Inuyasha llegó al castillo al amanecer. La bienvenida no había sido tan acalorada por ningún demonio, lo que lo extrañó. Se suponía que estaba muerto y que, al verlo, vivo y de regreso, deberían estar felices. Entonces, pensó que eran unos hijos de puta Yōkai. Nunca lo considerarían su igual, pues no era más que un mestizo o eso era lo que él pensaba como la única razón de su frio comportamiento de camarería.
Buscó la energía sagrada de Kagome sin encontrarla. La Dama, en cambio, estaba esperándolo en su habitación. Ella miraba dormir al Kit y al humano juntos en el futón, tan siniestramente. Ella había regresado al castillo tres días después, cuando le informaron que habían visto a Inuyasha en las afueras del Oeste.
—¿Qué haces aquí? —preguntó el medio demonio.
—Shhh, me costó mucho dormir a ese niño humano —regañó al Hanyō, mientras lo evadía para salir de la habitación haciéndole una seña para seguirla.
—¿Dónde está Kagome?
—¿Quieres que hablemos en los pasillos o esperarás a que lleguemos a mis habitaciones?
Molesto, Inuyasha, siguió a la Dama.
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—Es extraño mirar a mi joven Señor tan relajado aún más que su propio padre con su humana —había dicho el zorro mientras tomaba asiento junto al demonio, que no quitaba la vista a su hembra. Ella entrenaba con algunos soldados la espada. Sesshōmaru alejó su vista de Kagome, más su oreja estaría atento a su voz.
—¿A qué te refieres?
El zorro sonrió, se había dado cuenta.
—Tu padre decía amar a la humana Izayoi, pero nunca perdió la cabeza por ella como lo haces tú por la Miko.
Ella soltó una carcajada cuando un soldado se fingió herido. Él miró hacia ella de nuevo.
—No sé de qué hablas.
—Y fingir demencia es peor, ten cuidado.
—Tú la llevaste a mí, ahora quieres quitármela.
—No. Ella es buena para el Oeste.
—Y para mí también.
—¿Lo es?
—Lo es.
Caminaron de regreso al castillo Sesshōmaru iba al frente con su hembra detrás de él, pero unidos por la estola que había buscado su contra parte uniendo las puntas. Fue extraño y a la vez no, porque era justo lo que su alma necesitaba para sentirse cerca de él. Sin comprometerlo a demostrar tal debilidad por ella. Kagome se había dado cuenta de cómo algunos de sus soldados los miraban con desaprobación. No quería que pensaran que caería como hizo su padre. Su gente necesitaba seguridad.
Pararon al anochecer para la comodidad de su hembra alfa y cuando fueron a dormir ella se recostó a su lado. Sesshōmaru la acercó más y las pieles se extendieron sobre ellos. Era una noche fría, tal vez la más fría desde que habían salido. Kagome pronto se quedó dormida bajo el calor del demonio. Olía tan bien…
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Kagome, bebía un poco de agua cuando el zorro se acercó corriendo hasta Sesshōmaru que miraba sediento a su hembra. Quería lamer las gotas de agua que se derramaron de sus labios.
—Señor, hay un ejército acercándose. Al parecer se dirigen al Oeste. Tal vez deberíamos impedir que lleguen más lejos.
—¿Hay Yōkai? —preguntó mientras veía a Kagome lamer sus labios mirando al zorro, con los ojos muy abiertos. Sesshōmaru reconoció que hasta espantada era hermosa. Sonrió.
El zorro se dio cuenta de que Sesshōmaru estaba enajenado con su hembra, ella parecía tenerlo bajo un hechizo.
—No, solo humanos, pero son miles, una verdadera plaga tediosa. Creo que deberíamos poner a salvo a mi Señora en el castillo. Lord Sesshōmaru.
—¿Qué? No. Claro que no. Yo me quedaré a su lado —replicó Kagome. No quería perder de vista al único ser que hasta ahora le daba estabilidad emocional. No quería volver tampoco porque no quería estar sin él para ver el cuerpo sin vida de Inuyasha.
—Lo siento mi señora, pero he cuidado de la espalda de mi señor desde la falta de su padre. No me prive de mi deber.
—¡No lo hago! Nunca haría eso.
—Claro que sí. Usted es una distracción.
—¿De Sesshōmaru? Te refieres a la ¿Perfección asesina? —pregunto con incredulidad.
—Me temo que hablo del mismo.
—¿Sesshōmaru estás de acuerdo con eso? —Kagome miró al demonio que parecía bastante tranquilo y nada ofendido. En ocasiones era tan extraño.
—Ven, Miko.
Sesshōmaru se dio la vuelta y comenzó un viaje lejos. Ella fue tras él. Caminaron por un largo rato hasta llegar a un acantilado. El paisaje hubiera sido hermoso para compartir, pero Kagome no podía ver más que a él.
—Irás con el zorro al castillo, le dirás adiós al Hanyō, amarás a tus hijos y aprenderás de mi madre.
—¿Cuánto tiempo piensas tardar?
—El necesario para no dejar a ni uno vivo.
—No. ¿Por qué haces esto? —Ella quería llorar. Pensaba que él había decidido que ella seguía siendo débil. Viejas inseguridades salieron a flote de su corazón con cada, no y con cada desprecio del demonio.
—Si tú mueres yo muero; si yo muero tú también lo harás.
—Sesshōmaru, no quiero irme.
—No me ocurrirá nada. Solo necesito que estés a salvo. —Acarició la mejilla de su mujer limpiando sus lágrimas derramadas.
Kagome rodó los ojos.
—No quiero perderte.
—No lo harás —prometió.
—Pero…
—Shh. Miko voy a regresar a tu lado y cuando eso pase estarás lista para ser mi compañera por la eternidad. Te mantendré en mi cama y no te dejaré salir hasta que, Éste, tenga a su heredero creciendo en tu vientre.
Ella sintió su corazón hincharse. ¿Quién iba a decir que ese rostro frio podía expresar sentimientos tan apasionados y amorosos? Ella no lo hubiera creído si no lo estuviera viendo y escuchando.
—No te dejaré solo. Me quedaré te guste o no —ella colocó sus manos en su pecho para atraerlo más cerca—. Son demasiados y nosotros pocos.
—¿Dudas de este y tus súbditos?
—De ninguna manera, pero no correremos riesgos. Nadie abandona a un familiar, amigo, aliado, ni compañero de armas o ideales. Voy a ayudarlos les guste o no, también soy un guerrero o al menos intento ser uno digno de ti. Como tu pareja mi deber también es protegerlos y eso haré con mi reiki.
—Ya eres digna de mí, Kagome.
Ella se emocionó ante el tono seguro e, replicable del demonio.
—¡Oh! ¡Bésame, Sesshōmaru!
Así lo hizo el demonio, no porque siguiera las ordenes de su hembra, sino porque deseaba hacerlo también. La deseaba con tanto desespero que sentía que ya no era el mismo ni volvería a hacerlo.
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Cuando regresaron con los demás, los demonios miraron expectantes en espera de la decisión de su Señor.
—Mi Señora erguirá una barrera que nos atrapará con un grupo de soldados y un hechizo que impedirá que los humanos utilicen energía sagrada para purificarnos. Cuando acabemos avanzaremos y atacaremos de nuevo con el mismo plan, una y otra vez hasta exterminarlos a todos.
—Mi Señor, yo protegeré a La Dama —dijo el zorro.
—¿Con tu vida, Kara?
—Sí señor. Con mi vida.
—Envía un mensajero a mi madre, que se preparen para un posible ataque y que envíe un grupo de guerreros a nuestra posición.
De ser solo ellos, no hubiera enviado por más hombres; pero su hembra, su esposa humana y prometida estaba con él. No dejaría que nada le pasara. Si tenía que tomar precauciones… lo haría sin dudar.
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Atacaron al atardecer al ejército que se dirigía al Oeste, su general se encontraba del otro lado del campo esperando la victoria. Kagome había erguido campos de energía una y otra vez y aún no habían acabado ni con la mitad. Para ella haber luchado por la noche había sido tan difícil porque era humana y no podía ver. Para Sesshōmaru y los demás demonios fue una ventaja bien aprovechada. El zorro la protegía como había prometido y le daba indicaciones para saber en qué momento bajar o subir de nuevo cada barrera. Por eso cuando la luz del día se hizo presente se sorprendió al ver que miles de soldados intentaban derribar su barrera. Si no confiara ciegamente en Sesshōmaru diría que era una misión suicida.
Cuando los soldados humanos pudieron distinguir quién los mantenía aislados intentaron llegar hasta ella, solo para encontrarse de frente con la muerte; cada soldado de pronto se dedicó a impedir que los humanos llegaran a ella. Al parecer la orden era asesinar a la mujer primero. Y aunque Kagome contaba con el Yōki de Sesshōmaru para alimentarse de energía, ciertamente estaba comenzando a cansase. El zorro fue el primero en notarlo, luego Sesshōmaru.
—Mi señor, Mi señora debe salir de aquí —el zorro sugirió el bienestar de su futura Dama. No podían hacerlo por aire porque había arqueros que también los rodeaban fuera de la barrera de Kagome esperando ese movimiento.
Kagome se mareó, y por un momento bajó antes la barrera permitiendo que más soldados cruzaran el diámetro trazado por la ella misma. Sesshōmaru no expondría más a su hembra por lo que comenzó a darle fin a los tontos humanos que pensaron que podrían derribarlo, aun si, él estuviera solo no podrían matarlo. Esto solo había sido por ella.
Su gente tenía que saber que su Dama no temería en levantar su espada por ellos, debían saber que pelearía a su lado por el bienestar de su clan. Debían saber que ella había renunciado a su humanidad para unirse a él en espíritu y corazón. Y ella debía tener confianza en sus súbditos para protegerla. Ella debía tener confianza en sí misma y no dudar de él, ni de lo que era capaz de hacer.
Cuando Kagome no pudo sostener más la barrera, de inmediato sacó su espada y miró a Sesshōmaru. Él vio la determinación de ella para luchar con él a su lado y lo permitió, porque sabía que ella no era débil y tendría que aprender a ser autosuficiente, él no sería como su hermano siempre dispuesto a salvarla para satisfacer su maldito ego, para hacerla creer que era un alfa y era su deber protegerla convirtiéndola en una completa inútil. ¡Qué imbécil era Inuyasha!
Nadie más que Inuyasha tenía la culpa de que a su supuesta muerte, ella se dejará manipular tan fácilmente por el zorro, buscando así venderse como un… ¿soldado? No. Ella, creía que rechazaría su propuesta porque se pensaba inservible, tan débil. Ella había negociado también con su alma, porque sabía que deseaba su poder, uno que no sabía controlar ni utilizar. Había sido tan fácil para ella aceptar convertirse en su puta, porque no se confiaba para proteger a sus cachorros ni así misma.
Sí él no supiera mejor de la grandeza de su poder, ni de lo que era capaz de hacer con él, o la hubiera deseado tanto para sí mismo… Kagome solo le hubiera servido para satisfacer la morbosidad de tomar a una humana, como su padre solía hacer. ¡Maldita herencia morbosa! ¡Ah! Porque al gran demonio General, le gustaba follar duro con humanas, tontas y campesinas de preferencia. Izayoi había sido la diferencia, tan inútil y débil… Pero sabía porque lo había cautivado tanto. Ella lo necesitaba hasta para respirar y eso alimentaba al enorme ego machista de su padre. ¡Oh! Inuyasha le había heredado esa parte.
Su madre La Dama del Oeste había sido la mejor opción, por su belleza, su grandeza, inteligencia y poder, había sido lo que su padre necesitaba para sus tierras, tal vez sin ella su padre no hubiera podido partir a tantas batallas para expandir su reino. Porque su madre era un mejor político. Tan fácil para él conquistar tierras, como tan fácil para ella fue mantenerlas. Estúpido Toga que nunca se dio cuenta de que en su propio hogar lo tenía todo. ¡Tal vez por eso lo odiaba tanto! No era Izayoi, ni Inuyasha, era él. Nunca miró a su madre más que como una conquista de tierras, posición y poder; un matrimonio de conveniencia.
Si se hubiera detenido a mirar un poco más, se hubiera dado cuenta de qué había debajo de esa fría belleza. Seguro se habría dado cuenta de que había una hembra cariñosa, traviesa en sus maneras, leal y fiel a él. Aunque su alma reclamaba a otro, estaba seguro que tarde o temprano se hubiera entregado totalmente a su padre. Por amor o por honor.
Kagome gritó llena de furia cuando cortó la cabeza de su enemigo. Sesshōmaru sonrió. Ella era perfecta para el Oeste, por su poder, fidelidad e inteligencia. Era perfecta para él, porque lo satisfacía emocional y físicamente. Había encontrado en ella la mejor compañera, una que lo escuchaba y lo retaba. Una compañera que complacía a su oscuridad con sumisión por elección y no por temor, y a su sed de sangre, porque ella también disfrutaba luchar en un campo de batalla; lo pudo ver desde que la conoció siempre dispuesta a ayudar al inútil de Inuyasha, así como la ve ahora peleando por él. Así como sus deseos carnales e incluso él tenía que seguirle el ritmo en su hambre sexual.
Por eso la hembra llevaría su marca en el cuello al final de esta batalla. A la mierda el funeral de Inuyasha. ¡Nunca la mereció! Él la haría florecer en todo su esplendor.
«Su grandeza nunca sería debilidad para Éste Sesshōmaru, al contrario, juntos seremos la perfección» se juró el demonio en su mente.
Un soldado atacó la espalda de Sesshōmaru, Kagome previó el golpe y lo derribó con una flecha siquiera antes de que el hombre diera dos pasos hacia el demonio. Sesshōmaru giró su rostro y se percató del hombre y sus ojos vacíos por la llegada de la muerte, por una flecha que había atravesado su cabeza. Su hembra lo había protegido, innecesariamente. Sus miradas se cruzaron… entonces, el demonio reconoció su total confianza en ella. Ambos se colocaron a espaldas del otro.
El zorro miró la escena con orgullo, la humana no lo decepcionaría.
Sesshōmaru, convocó una nube de Yōki y tomó a la mujer de la cintura y la subió con él. Kagome se sentó dándole la espalda al demonio y mientras el avanzaba ella derribaba con flechas, protegiendo su espalda. Él atacaba por el frente con su látigo venenoso. Eso provocó que su pequeño ejército tuviera un respiro de los soldados humanos que parecían hormigas marabuntas. Pronto Sesshōmaru se acercó más a su enemigo, solo un monje había con el general Oshio y no era otro que Miroku.
—Kagome, el Monje está con el general.
Kagome giró su rostro para encontrarse con la sonrisa de Miroku, como si este hubiera hecho una travesura, como si no tuviera miedo de ellos, de su furia. Kagome lo conocía bien. Una opresión en su pecho y el estómago, la hicieron temblar. Terror fue más bien lo que sintió. Entonces pudo escucharlo a lo lejos, después vino la inconfundible aura demoniaca de una reliquia muy adorada por dos hermanos.
—¡Viento cortante!
Sesshōmaru aterrizó frente al general Oshio y del monje, rápidamente fueron rodeados por humanos.
—¡Monje! ¡Purifica al demonio! Tomen a la bruja —ordenó el general con confianza.
—Lo siento mi señor, pero me temo que no podré.
—¿Qué?
Sesshōmaru utilizó su látigo para derribar a los humanos. Miroku fue el único en mantenerse en pie.
—Tienes mucho que explicar, «Túnel del viento».
—Sí bueno, más vale que no quede ninguno mi señor, no es conveniente que se sepa que Inuyasha está vivo.
—¡Kagome! —escuchó la voz del Hanyō a lo lejos llamándola.
Inuyasha se acercó corriendo y cuando ella finalmente se giró y le dio la cara, la encontró con lágrimas en los ojos y desconcertada. Su hermano se colocó frente a ella, así que él, se detuvo para mirarlo a los ojos.
Muy lentamente Inuyasha continuó acercándose a Sesshōmaru.
El zorro y la Dama llegaron para impedir que ambos hermanos se mataran. Kagome cruzó una mirada con los ¿protectores?, estaba a punto de entrar en una crisis emocional.
—Sesshōmaru —Inuyasha de pie frente a su hermano y mirándolo a los ojos—. Gracias. Por protegerla. Sé que no fue fácil. Pero siempre estaré en deuda contigo, por darle la inmortalidad e incluso, ir en contra de ti mismo y darle un lugar a mi esposa como tuya. Mi espada peleará a tu lado para protegerlos a ambos y por el Oeste.
Arrodillado frente al demonio con el que compartía sangre y con su espada en sus manos para ofrecerla a él:
—Te protegeré con mi vida. Mi Señor —repitió Inuyasha. El rostro del demonio era ilegible, tal humillación y a la vez no porque todo había sido un supuesto error. Gran dilema.
—¡Miko! —Habló Sesshōmaru.
Ella no podía articular palabra estaba atónita y temerosa de causar una desgracia. ¿Acaso era esto lo que pasaría? ¿Ella diría algo estúpido y ambos hermanos se matarían? Bueno en realidad Sesshōmaru mataría a Inuyasha. No pudo hablar, ¿qué podía decir de todos modos?
Sesshōmaru, esperaba su reacción entre no saber qué hacer o quién elegir. Decir que no le dolió su indecisión —comprobar que muy en el fondo había creído que tal vez, solo está vez, lo elegirían sobre Inuyasha—, sería una gran mentira.
—Toma a tu esposo y regresen al Oeste me encargaré de todo aquí. Merece tu confort.
Todos vieron al Demonio despegar en una esfera de luz blanca para luego transformarse en la Bestia. En Yako.
—¡Inuyasha toma a tu mujer y vete! —Ordenó la Dama del Oeste.
Kagome cruzó miradas con el zorro y luego miró a la terrible y gran Rey Bestia, devorar a los humanos.
—Sacerdotisa. Ve con tu esposo nos encargaremos de ellos —animó el zorro.
Inuyasha miraba a Kagome con anhelo. La vio caminar hacia él. La abrazó. Su aroma delicioso estaba camuflajeado con el de su hermano o ¿era la estola que llevaba puesta? Le dio la espalda y se arrodilló para que ella subiera en él. Como en aquellos tiempos donde era una niña y cruzaban por todo Japón buscando los trozos perdidos de la joya de Shikon.
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Cuando llegaron al castillo, la soltó para encontrarla hecha un mar de lágrimas.
—¿Qué pasa? Estás…
—Creí que habías muerto.
—Lo sé. Miroku… es un imbécil y al parecer yo igual por hacerte sufrir.
—Es qué, yo… yo…
—Shh, shh, tranquila ya estoy aquí. Lo siento tanto. Pero ya ves, Sesshōmaru cumplió su promesa y te protegió. Me lo ha contado la Dama. El consejo quería tu cabeza, luego de que asesinaste a la prometida de Sesshōmaru. ¡Maldición no tenía idea de que algo así podría pasar!
—¡Vámonos!
—Sí, debes estar cansada.
—No
—Vámonos del Oeste, Inuyasha.
—¿Qué? No podemos, ¿qué no lo entiendes? has unido tu vida a la Sesshōmaru, no hay un lugar más seguro en el que puedas estar. —Tomó el rostro de su esposa entre sus manos y le dijo—: ¿Recuerdas la joya? Cada deseo tenía un precio, y los deseos jamás se cumplían como uno quería, en realidad. Si el precio para tu inmortalidad fue esto, entonces lo acepto. Te amo y esto es mejor que verte envejecer y morir. Ya no quiero perderte Kagome. ¡Ya no!
Kagome temía decirle qué tan íntimos se habían hecho ella y Sesshōmaru, temía que hiciera una estupidez y muriera a manos del demonio.
—Tienes razón. ¡Vamos al castillo!
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—El gran perro demonio tragó a sus enemigos, algunos fueron torturados y yo fui elegido para traer el mensaje.
—¿Cuál es ese mensaje? —El sacerdote y generales humanos miraron a Miroku, que tenía el rostro golpeado y marcado por el látigo del demonio Sesshōmaru.
—Cada monje, Miko y niño nacido con poderes sagrados serán quemados vivos. Cada humano, mujer o niño que cruce las tierras del Oeste será degollado y utilizado como alimento y objeto de diversión para calmar la sed de sangre.
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Cuando llegaron al castillo, Inuyasha tomó a su mujer, se mantuvo con ella en la habitación por dos días. Para Kagome había sido terrible la experiencia. La parte demoniaca de Inuyasha estuvo presente en su mayor tiempo. Por lo que ella terminaba muy herida. Ella se sentía vacía y con ganas de llorar y su corazón se sentía culpable. El haber estado íntimamente ligada a Sesshōmaru la había dañado para otros hombres, o tal vez, era que su alma y Reiki, no reconocían a Inuyasha como su compañero.
Y mientras él dormía ella se mantenía despierta recordando la frialdad con la que Sesshōmaru la había tratado y no era para menos, le había prometido que no habría nadie más, pero Inuyasha era su primer esposo y ¿qué podía hacer? Se matarían. Y tampoco soportaría ver el odio de Inuyasha en sus ojos por haberlo traicionado eligiendo a su hermano. No podía hacerle eso, no a él.
Además, tenía la sensación de que la parte instintiva de Inuyasha odiaba sentir el Yōki de Sesshōmaru en ella. ¿La estaba castigando con sus malos tratos? Posiblemente. Pero qué tanto era Inuyasha y qué tanto era la bestia. En una ocasión le había pedido que parara y de inmediato la bestia se había presentado, vio tanta malicia en sus ojos que ella simplemente guardó silencio y permitió. Ella sospechó que la bestia lo sabía y que la parte racional de Inuyasha no quería reconocerlo. Él le estaba dando la oportunidad de olvidarlo y, ¿ser felices? Pues la ignorancia en ocasiones es mejor que la verdad.
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Kagome estaba en su habitación mirando por la ventana el cielo nocturno, hacia dos noches que La Dama y los otros habían vuelto con la victoria y seis días que ella e Inuyasha habían vuelto al castillo. Sesshōmaru y algunos soldados incluyendo el zorro no volvieron.
Sin embargo, no sabía qué hacer o qué decir, avergonzada se había mantenido en sus habitaciones. No los recibió.
Shippō entró en la habitación. Se acercó a ella y abrazó sus piernas. Ella notó que había crecido mucho desde que lo conoció.
—Has crecido —le confesó mientras peinaba sus cabellos rojos.
—La Dama desea verte.
—Sí. Bueno no puedo esconderme por el resto de mi vida, ¿o sí?
—Kagome, creo que Inuyasha lo sabe.
—No digas nada, tú no sabes nada. Podría hacerte daño.
—Como a ti.
—¿Qué? No, él no…
—Él sí. Puedo oler la sangre de tus heridas hechas por sus garras. Por eso no sales de aquí. La Dama me preguntó por qué no los recibiste ni has salido de aquí desde su llegada. Le dije que desde que llegaste te has sentido cansada y que podía oler enfermedad en ti. Quiere verte ahora. Te espera en sus aposentos.
Kagome le pidió a Shippō que la ayudara a cambiarse. Cambiaron sus vendajes y ropas. Puso demasiada colonia de flores en su kimono y le había pedido a Shippō que comprobara si podía oler su sangre.
—No. Apestas a flores, pero no creo que dure mucho.
—Bien, intentaré salir de ahí lo más rápido posible.
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Kagome estaba sentada frente a la Dama bebiendo té. No se atrevía a mirarla a los ojos.
—Pudiste elegirlo, ambos te dieron la oportunidad, Kagome.
—…
—Inuyasha resultó un cachorro muy listo. Mira que agradecer en lugar de agredir le funcionó muy bien.
—Él no sabe.
—¡Que va! Creo que hasta un humano sin sentido del olfato lo sabría. Tonta. Simplemente les dio la salida fácil y menos dolorosa. Debo decir que el Monje sí se dio cuenta y fue difícil persuadirlo de que Inuyasha no corría riesgo con Sesshōmaru.
—…
—Toma —le ofreció un saco qué al dejarlas caer en la mesa, su contenido salió revelando unas flores—. Bébelo, todas las noches sin falta antes de dormir y por las mañanas antes de los alimentos.
—¿Qué es?
—Te ayudará a engendrar. Entre más rápido el Hanyō te preñe, será mejor para todos. Incluso, Sesshōmaru, perderá el ansia por tu cuerpo.
Por alguna razón a Kagome no le gustó la idea de engendrar un bebé, al menos no ahora que estaba muy confundida.
—Sí —respondió con un nudo en la garganta y los ojos brillosos.
—Mi hijo regresa mañana. Mantente erguida y con las piernas bien cerradas en su presencia. O mejor aún, no salgas de tus habitaciones. Solo estará aquí dos días y partirá de nuevo. De una vez te digo… Exterminará a tu especie. Ese es el castigo que te ha impuesto por rechazarlo.
—¡No! Quiere obligarme a ir con él —Kagome se enfureció, ¿cómo se atrevía?
—Humana vanidosa. Él no hará tal cosa. Nunca volverá a ti. Él es Sesshōmaru, niña estúpida; ¿qué te hace creer que se humillará por tercera vez frente a ti? Él tiene dignidad, es un Señor.
Kagome derramó un par de lágrimas.
—Lo siento. De verdad lo siento. Pero él sabe que nada de esto hubiera pasado si no hubiese creído que Inuyasha estaba muerto.
—¿De verdad?
—Sí. Y él lo sabía, nunca lo engañé. No puede sentirse enfadado por no elegirlo, sobre Inuyasha cuando sabe que siempre lo amaré. Puede que Sesshōmaru sea la mejor opción, por todas las razones que usted quiera, pero Inuyasha es el amor de mi vida. No mal interprete una buena follada con el amor verdadero.
La Dama golpeó la mejilla de Kagome con su abanico, haciéndola caer de lado. Cuando la tocó para calmar el ardor, descubrió un hilo de sangre.
—¡Insolente! Te contaré un secreto, nadie creyó que Inuyasha estuviera muerto, incluso en la debilidad de la luna nueva. Fue enterrado herido y vivo. ¿Por qué arriesgarse a que escapara? ¿Por qué tu amigo que hasta ahora nos ha dicho siempre la verdad no le cortaría la cabeza? ¿Cómo es que ese soldado escapó de una fortaleza humana llena de monjes que pudieron purificarlo en un instante? ¿Duda? Tal vez.
—¿Me manipularon…?
—¿Eso crees? Tal vez te faltó tenerle un poco de fe a tu Hanyō. Sesshōmaru solo tomó la oportunidad a un deseo reprimido, él siempre consigue lo que quiere; incluso, la espada de su padre mata para él. Y a ti te gusta mi hijo.
—No es cierto.
—Tonta. Aléjate de mi hijo si el deseo de tu corazón es más fuerte que el de tu alma. Pero si no es así, entonces repudia a Inuyasha.
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Sesshōmaru llegó al siguiente día como prometió la Dama, Kagome se mantuvo en su habitación aislada de todos, por su propia voluntad. Inuyasha no la cuestionó.
Inuyasha, miraba a su hermano con asombro. Él le estaba pidiendo que fuera con Koga para pedirle ayuda contra el ejército de Monjes y además, quería exponer a Kagome pues quería que se la llevara con él.
—Sé que Kagome es fuerte, pero llevarla a la boca del lobo donde la mayoría de nosotros podríamos morir, es irracional.
—¿No confías en ella, Inuyasha?
—Por lo que veo tú sí confías demasiado en «ella».
—El zorro ha entrenado sus poderes espirituales y este Sesshōmaru la ha entrenado en la espada personalmente.
—Claro, pude darme cuenta de eso. La has expuesto Sesshōmaru y ese no fue el trato. Mi espada por su protección.
—Y este Sesshōmaru cumplió, ella es más fuerte de lo que piensas y saber defenderse no es debilidad, este sería un protector irresponsable si no le enseñara el uso de las armas ni el uso adecuado de su poder. ¿No lo entiendes?
—No, lo que veo es que la has visto como un arma más y …
—¿Crees que hubiera sellado el alma de Éste Sesshōmaru si solo fuera un arma a los ojos de Éste?
—…
—Éste Sesshōmaru lleva un trozo del alma y reiki de la Miko en el corazón. Su grandeza rivaliza con el de Éste Sesshōmaru.
—Está preñada.
Todos en el consejo incluso la Dama del Oeste levantó la mirada para ver a su hijo. Contuvieron la respiración esperando la peor reacción de su Señor. El rostro de Sesshōmaru no mostraban nada, pero sus ojos daban un destello de Reiki que asustó a Inuyasha.
—Bien, no participará. Sal ahora mismo rumbo al norte y dile al lobo que si falla… Éste Sesshōmaru acabará con su prole personalmente, luego nos alcanzarás.
—Creí que solo daría el mensaje y regresaría al castillo.
—Ya has descansado lo suficiente o ¿es que tu debilidad por ser un Hanyō es aún más grande de lo que creía?
—No. Por supuesto que no y lo sabes. No cuestiones ahora mi fortaleza.
—Entonces obedece o llevaré a la Miko en tu lugar.
Inuyasha rechinó los dientes antes de decir:
—Estaré allí.
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Inuyasha entró en la habitación de manera violenta. Kagome no lo había visto tan furioso en mucho tiempo. Él se acercó a ella y comenzó a besarla con furia, lastimando con sus colmillos los labios de Kagome. Ella no reprochó ante su manejo. Hacerlo sería peor. ¿Qué le había dicho Sesshōmaru?
—Inuyasha, ¿qué pasa? —preguntó cuando este soltó sus labios para comenzar a depositar besos y mordidas en su cuello mientras sus manos luchaban para despojar a su hembra de la odiosa ropa que ahora usaba. Odiaba que la Dama la influenciara tanto que ahora vestía como una princesa. Y lo odiaba tanto. Arrancó las prendas rasgándolas sin consideración.
—Sesshōmaru me ha enviado al norte con Koga —respondió mientras la arrojaba al futón sin delicadeza.
—¡Oye!
—¿Qué?, ¿ahora quieres que te trate como a una flor? Antes te gustaba como te lo hacía, ¿cuál es el problema? —preguntó mientras se desnudaba.
—No digas tonterías. ¿Cuándo volverás?
—No lo sé, daré un mensaje y alcanzaré a Sesshōmaru en la batalla.
—Cuídate.
Él estaba de rodillas entre las piernas de Kagome.
—Lo haré, solo por favor, no me creas muerto hasta que veas mi cadáver… ¿quieres?
Kagome sonrió con melancolía antes de decir:
—Sí. Lo siento.
—Idiota, no tienes que disculparte. ¿Cómo te sientes?
Parecía que la agresividad en él se había apagado dejando al hombre que ella amaba, grosero, pero muy dulce.
—Mejor, creo que ya no me gusta la carne asada.
Inuyasha pasaba sus garras por lo largo de sus piernas en una sutil y peligrosa caricia.
—Esta mañana me recordaste a Sango en sus primeros días de embarazo.
Ella no sentía que esas caricias surtieran el efecto que una vez tuvieron.
—Inuyasha no creo…
—¿Cuándo fue tu último sangrado? —Inuyasha olisqueó el centro de Kagome, buscando su celo o algo más.
—Insinúas que ¿anoche me embarazaste?
—No, tal vez fue antes. Hueles diferente. Pero no percibo al niño. Mi madre me contó que mi padre creyó que lo había engañado porque había insertado su semilla en ella un día y no había percibido el embarazo, él se fue y no volvió en semanas; pero, cuando lo hizo la encontró preñada. Al parecer nosotros los demonios no podemos percibir el embarazo de una hembra humana de inmediato. He pensado que tal vez sea porque los demonios tardan menos tiempo en desarrollarse en el vientre de la hembra, y por supuesto nacer.
Kagome se aterrorizó, ¿y si era de Sesshōmaru?
—Solo tú lo sabes, ¿verdad?
—No, se lo he dicho al consejo. Sesshōmaru quería llevarte a la siguiente batalla.
«¡Mierda!», dijo en su mente Kagome.
—¿Cómo pudiste? Ni siquiera estamos seguros de que sea verdad.
—¿A quién le importa? —preguntó para luego lamer el centro de Kagome para probar su sabor. Sí. Ya no sabía a semilla del idiota ni guardaba su olor, cómo odiaba a su hermano—. Solo quiero protegerte, ya luego diremos que fue una falsa alarma o que lo has perdido.
—Eres un idiota —respondió Kagome, temerosa de la reacción de Sesshōmaru, puede que él no se viera afectado a simple vista, pero estaba segura de qué se vengaría por eso.
—Un idiota que te ama con locura y que está dispuesto a todo por ti.
—¡Inuyasha!
Inuyasha se acercó a ella, la tomó entre sus brazos y la besó apasionadamente mientras se enterraba en su cuerpo.
—Podemos decir que lo hemos engendrado en mi noche humana. Puede que sea un niño más humano que bestia. Y por eso no pueden sentirlo.
—Buena teoría. Pero no me siento embarazada, así que no te hagas ilusiones.
—Mujer, ten por seguro que lo estarás esta noche.
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—Inuyasha
—Si señora.
—¿Es verdad? ¿Está embarazada?
—Hice todo lo que está en mi para preñarla, incluso beber ese estúpido brebaje suyo; sin embargo, no lo sé en realidad. Falta una semana para que el sangrado de Kagome llegue, si no lo hace es una posibilidad. Sé mantenerla lejos de Sesshōmaru. Ahora usted haga lo suyo y mantenga a su hijo lejos de ella.
—No puedes evitar lo inevitable, Inuyasha. Sí ese niño es de Sesshōmaru.
—¿De qué lado está? O dígame si se ha arrepentido, porque hasta donde pude oler ella no está embarazada de él.
—Por supuesto que no. Y no estoy de ningún lado, solo trato de evitar una desgracia.
—Y un Hanyō.
—Sí. Un heredero de mi hijo tiene que ser de sangre pura. Los que vengan después no me interesan.
—Y ¿por qué no se lo dijo a él, desde un principio?
—Cualquier hembra de Sesshōmaru la hubiera matado y nada ni nadie puede detener a Sesshōmaru de obtener lo que desea.
—Entonces nuestra causa está perdida.
—¿Es su hijo?
—Si ella está embarazada, es una posibilidad. Seré honesto con usted, durante mucho tiempo no pude preñarla y aunque odie reconocerlo… él es un demonio completo. Además, nunca he conocido a un cuarto de demonio. ¿usted, sí?
—Llévatela. Escóndela. Pero mantenla segura donde nadie sepa su ubicación.
—¿Deja en mis manos la vida de su hijo? Ellos están unidos. ¿Y si el niño es de él?
—Dejo en tus manos la vida de mi hijo y en mis manos queda la vida de tu amada mujer. Protegeré a Sesshōmaru con mi vida, Hanyō. Además, él tiene razón en algo. Ella puede sobrevivir sola. Ha aprendido de los mejores y si es tu deseo o dudas todavía de su capacidad, me encargaré de que el zorro la proteja con su vida.
—Él es fiel a Sesshōmaru.
—No, él me es fiel a mí.
—Tarde o temprano se encontrarán. Lo sabe, ¿verdad?
—Y para ese entonces habrá tanto odio en sus corazones que no querrán estar juntos jamás. ¿O tu amor es tan desinteresado que deseas la felicidad de la Miko aun si esta no es a tu lado?
—No. Ella no será feliz con Sesshōmaru. El no siente nada más por ella que deseo. En cambio, yo, la amo de verdad. Kagome no sería feliz con él, porque Sesshōmaru no entiende los sentimientos humanos, es incapaz de sentir nada.
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—¿Qué es lo que me estás pidiendo, mi Señora?
El zorro tenía los ojos muy abiertos, no podía creer lo que esa mujer tan hermosa y a la cual amaba le estaba pidiendo.
—Lo que has escuchado, zorro.
—Me estás pidiendo que traicione a mi Señor.
—Tú me debes lealtad a mí no a él y si le has servido es porque te lo he ordenado.
—Entonces, me pides que parta a algún lugar desconocido para siempre. Me pides que desaparezca de tu vida. ¡Me echas de ella! ¡Como si no significara nada para ti!
—Tú eres el culpable, tú le pusiste esa horrible humana en la cama a Sesshōmaru.
—Lo hice para liberarte, lo hice por nosotros.
—¡Pues mira lo que has ocasionado!
—Si yo no te importo… ¿Por qué traicionas a tu propio hijo?
—Porque Inu no Taishō me hizo prometer que, si algo le llegara a pasar, Inuyasha no moriría a manos de Sesshōmaru.
—¿Y qué importa la voluntad de un hombre que no te amó?
—Él nos permitió estar juntos.
Ella respondió con dolor, por el rechazo evidente del gran General y porque en verdad sentía un hueco al saber que no volvería a ver a su fiel amante.
—Nunca seremos tu y yo, ¿cierto?
—Entiéndeme, por favor. ¡Van a matarse!
El zorro le había jurado lealtad una vez a esa hermosa hembra. Pero nunca fue correspondido, realmente. Tal vez fue el peligro de la aventura, luego la soledad y ahora una costumbre. Podía verlo ahora él solo era la constante en la vida de la mujer, pero evidentemente ya se había aburrido de él y su tonto romanticismo. Ya no la complacía, ya no significaba nada para ella, y con dolor en su corazón como nunca había sentido el guerrero, de demonio, juró:
—Protegeré a la Miko.
—Gracias, amor mío.
—No te confundas. Lo haré por mi Señor.
El zorro se dio media vuelta con una mirada fría en sus ojos y el desprecio marcado en sus labios. La Dama supo entonces que había perdido a su único amor. Y por primera vez, sintió amargura infinita en su corazón.
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Kagome se sentía inquieta, no podía dormir y tenía la enorme necesidad de salir de esa habitación. Inuyasha había partido en la mañana del día anterior. Se preguntó si pronto amanecería, se levantó y miró por el balcón. Todavía era muy oscuro y la luna estaba en lo alto.
Decidió salir, seguro todos estaban en sus habitaciones ya. La noche era calurosa, y por eso ella solo llevó la prenda de cama sin nada más para cubrirse. Deseaba sentir el aire fresco, y la tierra en sus pies. Su cabello suelto y salvaje, había dudado en atarlo, pero esa noche se sentía con ganas de no ser una sacerdotisa, una guerrera o una señora. Quería ser libre.
Así caminó por los amplios jardines bajo la luz de la luna. No se percató que él yōki la guiaba a un lugar en particular lejos del castillo, ella solo tenía ganas de correr y alejarse pronto. Ella nunca se había adentrado en esa parte del bosque, no tenía miedo de perderse, no tenía miedo en sí de nada. Solo quería alejarse y correr a algún lugar.
Atravesó la línea de los árboles para encontrar un prado lleno de luciérnagas que bailaban entre las flores nocturnas abiertas tomando la luz de la luna. Era maravilloso el espectáculo, pero fue más hermoso ver a un demonio de cabello plateado con el torso desnudo y descalzo como ella; sentado sobre una roca con los ojos cerrados, expresando una tranquilidad y belleza etérea que dudaba que él fuera real.
Ella se dio media vuelta para marcharse.
—Kagome.
Se detuvo y su corazón comenzó a latir tan rápido. No sabía qué hacer; si se giraba iría a él y no sabía qué era lo que quería el demonio. Bueno él quería matarla por su traición eso era seguro. Lo bueno que él no era un suicida.
—Siento haber interrum…
—Báñate con este Sesshōmaru.
—Yo… Yo no pue…
—Es una orden. O esté saldrá a cazar está noche.
La amenaza fue real, iría por Inuyasha.
Ella se giró de nuevo y comenzó a caminar hacia el demonio, sin esperarla él comenzó el viaje a algún lugar. Cuando logró alcanzarlo él ya estaba desnudo adentrándose a un estanque de agua termal. Ella al igual que él se desnudó y se adentró al agua caliente. Tomó asiento frente a él, pero lo suficientemente lejos, también.
—Ven.
Obedeció, aunque las piernas le temblaban, ¿iba a tomarla por la fuerza? ¿Era esa su venganza por su desprecio?
Sesshōmaru acercó todavía más a la hembra hasta que ella se montó en el demonio, que mantenía sus manos en sus caderas. Kagome podía sentir su virilidad con su centro arriba de él. No se movió porque no quería darle la impresión equivocada de que lo quería dentro. Sus manos en los hombros del demonio, para alejarlo o quemarlo si era necesario.
—No te equivoques, la violación está por muy debajo de mí. Nunca dañaría tu cuerpo, amor mío.
Ella quería llorar porque eran muy evidentes las marcas que había hecho Inuyasha en todo su cuerpo, mordidas, garras enterradas en su piel cremosa, rasguños… Y Sesshōmaru, retiró el cabello desordenado de su rostro, poniéndolo detrás de su oreja. Muy lentamente fue acercando su rostro al de Kagome y suavemente depositó un beso en sus labios. Luego otro y otros más, hasta que finalmente ella se relajó y él profundizó en su boca, atrayéndola por el cuello. Pero a ese punto ella se abrazó más al demonio. Ya no pensaba, su alma se había hecho cargo, lo había anhelado tanto. Y Kagome ya no quería seguir luchando consigo misma, alma, mente y corazón. Lo necesitaba. Algo dentro de ella era más fuerte.
—Kagome, mi Kagome.
Repetía el demonio una y otra vez, mientras lamía su cuello y ella lo exponía para él mientras resistía las ganas de restregarse en su virilidad.
De pronto él la levantó puso la nariz en su vientre, ahí estaba justo en ese momento él sintió el latido del Yōki del niño que comenzaba a crecer en su vientre. La sentó en la orilla y luego la recostó. Abrió sus piernas colocándolas en sus hombros y bajó nuevamente el rostro al vientre de la mujer.
—El niño es de Inuyasha —cerró los ojos fuertemente. Se sentía tan… triste. Inuyasha había logrado preñarla.
—Lo sé —dijo mientras derramaba lágrimas.
Se recostó sobre ella, ahora sus piernas estaban enredadas en las caderas del demonio, con un brazo en cada lado de Kagome apresándola, tocando su nariz con la de ella y con los ojos cerrados. Los largos cabellos húmedos de Sesshōmaru ocultando sus rostros del mundo. Ambos permanecieron así un largo rato. Sus cuerpos tocándose, y sus energías bailando juntas a su alrededor. Al menos ellas estaban en paz por tenerse, ¡cuánto se habían extrañado!
—Te extrañé —dijo él.
—Lo siento —respondió la mujer entre sollozos.
—No lo hagas, existía la posibilidad de que él hubiera sobrevivido, yo abusé de tu debilidad. No ha sido culpa tuya —susurró—: ¡Mi amor! —Y mirándola a los ojos le expresó—: Te amo tanto como lo haría un humano, porque ahora mi amor es egoísta y solo busco satisfacer mi necesidad de ti, aunque eso signifique que esté traicionando a ese que me ha jurado lealtad, por buscarte y decirte que te amo y que te esperaré hasta su muerte.
—¡Por favor no lo mates!
—Nunca haría nada que te dañara. Nunca mataré a mi hermano, Kagome, pero si él vuelve a hacerte daño no dudes en ponerlo en su lugar. No permitas que dañe lo que me pertenece. Kagome. Promételo.
—Lo haré. No lo permitiré.
—Sabes lo que debes hacer, eres una hembra alfa. Protege a tus cachorros y a este niño que crece en tu vientre, protege a mi hermano si es lo que deseas, pero no esperes que esté aquí para mirar su felicidad. Sé feliz con él sin sentirte mal. No voy a interferir, Kagome. No lo haré. Más te prometo que cuando él muera, Éste Sesshōmaru irá por ti.
Ella estaba tan maravillada por sus palabras, porque ahora estaba tranquila de que él comprendiera que Inuyasha no se merecía ser abandonado, que había actuado imprudentemente, que cometió un error y Sesshōmaru aceptó su traición y ahora por su honor él los dejaría vivir en paz. Y tras asentir y sonreírle muy aliviada, lo besó.
El demonio correspondió el beso con pasión, mientras pensaba que era una locura prometerle que no interferiría, que desaparecería de sus vidas lo más que pudiera; pero no le dijo a ella que su tiempo con Inuyasha seria breve, porque lo arrastraría con él a la guerra. Una tras otra hasta verlo envejecer. Y si muere en batalla será mucho mejor. Odiaba a su hermano tanto como lo apreciaba, ¡qué dilema y qué dolor! Traicionar a Inuyasha de esa manera, pero su alma, su bestia demoniaca, la querían a ella. Y él había resultado un ser tan débil… que no podía resistirse a la humana.
—¡Sesshōmaru!
—Aún estas en celo.
—No puede ser… —ella gimió de nuevo, lo quería, ella lo quería.
—Pero lo estás. Él te preñó ayer. Mujer tu cuerpo responde al mío.
Había tanto deseo en su voz… él se hundió de nuevo en las aguas termales para borrar el rastro de sus aromas sexuales de ambos sobre ellos. Ella sobre él, lo montó.
Era tan cálida, ¿cómo podía decir que no la tocaría? Si era un paraíso celestial. ¡Y vaya que le gustaba el cielo!
Los movimientos de Kagome eran lentos, su mirada no dejaba la del demonio, podía ver su reiki en los de él, como él podía mirar su Yōki en sus ojos azules tan exóticos y sensuales llenos de bruma. Sus manos sujetaban sus mechones plateados y sus senos rozaban sus labios con el movimiento de arriba abajo de sus caderas al enterrarse en él, y luego salir muy despacio. Estaba enloqueciendo y quería, no, deseaba con todo su ser marcarla. Kagome también quería su marca, el yōki de Sesshōmaru comenzó a adentrarse en su cuerpo, y el reiki también lo hizo con Sesshōmaru, la bestia despertó, su rostro se alargó y los colmillos crecieron; su mirada roja, llena de maldad y sed de sangre estaba presente. Ella no le temía como temía a Inuyasha. Y por eso ella ladeó su cuello exponiéndolo a él. El demonio en su esplendor colocó sus colmillos en su cuello. Pero luego tomó sus caderas y se levantó, la llevó a un lugar más profundo donde él estaba de pie y la recargó en una roca. Él impuso el ritmo.
Kagome exponía su cuello para él. Elevó su reiki y gimió más fuerte cuando él la penetró duro. Ella se arqueó llena de placer; sus senos eran voluptuosos, redondos y tan hermosos. Él demonio puso su marca en el seno izquierdo, mientras que su yōki la llevaba a esa bruma y oscuridad infernal y él viajaba al cielo, y su miembro hinchado muy hinchado se derramaba en ella. Completando así la unión de sus almas y sus cuerpos, ahora eran compañeros de por vida, pero separados por el honor.
Kagome, tenía su rostro enterrado en el cuello del demonio, mientras él hacía círculos en su espalda con la yema de sus dedos. No quería que la noche terminara, pero finalmente ella tomó la iniciativa alejándose de él y saliendo del estanque. Kagome estaba vestida con el cabello húmedo y lista para marcharse, no lo había mirado. Tenía tanta vergüenza. Sesshōmaru lidereó el camino de regreso. La dejó al final del bosque para que ella continuara sola al castillo. Sin decir nada ella comenzó a retirarse.
Pero él la tomó del brazo y la atrajo hacia su pecho. La tomó del cuello y la acercó para besarla, arrinconándola en el proceso entre un árbol y su cuerpo. Desesperado por no dejarla ir, la acercó más. Kagome comenzó a llorar, no quería dejarlo, no quería. Ella… se separó un poco dejando los labios del demonio y dijo:
—Te amo.
Hubiera sido hermoso escucharlo, pero ella estaba despidiéndose y, la odió.
—Quédate a mi lado —propuso a cambio.
—¡Sesshōmaru!
—Kagome, por favor.
El demonio se puso de rodillas ante ella sujetando fuertemente su cintura. La odiaba por hacerlo humillarse de esa manera, él podía tomarla estaba en su derecho, claro. Más no quería forzarla y vivir un infierno por odiarlo. La quería completa.
—¡Oh por Dios! No lo hagas, no lo hagas por favor.
Ella tenía las manos en el rostro del demonio mirándolo a los ojos suplicándole que no lo hiciera, llorando porque ahora lo veía con más claridad. Él en verdad la amaba. Ella también se arrodilló para quedar a la misma altura.
—Te amo. Te amo, no lo hagas. Por favor.
—¿Te quedaras con Éste?
Ella no quería que él se fuera con él corazón roto o pensando que lo amaba menos. Ella lo amaba, pero no podía dejar a Inuyasha ya no porque estaba esperando un hijo de él y… ¿qué tenía que hacer?
Kagome lo abrazó,
—Me lo prometiste. Que esperarías.
Él se alejó y la miró a los ojos. Los suyos dorados parecían ser de oro fundido, ella deseaba poder hundirse en ellos.
—¿Podremos Kagome?
Ninguno lo creía así.
—Debemos hacerlo.
La besó desesperadamente y la recostó en el piso, quería hacerla suya de nuevo.
—¡No! Por favor, solo será más difícil.
Él la soltó, se levantó y le dio la espalda. Furioso, ella lo despreció de nuevo. Era un idiota no volvería a suplicarle sus malditas migajas de amor. La odiaba.
—¡Vete!
—Sesshōmaru, por favor.
Sesshōmaru la abandonó convirtiéndose en un orbe, totalmente molesto por la idiotez de la mujer al orillarlos a esa situación tan baja, cuando él le había dado todo. Molesto por haberle prometido cosas de las que ahora estaba seguro no podrá soportar. ¿Qué no se daba cuenta de lo mal que había elegido?
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Sesshōmaru había retrasado el viaje, su madre se había negado a que el zorro viajara con él. Ella quería hacerlo en su lugar. Mientras que la Miko estaba en su habitación, no paraba de llorar y decían que estaba enferma, pues vomitaba todo lo que comía.
Una Yōkai entró en las habitaciones de la Dama llevando la charola de la comida de la Miko totalmente intacta.
—No comió.
Sesshōmaru quien estaba con ella mirando unos pergaminos levantó la vista para ver los platillos y sin decir nada, se levantó y salió de la habitación dirigiéndose a la de Kagome. La encontró recostada, el niño humano lloraba en la cuna a grito tendido, olía mal y estaba hambriento; y ella parecía mirar a la nada. Si hubiera sido alguien más, no toleraría tal negligencia. De inmediato ordenaría que la mujer fuera ejecutada. Pero él sabía lo que ocurría, ella estaba sufriendo más allá de su cuerpo físico. Su alma anhelaba al demonio, su Bestia la llamaba y ella no podía ir a él, no hasta que Sesshōmaru diera la orden. Él sufría igual, por eso no había podido irse. Su madre comenzaba a sospechar del porqué ella estaba en depresión aguda y él no podía marcharse a una batalla que él mismo planeó.
—Kagome.
Ella miró al demonio y de inmediato las lágrimas comenzaron a caer de su rostro desconsoladamente. Sesshōmaru la abrazó. La Dama lo había seguido y cuando miró la escena ella supo que su hijo la había marcado. Tomó al niño humano y salió de la habitación. La situación ahora era más grave de lo que pensaba.
Quería pedirle que se detuviera, que se fuera y la dejara morir en paz, pero no pudo hacerlo. Ese sentimiento, esa necesidad de él era terrible, no estaba preparada para esa desolación que era mucho peor que cuando ya no pudo volver al pasado o cuando ella intentó quitarse la vida. Ella no podía hacer eso y no tenía ni siquiera ganas de levantarse.
Sesshōmaru besaba cada centímetro de su rostro, lamía las lágrimas caídas y le daba un mordisco de vez en cuando a su oreja, para sacarla de ese estado de ánimo.
—Es horrible.
—Sientes lo que mi alma siente. Y mi Bestia te llama.
Ella le miró, esa horrible opresión era causa de Sesshōmaru. Lo besó, porque, aunque el pareciera normal, en realidad sufría tanto como ella. Sesshomaru comenzó a desnudarla y a depositar besos en su cuello, bajando por su pecho hasta llegar a su abdomen. De repente, lo sintió, otro yōki, más fuerte con la fuerza de un demonio combinado con reiki. No uno con sangre diluida en una segunda generación.
—Kagome.
—Sí —ella levantó la cabeza, el demonio parecía atónito. Era gracioso él nunca demostraba nada más que enojo, y muy recientemente amor y tristeza.
—Hay un segundo niño y es de Éste Sesshōmaru.
Kagome se sentó. Miró su vientre, intentó recordar sus clases de Biología. Sí, era posible, mellizos no idénticos solo que sus óvulos habían sido fecundados por dos padres distintos en un lapso menor de 72 horas. «¿Cómo era que se llamaba?», se preguntó.
—… Fecundación heteropaternal —susurró.
—Estabas en celo —dijo él ignorando sus palabras sin sentido.
Kagome se recostó y cerró los ojos, se sentía como una verdadera estúpida, su maldita culpa. ¿Qué demonios eran esas flores que le había dado la Dama, que la hizo tener una doble ovulación? ¿por qué no se las había dado antes de que Inuyasha regresara? Luego sintió al demonio colocarse entre sus piernas y recostarse encima, abrió los ojos antes de sentir sus labios en los suyos mientras la penetraba. No quería decir nada, no quería hablar, solo sentirlo muy cerca. Porque sabía que llevar en su vientre dos niños de distinto padre era una catástrofe anunciada. Y ya nada podría evitarlo.
El demonio zorro, estaba preocupado. Pronto dio la orden a los sirvientes del castillo de no hablar nada de lo sucedido, especialmente a Inuyasha o lo pagarían con la muerte.
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El Zorro entró en la habitación de la Dama sin pedir permiso, no estaba de humor para banalidades. La encontró bañando al cachorro humano.
—La marcó, ¿todavía quieres hacerlo?
—Ahora más que nunca. En estos tiempos debe estar mejor resguardada. Sesshomaru se ha enamorado y mira que los demonios no logramos eso con facilidad. Será un blanco fácil, ahora no solo lo haremos por Inuyasha, también por Sesshōmaru.
—Conozco a tres demonios que sí se han enamorado, tal vez solo es problema tuyo mi Señora.
La Dama no se molestó en mirarlo, sí el demonio se daba cuenta de que ella también lo amaba, no se iría con la mujer. Y sabía bien, que perderían la batalla. Cualquiera podía verlo en realidad, solo que los demonios eran demasiado orgullosos para reconocerlo en voz alta. Confiaban en Sesshōmaru, pero ella podía ver que ahora era más débil emocionalmente. Si el enemigo se enteraba, si otros clanes se enteraban se unirían para derrotarlo y luego se lanzarían unos contra otros para quedarse con las riquezas del Oeste, con el poder. No podía permitir que se distrajera pensando en el bienestar de ella y no permitiría que los hijos de Inu no Taishō se mataran entre sí por una hembra humana.
—Ella debe irse, Sesshōmaru no podrá resistir verla con Inuyasha y hará una estupidez. Su debilidad nos costará a todos. Lo sabes.
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—Reconóceme, repudia a Inuyasha —ordenó la Bestia mientras la embestía deliciosamente.
—Sesshōmaru… ¡Ah!
—No puedes ofrecerte para marcarte y luego pedirme que me convierta en tu amante, ¿eso es lo que deseas de nosotros? Créeme eso es más humillante para Inuyasha… —Incitó hablándole muy bajo en su oído. Su tono era melodioso.
—No puedo hacerle eso.
—Sí puedes, llevas a mi hijo en tú vientre y llevas el de él. Sabe que los reconoceré a ambos como míos y tendrán una mejor vida a mi lado que al suyo. Puede quedarse o marcharse.
—¿Y si intenta matarte?
—No. Te ama demasiado y no dejaría a su propio hijo sin su madre.
—Sesshōmaru… estoy cerca.
—Júralo, que lo repudiarás…
—Por favor.
La bestia salió de ella la giró y la abrió de piernas y se montó de nuevo, frente a frente.
—Mírame, sacerdotisa soy un demonio degradado a ser tu igual, pongo a tus pies mi clan, mi casa, todo lo que tengo y me rechazas.
—Estoy debajo de ti.
Sesshomaru los giró colocándola sobre él, todavía unidos por sus sexos.
—Ahora estoy debajo de ti. Hago a un lado mi orgullo y mi posición porque es tu deseo. ¿Qué más quieres de este Yako?
Kagome se sentó, miró sus ojos rojos. Se sentía tan poderosa, el demonio más fuerte de Japón sometido por ella. Comenzó a moverse lentamente primero, llevó sus manos a sus pechos y comenzó a masajearlos, enterrada en él muy enterrada arqueó su espalda y miró al techo. Había una hermosa pintura de un cielo azul, un castillo en la cima de una montaña y a lo lejos un perro enorme volando. Cerró los ojos y bombeó al demonio llena de poder, con su reiki elevado dominando al Yoki de Sesshōmaru; llena de lujuria por el ser tan hermoso debajo de ella; y placer porque el demonio se retorcía debajo y suplicaba porque fuera más rápido diciendo:
—Estoy cerca sacerdotisa, más rápido, por favor júralo.
El reiki estalló en ola, gigantesca que el Yoki de Sesshōmaru contuvo para que ella no purificara a ningún demonio dentro del castillo.
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El consejo miraba al demonio, completamente orgulloso de la hembra a su lado. Ella era poderosa y ya podían sentir el poder de los cachorros en su vientre. Les había dicho que el que su hermano estuviera vivo no impedía que ella fuera reconocida como lo que era, su perra alfa y compañera. Ella había cumplido con su palabra de honrar al Oeste con un heredero ya que había asesinado a su amante. Y por eso la había marcado porque no permitiría que no fuera reconocida y protegida por los suyos en caso de que fuera apresado.
—¿Qué pasará con Inuyasha? Mi señor.
—Será repudiado por mi hembra, y él será libre para elegir quedarse o irse.
La madre de Sesshōmaru miraba al piso totalmente abatida. Pero asumiendo el mandato de su hijo y su señor.
Kagome, miraba a Sesshōmaru con orgullo. La estola de él enredada en su cuerpo, ella era hermosa y poderosa los había asustado la noche anterior con la explosión de reiki. Fue una sorpresa encontrar al zorro impidiendo su paso a las habitaciones de la mujer, pero sentían el Yōki de Sesshōmaru conteniendo el reiki, no sabían si ella estaba peleando con él.
Si ya está decidido juramos lealtad. El consejo conformado por los generales y capitanes del ejército de Sesshōmaru se arrodilló ante la Dama Kagome y su Señor Sesshōmaru.
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—Entonces, ¿el perro quiere que lleve a mi manada a una muerte segura?
—No es una muerte segura. Lobo. Sesshōmaru raramente se equivoca, disculpa… Nunca se equivoca. Si él dice que podemos ganar, es porque podemos hacerlo.
—Está bien estaremos ahí en diez días como ha ordenado.
—Bien, me marcho entonces.
—¿Por qué la prisa?
—Kagome, me pidió verme antes de ir con Sesshōmaru.
—Manda saludos a mi hermana perro. Dile que todavía la llevo en mi corazón.
—Imbécil.
—Tú eres el imbécil Inuyasha, nunca la has merecido.
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Kagome estaba entre los brazos de su compañero recuperándose de la ardua sesión de sexo, después de la hora de la comida se habían encerrado en las habitaciones de Sesshōmaru.
—No quiero que me dejes.
—No te llevaré a una batalla preñada, mujer.
—¿Quién va a cuidar de ti?
—Inuyasha —dijo cruelmente Sesshōmaru.
—No le dirás de inmediato, ¿verdad?
—No. Ya te lo dije.
—Bien, déjame a mí decírselo cuando regrese.
—No, será peor para él.
—Sí, tienes razón.
—Dímelo de nuevo mujer.
Kagome soltó una risita.
—Solo te lo diré mientras me follas.
Sesshōmaru la acomodó arriba de él, le gustaba cuando ella lo montaba, era tan sensual. Kagome tomó el miembro del demonio entre sus manos, se acomodó mejor para besar la punta y lamerlo bajo su mirada atenta.
—Estaré tan gorda cuando regreses que no me querrás —dijo mientras sus ojos lo miraban llenos de lujuria.
—Te amaré todavía más.
—Malditas hormonas solo quiero tenerte dentro de mí, voy a extrañarte tanto.
—No sé qué son las hormonas, pero piensa en mí, mientras te das placer.
—Lo haré mi Señor lo haré.
Lo montó, el miembro hinchado y duro era delicioso. Ella mordió su labio inferior y se arqueó. Sesshōmaru notó sus senos más hinchados y sus caderas más redondeadas, la cintura más ancha, pero era tan hermosa... Ambos se corrieron al mismo tiempo.
—Te amo Sesshōmaru.
—Te amo Kagome.
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Inuyasha nunca se imaginó que al llegar al castillo se encontraría con la fría bienvenida de Kagome vestida y sentada en la posición de la Dama del Oeste, incluso cuando le dijeron que la Dama lo esperaba en el gran salón, no la esperaba a ella.
—¿Qué significa esto Kagome?
El zorro estaba detrás de él para detener la violencia de Inuyasha.
—El día después de que te fuiste apareció el Yoki del hijo de Sesshōmaru. Y ya que es el heredero del Oeste me marcó para brindarme protección por parte de sus súbditos en caso de ser capturado en batalla —ella intentó que su voz no temblara, intentó no llorar.
—Muéstrame la marca.
Ella negó con la cabeza, primero:
—No.
—¿Por qué?
—Quieres hacerte daño.
—Muéstrame, ahora.
Kagome aflojó sus prendas
Y bajó la parte superior del Kimono y sus ropas interiores para exponer su seno izquierdo, sin vergüenza de los guardias y de su protector. Todos lo vieron.
—¿Te folló mientras te mordía Kagome?
—Tranquilo Inuyasha.
Él zorro lo había sujetado del hombro.
—Tú no me digas que me tranquilice —Inuyasha se giró, la bestia estaba presente. Inuyasha arrojó al zorro lejos y luego caminó hacia Kagome.
—También espero un hijo tuyo.
Él se detuvo. Cerró los ojos y respiró hondo mientras sujetaba la empuñadura de la espada de su padre, la bestia se fue.
—Regresé porque Miroku me pidió que te buscara, Sango esta de parto, no creen que sobreviva. Quiere verte.
—¡Oh por Dios! Sango.
Kagome se puso de pie, se ajustó la ropa.
—Inuyasha yo…
—No digas nada, dejemos de lado nuestras diferencias por un rato. No estoy listo para hablar y Sango te necesita. Además, debo volver con Sesshōmaru lo más pronto posible. ¿Por qué no te cambias y tomas algo para el camino?
—Sí. Tienes razón.
Cuando Kagome salió, el zorro llevó a Inuyasha a las habitaciones de Inu Kimi.
—¿Todavía quieres llevártela? Sesshōmaru no permitirá que te quedes con Kagome. La bestia la eligió.
—¿Crees que podre, hacer una vida con ella después de esto? Le dije que mi padre no había percibido el embarazo de mi madre de inmediato. Fue mentira. Ella se acostó con él en mi ausencia. ¿No es así? ¡Él lo hizo a pesar de saber que estaba esperando a mi hijo! ¡No soy un idiota! Ambos me traicionaron.
—¿Qué planeas hacer entonces? —preguntó el zorro.
—Te la llevarás y nunca volverán —respondió Inuyasha al zorro.
—Sesshōmaru te matará —anunció la dama.
—¿Y qué más da? Ya me lo quitó todo. ¡Maldito!
—¿Por qué no los dejas y simplemente te vas? —el zorro insistió en la salida más fácil para todos.
—Porque él no la ama, solo está utilizándola. Ella es tan… no se da cuenta. No se da cuenta.
—¿Cómo puedes estar seguro que no la ama de verdad? ―preguntó el zorro.
—Nunca se interesó por ella antes, es demonio completo y maldito infeliz que siempre buscó hacerme la vida imposible, es cruel y despiadado. ¿Cómo podría él saber de amor?
—Sesshōmaru no es menos de lo que un día fue tu padre y él murió por ti y tu madre, Inuyasha —defendió la dama.
—No. No los dejaré juntos. Ambos morirán por su estupidez. Sus enemigos irán tras ella. Tú lo sabes, entonces debes mantenerla a salvo y lejos de él. —A pesar de todo Inuyasha seguía amando a Kagome.
—¿Y cómo mantendremos a Sesshōmaru lejos de ella? —preguntó el zorro.
—Yo me encargaré —dijo la Dama.
—Partamos ahora. Entonces —ordenó el zorro, con un suspiro de pesar, tenía un mal presentimiento.
