Nota: Algunos de mis lectores de Wattpad se dieron cuenta de mi pequeño intento de referencia al Quijote en el capítulo anterior, es uno de mis "easter eggs" por así decirlo, jajaja. Os dejo aquí un pequeño párrafo que me inspira, y también me sirve para pensar en historias "caballerescas" estén en el universo Legend of Zelda o no ^^
"Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobre todo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dónde quiera que esté."
- Miguel de Cervantes, "Don Quijote de la Mancha", año 1605
Capítulo 6 - El ojo de Nayen
El molino de Prunia tenía un observatorio con un telescopio de gran tamaño. A Zelda le gustaba ese lugar. Era frío, sin duda, el aire helado del majestuoso Monte Lanayru azotaba con fuerza en lo alto del molino, en esa parte de la aldea, su presencia era más patente que en el centro, o en la casa de Link. Se arrebujó un poco en su capa, había empezado a chispear y la temperatura cayó en picado.
Ahí arriba sí que pasaste frío. Pensó, mirando al monte. ¿Cómo diablos se le había ocurrido subir medio desnuda y casi descalza hasta ahí arriba? Por padre. Sobre todo por él. De alguna manera sabía que el peregrinaje no iba a funcionar. Quería tener fe, pero sus propias convicciones flaqueaban en cada poro de su piel, en cada paso inseguro en la nieve, en cada palabra no dicha durante el ascenso. Quería creer que sería el último peregrinaje, que sería distinto esa vez. Subieron solos. Y bajaron más solos aún. Después, ya era demasiado tarde.
—Alteza… ¡vas a pillar un constipado!
—Deja de llamarme alteza —insistió, poniendo los ojos en blanco. Prunia apareció tras la puerta, envuelta en una especie de chubasquero sheikah de fabricación propia.
—¿Has visto algo interesante?
—Nada. Y las gotas de lluvia empañan la lente del telescopio.
—Observas el camino hasta Picos Gemelos, ¿no? —Prunia se fijó en las coordenadas y dirección del telescopio.
—Ha pasado más de una semana desde que se fue, es normal que me preocupe. —se justificó ella.
—Aplastar a unos cuantos lagartos no supone ningún reto para Link. Eso sí, espero que me traiga las muestras que le dije, diosas, es tan despistado… Los cuernos de lizalfo son el ingrediente perfecto para mi poción del sueño eterno. En cualquier caso, no debes preocuparte. Se habrá entretenido por el camino. Ya sabes que la línea recta es el camino más corto para todo el mundo menos para Link.
—Ya no puedo verle, ni oírle. Esas facultades se han esfumado junto con Ganon. Es como si todos nuestros vínculos se hubieran roto para siempre, una vez completada la misión. Tal vez sólo existieron por ese motivo.
El corazón se le encogía al pensarlo, era doloroso, pero la diosa Hylia había escrito el destino en un lenguaje demasiado abierto a la interpretación. Era fácil interpretar que se había enamorado de él con el objetivo de que sus poderes latentes pudieran despertar. Era fácil creer que un vínculo de amor sería la opción más fuerte hasta que la misión se viese completada. Pero una vez todo estuviese acabado y en su sitio, no había nada que tuviese que vincular su alma a la de Link, salvo unos sentimientos no correspondidos y un amor exprimido hasta la última gota por el encierro y el paso de los años. Tal vez por eso, él no la recordaba. Tal vez el olvido estaba en los planes de las diosas, como todo lo demás.
—El frío te debe haber congelado las neuronas —se burló Prunia —tal vez deba hacerte un examen médico. Anda, vuelve adentro, Symon ha preparado té y ya tenemos la primera cosecha de manzanas. Podrías hornear un bizcocho para cuando vuelva Link.
—Podría… —admitió, con una media sonrisa.
—Por otra parte, podrías darle un saco de harina y manzanas sin pelar y las devoraría con la misma pasión.
Zelda no pudo evitar reírse y acompañó a Prunia de vuelta al cálido interior del molino. Se sentía más animada. Un poco.
Se había trasladado al molino en ausencia de Link. La casa le parecía demasiado grande y demasiado vacía sin él, y resultaba cómodo quedarse con los sheikah, después de todo, pasaba casi todas sus horas trabajando con ellos. Investigaba las propiedades del fuego azul, los descubrimientos regenerativos de Prunia, los avances en la piedra sheikah de Symon, y sobre todo estudiaba el pasado. Diez mil años atrás. Todo seguía siendo tan confuso como siempre y aún no hallaba una explicación plausible ni a las Bestias Divinas ni a todo lo demás. Era incapaz de comunicarse a través de sueños con su antecesora, con ella en particular, aunque se veía asaltada miles de veces por la visión de las vidas de otras Zeldas, mucho más lejanas en el tiempo.
Tomaron el té en la habitación del ático. Prunia la usaba como despacho personal, pero ella la había ocupado y era su dormitorio. Desde allí podía salir y mirar por el telescopio tantas veces como quisiera. Por las noches dibujaba cartas estelares. El ojo de Nayen parpadeaba lejano y azul, señalando siempre el Norte. Ese fue su punto de partida. Cartografiar el cielo era una de sus aficiones favoritas y cuando era princesa no podía permitirse el lujo de invertir el tiempo en ello. Por el día perdía la vista en los caminos, por si veía a Link de regreso a casa.
—¡No has abierto ninguno de los mensajes que te he dejado en el escritorio! —exclamó Prunia tras un largo silencio.
—Los leeré más tarde.
—Zelda, no puedes seguir mirando hacia otro lado —refunfuñó Prunia —¡lo saben, todos ellos lo saben!
—Me alegra que lo sepan. Pero no sé qué más puedo hacer yo al respecto.
Sobre el escritorio permanecían los cuatro pergaminos, con el sello de cera intacto y los cuatro emblemas representativos: el elefante, el camello, la salamandra y el ave.
—¿Es que ya no te importa Hyrule? —preguntó Prunia, con una vocecita. De repente parecía una niña pequeña de verdad.
—Hyrule siempre será lo más importante, es mi pueblo. Por eso no necesitan saber más de mí, bastante daño he causado ya. Hyrule es muy capaz de seguir adelante sin una monarquía. ¿Por qué hubo monarquía, para empezar? ¿Te lo habías preguntado alguna vez?
—Claro que sí —replicó Prunia, poniendo los ojos en blanco.
—La monarquía se creó para evitar la guerra y unir a los pueblos en hermandad. El primer rey no quiso que el Poder Sagrado fuese un motivo de más guerras y disputas. Pero nada de eso es necesario ahora.
—Aun así… creo que deberías hablar con los cuatro mandatarios. Tienen derecho a saber la verdad.
—Es que aún siento dolor —reconoció.
—Pues tienes que olvidarte del dolor y seguir siendo fuerte. Es sólo una deferencia hacia ellos, una formalidad si quieres verlo así. Podrías empezar leyendo sus cartas.
—Lo haré.
El día siguiente amaneció lluvioso. No pudo salir a pasear como había acostumbrado. El mar era una inmensa terapia para ella. Había estado tanto tiempo encerrada que ver las aguas perderse en el horizonte, en una línea que nunca alcanzaba su límite, le daba paz. Cuando pisaba la arena húmeda se olvidaba de todo el dolor. Cuando dormía, tampoco había dolor. Pero al abrir los ojos, todos los pensamientos nostálgicos y negativos le envolvían el corazón como una garra invisible.
También había encontrado una vía de escape leyendo para Link. Huía de él, se alejaba de él durante casi todo el día. Era una contradicción, porque dentro de su ser sentía que aún seguía queriéndole, aunque de una manera distinta. El hecho de no poder amarle como años atrás era doloroso y eso le empujaba a evitarle. Pero había momentos en los que veía a un nuevo Link, alguien distinto y a la vez igual, y entonces se dejaba llevar y sólo deseaba permanecer a su lado. La lectura resultó terapéutica. Leyendo para él se sentía cerca, y no había riesgos. Leer no era conversar, así que no había preguntas que le hiciesen remover sus sentimientos por inocentes que fuesen. No sabía cuánto tiempo más permanecería a su lado, no estaba segura de si su compañía le hacía bien, o en realidad ella era una carga que sólo servía para perjudicar a ambos. Sí sabía que había aprendido a echar de menos al nuevo Link, porque el paso de cada día sin verle se le hacía cada vez más pesado. ¿Eso era bueno o malo? Si se acostumbraba a estar junto a él, sería mucho más difícil dejarle llegado el momento.
—Zelda, he conseguido rescatar parte del archivo dañado de la piedra sheikah.
Symon se había acostumbrado rápido a llamarla por su nombre. Era trabajador y muy inteligente, y Prunia era muy injusta con él, siempre estaba criticándolo y dándole órdenes. Suponía que había un gran cariño encubierto en esa manera de tratarle y Symon debía ser consciente de ello.
—Es genial, pensé que se habría perdido todo después del golpe que se llevó en el campo de batalla —sonrió ella, abriendo el archivo de fotos —¿puedo examinar lo que hay aquí?
—¡Por supuesto! Deben ser fotos que ha tomado Link desde que le entregué la piedra. Después de cien años pude restaurarla poco a poco. Del archivo antiguo, no queda casi nada.
—Mejor.
Symon le dejó un té caliente y se marchó para seguir trabajando en su estudio. Con la lluvia, ninguno había abandonado el molino en todo el día.
Las primeras fotos de Link no tenían mucho sentido. Tal vez las tomó para tener la referencia de algún camino o senda, tal vez aún no dominaba el sensor fotográfico. Después, se volvieron mucho más interesantes. Había múltiples fotos con Prunia. Fotos de una gran hoguera en algún establo o posada. Los huesos de una ballena gigantesca, ¿de veras habían existido criaturas así en Hyrule? Una foto de un grupo de bokoblins alrededor de un fuego, devorando lo que parecía la pata de un ciervo. "¿Cómo diablos se atreve a echar una foto a sus enemigos con tanto descaro?". La cosa iba a peor. "Diosas, ¡un hinox!" No sólo eso. Hordas de moblins, bandadas de murciélagos, un caballo gigantesco, un centaleón aún más gigantesco, un poblado desconocido, un montón de ruinas, comida, comida y más comida. Estuvo un buen rato absorta en las fotos, hasta que llegó la hora de cenar.
—Mañana podríamos hacer una excursión al sur de la aldea. Hay un lugar que me gustaría investigar —dijo Prunia, sirviéndole sopa.
—Sí, es buena idea.
Tomó una cucharada, pero no tenía hambre. Empezaba estar preocupada de verdad por Link, ya llevaba casi diez días fuera y no había rastro de él. Estaba claro que era un gran conocedor de Hyrule, sus fotos eran una muestra de ello, pero aun así…
Después de cenar se retiró pronto. El cielo se había quedado raso y pudo observar las estrellas con el telescopio. Hacía frío, un frío casi invernal, y cuando las manos se le quedaron heladas, decidió que era hora de ir a la cama.
Los cuatro pergaminos seguían intactos, sobre su escritorio. "Está bien, ya es hora", se dijo a sí misma. En primer lugar, rompió el sello del elefante.
El rey Dorphan manifiesta su deseo de ponerse en contacto con quien dice ser la princesa Zelda Bosphoramus, y exige su presencia en la corte del Dominio Zora lo antes posible.
Su majestad real ha recibido informaciones de parte de la matriarca Impa que necesitan ser discutidas con la supuesta princesa.
Atentamente,
Mezen, consejero real
"No empezamos muy bien", pensó. Ponían en duda su identidad. Pero eran dudas lógicas. Más lógicas serían las dudas si al fin se decidía a visitar al rey zora y éste comprobaba que ella no había envejecido ni un ápice. Sin pensarlo dos veces, rompió el sello con el ave.
Tras una comunicación recibida de parte de Impa de los sheikah, es mi deseo ponerme en contacto con Zelda Bosphoramus, para discutir los eventos sucedidos en la Llanura de Hyrule.
Saludos cordiales,
Tyto, patriarca de los orni
Tanto el rey Dorphan como Tyto existían cien años atrás. Conocían su historia y la conocían a ella. Los orni y los zora tenían vidas longevas, que podían doblar o incluso triplicar la vida de un hyliano. Hablar con ellos iba a resultar más difícil. No sólo tendría que contarles lo sucedido en la batalla de la Llanura de Hyrule, sino que además tendría que pedirles perdón por todo el daño que les habría causado, y por las dos enormes pérdidas que aún pesaban en su corazón, como una losa.
Agarró un trozo de pergamino sin utilizar y mojó tinta en una pluma.
A la atención de su majestad, el rey Dorphan de los zora
Es posible que os parezca increíble, pero en efecto soy Zelda Bosphoramus, anteriormente heredera a la corona del reino de Hyrule.
El castillo es una montaña de ruinas y destrucción, así que el trono ya no tiene…
Borrar, borrar. No pretendía parecer que estaba lloriqueando. Le daba igual el castillo, formaba parte del pasado tanto como todo lo demás. Por ella podría seguir siendo una montaña de escombros otros cien años más sin ningún problema.
He recibido la misiva de vuestro consejero, y tengo en cuenta vuestra petición. Sin duda he de realizar una visita al Dominio junto al maestro Link…
Borrar otra vez. No tenía por qué arrastrar a Link en todo eso, ella misma era responsable y tendría que asumir las consecuencias de lo sucedido. Sin duda contaría la hazaña de Link, pero él ya era libre y no tenía por qué involucrarle en todos esos asuntos diplomáticos.
He recibido la misiva de vuestro consejero y tengo en cuenta vuestra petición, por lo que haré una visita al Dominio en cuanto me sea posible planificar el viaje.
"Que podría ser nunca" pensó. La carta era lo suficientemente abierta, así que la firmó y la dejó a un lado para poder enviarla. Escribió un texto muy similar para Tyto y reservó las otras dos cartas para otro día. Le pesaban los ojos y decidió que era hora de dormir.
—¡Sí! Este de aquí es Mylo, mi hijo. Y ella es Orenne, la hija del vaquero. Link eliminó a los monstruos que vivían en el bosque del noroeste y guarda buena amistad con Orenne y su familia. Qué curioso que ese artefacto sirva para tomar fotos, ¡es cosa de magia!
Zelda guardó la piedra sheikah en su cinturón y sacó el saquito de rupias que le había dado Prunia.
—Gracias por todo, Nynn. Son treinta rupias, ¿no?
—Sí. Harina, huevos y azúcar. ¿Estás segura de que no quieres probar estos frutos salvajes? Mi marido los compró a un vendedor ambulante, dice que provienen del lejano bosque de Farone.
—No, con eso es suficiente —sonrió ella, sacando las treinta rupias de la bolsa.
—¿Vas a hacer un pastel?
—Un pastel de manzana.
—Espero que te salga muy bueno, Zelda. ¡Gracias por tu visita!
Al salir a la calle volvía a llover, así que tapó bien las compras que tenía en la cesta y se echó la capucha por encima.
Los sheikah apenas se relacionaban con el resto de los aldeanos. Había averiguado que era Symon el que hacía las compras a Nynn, y le hacía encargos para no tener que acudir al resto de comercios y bazares. El lechero les dejaba la leche en la puerta y hacían su propio pan, así que su contacto con los vecinos era casi inexistente.
De repente el cielo apretó y empezó a llover con fuerza. Zelda se ocultó bajo el porche de una casita de madera, junto a la calle de la lavandería.
—¡Oye, muchacha! ¡Muchacha!
Zelda miró a un lado, pero no vio a nadie. Se oyó un traqueteo y una mujer delgada y menuda apareció tras la puerta que había a su espalda.
—Vas a ponerte como una sopa, muchacha.
—Lo sé, me he refugiado aquí, espero que no le importe.
—Pasa adentro, puedes secarte los pies mientras esperas a que escampe un poco.
Zelda dudó por un instante, pero aceptó el ofrecimiento generoso de la mujer. Se quitó las botas y la capa mojada.
—Me llamo Astelia —dijo la mujer. Tenía el pelo de color heno cubierto con algunas hebras plateadas.
—Mi nombre es Zelda, vivo en la casa al otro lado del río.
—¿En serio? Pensé que vivías con los sheikah. ¿No serás la joven que dicen que se aloja en casa de Link?
—Así es —reconoció, y sintió calor en las mejillas. No tenía por qué avergonzarse de eso, en realidad, Hatelia era una aldea muy pequeña y todos debían conocerla más que de sobra a pesar del poco tiempo que llevaba allí.
—Toma, un té caliente. No es conveniente enfriarse —sonrió Astelia. Zelda notó una sensación cálida en el pecho. —Link sacó a mi hija de cinco años de una zanja. Ocurrió en una tarde lluviosa, como esta. Mi esposo trabaja como guardabosques y estaba en la granja que hay al borde del bosque, ayudando meter el ganado dentro de la cerca. No sabía que hacer, miré un segundo hacia un lado y cuando quise darme cuenta, mi pequeña Astelia había desaparecido. Salí corriendo a pedir ayuda y ahí estaba Link. Era conocido en la aldea como "el forastero", todo el mundo sabía que compró la casa en ruinas del otro lado del río, pero no sabíamos mucho más de él, salvo que tenía una bolsa de rupias tan repleta que Karud estuvo casi dos días sin dormir de la impresión. Link estaba en el en el bazar de Nynn y soltó todas sus cosas para ir a buscar a mi pequeña. Diosas, si no fuese por él…
—Me alegro de que se tropezase usted con Link —sonrió.
—Es un encanto de joven. Y dime, ¿es que está de viaje? Nynn me ha dicho que estás viviendo en el molino y haces la compra en lugar de Symon.
"Vaya con Nynn" pensó Zelda, "es buena mujer, pero no parece capaz de mantener la boca cerrada".
—Sí, Link está de viaje. Lleva más de una semana fuera.
—Oh, no es mucho tiempo. Ese joven apenas pisa la aldea. No parece alguien que permanezca mucho tiempo en el mismo sitio… en fin, supongo que serán cosas de la juventud.
Zelda dio un sorbo a su té y miró el contenido de su cesta. Tal vez Link había decidido no volver a la aldea. O no hacerlo en mucho tiempo. No tenía por qué volver. Como él mismo dijo: utilizo la casa para guardar mis cosas, nada más.
—Tengo que marcharme, ha sido usted muy amable, Astelia.
—Puedes venir siempre que quieras, tal vez en una carrera estés de vuelta en el molino, parece que ha aflojado un poco la lluvia.
Durante la tarde, estuvo horneando el pastel de manzana.
Llovía con fuerza y Prunia y Symon llevaban dos días sin salir del molino. La mesa de trabajo de Prunia era un auténtico caos y la diminuta sheikah estaba más atacada de lo habitual, Zelda no sabía si era por el encierro, pero había conseguido hacer que se sintiera más centrada pidiéndole que la ayudase a cocinar.
—Tenemos que ir a ver a Rotver —dijo Prunia, mientras cortaba rodajas de manzana —quiero enseñarle los resultados de tu revisión médica.
—¿Es que has visto algo raro?
—No, no. Pero es importante que lo veamos. Él sabrá qué pasa con el cese de la energía ancestral, tiene aparatos mucho más avanzados que los míos.
Terminaron de preparar la tarta y Zelda atizó el horno de leña antes de meterla dentro.
—Bien, esta noche podremos cenar pastel de manzana —dijo, mientras la casa empezaba a llenarse con el dulce olor del bizcocho cocinándose.
—¿Es que no la has hecho para Link? —se extrañó Prunia.
—No sabemos cuándo volverá. Tal vez nunca, así que mejor comerla cuando esté recién hecha. Estará más esponjosa que si la dejamos olvidada durante días.
—¿Tal vez nunca? Zelda, siéntate ahí. —dijo Prunia, tratando de sonar autoritaria. A pesar de su tamaño y su voz cantarina, sonaba muy autoritaria cuando se empeñaba en ello. —No has hablado con Link.
—¿De qué?
—Pues… de hace cien años.
—Es mejor no hacerlo —dijo, mirando a la ventana. Miles de gotas golpeaban el cristal y afuera ya estaba oscuro —no es la misma persona. Ni yo tampoco. No quiero que llore a unos padres que ya no tiene, ni a unos amigos que puede que nunca llegue a recordar.
—¿Y qué pasa contigo? ¿No crees que deberías hablarle de todo lo que tuvisteis que pasar hace cien años?
—Lo único que importa es el presente.
—Zelda, hay algo que no me has contado. ¿Cómo despertaste tus poderes?
—Diosas, Prunia. —dijo, poniéndose en pie con incomodidad —No me apetece hablar de eso ahora.
—Mi hermana me dijo que tus poderes están conectados de alguna manera con Link, ¿es correcto?
—Sí.
—Entonces tienes que decírselo.
—Esta noche cenaremos el pastel —sentenció ella para dar por zanjado el tema, y corrió escaleras arriba hasta su habitación.
El ojo de Nayen volvía a brillar en el firmamento esa noche. Al fin la lluvia había dado una tregua y las nubes se habían retirado para dejar el cielo negro y repleto de estrellas.
Era tarde, pero no tenía sueño. Tras un buen rato de lectura, Zelda retomó la tediosa tarea de leer los pergaminos que le restaban. Primero rompió el sello con el símbolo de la salamandra de fuego.
Gorosaludos desde ciudad Goron.
Nuestros goroamigos los sheikah informan que la princesa Zelda está viva, sana y salva. La casa real es bienvenida a volver a visitar nuestra ciudad.
Pedimos al Maestro Link y a la princesa Zelda que nos hagan una visita para revisar Vah Rudania y contar qué ha pasado con los goroenemigos.
Yunobo.
¿Yunobo? No le sonaba de nada. Hasta ese momento, la carta goron era la que más atractiva le había resultado. Cuando se decidiese a empezar a cumplir sus obligaciones pendientes, la ciudad Goron parecía la mejor candidata.
Se disponía a abrir el último pergamino cuando oyó ruidos y un revuelo en la planta baja del molino. Oyó las voces de Prunia y Symon y… dejó caer el pergamino y se lanzó escaleras abajo en camisón y con los pies descalzos.
Cuando vio a Symon pidiendo a Link que le entregase su capa de viaje, el corazón le dio un vuelco. Estaba desaliñado y con las botas llenas de barro hasta las rodillas. Tanto Link como los sheikah se giraron para mirarla, cuando la vieron irrumpir con atropello y en ropa de cama.
—Ha hecho mal tiempo —dijo Link encogiéndose de hombros y como único saludo.
Sintió que se estremecía al volver a verle, algo tembló en su interior como tiemblan las hojas del otoño, a punto de desprenderse del árbol. Dio un par de zancadas para abrazarse a él, enganchándose a su cuello. Link se quedó rígido, tal vez estupefacto ante su reacción. Olía a lluvia y a bosque. Tenía la túnica húmeda, debió empaparse de pies a cabeza.
—Has tardado —le dijo, separándose de él. Los sheikah estaban allí, como una especie de espectadores mudos, pero todo le daba igual.
—El viaje ha tenido algunas complicaciones.
