Gracias por seguir la historia y por marcarla como favorita tras haber publicado un solo capítulo ^^

Y también gracias por vuestros reviews. Los leo siempre, siempre, por si alguien tiene dudas... leo todo lo que me decís ya sea aquí o en las otras historias.

Un abrazo, -Nyel2


Capítulo 2 - Es un comienzo

A Sombra no le gustaban los estrechos cobertizos de madera. Se ponía nervioso, gruñía y coceaba con las patas traseras. Era una especie de claustrofobia, de horror por estar encerrado entre un techo y cuatro paredes. Sombra prefería pastar al aire libre, bajo el cielo y las estrellas. Él podía entender bien esa sensación.

—Tranquilo, toma esto.

Link sacó las zanahorias briosas que había robado de la despensa de Impa sin que nadie se diese cuenta. Eran un alimento escaso y valioso, demasiado valioso como para alimentar a un caballo salvaje, sin raza y más terco que una mula.

Sombra enderezó las orejas nada más olisquear las zanahorias y se las comió de mano de Link, una tras otra. Después de eso pareció relajarse y permitió que Link pudiese empezar a cepillarlo. Su pelo y crines no eran el azabache brillante que solían ser. El pobre animal tenía polvo del camino y los músculos aún engarrotados.

—Eres un buen chico, lo has hecho bien —le susurró Link. Sombra relinchó, como si entendiese lo que le estaba diciendo.

Había luchado con valentía contra Ganon, no se espantó cuando el Cataclismo apareció en mitad de la llanura de Hyrule, gigante y terrorífico. Cualquier otro caballo habría huido despavorido ante un monstruo así. Y a pesar de los golpes y del agotamiento de la batalla, Sombra había seguido teniendo fuerzas para cargar con él y con Zelda todo el largo camino que habían hecho hasta la aldea Kakariko. Sólo se habían detenido un par de veces, así que si tenía que seguir robando zanahorias para recompensarle, lo haría sin pestañear.

—Es un hermoso animal, tienes suerte, Link.

Link se tensó por un instante al oír el comentario. Impa había dado con él a pesar de que él llevaba toda la mañana intentando dar esquinazo a la anciana sheikah. Ya le había explicado con todos los detalles cómo había sido la batalla. Varias veces. ¿Qué diablos querría ahora? Sólo quería un minuto de paz para sí mismo, un minuto, por las Diosas.

—Este ejemplar no es como esos caballos finos y deslumbrantes que tienen los de tu tribu. A este cabezota lo encontré en el borde de una charca, al sur de las tierras de las Colinas. Tenía una pata atrapada en una trampa para zorros. Estaba lleno de lodo y moscas, pero nunca había visto un caballo con un pelaje tan negro, así que lo liberé y después me empeñé en domarlo.

—¿Y cuánto te llevó la doma?

—Tres días —admitió él —es tan terco como yo, hacemos buena pareja.

—¿Su nombre?

—Sombra.

—Muy apropiado. —Impa soltó una carcajada y se sentó sobre una alpaca de heno.

Él siguió cepillando y masajeando a Sombra. Puede que no fuese un caballo de raza, ni uno de esos enormes caballos de combate que montaban los guardias de Impa, pero era el mejor amigo que había encontrado en toda su aventura.

—¿Cuándo vas a marcharte? —preguntó la anciana, tras un largo silencio.

—Aún no lo sé —dijo, apretando la mandíbula —pronto, supongo. S-supongo que si ya no se me necesita y he completado la misión, no hay nada más que tenga que hacer por aquí.

No se lo había dicho a nadie, se había tragado sus pensamientos, pero era evidente que él no pintaba nada con los sheikah ni con una princesa. Había cumplido la misión, lo había hecho, era libre de ir a donde quisiera. Puede que se dirigiese al sur, al mar. Siempre le gustaba ver el mar. O puede que se empeñase en encontrar esos ridículos huesos de ballena. Los ancianos del poblado orni decían que los huesos de un dios ballena se ocultaban en el corazón de la montaña de Hebra. ¿Los dioses tenían huesos? Si los tenían y terminaban alimentando a los gusanos como el resto de los mortales, se preguntaba qué era realmente la divinidad. El caso es que se le ocurrían un millón de cosas que hacer, y que ver. Y sin embargo el estómago le dolía cada vez que pensaba en atravesar la puerta de salida de la aldea para alejarse de allí.

—La princesa Zelda me ha dicho que quiere hablar contigo a solas.

Link dejó de cepillar al caballo y se giró para mirar a la anciana.

—¿De qué?

—¿Dices que tu caballo es cabezota? Eso es porque no la recuerdas a ella. —gruñó Impa, moviendo la cabeza con resignación —No apruebo para nada lo que pretende hacer. No me lo ha dicho a la cara, pero la conozco desde que llevaba pañales y a veces es tan transparente…

Link torció la cabeza a un lado, sin comprender.

—Su alteza real pretende liberarte por completo de tu juramento de caballero.

—M-mi… mi juramento… —balbuceó él. No recordaba haber jurado nada.

—Entiendo que quieras marcharte, Link, te has ganado la libertad más que nadie en este mundo, pero… ¿seguro que quieres partir tan pronto? Ella te pedirá que lo hagas ¡oh!, por supuesto que lo hará. Dramatizará sobre su torpeza y sobre todo el dolor que te ha causado, a ti y a todos nosotros, y se forzará a pedirte que te alejes para siempre aunque eso le haga más daño que otros cien años encerrada con ese monstruo. Así que cuando te pida que te marches, le dirás que no.

Link abrió la boca, pero fue incapaz de articular nada. ¿De veras Zelda iba a decirle todo eso? Apenas habían hablado desde que dejaron la Posta de Río. Apenas se habían mirado, apenas habían interactuado más allá de lo necesario. Y una vez en la aldea la princesa no era más que una versión gris y apagada de lo que había visto en el campo de batalla. La luz se había ido para siempre. Parecía enferma, sí, eso es, pero él pensaba que ella sólo necesitaba dormir y comer, comer bien de verdad. Pasear al sol por el bosque que rodeaba la aldea volvería a poner color en sus mejillas y el agua fresca de los manantiales sheikah la sanaría por dentro. Así dejaría de parecer una flor mustia. Pero ¿qué tenía él que ver con todo eso? Eran cosas para las que él poco tenía que hacer o decir.

—No recuerdas tu juramento de caballero, pero sí el que le hiciste al espíritu del Rey Rhoam. ¿No es cierto?

—Yo… sí, eso sí lo recuerdo.

—¿Y a los elegidos? ¿Qué le prometiste a todos ellos?

—Que acabaría con Ganon, que conseguiría vengar sus espíritus —dijo, cerrando los ojos. Volvía a ver las llamas espirituales de los cuatro campeones de Hyrule danzando en su cabeza —Y que cuidaría de la princesa Zelda.

"Sé muy bien que tanto la princesa como tú habéis sufrido por lo que nos ocurrió. Pero era imposible que las cosas resultasen de otro modo. Dile, por favor, que no ha sido culpa vuestra y que no debe seguir torturándose por ello."

La voz de Urbosa sonó en su mente tan clara como si volviera a tenerla delante. "Torturándose". Claro, Zelda seguía torturándose. Aunque todo había acabado, no había acabado para ella. No era sólo una flor mustia con falta de riego y sol. Una enfermedad más profunda debía anidar en su corazón.

—Ahora lo entiendes —intuyó Impa, como si viese los pensamientos en su cara.

—Sí. Hice un juramento. No es un juramento como el que hacen los caballeros o los nobles. No entiendo de eso. Pero es un juramento —dijo, casi para sí mismo, apretando los puños.

Es mi nuevo juramento de caballero, pensó. Le fascinaba tanto la idea de volver a ser un caballero…

—Bien. Pues no lo olvides cuando la tengas delante. Nuestra princesa puede llegar a ser muy persuasiva.

Impa se puso en pie y dio un golpe con su bastón en el suelo de madera del cobertizo. Sombra enderezó las orejas al oír el ruido.

—¿E-es todo? ¿No me das ningún consejo? —preguntó con un nudo en la garganta, al ver que Impa había dado por zanjada la conversación.

—Con que recuerdes tus nuevos votos es más que suficiente.

—P-pero Impa… yo no sé…

Yo no sé tratar con princesas. No sé lo que tengo que decir, no sé si pareceré arrogante o irrespetuoso si me niego a hacer lo que me pida. No soy un caballero, todavía. ¿Todavía? Como si alguien con la cabeza hueca como tú pudiese aspirar a conseguir algo así. Vales para domar caballos salvajes y para clavar espadas en las tripas de un moblin. Pero no para mantener conversaciones elevadas ni para contradecir las órdenes de la nobleza.

—Me voy, volveremos a vernos en la cena. Espero que para entonces, este asunto esté zanjado.

—Impa…

Una gota de sudor frío bajó por la espalda de Link y Sombra relinchó, como si pudiese oler su pánico. Le atemorizaba más esa conversación con Zelda que tener que enfrentarse a mil dragones. Además, si le decía que no, ninguno de los planes que había hecho tendría sentido. Tendría que empezar a prepararse para ser un caballero de verdad.

"Así que cuando te pida que te marches, le dirás que no."

—Sombra… estamos acabados.


Atravesó el umbral de la puerta de la casa de Impa al caer la noche. La aldea olía a jazmín y a otras flores que soltaban su fragancia al irse el sol. Sin embargo, él apestaba a sudor y a caballo.

—¡Link!

Pay llevaba puesto el mandil, debía estar preparando la cena. Apenas había podido hablar con ella, y tenía algo guardado en las alforjas de viaje que pensaba entregarle. En algún momento.

—Eso que estás cocinando huele muy bien —dijo él. Pay se puso roja como un tomate, siempre lo hacía, ya le hablase del tiempo, de la comida o de lo que fuese.

—En un rato estará la cena. Verás, su alteza real te está esperando en la terraza que da a la parte de atrás de la casa. Me ha pedido que te lo dijese en cuanto te viese llegar.

—Bien, quisiera darme un baño antes.

Seguro que los caballeros siempre iban perfectamente aseados. Y más cuando sus señores requerían su presencia para lo que fuese.

—El… el baño. No lo he preparado, Link, no sabía que querrías utilizarlo y la abuela me ha puesto a cocinar. Las tinajas están vacías y yo-

—Vale, no te preocupes —la interrumpió al ver su habitual desasosiego —me bañaré en el río.

Dio media vuelta y salió para rodear la casa de Impa. Tras la casa fluía una generosa cascada que caía en el arroyo que rodeaba la aldea. Se quitó la ropa y las botas y se sumergió sin pensarlo dos veces. El agua estaba helada, pero resultaba reconfortante. Al quitarse todo el polvo y la mugre que había acumulado descubrió que tenía el costado ennegrecido. No se trataba de suciedad por pasar todo el día metido en las cuadras, eran enormes moratones consecuencia de la batalla. Se pasó los dedos con cuidado por la zona oscura y supo con certeza que tenía dos costillas rotas. ¿Qué se le iba a hacer? Tendrían que curarse por sí mismas.

Mientras se frotaba levantó la cabeza y vio que había alguien asomado a la barandilla de madera que bordeaba el último piso de la casa. "Su alteza real te está esperando en la terraza." Se sumergió en el agua y buceó hasta la orilla, bajo los cimientos de madera de la casa. ¿Cómo podía tener el cerebro tan lleno de serrín? ¿Qué iba a pensar su alteza real si lo veía en esas condiciones, bañándose como un vagabundo en el río? Rezó a las diosas para que ella no hubiese visto nada, había oscuridad, la luna había menguado tanto que era casi nueva, pero prefería ahorrarse el bochorno y más aún cuando no le quedaba más remedio que hablar con ella a solas.

Se vistió y subió las escaleras de la casa a zancadas, esta vez sin detenerse con Pay ni con Impa. Aún tenía el pelo mojado, se lo anudó para apartárselo de la cara y entró en la terraza, donde encontró a Zelda en la misma posición en que la había visto desde el río, los brazos apoyados en la baranda y la vista en la cascada.

—Alteza, los sheikah me han dicho que querías verme.

—Así que vuelvo a ser "alteza".

Link miró a un lado sin saber qué decir. Cierto, durante el viaje abandonó todo protocolo posible, pero ahora se sentía raro, sobre todo al ver la extrema formalidad con la que los sheikah trataban a la princesa.

—No te preocupes, puedes llamarme como mejor te parezca —la princesa dibujó una de sus sonrisas apagadas y dio un paso al frente. Llevaba ropas sheikah, seguramente de Pay. Incluso las ropas de Pay le venían un poco grandes. Link maldijo a Ganon, una vez más, por haberla sometido, y por haber consumido lo poco que pudiese quedar de ella.

—Siento haber tardado, tenía que atender a Sombra —se disculpó.

—¿Ya te preparas para partir?

—No, es que Sombra estaba sucio y cansado. Y… es mi amigo, necesitaba ocuparme de él.

Ella apretó los puños. Parecía que fuese lo que fuese lo que rondaba su cabeza, no era algo fácil para ella. ¿Tendría razón Impa en todo lo que le había contado antes?

—Antes de nada, quiero darte las gracias, Link —comenzó a decir.

—No.

—¿No?

—No me des las gracias otra vez, ya lo has hecho. Muchas veces. No necesitas decirlo otra vez. —dijo él, frunciendo el ceño.

—Está bien —suspiró —pienso que lo que has hecho por el reino y por mí sin saber quién soy es tan increíble que podría darte las gracias mil veces desde hoy hasta que me muera y me seguiría pareciendo poco.

—Con una vez es suficiente.

Zelda tomó aire y se dio la vuelta, para volver a apoyarse en el balcón, de cara a la cascada. Él la imitó, era una especie de invitación silenciosa a adoptar una postura menos formal.

—Has cumplido tu misión con creces, Héroe de Hyrule. Y ha llegado el momento de que recibas una merecida recompensa.

Así que era eso, para eso quería hablar con él, para darle una recompensa. Suspiró un poco aliviado al ver que Impa no tenía razón en sus insinuaciones, y si Zelda quería recompensarle, él no se iba a negar. Muchas veces había sido recompensado en sus andanzas por Hyrule, y había aprendido que lo más correcto era aceptar lo que se le ofreciese.

—Pensé que jamás acabaría —prosiguió ella —pensé que el día en que tú aparecieses no llegaría jamás. Pero al fin, todo ha terminado.

—Así es.

—Eso significa que es el momento de seguir adelante con nuestras vidas —Zelda se giró para mirarle. Siempre resultaba difícil acostumbrarse al brillo de sus esmeraldas, pero se forzó a sostenerle la mirada. —Impa me ha dicho que tienes una casa, en Hatelia.

—Sí, es verdad. La compré hace un tiempo.

Se preguntó por qué diablos Impa le habría hablado a la princesa Zelda de su casa en Hatelia. Además ¿qué tenía que ver todo eso con la recompensa? ¿Quería la princesa cederle una casa más grande? ¿Iba a darle tierras? Había estado perdida tanto tiempo que dudaba que aún conservase la capacidad de otorgar un señorío, como pudo hacer el Viejo rey en el pasado.

—Suena bien. Seguro que es un buen comienzo.

—¿Un comienzo?

—Para retomar tu vida, Link. Me… me hace feliz saber que tienes un hogar.

—La compré porque iban a derribarla y necesitaba un sitio para guardar mis cosas, es mejor que acumularlo todo en un cobertizo.

Era estrictamente cierto. Pocas veces había parado en la casa para hacer algo que no fuese acumular chatarra. El maestro de obras de Hatelia se había empecinado en que la amueblase y la preparase para vivir y él le hizo caso, aunque en todo momento sentía que aquel tipo lo único que quería era sacarle todas sus rupias. Pero la misión era tan exigente que no tuvo tiempo de disfrutar de todas esas fruslerías que había ido añadiendo a la casa poco a poco.

—Sí, es comprensible, y muy buena decisión. Siempre es bueno tener un sitio al que poder volver.

—No entiendo por qué me dices esto —dijo él, frunciendo el ceño.

Zelda se miró las manos, parecía nerviosa. Él también estaba en tensión, aunque se esforzaba en aparentar lo contrario.

—Lo que intento decirte, con bastante poco acierto por lo que veo, es que eres libre, Link. Eres libre de ir donde quieras y de hacer lo que desees. Hasta el día de hoy has hecho todo lo que se te ha ordenado, y mucho más que eso, y ya no tengo la autoridad ni el derecho de seguir exigiendo nada de ti. Así que, eso es lo que quería decirte, a partir de hoy somos iguales. Y yo ya estoy a salvo con los sheikah, como le prometiste a Impa. Tienes mi bendición y mi apoyo para partir cuando quieras.

Zelda le dio la espalda para acercarse más al balcón. Durante unos segundos sólo se oía el ruido de la cascada. Por todas las diosas, Impa tenía razón.

—Entonces, ¿lo que quieres es que me marche? —preguntó él a su espalda.

—Lo que quiero que entiendas es que estás siendo liberado de cualquier juramento hacia el reino de Hyrule, y hacia mí en particular.

Ahora venía la parte difícil, la parte en la que debía negarse si quería seguir siendo fiel a la palabra dada al rey Rhoam y a los elegidos.

—No recuerdo nada de mi entrenamiento como caballero —admitió él —así que no he hecho nada de esto por lo que te dijese en el pasado. Lo he hecho porque era lo correcto.

—Lo entiendo, y has cumplido bien. Todo ha acabado de una vez, por eso, debes proseguir tu camino. Te has ganado la libertad de elegir qué quieres hacer con tu vida. Yo no soy nadie para pedir que hagas nada más.

Link miró al suelo, tenía la mandíbula encajada. Sin duda Zelda seguía torturándose. Se torturaba justo en ese momento. Urbosa también tenía razón.

—No sé hacer otra cosa que luchar —dijo de repente, tras un largo silencio —no sirvo para otra cosa.

—Tienes una casa —insistió ella —seguro que puedes encontrar un buen modo de vida que te permita establecerte en Hatelia. O puedes viajar a donde quieras, tanto tiempo como quieras sin tener que dar cuentas a nadie.

—¿Tú qué vas a hacer?

—¿Yo?

Aquella pregunta había pillado a Zelda con la guardia baja. Ella volvió a mirarle con el ceño fruncido, como si estuviese esperando su aceptación obediente sin más. Tal vez en el pasado él acataba las órdenes, sin rechistar. Y ahora los malditos sheikah le forzaban a desobedecer. En cualquier caso, le contrariaba verla tan decaída, parecía como si Ganon la hubiese derrotado a ella y no al revés.

—¿Vas a convertirte otra vez en princesa de Hyrule o qué?

—De momento no voy a reclamar ninguna corona. No estoy preparada para hacerlo… y creo que Hyrule tampoco lo está. El daño que ha hecho Ganon habrá conseguido que muchos repudien la casa real. Y la mayoría vivirá ajena a todo lo que ha sucedido. Así que hay muchas cosas que solucionar antes.

—¿Y vas a solucionarlas tú sola?

—N-no lo sé… Pero sí. Es posible. —vaciló.

—¿Por qué ya no quieres mi ayuda? ¿Es porque no he conseguido recordarte?

—No es eso…

Link observó que los ojos le brillaron a la princesa, tanto como el agua de la cascada que fluía a su lado.

—Entonces te vas a quedar aquí, con Pay y con Impa.

—No lo he decidido todavía.

No quería resultar brusco, pero ¿por qué ya no quería su ayuda y sí la de Impa y Pay? Era casi molesto que estuviera intentando echarle cuando él sabía que podía ser de gran ayuda, para lo que le pidiesen. Sentía una extraña empatía con Zelda, ella era la única que pertenecía a un mundo que había dejado de existir, como él. Dudaba mucho que ella tuviera un sitio a dónde ir, podría quedarse con los sheikah, sí, pero su verdadero hogar era el castillo de Hyrule y estaba en un estado tan lamentable que era peligroso caminar por allí sin que una pila de escombros se te viniese encima. Durante mucho tiempo él tampoco tuvo un sitio a donde ir, y sabía lo difícil que podía resultar eso. ¿Por qué no parecía aceptar que él estaba en la misma situación que ella?

—Yo también estoy solo —dijo de repente —y mi casa es un lugar tan bueno para empezar de nuevo como cualquier otro.

—No entiendo…

—Puedo llevarte a donde lo necesites, conozco casi todos los rincones de Hyrule. Si necesitas resolver problemas como dices, tener a un guía que conozca el terreno resulta una ventaja mejor que quedarte aquí con los sheikah. Impa es vieja, tiene más de cien años y no puede viajar, y Pay tiene que hacerse cargo de ella.

Zelda dio un paso atrás. Tenía una expresión indescifrable y Link empezó a sentirse como un idiota. Impa tenía guardias que podrían acompañar a la princesa, no tenía por qué ir ella o su nieta en persona. En realidad, Zelda podría estar custodiada por un ejército de sheikah y no lo necesitaría a él para nada. De repente su ofrecimiento le pareció ridículo, ¿alguien de sangre real viviendo en su casa? ¿En qué cabeza cabía eso?

—No quiero volver a hacerte daño, Link.

—Está bien, entiendo que no quieras venir conmigo a mi casa. Pero no soy tan inútil como parezco. Aún puedo ayudar como he hecho hasta ahora.

La princesa volvió a quedarse sin palabras y él sintió que un extraño calor le invadía, como una llamarada, así que dio media vuelta para marcharse de ahí lo antes posible. Lo había intentado. Impa tendría que entender que él no podía imponerle nada a alguien como ella. Era incapaz.

—¡Link, espera!


—¿Qué diablos le has dicho?

Impa ni siquiera esperó a que él terminase de cenar. Apenas se retiró la princesa con una disculpa apagada, la anciana decidió acribillarle a preguntas sin que él pudiera acabar su comida tranquilo.

—Nada malo —respondió con una bola de comida en la boca.

—Pay me ha dicho que la ha encontrado llorando desconsolada en la terraza, algo le habrás dicho.

—Todo esto le resulta difícil a la princesa y por eso llorará.

Le desagradaba que la princesa se hubiese tomado así la conversación, y que se "torturase" ahora que ya no había ningún mal reinando en la tierra. Había sido un poco brusco con ella, pero había sido incapaz de aguantarse lo que sentía dentro, y al parecer, a ella le había pasado lo mismo.

—¿Entonces no vas a marcharte? Seguro que te ha pedido que lo hagas.

—Tenías razón, me lo ha pedido. Y sí, voy a marcharme.

—Diosas… sabía que esto iba a pasar —dijo Impa, dejándose caer otra vez en la silla.

—Pero no hay nada de lo que preocuparse. ¿Puedo comer un poco más de asado?

Impa agitó la mano y él se sirvió otra ración, bastante generosa. Pay había desaparecido tras la princesa, seguramente para ayudarla a preparar su cama. Así que tenía margen para apurar todo lo que quisiera antes de que Impa les obligase a recoger los platos.

—No puedo retenerte, pero sí te pediría que anduvieses cerca y atento a cualquier mensaje que te envíe —dijo la anciana —podemos necesitarte aquí en cualquier momento. Me esforzaré en hacer que su alteza cambie de opinión.

—¿Qué? No hará falta nada de eso. Zelda viene conmigo.

—¿Cómo dices?

—Justo cuando pensé que diría que no, decidió aceptar mi proposición. Por eso le hablaste de mi casa en Hatelia, ¿no?

Impa parecía más desconcertada que nunca. Diablos, si tan sólo se esperase a que él pudiera terminar la cena, se lo explicaría todo con pelos y señales.

—¿Vas a llevarte a la princesa Zelda a tu casa en la aldea de Hatelia?

—Y a donde ella quiera ir. Lo de la casa es sólo mientras encuentre un lugar donde desee asentarse. No es muy grande, pero pediré al maestro de obras que haga una nueva habitación. ¿No es eso lo que me pediste? De esa forma no faltaré a mi juramento. Me encargaré de que esté a salvo y de que coma y duerma bien.

No necesita más que eso. Pensó. Lo de recuperar la monarquía era arena de otro costal, pero él no iba a inmiscuirse en eso, dejaría que Zelda lo manejase como mejor le pareciese.

—No sé qué decir… —dijo Impa. Había palidecido un poco y las ideas parecían bullir dentro de su cabeza —no es lo que esperaba, tenía otra idea en mente. Esperaba que tal vez ambos os quedaseis en la aldea, puedo hablar con el posadero para que te dé un alojamiento. Pero si ella ha aceptado ir a Hatelia… no es lo ideal, pero no es mala solución. Mi hermana vive en Hatelia, así que su alteza estará bajo la custodia sheikah en cuanto haga falta. Tal vez sea bueno que respire un poco de brisa de los acantilados del mar del este.

—Ella tiene la libertad de volver aquí en cualquier momento. Nada de eso ha cambiado.

Pero yo intentaré cumplir el juramento hasta el final, es lo que haría un buen caballero.

—Está bien. Apruebo la idea. Pero harás que su alteza visite a mi hermana con frecuencia, necesita estar en contacto con los sheikah. Y no montarás ningún escándalo en la aldea, la verdadera identidad de su alteza debe permanecer en secreto, ¿me has entendido? Nada de difundir por ahí quién es en realidad. De ese modo la mantendremos a salvo, sólo faltaría que algún enemigo a la corona descubriese que está viva y causase problemas, Ganon aún conserva seguidores en el reino. Yo me pondré en contacto con los principales mandatarios de Hyrule y ya veremos qué hacer… Algo hay que decirles, pronto se hará evidente la desaparición de Ganon. Y me mandarás informes de manera regular desde Hatelia, enviaré a alguno de mis hombres a por información.

—Sí, sí. Haré todo eso… como quieras.

—Link…

—Uhm?

—Deja ya de comer.