—¿Sabes que fue lo primero que pensé el día que te conocí? —Le preguntó.

Estaban acostados lado a lado en la cama de ella. Black Hayate se había instalado entre ambos, como un muro peludo, y estaba roncando. Después de que ella le pidiera que se quedara ambos se fueron a botar a la cama en silencio; tratando un poco de ordenar cada quien sus ideas y planes.

—¿Qué era increíble lo mal que cocino? —le respondió ella en un susurro.

La cabeza de Hayate estaba recargada en su pecho, y ella lo acariciaba deslizando su dedo índice por el puente de la nariz de su fiel compañero.

—Eso fue después —Mustang estaba viendo al techo. Solo se había descalzado las botas. —Pensé: "Ella es mi futura esposa"

—Y luego probaste mi comida…

—Hiciste sopa de huevo…

—Salada.

—Y guisado de pollo…

—Que estaba crudo.

—Y de postre, galletas duras.

—Sabes, en realidad eran brownies.

—Y pensé, "necesito hacer que se enamore de mi antes de que se enamore de alguien más".

—¿Estás tratando de seducirme?

—Eso depende… ¿Está funcionando?

—En absoluto.

—Entonces no.

Riza sonrió. Recordaba con exactitud ese día. Ambos eran muy, muy jóvenes. Ella tenía unos ocho años y él recién había cumplido los 12. A sus infantiles ojos él era todo un hombre. Había llegado a la hora de la cena, aunque lo habían estado esperando desde el desayuno. Su padre había estado muy molesto por su retraso, y por un momento se había planteado el no dejarlo estudiar con él. Ella, tan deseosa de convivir con el muchacho de la gran ciudad que en vez de temerle al alquimista loco, lo admiraba, convenció a su padre de aceptarlo.

Dudaba mucho que él realmente hubiera pensado en ella como su futura esposa en ese entonces. Sin embargo él se lo había propuesto unos años más tarde, justo después de que ella le revelara los secretos de la alquimia de fuego…

—¿Por qué me propusiste matrimonio después de la muerte de mi padre? —lo cuestionó ella, curiosa.

Él se giró a verla, con una expresión de sorpresa en su rostro. Black Hayate se movió, y ahora acomodó su pesado cuerpo sobre Mustang, que trató inútilmente de bajarlo.

—Si te soy totalmente honesto… estaba preocupado por ti… No tenías dinero, estabas sola… mi maestro me pidió que te cuidara. Y yo creía que podía cuidar de ti. —Suspiró. —Hiciste bien en no aceptar. No pude ni cuidar de mi mismo y del poder que me diste.

Riza se giró a verlo ahora. El movimiento irritó a Hayate, quien molesto por tanto movimiento, se bajó de la cama y salió, rumbo al cuarto vacío del bebé, probablemente.

—No me quise casar contigo porque había un joven del que estaba absurdamente enamorada. —Le confesó, y vió como en el rostro de él se hacía una mueca. —Pero él no estaba interesado en mi. Además, tenía la impresión de que tú te habías propuesto por compromiso. Porque mi padre te pido que me cuidaras y porque yo te había entregado su única herencia.

—Yo no quería casarme contigo por compromiso…

—Ya, pero tampoco porque me amaras.

Él se quedó callado, sopesando sus palabras. Era cierto. En ese entonces Riza se le hacía una muchacha bonita y agradable. Una mujer a quien madame Chris iba a recibir en su casa como nuera, y una buena compañía para él en las noches, para cuándo regresara del cuartel. Pero no porque la amara. No como la amaba en ese instante, al menos. Ahora lo entendía. Lo que había entre ellos era amor, pero no siempre fue romántico. Trató de analizar el momento exacto en el que se enamoró de ella. Probablemente fue el día que se reencontraron en Ishval… ella le dijo que se había unido al ejército a buscarlo, y aunque era en parte cierto, sabía también que el conocer a Grumman ayudó a que la idea que Riza tenía sobre la milicia cambiara. El verla en Ishval, tan temible, tan hermosa, despertó en él ese anhelo por cuidarla, protegerla y amarla. La había decepcionado, y aún así ella permaneció a su lado, protegiéndolo.

—No creo que hubiéramos sido felices si nos hubiéramos casado en ese entonces —Le dijo Riza con una sonrisa.

—No, puede que no. Al menos no al principio. Yo me iba a enamorar de ti, tarde o temprano. Es mi destino. Tu eres mi destino.

—No. Sin mi a tu lado todos estos años… ya estarías muerto.

Roy rió. En eso le tenía que dar la razón. Puede que su amor haya nacido en medio de la guerra, pero en definitiva la amaba. Ella era la mujer de su vida. Con quién siempre quería estar. Y todos los acontecimientos que habían ocurrido en su vida después de Ishval solo se lo habían confirmado. No sabía si había sido igual para Riza. Sabía que ella siempre lo había admirado, y recordaba tres o cuatro ocasiones antes del día prometido en las que, él podría jurar, ella le había demostrado que lo amaba. Y aún así se casó con otro.

—Ya que estamos siendo honestos… ¿Porqué te casaste con Bendersky?

Riza dejó de sonreír y por un momento deseó que Black Hayate siguiera entre ellos.

—Bueno, él me caía bien.

—¿Te casaste con él porque te caía bien? —Mustang bufó con ironía. —¡Que bueno que Havoc o Breda no te caen bien, entonces!

—No estoy diciendo que esa fuera la única razón. —Le contestó ella, molesta. —En ese momento me pareció la persona adecuada. Un buen hombre, agradable, atractivo. Tenía un buen trabajo y una buena posición socioeconómica. A su manera me quería… y no es militar. Sabía lo de la alquimia de fuego, lo que podía y no podía contarle, y lo respetó.

—Pero no lo amabas.

—No. Ni él a mí, estoy segura. —Le dijo ella con una sonrisa triste. —Creo que ambos creímos que éramos la persona correcta el uno para el otro, pero al final… él quería una mujer de casa, de su casa. Nunca voy a serlo. Al momento solo existe un hombre que me ha hecho plantearme la idea del retiro, y una vida tranquila.

—¿Yo?

—Berthy. —Le dijo ella. —Pero regresando al tema. Cuando conocimos a Antony, estaban pasando muchas cosas entre tú y yo. Lo que nos ocurrió en el día prometido… movió sentimientos. Es extraño. No me sentía particularmente enamorada de ti antes. Es decir. Se que si te amaba, pero no sé si porque eras lo único a lo que me podía aferrar como familia, o sí era algo romántico.

—Es algo romántico. —Aseguró él.

—Lo es. Y lo era entonces. Aún si no lo veía. —Le confirmo ella. —Después del día prometido, era como si me hubieran quitado una venda de los ojos. Y lo que sentía por ti se multiplicó y obtuvo sentido. Siempre te he amado. Solo que después de ese día, fue un poco más.

—¿Entonces…? ¿Porqué?

—Tuve miedo. Me di cuenta de que lo que sentía era recíproco. Alguien me dijo una noche, antes de que recuperaras la vista, que todo el país sabía que Roy Mustang tenía una debilidad. Y que era yo. —Riza acarició su rebelde pelo, y él se erizó a su tacto. —Temí por tu vida. Por lo que me pudieran hacer para dañarte. Y por lo que tú pudieras hacer en respuesta. Así que cuando apareció Antony, y pareció ser el prospecto perfecto, no pensé mucho..

—No sabes cuánto me dolió…

—¿Si? No creo que más de lo que me dolía a mi verte con cientos de mujeres durante todos estos años.

—Tú me invitaste a tu boda —le reclamó él —Te burlabas de mi.

—Fueron diez veces en las que te encontré en la cama con una mujer. Estamos a mano.

—¡Diez! Hubiera jurado que fueron más.

Riza golpeó su cabeza, y el rió.

—Y de nada sirvió ¿No, Rizz? Aquí estamos. Tantos años después. Un hijo en común.

—De nada sirvió. —Concordó ella. —Aun así me no arrepiento de haberte dicho que no cuando tenía 19. Hoy sería la mujer más engañada de todo el país.

—Y yo un hombre muerto.

—Una mujer muy infeliz.

—Berthy sería mayor, y en definitiva algo feo.

—¿Porqué? —Preguntó ella riendo.

—Bueno, tengo una teoría. —Empezó él, acercándola en un abrazo, y besando su mejilla. —La noche en la que Berthy fue concebido, fue como un punto en nuestra historia donde nuestros sentimientos y deseos llegaron a su límite. Después de años de conocernos por fin dejamos que nuestro corazón se expresara.

—Que poético…

—Entonces, un cumulo de emociones, deseos y sentimientos reprimidos por años, dan como resultado un bebé perfecto. —Dijo él con una sonrisa —¿No cree que nuestro hijo es el bebé más perfecto del mundo, Coronel?

—Estoy completamente segura de que nuestro hijo es el bebé más perfecto del mundo, excelencia. —Respondió ella con gesto solemne. —Ha dejado la vara muy alta para el resto de niños del mundo

—Para todos los niños del universo.

—¿Te das cuenta que según la lógica de tu teoría, si alguna vez planeamos tener otro hijo tendremos que reprimirnos por otros 20 años, solo para que sea igual de perfecto que Berthy?

—¿Estás diciendo que sí a casarte conmigo?

—No, estoy diciendo que puede que en 20 años, si me place tener un hijo, te buscaré. —Le dijo ella entre risas.

Roy la acercó más a él. Hundió su rostro en el hueco de su cuello, y reprimió las ganas de morderla. No sabía que iba a hacer si ella le decía que no. Tampoco se lo iba a poner muy fácil. Viviría con ella y Berthy quisiera o no. Ella lo abrazó, y acomodó una de sus largas piernas en la curva de su cadera. Estando así todo era perfecto. Los problemas se quedaron afuera y solo existían ellos dos. Lo que nunca habían podido ser hasta ese momento.

Riza se separó de él y lo besó, haciendo del beso un gesto mundano, como si fuera algo que hicieran todos los días. Un beso simple, pero a la vez significativo.

—¿Dónde viviríamos? —Lo cuestionó.

—Donde tu quieras. Me gustaría vivir con Grumman. Pero tampoco puedo dejar sola a Madame. Tal vez viviríamos viajando todos los meses. —Le respondió con una sonrisa —Podemos instalarnos aquí. Aunque prefiero mi casa. Tú la escogiste y a Berthy le va a encantar la vista y las fuentes.

—¿A qué nos dedicaríamos? —Le preguntó preocupada.

—Ambos cumplimos los requisitos para la jubilación. Si nos apetece a futuro, podremos abrir un negocio de lo que sea en el pueblo. Además, Olivier nos seguirá empleando. Es parte del trato. Y dicen que la pensión de Führer es bastante buena.

—¿Qué va a pasar con Ishval?

—No lo sé. No lo sé y no me importa. Tú y bebé son más importantes para mí que Ishval. Y se que hago mal. Pero hemos renunciado a todo durante años para tratar de remediar el daño que hicimos y eso no nos ha traído paz, Riza. Tendremos que aprender a vivir con la culpa y remordimiento.

—Tengo miedo...

—Yo también. Pero aún así quiero hacerlo. Quiero estar contigo. ¿Quieres tú?

Riza se separó de él. Su rostro estaba blanco, y sus manos temblaban. Toda su vida había estado caminando hacia una dirección, y ahora tenía que hacerlo a la contraria. No sabía que hacer, una parte de si le gritaba que confiara en él, que se casaran e hicieran una vida juntos. Pero la otra parte se sentía atada; amaba su libertad, y la tranquilidad de la soledad. Además de que pronto todos sabrían lo de Berthy y estar bajo el escrutinio público la aterraba.

Por un breve momento recordó a Antony. En como cuando él le propuso matrimonio no dudó ni un segundo en aceptar su propuesta, era algo que le convenía después de todo. Se giró a ver a Mustang a la cara. Lo amaba, tenían una larga historia juntos y un perfecto bebé también. ¿A qué le tenía miedo? ¿Qué era lo que le preocupaba?

—Y… si digo que si… ¿Qué pasaría?

El se tomó un momento antes de contestar. Cómo si estuviera formulando un plan en su cabeza.

—Nos sentaríamos a planear con calma nuestras decisiones. Dónde vivir, si alguno se queda en la milicia, si vivimos con Madame o con Grumman… —Le dijo él —Pero antes de todo eso te propondría matrimonio.

—¿Por qué no lo haces ahora?

—Tengo que estar seguro de que aceptarás. Mi límite de propuesta de matrimonio en toda la vida es de tres y tú ya me haz rechazado dos veces. No puedo arriesgarme a una tercera y desaprovechar mi última propuesta.

Riza rodó lo ojos y controló el deseo de darle un pellizco. Probablemente sobrepensaba las cosas. Probablemente sus traumas eran lo que le impedían ser feliz. Pero Berthy merecía vivir en un hogar, con una madre y un padre. Y carajo, ellos mismos merecían intentar ser felices lejos de todo el mundo de destrucción que había tras ellos.

Si lo aceptaba, iba a pasar toda su vida soñando con Ishval. Teniendo ataques de pánico y soñando con personas que pudieran lastimarlos. Pero después se dio cuenta de que aún si le decía que no, las pesadillas iban a seguir ahí. La única diferencia era que él iba a estar a su lado… y eso hacia que todo fuera un millón de veces mejor.

—Esta bien. —dijo ella en un susurro que él apenas escuchó.

—¿Cómo dices?

—Hagamoslo. —Dijo ella, esta vez con la voz más alta. —Pero nos iremos al pueblo. No quiero vivir en Central. Nos llevaremos a Madame con nosotros e incluso puede que hablemos con Gracia de mudarse más cerca de nosotros. Para seguir cuidando de ella y de Elicia.

—Si…

—Además, ninguno de nosotros trabajará en el ejército directamente. Podemos hacer algunas contribuciones pero no quiero volver a usar uniforme jamás.

—De acuerdo…

—Y daremos el dinero de la venta de este departamento y tu casa a Ishval…

—No esperaba menos.

—Berthy y yo conservaremos el apellido Hawkeye…

—Querida, si quieres yo mismo puedo cambiar mi nombre legal a Roy Hawkeye, si eso te hace feliz.

Ella le sonrió, y el nudo que tenía en el estómago se aflojó considerablemente. No sabía si estaba haciendo lo correcto, pero sabía que él era la persona correcta.

—Tentador… pero me gusta como suena el Mustang en ti.

—¿Entonces…?

—Entonces…

—Riza Hawkeye… en vista de que nos gusta el drama y hacer las cosas al revés… —Dijo él, acomodándose de rodillas al pie de la cama, y sacando del bolsillo de su pantalón una cajita azul aterciopelada. —¿Me harías el honor de casarte conmigo y de llamarme por mi nombre de pila?

Riza rodó los ojos en broma y le tendió su mano. El se apresuró a colocar el anillo en su dedo. Un anillo sencillo y con una pequeño diamante en su centro. Era precioso.

—Es el anillo de tu madre —dijo ella cuando se percató de la joya. La había visto cientos de veces en las fotos de la boda de sus padres, que Mustang, (corrección, Roy) tenía exhibidas en la sala de su casa, y también en la sala de Madame Chris.

—Es tuyo. —La corrigió.

Y lo era. El día después de la fiesta de Breda, él despertó solo en su habitación. Riza se había marchado quien sabe a qué hora. Y él se había despertado con la idea de pedirle a su querida tía el anillo de su madre, y modificarlo a la talla de Riza. Pero cuando lo tuvo en sus manos se dio cuenta que no era necesario, era del tamaño exacto. Y aunque no era un hombre supersticioso, no pudo evitar sentir que sus padres, dónde sea que estuvieran, aprobaban a Riza.

Un año y un hijo después, por fin podía dárselo.


Por fin ha acabado.
Gracias a los que se han mantenido fieles a la historia. Se que he tenido errores y me apena que no sea una escritura perfecta.
No se vayan todavía: subiré un epílogo en próximos días, pero mientras voy a marcar la historia como completa.
Agradecimientos personales en el epílogo!
Gracias por leer.