Kagome no podía dar crédito a las palabras de Sesshōmaru; sin embargo, no había duda. El demonio le decía la verdad. Desde que había llegado al Shiro de Sesshōmaru, quedó atrapada en un nido lleno de arañas, trampas y engaños. Cada demonio y humano actuaba bajo su propia conveniencia. Si ella alguna vez pensó que su vida en el futuro era difícil, ¡qué equivocada estaba! No era más que un juego de niños. Ella no podía confiar en nadie ni en nada. No confiaría en Sesshōmaru, porque era más que evidente, que el demonio también tenía su propia agenda oculta.
—Me dijo que te encontraría en el futuro. Me habló de tu mundo.
Kagome levantó el rostro para mirar directamente aquellos ojos dorados.
—¿Así? —preguntó con dolor. Porque sabía que lo que realmente estaba haciendo allí… era investigar el futuro y no realmente porque deseaba verla, porque la amara o porque amara a su hijo Hanyō. Y dolió.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Kagome se levantó dejando caer la sábana que mantenía cerca de su pecho para ocultar su desnudez.
—No me corresponde cambiar el destino del mundo. No debo.
—Ahora los has condenado —dice refiriéndose a los Hanyō.
Ella negó con la cabeza y dijo:
—Los he educado bien y ambos llevan mi sangre; son Hanyō y saben que lo único verdadero que tendrán en su vida, es a ellos mismos. Si un día se enfrentan, será solo culpa tuya.
Sesshōmaru asintió.
—Sangre traidora.
—No, sangre humana. Eres un demonio y nunca lo comprenderás o al menos todavía no.
—¿Hay algo que tengas que decir? —preguntó dándole una oportunidad para ser sincera con él.
Pensó que tal vez, sin Inuyasha en sus vidas ella podría por fin, ser honesta y aceptarlo a él y a los demonios; luchar por ellos.
—Cuida de Dai, porque si no lo haces: ¡Te juro que verás las cenizas de los tuyos desvanecerse con el viento! —respondió Kagome con lágrimas en los ojos. Pero ella ya tenía ese presentimiento…
En el instante en que vio a Dai con el violín en sus manos, entendió, al fin, al Sesshōmaru del futuro. Él la envió para salvar a Dai y tal vez a Kenji o al menos lo quiere creer así. Ella no estaba allí para salvar a los demonios, estaba allí para salvar a su familia. Pero no creía que Sesshōmaru lo entendiera. No este Sesshomaru.
Sesshōmaru, no miró atrás para ver a la mujer una última vez antes de abandonarla a su suerte. ¿Por qué habría de lamentarse? Ella era lo que era, una humana con un corazón traicionero, indeciso. Si ella hubiera actuado e informado todo lo que sabía del futuro… Todo sería diferente, ¿no?
.
.
.
Dai abrazó a su madre con fuerza, no quería dejarla, sin embargo, conocía su lugar y su padre era el Alpha, por lo que desobedecer sería inútil. Ella estaba desconsolada, lo único que apaciguaba un poco su corazón era que Kenji se quedaría a su lado. Su padre no había permitido que su hermano fuera con ellos.
—Lo siento, madre.
—Prométeme que te cuidarás y que no olvidarás donde verdaderamente está tu corazón. Quién eres, el por qué lo eres, conoces su futuro y si él no lo sabe, es porque así debe ser. ¿Entiendes? —Dai, asintió—. Siempre estaré esperando por ti, Dai.
—Madre… ¡Te amo!
Kagome lo vio partir entre lágrimas… Solo rezaba Por que Dai no olvidara los grandes acontecimientos de la historia y que se mantuviera a salvo.
.
.
.
Lo que un día había comenzado como la matanza de los demonios traidores a su raza, terminó con el exterminio de esos y los demonios menores; era de comprender que esos menores hubieran sido los primeros en unirse con los humanos para derrocar a los grandes demonios Daiyokai. Que eran los únicos aptos para gobernarlos. Sin embargo, los ambiciosos, no pudieron adivinar cuál sería el resultado.
La baja población femenina demoniaca de sangre pura, había sido la causante de que Hanyōs comenzaran a abundar sobre Japón, pero Shippō había decidido que al igual que los demonios menores debían morir. Las décadas de exterminio de Hanyōs, han sido las más sangrientas e infames. Niños en su mayoría, fueron sacrificados. Irónicamente ahora volvían a Japón con un Hanyō para convertirlo en emperador. ¡Qué horror! Pero lo cierto era que todo gobierno fuera cual fuera, terminaba siendo derrotado, sin importar cuan poderosos sean los reyes. Por lo que lo más sabio era aprender a predecir cuándo ocurriría la caída.
Como seres milenarios y casi inmortales tenían que aceptar que el tiempo era su verdadero enemigo, no el hombre. Porque desde el inicio de la creación, los demonios han querido exterminar a la humanidad y esta jamás desistió de la vida. Entonces ir en contra de la naturaleza nunca fue la opción más inteligente. Los humanos se reproducían como una maldita enfermedad sin control. Por lo que dejarse llevar por la corriente del tiempo —como lo hacían los humanos—, determinaría qué raza era la que siempre gobernaría al mundo.
Y la historia fue escrita antes de suceder, y los hilos del destino arrojados al fuego. Y la historia comenzó a repetirse una y otra vez, con un rostro distinto, bajo un nombre diferente. Cada Daiyokai, había dado vida a un hijo Hanyō, para iniciar una revolución, un guerrero para derrocar un gobierno y un líder para gobernarlos.
A Shippō no le importaba no ser un Daiyokai; para él, un simple consejero, ellos eran estúpidos en realidad; ni siquiera se habían dado cuenta de que eran manipulados. Los viejos creían que tenían el poder, pero en realidad lo tenía él. Nadie había tenido la sensatez de un plan tan magnífico como el suyo, ninguno había gobernado realmente el mundo como ahora él lo hacía. No se daban cuenta que ellos solo eran los ejecutores de sus planes. ¡Tontos!
Cada Daiyokai mantenía a su primogénito de su lado izquierdo, sentados en una mesa decidiendo el futuro del mundo. Pero ya era demasiada humanidad sobre la tierra, por lo que comenzó a exterminarlos de nuevo. Una primera guerra mundial no fue suficiente. Así que, en la segunda, debería ser más atroz.
No, Shippō no envidiaba a Dai. Hace mucho que el cachorro ya no le afectaba ni para bien o para mal. Pero Dai había estado hablando de Kagome con Sesshōmaru, lo que dio como resultado en que sintiera la necesidad de buscar a Kagome y protegerla del nuevo desastre que venía a caer sobre la tierra. Y Shippō todavía no la perdonaba. En la primera guerra, Dai envió a Kara para llevarla a un lugar seguro. Pero ahora Dai decía que no era suficiente.
—¿Y por qué deberíamos traerla aquí? Ella no nos amó, a ninguno. De ser así nos habría dicho la razón por la que no hay demonios en su tiempo —Shippō trataba de razonar con Sesshōmaru.
—¿Cómo sabes que no existimos? —preguntó Dai.
—Dime, hermano, ¿ella te habló del futuro? ―preguntó Shippō.
Dai mantenía la mirada fija en los ojos verdes de su hermano adoptivo, bueno para un espectador cualquiera no habría visto la mentira.
-No.
—Sabes que podemos oler tu mentira, ¿verdad?
—Shippō, silencio. Dai, ¿qué es lo que sabes de la época de tu madre?
Dai les dio una sonrisa torcida, decirles algo a ese par significaría el cambio del destino y definitivamente nada debería ser cambiado o ella nunca iría al pasado. Esa era una gran posibilidad. ¿Por qué no podían verlo? O sí lo veían, pero Sesshōmaru era demasiado testarudo y Shippō odiaba a su madre como para desearla muerta en el instante que naciera.
—¿Por qué no se lo preguntas a ella?
—¿Por qué no lo dices tú? —debatió Shippō.
Dai dio la media vuelta, no queriendo hablar del asunto. Porque presentía que el futuro al que pertenecía a su madre se acercaba y entonces quería decir que su vida terminaría pronto. Quería verla, aunque sea una vez más. Ella nunca lo dijo en voz alta. Pero cuando hablaba del Sesshōmaru del futuro dijo algo que muchas noches lo perturbó. Sesshōmaru estaba devastado y con la única compañía de un violín. Su violín.
.
.
.
Dai esperó a que Shippō fuera a Estados Unidos a encontrarse con el clan a cargo del gobierno de los humanos en América. Se decía que estaban desarrollando armamento militar muy superior al que tenían ellos en Japón. Últimamente se encontraban demasiado renuentes a continuar participando en los planes del consejo Daiyokai para gobernar el mundo. Pero Shippō era un zorro de nueve colas en ese momento y él zorro tenía un don para hallar lo que no podía ser encontrado. Solo que esta vez, el zorro embaucador fue embaucado.
-Padre.
—Si has viajado desde tan lejos para insistir, será mejor que te retires —Sesshomaru estaba sentado bajo la sombra de un cerezo.
—Nunca te he pedido nada —Dai miraba a su padre sin bajar la mirada. Cuando estaban solos Dai tenía el don de situarlos como iguales.
—Porque no es tu posición.
—No, porque conozco mi destino. Y no es este. No debo participar en esa guerra, al menos no como se supone que lo haga.
—¿Ahora hablas?
-Si.
―¿Por qué?
—Por ella. Me dijo que siguiera a mi corazón y eso hago ahora.
—Ella seguramente te mintió.
—No. Te mientes a ti mismo. Sé que no debo intervenir en tu destino, pero hago esto por el mío. Quiero verla.
Ambos se miraron a los ojos. Sesshōmaru pudo notar por primera vez en su hijo un signo de sentimiento humano en él. No, su hijo le permitirá ver y recordar que él era un Hanyō, no un Yōkai.
—Por favor, padre.
—La llevaré a ti. Ahora vuelve a Japón.
.
.
.
Sesshomaru llegó a China una tarde de verano. El aire estaba cargado de olor humano, lo que a menudo lo repugnaba. Pero no podía quitarse de la cabeza las palabras de Dai. Le había pedido que la buscara, que no importaba lo que hicieran nadie podía escapar del destino, por mucho que Shippō se esforzara. Y Sesshomaru tenía la impresión de que Dai sabía demasiado del futuro como para no escucharlo, cuando él, solo le había hecho una única petición desde que lo conoció. Lo siguió sin objetar, mató a quienes fueron sin preguntar. Entonces ¿Por qué no escucharlo cuando solo le ha pedido una cosa a cambio de todo lo que ha hecho por él? Cuando llegó a la parte más recóndita de China en busca de Kagome, se encontró que ella se había alejado de la civilización. Dai no tenía de qué preocuparse.
Kagome estaba detrás de Kenji que le gruñía a Sesshōmaru.
—Kenji, hijo. Por favor.
—¿Qué demonios haces aquí? No tienes derecho de venir a menos que sea para decirle que Dai está muerto y será mejor que no sea esa la razón o ¿sí?
—No perderé mi tiempo contigo, mestizo.
—Ja ¡Eres un maldito!
—¡Kenji, ya basta! Déjanos solos.
—Cuando quieras que lo eche de aquí, solo tienes que…
—¡Kenji!
Kenji se dio media vuelta alejándose de la casa. Sabía lo que ocurriría a continuación. Ellos estaban unidos… lamentablemente.
—¿Por qué te has recluido en este lugar?
—¿A ti que te puede importar lo que una humana despreciable haga con su miserable vida? ¡Tú que ocupas tu tiempo en gobernar el mundo! O mejor dicho en destruirlo.
—Dai, desea verte.
—¿Por qué no ha venido él?
—No puede dejar Japón
—¿Japón? ¿Qué día es hoy? ¿Cómo te ha ido con eso de gobernar el mundo? Dime, ¿todavía matas a humanos con poderes espirituales? ¿Todavía quieres exterminar a todos los humanos?...
—¡Basta! ¿La soledad está comenzando a enloquecerte, Miko?
—La inmortalidad Sesshōmaru. Comienzo a sentirme cansada.
—Si los demonios no existimos en el futuro significa que Dai tampoco lo hará, ¿verdad?
—Por lo que sé… —Kagome sollozó—. Creo que no.
—¿Y te quedarás de pie mirando como los que una vez juraste proteger mueren? ¿Sabes que Shippō te odia porque cree que lo abandonaste? ¿Abandonarás a Dai?
—Cada vez que intenté cambiar el futuro, porque creía saberlo me acerqué cada vez más a él, de alguna manera siento que es imposible escapar de lo que nos depara. Solo puedo decirte que, si hubieras querido que yo cambiara el futuro, me lo habrías dicho; sin embargo, solo me empujaste a él.
—¿Lo hice? —le preguntó el demonio mirándola a los ojos. Kagome sonrió con tristeza, levantó su mano hacia la mejilla del demonio y la acarició con ternura.
―Sí, Sesshomaru. Solo que eras más viejo.
Sesshōmaru, acaricio la mejilla de Kagome, seguía siendo suave tal como lo recordaba. Ella dio un paso más cerca hacia él, y luego ya no pudo detenerse. La deseaba sin importar el daño, sin importar nada salvo ella. estaba cansado de luchar en contra de ella, de la fuerza que lo llamaba a encontrarla.
Sus besos fueron apasionados, sinceros y sin barreras. No había una Miko o un ser que no era humano, pero tampoco un demonio. Uno frente al otro, solo dos seres que al parecer estaban destinados a la añoranza. Kagome no estaba segura si ella moriría. Pero si lo hacía, quería demostrarle a ese ser mítico que todavía lo amaba y que desde que se había entregado a él en un beso apasionado, su primer beso, ella le perteneció.
Nunca creyó que amarla dolería tanto. ¿Por qué los humanos se aferraban a la búsqueda incansable del amor? ¿Ella seria su destrucción?
—Háblame del futuro —le suplicó.
-No puedo.
Sesshōmaru la mantenía cerca, abrazándola, sintiendo su calor, saboreando el aroma de su cuello.
—¡Ven conmigo! —pidió.
—¿Dai te ha mostrado como tocar el violín? —preguntó a cambio.
El demonio suspiró cansado de su reticencia, pero también sabía que había algo en ellas.
-No.
—Tal vez, deberías. Ya sabes, pasar tiempo con él.
Sesshōmaru suspiró de nuevo.
—Él te espera en Japón.
—No quiero saber nada en lo que tú y los tuyos están metidos.
—Kagome.
—Este no es mi tiempo, ahora lo sé. Por favor, solo déjame robarle al tiempo un poco de tiempo contigo.
.
.
.
Era extraño su poder para predecir el futuro sin realmente no tener un poder adivinatorio. Pero tal y como sospechaba, uno de los clanes se muestra. La ambición era la ambición. A veces debían recordarles la razón por la que estaban unidos, porque hacían lo que hacían y nada era mejor que un recordatorio cruel.
Cuando Shippō llegó a Japón, maldijo en silencio cuando se enteró de que Sesshōmaru se había ido a China a ver a Kagome. Ikar el demonio que vivía en Norteamérica se había negado de nuevo a participar en la guerra, solo porque se había enamorado de una humana y ahora decía que no exterminaría a su clase. Por lo que apenas Shippo se enteró de donde estaba Sesshōmaru este enloqueció.
Ordenó una junta extraordinaria con el consejo. Y habló del clan americano que había visitado y les habló sobre su armamento y un arma secreta. El clan de Ikar no quería participar en la guerra en contra de los humanos, pero sí tenía un armamento superior a ellos. Era inaceptable, pues había convenido que todos avanzarían tecnológicamente a la par. Eran ellos en contra de los humanos, como hermanos Yōkai, como los últimos de su clase. Y por eso…
Shippō ordenó el ataque a Pearl Harbor.
