Obito está de pie en el portón del instituto, incluso cuando las clases, ese día, no comenzaban sino hasta dentro de dos horas más. El sol apenas estaba saliendo y el menor tenía su uniforme en un estado deplorable, lleno de tierra, desarreglado y, su cabello, estaba desordenado, también.

Minato se apresura, observando a su alrededor mientras se cerciora que no haya nadie que pudiese verlos y, con preocupación, toma al menor de las mejillas para verlo a los ojos cuando este voltea a mirarlo al notar su presencia.

—¿Qué te sucedió? —el rostro del Uchiha estaba apaleado. Su pómulo y párpado estaban hinchados y mostraban indicios de que obtendría un moretón que duraría bastante; su ojo tenía una leve hemorragia, tenía sangre seca que había salido de su nariz y se deslizó hasta sus labios y, estos, tenían varias lesiones también.

—Me caí —la frustración de Minato es indescriptible ante la excusa tan patética que este le había dado. Ni siquiera se había esforzado en pensar en algo mucho más creíble.

Lo observa de arriba abajo, sin poder creerse lo que había oído.

—No esperes que me trague eso —el menor se alza de hombros. El rubio había comenzado a molestarse por esa acción que su estudiante siempre hacía para todo. No le agradaba en lo más mínimo el cómo ni siquiera su propia integridad física le llegaba a importar.

Como si, en serio, nada valiera la pena o no hubiese algo que pudiera herirlo realmente.

Sabía que, quizás, ese podía ser su mecanismo de defensa, pero no le agradaba pensar por qué lo había desarrollado.

—No espero que lo hagas —responde el menor, alejándose un poco de él y de su tacto. Evitó sus ojos de forma notoria, posándolos en diferentes lugares—. Sólo venía a avisar que no estaré hoy en clases.

Minato da dos pasos al frente, dispuesto a acercarse, pero el menor da tres pasos hacia atrás. Asombrado por la acción repentina de evasión, el rubio también da otro paso hacia atrás y se queda en silencio analizando la situación.

Sus manos tiemblan y siente, casi como si pudiera verlo claramente, que se avecinaban tiempos turbios. Era una sensación indescriptible de miedo que lo perturbaba de formas que no entendía, pero que le daba a entender que su corazón estaría llegando a pasar por algo en el futuro cercano.

Como si una mala noticia fuera a caerle encima de repente.

Su mente comienza a generar pensamientos incongruentes sobre su relación con Obito y, antes de que llegara a imaginarse lo peor, decide preguntar.

—¿Estás bien? —podía lucir como una pregunta sencilla, pero en realidad era compleja, y él lo sabía. Especialmente para el Uchiha.

Su estudiante se queda en silencio, posando sus ojos en diferentes lugares lejos del cuerpo del mayor, pero no responde ni dice nada por largos segundos. Minato se alarma un poco cuando lo escucha sorberse la nariz y suspirar con cansancio, con resignación, y lo ve asintiendo forzadamente.

—Sí, ¿cómo no estarlo? —le dedica una sonrisa que no lucía para nada natural y, por fin, lo ve a los ojos. Minato sabe instantáneamente que le está mintiendo—. Estoy contigo viendo el amanecer —señala el cielo que había comenzado a tornarse de colores claros—. Estoy bien.

Minato iba a decir algo, casi proponerle que ambos se saltaran la escuela ese día (incluso si él era el profesor) y fueran a algún lugar a hablar. Iba a hacerlo, en serio. Sin embargo, vio de reojo como un grupo de estudiantes se acercaban a la entrada y, cuando le saludaron y le preguntaron cómo estaba, perdió la oportunidad.

La pequeña charla terminó dos minutos después y alzó su vista, queriendo concentrase de nuevo en Obito; desgraciadamente, cuando sus ojos le buscaron, este ya no estaba.

Minato aprieta los puños, intentando de alguna forma soltar el estrés que había acumulado en esos pocos segundos y decide entrar al instituto.

Obito no estaba bien, pero él no podía obligarlo a hablar.

Respetaría su silencio por ahora y sólo se concentraría en dar sus clases sin pensar mucho en él.

Ja, como si eso fuera posible. Ríe amargamente.