Nota: Muchas gracias por vuestros reviews y follows!

Aún estoy en hype con lo que mostraron en el E3, he dejado algunas opiniones a preguntas que me han hecho al respecto en mi perfil de Wattpad, por si tenéis curiosidad ^^

Este capítulo contiene un pequeño guiño a la Khaleesi y también a Sir Duncan el Alto. Si no sois seguidores de GRRM ni de GoT no lo podréis ver... pero dicho queda :)


Capítulo 4 - "Hay una princesa en mi casa"

"Sólo necesita comer y dormir."

Pero ya llevaba durmiendo más de doce horas. A él le había dado tiempo de alimentar a los caballos, de llenar las vasijas con agua fresca de la fuente de la aldea, de airear toda la planta baja y de comprar unos víveres mínimos en la tienda. No quería alejarse demasiado por si Zelda despertaba y encontraba la casa vacía. Pero ella seguía durmiendo en su posición de ovillo, como un pequeño animalillo enroscado en su nido, tal y como la había dejado la noche anterior. Suponía que los caballeros solían montar guardia o algo así, sin alejarse demasiado.

Su casa le parecía ridículamente pequeña para alojar a una princesa. Él no la compró con la idea alojar a nadie, ni siquiera la compró con la idea de vivir ahí, la compró porque necesitaba guardar sus cosas. Su casa cabía en el menor de los salones que había visto en el castillo. En realidad, la aldea entera podría caber en la inmensa sala del Bastión Central. Además del tamaño reducido, en casa no había lujos como las que podría haber en un palacio, aunque de alguna manera, la casa era cómoda y práctica. Todo estaba a mano, sin artificios ni adornos rimbombantes. Una cocina pequeña, la chimenea, el almacén… En fin, era cuestión de tiempo que la princesa quisiera recuperar su estatus y buscar algo grande, y mucha gente a su servicio. El rey Dorphan tenía al menos a doce criados rodeándole siempre, y Sidón tenía incluso un palacio para él solo, en el estanque Oriental. Imaginaba que los lujos de los nobles hylianos serían como mínimo similares a los zora.

Esa noche había dormido en el suelo, junto a la chimenea. El dolor de las costillas rotas se había acentuado por el viaje y las malas posturas, y una noche más de suelo no le hizo demasiado bien. Había estado dándole vueltas al asunto, y existía la posibilidad de reformar la alacena, robando un poco de espacio al cobertizo y hacer una habitación nueva. De ese modo, ambos podrían compartir la casa hasta que la princesa encontrase algo acorde a su clase. Y él tendría una cama para dormir a pierna suelta.

Tenía varias cosas que hacer y no podía estar todo el día esperando a que ella se levantase, así que se decidió por ir a buscar a Karud, el maestro de obras. Lo encontró junto a dos de sus hombres, levantando otra de esas casas vacías que jamás iban a venderse por lo prohibitivo de su precio. Link se preguntaba qué sentido tenía tanto derroche, tanta manía por edificar si no había nadie casi en todo Hyrule que pudiera pagar algo así. Las gerudo, tal vez, pero ellas preferían vivir en su ciudad prohibida, donde nadie las molestaba ni les decía lo que tenían que hacer. No sin esfuerzo, consiguió que Karud le dedicase un poco de tiempo. No sabía cómo aquel tipo podía ser tan áspero con él, después de todas las rupias que le había pagado por la compra y reforma de su casa. Al parecer, la llegada de Zelda despertó todo el interés del maestro de obras y dejó lo que estaba haciendo para poner todos sus sentidos en Link.

—¿Quién es ella?

—Ya te lo he dicho, una invitada que se alojará un tiempo en casa. —gruñó Link, molesto por el repentino interés.

—¿Es tu esposa?

—No, no lo es.

—Entonces es tu prometida. Si vais a casaros necesitaréis una casa mucho más grande, puedo hacerme cargo de eso.

—Tampoco es mi prometida, Karud, yo lo que necesito es-

—Diosas, un romance prohibido, ¡me encanta!

—Nada de romance, ¡deja de decir tonterías! —exclamó, sin evitar elevar un poco el tono —es una amiga que se alojará un tiempo hasta que encuentre otra cosa, ya lo entenderás cuando llegue el momento.

—Está bien, si no me lo cuentas todo tú, ya lo hará ella.

—Pero…

—¡Karad! —exclamó el maestro de obras, llamando a uno de sus ayudantes —prepara materiales, mañana iremos a trabajar a casa de Link.

Después de la visita al maestro de obras, comió en un puesto callejero donde estaban asando pimientos y carne de cabra. Hizo un par de recados más y como Zelda seguía dormida, decidió visitar a los sheikah. Subió la colina dando grandes zancadas, aún incomodado por la conversación con los constructores. Karud era insufrible y siempre iba metiendo la nariz en los asuntos ajenos. Tendría que advertir a Zelda sobre él, Impa había dejado claro que lo mejor era que nadie descubriese la identidad de la princesa, así que había que estar preparados contra los posibles chismorreos.

Cuando llegó al extraño molino que había en lo alto de la colina, casi al borde del acantilado, no tuvo que llamar. Prunia estaba en exterior, con un extraño artilugio volador, dando saltos y correteando de un lado a otro de la pequeña pradera verde que coronaba la colina. Junto a ella estaba su ayudante, Symon, que se limitaba a leer tranquilamente sentado en los escalones de la entrada. Al advertir su llegada Symon lanzó una mirada a Link por encima de sus diminutas gafas y sonrió, saludando de manera silenciosa.

—Parece que ya no te escondes tanto de tus vecinos —dijo Link a Prunia, que ni siquiera lo había visto llegar.

—¡Linky! ¿Qué es lo que haces? ¿Dónde diablos te habías metido? ¿Te has dado cuenta de lo que pasa? ¿Has tenido que ver algo con el cese energético de los guardianes?

—Para, para. Las preguntas de una en una. ¿Qué es eso, una cometa?

Prunia pegó un tirón del hilo de su "cometa" y recogió el artilugio para lanzarle acto seguido una mirada de desaprobación.

—No seas absurdo, esto no es ningún juguete. Es un medidor de ondas ancestrales. No capta nada, ¡nada! Normalmente lo tenía en casa y siempre tenía los niveles disparados, pero desde hace unos días ni siguiera elevándolo al aire puedo captar la más mínima señal.

—Y no creo que vayas a captar nada. La energía se ha ido.

—¿Se ha ido? ¿Cómo que se ha ido? ¿Qué diablos significa que se ha ido?

Link se encogió de hombros y esbozó una sonrisa.

—Toma, es una carta de Impa —dijo él, sacando el trozo de pergamino que había guardado desde que partiese de Kakariko —ahí lo explica todo.

Prunia le arrebató el papel en un impulso tan ágil que prácticamente desapareció de sus manos. Mientras sus ojos se desplazaban a toda velocidad por la caligrafía de Impa, Symon cerró el libro y se puso en pie para acercarse a ellos.

—¿Puedo ofrecerte algo, Link? ¿Un té tal vez?

—Un té está bien, gracias.

—¡Deja el té, Symon! —exclamó Prunia. El papel se escurrió de sus manos y se cayó al suelo —¿Es verdad? ¿Es verdad lo que dice Impa? ¡Linky, no te quedes ahí como un pasmarote!

—No lo he leído, pero supongo que sí.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo?

—¿Qué dice Impa? —preguntó Symon, recogiendo el papel del suelo para leerlo.

—¿Has derrotado a Ganon y… y su alteza real está viva?

—Aham —murmuró Link. Ahora se le había antojado el té que Symon no había llegado a servirle, y tal vez unas galletas. Galletas con trozos de arándano o de frutos del bosque, sabía que los sheikah solían prepararlas así, estaban buenísimas.

—Diosas… —dijo Symon —así que todo ha acabado. Es extraordinario, Link.

—Supongo que sí.

—No puedo creerlo, debes estar enfermo, ¿cómo es que no estás dando saltos, loco de euforia? —preguntó Prunia. Ella sí estaba saltando, parecía un colibrí revoloteando de un lado a otro.

—Fue hace unos días. Supongo que ya se me ha pasado la euforia —dijo él, encogiéndose de hombros.

"Nunca hubo euforia", pensó. "Bueno, puede que un poquito… al principio. Pero después nada de nada."

—Y su alteza real está viva… sana y salva… que las Diosas la bendigan, es un milagro —prosiguió Prunia.

—Sí. Mañana, si todo va bien, podrás verla —dijo Link. No lo había hablado con ella, pero asumía que Zelda tendría que visitar a los sheikah antes o después.

—Espera, espera… —dijo Prunia, deteniéndose —¿insinúas que su alteza real está en la aldea?

—Sí, está en mi casa.

—Zelda Bosphoramus, princesa de Hyrule, portadora del Poder Sagrado, heredera del trono de Hyrule, destructora del Cataclismo… ¿está en tu casa? —volvió a preguntar Prunia, abriendo mucho los ojos.

—Sí, la misma.

—Tranquila, Prunia, demasiadas emociones de golpe —intervino Symon, agarrando a Prunia de la mano. Por una vez, se había quedado sin palabras.

—No puedo creerlo… ¡tenemos que verla! ¡Tienes que contármelo todo, Linky!

—Sí, te contaré todo lo que quieras saber… —Link tosió, como queriendo aclararse la garganta —respecto a ese té que decíais…

—Buena idea, Link —intervino Symon —pasemos adentro y nos cuentas todo.

Durante un rato intentó narrar, más o menos, lo que había sucedido en el castillo de Hyrule. Prunia interrumpía preguntando detalles de manera continua y eso le hacía perder el hilo de la historia una y otra vez. Él no recordaba tantos detalles, él era más de sensaciones. El frío, la oscuridad y el terror que se respiraba allí. Intentó explicar, con poco éxito, que en el interior del castillo era como si el tiempo transcurriese mucho más despacio, o como si no se moviese en absoluto.

—¿Llevabas un reloj contigo? ¿Dejaron de moverse las agujas?

—N-no, Prunia, no me entiendes, yo-

—¿No se te ocurrió mirar la piedra sheikah? Sabes que hay un reloj en la piedra sheikah…

—Sí, pero-

—Tienes que entregármela para que pueda analizar todo lo que has guardado ahí. Algunas conclusiones se podrán sacar.

—Mañana te la traeré, la tiene Zelda.

Prunia se puso a dar instrucciones a Symon sobre los planes de análisis que querían hacer. Siempre era un poco brusca con su ayudante, pero él se tomaba su genio con paciencia infinita. Mientras los sheikah hacían sus anotaciones él aprovechó para comer galletas, apenas las había podido probar con tanta pregunta. Esta vez eran de moras salvajes y estaban crujientes y un poco ácidas, una delicia. Después volvieron a retomar la historia, y durante su narración de la batalla contra el Cataclismo el interrogatorio cesó. Los dos sheikah lo escucharon boquiabiertos, sin decir una palabra.

—Es increíble… —murmuró Prunia, una vez él concluyó la historia —era cosa del destino… siempre estuvo escrito. Me pregunto cómo conseguiría su alteza despertar su poder. Lo intentó durante tanto tiempo sin éxito… Mi hermana me destinó a esta aldea cuando surgió el Cataclismo, quería que Rotver, ella y yo estuviésemos en distintas regiones para evitar ser alcanzados por el mal en el mismo sitio, eso habría sido una catástrofe porque no habríamos podido ayudar en absoluto. Nunca supe qué ocurrió exactamente con su alteza real. Como sabes, los datos de la piedra sheikah se perdieron casi en su totalidad y sólo volví a saber de la princesa Zelda cuando mi hermana me dijo que habían descubierto que había ido a enfrentarse ella sola a Ganon. ¿Te ha contado su alteza real cómo sucedió todo eso?

—No, no lo ha hecho.

—Oh, vaya…

—Zelda no está bien del todo —dijo él.

—¿Qué quieres decir? ¿Es que fue herida?

"No de manera visible" pensó.

—Necesita descanso y recuperación. Y… está un poco débil después de todo lo que ha pasado. A lo mejor, estando tranquila en la aldea, vuelve a recuperar la alegría.

Prunia se encaramó a la mesa para examinarle de cerca. Sus enormes gafas redondas siempre le intimidaban un poco.

—¿Ha hablado su alteza real contigo?

—¿Qué tiene que hablar conmigo?

—Entiendo. —Prunia volvió a su posición y se quitó las gafas para limpiarlas con un pequeño pañuelo blanco. Él no entendía nada.

—Ha dormido todo el día, aun antes de venir hasta aquí, seguía dormida. ¿Crees que le pasa algo malo? —preguntó, sintiendo un pequeño pellizco en el estómago. A lo mejor los sheikah sabían algo que a él se le escapaba.

—Nada de lo que preocuparse, Linky —sonrió Prunia —tal vez haya despertado mientras hablamos. Pronto empezará a atardecer y es mejor que estés allí para que no se sienta desorientada.

—Sí, tienes razón —Link se puso en pie y agarró la última galleta del plato —Prunia, hay algo que quería pedirte…

—¿De qué se trata?


Cuando llegó a casa, un anochecer púrpura se cernía sobre los humildes tejados de la aldea. Los grillos cantaban y la temperatura cayó, siempre bajaba un aire helado del Monte Lanayru que hacía que las noches de Hatelia fueran frescas, fuese la época del año que fuese.

Encontró a Zelda sentada en las escaleras de madera que había en la puerta principal. Estaba descalza, con los pies enterrados en la hierba verde que crecía alrededor de la casa.

—¿No tienes frío? —preguntó, nada más verla.

—Hola, Link. No, no tengo frío. Hay… hay fríos mucho peores. Aquí estoy bien. Oigo el ruido de ese riachuelo y la hierba me hace cosquillas en los pies —dijo ella, dibujando una sonrisa. Era una sonrisa genuina, no era una de esas sonrisas apagadas que le había visto tantas veces.

—¿Has dormido bien? Seguro que la cama estaba sucia, llevaba mucho tiempo sin pasar por la casa y las sábanas debían tener mucho polvo.

—Te voy a ser del todo sincera. Creo que jamás había dormido tan bien. No había dormido tan bien en toda mi vida, así que a lo mejor el truco está en dormir sobre un montón de sábanas polvorientas…

—Uhm.

Seguro que la princesa intentaba ser cortés con él. En el castillo debía de tener una cama tan grande que no cabría en su casa. Tendría sábanas suaves, de los mejores materiales y sus doncellas las mantendrían siempre perfectas.

—¿Tienes hambre? —le preguntó. En realidad él se moría de hambre —es tarde para un desayuno, pero puedo preparar la cena.

—Me parece una gran idea.

Encendió el fuego del hogar y preparó algo sencillo y rápido. Había comprado algunas hortalizas en la aldea y las lavó y peló para acompañar las brochetas de pollo que iba a asar en la lumbre.

—¿Qué has hecho todo el día? —preguntó Zelda, que le observaba sin perder detalle desde su posición, sentada a la mesa.

—He ido a hablar con el maestro de obras. Mañana vendrán y haremos un nuevo dormitorio en casa.

—Oh…

—Hay hueco entre la alacena y el cobertizo, más que de sobra.

—Siento ser una molestia.

—No eres una molestia —dijo, frunciendo el ceño, pero sin dejar de preparar las hortalizas para la cena.

—Por mi culpa anoche dormiste en el suelo, o de mala manera. Esta noche puedes ocupar tu cama, Link. Yo he dormido tanto que… esta noche es toda tuya.

—No sé de qué me hablas —dijo él, limpiándose las manos en un trapo.

"Ni hablar. No, no y no. Bastante poca cosa era su casa como para además tener a una princesa toda la noche en vela mientras él dormía tan tranquilo, ¿dónde se habría visto algo parecido?"

—Y… ¿qué más cosas has hecho? —preguntó Zelda, tratando de recuperar el tono jovial.

—Comprar algunas cosas que hacían falta, y también he ido a ver a los sheikah. Tenía que entregarles la carta de Impa y decirles que estamos aquí, tal y como habíamos acordado antes de salir de Kakariko.

—¿Has ido a ver a los sheikah sin mí?

—Lo siento, es que… Impa me pidió que informase de inmediato y no sabía si tú… creo que he obrado mal.

—No, no, para nada —dijo ella, agitando la cabeza —has hecho bien. Ya habrá tiempo para ver a Prunia.

—Respecto a eso… —dijo él, dudando —¿te ha contado algo Impa sobre Prunia?

—No me ha dicho nada, ¿qué tiene que contarme?

—Uhm. Es mejor que lo veas por ti misma.


Habían cenado casi en silencio. Y por una vez, Zelda se comió toda su ración. Estaba temiendo volver a verla picotear aquí y allá sin llegar a probar nada de verdad, pero esa noche se comió todo lo que él le sirvió en el plato. Y alabó y agradeció la comida. A lo mejor estaba mal sentirse halagado por sus cumplidos, seguro que ella había probado cosas mil veces mejores, pero no podía evitar sentir una especie de sensación cálida en el estómago cuando ella decía que jamás había probado unas zanahorias más frescas, o que el pollo estaba tierno y jugoso.

Después de la cena Zelda insistió en limpiar todo. Quiso impedírselo, pero ya se había puesto manos a la obra y supo que no iba a ceder. Él salió afuera para atender a los caballos. Tenían heno fresco de sobra, pero le gustaba pasar unos minutos a solas con Sombra, el caballo había sido tantas noches su única compañía que si no se acercaba para darle las buenas noches sentía que el día no estaba completo.

Al volver a la casa vio que Zelda había vuelto al dormitorio, en el piso de arriba. Tal vez necesitaba dormir más, pero por la Diosa, esperaba que pusiese las sábanas limpias que le había preparado y no durmiese una noche más envuelta en una nube de polvo. Aprovechó el momento para sacar de la bolsa lo que Prunia le había dado esa tarde. Encendió un candil y se sentó junto al fuego, quitándose las botas. Apenas había ruido en el piso de arriba, seguramente la princesa había retomado el sueño. Pasó los dedos por la cubierta de cuero del libro que tenía entre las manos: "Historia de un caballero" escrito por un tal maese Fergus de Lahn, de la Ciudadela del Albor. Era un tomo grueso, con letra apretada. "Te recomiendo que empieces con este, Link" había dicho Prunia "es una recopilación de grandes chanzas y hazañas de caballeros de Hyrule, que sirven para ilustrar muchos de los comportamientos que se esperan de la caballería. Pero está escrito como si todas esas hazañas las hubiese llevado a cabo un mismo caballero".

Link se preguntó dónde estaría la Ciudadela del Albor. Él había despertado en la Meseta de los Albores, y su base estaba rodeada por las ruinas de una inmensa ciudad de piedra. A lo mejor guardaba alguna relación.

—¿Qué haces?

—¡Diosas, Zelda! —exclamó, con el corazón latiendo a toda velocidad —m-me has asustado, no te he oído llegar.

—Siento haberte sobresaltado así. He intentado acostarme, pero he dormido tantas horas que no tenía sueño. Te dejo tranquilo, no quiero molestar.

—N-no molestas… —balbuceó, intentando reponerse del susto.

—¿Puedo ver tu libro?

Él asintió en silencio, y se lo tendió para que ella lo examinase.

—Historia de un caballero… —leyó ella. Después sonrió y le devolvió el libro.

—Es que como me dijiste lo del voto de pobreza, tenía curiosidad, sólo lo quería mirar por eso, por nada más.

Sintió que le ardían las mejillas. Lo peor que podía pasar había ocurrido, seguro que ella encontraría un poco absurdo su afán por parecerse lo más posible a un caballero. Él era torpe y estaba habituado a pasar las noches con la única compañía de Sombra y de otros animales, en mitad del campo. Jamás podría parecerse ni de lejos a lo que una vez fue, antes de perder la memoria. Maldita sea, no esperaba que la princesa lo descubriese in fraganti con el libro en las manos, tendría que haber sido mucho más cauteloso.

—Hace tiempo, cuando vivía en el castillo siempre me iba a dormir con un libro en las manos. Y… me solía despertar con otro libro en las manos. En fin, supongo que casi siempre tenía un libro en las manos —sonrió Zelda.

—Eso está bien —dijo él, sin saber muy bien qué decir. Aún seguía fustigándose por su torpeza.

—He olvidado la última vez que leí algo —dijo ella —fue hace demasiado tiempo, supongo.

Volvió a dibujar su famosa sonrisa triste, que llevaba desaparecida toda la noche, y Link sintió una punzada de culpabilidad.

—Puedes leerlo, toma —dijo él, ofreciéndole el libro. No tenía más libros en casa, ese era el único.

—¡No! Por favor, no. Es tuyo y yo he venido a interrumpirte. Yo me entretendré de otro modo, no te preocupes, pediré libros a Prunia cuando la vea.

Zelda se dio la vuelta un tanto acelerada, con la intención de volver al dormitorio.

—Espera. Si quieres puedes leerlo conmigo.

—¿Contigo?

—Sí, lo leeremos al mismo tiempo —se movió a un lado, haciéndole un sitio en la alfombra que había frente al fuego.

Zelda dibujó la misma expresión indescifrable que aquel día en la terraza de Impa. El día que él le había propuesto la idea de vivir en Hatelia. ¿Qué se le estaría pasando por la cabeza? Esperaba por todas las diosas que él no se hubiera propasado con sus ofrecimientos y ella no acabase rompiendo a llorar a mares, como la otra vez.

Pasado el momento de duda, ella acabó sentándose a su lado.

—¿Puedo? —preguntó Zelda con timidez, señalando el libro. Él se lo entregó —Podemos leer a medias, un rato tú y otro yo. Si… si no te gusta cómo leo puedes leer tú todo el rato. O si no, miraré las letras en silencio por un lado mientras tú pasas las páginas, no me importa.

—Lee tú —pidió sin más. Se sentía un poco confuso, como si estuviera mareado, no iba a poder mirar bien las letras. Seguramente era porque no estaba acostumbrado a lidiar con princesas, y no tenía claro si la había conducido a una situación inadecuada que ella había aceptado por cortesía. Diosas, tenía tanto que aprender…

Zelda se tomó su tiempo para empezar. Se acomodó bien y dejó que el único sonido en la casa fuese el de la madera que crujía al consumirse en el fuego, frente a ellos.

—Sir Alec de las Tierras Pardas no tenía una bonita heráldica como los demás caballeros. Apenas tenía un nombre. "De las Tierras Pardas" no era un prestigioso apellido, ni recordaba a tierras ricas y prósperas. Él no era más que un caballero surgido de la nada, un hijo de tierras yermas y polvorientas en las que no crece lo verde, de una familia sin nombre ni tradición…

Link cerró los ojos por un instante. Se perdió en la historia y en la voz que la narraba. Su voz. Su voz era como estar de verdad en casa. Era como sentirse a salvo. Era lo único que le había hecho volver. "Si no te gusta cómo leo, puedes leer tú todo el rato". Diablos.