Salieron de la fortaleza antes del amanecer y ni siquiera se detuvieron para comer. Tadao —su antepasado— en sus brazos dormía tranquilamente. Era un buen niño. Kagome estaba agotada, pero la vergüenza y la culpa la obligaban aceptar la falta de empatía del medio demonio.
—Acamparemos aquí —dijo Inuyasha antes de perderse en el bosque. Todavía demasiado herido para enfrentar a la mujer que tanto amaba.
Kagome lo vio desaparecer en la oscuridad, la luna menguante apenas daba suficiente luz para mirar las sombras tenebrosas del bosque y de los demonios que la acompañaban. Su pobre visión humana la hacía sentir vulnerable. Él no permitió tampoco que encendiera una antorcha. Sujetada fuertemente del brazo del zorro había caminado casi a ciegas por el largo tramo recorrido desde que había caído la noche.
—¿Por qué presiento que esto fue una mala idea…? —Kagome se dirigió al zorro que había tomado lugar debajo de un árbol, soltándose de su agarre.
—…
El demonio zorro guardó sus pensamientos para sí mismo y solo se mantuvo observándola fijamente con el brillo sobrenatural en sus ojos, casi con desprecio y odio.
—Sango es mi familia, no podía abandonarla ¿y si muere?
—¿No pensaste que tal vez para cuando lleguemos estará muerta? —Contradijo el zorro.
—¿Qué hay de Miroku y sus niños?
El zorro se levantó y antes de marcharse negó con la cabeza. Kagome lo vio partir molesto como nunca lo había visto. Se preguntó nuevamente: si no se había equivocado al tomar esa abrupta decisión.
La mañana llegó rápidamente o ella no había descansado en absoluto. Las náuseas matutinas la atormentaban e Inuyasha se veía un poco más tranquilo cuanto más se alejaban del oeste. Al ritmo que llevaba cruzarían la frontera al anochecer. Pero ella ya no podía más, el día anterior la había dejado muy adolorida.
—Inuyasha estoy cansada y tengo hambre.
Él la ignoró. Kagome miró al zorro que solo se mantenía mirando lejos de ella.
—Por favor, Inuyasha.
El medio demonio cansado de sus exigencias, se detuvo para ponerse en cuclillas, para que ella se montara en su espalda. Kagome quiso llorar. ¿Cómo podía hacerles eso? ¿Por qué no comprendía que ya no podría ser?
—Tengo hambre —solicitó de nuevo evadiendo tener que subir a su espalda, no quería acercarse a él, ni despreciarlo. Ella ya no podía tocar a Inuyasha sin sentir que traicionaba a Sesshōmaru, haberse marchado del castillo con su exesposo era suficiente traición o al menos así se sentía, aunque no hubiera sido esa la intención.
Molesto, Inuyasha se puso de pie y ordenó al zorro buscar la comida de Kagome; al demonio verde Jaken, agua y ramas secas para la fogata. Cuando se alejaron, él se giró para enfrentarla.
—Estoy listo para hablar, Kagome.
Kagome miró sus hermosos ojos dorados. Tan heridos que se le rompió el corazón y se maldijo por haber sido tan débil, como para caer en una trampa tan improbable con Sesshōmaru. Si no llevara a su hijo en sus entrañas ahora que estaba lejos de él y con la mente más despejada, sin el ardor de la lujuria o de estar en su casa sintiéndose suya, no lo creería posible. Pero las cosas habían sucedido y ambos se enamoraron de su enemigo jurado; y si no se hubieran amado ella juraría que en algún momento se habrían matado. Sujetó más fuerte la estola que rodeaba sus hombros. Los ojos de Inuyasha se oscurecieron al fijarlos en las manos pequeñas de la mujer. Kagome no redujo su agarre. Sí, tenía miedo de enfrentarlo, pero alargar las cosas sería peor.
—Lo he elegido Inuyasha —habló con seguridad. Las cosas eran así y ya no podía detener el caos que estaba al parecer frente a ella.
—¿Por qué? ¿Qué hay de nuestro amor que pudo cruzar el tiempo y la distancia? ¿Qué hay de tu odio, porque él iba a matarme? Tal vez hubiese sido mejor que no volvieras, de esa manera él no me hubiera traicionado. Y tampoco intentará matarme en el futuro.
Las palabras de Inuyasha dolieron en el alma. Ella ya lloraba.
—No fue intencionado, Inuyasha.
—No la primera vez. Eso pude comprenderlo. ¿Qué me dices de esta vez? ¿Te sentías sola? ¿Te forzó?
—Sé que tienes todo el derecho a reclamarme, pero entiende que nuestras almas están unidas. Era inevitable. Lo siento tanto… por ti, por ambos. Nunca quise que esto pasara al propósito.
—¿Si yo hubiese sido un demonio completo que te hubiera podido marcar, entonces sería diferente?
—¡No! No Inuyasha, nada de eso tiene que ver.
—¿De verdad? Porque él pudo darte inmortalidad, él pudo sellar tu alma y colocarte una marca imborrable. Entonces, ¿qué me dices de su manejo de yōki?
—No, no, no…
—¿Cómo pudiste, Kagome? ¿Cómo has podido? Todo cuanto pude te lo di. Todo Kagome. Le serví para poder mantenerte a salvo de la guerra y de cualquier mal sobre la tierra. Te amaba más allá del tiempo. De la infinita distancia y sobre todas las cosas.
—¡No más allá de la muerte! —gritó con impotencia.
—¡Eres estúpida! ¿No pudiste olvidarte de ella? —Inuyasha estaba furioso y dolido también.
—Tú, ¿sí?
—Te hubiera elegido al final Kagome. Siempre.
—¡No mientas más! No lo hubieras hecho, nunca lo hiciste. Me llamas estúpida por tener en claro, ¿a quién quiero en mi vida? ¡Yo lo elegí a él sobre ti estando tú con vida! Porque eso se debe hacer. No cuando el otro esté muerto y ya nada tengas que perder. Me elegiste una vez que ella murió y aun así te deje guardar su maldito luto. ¿No lo entiendes? Necesito un amor completo no uno en el que siempre exista una sombra con la que siempre me veré opacada.
—Mi error. Y el tuyo es no haber olvidado a pesar de tantos años. Nunca hubo una sombra.
—Mi error, haberme aferrado a un hombre indeciso.
—Nunca me hablaste de cómo te sentías, ¿ahora quieres culparme de tus errores, quieres victimizarte? No lo hagas Kagome. Porque no te lo permitiré.
—Solo he dado la respuesta menos dolorosa a tu pregunta. ¿Quieres la dolorosa? Me enamoré de él. De su trato, de lo que soy a su lado, fuerte e independiente. Confía en mi ciegamente, y yo confío en él.
—No deberías.
—Pero lo hago. Porque lo amo y nada va a detenerme de no estar a su lado.
—Morirán.
—No importa, si es a su lado.
—¿Los cuatro Kagome? Porque no permitiré que arrastres a eso a mi hijo. Júralo Kagome, júrame que te mantendrás con vida, por nuestro hijo, nuestros hijos. ¿Qué hay de Shippō y Tadao?
—Inuyasha…
—No lo hagas Kagome, no lo ames con locura y ciegamente. Piensa en nuestros hijos, piensa en el hijo de ese: ¡Maldito bastardo! Prométemelo.
Kagome sabía que él tenía razón. Que había otros que también la necesitaban. Y aunque ella quería ser egoísta y no pensar en nadie más… no era su naturaleza.
—Él me protegerá y yo debo protegerlo también. Sí muere yo moriré también.
—No. Kagome cuídate tú, él no necesita tu protección.
El niño se despertó y comenzó a llorar. Inuyasha tocó la frente del bebé y luego se lo quitó de los brazos a Kagome. Él se perdió en el bosque con él.
Tal vez ya no estaban juntos románticamente, pero a Inuyasha le gustaba pensar que sí. Por la noche cuando ella dormía, él se acercaba y tocaba su vientre con cariño. Ella se removía a su contacto, pudiera que una parte de su corazón le perteneciera a Sesshōmaru, pero estaba seguro que otra, muy pequeña todavía era de él. Inuyasha la abrazaba con todo y el bebé, para calentarlos en las noches frías, al amanecer él se alejaba. Y ella no se enteraba de la presencia del mestizo.
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Tres días después, llegaron a las costas donde él había sido atacado. Era de noche y mejor aún era su noche humana. El zorro vestía un disfraz que ocultaba su naturaleza, y un viejo sombrero que le recordó al que llevaba el Sesshōmaru del futuro. Jaken se había desviado por otro camino dos días antes. Inuyasha lo había enviado con un recado para Sesshōmaru de Miroku y la orden de decir que había sido Kagome quien lo había enviado.
—¿Por qué estamos en este puerto Inuyasha?
—Zorro consigue pasajes —ordenó el Hanyō.
—¿A dónde?
Inuyasha le dedicó una mirada al zorro, que decía muy lejos y no me digas el destino. El zorro dio media vuelta y se fue dejándolos solos. Kagome estaba nerviosa, mecía al bebé en sus brazos más para calmar su ansiedad, que al niño profundamente dormido.
—¿Inuyasha?
—Kagome… Miroku me dijo que planean un ataque masivo al Oeste. Varios señores se han unido a Nobunaga. Y durante el tiempo que estuve oculto, Miroku y yo, llegamos a la conclusión de que este es el momento en que los demonios desaparecieron del mundo. Kagome, tu futuro se está formando.
—¿Por qué no le dijiste a Sesshōmaru?
—¡Porque en mi ausencia te revolcaste con él!
—¡Creí que estabas muerto!
—¿Y cuánto tiempo te llevó volver a su cama cuando fui a su dichosa misión de mensajero? ¡No soy idiota, me quería fuera de su camino para llevarte de nuevo!
Kagome estaba llorando. Él tenía todo el derecho de reclamarle, de sentirse furioso, pero ¿qué estaba planeando?
Se limpió las lágrimas del rostro con el dorso de su mano.
—¿Para qué me has traído aquí?
—Para mantenerte a salvo.
—¡Eres un imbécil! Si él muere yo también lo haré.
—¡Yo lo protegeré!
—¡Inuyasha! —Su nombre tembló en sus labios. ¿Cuánto la amaba el Hanyō?
—Kagome debes pensar fríamente. Si este niño muere, no existirás en el futuro. Nada de lo que hemos vivido ocurrirá. ¿Comprendes? Si el pozo te dejó volver, no dudo ni por un momento que una de las razones para hacerlo es este niño. No yo, ni él.
—Lo he pensado y sé que Sesshōmaru me dijo las palabras exactas para intentar volver una vez más. No creo que él quiera matarte. Él te ama de verdad. Pero creo que, si me hubiera dicho que debía volver por él y por nuestro amor, no le hubiese creído. Y mucho menos intentado.
—Kagome… —Inuyasha quería decir tanto—: Yo… Gracias por todo…
—¡No! No te despidas… ¡Por favor!
Inuyasha abrazó a la mujer y al niño. Quería mantenerlos así para siempre. En sus brazos. Quería regresar por el maldito pozo unos meses atrás y llevarla lejos de Sesshōmaru. Lejos de toda la devastación que se aproximaba; mantenerla a salvo y a su lado. Dejar que el mundo desapareciera y que resurgiera otro en donde ambos podían estar juntos. ¿Cuántas veces él había intentado cruzar el pozo para ir al futuro con ella? Cada día de su vida lo hizo mientras se encontraba en la aldea. Nunca desistió. Pero ella tuvo razón en algo. Nunca le dijo a Kagome que había sido su elección antes de que Kikyo muriera. Que lo único que lo mantenía sujeto a la mujer de barro había sido su juramento. Pero ahora…
—Kagome, te amo.
—¡Inuyasha!
—No te preocupes por Shippō, por ahora estará más a salvo con los demonios y eso te permitirá moverte con mayor facilidad. Tu suegra lo mantendrá con vida.
—Pensará que lo abandoné.
—Yo le diré que no fue así. Cuando vuelva a verlo.
—¡Perdóname!
—No hay nada que perdonar, solo prométeme, que te mantendrás con vida y que nunca harás nada estúpido. Como correr tras él. Recuerda que mientras estés con vida significa que él también lo está. No importa lo que escuches. Además, sabes que lo logrará. Te hizo volver por una razón y eso fue para encontrarse contigo en este tiempo.
—¡Pero estaba solo y… devastado!
—No porque hayas muerto, pero sí, tal vez por habernos visto morir a todos. Sí él se mantuvo con vida, seguro que fue por ti. ¡Vamos! No seas tonta, hazme caso. Dijiste que él no me matará; y yo te amo lo suficiente para dar marcha atrás. ¡Ya ves! Mi amor por ti no es egoísta y ruin.
»Te conozco lo suficiente para saber que no fue mala voluntad de tu parte. Sin embargo, debo decir que, si en verdad me mata, no deberías confiar en él. ¡Escúchame Kagome! Él es un demonio completo. Puede obsesionarse y ambicionar tu poder mucho más que comprender el significado de lo que es amar de verdad. Sentirlo tal vez. Mi padre lo hizo, pero ¿comprenderlo?… no estoy seguro.
»Si muero a causa de su espada, entonces… corre lejos o te destruirá y te convertirá en algo corrompido que nunca querrás ser. No dejes que su oscuridad consuma la pureza de tu corazón. No dejes que destruya tu bondad y amor por los demás. ¿Puedes en nombre del amor que una vez me tuviste, prometerme que si muero por su mano tú… no volverás a él? Pero si muero protegiéndolo, no sentirás tristeza, ni culpa y, ¿serás feliz? Por ambos, porque puede que ya no me ames, más yo siempre velaré por tu felicidad. Y si eres feliz, yo también lo seré.
—Lo prometo. ¡Oh! Inuyasha, lo siento tanto.
—Shh no lo hagas. No lo hagas.
—Te amo, tal vez ya no como antes, pero siempre tendrás una parte de mí corazón.
—Ahora me entiendes, Kagome.
Por ese instante ambos se conectaron como nunca y no hizo falta nombrar a Kikyo para saber que ambos se referían al amor de Inuyasha por la sacerdotisa muerta.
—Sí. Ahora lo hago. ¡Perdóname!
—No hay nada que perdonar. Amor mío. Siempre estarás en mi corazón. Se feliz Kagome, con él o sin él hazlo.
—Sí. Lo haré. Te lo juro Inuyasha.
—Bien.
El zorro se acercó por detrás de Inuyasha. Kagome fue la primera en verlo llegar. Limpió las lágrimas de su rostro. Inuyasha, medio giró el rostro hacia él.
—Todo está listo, Inuyasha.
—Bien. Llévatela, ponla a salvo y no vuelvan por nada ni siquiera por Sesshōmaru. Él sabrá encontrarlos a su debido tiempo. Y zorro, si ella muere… La ira del clan del Oeste caerá sobre ti. Llevas contigo el mayor tesoro del Oeste —dijo mientras veía el vientre de la mujer.
Kagome le dio el niño a su maestro. Él lo tomó sabiendo que la despedida había llegado y que era probable que no volverían a verse. Puesto que su Señor… El Señor del Oeste, aniquilaría aquellos que lo han traicionado, empezando por su hermano. Tomó al niño y salió de nuevo del callejón donde se encontraban.
Kagome abrazó a Inuyasha. Él la sostuvo fuertemente, aspirando su aroma en el hueco de su cuello, agradeció por ser humano en ese momento. Y sin ningún aviso tomó el rostro de Kagome y la beso. Ella no correspondió el beso. No podía, pero tampoco tenía el corazón de negarle a ambos el adiós y cierre definitivo a todos esos años de enamoramiento, de amor frustrado, de añoranza, perdida, encuentro y… comprensión. Ella lo atrajo más fuerte a su cuerpo. Ambos lloraron.
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Inuyasha, el humano, se encontraba sentado frente a Miroku, bebiendo té.
—¿Así que lo has hecho? Sacarla lejos del Oeste.
—Sí. El problema es que han unido sus almas.
—¡No puedo creerlo! Tu hermano es más como tu padre de lo que alguna vez reconoció.
Miroku bebió su té y este fue rellenado por una hermosa, joven geisha. Él le dio una sonrisa encantadora.
—Puff, eres un imbécil Monje —Inuyasha, reía. Al parecer no había cambiado mucho aquel lujurioso.
—Tengo un acuerdo con mi mujer. Puedo ver, mas no tocar.
—¡Idiota!
—Entonces, debemos protegerlo a toda costa o ella morirá con él.
—Debería dejarlos morir a ambos, por traidores —dijo con rencor.
—Sin embargo, no lo harás porque los amas.
—¿Qué harías en mi lugar?
—El amor es extraño en sus formas, los de todas clases Inuyasha, casi en todas sus maneras es válido luchar en su nombre. Aunque algunos no lo comprendamos o estemos heridos al no ser favorecidos. Pero por el otro lado, también es válido sentir rencor por eso. Lo que haría seria enfocarme en lo que más pesa en mi corazón. Y sea cual sea mi decisión… preguntarme si podría dormir cada noche con las consecuencias de mis actos.
»Tienes la vida de ambos en tus manos. Nadie te juzgaría si tú los abandonaras a su suerte. Creo que ya les has dado una ventaja al poner a salvo a Kagome y avisarle a Sesshōmaru sobre el ejército que va detrás de él. Lo que quiero decir es que has hecho suficiente, hermano.
—¡Vaya! Lo malo es que estoy dividido en partes iguales. Y ninguna de las dos repercusiones me dejarán dormir tranquilo… ¿Sabes? La hice prometer que si él me asesinaba ella no volvería con él. Le pedí que se alejara. Tal vez soy un poco trágico y muy envidioso, pero anhelo con ganas que el imbécil me clave su espada en el pecho.
—Hay una sacerdotisa que quiero que conozcas, los monjes asesinaron a su media hermana era una hanyo. Ella tiene gran poder espiritual que podría rivalizar con el de Kagome, si me permites decirlo, y al parecer no está de acuerdo en asesinar a los demonios. Incluso, ha propuesto un hechizo para los más fuertes. Cree que pueden ser de gran utilidad en el futuro. Ya sea con su fuerza o por sus conocimientos sobre otras comunidades. Lo que quiere es salvarlos de alguna manera. Ahora que me has dicho que sus almas están unidas esa puede ser una opción para Sesshōmaru. ¿No lo crees?
—¿Cómo se llama?
—Atera —Inuyasha asintió—. ¿Sabías que Rin se ha unido a un general de Nobunaga?
—¿Qué?
—Sí, es su puta porque el hombrecillo está casado, la esposa la tolera en su casa porque es la hija de Sesshōmaru. Y sabe que la pueden utilizar en su contra en cualquier momento.
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Inuyasha, entró con sigilo a la mansión del general Daisuke. Faltaba un par de horas para el amanecer. Buscó en la enorme casa a la niña tonta. Y cuando la encontró, aguardó entre las sombras del corredor hasta que el hombrecillo sació su lujuria y sed de sangre con el cuerpo de Rin.
Pudo haber interrumpido y salvarla de sus sucias manos. Aunque eso hubiera significado alertar a sus súbditos. No era que le importara mucho que lo mataran, no era que tuviera a alguien que esperara por él en alguna parte. Mas deseaba poder ver el rostro de su hermano al ver en qué habían convertido a su pupila. Quería verlo sufrir.
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Inu Kimi, volaba a toda prisa de regreso al Oeste o eso creía Sesshōmaru. Él la había enviado de regreso cuando Jaken le entregó la carta de «Kagome». El Oeste sería atacado.
Sin embargo, la mujer sabía que ya no había nada que proteger allí, era el castillo del cielo donde se encontraba el pequeño zorro. Al que debía poner sus esperanzas en caso de que el plan para proteger a Sesshōmaru y Kagome fallará. El Kit sería el heredero como el hijo adoptivo de la familia real, primero por Inuyasha y ahora Sesshōmaru, al tomar a Kagome como su esposa.
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Oculto entre las sombras, Inuyasha observó a su hermano caer, estaba atrapado y la sacerdotisa Atera, conjuraba sobre él. Sabía perfectamente que estaban separando a la bestia de su forma humana. La estaban matando. Y aunque quería sentir remordimiento la verdad era que la satisfacción de ver a la bestia dañada era mayor. Ella había seducido a Kagome, se la había arrebatado y bueno… definitivamente esta noche podría dormir como un bebé. Dio media vuelta y buscó un refugio lejos de los gritos de dolor, lejos del olor a muerte. Lejos de la devastación.
Un fuerte dolor de cabeza atormentaba a Sesshōmaru, sentía que se le partía en dos. Podía escuchar gritos y voces sin sentido a lo lejos, era tan difícil entender…
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Miroku observó, atentamente al medio demonio qué sin remordimiento alguno, comía su pescado frito. Dándose cuenta de cuánto odiaba a su hermano por robarle el corazón de Kagome.
—Está inconsciente todavía. Atera está asombrada por la resistencia de Yako. Pero sedera en algún momento, de hecho, está comenzando a debilitarse.
—¿Crees que sea por Kagome? —preguntó Inuyasha.
—Es muy probable.
—¿Ella estará sufriendo? —preguntó de nuevo. Miroku miró a su viejo amigo, casi hermano a la cara; no parecía preocupado o acongojado por la situación. Mas bien, pensó que deseaba que ella estuviera sufriendo al igual que Sesshomaru. Era terrible ver que él se había vuelto… insensible. No. Él estaba roto.
—No lo sé, tal vez.
—Por el bien de mi hijo en sus entrañas espero que no.
Miroku no le creyó. Sacó de entre su túnica un rollo.
—Toma es el mapa que te indicará adónde llevaremos a Sesshōmaru. Jaken y Rin ya están ahí, esperándonos.
—¿Cuándo piensan sacarlo?
—Tres días antes de tu noche humana.
—¡Maldita sea Miroku! Es que ¿crees que podré soportar su peso muerto como humano?
—Te será más fácil moverte de una aldea a otra como humano.
—¿Con un demonio arrastras?
—Ya no posee garras, te daremos uniformes de soldados y podrás hacerlo pasar por uno que está herido.
—¿No estás arriesgándote demasiado por él?
—Inuyasha, solo es cuestión de poco tiempo para que sepan que: Yo soy «El túnel del viento». Hay quienes ya lo sospechan. Kohaku ya se ha ido con los niños.
—¿Cómo está Sango?
—Devastada, pero hará esto por él. Después de todo, su vida le pertenece a Sesshōmaru y él le permitió vivir. Hemos sido felices, Inuyasha. Ahora es tiempo de pagar la deuda.
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El sonido de una gota de agua que caía en algún lugar lo molestaba. Intentó abrir los ojos, para encontrar que no podía. ¡Estaba tan débil! Se quedó dormido de nuevo.
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—¡Sesshōmaru! ¡Sesshōmaru! ¡Bastardo despierta!
Lo escuchaba, quería abrir los ojos, gritarle que se jodiera y que guardara silencio. «¿Qué me ocurre?», se preguntó. Lo escuchaba, no obstante, no tenía la fuerza para moverse antes de caer de nuevo en un sueño profundo.
El agua entraba en sus pulmones por la nariz y la boca. La sensación de ahogo fue suficiente para traerlo de nuevo a la realidad. Abrió los ojos mientras intentaba hacer llegar el oxígeno a los pulmones, sintió los golpes en su espalda y levantó el rostro para ver a su hermano sosteniéndolo e intentando ayudarlo. Frente a él, estaba el mar y debajo la arena.
—¡Mierda Sesshōmaru! No te duermas de nuevo. Necesitamos salir de aquí… ¿me entiendes? No puedo cargarte más. ¡Me estoy desangrando! ¡Maldita sea! ¡No lo lograremos! ¡No lo lograremos!
Sesshōmaru, se sentía confundido, su cabeza daba vueltas y no tenía la menor idea de lo que sucedía. ¿Por qué estaba Inuyasha con él intentando… huir? ¿Dónde estaba? ¿Por qué estaba tan débil? De nuevo el demonio no pudo evitar perder el conocimiento.
Inuyasha miró a Sesshōmaru tener sueños inquietos, odiaba cuando pronunciaba el nombre de Kagome. Y quería matarlo con sus propias manos, cuando miraba la herida en su estómago. No era justo, simplemente no lo era. Sesshōmaru lo había tenido todo en su vida, la dicha de tener a su madre a su lado, de haber conocido y aprendido de su padre, el linaje y la herencia. El respeto y lealtad de sus súbditos. Todo, lo había tenido todo. Y él un bastardo mestizo, repudiado por su propia familia, odiado por su especie demoniaca, perseguido tanto por demonios como por humanos. Lo único que había tenido en la vida honesto, al final también se lo arrebató. La lealtad de sus amigos que murieron por él. El amor de la única mujer que lo amó de verdad, sin condiciones y sin pedir nada a cambio. Le quitó a su hijo Shippō. Le quitó la oportunidad de ser feliz con su familia, la oportunidad de ver a su hijo crecer.
¡Demonios! Lo odiaba tanto y ahora está muriendo también por él. No, no por él. Por ella, la mujer que a pesar de su traición todavía amaba con locura. Podría morir en paz sabiendo que va a separarlos incluso por más de quinientos años, que va a hundir a su hermano en la desesperanza, pero ¿qué más da? Se lo merecía. Sí lo merece. Pero no podría morir feliz sabiéndola muerta.
¡Qué va! Ella le prometió ser feliz, lo será porque ella era fuerte. Y tendrá por quienes mantenerse viva y feliz. El cretino de su hermano podría vivir en la mierda, no le importaba, pero no ganaría o por lo menos lo haría pagar lo suficiente para merecerla al final de los tiempos.
Abrió los ojos para encontrar a su torpe medio hermano mirando el fuego, mientras murmuraba cosas extrañas sobre un pozo y Kagome. Con su mano izquierda muy humana, intentaba cubrir la herida en su costado. ¡Era demasiada sangre!
—¡Mestizo! —dijo con voz entrecortada. Lo odiaba porque no podía ser débil. Se escuchaba diferente… más áspera. La garganta le ardía como si se hubiera tragado una antorcha.
«¡Oh! Sí, voy a disfrutar esto ¡Maldito bastardo!», pensó Inuyasha, saboreando su venganza. Porque después de todo tenía un corazón humano.
—Esa perra mal nacida. ¡Debiste dejar que se pudriera en el infierno!
«Ódiala, odia a tu querida Rin, como yo te odio. ¿Qué se siente ser traicionado por los que más amas? Me quitaste a mis amigos yo te quito a tu hija», se regocijaba Inuyasha en su mente.
Había tanto odio en su voz que apenas podía reconocer al hombre a su lado. Nunca Inuyasha fue más humano que en ese momento. El odio que profesaba a Rin lo desconcertó. ¿Cómo podía el odiar a Rin? Había sido Inuyasha quién lo obligó a escucharla y aceptarla después como una más de la manada. Ella había elegido su camino, ¿no? Él le advirtió a Rin y ella no escuchó.
—Deja de hablar estupideces. ¡Explícate!
—Rin, ella nos traicionó. ¡El Oeste cayó Sesshōmaru!
«Sí, tu legado. Todo por lo que te sentías orgulloso. ¡Maldito hijo de perra!»
No podía creer en sus palabras y sintió la ira atravesar cada rincón de su cuerpo; la adrenalina le dio la energía que necesitaba para sentarse y alcanzar a su hermano. Llevó sus manos al cuello del mestizo cortándole la respiración, un poco más fuerte y le partiría la cabeza.
—¡Mientes! ¿De qué estás hablando?
—Rin, ella nos vendió a su amado Daisuke. ¡El hijo de mierda nos preparó una emboscada con el ejército de Mikos y Monjes del norte! Purificaron a la mayoría y a los que quedaron, los más fuertes fueron sellados.
Sesshōmaru lo soltó. No podía recordar los acontecimientos, lo que recordaba era estar hablando con sus generales, nada más.
—¡Dime lo que pasó!
—¿No recuerdas?
—No.
—Definíamos nuestro próximo ataque, cuando escuchamos los gritos de horror de nuestros soldados. Al salir de la tienda nos encontramos rodeados. Podíamos verlos como si fuera el mismo día por la luz que emanaban de sus poderes santos purificando a todo el que se atravesaba en su camino. Me pediste que protegiera a la moza antes de transformarte en Yako. El ejército del Sur, del Este con el ejército de santos del Norte nos superaron.
»¡Maldito Koga! ¡Nunca llegó! ¡Nuestros supuestos aliados nos traicionaron! Los Sagrados querían purificarte o eso pensé hasta que esa Miko, Atera, apareció y comenzó a recitar palabras extrañas. Estaba atrapado, vi como un Samurái entraba a la tienda de Rin. Tuve que elegir entre ella y tú. Pero ella era la más susceptible y si le ocurría algo nunca me lo perdonarías. Fui por ella y, ¿para qué? La encontré besándose con su amor, vestido con el traje de Samurái del ejército del sur; por un momento pensé que quería forzarla —él lo hacía la estaba forzando, la castigaba por haber huido y regresado con los demonios—, y cuando ataqué ella se interpuso. La idiota ni siquiera podía mirarme a los ojos, su cobardía fue más decepcionante que su traición. ¿Sabes qué fue lo peor? La mirada de Daisuke. ¡Él no la amaba! No lo soporté y me fui, porque no podía seguir mirándola y tampoco sabía que decirle. Regresé para luchar a tu lado. ¡Fue demasiado tarde! Ya te habían capturado. Miroku estaba con ellos, aunque no creo que, por su propia voluntad, porque él me ayudó a escapar.
«Ella no te traicionó y nunca lo sabrás, porque no hay nadie con vida para decirte la verdad».
Sesshōmaru intentó elevar su yōki sin éxito y al ver lo inútil de la acción, probó invocar el veneno de sus garras. Gruñó al verse privado de algo tan normal para él. Lo comparó como perder un brazo. ¿Qué le habían hecho? Miró a su medio hermano, su cabello negro, brillaba a luz de la hoguera.
—¿Cómo lograste liberarme?
—Miroku envió a Sango a buscarme. Me dijo que habían logrado sacarte de las mazmorras, pero que estabas muriendo. Cuando llegamos, Miroku estaba luchando contra un grupo de Samurái, los habían encontrado. Él fue herido protegiendo a Sango, y ella me pidió que te llevara lejos. Murió por nosotros Sesshōmaru, ambos lo hicieron. Entré a la cueva y encontré a Rin. Muerta a tu lado y el sapo, Jaken, estaba agonizando.
«Ninguno vivo para decirte la verdad, tu sirviente más fiel y más imbécil. Muerto por mis propias garras. No merecías tanta lealtad de alguien a quien marginabas».
—¿Cómo murió Rin?
Rin su amada y querida niña; no podía creer que lo había traicionado. Era inútil negárselo, sabía porque lo hizo. Ella sabía su secreto.
—Jaken dijo que fue por amor, ella se sacrificó por ti. Aun así, no puedo perdonarla ¿cómo podría? Murieron tantos… También me dijo que salvó a Yako, que los sagrados no pudieron matarte, pero que tu bestia estaba muriendo muy lentamente. Tuvo que sellarlo —Inuyasha le ofreció la daga que Jaken le había dado para Sesshōmaru—. Me dijo que estaba aquí, puedo sentirlo, ¿sabes? Te saqué de ahí. Nos persiguieron, aun lo hacen.
«Sí, Sesshōmaru, mira la daga, tómala y dentro de quinientos años, trae de vuelta al pasado a Kagome. Yako, busca a tu hembra».
—¿Dónde está Jaken?
—Su energía fue drenada por el hechizo, iba a retrasarnos si lo traía con nosotros.
«Degollado, destripado».
Sesshōmaru, miró a su hermano de nuevo. No podía creer que alguna vez habían intentado matarse, incluso se habían traicionado y que ahora él dio su vida para salvarlo. ¿Por qué?
—¿Cómo estás? —preguntó el demonio sinceramente.
—¿Qué crees? Es luna nueva y un soldado inútil me hirió. ¡Hijo de puta!
—Inuyasha… —Quería decirle que lo sentía de verdad. Por la injusticia de los errores de su padre, de los suyos por marginarlo cuando en realidad no había sido culpa suya ser un bastardo. Lamentaba odiarlo por la preferencia de su padre, ahora sabía que dentro de los errores de Inu Taishō, había sabiduría. No le dio un espada que podía matar a mil demonios, porque no la necesitaba él era poderoso o al menos lo fue. Pero sí le dio la espada que podía traer a la vida al amor perdido. Demonio o humano. Su padre conocía su peor falla, esa que le ocasionaría la perdición. Su arrogancia.
—¡Cállate maldito bastardo por una vez en tu maldita vida! ¡Cállate!
«No quiero escuchar nada que me haga dudar, es demasiado tarde para echarse atrás. Lo hecho, hecho está. Te daré el maldito tiro de gracia y no me arrepentiré».
Inuyasha estaba llorando, limpió sus lágrimas con su mano derecha, la izquierda aun trataba de detener la sangre, estaba más pálido que cuando Sesshōmaru despertó.
—Lo que lamento, es que no la volveré a ver. Creí que tal vez la vejez no me alcanzaría. Estúpido, ¿no? ¡Soy mitad humano! Pero tenía la esperanza, quería intentarlo. Aunque sea una vez, una sola maldita vez, quería verla de nuevo. Llegar antes que tú y sí yo hacía que volviera… —Sesshōmaru cerró los ojos, él estaba entendiendo la mitad de lo que decía, tal vez estaba agonizando, pensó—. Debe estar destrozada. Nunca se lo dije, nunca le dije que lo sabía. No quería dejarla ir, yo fui egoísta. Debes vivir, olvídate ya de la guerra y el honor estúpido que solo trae muerte y desolación. Todo es diferente en el futuro, no habrá un señor feudal. Se terminó para ti, los verás caer también. No. Olvida eso, no estoy seguro, nunca presté atención a Kagome. Lucha por sobrevivir y encuéntrala…
«Sí maldito perro, ten esperanza, sufre, extraña a la mujer que amas y no puedes tener, como yo lo estoy haciendo, sueña con sus besos y sus sonrisas».
—¿De qué hablas? —La había hecho volver a su hogar para protegerla, ¿por qué Inuyasha no había podido encontrarse con ella? ¿Por qué no la había buscado antes, en lugar de esperarla? —Puedes buscarla. No tenías que rescatarme, ninguno de ustedes. Solo debes intentar aguantar hasta el amanecer y sobrevivirás.
—Ella nos hubiera pedido salvarte, nunca dejó a un aliado a su suerte. Yo… soy tu hermano ¡Idiota! A pesar de todo eres mi familia, aunque nunca lo aceptaras del todo. ¿Por qué habría de abandonar a mi hermano? Y no puedo ir con ella, aunque sobreviviera; es mucho tiempo, la vejez me alcanzará.
—Puedes hacerlo, ahora ahorra tus energías y deja de decir estupideces. No entiendo nada de lo que dices sobre ser viejo y alcanzarla. ¡Ella es humana! Morirá antes que tú.
—¿Crees que ahora que Yako está sellado, la inmortalidad que le has dado a Kagome desaparecerá?
—Sí.
—¿Ella no te lo dijo?
Sesshomaru no entendía que debía decirle Kagome. Pensó intentando entender lo que quería decir Inuyasha. Era como si temiera decir algo que no debía. Acaso Inuyasha… ¿ya sabía, que estaban juntos? No quería que su hermano se dejará vencer por la muerte solo por decepción.
—¿Por qué habría de decirme algo la Miko?
Inuyasha soltó una carcajada, pero no había felicidad en ella. Él comprendió y no le extrañó que ella hubiera mantenido su promesa, después de todo. El secreto de Kagome, el lazo que los unía, el amor que atravesó el espacio y tiempo; estaba intacto. Pudiera ser que Sesshōmaru tuviera su cuerpo, y mucho de su corazón. Pero ella lo amaba, de una manera única, y nunca mancharía lo que los unía, ni siquiera por Sesshōmaru.
—Kagome, vino del futuro. ¡El pozo es el portal y yo hice que regresará a su tiempo porque temía que me la quitaras!
Ambos guardaron silencio. Ahora todo estaba sobre la mesa, la lujuria, la traición y todo lo que una vez no pudo decirse.
Ella guardó su mayor secreto, la Miko era del futuro y de alguna manera eso no sorprendió al demonio. ¿Qué más le había ocultado? Ella sabía que de alguna manera volvería a su tiempo llevándose consigo todo. Ella ¿no iba a cumplir su promesa?
Inuyasha lloró en silencio, se lamentó porque no pudo elegir al final hacer lo correctamente incorrecto. No pudo cumplir con su promesa. Se equivocó, quiso creer ser mejor eligiendo por los dos. Tonto, tonto ella había tomado su decisión. ¡Él había sido su elección! ¡Tonto! ¿Por qué no confió en ella, en sus sentimientos? La había perdido. Ella no le había revelado a Sesshōmaru, lo que los unía, un amor que atravesaba el tiempo. Su secreto había sido solo de ellos.
—Sesshōmaru, no voy a lograrlo. Y siempre me dijiste que mi vida te pertenecía, ¿no?
No, no lo haría. Faltaba mucho para el amanecer. Sesshōmaru tomó su espada. Una que ya no le servía, porque ya no era un demonio. Y la hundió en el corazón de su hermano.
Cuando llegó el amanecer Inuyasha no cambió a su forma de medio demonio. Sesshōmaru, todavía quería creer que era un sueño. Inuyasha murió siendo humano, bajo su propia mano y así su cuerpo fue enterrado —todavía con su espada, esa con la que un demonio no puede matar—, por Sesshōmaru.
