El otoño cayó de golpe en la aldea. Fue una tormenta la que se llevó el verano. Los días se volvieron fríos y el sol no calentaba igual que siempre. El manzano que había a la entrada de la casa empezaba a mostrar frutos rojos y maduros, anunciando el cambio de estación. Llevaban casi dos semanas en la aldea, Link no había pasado tanto tiempo seguido en el mismo sitio, no el suficiente como para ver cómo una estación saludaba a otra.
Su vida se había centrado en arreglar la casa. La nueva habitación estaba terminada. También había arreglado el tejado y el cobertizo de los caballos. Había empezado a cortar leña aquella misma tarde. Todas las noches encendían la chimenea y habían gastado la leña vieja.
Durante el día, apenas veía a Zelda. Ella se levantaba muy temprano y salía para bajar a la playa. Sobre eso… tuvieron una pequeña disputa. Era sabido por los aldeanos que los lizalfos rondaban la playa de Hatelia. Algunos pescadores habían sufrido ataques. Link examinó la playa de punta a punta y vio restos de lizalfos, estaban cambiando la piel y podía ver sus escamas, como un segundo cuerpo vacío, junto a los acantilados. También había encontrado raspas y pieles de pescado, desperdicios… era más que evidente que se alimentaban y anidaban en esa playa. Pero la realidad era que después de recorrer la playa varias veces sin dejar ni un centímetro sin examinar, no había visto ninguno.
"Si no has visto ninguno no hay peligro, Link."
"Aun así no me parece bien que vayas tú sola. Es posible que hayan ido a aguas del sur, pero podrían volver en cualquier momento. He visto nidos."
"Nidos vacíos."
"Si hay nidos, volverán. Escupen veneno y tienen lanzas afiladas. Son repulsivos y podrían atacarte."
"Estás exagerando la situación. Sólo voy a pasear y a mojarme los pies en el agua."
"Entonces iré contigo."
"Tienes otras cosas que hacer, es mejor que no vengas."
"No es lo correcto. Un caballero debería…"
"¡Ya no eres un caballero! Ya no lo eres. Déjame en paz, por favor."
Aquellas palabras se le habían clavado como una daga ardiente. Y no sabía qué era peor, si el daño que le había causado oír de la boca de la princesa la confirmación de que él ya no era lo que una vez fue, o la idea de que un lizalfo le mordiese o le escupiese ácido a Zelda. Tuvo que tragarse ambas cosas, pues ella bajaba todas las mañanas de manera invariable a la playa. No sabía muy bien qué hacía allí, en un pequeño cuenco de barro ella había empezado a acumular conchas blancas, que debía recoger de la orilla. Se había sentido tentado de seguirla para vigilar de cerca, pero eso sí habría sido una mala idea. Si ella lo descubría siguiéndola, se acabaría todo. Se acabaría la convivencia y se acabarían las noches de leer junto al fuego. Diosas, a veces pensaba que sólo vivía por ese momento. Después de las visitas matutinas a la playa, Zelda se perdía con los sheikah. Pasaba horas en el molino de Prunia y no la veía hasta la noche, donde la esperaba en silencio, con el libro de maese Fergus en el regazo. Temió que no volviese a querer sentarse a leer con él cuando empezó a llevar libros de Prunia a casa, si Zelda tenía sus propios libros, ¿por qué seguir compartiendo un libro? También temió que las lecturas parasen después de su discusión sobre los lizalfos. Pero no fue así. Cada noche desde la primera leía para él. Y se encontró a sí mismo pensando en ese instante durante todo el día, todos los días.
—¿Estás cortando leña? —preguntó Zelda. Volvía del molino de Prunia con una cesta repleta de setas. Ya había empezado a anochecer y llevaba la capucha echada por encima.
—La leña vieja del cobertizo pronto se acabará. Tengo que cortar todos los días si… si vamos a pasar aquí el invierno.
Colocó un nuevo tronco en el tocón y lo dividió por la mitad con un corte limpio. No tenía ni idea de cuáles eran los planes de Zelda para el invierno. Tal vez se hartaría de la rutina de la aldea y de su diminuta casa y querría marcharse de allí. Ya dormía y comía bien regularmente, se la veía mucho más saludable, aunque igual de melancólica. Contra eso no había surtido efecto ninguna de sus medicinas.
—Debería ayudarte. Dejaré esto adentro y te ayudaré.
—No hace falta. Ya ha anochecido y no podré cortar mucha más leña hoy.
—Entonces deja que haga yo la cena. Cocinaré las setas que me ha dado Symon.
Él se aseó rápidamente y avivó el fuego para que Zelda pudiese cocinar. Mientras ella lo hacía, él preparaba el libro para más tarde. Sólo quedaba un capítulo. El último capítulo, así que… Así que ya había ido a buscar un nuevo libro a la biblioteca de Prunia.
"Link, no quiero asustarte, pero recuerdo haber leído hace años la historia de un hombre que se volvió loco de tanto leer libros de caballería. Tal era su locura que creía ver enemigos donde no había nada."
"Eso no va a pasarme a mí. ¿Me prestas el libro o no?"
No tenía ni idea de cómo afrontar el tema con Zelda. Los libros que le había visto a ella eran de otros temas muy distintos. Muchos de ellos eran libros de mecánica, con complicadas fórmulas. Otros eran manuscritos muy viejos escritos en lenguas que él desconocía. Estudiaba mapas y cartografiaba los suyos propios. En definitiva, sus lecturas no tenían nada que ver con su libro de caballería.
Cenaron en silencio. Zelda casi nunca hablaba de lo que hacía con los sheikah. De todas formas, si se decidía a contarle los detalles, él no se habría enterado. Estudiaba las mismas cosas complicadas que Prunia. El fuego azul, la energía ancestral y los libros de las letras raras. También se había ofuscado con el tema del Santuario de la Vida. Después de conocer con sorpresa "el retroceso" de Prunia, ambas se habían realimentado creyendo que él mismo podría llegar a sufrir un retroceso, y ahora cada vez que veía a la diminuta sheikah ésta le preguntaba "si se sentía más joven".
—¿Es que no te gusta la cena? —preguntó ella. Link se dio cuenta de que llevaba un rato sin llevarse nada a la boca.
—¡Qué va! Está buenísimo lo que has preparado, de verdad. —se llevó una enorme cucharada para reafirmar sus palabras. Zelda lo observó inmóvil hasta que él se lo hubo tragado. ¿Cómo iba a decirle que estaba preocupado porque su ridículo libro llegaba a su fin?
—Los sheikah me han dicho que tienen una misión para ti. Hablarán contigo mañana.
—¿Una misión?
—No me han dado detalles, así que…
Link se quedó dándole vueltas al asunto sheikah mientras terminaban de cenar, pero pronto se vio atrapado por su momento favorito del día. Los últimos tocones de leña del año anterior se consumieron mientras Zelda leía en voz alta el capítulo final del libro.
—…y desde aquel día, su nombre pasó a formar parte de la historia. Fin.
Zelda cerró el libro de manera ceremoniosa, como hacía con todos sus libros. Link se preguntaba si sería una vieja costumbre de sus días en la corte de Hyrule. Él se quedó en silencio, sin saber bien qué decir.
—¿Qué te ha parecido?, Link, ¿es lo que esperabas?
—Ha estado bien.
Bien, por decirlo de alguna manera. Ella podría haber recitado en voz alta uno de sus complicados libros matemáticos y también habría estado bien. Cualquier cosa que ella leyese iba a estar bien porque se veía inevitablemente atrapado por el momento. Era ridículo.
—¿Por qué elegiste este libro? —preguntó ella, entregándole el tomo ya cerrado.
—Me lo recomendó Prunia.
—Ya, eso ya me lo imaginaba —Zelda soltó una carcajada —pero ¿por qué le pediste un libro sobre caballería?
—Quería saber más. Por si hace falta.
De repente sintió una nube de calor concentrándose en sus mejillas. No debería avergonzarse, quería saber más, es todo.
—Entiendo hasta cierto punto lo que intentas hacer, de verdad, sé lo mucho que te esfuerzas siempre en todo lo que haces. Pero si te digo esto es porque no creo que puedas aplicar muchos de esos conceptos en el mundo actual. Todo está demasiado cambiado.
—Yo antes era un caballero, no pienso que sea malo averiguar un poco más sobre eso. Ahora no soy nada en particular, así que supongo que quiero volver a aprender a ser algo, aunque digas que no hace falta.
Zelda frunció el ceño y arrugó un poco la nariz. Hizo exactamente el mismo gesto el día que discutieron sobre los lizalfos y Link pensó que tal vez debería haber cerrado el pico. Mencionar el pasado, aunque fuese de manera leve, siempre afectaba al humor de Zelda.
—¿Qué no eres nada? Diosas, sólo eres el héroe de Hyrule. Sin ti nada tiene sentido.
Él miró al suelo, sin saber bien qué decir. Sí, había matado monstruos, pero no sabía hacer nada más. No sabía bailar, ni justar, no era un gran conversador, ni conocía protocolos ni estrategias de batalla. Cuando Zelda formase un nuevo séquito, ¿de qué manera iba a poder él ayudar? Podría encabezar la infantería de soldados o algo así, pero quería sentirse útil de verdad. La princesa era muy cortés y siempre le había dado las gracias y le había llamado héroe, pero… pero ¿por qué todo eso parecía insuficiente? Era incomprensible incluso para él.
—Estoy cansada por hoy, creo que me voy a ir a la cama —dijo ella, tras su prolongado silencio.
—Está bien.
Tal vez aquella había sido la última lectura. Le parecía un poco absurdo decirle que tenía otro libro preparado, sobre todo después de que ella hubiera cuestionado la temática. En fin, era una posibilidad que había contemplado, ya era bastante raro que ella se hubiera ofrecido a leer cada noche.
—Pero antes, quería darte una cosa.
Zelda sacó un pequeño saquito de su bolsillo y lo balanceó delante de sus ojos.
—¿Para mí?
—Claro que es para ti, que yo sepa no hay nadie más en esta habitación.
Link aceptó el saquito y lo abrió con cuidado. Se trataba de una concha de caracola blanca ensartada en un cordón de cuero.
—Es mi manera de disculparme, Link. El otro día te dije unas palabras un poco crueles. Fui injusta. Como he dicho, entiendo lo que intentas hacer. No eres culpable de lo que pueda pasar por mi cabeza, nada es culpa tuya. Buenas noches.
—B-buenas…
Antes de que pudiera replicar, ella se esfumó escaleras arriba. Zelda era la persona más desconcertante que había conocido jamás.
—Linky, ¿estás escuchándome o no?
—Sí, sí te escucho —respondió, poniendo los ojos en blanco.
Nah. Lo cierto era que llevaba un rato desconectado de la verborrea de Prunia. Los sheikah hablaban demasiado. Bla, bla, bla. Si la misión era ir a matar a los lizalfos de Hatelia porque ahora asolaban las playas de Onaona, con ese mensaje era más que suficiente. Emplearía dos días enteros en el viaje, uno para la ida y el otro para la vuelta. Matar a los lizalfos llevaría más. Era posible que se hubiesen desplazado hacia el Oeste y junto a las extensas playas había cuevas en los acantilados, si los lizalfos se escondían ahí, iba a ser difícil dar con todos ellos. En total, una semana de viaje.
—…y de paso hablarás con el consejo de aldea Onaona. No queremos que los rumores se extiendan sin sentido.
—¿Rumores?
¿Rumores?
—¡Lo sabía! ¡No estabas escuchando! —exclamó Prunia, saltando del asiento —Linky, esto es algo serio, las Cuatro Grandes Regiones ya sospechan de lo que hicisteis en el castillo. Las noticias se propagan más rápido de lo que piensas, es conveniente sembrar la calma y explicar que sí, que el mal está controlado, pero sin dar detalles de la princesa ni de lo que tú mismo hicisteis. No sin hablar antes con los grandes mandatarios.
—¿Y qué diablos quieres que digamos entonces?
—Lo correcto es que ayudes a mantener la calma. Onaona está bajo la jurisdicción del Dominio Zora desde hace cien años, el rey Dorphan en persona mandará cartas aclarando lo que haya que aclarar. Y antes de eso, hablaremos con Dorphan. Mientras tanto, ni palabra de Zelda, ni de Ganon, ni de la Trifuerza.
—No creo que esos pescadores del sur se preocupen por el castillo. Más bien tendrán los ojos en los lizalfos de las playas —dijo él, restándole importancia —pero seguro que a Zelda se le ocurre algo ingenioso que decirles.
Sí. Ella era ingeniosa y sabía bien cómo tratar con la gente. Él sólo tendría que ocuparse de matar a esos estúpidos lagartos y dejaría los protocolos para Zelda.
—¿Estás loco? Su alteza real no irá contigo a Onaona. Es una misión peligrosa en la que ella poco puede aportar. La necesito aquí conmigo, trabajando en el laboratorio.
—Ah.
No sabía por qué había asumido que Zelda viajaría a Onaona con él. Ahora que lo pensaba, era una idea ridícula. Él era el primero que se había opuesto a sus paseos por la playa por el peligro que representaban monstruos y antiguos servidores del Cataclismo, así que…
Prunia le pidió que se pusiera en marcha cuanto antes. Al parecer sus aparatos meteorológicos vaticinaban días de lluvia, y era conveniente que se acercase al sur antes de que el otoño se echase de verdad encima de la región de Lanayru. No era aún mediodía, así que le dio tiempo de comprar unos víveres básicos en los bazares de la aldea, comida que pudiese aguantar el viaje. Después, se apañaría cazando lo que fuese. Había hecho viajes largos y calculados y las provisiones no le preocupaban en absoluto. Llenó el carcaj de flechas y engrasó las botas. En apenas una hora estaba más que listo para partir. Entonces, se sentó a esperar que Zelda volviese de su paseo por la playa. Quería decirle que se iba a ausentar unos días, que estaría sola en casa.
Pasada casi una hora, Zelda seguía sin aparecer, así que decidió que era más rápido si bajaba a la playa a buscarla. Decidió acortar por el camino de montaña, más escarpado, y dio unas cuantas vueltas por la playa hasta comprobar que ella no estaba. Volvió a casa, era posible que ella estuviese regresando por un camino distinto mientras él se tiraba montaña abajo entre las rocas. Tampoco la encontró en casa así que, de nuevo, subió al molino de Prunia.
—¿Todavía estás aquí? —refunfuñó Prunia, al verle aparecer.
—Es que no encuentro a Zelda por ningún sitio. ¿La has visto?
—Sí, la he visto. Se ha ido con Symon al bosque del noroeste. Están buscando los ingredientes para un experimento y estará fuera gran parte del día.
Él se quedó en silencio, masticando aquella información. No es como si fuese a estar fuera meses, pero le parecía incorrecto marcharse sin decirle nada.
—Yo le diré que te has marchado al sur, tranquilo. Es mejor que partas cuanto antes —intervino Prunia, adivinando sus pensamientos.
Asintió sin decir nada y trotó colina abajo, de regreso a casa. Antes de partir le dejó una nota sobre la mesa, y salió a lomos de Sombra con una especie de sinsabor en la boca.
Las lluvias le alcanzaron cuando estaba llegando al paso de aldea Onaona. Eso le retrasó un poco, pues empleó más de un día en llegar. Había matado el desolador silencio del viaje parándose a cazar y a recolectar algunos frutos salvajes, a pesar de que tenía reservas más que de sobra. Cazar le distraía la mente. Había viajado mil veces solo, con la única compañía de Sombra, pero como si de una extraña enfermedad se tratase, se encontraba pensando a menudo en la princesa y en lo distinto que habría sido el viaje si ella le hubiese acompañado. Tal vez la hubiese enseñado a tensar su arco nuevo, tal vez habrían seguido leyendo juntos por las noches, a la luz de un fuego. Era extraño lo rápido que uno podía acostumbrarse a la presencia de otra persona.
Al caer la tarde del segundo día tras partir de Hatelia, alcanzó el pequeño pueblo pesquero de Onaona. Había pasado un tiempo agradable allí en los días de la Búsqueda, un muy breve pero agradable tiempo. Siempre pensó en volver. Le agradaban las aguas cálidas, la vida sencilla de los aldeanos. Si no hubiese sido porque tenía una casa en Hatelia no habría descartado irse a vivir allí. "Y aún puedes hacerlo" decía una vocecita dentro de su cabeza. Pero no, la idea sonaba remota, casi imposible de ejecutar. Él ya no era el mismo tras el fin de Ganon, era una idea difícil de digerir, pero sentía que algo en él había cambiado y por eso no le parecía factible dejarlo todo para vivir en aquella encantadora aldea.
Se alojó en la misma cabaña en la que estuvo la vez anterior, hacía más de un año. Investigó un poco sobre el asunto de los lizalfos y recorrió las playas hasta que no hubo luz, y tuvo que volver.
La aldea estaba gobernada por una matriarca y un patriarca, ambos de familias diferentes. Era tradición que hubiese siempre un hombre y una mujer gestionando las necesidades de la aldea, y eran siempre los dos habitantes de mayor edad. Cuando supieron que Link estaba alojado en la aldea, decidieron organizar una gran cena en la playa, él los había ayudado con asuntos varios en su anterior visita y los aldeanos aún se mostraban agradecidos con él. Después de todo, la otra vez él partió tan rápido que apenas tuvo tiempo de despedirse.
Los aldeanos solían hacer sus celebraciones sentándose sobre la arena de la playa, alrededor de grandes hogueras donde asaban pescado fresco y cangrejos.
—¿Entonces estás viviendo con los sheikah, Link? —preguntó el patriarca Ádelmar.
—No. Pero he venido en su nombre —respondió él con la boca llena.
—Los sheikah saben tan bien como nosotros lo que está pasando, Ádelmar —intervino la matriarca Coraline. —Por eso nos han enviado al muchacho. Dinos Link, ¿has tenido oportunidad de pasar por la Llanura de Hyrule últimamente?
—No, no lo he hecho.
—¡Dicen que Ganon se ha ido! —exclamó Bitia, una de las tres nietas de Ádelmar que estaban sentadas rodeándole.
—Bitia, contén tu lengua, muchacha. Este un asunto para tratar con calma, no en este momento de reencuentro y celebración —dijo Ádelmar —mañana lo hablaremos, si te parece bien, Link.
Él asintió sin decir nada y aceptó una segunda brocheta con una pata de pulpo a la brasa que le ofrecía Litia, otra de las nietas del patriarca.
—Tienes razón, viejo —dijo la matriarca Coraline poniéndose en pie —mañana trataremos ese asunto y el de los invasores de la playa de poniente. Por hoy, esta vieja se marcha a descansar.
—Yo también me retiro —intervino Ádelmar —dejemos el resto de la noche para los jóvenes.
Las tres nietas de Ádelmar parecían aliviadas con la marcha de los ancianos y se acercaron más a Link, una vez se quedaron a solas con él en su hoguera. Litia lo había estado alimentando de manera incesante y él se dejaba hacer, aunque a veces ella se empeñase en dejarle trocitos de pescado en la boca, como si fuese un niño pequeño. Era la más joven de las tres, tenía el rostro pecoso y dorado por el sol. Bitia era la mediana, tenía el pelo corto y sus ojos azules brillaban como dos zafiros en comparación con su tez oscura, típica de los habitantes de la aldea. Nitia era la mayor y la que más nervioso ponía a Link. En su anterior visita se había empeñado en que la acompañase hasta el estanque de los enamorados, una especie de manantial que brotaba en una de las elevaciones que rodeaban la aldea. Todas las chicas parecían empeñadas en ir allí, y él habría ignorado la proposición si no fuese porque había algo que quería investigar en la zona. Una vez allí estaban solos, los dos, en una especie de encerrona a la que el resto de los jóvenes de la aldea estaban más que acostumbrados. Pero él era tan torpe para darse cuenta… Nitia se acercó mucho a él y… y le había dado un beso, en la boca. Él se había quedado pasmado como un imbécil, pero aún podía recordar la cálida sensación hormigueante en los labios y el vértigo al regresar a la aldea dándole la mano. No recordaba nada de su pasado, así que, de alguna manera, aquel había sido su primer y único beso, y de vez en cuando, lo recordaba. Después de todo, estaba claro que él no era de piedra.
Había pensado en ello. Había pensado en cuántas personas queridas para él habrían quedado sepultadas por los cien años de su sueño. No sólo pensaba en sus padres, en sus familiares y amigos. También había pensado en si él habría tenido "una Nitia" a la que besar, si habría estado enamorado de alguna joven, si alguna joven doncella habría llorado su pérdida o habría sido devastada por la oscuridad sin que él pudiese evitarlo. Más tarde averiguó que eso no tenía mucho sentido. Él había sido caballero, y tras sus últimas averiguaciones supo que los caballeros de la guardia real renunciaban a tomar esposa, de alguna manera llevaban una vida casta y firme, dedicada únicamente al cumplimiento de sus votos y del juramento. Eso reducía el número de mujeres en su pasado a una sola: Zelda. La idea era perturbadora y prefería apartarla de su cabeza.
—Cuéntanos una historia, Link, algo que te haya ocurrido en tus viajes —dijo Litia. Estaba tumbada en la arena y echó la cabeza sobre su regazo.
—¡Litia, no acapares a Link! —dijo Bitia, agarrando a Link por el brazo, como si fuera un muñeco.
—Chicas, dejad de atosigar a Link, ¿no veis que lo estáis incomodando? —Nitia soltó una carcajada.
Él había dejado de comer. No le molestaban, realmente eran como una especie de hermanas pequeñas para él. Pero se sentía torpe. Era torpe con las chicas y ellas no tardarían nada en notar su inexperiencia, sobre todo Nitia. Igual que Zelda, seguro que se habría dado cuenta a la primera de lo patoso que podía llegar a ser.
¿Qué?
Antes de poder reprocharse a sí mismo el meter a Zelda en esa comparación, contó algunas de sus aventuras por el desierto de Gerudo. Las chicas lo escuchaban entusiasmadas, aunque él sospechaba que era porque debía gustarles de otro modo, no se agarraban a su brazo ni jugueteaban con su pelo por lo buen narrador que era, ni por lo interesante de sus historias.
Cuando la hoguera se consumió, cada cual se fue a dormir a su cabaña. Él caminaba medio dormido hacia la suya cuando oyó unos pasos a su espalda. Entre sombras vio a Nitia, que se le acercaba con el mismo descaro que el día del manantial de los enamorados.
Es lo que estabas esperando, ¿no?
—Espera —dijo él, sosteniéndola por los hombros —espera…
—Mmmm. Ya me lo imaginaba.
—¿Qué imaginabas?
Nitia dio un paso atrás, sonriendo como lo hacían las chicas, como si hubiese algo en el mundo que sólo ellas sabían y él era incapaz de adivinar.
—Esta vez no quieres un beso.
¿No lo quería? Lo había imaginado muchas veces, sobre todo en momentos de debilidad. Había visualizado la piel tersa y dorada por el sol de Nitia, y las cosquillas en los labios y por todo el cuerpo. Diosas, a veces su cuerpo le pedía a gritos el contacto con una mujer, y pero la misión había llenado sus días y eran mínimas ocasiones en las que se había atrevido a abordar a una joven que le resultase atractiva.
—Lo siento, no sé qué me pasa… —acertó a decir.
—Supe que habías cambiado cuando vi tu colgante, está claro que te lo ha regalado una mujer. Los chicos no van por ahí haciéndose colgantes de caracolas —dijo Nitia, soltando una carcajada —pero tenía que intentarlo una vez más, ¡nunca se sabe!
—El… colgante… —balbuceó.
Nitia volvió a acercarse y le dio un beso suave en la cara. Después, se despidió de él casi en un susurro, y desapareció en medio de la noche, sin borrar su sonrisa de dientes blancos y perfectos ni por un instante.
Link entró aturdido en la cabaña. Había un revoltijo de sensaciones en su cuerpo y en su cabeza. Estaba como mareado, como si estuviese flotando. Los viajes al sur siempre le confundían y le hacían perder la concentración, perdía el centro, lo importante era la misión por la que se había desplazado al lugar, nada más. Debería estar trazando un plan para encontrar a los lizalfos lo antes posible, pero sólo podía pensar en chicas, en hogueras, en tocar pieles tersas doradas por el sol y en la caricia húmeda de un beso. Se echó en la cama y cerró los ojos. No consiguió centrarse, en absoluto. Quedarse a solas consigo mismo siempre era peor, porque las fantasías se volvían más gigantes e imposibles de controlar. En su cabeza vio a Zelda, no eran los ojos verde aguamarina los que lo miraban en mitad de la noche, sino las dos esmeraldas de la montaña. Imaginó sus dedos atando el colgante de la caracola alrededor de su cuello, dándole suaves golpes sin querer, mientras hacía el nudo. Su piel pálida brillaba bajo la luna, y sentir su mínimo contacto le provocaba escalofríos por todo el cuerpo. Quería tocarla, con todas sus fuerzas, pero no lo hizo. Después ella dio un paso al frente, decidida, igual que Nitia, "Link, te doy las gracias por cuidar de mí…"
—¡Basta ya! —dijo, enfurruñándose consigo mismo.
Metió la cabeza en el agua fría de la tinaja que había en su cabaña, a ver si de alguna manera eso conseguía enfriar sus pensamientos. Odiaba el sur. Odiaba sentirse tan aturdido, y odiaba la sensación de pérdida de control. Seguro que en su época de caballero jamás había vivido en un lugar así, donde cada minuto era un recuerdo de lo que no debía hacer o pensar. Sí, sí, todo eso de la nobleza y el honor está muy bien. Pero recuerda, ya no eres un caballero. Dijo otra vez esa estúpida vocecita dentro de su cabeza. Estaba derrotado. Esa noche para él, era demasiado tarde para resistirse.
