Capítulo 19 Amor perdido

Sesshōmaru acarició el antiguo y valioso violín entre sus manos.

—¿Por qué un violín? —preguntó el viejo Hideo al demonio.

Este levantó su mirada al rostro del hombrecillo que de pronto se lamentó por la pregunta. No porque le temiera, sino por lo que vio en el rostro imperturbable de ese extraño y mítico ser.

—Perteneció a mi hijo.

Hideo cerró los ojos un momento. Porque de pronto se dio cuenta de algo. El hombre llevaba en su muñeca izquierda una pulsera que a simple vista parecía hecha de una cuerda negra. Aunque observándola detenidamente, el material, era de cabello negro y brillante. Como el de Kagome.

—Su hijo… Kagome… ¿es la madre?

El demonio desvió la mirada a la ventana del departamento. No respondió, pero él ya conocía la respuesta. Era evidente después de todo.

—La hizo volver por usted, ¿cierto? —El descubrimiento en sí, no solo lo asombró, también lo desconcertó.

—Tenía que volver.

—Pudo evitarle la pena, cambiar su pasado. —De pronto la rabia comenzó a subir como la espuma y no pudo detenerla dentro de su boca. La escupió—: ¿Por qué? ¿Por egoísmo?

—Más de la mitad de mi vida fui un demonio poderoso, aún más que mi propio padre. Y él era una leyenda. Yo era un príncipe con una gran responsabilidad y un lugar muy grande el cual llenar. Muchos esperaron mi fracaso, sentados, observando pacientemente. Más antiguos y sabios. Para muchos era egoísta, frío y sin compasión. La Perfección Asesina. Asesiné a muchos por menos, humano. A veces, por solo una mirada.

La amenaza era clara.

—Entiendo —Hideo carraspeó.

—Le quité a Inuyasha lo que más amaba. Y pagué por ello. Cree que porque ahora soy un poco más como usted, humano, por lo que ha podido notar, ¿yo sería diferente?

—El tiempo nos hace sabios, ¿no fue lo que dijo de sus enemigos?

Sesshōmaru ladeó la cabeza y sonrió levemente. Para Hideo esa sonrisa fue aún más aterradora. Pero no demostraría cobardía. No señor, si lo hacía, el demonio frente a él se lo tragaría. De eso estaba seguro.

—Mi hijo está muerto, sin embargo, no por mi mano. Mi mujer está perdida en el pasado viviendo las consecuencias de su imprudencia, de su amor y confianza ciega hacia Inuyasha. Pero no la culpo. Debe de saber que, para alcanzar la felicidad en la vida es necesario conocer y saborear el dolor. De otra manera, ¿cómo sabríamos lo que es la felicidad? ¿De qué otra manera le haría entender que Inuyasha no era aquel que ella tanto veneraba?

—Disculpe, pero cualquiera se hubiera mostrado despreciable si le hubieran robado a la esposa.

—Y no cualquiera se hubiera mostrado honorable para dejar ir a la mujer que se ama para alcanzar su destino. Y darle la oportunidad de forjarlo con sus manos. Ahora ella sabe lo suficiente para cambiarlo.

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Kagome caminaba en el mercado al lado de una mujer china que hablaba hasta por los codos, ella no conocía el idioma, pero la mujer que era viuda se había compadecido de la joven extranjera que tenía a su cargo dos lindos niños. El esposo, como muchos, se había ido a la guerra y dado que ella había huido de su país sola en compañía de su hermano —el cual estaba prófugo ahora—, le hacía pensar que había sido alguien importante. Se notaba en los buenos modales y las ropas que al principio usaba y ahora intercambiaba. Era evidente que el esposo no volvería jamás. Y la joven era agradable y bueno… Se esforzaba por adaptarse a su realidad actual.

Kagome retiró un mechón de oscuro cabello pegado en su frente por el sudor. Llevaba a un niño en su espalda y al más pequeño en su pecho, ambos atados a su cuerpo. La seda del último Kimono que le quedaba de sus días en el castillo sería suficiente para intercambiarlo por un poco de dinero. Solo esperaba que fuera el necesario para sobrevivir por lo menos una semana más; y otro tanto para comprar las hierbas que necesitan para realizar remedios y venderlos después.

La mujer la llevaba recorriendo el mercado hasta que llegaron con un vendedor de telas. La mujer le extendió la mano para que Kagome le diera el Kimono. Con manos nerviosas ella lo sacó de un viejo bolso y se lo tendió. La mujer discutió, manoteó en el rostro del hombre que parecía que no se había bañado en décadas. Ambos gritaban y el pequeño niño de orejas triangulares se removió un poco entre sus brazos, inquieto. Kagome le recolocó la seda que mantenía sus pequeñas orejas ocultas y murmuró palabras dulces a su niño para tranquilizarlo. Él, era pequeño y extrañamente parecía ser más sensible y débil que el heredero de la luna.

Al cabo de unas pocas palabras, el vendedor soltó en su mano unas monedas, más de lo que ella hubiera imaginado que le darían. Caminó tras la mujer que le mostró los lugares confiables para comprar.

La mujer era un poco ruda, pero era una mujer buena que se había compadecido de ella por lo que estaba agradecida.

Kagome llegó a su pequeño hogar en las afueras de la aldea. Puso a sus pequeños niños en el futón, y comenzó a cambiarlos. El hijo de Sesshōmaru pocas veces lloraba y parecía ser un niño más maduro que el otro, pues su mirada era inteligente. Luego de cambiarlos, ella hizo lo mismo consigo. Luego de beber agua, se dispuso a darles de comer.

Sacó las compras y las acomodó en su lugar. La choza era pequeña, pero no le importaba porque estaba con sus hijos y se sintió segura en ella. Al anochecer se recostó con sus pequeños y cubriéndose con la estola de Sesshōmaru se durmieron.

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El joven frente al zorro era el hermano de la asesina de demonios. Sango.

«¿Cómo lo llamaban? Ah, sí… Kohaku», se dijo el demonio.

—¿Qué es lo que has querido decir con eso?

—Mi hermana y su esposo murieron intentando salvar a Lord Sesshōmaru. No sé si está vivo, pero lo que sí sé, es que Inuyasha no lo está. Por alguna razón Lord Sesshōmaru lo ha matado. Los soldados que les seguían la pista, encontraron una tumba. Al desenterrar al que yacía en ella, se asombraron de encontrar a Inuyasha y no a Sesshōmaru. Tu maestro había sido herido de gravedad además de que su lado demoniaco, fue separado de él. Así que, ¿por qué encontrarían al Hanyō muerto con la espada de su hermano en su corazón en lugar de a Sesshōmaru?

El zorro, estaba conmocionado. ¿Acaso su maestro había enloquecido de celos? ¿Ya sabía que Inuyasha se había llevado a Kagome? o ¿había algo más?

—¿Qué sabes de los otros?

—Muertos, todos ellos. El concejo, la señora madre de Lord Sesshōmaru, asesinada en su castillo del cielo. Todos fueron acribillados.

—¿El Kit?

—Nadie lo ha visto o ni encontrado. Tal vez uno de los dragones se lo tragó. ¿Quién sabe?

—¿Tienes alguna idea de dónde puedo encontrar a Lord Sesshōmaru?

-No. Tal pareciera que la tierra se lo ha tragado. Además, también soy un traidor y un fugitivo. Las últimas personas con las que tuve contacto, fieles, están muertas ahora.

—Mmm Y ¿con cuál de las dos espadas fue asesinado, Inuyasha?

—Colmillo sagrado, creo que ahora que Sesshōmaru es humano puede matar con ella.

—Ya veo. ¿Sabes dónde está el arma?

—En el mismo lugar, nadie se atrevió a retirarla por temor a que Inuyasha volviera a la vida. Ya sabes, ocurrió una vez… ¿no es así?

El joven Kohaku sonrió. Recordando los planes de Miroku y su gran audacia para mentir.

—Sí, claro.

—Te agradecería que no le dijeras a nadie de mi paradero. Mi hermana me encargó velar por el bienestar de sus hijos y eso haré.

—¿Ni siquiera a Kagome?

El joven bajó un poco la mirada, sus ojos inquietos.

-No. Será mejor así.

—Como lo pidas.

—¿Qué harás con ese niño? —Le preguntó Kohaku.

—Por supuesto que no voy a comerlo. Su nombre es Tadao Higurashi. Estoy buscando un hogar para él. Ya es bastante peligroso llevar a dos niños medios demonios con nosotros, necesitamos mantener a este niño a salvo.

—Lleva el nombre de la señora Kagome.

—No, más bien, ella lleva el de él.

—¡Oh! Ya veo —dijo mirando al pequeño bribón que constantemente había estado mordiendo y jalando la cola del zorro—. Tal vez quisieras dejarlo aquí.

Los niños que permanecían sentados propiamente detrás de su tío, lo vieron marcharse y dijeron adiós, levantando una mano por lo alto agitándola silenciosamente. Hermosos niños que se transformarían en asesinos de demonios, como sus antepasados o que simplemente harían perder su legado con vidas comunes y sin sentido. Tal vez alguno de esos niños, sería un monje.

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El zorro la había dejado hace tres meses en busca de noticias de su maestro. Pero el dinero se estaba acabando y con dos niños que cuidar… Estaba asustada, siendo ignorante de las costumbres y el idioma. Tuvo que adaptarse, tuvo que sobrevivir.

Para Kagome fue terrible descubrir que su guardián no volvería. Tenía que reconocerlo, después de todo había pasado diez años. Y tenía que dejar la aldea, cuando la mujer que había sido su amiga, su mentora, murió de una extraña enfermedad. Ella le había dicho que como muchos había notado que no envejecía y que uno de sus hijos era un medio demonio. Pues notaron que, cuando deberían tener la apariencia de un niño de diez, tan solo aparentaban tres años. Le pidió que se fuera de la aldea una vez que muriera, ya que, la prole ignorante, solo esperaba su partida de este mundo para asesinar a los engendros.

Kagome, lloró por la mujer que sin ella saberlo la había estado protegiendo. Tomó a sus hijos y sus pertenencias más valiosas, pócimas y un arco. Fue entonces que tomó la decisión de olvidarse de Sesshōmaru. Inuyasha había tenido razón, debía ser fuerte, por sus niños. Tenía que prepararlos para sobrevivir en esta época, para sobrevivir las próximas atrocidades del mundo. No debía sentir miedo, no tenía por qué huir. No tenían por qué hacerlo.

Fue a la ciudad de China y ahí, comenzó una nueva vida.

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Sesshōmaru miraba al ejército de demonios que su hijo, el príncipe Shippō comandaba. El joven demonio era terriblemente sanguinario contra su enemigo. No lo culpaba, los humanos eran cada vez más fuertes y terribles. Con sus nuevas armas de fuego podría acabar con muchos demonios a la vez. Ya no les interesaba neutralizarlos, como le llamaban ellos al matar a su bestia para dejarlos convertidos en su forma humana. Ahora querían acabarlos por completo. Así como ellos que, lograron exterminar a todo aquel monje y sacerdotisa o niños con poderes sagrados.

Shippō había creado un grupo específico para recorrer el país en busca de ellos. Cada sacerdotisa y monje con poderes espirituales era el objetivo. Cada niño o niña con poder sagrado era sacrificado por los mismos aldeanos humanos. En una esperanza vana por salvar sus vidas. Pobres tontos, ningún humano merecía vivir. Él, que pudo cambiar de parecer, que ató su vida a un humano. Fue traicionado de la peor manera. Así que ya no le importaba hacer algo por la especie de la mujer a la que entregó algo más que su inmortalidad. Tenía que cambiar el futuro, por el bien de los suyos, por el bien de todos. Ellos, los demonios, merecían una oportunidad, ¿no es así?

Además, ¿qué posibilidades había de que ella volviera a esa época, si es que de alguna manera Inuyasha logró hacer que el maldito pozo funcionara? Ninguna. La Miko más poderosa, no estaba ahí para detenerlo.

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Dai, caminaba con su hermano menor, Kenji, rumbo a la plaza donde los marinos se reunían para intercambiar mercancías. Al niño mayor le gustaba mirar las cosas extrañas que de Europa, un mundo diferente al suyo, llegaban. Tenía un telescopio y un libro de ciencias escondido entre sus ropajes. El menor, Kenji, solía ser un niño tranquilo que lo seguía a donde fuera. Siempre tan unidos y, además, tenían un pacto y este era de siempre cuidarse entre ellos.

—Dai, madre dijo que no nos acercáramos a los marinos.

—No seas tonto. Nunca está de más echar un vistazo a las cosas que traen, son las más interesantes.

A lo lejos escucharon una extraña música, ambos se miraron y en silencio tomaron la decisión de seguir aquel sonido.

Un hombre, rubio con ojos azules como los de su madre, como los de Dai, estaba de pie tocando aquel extraño instrumento. Olía a estiércol y vino. Ambos hermanos fruncieron la nariz. Pero la música extraña era hermosa. Así que soportaron la inmundicia y se quedaron escuchando.

El hombre vio a los niños extraños y les otorgó una sonrisa amigable. Cuando terminó de tocar el instrumento, se agachó para quedar a la altura del par de niños; demasiado bellos y extraños. Parecían dos querubines. Cuatro hombres ya estaban detrás de ellos esperando para seguirlos y robárselos. Observó.

—¿Qué hacen aquí, niños? —Preguntó en su extraño idioma y luego negó con la cabeza. Había olvidado que ellos no lo entenderían. Él tampoco sabía mandarín así que no había logrado hacer nada en ese lugar.

—Escuchamos. ¿Cuánto quieres por él? —Preguntó el chico de ojos azules y ligeramente más alto que el otro niño, que despreocupado cargaba unos paquetes y miraba a sus lados distraídamente. Luego se dio cuenta de que el niño que parecía el mayor, le había respondido con un inglés fluido. Cayó en cuenta de sus ojos claros. Un indicador de su mezcla extranjera.

—Hablan inglés —afirmó con una sonrisa.

—¿Cuánto por él? —Volvió a señalar el niño de ojos azules.

—No está a la venta.

—Le compraré una botella de vino de la mejor calidad —debatió. El hombre soltó una carcajada y vio al niño de arriba abajo.

—¿De verdad?

—Claro. Mentir es una vergüenza, no hay honor en eso —oferta el niño, extrañamente honorable. Lo que hizo pensar al hombre que eran de buena posición. No estaban sucios, eran educados y sus facciones…

—Aunque te lo vendiera, no sabrías utilizarlo.

El niño torció la boca, estaba acostumbrado a realizar negociaciones. Su madre le había enseñado a hacerlo, pues creía que no todo podría conseguirlo a puños, que era de buen gobernante saber de las necesidades de los otros para conseguir lo que se quiere o al menos, llegar a un acuerdo que beneficie a ambas partes.

—Déjalo hermano, él tiene razón —lo tomó del hombro Kenji—. No podemos ir por el mundo, ofreciendo techo y comida a pordioseros, solo para que te enseñe a tocar ese bobo instrumento. No vale la pena.

—¿Qué no vale la pena? Niño, este es un Stradivarius, este violín es uno de los mejores. Lo compré en Italia. Ni siquiera sabes dónde está Italia…

—¡Roma, Italia! Esta en el continente europeo —Ambos niños gritaron con una sonrisa burlona en sus labios.

El hombre parpadeó. Los marineros atrás ya estaban viéndose ricos después del secuestro.

—Bien, saben dónde está Italia. Pero deben saber que está música es hermosa y nada de cualquier cosa. El instrumento en sí lo vale, esa botella de la mejor calidad. No te lo vendo, porque no sabrías tocarlo. Y este es mi único medio para conseguir comida. ¿Entiendes?

—O alcohol —Kenji se burló de nuevo.

—No es tímido tu amigo, ¿cierto? —preguntó el hombre al niño de ojos azules.

—Hermano.

—Mmm, hermano —repitió pensativo. Se preguntó si eran mellizos.

—La botella, techo y comida, durante el tiempo que me enseñes a tocar el instrumento… —propuso Dai

-Violín.

—Violín —asintió el niño—. Y por el costo del instrumento te enseñaremos el idioma. ¿Verdad, hermano?

—Será divertido —respondió Kenji.

—No creo que a tus padres les agrade la idea.

—A mi padre no lo sé, pero mi madre aprecia la buena educación.

—¿Hay trato? —Apresuró Kenji.

—¿Cómo se llaman?

—Yo soy Kenji y mi hermano mayor se llama Dai ofrece el de los paquetes.

—Soy Ronald.

—¿Hay trato? —preguntó Dai.

—No hasta hablar con sus padres.

—Como quieras.

Ambos niños comenzaron a liderear el camino de regreso a casa. El hombre pasó al lado de los marineros. Era evidente de que los seguirían. Bueno, tendría que defenderlos y seguro le robarían su violín. Pero si los niños se mantenían donde había gente no debería que ser así. Tal vez aquellos ladrones desistirían.

Se metieron en una calle oscura. El hombre torció la boca y se dijo que estaban perdidos, ese par de niños tontos los conducían al matadero. Ellos no se daban cuenta del peligro, ellos charlaban y reían. No los entendía.

—Niños tal vez deberíamos ir por otro camino, no hay mucha gente aquí y podría ser peligroso. ¿No lo creen?

—Tienes miedo, ¿eh? —dijo con burla Kenji.

El hombre frunció el ceño, cuando se dio cuenta que los ojos dorados del niño eran muy extraños. ¿Quién demonios tenía ojos dorados? Y el otro, el negociador, de nombre Dai era como más maduro para tener solo diez años.

—Yo no lo llamaría miedo. Es precaución.

—Mentiroso, tienes miedo. Puedo olerlo, ¿sabes?

Ronald sonrió, aunque por alguna extraña razón le creyó al niño y un extraño escalofrío recorrió su espalda.

—Tu hermano no habla mucho —afirmó Ronald al Kenji, mientras miraba a Dai caminar ligeramente más adelante que ellos.

—No tiene que hacerlo con su sirviente.

-¿Qué? —preguntó asombrado—. ¿Su sirviente?

—Te ha contratado, ¿no?

—Ja, ¿qué? Acaso, ¿es un príncipe?... ¡Por favor! —Ronald, sonrió, esos niños se creían más de lo que eran. ¿No?

—Algo así —el niño sonrió.

—Y tú, ¿por qué me hablas?

—Porque no se espera lo mismo de mí.

-¡Oh!

—Dai significa venerado, Kenji segundo hijo.

Estaban por llegar al final de la calle cuando el paso fue cubierto por tres hombres robustos. Y del otro lado estaban otros cuatro.

—Puf, creí que no lo lograrían —dijo Kenji.

-¿Qué? ¿Qué quieres decir?

—Rodearnos —respondió Dai, con su manera solemne y sería de responder. Su rostro no mostraba absolutamente ningún sentimiento. Miedo, ira, nada.

—¡Lo sabían!

—¡Claro! No somos tontos. La pregunta es si tú estás con ellos.

-No. Claro que no. ¿Por qué nos han traído aquí si lo sabían?

—Porque nadie debe ver —respondió Kenji, luego de pasarle los paquetes a él mientras Dai se cruzaba de brazos no dispuesto a cargar nada.

—Déjamelo a mí, Dai.

El niño se colocó frente a los cuatro hombres que estaban detrás de ellos.

—Hazlo rápido Kenji o me veré obligado con los otros tres.

—¡Oye! Solo mantén tus garras venenosas fuera de sus entrañas.

Dijo el niño antes de lanzarse contra los cuatro hombres, el primero cayó de espaldas tras la patada en el rostro que recibió. El segundo se quedó sin aire al recibir el puño del niño en el estómago, el tercero cayó momentos después de recibir un golpe en la nuca que no vio venir. El cuarto recibió un puño en la nariz. Los otros tres ya estaban a punto de atrapar a Ronald y Dai, cuando Kenji apareció para acabarlos en menos de un minuto.

Ronald, no creía lo que veía. ¿Cómo era posible?

—¿Qué demonios les dan de comer en China a los niños?

—¡No querrás saberlo! Preferimos la gastronomía japonesa —respondió Dai. Mientras pasaban sobre los hombres caídos.

Cuando llegaron a casa, el hombre se sorprendió al ver una morada humilde, con un letrero en su puerta. Los niños se dirigieron a la puerta trasera de la casa.

—Antes de que entres te diremos cuatro cosas que debes saber.

—Primero. No somos del todo humanos. Segundo, te mataremos si hablas sobre esto o lo que llegues ver o saber sobre nosotros. Tercero, no intentes nada con mi madre porque mi padre te matará. Y cuarto, me servirás hasta que el trato termine y mientras tanto me honrarás como tu señor. ¡Ah! Me gusta la lealtad. Te mantendremos a salvo, siempre que me seas fiel —y con eso Dai dio la media vuelta y entró a la modesta casa.

Kenji, rodó los ojos. Su hermano todo un señorito era un idiota que se sobrevaloraba.

—No le hagas mucho caso, cree que su padre vendrá por él algún día.

—¿Quién es su padre?

—El demonio más poderoso de Japón.

-¿El, el qué?

—Sígueme, te llevaré con mi madre. Ella te dirá lo que necesitas saber.

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Kagome entró en la recamará de su hijo que leía un libro de la historia de Europa.

—Dai, ¿qué has hecho?

—Traer a casa a nuestra cuartada perfecta, madre.

-Y me puedes decir, ¿cuál es?

—Madre dijiste que los demonios están comenzando a ser exterminados también aquí, en China. Puedo escuchar cuando todos se preguntan por qué somos tan diferentes. La gente comienza a sospechar que somos Hanyō. Mira madre, solo es cuestión de tiempo antes de que en China comiencen a perseguirnos como lo hacen en Japón.

—Pero, Dai… Lo que has hecho es muy peligroso. Y si ese hombre nos delata.

—No lo hará. Es un pirata y lo denunciaremos si lo hace.

—Por no decir que lo matarás.

—Madre dijiste que nunca mencionáramos, eso, en voz alta. Nunca sigues tus propias reglas —dijo negando con la cabeza de un lado a otro.

Kagome abrazó a su pequeño, veinte años de edad tenían y por su imagen de niños de trece, olvidaba que no eran más que adultos encerrados en un cuerpo de niños y que su madurez intelectual no había ido a la par con su edad física. Era terrible.

Ahora comprendía a Inuyasha, al menos un poco más. Una niña de catorce años enamorada de un hombre adulto. ¡Qué ilusa fue al pensar que la amaría más que a Kikyo! En ese entonces cuando lo conoció.

—¿Qué es lo que esa cabecita inteligente planea? ¿Eh?

—Mamá, ¿por qué no buscamos a papá?

—Porque eres muy importante para él y en cuanto pisemos tierra en Japón, nos perseguirán y asesinarán. Inuyasha me prometió que él nos encontraría. Así que esperaremos hasta que tu padre lo haga.

—¿Cómo sabrá donde encontrarnos? —preguntó el niño con fastidio.

—Mi guardián, mi maestro y general de tu padre se lo dirá a su tiempo. Cuando ya no haya peligro. Debemos ser pacientes, Dai.

—¿Y si nos quedamos con Ronald, mientras vas en busca de papá?

-No. Puede quedarse, pero te harás cargo de él.

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No importaba cuánto lo intentaban, ni lo que planeaban. Una y otra vez perdían. Sí tan solo tuviera en su poder, a su bestia. ¡Malditos humanos! ¡Cuánto los odiaba! Le arrebataron todo. Su especie estaba condenada. Ya no nacían demonios, razas se extinguieron cuando las hembras murieron, o cuando en batalla fueron exterminados. Solo quedaban cientos.

—Todo este tiempo hemos errado intentando acabar con ese maldito hijo de puta de frente. Si nos infiltramos entre sus tropas tal vez podríamos acabar con él —ofreció uno de los generales de Sesshōmaru.

Sesshōmaru era el único señor demonio que quedaba en pie. Todos cayeron y los que traicionaron a su especie se encargó de darles una muerte lenta y dolorosa.

—¿Cómo podríamos hacerlo? Acaso, ¿quieres que hagamos un trato con uno de esos asquerosos humanos? —Shippō despreció el plan de su general más poderoso.

Sesshōmaru que se había encontrado callado durante ese tiempo habló:

—¿La Miko Atera, ya murió?

La Miko que se había encargado de realizar el rito contra la Bestia de Sesshōmaru estaba encarcelada en las profundidades de la cueva en la que estaban ocultos, con lo que quedaba del clan de Koga. Otro traidor, del que Sesshōmaru se había hecho cargo.

-No.

—Shippō elige a tres demonios de sangre pura dispuestos a atar a su bestia. Vendrán conmigo.

—¿Qué harás?

—Convertirme en el fiel general de Nobunaga. Y matarlo, por supuesto. Mientras tanto, mantén a salvo a lo que queda de nosotros. Cuando llegue el momento, volveremos a gobernar sobre Japón.

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El zorro viajero, había encontrado a su Señor justo en el momento que mató a Nobunaga, siempre en las sombras había estado protegiéndolo. No deseaba encontrarse con él hasta estar seguro de que no lo mataría. Bueno esperaba que el tiempo hiciera lo suyo y él haya olvidado su amor loco y enfermizo por la sacerdotisa Kagome.

Sesshōmaru limpiaba su espada mientras miraba el sol nacer.

—Mi señor.

Sesshōmaru sonrió sin alegría.

—Ya te has cansado de vivir como un cobarde, escondiéndote en las sombras ¿Zorro?

—Era un mal necesario, mi Señor.

El zorro se mantenía de rodillas mirando el piso. Demonios se acercaron a su señor al sentir la extraña y fuerte energía demoniaca. ¡Un zorro de nueve colas! Al llegar rodearon al demonio y Shippō que conocía esa energía demoniaca cruzó de inmediato el castillo invadido para llegar hasta su padre.

—Kara, ¿dónde está Kagome?

Shippō, dio la orden de que todos se alejaran para dar privacidad a su maestro.

—Durante todos estos años me he preguntado por qué mi maestro mataría a su hermano, me he preguntado si la mujer humana valía el deshonor que eso conllevaba. No estaba seguro de volver hasta obtener la respuesta, pero… Nunca la conseguí. ¿Por qué lo hizo, mi señor?

De todas las cosas que Sesshōmaru esperaba escuchar del zorro nunca se imaginó esa.

—¿Cuestionas mis acciones?

-No. Cuestiono su cordura.

—Mi padre no tiene que responder a un traidor —Shippō respondió con desprecio.

—¿Traidor? Los únicos traidores que conozco están muertos y uno de ellos era su madre.

—¿De qué hablas?

—Mi señora, quería evitar que mataras a Inuyasha, quería proteger a la Miko y creyó que llevándola lejos evitaría la desgracia y la deshonra que has traído a tu sangre.

—¿Dónde está ella?

—Mató a Inuyasha. ¿Por qué?

—Era su noche humana y estaba herido de gravedad. No lo lograría. Él me lo pidió.

—Lo siento mi señor. Lo siento mucho, pero le juré que no los encontrarías si tú hubieras hecho eso.

—¡No! Ella no pudo haberte pedido eso.

Sesshōmaru, sujetó al zorro del cuello, deseaba tener sus garras venenosas para enterrarlas en sus entrañas, pero…

—Lo siento… máteme si quiere, pero nunca la encontrará.

—¿Tanto lo amaba?

—No, no a él. A sus hijos. Se matarán entre sí. Señor. ¿No lo entiende?

—¿Dónde está? Dime ahora.

—¡Ellos lucharán entre sí, uno para defenderlo y otro para vengar a su padre!

—¡Él me lo pidió!

—¿Y usted entendió a su padre cuando dio su vida por Inuyasha? Siempre quiso su espada en el corazón de su hermano. Se matarán y la hará infeliz. Lo siento, pero mi lealtad siempre fue a su madre y ella quiso proteger a su heredero.

—Trae a mi heredero, Kara.

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Kenji se encontraba practicando la espada con el pirata, que resultó ser un buen espadachín. Ronald le había dicho que cuando se es marinero, debía de saberse manejar con la espada o moriría en el primer día de arribo a un barco.

Kagome había reconocido que donde ella no podía enseñar, él lo hacía. Era un buen hombre o por lo menos honorable. Cuidaba de sus hijos y les enseñaba lo que sabía del mundo.

Sesshōmaru, vio a un joven medio demonio entrenando la espada con un humano, en el jardín trasero de su casa. Su sangre demoniaca era débil y no poseía el suficiente Yōki para transformarse en Bestia. Era tan parecido a Inuyasha. Cuando el hijo de Inuyasha derrotó al humano, escuchó el sonido de un extraño instrumento musical. Al dar un paso en esa dirección, Kenji, sintió al fin que no estaban solos. Se giró para encontrar a un Samurái de cabello blanco y extrañas marcas en el rostro. Llevaba una estola como la que su madre celosamente guardaba en un cofre en su recamara y que solía usar en las noches de invierno. La había visto acariciar el pelaje con cariño muchas veces.

Kenji se acercó al extraño sin ningún temor, si él hubiera querido asesinarlos, ¿no lo hubiera hecho ya?

Cruzó la puerta que lo separaba de la música y al entrar encontró a un joven en medio de la sala tocando ese extraño instrumento. El yōki que del joven Hanyō emanaba era lo suficientemente aterrador para mantener a los demonios lejos de su pequeño territorio. No entendía cómo no habían sido perseguidos ya desde hace mucho tiempo. Ya sea por los demonios completos o por los sagrados en este país. Tal vez por Kagome. El joven paró la música y se dio la vuelta para enfrentar al invasor.

—¿Qué es lo que desea?

Kagome se encuentran en el mercado cuando un fuerte dolor en el pecho la hizo tambalearse, seguido de eso, sitió la fuerte energía demoniaca en la dirección de su casa. Muchos demonios se estaban agrupando en esa dirección. Kagome corrió como nunca antes.

—Deberías mostrar más respeto por tu Señor el Gran Lord Sesshōmaru.

Dai miró al zorro de siete colas que se posicionaba al lado del que vendría siendo su padre. La entrada de Kenji a la casa detrás de su padre le hizo temer por su seguridad.

—Kenji, ven aquí —ordenó. El joven obedeció. El humano detrás también lo hizo.

—¿Que hace un asqueroso humano extranjero aquí? —preguntó el zorro de siete colas.

Dai cuadró lo hombros y respondió al odioso zorro, pudiera ser un demonio completo y un zorro de siete colas, pero él era Inu Dai, hijo del Gran Sesshōmaru, y ese estúpido zorro podía irse al infierno.

—Esta es mi casa, osaste en entrar sin invitación. Luego te atreves a ofender a un miembro leal a mi familia ya cuestionar mis decisiones. Por eso te diré, si no te gusta lo que has encontrado, entonces… ¡Lárgate!

—¡Insolente!

—Shippō.

—Sí padre.

—Espera a fuera con Kara.

—Si señor.

El zorro, mostró un colmillo a los insolentes niños, antes de salir de la pequeña casa.

Cuando Kagome llegó a su hogar vio a Kara de pie junto a un joven zorro de siete colas. Kara le hizo la señal para que entrara a la casa. Ella miró de nuevo al joven zorro y tras ver detenidamente a los ojos verdes del demonio lo reconoció.

—¡Shippō!

El zorro, dio media vuelta alejándose de la mujer sin mirarla. Ella iba a ir detrás de él, sin embargo…

—Entra Kagome —ordenó el zorro mayor.

Al entrar se encontró con la espalda ancha y el hermoso cabello plateado y atado de Sesshōmaru.

—¡Sesshōmaru!

—Salgan —ordenó el Demonio general.

Ambos jóvenes miraron a su madre que les asintió dando su permiso. Ambos jóvenes hicieron lo propio seguidos del humano, que se había mantenido con un nudo en la garganta impresionado por aquel mítico ser. La belleza de los chicos no solo era por la madre. Podía ver.

Kagome se sintió tan avergonzada, sucia e inapropiada. En cambio, Sesshōmaru la miraba bajo una luz distinta. Tan bella como, hace cincuenta años.

—¿Qué hace ese macho humano bajo tu techo?

—Es el sirviente personal de tu hijo. Su maestro también.

Respondió ella con sumisión, preguntándose ¿qué diablos estaban haciendo? Ella levantó la mirada para encontrar los ojos dorados y fríos sobre ella. Era como cuando lo conoció, frio y callado. Lleno de pensamientos secretos. Se preguntó si todavía la amaba o estaba arrepentido por atarse a ella, una simple y sosa humana.

—Kagome —susurró él. Y el mundo desapareció, ella corrió a sus brazos y enterró su rostro en el pecho del demonio. Entonces fue cuando lo notó. Su bestia no estaba en él. El demonio que tenía en frente, era el comienzo del que será en su era moderna.

—¡Sesshōmaru! —dijo alarmada. Mas sus labios fueron sellados por los de él.

Su cálida lengua abriéndose paso en su boca la hizo gemir y temblar. ¡Cuánto lo había extrañado! ¡Cuánto lo amaba todavía! Las manos de Kagome se aferraban en sus suaves cabellos plateados para atraerlo más a ella. Lo Necesito más cerca.

Sesshōmaru, se separó de la mujer.

—¡Tu habitación! —ordenó el demonio.

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Kenji, miraba al zorro de nueve colas, con la boca abierta.

—¿Dónde está mi padre? —preguntó el joven.

—Lord Sesshōmaru lo explicará en su momento. ¿Te gusta la espada?

Kenji sonrió con entusiasmo, lucharía con un demonio. Quería probarse, quería demostrarle a su hermano que podía confiarle su vida. Que era capaz de protegerlo como su padre hacía con el suyo. Porque como hermano menor, era su deber proteger a su señor. Y Dai, había nacido para serlo.

-Sí.

—Yo le enseñé a tu madre.

Ambos sacaron las espadas y se dispusieron a luchar con ellas. El joven Kenji, era hábil. Era una verdadera lástima que su sangre demoniaca estaba más disuelta. Sus ojos buscaron a Dai. Se mantenía quieto observando su instrumento en las manos, parecía estar escuchando a sus padres y luego de la nada comenzó a tocar el violín. El zorro sabiondo, sonrió.

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Shippō, estaba furioso y oculto entre los árboles, miraba a los dos Hanyō. ¡Cómo los odiaba! Le arrebataron a Kagome. Y a ella, la odiaba por abandonarlo. ¿Por qué Sesshōmaru tardaba tanto? ¿Por qué no podía renunciar a su sed de hambre por esa mujer? Por esa humana despreciable.

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Sesshōmaru, comenzó a vestirse sin mirar a Kagome. Fue en ese momento que, ella se dio cuenta de la frialdad de su pareja, que en su necesidad y felicidad de volver a verlo no había notado.

—Sesshōmaru, ¿qué sucede? —preguntó cubriendo su desnudez con la manta revuelta en sus pies.

—Me llevaré a Dai.

La voz fría y monótona la asustó.

-¿Qué? —preguntó con un dolor en su pecho.

—Me llevaré a mi heredero, por lo tanto, podrás mantener al hijo de Inuyasha.

Kagome sujetó más fuerte la sábana en su pecho.

—¿Dónde está Inuyasha?

—Muerto.

Kagome miró su regazo, totalmente conmocionada. Afligida. Su amigo, su amante, el padre de su hijo estaba muerto. ¡Oh! ¡Kenji! Entonces recordó al Sesshōmaru del futuro, el violín, su triste música, la agonía en su alma y la locura en su mirada.

—¿Cómo sucedió?

Temía la respuesta, pero era inevitable querer saber. Tenía que hacerlo. ¿Había cambiado de una manera desastrosa el futuro ?, ¿lo cambió para bien? o ¿no lo hizo?

—Murió salvándome.

Sesshōmaru continuaba mirando a través de la ventana al hijo de su hermano. Y del otro lado a su propio hijo.

—Sesshōmaru, mírame —susurró ella.

El medio demonio, no por sangre sino por la falta de su bestia, giró su rostro y la miró; en sus ojos vio dolor.

—Lo siento —Sesshōmaru se disculpó.

Y el mundo se quebró, ella sabía lo que había pasado.

—¿Qué hiciste? —Estaba al borde de entrar en una crisis nerviosa.

—Nos tendió una trampa, Kagome.

—¿Qué hiciste?

—Enterré mi espada en su corazón para terminar con su sufrimiento.

—¡Oh por Dios! No, no, no, no. Lo prometiste, Sesshōmaru.

Los sollozos de Kagome atrajeron la curiosidad de sus hijos fuera de la casa. Quienes se detuvieron en sus acciones y escucharon la conversación.

—Sí. Lo hice. Pero él me lo suplicó. Me pidió que lo hiciera, que le arrebatará la vida y yo deseaba hacerlo, lo quería muerto más que a nada en el mundo. Lo deseaba muerto, por haberte conocido primero. Por haberte roto el corazón, por haberte tomado primero, por amarte, por llevarte hasta mí, hasta mi casa, por amarte como yo te amo a ti, por haberte llevado lejos. Por preñarte antes que yo, y por esto que nos ha hecho. Y si pudiera regresar el tiempo volvería hacerlo y volvería a disfrutar cada segundo en que mi espada lo atravesó. No, no Kagome. No me arrepiento de nada.