darse cuenta. Ella estaba totalmente hechizada por el yōki de Sesshōmaru. Y es que Kagome le había abierto la puerta de su alma sin saberlo, sin desearlo, sin darse cuenta.
Él como el demonio que era, inteligente, poderoso y hermoso, la había engañado. Nunca quiso brindarle su yōki para darle protección, lo que había hecho era marcar su alma, para luego comenzar a mancharla, oscurecerla. Porque la oscuridad siempre buscaría dominar a la luz.
Y ella era una luz tan fuerte como lo era la oscuridad de Sesshōmaru. Eran a su parecer, el uno para el otro. E Inuyasha, podría irse a la mierda, junto con el colmillo de su padre. Izayoi fue una hechicera, había absorbido la oscuridad de su padre, pero él no permitiría que Kagome absorbiera la suya. ¿Venganza a Inuyasha, por robarle a su padre, por quitarle su herencia? Quería creer que sí. Quería creerlo fervientemente porque entonces tendría que reconocer que la luz lo había atraído sin remedio. Que no era tan fuerte como lo había hecho ser su madre, que no era la perfección asesina. Que la deseaba como mujer, que estaba enloqueciendo por tenerla entre sus brazos gimiendo su nombre suplicando por él y no por Inuyasha.
—Porque tu alma pura es poder, y yo deseo ese poder.
Ella dejó ir su reiki y el entró por completo, el placer que sentía Kagome era infinito. Estaba sumergida en una profunda oscuridad, podía verla y sentirla y nunca se había sentido tan bien.
—¿Lo deseas? ¿La inmortalidad?
Entonces la trajo de vuelta, sus pulmones se llenaron de aire, y estaba tan agotada que apenas podía sentirlo retirarse para colocarse a un lado de ella. Kagome abrió los ojos, estaba agitada, la luz se filtraba por las hojas de los árboles y se sentía como si acabara de tener una experiencia que iba más allá de lo carnal.
—¿Qué fue eso?
Preguntó todavía agitada, con el cuerpo tembloroso. Y maldita sea se dio cuenta de que estaba terriblemente mojada.
—Tocamos nuestras almas.
Todavía podía sentir los residuos del yōki de Sesshōmaru recorriendo la punta de sus pies.
—¿Por qué nunca me ha ocurrido con Inuyasha?
Ella giró su rostro para ver el perfil del demonio a su lado. No sabía si estaba tan afectado como ella. Quería pensar que sí.
—Porque no es un demonio completo —respondió con los ojos cerrados—. No tiene el poder, para conectar su alma con otro ser.
Kagome miró su pecho subir y bajar cada vez más lento. No, él no fue inmune a las sensaciones.
—¿Ustedes hacen eso?... Como demonios quiero decir.
Fue entonces que la miró a la cara, había en sus ojos una luz, que Kagome reconoció como su reiki.
—Solo las parejas.
El corazón de Kagome comenzó a subir cada vez más rápido.
—No somos pareja —respondió tontamente.
—No. No lo somos —susurró él, antes de tomar el rostro de la Miko y hacer con él lo que un macho humano haría. Besarla.
