DECLARACION:

Los personajes de Naruto no pertenecen son pertenecientes a Masashi Kishimoto

CAPÍTULO 19

—Supongo que no es tan antipático —dice Kiba cuando la puerta se cierra. Me entra la risa nerviosa.

-¿What? Al ver que me mira con una ceja enarcada, continua:

—No pasa nada, es que me sorprende que digas eso —miento pegada a su pecho. La tensión que inundó el ambiente hace unos instantes ha desaparecido.

—No estoy diciendo que me gustaría ser un amigo suyo, pero es bastante agradable.

—Naruto no sabe lo que es ser agradable —digo, y Kiba se ríe y me rodea con los brazos. Si supiera las cosas que han pasado entre nosotros, que nos hemos besado, cómo gemí su nombre cuando él...

«Joder, Hinata, está bien».

Levanto la cabeza y beso a Kiba en la mandíbula. Él sonríe. Quiero que me haga sentir como me hace sentir Naruto. Me incorporo y me vuelvo para mirarlo. Le agarro el rostro entre las manos y pego los labios a los suyos. Su boca se abre y me devuelve el beso. Sus labios son suaves..., como su beso. No es suficiente. Necesito el fuego, necesito la pasión. Coloco las manos en su cuello y me monto sobre su regazo.

—Espera, Hinata, ¿qué estás haciendo? —pregunta, e intenta apartarme suavemente.

-¿What? Nada, sólo... quiero que nos enrollemos, supongo —digo, y bajo la mirada.

No suelo mostrarme cohibida delante de Kiba, pero éste es un tema del que no solemos hablar.

—Ok —dice, y lo beso otra vez. Siento su calidez, pero no las llamas. Empiezo a menear las caderas con la esperanza de avivarlas de alguna manera. Sus manos descienden hasta mi cintura, pero me la agarra para detener mis movimientos. Sé que habíamos decidido esperar hasta el matrimonio, pero sólo nos estamos besando. Le agarro las manos, se las aparte y continúo meciéndome contra él. Por más que intento besarlo con más intensidad, su boca permanece blanda y tímida. Noto que se excita, pero no hace nada al respecto. Sé que estoy haciendo esto por las razones equivocadas, pero en estos momentos me da igual, sólo necesito saber que Kiba puede hacerme lo mismo que Naruto. «En realidad no es a Naruto a quien deseo, sino la sensación..., ¿verdad?» Dejo de besarlo y me aparto de su regazo.

—Eso ha estado bien, Hinata. —Sonríe y yo le devuelvo el gesto. «Ha estado bien.» Es tan prudente, demasiado... Pero lo quiero. Pulso la tecla «Play» para seguir viendo la película y, al cabo de unos minutos, empiezo a quedarme dormida.

Tengo que irme —dice Naruto mirándome con sus ojos azules.

¿Adónde? —No quiero que se vaya.

Me alojaré en un hotel cercano; volveré por la mañana —explica, y después de mirarlo durante un momento, su rostro se transforma en el de Kiba.

Doy un brinco y me froto los ojos. kiba Es Kiba. En ningún momento ha sido Naruto.

—Te estás durmiendo, y no puedo quedarme a pasar la noche aquí —dice Kiba con ternura, y me acaricia la mejilla. Quiero que se quede, pero ahora temo lo que pueda ver o decir en sueños. De todos modos, es evidente que Kiba considera que no es de personas decentes quedarse en mi habitación. Naruto y Kira son polos opuestos. En todos los sentidos.

—Vale, gracias otra vez por venir —farfullo, y él me besa suavemente en la mejilla antes de deslizarse por debajo de mí.

—Te quiero —dice.

Asiento, entierro la cabeza bajo la almohada y me pierdo en unos sueños que no recuerdo. A la mañana siguiente, me despierto cuando Kiba me llama por teléfono. Me dice que viene de camino, de modo que salto de la cama, corro a las duchas y pienso en algo que hacer hoy. No hay mucho que hacer por aquí, a menos que vayamos al centro; quizás debería mandarle un mensaje a Shikamaru para preguntarle qué se puede hacer aquí aparte de ir a fiestas de fraternidades. Es el único amigo que tengo en el campus que podría saberlo. Tras decidir ponerme mi falda gris plisada y una blusa azul sencilla, hago caso omiso de la vocecita de Naruto que me dice que es horrible y me visto. Kiba me espera en el pasillo junto a mi puerta cuando vuelvo con la toalla todavía enrollada en el pelo.

—Estás preciosa —afirma con una sonrisa en la cara, y me pasa el brazo por encima del hombro mientras abro la puerta.

—Sólo tengo que peinarme y maquillarme un poco —le digo, y agarro el estuche de maquillaje de Karin, contenta de que no se lo llevara. Voy a tener que comprarme uno propio ahora que sé que me gusta cómo me queda. Kiba espera pacientemente sentado en mi cama mientras me seco el pelo y me rizo las puntas. Me vuelvo para darle un beso en la mejilla antes de aplicarme el maquillaje.

—¿Qué te apetece hacer hoy? Termino de ponerme el rímel y me atuso el pelo.

—La facultad te sienta muy bien, Hinata. Estás más guapa que nunca —dice Kiba

—. No lo sé, podemos ir a un parque o algo, y después a cenar. Miró el reloj. ¿Ya es la una de la tarde? Le mando un mensaje a Karin y le digo que estaré fuera casi todo el día. Ella contesta y me dice que no volverá hasta mañana. básicamente vive en la casa de la fraternidad de Naruto los fines de semana. Kiba abre la puerta del acompañante de su Toyota. Sus padres se aseguraron de que tuvieran el coche más seguro, de último modelo. El interior está impecable, sin pilas de libros ni ropa sucia. Damos una vuelta buscando un parque, y no tardamos en hallarlo. Es pequeño, un espacio tranquilo con césped verde y amarillo y unos pocos árboles. Cuando nos detenemos en un aparcamiento, Kiba pregunta:

—Oye, ¿cuándo vas a empezar a mirar un coche?

—Pues creo que esta semana. Y también voy a empezar a buscar trabajo.

No menciono lo de las prácticas en la editorial Vance que me comentó Naruto. Ni siquiera sé si todavía puedo contar con esa opción, ni cómo se lo explicaría a Kiba si así fuera.

—Eso es estupendo. Si necesitas ayuda con lo que sea, dímelo —dice. Damos una vuelta por el parque y nos sentamos a una mesa de picnic. Kiba habla la mayor parte del tiempo y yo me limito a asentir. Me sorprendo a mí mismo conectando y desconectando de la conversación sin parar, pero él no parece percatarse. Acabamos paseando un poco más y llegamos a un pequeño arroyo. Suelto una carcajada ante la ironía de la situación, y Kiba me mira sin entender nada.

—¿Te apetece nadar? —le pregunto sin saber muy bien por qué fuerzo aún más la situación.

—¿Aquí? Ni hablar —dice riéndose, y yo me desinflo un poco. Me abofeteo mentalmente. Tengo que dejar de comparar a Kiba con Naruto.

—Sólo era una broma —miento, y tiro de él por el sendero. Son casi las siete cuando nos marchamos del parque, de modo que compraron pedir una pizza al volver a mi cuarto y ver un clásico: Meg Ryan enamorándose de Tom Hanks a través de un programa de radio. Me muero de hambre para cuando llega la pizza, y me como casi la mitad yo sola. En mi defensa, he de decir que no he comido nada en todo el día. A mitad de la película suena mi teléfono y Kiba alarga el brazo para acercármelo.

—¿Quién es Shikamaru? —pregunta. No hay recelo en su tono, sólo curiosidad. Nunca ha sido celoso; nunca ha tenido motivos. «Hasta ahora», me recuerda mi subconsciente.

—Es un amigo de la facultad —digo.

¿Por qué me llamarás a Shikamaru tan tarde? Nunca me ha llamado para nada que no sea para comparar apuntes.

—¡¿Hinata?! —grita por el auricular.

—Sí, ¿está todo bien?

—Pues... No, la verdad es que no. Sé que Kiba está ahí, pero... —vacila.

—¿Qué pasa, Shikamaru? —Se me empieza a acelerar el corazón—. ¿Estás bien?

—Sí, no es por mí. Es Naruto.

El pánico se apodera de mí.

—¿Nar... Naruto? —tartamudeo.

—Sí, si te doy una dirección, ¿puedes venir, por favor? —Oigo el ruido de algo rompiéndose de fondo. Salto de la cama y me pongo los zapatos sin apenas darme cuenta. Kiba también se levanta, casi por solidaridad.

—Shikamaru, ¿estás intentando hacerte daño? —Mi mente es incapaz de pensar qué otra cosa puede estar pasando.

—No, no —responde.

—Mándame un mensaje con la dirección —le digo, y entonces oigo otro estrépito. Me volví hacia Kiba.

—Kiba, necesito tu coche. Él ladea la cabeza.

—¿Qué pasa?

—No lo sé... Es Naruto. Dame tus llaves —le exijo. (Que pasa con Hinata se ha vuelto loca)

Se lleva la mano al bolsillo y las saca.

—Voy contigo —afirma rotundamente. Pero yo le quito las llaves de la mano y niego con la cabeza.

—No, tú... Tengo que ir sola. Mis palabras le duelen. Parece herido. Y sé que no está bien dejarlo aquí, pero ahora mismo en lo único en lo que puedo pensar es en llegar hasta Naruto. Shikamaru me envía un mensaje con la dirección: «2875 Cornell Road». La copia y la pega en el programa de navegación de mi móvil, que dice que está a quince minutos en coche. ¿Qué puede estar pasando ahí para que Shikamaru me necesite? Cuando llego al lugar de destino, estoy tan confundida como al salir de mi habitación. Kiba me ha llamado dos veces, pero no lo escogió ninguna de ellas. Necesitaba que el GPS siguiera en la pantalla y, sinceramente, la expresión de desconcierto de su rostro me atormenta. Todas las casas de la calle son enormes y parecen mansiones. Éstas, en particular, es al menos tres veces más grande que la de mi madre. Es una vivienda de ladrillo antigua, con un jardín en pendiente que hace que parece que está asentada sobre una colina. Es preciosa incluso bajo la luz de las farolas. Supongo que debe de ser la casa del padre de Naruto, ya que no puede pertenecer a un estudiante universitario, y es la única razón por la que se me ocurre para que Shikamaru pudiera estar aquí. Inspiro hondo, espiro y subo los escalones. Golpeo con fuerza la puerta de caoba oscura y ésta se abre al cabo de unos segundos.

—Hinata, gracias por venir. Lo siento, sé que tienes compañía. ¿Ha venido Kiba contigo? —pregunta Shikamaru, y mira hacia el coche al tiempo que me indica que pase.

—No, está en la residencia. ¿Qué pasa? ¿Dónde está Naruto?

—En el patio trasero. Está fuera de control —suspira resignado.

—Y ¿para qué me ha hecho venir? —pregunto lo más amablemente que puedo.

«¿Qué tengo que ver yo con que Naruto está fuera de control?»

—No lo sé, sé que lo detestás, pero tú hablas con él. Está muy borracho, y se ha puesto muy agresivo. Se ha presentado aquí y ha abierto una botella de whisky de su padre. ¡Se ha bebido más de media! Y después ha comenzado a romper cosas: todos los platos de mi madre, un armario de cristal, y básicamente todo lo que ha encontrado.

-¿What? ¿Por qué?

Naruto me dijo que no bebia. ¿Eso también era mentira?

—Su padre le ha dicho que va a casarse con mi madre...

-OK. —Sigo confundido—. Y ¿Naruto no quiere que se casen? —pregunto mientras Shikamaru me guía hacia la amplia cocina. Me quedo boquiabierta al ver el auténtico desastre que ha organizado Naruto. Hay un montón de platos rotos tirados por el suelo y una vitrina grande de madera volcada, con los cristales de las puertas hechos añicos.

—No, pero es una larga historia. Justo después de que su padre lo llamara para contárselo, se marcharon de la ciudad durante el fin de semana para celebrarlo. Creo que por eso ha venido aquí, para enfrentarse a él. Nunca pisa esta casa —me explica, y abre la puerta trasera. Veo una sombra sentada a una pequeña mesa en el patio. Es Naruto.

—No sé qué crees que puedo hacer yo, pero lo intenté.

Shikamaru asiente. Se inclina y me coloca la mano en el hombro.

—Estaba gritando tu nombre —me dice en voz baja, y mi corazón se detiene. Camino hacia Naruto y él levanta la vista. Tiene los ojos inyectados en sangre, y el pelo escondido bajo un gorro de lana gris. Abre unos ojos como platos, y entonces estos se ensombrecen y quiero retroceder. Su aspecto casi resulta aterrador bajo la tenue luz del patio.

—¿Qué estás haciendo tú aquí?! —grita, y se pone de pie.

—Shikamaru me ha... —contesto, y entonces desearía no haberlo hecho.

—Enserio, ¡¿la ha llamado?! —chilla en dirección a Shikamaru, que vuelve a entrar en la casa.

—Déjalo en paz, Naruto. Está preocupado por ti —lo reprendo.

Se sienta de nuevo, y me hace un gesto para que haga lo mismo. Tomo asiento delante de él y lo observa mientras agarra la botella casi vacía de licor oscuro y se la lleva a la boca. Veo cómo su nuez se mueve mientras la apura. Cuando ha terminado, deja la botella con fuerza contra la mesa de cristal y doy un respingo al pensar que podría haber roto la botella, la mesa o las dos cosas.

—Menuda pareja. Qué predecibles sois. El pobrecito Naruto está enfadado, ¡así que se juntan contra mí para intentar hacer que me sienta mal por haber destrozado una puta vajilla! —dice arrastrando las palabras con una sonrisa enfermiza.

—¿No decías que no bebías? —inquiero, y me cruzo de brazos.

—Y no lo hacía. Hasta ahora, supongo. No seas condescendiente conmigo; tú no eres mejor que yo —replica apuntándome con un dedo, y agarra la botella para darle otro trago. Me da miedo, pero no puedo negar que estar cerca de él, aunque esté así de borracho, hace que me sienta viva. He echado de menos cómo me hace sentir.

—No él dijo que sea mejor que tú. Sólo quiero saber por qué estás bebiendo.

—Y ¿a ti qué te importa? ¿Dónde está tu «novio»? —Me mira directamente a los ojos, y el sentimiento que los suyos me transmiten es tan intenso que me veo obligado a apartar la mirada. Ojalá supiera de qué sentimiento se trata; imagino que es odio.

—Está en mi habitación —digo—. Sólo quiero ayudarte, Naruto. —Me inclino un poco sobre la mesa para tocarle la mano, pero él la aparta.

—¿Ayudarme? —Se echa a reír. Deseo preguntarle por qué estaba gritando mi nombre si va a seguir comportándose de este modo tan despreciable, pero no quiero volver a delatar a Shikamaru.

—Si de verdad quieres ayudarme, lárgate.

—¿Por qué no me cuentas qué te pasa? —Me miro las manos y empiezo a limpiarme las uñas. Suspira, se quita el gorro de lana y se pasa la mano por el pelo antes de volver a colocárselo.

—Mi padre ha decidido contarme, precisamente ahora, que va a casarse con Yoshino, y que la boda es el mes que viene. should habérmelo dicho hace tiempo, y desde luego no por teléfono. Estoy convencida de que Shikamaru el perfecto lo sabe desde hace tiempo. «¡Vaya!» La verdad es que no esperaba que me lo contara, así que ahora no sé muy bien qué decir.

—Seguro que tenía sus motivos para no decírtelo.

—Tú no lo conoces. No le importa una mierda. ¿Sabes cuantas veces hemos hablado el último año? ¡Unas diez! Lo único que le importa es su enorme casa, su ahora futura esposa y su nuevo hijito perfecto —balbucea, y da otro trago. Yo aguardo en silencio mientras prosigue—: deberías ver el cuchitril en el que vive mi madre en Inglaterra. Ella dice que le gusta, pero sé que no es verdad. ¡Toda la casa es más pequeña que el dormitorio que tiene mi padre aquí! Mi madre prácticamente me obligó a venir a estudiar a Estados Unidos, para que estuviera más cerca de él, ¡y mira cómo ha salido todo! Tras la información que me ha proporcionado, creo que empiezo a entenderlo mucho mejor. Naruto está dolido; por eso es como es.

—¿Cuántos años tenías cuando se marchó? —le pregunto. Me mira con recelo, pero contesta:

—Diez. Pero incluso antes de que se marchara, nunca estaba en casa. Se pasaba cada noche en un bar diferente. Y ahora es don Perfecto y posee toda esta mierda — dice señalando con la mano hacia la casa. Su padre los abandonó cuando tenía diez años, como el mío, y ambos eran alcohólicos. Tenemos más en común de lo que esperamos. Este Naruto herido y borracho parece mucho más pequeño, mucho más frágil que la persona enérgica y socarrona que había conocido hasta ahora.

—Siento que los abandonarán, pero...

—No, no necesito tu compasión —me interrumpe.

—No es compasión. Sólo intento...

—¿Qué intentas?

—Ayudarte. Estar aquí para ti —digo con ternura.

Él sonríe. Es una sonrisa preciosa pero vacía, y, aunque me gustaría tener esperanzas de poder ayudar con esto, sé perfectamente lo que viene a continuación.

—Eres patético. ¿No ves que no te quiero aquí? No quiero que estés aquí para mí. Sólo porque me haya enrollado contigo no significa que no quiera nada de ti. Pero aquí estás, y deja al «majo» de tu novio, que sorprendentemente soporta estar contigo, para venir a verme e intentar «ayudarme». Eso, Hyuga, es la pura definición de la palabra patética —dice marcando las sílabas mientras dibuja unas comillas en el aire. Su voz está cargada de ponzoña, tal y como imaginaba, pero decidió pasar por alto el dolor que siento en el pecho y lo miro.

—Sé que no tiene querido decir eso. Me viene a la mente el recuerdo de hace una semana, cuando estaba riéndose y hundiéndome en el agua, y no tengo claro si es un gran actor o un auténtico mentiroso.

—Claro que sí. Lárgate —dice, y levanta la botella para dar otro trago. Alargo el brazo por encima de la mesa, se la quito de las manos y la lanzo por el patio.

—¿Qué carajos haces?! —chilla, pero yo hago caso omiso y me dirijo hacia la puerta trasera. Oigo cómo se tambalea y se planta delante de mí.

—¿Adónde vas? —dice con el rostro a unos centímetros del mío.

—A ayudar a Shikamaru a limpiar el desastre que ha montado, y después me voy a casa.

Mi voz suena mucho más calmada de lo que estoy en realidad.

—Y ¿por qué vas a ayudar? —pregunta con absoluto desprecio.

—Porque, a diferencia de ti, él merece que alguien lo ayude —réplica, y su rostro se ensombrece. debería decir más cosas. should gritarle por todas las cosas hirientes que me ha dicho, pero sé que eso es lo que quiere. A eso es a lo que se dedica, a hacer daño a todos los que lo rodean, y después se regocija en el caos que eso provoca. Finalmente, se aparta despacio de mi camino. Una vez dentro, encuentro a Shikamaru agachado, intentando levantar la vitrina.

—¿Dónde está la escoba? —pregunto cuando ha terminado. Él me regala una sonrisa de agradecimiento.

—Ahí mismo —señala—. Gracias por todo. Asiento y empiezo a barrer los platos rotos. Hay muchísimos. Me siento fatal al pensar que cuando regrese la madre de Shikamaru se encuentre con que todos sus platos han desaparecido. Espero que no tuvieran un gran valor sentimental para ella.

-¡Sí! —exclamo al clavarme una esquirla de cristal en el dedo. Unas gotitas de sangre caen sobre el suelo de madera y corro hacia la pila.

—¿Estás bien? —pregunta Shikamaru preocupó.

—Sí, es sólo un ligero corte, no sé por qué sale tanta sangre. La verdad es que no me duele mucho. Cierro los ojos, dejo caer el agua sobre mi dedo y, al cabo de unos minutos, oigo que la puerta trasera se abre. Abro los ojos de nuevo, me vuelvo y veo a Naruto en el umbral.

—Hina, ¿podemos hablar, por favor? —pregunta. Sé que debería contestar que no, pero al ver el contorno de sus ojos enrojecido, asiento. Desvía la mirada hacia mi mano y después hacia la sangre en el suelo. Se acerca a mí rápidamente.

—¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado?

—No es nada, me he clavado un cristalito —le contesto. Me agarra la mano y la saca de debajo del agua. Y, cuando me toca el brazo, siento esa electricidad. Me mira el dedo, frunce el ceño, me suelta y se dirige hacia Shikamaru.

«¿Acaba de llamarme patética y ahora se muestra preocupada por mi salud?» Me va a volver loca, literalmente, y acabarán teniendo que encerrarme en una habitación acolchada.

—¿Dónde están las tiritas? —le pregunta a Shikamaru con tono exigente. Él le contesta que están en el baño. Al cabo de un minuto, Naruto regresa y me agarra la mano de nuevo. Primero vierte un poco de gel antibacterial en el corte y después me envuelve el dedo con cuidado. Permanezco callada, tan confundida ante las acciones de Naruto como Shikamaru parece estarlo.

—¿Podemos hablar, por favor? —pregunta de nuevo, y aunque sé que no debería..., ¿desde cuándo hago lo que debo cuando Naruto está implicado? Asiento, y él me agarra de la muñeca y me lleva afuera de nuevo.

Fin del capítulo de hoy.

25/03-/2022