Capítulo 3 - Zelda I de Hyrule
Extraño. Como esos cangrejos que habitaban en las costas del sur. Se metían en las conchas vacías de las caracolas y las abandonaban pasado un tiempo para buscar un caparazón más grande. La concha se quedaba libre y otro nuevo cangrejo la ocuparía, y ambos serían distintos.
El calor en el azul de los ojos de Link se había ido para siempre, y dolía más que pasar cien años encerrada en el maldito castillo para contener a Ganon. Ahora todo parecía extraño, ajeno. Link era como un cangrejo ermitaño de Onaona que había invadido su propia carcasa exterior, poseyéndola, siendo dolorosamente parecido a sí mismo, pero sin ser igual. ¿Tenía algún sentido todo eso? Diosas, si tuviera su viejo diario a mano podría descargar toda esa avalancha de sentimientos.
—Voy a cazar algo —dijo él, agarrando el arco —esas bolas de arroz que nos han preparado los sheikah se han puesto duras como una piedra. No quiero romperme los dientes intentando comerlas.
Ella asintió sin decir nada. Había llovido gran parte del viaje y habían tendido las capas y los calcetines mojados en la rama de un castaño. Las botas se secaban también junto a la hoguera y ella mantenía las plantas de los pies extendidas hacia las llamas. El calor le hacía cosquillas, era agradable. En el castillo siempre tuvo los pies helados, como el hielo.
La noche había caído cuando decidieron parar y ya se oían a su alrededor los ruidos de los animales nocturnos, habitando el bosque que crecía frondoso junto a la muralla de Hatelia. El bosque. ¿Cómo había crecido un bosque en tan poco tiempo? ¿Cómo podía ser la majestuosa muralla de la ciudad de Hatelia un montón de escombros apilados? Aún se mantenía, sí, pero se veían las cicatrices del Cataclismo. Link había dicho que había "media jornada más hasta la aldea. Hay moblins en estos bosques, mejor viajar de día". Hatelia era una enorme y próspera ciudad, la más grande tras la Ciudadela. La palabra "aldea" sonaba tan extraña como todo lo demás.
Link apareció al poco tiempo, con el pelo lleno de hojas de matorral. Apenas se habían consumido los primeros palos de leña de la hoguera. Estaba lista para asar.
—¿Has conseguido cazar algo? —preguntó. El estómago le empezaba a rugir de hambre. Eso era bueno. Tener hambre era un síntoma de normalidad.
—Una ardilla. Estaba bastante gorda, tendremos para los dos.
—¿U-una ardilla?
Él se quedó mirándola en silencio, con el ceño fruncido. Había visto esa nueva expresión en él varias veces, y le hacía parecer más distinto que nunca que el Link que ella conocía.
—Supongo que en las cocinas del castillo no asarían ardillas. Lo siento, he sido torpe.
—No, no es eso —se apresuró a decir —es que… una ardilla…
—Puedo volver al bosque, aunque ha oscurecido y no sé qué otra cosa podría cazar.
—No, Link, por favor. Puedes asar tu ardilla y yo me comeré el arroz de los sheikah. De todas formas, al final siempre se me quita el apetito.
—¿De verdad te vas a comer ese arroz de piedra? ¿Estás segura?
Link se escondió tras un matorral para desollar la ardilla. No se habría sentido escandalizada si él lo hubiera hecho delante de sus narices, ella misma había desollado animales más pequeños y más grandes que ese para estudiarlos, pero él ya no lo recordaba. La ciencia requería ese tipo de sacrificios. Prunia había desarrollado algunas técnicas para analizar distintas especies sin tener que acabar liquidándolas, y a pesar de las invenciones de Prunia, Zelda había tenido que sacrificar algunos animales, aunque nunca los comía. Pero Link… Él era tan glotón que a veces ella había conseguido usar su influencia para obligarle a probar los potingues y los animales más inverosímiles. Prunia le repetía que no estaba bien usar los servicios de su caballero para eso y ella sólo podía responder con una carcajada, era demasiado divertido usarle de conejillo de indias. "Es un abuso de poder, alteza", "algo bueno tiene que tener el poder" replicaba ella. También había abusado de su influencia sobre él cada vez que se sintió sola o desesperada por huir del castillo, y aunque sabía que estaba mal aprovecharse así de su caballero, sólo se arrepentía cuando ya era demasiado tarde. Al volver a casa siempre aparecía el maldito sentido de culpa, por permitirse tener esos sentimientos y por arrastrar a Link con ellos. Cada escapada con Link era como flotar por los caminos con un millón de mariposas en el estómago, las horas no existían, ni el tiempo. Era tan difícil no dejarse vencer para huir de la realidad… El vértigo de planear una escapada con cualquier excusa, la sacudida cada vez que él aparecía por la puerta, el calor súbito y la torpeza cuando a veces se miraban y faltaban las palabras… había estado enamorada de él y eso se tornó en algo mucho más grande y poderoso, más de lo que jamás pudo haber imaginado. Pero ahora… ahora no había mariposas, ni vértigo, ni nada de eso. En su lugar sentía tristeza, nostalgia y culpabilidad. No estaba segura de si seguir a su lado era una buena idea, aunque cuando él se lo propuso se sintió tan aliviada que no pudo hacer otra cosa que romper a llorar.
—Ya está —anunció Link, que reapareció de los matorrales con trozos de carne de ardilla trinchados en un palo fino y afilado.
Durante un rato comieron en silencio. La ardilla asada olía bien, tenía que reconocerlo, pero ella había perdido el apetito. Le preocupaba qué sentiría al ver la aldea de Hatelia. No iba a reconocer a nadie, estaba claro, ni tampoco reconocería la aldea en sí misma.
—Si sigues comiendo como un gorrión, jamás podrás utilizar el arco —dijo Link, con la boca llena —hace falta fuerza para tensarlo.
—No tenías que haberte gastado tantas rupias en comprarme uno.
Antes de partir de Kakariko, Link la había llevado a los comercios de la aldea. Había comprado ropas y botas. Y él se ausentó por un momento para aparecer con un arco de madera de tejo y un sable sheikah. "Para que te defiendas en el viaje"
—Con un arco como el tuyo pude acertar a un moblin en el ojo a cien metros. Si aprendes a usarlo, mantendrás a tus enemigos a raya. Además, las rupias no son un problema para mí.
—Ya veo…
—Las mujeres gerudo me enseñaron a comerciar y hacer ganancias —dijo él justificándose —¿está mal?
—No, no he dicho eso. Perdona si te ha parecido lo contrario. Me resultaría raro verte comerciando, es todo.
Él acabó su cena y estuvo un rato pensativo, sin decir nada.
—¿Antes no comerciaba?
—No era necesario.
—Entonces, ¿me daban una paga por ser caballero?
—Los caballeros de la guardia real hacen voto de pobreza. Renuncian a sus bienes y a sus tierras de manera temporal mientras están al servicio de la corona. La corona se encarga de darles todos los medios que necesiten.
—Uhm.
Link se quedó rumiando aquella información y se fue a dormir sin decir nada más en toda la noche. Ojalá tuviese a mano su diario, una vez en la aldea pediría a Link que comprase uno con su rebosante bolsa de rupias.
Levantaron el campamento apenas amaneció. Media jornada de viaje desde la muralla hasta la aldea. Ella no recordaba que fuese tanto. Claro que tampoco recordaba que el camino fuese así, plagado de bosques y de nuevos senderos que serpenteaban entre la espesura. Quería memorizar aquel trayecto, pero estaba cabalgando un poco adelantada y podía sentir los ojos de Link ardiendo sobre su nuca. La sensación era un poco agobiante, así que aflojó el paso para volver a cabalgar a la par con él.
—¿Qué pasa? —le preguntó. Había cosas que no cambiaban, y hasta una mariposa que levantaba el vuelo de manera inofensiva hacía a Link sospechar de emboscadas Yiga, moblins y hordas de bokoblin dispuestas a aniquilarla. Eran sospechas del todo infundadas. A veces.
—No pasa nada.
—Está bien.
—Es peligroso cabalgar con los ojos cerrados —dijo él de repente.
—¿Cómo dices?
—No creas que no me di cuenta ayer, en la llanura pantanosa. Cerraste los ojos y no los abriste hasta llegar a la muralla. Es peligroso cabalgar así. Además, estabas tan asustada que me sorprende que no se espantase tu caballo. Los animales notan ese tipo de cosas.
—Había algo que no quería ver, por eso cerré los ojos —dijo ella. ¿Cómo diablos se daría cuenta? Estaba lloviendo, llevaba la capucha puesta…
—¿Y por qué no me lo dijiste? Habría elegido una ruta diferente.
—No hay más ruta hasta Hatelia que cruzar los muros de Hatelia. Y esa llanura.
—¿Qué hay en la llanura?
Muerte. Ahí murió Link, su Link. Ahí despertó su poder, cuando era demasiado tarde para ayudarlos a todos. Demasiado tarde para salvar sus vidas, demasiado tarde para descubrir sus verdaderos sentimientos y demasiado tarde para aceptarlos.
—No hay nada, sólo malos recuerdos.
Link torció el gesto, pero no hizo más preguntas.
—No vuelvas a cabalgar con los ojos cerrados.
Después de la advertencia no volvieron a hablar en un rato. Cabalgaron por el sendero que dividía el bosque en dos, ascendiendo por la ladera que conducía a Hatelia.
El sol de mediodía golpeaba con fuerza cuando vieron a un anciano sentado en un tocón de madera, en el borde del camino. Al parecer un moblin había espantado a su asno y por temor a volver a ser atacado se quedó en el camino, por si algún aldeano se cruzaba por allí y se ofrecía a remolcarlo hasta Hatelia.
—Buscar a ese asno cabezota es una pérdida de tiempo, joven —dijo el anciano a Link.
—Entonces iré a matar al moblin. Podría atacar a más aldeanos —insistió Link.
—No te preocupes, de veras. Estoy cansado y me duelen los huesos, me harías más favor si me acercases hasta la aldea. Mañana hablaré con mi hijo y con otros aldeanos y veremos qué hacer.
Link pareció dudar por un instante, pero descartó la idea de dar caza al moblin y desmontó a Sombra para ofrecer la montura al anciano. Él iría a pie el resto del camino y eso les retrasaría un poco, aunque no demasiado, según Link el camino iba escarpándose más y más y los caballos avanzarían con lentitud.
Más valiera al cazador sucumbir en los bosques.
Más valiera al viajero perecer en la Montaña.
Más valiera al héroe morir en las garras del dragón.
Pues la oscuridad negra ha despertado
Y desde el más profundo Abismo agita sus alas
En busca del tesoro de las Diosas.
—Es bonito, pero me parece un poco cobarde —sentenció Link al oír los versos de Yngrud, así se llamaba el anciano.
—No tienes ni idea, muchacho —carcajeó el viejo. Zelda vio muchos huecos en su dentadura amarilla —son unos versos que mi padre nos recitaba a mí y a mis hermanos para que jamás nos adentrásemos en el bosque. Los esbirros de la Bestia tienen muchas caras. Más vale abandonar a un viejo asno a tiempo que pasar el resto de tu vida lamentándolo. Acepta el consejo.
—Al final tiene que haber alguien que se enfrente a la Bestia —replicó Link. Yngrud soltó otra carcajada.
—Eres osado. Pero no me has dicho tu nombre, ni tampoco tú el tuyo, jovencita.
—Me llamo Zelda, él es Link —intervino ella, sonriendo al anciano. "Zelda a secas".
—¡Zelda, como las mujeres de la familia real! —exclamó Yngrud. Ella asintió en silencio. Sabía que era raro que las familias comunes pusieran ese nombre a las niñas, no lo hacían por deferencia a la familia real, aun así, había unas cuantas Zeldas en el mundo.
—¿Ha habido más de una Zelda en la familia real? —preguntó Link. Yngrud sonrió, estaba claro que le gustaba contar historias.
—Desde Zelda I, ha sido tradición en la familia real de Hyrule poner ese nombre a la primera niña que la reina engendrase.
—Zelda I, hace diez mil años… —murmuró Link. El anciano volvió a reír con júbilo y ella sabía que era porque Link volvía a estar equivocado. El tapiz ancestral hablaba de una Zelda diez mil años atrás, pero hubo otras muchas antes, en tiempos tan lejanos que sólo existían en las canciones y en los cuentos de las nanas. Y en sus sueños, pero eso era distinto.
—Mi madre siempre solía contarnos la leyenda de Zelda I —relató el anciano —fue la primera de muchas, la que instauró la tradición. Aunque nadie dice que no hubiese otras incluso antes que ella. Solo las Diosas saben cuántos siglos habrán pasado desde que el mundo es mundo. Cuentan las leyendas sobre un rey, en una época de larga y próspera paz en Hyrule. Fue un rey justo y poderoso, como pocos se han conocido, y durante muchos años hizo uso del Poder Sagrado para mantener a la Oscuridad a raya. Pero el buen rey envejecía, el tiempo no perdona ni a los justos, y el rey sabía que tarde o temprano tendría que legar el secreto de la Trifuerza a sus herederos. Como dicen las leyendas, el Poder Sagrado es la unión en equilibrio de los tres grandes dones: Poder, Valor y Sabiduría. Si el portador carece del espíritu adecuado, el Poder Sagrado se dividirá en sus tres mitades y desaparecerá para esparcirse por el mundo, hasta que un portador dotado con cada uno de los tres dones se haga con él. Esto aterrorizaba al rey de Hyrule, pues sabía que el príncipe primogénito era un guerrero reconocido, un príncipe osado, pero también era arrogante y carecía de los dones necesarios para mantener el equilibrio de la Trifuerza. Si el poder sagrado recaía en su hijo, éste se dividiría y dos de sus mitades se alejarían y podrían caer en manos peligrosas. Por eso, el viejo rey dividió el Don de las Diosas y dejó la Trifuerza del Poder en manos del príncipe haciéndole creer que había heredado los tres dones. En secreto, contó sus temores a su hija menor, la princesa Zelda, a quien legó la Trifuerza de la Sabiduría. A su vez, le pidió que escondiese la Trifuerza del Valor en lugar seguro, para que el príncipe no pudiese dar con ella. El rey siempre pensó que su hija poseía todas las cualidades para dominar el Poder Sagrado y gobernar, pero al no ser la primogénita tuvo que urdir este plan secreto, por el bien y la paz de Hyrule, con la esperanza de que un buen día el príncipe madurase y mejorase su talante. "¿Y cómo sabremos si alguien es merecedor de la Trifuerza, padre?" preguntó la joven Zelda. "Una luz brillará en su mano. Una luz tan cegadora como el sol, como el mismo Triángulo Sagrado que ostenta", repuso el rey. Pasados los años, el rey enfermó y pasó a mejor vida. El príncipe se convirtió en rey. A su vez, como si una profecía llamase a otra, el Mal volvió a tomar forma. Diosas, siempre siento que se me pone la piel de gallina al pensarlo, siempre hay señales antes de una catástrofe.
Zelda pensó que era cierto. Antes del despertar de Ganon había señales, por todas partes. La Espada Maestra. Los ataques continuados de monstruos. La rebelión de los sheikah y la aparición del clan Yiga… Ella no las vio. No todas. Porque no todas las señales tienen que ser algo malo. También se había equivocado en eso.
—¿Ha olvidado cómo sigue la historia? —preguntó Link, tras el pequeño lapso en la narración de Yngrud.
—Diablos, no. Sólo pensaba que… bueno, da igual. El caso es que el joven rey no tardó demasiado en darse cuenta de que la Trifuerza estaba incompleta. Un triángulo dorado y solitario brillaba en el dorso de su mano, pero nada más. Había sido engañado por el necio de su padre y la ira empezó a apoderarse de su juicio. La primera en ser interrogada al respecto fue la princesa, quien se negó a hablar. El rey, asesorado por un temido hechicero, comenzó a conspirar en contra de su hermana. Con malas artes el joven rey llegó a amenazar a la princesa con hechizarla si no le decía dónde se encontraban los fragmentos desaparecidos de la Trifuerza. "Quiere el poder sólo para ella" le susurraba el hechicero al oído "está esperando a que te descuides para tomar la corona". Loco y obsesionado por el poder, el joven rey permitió al hechicero que "hiciese lo que fuera necesario" para sonsacar la información a la princesa Zelda. Así fue cómo con malas artes el hechicero sumió a la princesa en un profundo sueño, del que nadie fue capaz de despertarla. El dolor por la pérdida de su hermana hizo que el rey recobrase el juicio y expulsase al hechicero del reino de Hyrule. Después, ordenó construir un templo para custodiar el sueño de su hermana, un lugar protegido y repleto de pruebas para que ningún mal pudiera alcanzarla. Los años pasaron y el arrepentimiento del rey fue tan grande, que hizo grabar el nombre "Zelda I de Hyrule" en el templo, y ordenó que desde ese día y hasta el fin de los días, todas las niñas nacidas en el seno de la familia real se llamasen Zelda, en honor a su hermana, la reina justa que Hyrule se perdió.
Durante un rato cabalgaron en silencio. Las palabras del viejo parecían repetirse como el eco de los cascos de los caballos en las laderas de roca. Habían dejado el bosque atrás y el sol seguía su recorrido por el cielo, trayéndoles un atardecer más fresco después de un día caluroso.
—Es una historia muy triste, me entristece que nadie hiciese nada —dijo Link, rompiendo el silencio —¿es ese el final? ¿Es que no había un modo de romper el hechizo?
—Si existe un final distinto, yo lo ignoro, muchacho —dijo Yngrud.
—¿Tú conoces el final de la historia? —preguntó Link, esta vez a Zelda.
—No conozco el final. Tampoco he encontrado nada en los libros que he leído —reconoció ella, encogiéndose de hombros.
—Estas historias no las encontrarás en los libros, muchacha —carcajeó Yngrud —se mantienen vivas boca a boca, alimentadas por el fuego de una hoguera. O por una larga cabalgada, como en nuestro caso.
—Alguien tuvo que volver a reunir la Trifuerza —dijo Link, ignorando el comentario de Yngrud y dirigiéndose sólo a ella —y algo hace que se mantenga unida. Tú debes saberlo. Lo sabes mejor que nadie.
—Link…
No volvieron a mencionar la historia en lo que restó de viaje. Yngrud les contó algunas cosas sobre la aldea. Circulaban noticias y chismorreos varios. Había una manada de lizalfos que había tomado la playa de Hatelia y los pescadores llevaban días sin faenar. Un hombre llamado Yun había sido herido por una punta de lanza en el hombro, y al parecer los lizalfos solían poner veneno en sus hojas. La herida se emponzoñó y tuvieron que llevar a Yun al molino de los sheikah, en lo alto de la colina. Desde entonces Yun se había vuelto famoso por pasar dos días enteros recuperándose en el molino sheikah, un lugar vedado y al que pocos aldeanos se atrevían a frecuentar.
El sol se ponía cuando atravesaron el arco de piedra de la aldea. El viaje fue más largo de lo que Link había calculado, pero habían parado un par de veces a beber agua y dar un bocado, y al ir a pie, emplearon casi todas las horas de luz en alcanzar los límites de Hatelia. Allí se despidieron de Yngrud, que consiguió sonsacar a Link dónde estaba su casa y prometió volver con más historias y algún regalo de agradecimiento por haberle ayudado a regresar a la aldea.
Zelda levantó la vista y apenas contó una docena de casas a ambos lados de la calle. Había oscurecido y no pudo ver qué había calle arriba, aunque imaginaba que no mucho. "La gran ciudad de Hatelia es una aldea."
Link la guio por la ladera oriental de la aldea, la más cercana a los acantilados. El aire en Hatelia era una dulce mezcla del hielo fresco que coronaba el Monte Lanayru al Oeste, y la sal del Gran Mar del Amanecer al Este. La casa de Link estaba más apartada del resto. Había que ascender y luego atravesar un pequeño puente que colgaba sobre un riachuelo de aguas cantarinas. Ella habría disfrutado de todo eso con más luz y menos cansancio. Cuando Zelda bajó del caballo notó una gran debilidad. Le dolían las piernas de montar todo el día y de repente el agotamiento del viaje se le vino encima. Link abrió la puerta de la casa y le pidió que subiese al piso de arriba y se echase a dormir sin esperarle mientras él se hacía cargo de los caballos.
No había aceite en las lámparas, así que Zelda utilizó una pequeña vela que llevaba en su bolsa de viaje. La casa olía a polvo y a cerrado, pero cuando vio la cama iluminada con la luz tenue de la vela, Zelda se dejó caer sin pensarlo. No cambió las sábanas como le había dicho Link, ni siquiera sacudió las que había puestas. Diosas, estaba tan cansada que no le importaba dormir sobre un nido de telarañas.
Cerró los ojos un momento, mientras esperaba a Link. Los volvió abrir al notar una manta cayendo sobre su cuerpo, no sabía cuánto tiempo llevaba traspuesta.
—Gracias —dijo. Link había puesto un poco de aceite en una lámpara y apenas podía ver su perfil, delineado por una llama débil, casi moribunda.
—Duerme. Si tienes más frío, he puesto otra manta ahí, en la mesa.
—¿Y tú?
—Mañana hablamos —se despidió él —buenas noches.
"Buenas noches, Link, rompedor de hechizos" murmuró, ya en sueños. "¿Sabes? Lo que mantiene unida a la Trifuerza son los actos de amor. Sólo eso. Actos de amor."
