Capítulo 14 Heredero parte II

El beso del demonio no era demandante, sino más como un experimento en el que ninguna de las partes involucradas sabía qué esperar. Y fue la falta de respuesta de la mujer que hizo ver al demonio que algo faltaba en esa demostración tan común de afecto entre los seres humanos.

¿Qué lo había hecho hacerlo? Tal vez quería que ella se sintiera especial. ¿No era esa la búsqueda insaciable de esa raza?

Pero si era un poco honesto consigo mismo, quería escucharla decir su nombre y que confiara en él. ¿Por qué? Porque de esa manera cedería a todos sus deseos. Cuando ella lo había besado la noche en que casi moría, no tenía idea de qué hacer o qué era lo que esperaba de él. Poco a poco alcanzó la comprensión de tal demostración y no era más que el preámbulo del apareamiento humano, parte del cortejo. Un acto para seducir y llevar al instinto a la decadencia. Ahora él quería transmitirle con esta muestra lo que deseaba de ella; que mejor que hacerlo a sus maneras humanas y no a las suyas que eran más bestiales y no las comprendería. La había estado tratando como una pareja alfa prometida, la había estado educando para servirlo como lo serviría una verdadera amante y una pareja. Pero ella no entendió su motivo oculto.

Entonces, si ahora era claro con ella y le demostraba lo que esperaba, ¿por qué no correspondía a sus atenciones? Quería sentirla deseosa de su toque… porque su aroma lo había intoxicado y si lo hubiera deseado, momentos antes ella le hubiera entregado su cuerpo.

¿Acaso la frialdad de la mujer era por Inuyasha? El demonio lo maldijo antes de soltarla. ¿Por qué no comprendía que Inuyasha nunca podría protegerla? ¿Qué podía tener una vida respetable como su concubina preferida? ¿Qué si él lo deseaba Inuyasha no tendría nada? No podía darle el nombre de Dama del Oeste, porque no se lo quitaría a su madre, no por una humana. No podía hacerle eso a ella, quien había sufrido el desprecio de su padre. Pero sí, podía mantenerla con él y si sellaba su alma con la suya se convertiría en su mayor tesoro. Uno que debía proteger y mantener en secreto. Nadie sospecharía al mantenerla como su amante, nadie sabría de su caída por un humano. Kagome sería la mujer de su hermano, pero se encargaría de mantenerlo siempre lejos de ella y muy cerca de él.

¿Traición? No, ajuste de cuentas. Inuyasha tenía la espada y él obtendría el poder del ser que más amaba. Un poder que Inuyasha no puede alcanzar en su condición de medio demonio. Además, si lo deseaba, ella le entregaría su cuerpo. ¡Qué fácil sería! Y lo mejor es que Inuyasha no tendría que saberlo. Así tendría el poder de la espada de su padre en sus filas y la protección sagrada de la mujer.

Kagome nunca se imaginó en esa posición. Él la estaba besando. Las acciones del demonio ahora tenían sentido. Eso que ella había imaginado como aversión a su persona, odio por su humanidad, desprecio por sus maneras poco convencionales y su mala educación para la época, no había sido más que una enferma tensión sexual. Él era un Inu macho y alfa para agregar; y ella bueno… No era la clase de mujer sumisa y obediente de la era feudal, por lo que era lógico que haya llamado su atención y que él quiera dominarla, a pesar de ser humana. Sesshōmaru tenía una fijación con ella y ahora se lo hacía saber. Se preguntó si el Sesshōmaru del futuro había dejado de sentir esa necesidad de dominarla.

Lo recordó en su departamento actuando como un animal que marcaba su territorio y ahora podía ver que en ocasiones cuando la amenazaba o había creído ella que lo estaba haciendo en realidad estaba conteniéndose para no… ¿besarla?, ¿sujetarla entre sus brazos y colocar su yōki en ella como parecía le gustaba hacer? ¿Y si ella fue la causa de la separación de los hermanos Taishō? ¿Y si el demonio mayor no aceptaba el rechazo y por eso había provocado la muerte de Inuyasha? Entonces, ¿ella era tan culpable como Sesshōmaru? No, ella amaba a su esposo y no había esperado por el diez años, como para mandar todo al traste por una aventura; un momento de debilidad… ¿espiritual?, ¿sexual? Luego estaba el demonio actual, la había entrenado, visto casi desnuda, le había puesto su estola para protegerla del frio, la preparaba para la sociedad Yōkai y ahora la besaba.

Estúpida, estúpida. Ella había contribuido y alimentado sin querer las fantasías y deseos enfermos del demonio. Ella confiaba en la dama. Pero ¿sabía lo que deseaba su hijo?

Confió en su fama de odio a los humanos, a su aversión por los mestizos, confió en que nunca se vería caer con un humano por muy importante que fuera para él, como Rin.

Rin, ¿Por qué la había despreciado?

Y… ¿desde cuándo se sentía atraído hacia ella? ¿Cómo podía él considerar que lo elegiría sobre Inuyasha? ¿Cómo debía rechazarlo, sin herir su ego provocando su ira en contra de su hermano? Quería gritar, halarse los cabellos y correr como gallina sin cabeza.

Sesshōmaru soltó sus labios, y miró su rostro sonrojado, su luz se había apagado, esa luz que lo retaba y que no le temía a él. Era una humana curiosa. Ahora que le había dado su favor, ¿le temía?

Ella miraba sus ojos dorados, nerviosa, con una sola cosa clara en la mente. ¡Debía ser honesta con él!

—¿Qué es lo que me estás proponiendo Sesshōmaru?

Preguntó con voz temblorosa casi en un susurro.

—La inmortalidad a cambio de tu alma.

El aliento del demonio rosaba su piel en una suave caricia, él estaba cerca, muy cerca de ella. El bello de su nuca se le erizó.

«¿Por qué quiere mi alma?», se preguntó en silencio, sin embargo, ella respondió:

—Inuyasha no es inmortal. Y acaso, ¿te escuchas?

—Por supuesto que Inuyasha no es inmortal —Sesshōmaru le sonrió. Ella pensó que era tan mortalmente hermoso.

Loco, loco, loco. No, el demonio no se escuchaba.

—¿Puedo contarte una historia?

Kagome se sentó dejando que las manos del demonio que sostenían su rostro, se deslizaran solas. Hasta tocarlo temía y esperó a que él también lo hiciera.

El demonio no aceptó con palabras sin embargo permaneció a su lado, sentado mirando la luz del sol iluminar su rostro. Era una hermosa luz —la mujer que deseaba—, con tantos matices que aún no alcanzaba a detectarlos todos.

—Una vez creí que no volvería a ver a Inuyasha, entonces yo me perdí en una bruma tan desalentadora que para mí los días siempre fueron grises. ¿Sabes? Yo intenté quitarme la vida y fue mi hermano quien me salvó. —El demonio maldijo por dentro y también agradeció a ese hermano suyo que desconocía y luego se preguntó: «¿Quién es ella?»—. Juré que si un día me era permitido volver a su lado… Nunca me separaría de él. —Kagome miró al demonio, había lágrimas en sus ojos, y añadió—: Los corazones humanos no gozamos de libre albedrio cuando de amor se trata. Sí pudiéramos elegir al mejor postor no habría historias de amor no correspondido, ni de amores imposibles, mucho menos de aquellas que terminan en tragedia.

»Pero yo tuve la fortuna de poder vivir un felices por siempre, aunque ese por siempre solo sean unos pocos años humanos. —Ella le suplicó con la mirada también—. Por favor Lord Sesshōmaru, no me lo robes. Porque entonces ya no solo me perdería en días oscuros yo… moriría de tristeza. No espero que lo entiendas completamente, porque somos tan diferentes; más espero un poco de compasión por nosotros que te servimos. No podría vivir sin él. Y si yo te doy mi alma sería traicionarlo. No podría. Nunca podría.

—Me rechazas entonces —confirmó el demonio.

—Sí.

—Eres tonta mujer. Podrías ver crecer al Kit, podrías velar por la descendencia humana del que llamas hijo, podrías cuidar de tus propios hijos —dijo con voz sedosa. Kagome había tenido una larga lista en su libro amoroso de vida, como para no reconocer a un hombre seductor.

Sesshōmaru acarició su rostro con ternura, mientras observaba sus labios, ella no había respondido el beso. Algo que no le importaba, él solo quería seguir probándola. Mas fueron las lágrimas que ella derramó y sus ojos tristes lo que lo detuvieron.

—¿Por qué lloras?

—Porque debe ser terrible mantenerse suspendido en una larga vida, observando como las Eras pasan, como todo evoluciona y aun así permanecer suspendido en el tiempo. Y porque sé que nuestras vidas, la de Inuyasha y la mía, te pertenecen; y que si es tu deseo forzarme a ti nada podrá detenerte. Él luchará contra ti y yo moriré de tristeza cuando lo mates. Al final solo tendrás el recuerdo de una pasión unilateral insatisfecha, porque nunca serás amado y te llenarás de más odio y rencor. Y tal vez, después de mucho tiempo te des cuenta de que no valió la pena. Y te arrepientas…

Ella tocó el rostro del demonio y acarició las marcas de su mejilla. Aunque sabía que no era correcto no podía evitar tocarlo. Era irracional el deseo de su cuerpo, afortunadamente su mente sabía lo que quería y siempre lucharía en contra del deseo de su toque.

Tal vez ella tenía razón, si forzaba las cosas nunca la tendría, pero nunca se arrepentiría de nada. ¿Qué le hacia esa humana que le provocaba una infinita necesidad de ella? ¿Qué le hacía que una voz menos inteligente le hablaba y le hacía querer algo más? Quería, pedirle que se quedara a su lado, que lo eligiera, decirle que no sería su culpa. Sino del orden de las cosas, el orden de la misma naturaleza la que los obligaría a actuar. Inuyasha no podría debatirlo, aunque quisiera. Ella siempre fue destinada a hacer una hembra alfa. Pero Inuyasha cometió el error de obligarlo a reconocerla como suya. Si tan solo hubiera dejado las cosas como estaban, si él no hubiera sido un mestizo podría haberla marcado de verdad. Entonces Sesshōmaru no podría tocarla, ni desearla. Era culpa de Inuyasha.

Sesshōmaru, tomó su mano y la mantuvo un momento en su rostro. La retiró lentamente bajo la mirada de Kagome y besó su palma. Kagome sintió un cosquilleo en las terminaciones nerviosas de su mano, recorrer un camino hasta su cuello. Ella cerró los ojos, no quería que viera cómo la afectaba.

—Sabes que no hay vuelta atrás. Éste Sesshōmaru no habla en vano Miko.

La voz del demonio era oscura, su bestia estaba despertando. Kagome abrió los ojos, esa voz la asustaba. Tenía que hacerlo entrar en razón.

—Lo sé. Pero no soy estúpida. Eso traería deshonra no solo a Inuyasha sino a los tres. ¿Qué no lo ves? Además, tu madre dijo que el beneficio de la marca era compartir la vida, ¿cómo planeas darme la inmortalidad sin marcarme?

Sesshōmaru, acercó su rostro hasta el cabello de la humana y lo aspiró profundamente antes de bajar hasta su cuello. Sus labios rozaron su piel mientras hablaba:

—Te pido tu alma ahora y cuando Inuyasha muera, yo la reclamaré. Y la inmortalidad se te concederá al entregármela. Mientras tanto, voy a sellarla con la mía Kagome, pero sin marca en tu cuello… no serías mi pareja, pero si tendríamos un vínculo irrompible tan fuerte como si lo fueras.

Kagome colocó la palma de sus manos en el pecho del demonio en un intento vano poner una distancia entre los dos. Fue inútil.

—¿Para qué querría mi alma un demonio tan poderoso como… mi Señor?

Sesshōmaru lamió su cuello. El sabor de la piel de la mujer era exquisito, y la bestia estaba deseosa de probar más.

—Porque de esa manera ningún Monje o Miko, podrá purificarme. Ni siquiera alguien tan fuerte como tú, sacerdotisa.

La bestia estaba fuera de la oscuridad, tenía a la luz entre sus brazos y quería hundirse en ella.

—¿Y qué diría Inuyasha ante ese vínculo? ¿Qué diría tu pareja marcada?

—Inuyasha, no es el alfa de la manada y yo nunca marcaré a alguien; has escuchado a mi madre. Marcar a tu pareja es una debilidad para los de mi condición. Mis enemigos atentarían en contra de ella. Sin embargo, tu no correrías peligro porque nadie sabría de ti; seria nuestro secreto, Miko.

—Pero si alguien me mata, tú…

—Sí.

—¿Cuál es la diferencia entre sellar mi alma y tu marca de posesión?

—Nunca llevarás a mis herederos en tu vientre.

Sesshōmaru, capturó sus labios con los suyos, necesitaba seducirla de nuevo para que le dijera que sí. Para que lo dejara sellar su alma con la suya y entonces… nunca podría volver a negarle nada a él. Ella seria suya, su amante, su mujer, su secreto y su tesoro más valioso.

Al principio fue suave, aunque deseaba que le regalara esa danza de bocas tan extraña y depravada. Por eso mordió suavemente su labio inferior para que abriera la boca y entonces entró en ella. La sujetó por los hombros con más fuerza y la atrajo hacia su pecho sin armadura.

Kagome temía rechazarlo abiertamente, porque entonces él podría enfurecerse y dañarla. Pero cuando él invadió su boca supo que Sesshōmaru jamás desistiría, era un Señor y estaba acostumbrado a salirse con la suya. «¡Mierda!», maldijo cuando él intentó recostarla de nuevo mientras su yōki se elevó. Kagome se resistió girando su rostro lejos de sus labios.

—No. No sé qué te llevó a creer que me importabas de esa manera. Pero no es así y me siento engañada. Has utilizado tu yōki para llevarme a tu trampa. Pero ahora lo veo. Nunca te creí capaz de hacer algo tan bajo.

El demonio la soltó como si de pronto ella le quemara, se puso en pie y antes darle la espalda le dijo:

—Nunca hablarás de lo que ha sucedido en este viaje. Si lo haces… ¡mataré a Inuyasha!

—Nunca le diré a nadie de esto.

Kagome hizo una reverencia que casi hizo enfurecer más al demonio. Ella le negó su alma pura. Rechazó su propuesta. Lo rechazó a él. ¿Cómo se atrevía ella? ¿Cómo se atrevía él a dejarla con vida?

—Nunca volveré a darte esta oportunidad. Miko —suplicó por última vez.

—Lo sé, mi señor.

Kagome asintió. Pero por alguna razón presentía que las cosas empeorarían.

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Sesshōmaru parecía querer castigarla, porque le ordenó que dejara el caballo y caminara detrás de él. Sin descanso cargaba una maleta con un Kimono y víveres; la estola de la dama sobre sus hombros; en sus manos yacía el obsequio para la futura madre del heredero del Oeste; en un costado colgaba la espada con la que él la entrenaba; en su espalda las cuchillas, en su hombro izquierdo su arco y carcaj. Sí, ella iba armada hasta los dientes.

Sin luna, había tropezado varias veces. Él no mostró nada y su actitud fría y distante había vuelto. Kagome no sabía si era bueno o malo. Sin embargo, ahora que las cosas se habían enfriado ella estaba más consciente de la situación, por lo tanto, decidió que Sesshōmaru, tenía que morir.

Conocía al demonio y sabía de las cosas atroces de las que era capaz de hacer tan solo por una espada. Y ahora no podía imaginar lo que podría hacer un Señor despechado, herido en su orgullo. Así que si antes había sido un pensamiento vago ahora estaba más segura que nunca de lo que tendría que hacer. Ella, debía matarlo. Su ventaja era: que tenía conocimiento de sus planes oscuros, contra Inuyasha.

Pero luego recordó al Sesshōmaru del futuro, él la había impulsado a saltar de nuevo por el pozo, le había dado una razón importante para volver. Le dio el conocimiento de su traición. ¿Por qué?, ¿por culpa?, ¿quería que lo detuviera? No lo sabía con certeza, solo que ella lucharía y no descansaría hasta librar al mundo de Sesshōmaru. El demonio más poderoso de japón. El ser que la aterrorizaba en sus sueños y que le había hecho una propuesta que, lo exponía a ser derribado a causa de ella. Si por alguna razón ella moría lo arrastraría con ella. ¿Por qué se expondría de esa manera? Él, un demonio que nunca tuvo la intención de obtener la joya de Shikon.

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Inuyasha había comenzado a convertirse en humano, dentro de esa caja, el oxígeno había comenzado a terminarse y estaba entrando en pánico. En el momento que escuchó que alguien comenzaba a rascar la tierra, su estómago se comprimió. Luego, percibió el sonido de las voces de unos… ¿niños? Un rato más y el ataúd fue abierto. Lo primero que vio fue la luz paralizante de una antorcha en sus ojos.

—¿Quiénes son? —gruñó— ¡Voy a matarlos!

—¡Tío Inuyasha! Sí continuas con tus amenazas no podremos desatarte.

Eran los hijos de Miroku.

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Llegaron al castillo al amanecer, el camino estaba adornado de cadáveres humanos, Monjes, Mikos y niños. Jaulas con cuerpos putrefactos, y un solo hombre vivo yacía en una jaula, a mitad del camino un soldado. El hombre gritaba ofensas al demonio, tan malas que le sorprendió a Kagome la paciencia de Sesshomaru.

—Oye tú mujer, lánzame una flecha ¿o solo eres su cargadora de armas? Van a comerme vivo… ¡También lo harán contigo si vas con él! ¡Te está engañando! ¡Mátame!

Kagome sacó de su bolsillo interior de su ropa un pedazo de cecina y corrió hacia el hombre. Ella le acercó el trozo de carne. El hombre, indeciso, al final lo tomó. Kagome no esperó el agradecimiento o cualquier otra palabra, más se dio media vuelta y corrió lejos de él. Al volver al lado del demonio ella respondió a la pregunta en sus ojos:

—De dónde vengo, a los presos condenados a muerte se les da una última comida, con las cosas que le gustan. ¿Vas a negarle eso a un desgraciado?

Sesshōmaru le dio la espalda y continuó lidereando el camino.

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—¿Quieres explicarlo de nuevo?

—Por supuesto amigo. Verás, como te he dicho… hay alguien dentro del castillo de Sesshōmaru que les habló del «Túnel del viento», a su vez que otro aquí recordó a un monje viajar contigo y Kagome durante el tiempo de Naraku. Afortunadamente no me reconocieron.

—¿Quién era?

Inuyasha se dejaba vendar la herida punzante por el hombre que la había provocado.

—No lo recuerdo tampoco. Tal vez era un aldeano. El punto es que saben que hay un traidor con ellos, por lo que me he visto en la necesidad de actuar.

—¿Por qué no me avisaste entonces?

—Bueno te lo digo ahora.

El monje tenía una sonrisa amigable. Diablos era un hombre atractivo, tremendamente inteligente y manipulador; siempre a un paso delante de todos. Seguro su inteligencia y audacia estratégica rivalizaban con la de Sesshōmaru, e Inuyasha lo detestaba por eso. ¿Estaba celoso? Sí.

—Entonces, ¿qué demonios haré?

—Esperaremos hasta tu siguiente noche humana, para que asesines al sacerdote mayor, mientras tanto me codearé con los grandes. ¡Ya sabes! Cuando la noticia les llegue de que he asesinado al hermano de Sesshōmaru, «El temible Inuyasha», capaz de derribar a mil demonios con un golpe de su espada, vendrán aquí para verme. Yo recibiré sus reconocimientos y me encargaré de que me hagan ir a dar el mensaje a Nobunaga.

—¡Ese imbécil! Escuchamos que está formando alianzas con todos los clanes enemigos de Sesshōmaru, el bastardo realmente se ganó el odio de todos a pulso.

—Envidiado, Inuyasha. Lo envidian por su linaje y su poder. Es normal en su posición.

—Lo que sea.

—Debes saber que el general no se lleva muy bien con el sacerdote mayor, lo que me ayudará a ganarme su confianza y su favor. Y mientras que me encuentre con él, tú entrarás en la fortaleza en tu noche humana disfrazado de monje y lo asesinarás. También te encargarás de ser visto de esa manera. Nadie se enterará de que estás vivo hasta que sea demasiado tarde y te encuentres de vuelta en el Oeste. Hasta entonces, permanecerás aquí.

—Mataste a todos mis hombres…

—No. Quedó uno. Siento lo de los otros, pero era necesario.

—A Sesshōmaru no le agradará esto. Idiota.

—Bueno, te tocará convencerlo, mientras no me encuentre antes de que vuelvas. Creo que todo estará bien.

—¿De qué hablas?

—El que quedó vivo escapará con la noticia de tu muerte.

—¡Estás demente! ¿Por qué harías algo así?

—Bueno, porque las buenas actuaciones se dan cuando realmente crees que la mentira es verdadera. Estará tan molesto que estoy seguro tendrá tanta sed de sangre que matará a unos cuantos en tu favor.

—¿Te has puesto a pensar en Kagome?

—Sí. Y es por eso que debes escucharme. Nobunaga no es como Naraku, ni como Sesshōmaru, es pura maldad Inuyasha. Inteligente, fuerte y audaz. Con un discurso convincente. No conozco a otro igual.

—Yo sí —dijo mirándolo a los ojos—. Demonios ni siquiera sé por qué sigo escuchándote ahora mismo. ¡Me apuñalaste!

—Gracias me halagas. Y si te soy sincero, creo que Sesshōmaru no ganará. Cada vez son menos los demonios y para empeorar, los pocos clanes se están uniendo contra él. Son estúpidos. No se dan cuenta de que están exterminándolos. Acaso ¿no has pensado en el futuro? Aquel en el que ya no existen los demonios. Sabes de lo que hablo, tú nos lo confesaste hace mucho tiempo. Cuando dijiste que serías incapaz de alcanzar a Kagome en el futuro, porque no había demonios. Nos hiciste jurar que no hablaríamos de eso, ni siquiera con Sesshōmaru. Pero ahora ese dato me da vueltas en la cabeza y creo que esta es la razón de su extinción.

—¿Qué hay de los que están trabajando con ustedes? ¿Qué les harán?

—Los matarán, cuando los demás hayan caído. Y si te soy honesto, creo que debes estar preparado para todo. Amigo mío.

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Kagome, miró a la prometida de Sesshōmaru, cuando creyó que nadie la veía y a través de sus pestañas sus ojos habían estado mirando el piso desde que llegaron a las puertas del castillo. Esa había sido la recomendación de la Dama. La hembra era hermosa, aunque sus modales demostraban que, era su lado más salvaje la que la dominaba. No porque se comportará mal, sino porque ese clan era demasiado sanguinario y sus ojos no podían engañar a nadie. Tan constantemente rojos.

Sentada al lado de Sesshōmaru con la espalda recta, una taza de té en sus manos con la mirada clavada en su regazo había permanecido atenta y callada escuchando la transacción del negocio. Sesshōmaru no había estado muy contento con la hembra. Al parecer, la prometida había sido otra que acababa de morir en batalla. En cambio, le ofrecieron a la hermana menor, la única hembra del clan disponible para canjear. No le había gustado porque era muy joven, aunque sabía que solo eran apariencias.

Pero como era evidente no la rechazó, porque ambos se necesitaban. Cuando se acordó la aceptación de la hembra, la diosa de la maldad como la nombró Kagome, se puso de pie y salió del salón sin más. Luego, Sesshōmaru hizo lo mismo, era evidente que iría tras ella. Pero él se detuvo unos pasos adelante. Kagome, no estaba segura de qué hacer, por lo que se mantuvo en su lugar en espera de su orden.

—Kagome, si alguien intenta dañarte… no dudes en purificarlo.

Y luego el señor demonio se transformó en un orbe que poco a poco tomó la forma de un perro gigante. ¡Oh sí! Era una muestra de poderío que decía que con él no se juega y salió tras la hembra.

El hermano, ahora cuñado de Sesshōmaru le ofreció una mano a la humana. Kagome la miró un momento. Evaluó la petición, pero como siempre le dijo su madre: «Lo cortes, no quita lo valiente", ella la tomó y se dejó ayudar a levantarse. Sus piernas estaban entumidas. El macho demonio de sangre pura, parecía engañosamente amable y como un buen Daiyokai era hermoso. Él la condujo por los pasillos del castillo hasta una habitación.

—Esta será su habitación por esta noche —dijo con voz clara y sedosa—. Debes estar agotada.

—Sí un poco. Muchas gracias, señor —respondió sin mirarlo a los ojos. Algo que testaba, pero habían sido las indicaciones de la Dama.

—Me pregunto qué habrás hecho para haberte ganado a la Dama del Oeste. Una humana tan…

Kagome lo interrumpió levantando el rostro y mirándolo a los ojos cuando respondió:

—Ya lo dijo Mi Señor: soy la esposa de Inuyasha, y la sacerdotisa del Shikon y fueron mis poderes quienes mataron al terrible Naraku. Lucho en las filas de los ejércitos de Sesshōmaru. Mi lealtad hacia el clan del gran Inu no Taishō es incuestionable. Señor.

Los ojos violetas del demonio cambiaron un momento a un rojo oscuro.

—¡Descanse mi señora!

El demonio realizó una reverencia y la dejó sola en la entrada de su habitación. Su sonrisa maniaca nunca lo abandonó.

Al amanecer, Sesshōmaru la esperaba para marcharse de regreso al Oeste.

Kagome entregó a la hembra el obsequio de la Dama, pues Sesshōmaru le había dicho que su heredero estaba en camino.

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Llevaban tres días de recorrido, habían tenido que tomar un camino distinto, pues Sesshōmaru le había explicado —cuando le preguntó en el instante que notó el cambio de rumbo—, que pronto encontrarían los restos putrefactos del grupo de hombres y monjes que mataron a sus escoltas. Esa fue la razón de su atuendo ensangrentado noches pasadas.

Ahora era más frio que antes y ni siquiera había intentado entrenarla de nuevo; Kagome se había dado cuenta de la gran distancia y muro que había levantado entre ambos. No era que se sintiera mal por perder su «amistad», al contrario, continuaba agradeciéndolo. Cuando el viaje de regreso terminó, se sintió liberada, como si hubiera estado cargando una enorme losa en su espalda todo el tiempo. Al fin, estaba en «casa».

La vida había continuado su curso sin ningún problema, salvo que no había noticias de Inuyasha… hasta unos días más tarde. Uno de los soldados que habían viajado con Inuyasha volvió. Kagome salía de su entrenamiento cuando lo vio a lo lejos cruzar las enormes puertas del castillo. Pronto, un Jaken lo estaba conduciendo hasta su Señor.

Kagome fue tras ellos alcanzándolos cuando el soldado cruzó las puertas del gran salón. La Dama lanzó una mirada feroz a Kagome, en reprimenda por su intromisión. Pero ¿qué le importaba? Traía noticias de Inuyasha. Por lo que no se atrevió a mirar a Sesshōmaru por temor a ser sacada de ahí. No habían vuelto a cruzar palabras desde su viaje. Y al parecer la había degradado de nuevo a ser solo la sucia humana, pues ya no le exigía sentarse a su lado en las reuniones del consejo. Incluso ni siquiera la llamaban a reunirse. Ganándose una terrible mirada de reproche de su maestro. Y en cuanto a Sesshōmaru, la había ignorado como siempre.

—Señor…

El demonio estaba temblando, aterrorizado y Kagome estaba detrás de él. Entonces ella también comenzó a entrar en pánico.

—¿Dónde está Inuyasha? —preguntó Sesshōmaru.

—El monje con el que habló y que parecía conocer… Nos llevó a una trampa. Todos están muertos.

—Mientes. ¿Dónde está Inuyasha? —Kagome no quería creer en las mentiras del demonio. Ella confiaba en Miroku.

Los generales que estaban con Sesshōmaru comenzaron a susurrar. El demonio portador de las malas noticias le respondió a la viuda:

—Lo inmovilizaron, luego lo apuñalaron y lo enterraron vivo, pero con los sellos del monje y su estado mestizo no creo que haya sobrevivido por mucho tiempo… Lo siento.

—¿Cuándo sucedió eso? —preguntó la Dama del Oeste.

—En la luna nueva.

Kagome estaba pálida. Retrocedió dos pasos. No podía ser posible. Habían pasado tres semanas de la última luna nueva. Quería decir que, mientras Sesshōmaru la seducía, su esposo estaba siendo sepultado vivo.

—¿Por qué no volviste por él? —preguntó Kagome.

A Sesshōmaru nunca le pareció sentir tanto dolor en el alma y le dolió; porque si era cierto que todavía no estaban selladas sus almas, tanto su yōki como el reiki de ella estaban entrelazados, conectados como las raíces de un árbol que se extendían por la superficie terrestre hasta llegar a entrelazarse con otro, así que cuando uno tenía una pena tan grande, el otro podía sentirla, como una leve quemadura en su pecho.

—Me capturaron y luego escapé; así que vine directamente hasta aquí para avisarle a mi señor.

—¿Dónde está? —exigió saber la mujer.

—Miko…

Kagome escuchó a lo lejos la voz de Sesshōmaru.

—¡¿Dónde está?! —le gritó.

El demonio se acercó hasta el mapa de Japón que colgaba de una de las paredes de la sala, que era utilizado para señalar las bases de sus enemigos, y para ser estudiada constantemente. El señaló la ubicación de Inuyasha con una garra ensangrentada.

—¿Dónde está la espada de mi padre?

Kagome miró al Señor demonio, no podía creer que solo le importara eso. Bueno en realidad… sí podía creerlo solo que confirmar sus sospechas de que era la única razón por que Sesshōmaru mantenía a Inuyasha a su lado era muy distinto.

—Con él. Señor.

Kagome no pudo soportarlo por más tiempo, comenzó a llorar.

—¿Por qué no regresaste por él? —preguntó entre sollozos.

—Porque es un mestizo sin valor y Lord Sesshōmaru debía saber lo que pasaba.

Respondió al fin. Incrédula por las palabras de aquel soldado, ella miró a su alrededor, los generales de Sesshōmaru miraban el mapa, examinando la nueva ubicación del enemigo; la Dama miraba sus uñas de una mano, mientras que con la otra se abanicaba y Sesshōmaru mantenía la mirada también en el mapa, seguro maldiciendo haber perdido de nuevo la espada. Solo un demonio en esa sala mantuvo su mirada fija en la mujer, su maestro el Zorro.

Ambos se miraron a los ojos. Y actuó, en el momento que él asintió otorgándole su permiso. El soldado había dejado atrás dos cosas valiosas: La espada de Inu no Taishō y la evidencia de la muerte de un príncipe sin corona, sin reino.

Kagome, perdió la compostura. Enardecida, levantó la mano hacia el soldado, que abandonó a su suerte a su amado esposo y con todo el odio que tenía en ese momento a toda esa especie demoniaca. Lo purificó.