Capítulo 8 - Fueron ellos
Nunca se había sentido tan bien viajando.
En sus viajes con Sombra siempre llevaba una preocupación en la cabeza, o un cometido descabellado que cumplir. No le daba tiempo a disfrutar del agua fresca de un río, o del olor del bosque tras la lluvia. Era como si cada minuto se le escurriese entre los dedos, como una melodía apresurada y arrítmica.
Por las mañanas se encargaba de despertar al grupo. Tenía algo preparado para comer antes de que el resto abriese los ojos, y solía pasar que el olor del desayuno era más que suficiente para poner en marcha a sus compañeros. Él desayunaba rápido y se echaba un rato a dormir. Zelda insistía en que no hiciese guardias durante toda la noche, o que hiciesen guardia por turnos. La verdad es que el viaje era más que seguro. No había topado ni con un solo enemigo, ni en el camino ni en los bosques. Eso hizo que empezara a relajarse, ¿por qué no? Se iba a dormir algo después que los demás, y despertaba temprano, pero esas horas de sueño lo llenaban de vitalidad. También había vuelto a disfrutar de otros placeres. En la región de los pantanos había muchos riachuelos y pozas de aguas frías y transparentes. Al atardecer iba a pescar con Symon, y cenaban pescado fresco en la brasa. Se había acostumbrado a la presencia de los otros. Era casi como tener una familia. Ojalá el viaje fuese más largo.
Habían atravesado el cruce del Trilo, y no había llovido ni un solo día. Él sabía que el tiempo empeoraría al acercarse al Dominio Zora. Era la región más lluviosa de todo Hyrule. Zelda tuvo una discusión con Prunia al llegar allí. La pequeña sheikah insistió en aprovechar el viaje para visitar al rey Dorphan, estaban a las mismas puertas del Dominio, no los iba a retrasar demasiado, y de todas formas, Rotver podría esperar un poco más. Zelda se negó en redondo, él no terminaba de entender bien sus razones, aunque tampoco pudo oírlas todas, ya que terminó discutiendo en privado con Prunia. Tras un intercambio acalorado de palabras que él y Symon observaron desde la distancia, decidieron proseguir hacia Eldin y Akalla. Pero Zelda cambió su humor y cuando llegaron a la posta de Akalla sur volvía a estar ausente y no abrió apenas la boca para pronunciar palabra.
Esa noche eran los únicos viajeros en la posta. El otoño se había vuelto frío, y había muchas menos personas transitando de un lado a otro.
—¡Link, qué alegría volver a verte! —exclamó la pequeña Gleesa —¿me ayudarás a atrapar más libélulas?
—¿Qué pasó con las últimas que te di?
—Mmmm. Se perdieron. Jana me obligó a soltarlas, le dan mucho asco, ¿sabes?
Durante un rato estuvo ayudando a la pequeña Gleesa a atrapar insectos con un cazamariposas, y dejó a Sombra y al resto de los animales en manos de Teeren. Las hermanas que gestionaban la posta eran buenas amigas suyas. Se había detenido allí en más de una ocasión, cuando viajaba en dirección a la Montaña de la Muerte o hacia Akalla.
—Hay un santuario ahí arriba —dijo una voz a su espalda. Él se giró y vio a Zelda con la capucha echada, y un té humeante entre las manos.
—Así es, ¿quieres verlo?
Había anochecido casi del todo, pero una enorme luna llena hacía brillar las sendas y la hierba, como si fuesen de plata.
—No. Los santuarios son cosa del héroe de Hyrule. Por eso nunca pude verlos ni acceder a ellos.
—Yo podría enseñártelo.
—Pero estás ocupando atrapando bichos, ¿no es así? No querrás decepcionar a tu amiga —bromeó Zelda, guiñándoles un ojo —mejor me voy a ver qué tal va la cena.
Al verla alejarse sintió la misma sensación de vacío que le oprimía, porque seguía siendo un misterio, porque quería saberlo todo sobre ella, y porque a veces deseaba que ella también pudiera olvidarse de él, de la misma manera que él se había olvidado de ella. Así serían del todo iguales, dos personas solitarias y renacidas en un mundo nuevo.
—Tu amiga es muy guapa —observó Gleesa.
—Lo es.
—¿Es tu dama?
—Me temo que no.
—Link… algún día me haré mayor, como Jana y Teeren. Cuando sea mayor, si aún no tienes esposa, yo podría ser tu dama. Podríamos ir juntos a cazar libélulas, luciérnagas y otros insectos del bosque.
—¿Y escarabajos rinoceronte, tal vez?
—¡Sí! ¿Qué me dices?
—Uhm, a ver —dijo, agarrándose el mentón con aire pensativo —creo que sería un honor para mí que fueses mi dama.
—¡Bien! —celebró Gleesa —pero sólo si no te elige antes la chica de ojos verdes, ¿vale?
—No creo que me elija… —dijo, y giró la cabeza instintivamente hacia el grupo. Los ojos de Zelda tenían siempre una especie de fulgor dorado cuando el fuego se reflejaba en ellos.
—Le gustas. —Gleesa se rio de él con su dentadura mellada —¿Vamos a cenar?
—Sí, vamos.
Se quedó un poco pasmado y necesitó que Gleesa tirase de su brazo, arrastrándole, para devolverle a la realidad. Sólo era una tontería de niñas pequeñas. ¿Cómo iba a gustarle él a Zelda? Y si fuera así… ¿le gustaría él, o le gustaría esa parte de él que él mismo había olvidado?
Durante la cena se sintió un poco menos alegre que las últimas noches. Zelda y Prunia aún seguían enfurruñadas y eso hacía que las conversaciones fluyesen mucho menos. Symon no era muy hablador ni él tampoco. Como eran tan pocos, el posadero y su familia se había unido a cenar con ellos, y eso salvó un poco la situación.
Él miraba de vez en cuando a Zelda, cuando sabía que ella no miraba, y cuando creía estar seguro de que nadie más se daba cuenta. Esa noche le pesaban los recuerdos, podía verlo en el brillo de sus ojos, en la forma demasiado correcta de rechazar comida, o en sus sonrisas apagadas, lejos de las risas luminosas de los últimos días. Creía que, tal vez… sí. Creía que estaba empezando a sentir algo por ella. No sabía bien el qué, si era una especie de instinto primario de protección, un instinto heredado de sus días de caballero. A lo mejor eran recuerdos que sobrevivían en algún sitio y aunque no pudiera verlos, estaban ahí. A lo mejor la Trifuerza había actuado sobre ellos el día de la batalla, y existía un vínculo invisible. Podrían ser todas esas cosas a la vez, y al mismo tiempo ninguna, estaba muy confundido. Pero sí era seguro que reaccionaba a su cercanía, que sentía una gran calidez cuando ella lo buscaba para lo que fuese, y una especie de malestar cuando ponía distancia a propósito. Había conocido a otras chicas y no era lo mismo. Lo que sentía con ella ni siquiera se parecía a lo que sintió con el beso de Nitia en el estanque de aldea Onaona, así que no se trataba de una especie de enamoramiento. Había algo más. Si al menos pudiera recordar algo de su pasado…
Esa noche, tras unas cuantas noches, gozarían de las comodidades de una Posta y dormirían sobre un cálido suelo de madera, sin piedras, ni raíces, ni humedad. De vez en cuando se agradecía, aunque para él no suponía ningún problema dormir al raso o en las tiendas. Nada más tocar la cama cayó rendido de cansancio, pero se despertó de madrugada, habrían pasado un par de horas desde que se habían ido a dormir. Necesitaba ir con urgencia a orinar, diosas, demasiado zumo de arándanos en la cena. Se calzó las botas y salió a la calle, no quería despertar a nadie. El aire en el exterior estaba helado, casi como en pleno invierno, y tardó lo necesario para volver a la cama cuanto antes. Al volver, vio que la cama de Zelda estaba vacía. Se había convertido en un acto reflejo mirar siempre a donde estuviese ella. En esa posta no había cortinas separadoras ni nada por el estilo, cada litera quedaba a la vista de los demás viajeros. Todos estaban en sus camas menos ella. Se acercó para mirar mejor y vio sus sábanas revueltas. Puso la mano y notó el colchón frío, debió levantarse hacía rato.
Se abrigó y agarró un candil. ¿A dónde diablos habría ido? Estuvo husmeando un poco en los alrededores hasta que descubrió un pequeño rastro. El suelo que rodeaba la posta estaba recubierto por un manto de hojas secas, caídas de los árboles caducos que había alrededor, y eso le sirvió para distinguir sus pasos en la oscuridad. Había una encrucijada a la entrada de la posta, y los pasos iban en esa dirección. "Sólo espero que no hayas ido muy lejos", pensó, mientras optaba por tomar uno de los posibles caminos. Podría ser correcto o erróneo, puede que fuesen pisadas más antiguas, pero no tenía muchas más opciones. Caminó un poco por el sendero, era el mismo que tendrían que tomar al día siguiente, y por suerte vio que las pisadas se desviaban colina arriba. No necesitaba el candil, la larga hierba brillaba con la luna llena, y pudo ver las pisadas abriéndose camino como un surco oscuro.
Encontró a Zelda sentada en lo alto de la colina, observando la inmensa hondonada que se abría paso ante ellos. Suspiró con alivio y se acercó con sigilo, aunque ella se enderezó al oír sus pasos sobre la hierba.
—¿Qué haces aquí, Link? —preguntó, sin volverse.
—Vi que no estabas en tu cama y… y…
—Está bien. No me pasa nada. No podía dormir y me apetecía estar sola.
Él se mordió el labio y se mantuvo en pie, dudando.
—Te dejo tranquila. Sólo quería asegurarme de que todo estaba bien.
—No. Quédate conmigo.
Apartó el farol a un lado, y se sentó a su lado. El viento en lo alto de la colina era aún más helado, si eso era posible, Zelda tenía las mejillas encendidas por el frío. "Y por las lágrimas", pensó, pero no había suficiente luz como para estar seguro de eso. Se quitó la capa y se la tendió, ella había ido hasta allí mucho más desabrigada que él.
—¿Y tú?
—Yo estoy bien así —dijo, encogiéndose de hombros.
—Entonces acércate a mí y la compartimos.
—Yo…
—Vamos, no seas tan tímido, sólo es una capa para no morir de frío —se burló ella.
Él se acercó y dejó que ella cubriese con la capa a ambos. Al hacerlo notó como si una nube de calor lo envolviese. Zelda era calor, hiciese lo que hiciese. Durante un rato miró al horizonte, al igual que hacía ella, parecía absorta y pensativa. Seguro que no estaba pensando ni de lejos en todas las absurdeces en las que estaba pensando él y de las que necesitaba huir cuanto antes. Mejor abrir la boca para decir algo, aunque fuese una estupidez.
—Ese es el paso de Penumbra, mañana lo atravesaremos —dijo él.
—Por aquí cerca hay un lugar especial, un lugar que tú y yo visitamos hace cien años. No puede verse desde aquí, está más allá del paso de Penumbra, en una hondonada. ¿Lo conoces? Una hondonada con una gran fuente en su interior, y una estatua de la Diosa.
—No lo conozco, lo siento.
—No importa.
—Pero puedes hablarme de ello, si quieres —se apresuró a decir. Zelda se tomó su tiempo, pero decidió no esquivar la conversación por una vez.
—Hace tiempo, no sabía cómo usar el poder. En mi interior había un gran vacío, un enorme y convencional vacío. Convencional porque no había nada en mí que me diferenciase de cualquier hyliana. No tenía sueños especiales, ni notaba ningún tipo de energía dentro de mí. Y rezar en esas fuentes era la única opción, parecía lo único que podía hacerse para despertar mis poderes y evitar una catástrofe. Nunca estuve segura de eso —admitió, agitando la cabeza —no funcionaba, y dentro de mí había una parte que sabía que no iba a funcionar, una parte que siempre intenté acallar. Mi fe no era fuerte, no como debería esperarse de alguien como yo.
—Obligarse a creer en algo en lo que no se cree no es fácil, por mucho que los demás insistan —intervino.
—No es solo eso. Creí que… llegué a creer que yo no era la persona adecuada, y eso me volvía aún más débil… y peor persona, pues envidiaba a otros que habían llegado más lejos que yo.
—Entiendo que son recuerdos amargos, pero al final el Poder Sagrado vino a ti, y eh, míranos ahora.
—Ya… —Zelda dibujó una sonrisa triste, pero genuina.
—No soy la misma persona que era entonces, Link. Me veo en la Fuente de Poder, con el agua fría hasta la cintura, suplicando. Lo intenté todo. Han pasado tantas cosas desde entonces… No me reconozco.
—¿Y eso es algo malo?
—No lo sé. No sé si aún soy lo que se espera de mí.
—No se espera nada de ti, créeme. —Zelda suspiró y no dijo nada —¿Sabes? Ojalá pudiera recordarte para decirte ahora que no se espera nada más de ti y me creyeses de verdad.
—Ya te creo de verdad.
Zelda hablaba con sinceridad, estaba seguro. Estaba empezando a entender cuándo esquivaba un tema y cuándo se mostraba tal y como era de verdad, sin ningún tipo de máscara ni de escudo para protegerse de los demás.
—Puedes confiar en mí.
—Lo sé. Gracias, Link.
—Bien.
—Bien —repitió ella, sonriendo de una manera diferente a la anterior. Sintió que se le encendían las mejillas y ella iba a notarlo. Estaban tan cerca que notaría su absurda debilidad.
—Entonces sólo pensemos en la ruta de mañana, ¿vale? —dijo, forzándose a mirar otra vez al Paso de Penumbra.
—Vale.
—Vamos. Hace frío aquí afuera y hay una cama cómoda esperando —se puso en pie y le tendió la mano —volvamos a la posta.
Había acordado con Zelda que no hablarían a los sheikah de sus conversaciones nocturnas. Esas cosas eran sólo asunto de ellos dos, y Zelda quería evitar que Prunia se preocupase más de lo necesario por ella. Link se sentía ridículamente especial, tener secretos con ella de alguna manera le hacía sentirse más cerca.
Zelda también le había confesado el motivo por el que discutió con Prunia. No era otro que el empeño en visitar a Dorphan antes de tiempo, ella sólo le había pedido eso: tiempo. Tiempo para poder estar lista para enfrentarse a recuerdos muy dolorosos, de amigos que lo habían significado todo para ella y por los cuales no pudo hacer nada. Link no le habló de los espíritus de los Elegidos, ni de sus recuerdos sobre ellos. Ni tampoco del "nuevo juramento" que les había hecho a ellos y a su padre. Si Zelda necesitaba tiempo, él pensó que también sería mejor hablar de eso conforme fuese superando todos esos asuntos sin resolver dentro de su corazón.
El viaje por el paso de Penumbra fue bastante bien, y el sol siguió acompañando al grupo, por lo que al final de la jornada consiguieron llegar a la Posta de Akalla Este.
—¡Hay humo en el faro! —exclamó Prunia —¡Ya estamos en casa de Rotver!
—¿No nos vamos a alojar en la posta? —preguntó él. En la posta había un tipo vestido con uniforme de soldado y tenía curiosidad por hablar con él. Lo más seguro es que hubiese comprado la equipación en cualquier bazar, puede que un buhonero le vendiese la túnica con el emblema de la guardia de Hyrule y eso era todo. Pero aun así… cualquiera que tuviese una mínima formación era una persona interesante para Link.
—Estamos muy cerca del faro, es preferible llegar hasta casa de Rotver —dijo Prunia —dejaremos los caballos en la posta, eso sí. Ahí estarán mejor atendidos.
Link se encogió de hombros, ya tendría tiempo más tarde de hablar con el soldado. Ascendieron la colina cuando ya había anochecido del todo.
Rotver era un tipo raro. El más raro de los sheikah. Había conseguido fabricarle esas maravillosas flechas ancestrales, que guardaba en su carcaj como si fuesen piedras preciosas, pero todo lo que Rotver tenía de genio, lo tenía de estrafalario.
Rotver estaba casado con una mujer mucho más joven que él, una mujer que Link encontraba agradable y atractiva, pero Rotver había dedicado gran parte de sus afectos a un robot-ayudante que se había fabricado y que había sido la causa de varias crisis en su matrimonio. Aun así, Rotver insistía en darle consejos amorosos cada vez que se topaba con él. En su última visita acudió al faro con un saco lleno de rubíes para pagar por un escudo y un puñado de flechas sin que Rotver le hiciese preguntas sobre mujeres. De veras que en esos instantes deseaba ser mudo o deseaba poder pagar a alguien para que hiciese las transacciones por él. Le asustaba un poco ver cuál sería la reacción del sheikah al saber que Zelda vivía en su casa. Las cosas empezaban a ir bien con ella y no quería que se sintiese incómoda por las ridículas insinuaciones de un viejo lunático.
—Pareces nervioso —susurró Zelda, por detrás de su hombro.
—No lo estoy. ¿Por qué crees eso? A ver…
—No lo sé, es sólo una sensación —sonrió ella —caminas apretando los puños y como sigas apretando te vas a hacer daño.
—No estoy nervioso —reiteró —sólo cansado del viaje.
—Rotver era un sheikah muy atractivo. Tenía el pelo rubio y brillante, y muchas chicas jóvenes querían estudiar con él —dijo Zelda —imagino que estará muy cambiado.
—Sí, lo está.
"Ahora es un viejo loco y no queda nada de atractivo en él" pensó.
A pesar de todos sus temores, la noche transcurrió mucho mejor de lo que Link había calculado. Rotver prácticamente enloqueció al volver a ver a Prunia y a Zelda, y él pasó a un discreto y satisfactorio segundo plano.
Al parecer, Rotver había quitado toda capacidad de comunicación a su adorado robot y eso había mejorado mucho su relación con su esposa Zheline. Durante la cena interrogó a Prunia sobre su experimento de "retroceso" y a Zelda sobre el Cataclismo y sobre el comportamiento de los guardianes y el cese energético de las Bestias Divinas. Después, Rotver y su esposa buscaron cama para todos. Él eligió dormir en la parte alta del faro. Era la más fría, pero Link la prefería, allí se sentía más libre, más a su aire. Zelda y Prunia dormirían juntas en la habitación que había pertenecido al hijo de Rotver, y Symon se conformó con una cama en la biblioteca.
Por un pequeño ventanuco, Link podía ver el fulgor de la Montaña de la Muerte. Su corazón de lava y roca fundida estaba cercano, y pensó en lo agradable que podría ser visitar a los goron. Propondría a Zelda que fuese la Ciudad Goron la primera en su lista de obligaciones. Los goron eran pacíficos y afables. No tenían nada que ver con los odiosos consejeros del rey Dorphan de los zora, ni con las rarezas de las mujeres gerudo. Tampoco era una buena idea viajar hasta el Lago Ornitón en invierno, así que el calor de la Montaña de la Muerte sonaba como un buen comienzo. Ciudad Goron haría que su amistad con Zelda siguiese estrechándose. Le enseñaría las termas, la mina de esmeraldas. Le diría que las esmeraldas tienen el único color en todo Hyrule que se aproxima un poco a sus ojos. La llevaría por la garganta goron hasta Vah Rudania. Era rarísimo mirar las estrellas con el fulgor de la gran caldera de fuego brillando en mitad de la noche. Allí podría dibujar mapas del cielo increíbles, durante tanto tiempo como ella quisiera. Y él se encargaría de todo. De la seguridad, de que su estancia fuese cómoda. De que no tuviese miedo de nada. Era tan agradable sentir que tenía su confianza… así es como debía sentirse un caballero de Hyrule.
Estaba absorto en sus fantasías, haciendo planes sobre el futuro viaje, cuando un murmullo llamó su atención. Su habitación tenía una puerta que daba a una terraza exterior, Rotver también tenía uno de esos telescopios y se accedía desde allí, por una pequeña pasarela de madera. Link salió con sigilo, y se encaramó por el borde de la terraza. Abajo estaban Prunia y Rotver. Habían encendido un pequeño fuego en el exterior del faro, y se habían sentado a conversar. No estaba bien, pero… Link decidió agazaparse y pegar el oído.
—Todo bien, te lo repito —dijo Prunia con esa chillona voz infantil —le repetí las pruebas varias veces. Está perfecta. Y cada día su salud mejora. Y mientras viva con Link, no le faltará la buena comida, créeme…
—Acerca de eso… ¿fue decisión de tu hermana que viva con él?
—Creo que fue decisión de él. Por una vez, Impa no ha tenido nada que ver en esto.
—Pero él no recuerda nada en absoluto. Estoy cien por cien seguro —Rotver estaba fumando en una especie de pipa alargada, y Link veía como una fina columna de humo salía de la pipa y de su boca cuando hablaba.
—Yo también lo estoy. Pero él parece empeñado en recuperar su rol de caballero. Impa ya me mencionó algo de esto en su carta, y algo sobre un nuevo juramento que no terminé de entender. El caso es… ¿qué más da? A ella le viene bien tenerle cerca, por mucho que lo niegue.
—No le ha dicho nada.
—Nada.
—¿Crees que es lo correcto?
—Es su decisión. No deberíamos entrometernos.
—Tenemos que entrometernos si se trata de la Trifuerza —dijo Rotver, expulsando otra bocanada de aire.
Link no entendía nada, ¿qué era lo que Zelda tenía que decirle? ¿Qué diablos tenía que ver la Trifuerza con eso? Los sheikah no conocían bien a Zelda. Ella le confiaba sus secretos a él, y no a ellos. Incluso tenían un pacto. No hacía pactos con los sheikah, hacía pactos con él.
—Aún tiembla con los recuerdos de ese día. Cien años, y aún se estremece al atravesar los muros de Hatelia —dijo Prunia —créeme, lo he visto con mis propios ojos.
—Deberíamos hablar con Impa. Que mande a sus hombres y que desmantelen ese cementerio de guardianes. Puedo hacer armas y material con toda esa chatarra.
—Link me contó que encontró las piezas de valor, y ya no queda nada allí que pueda aprovecharse.
—¿Sabe algo él de eso?
—Sospecha que algo pasó ahí. Siempre tiene un ojo en la princesa, es desmemoriado, pero no estúpido.
Link estaba encaramándose tanto al borde del balcón que casi tenía medio cuerpo fuera. Aun así, aquella conversación merecía el riesgo.
—Diablos, cuando lo encontramos parecía muerto. Muerto. Si no fuese porque su alteza real insistió tanto para que lo llevásemos al Santuario de la Vida… no sé, creo que yo mismo lo habría dado por muerto y ahí habría acabado todo.
—Cuando los encontramos yo también pensé que ella estaba ida por lo ocurrido. Creí que estaba fuera de sí misma y que se agarraba a una especie de deseo desesperado.
—Prunia, ¿le has dicho a Link que fuimos nosotros los que lo llevamos a la Meseta de los Albores?
—No nos corresponde. Su alteza real hablará llegado el momento. O puede que no lo haga nunca.
—No me convence esta situación, ni la salud mental de la princesa. Parece confundida con todo eso.
—¿Y tú no lo estarías? No puedo creer que te hayas convertido en un viejo tan cascarrabias.
—Tú sí que eres cascarrabias. En fin, es hora de dormir, si no subo a mi cama ahora Zheline vendrá a buscarme para llevarme arrastrando al dormitorio.
Link se agazapó para evitar que los sheikah viesen su cabeza asomar por el borde del balcón del telescopio. Aguardó inmóvil a que se marchasen y después volvió a su habitación con el mismo sigilo con el que había salido.
Prunia y Rotver. Ellos lo vieron todo, fueron ellos los que lo pusieron en el Santuario de la Vida. Aquella pista sobre su pasado tenía un horrible sabor agridulce. Al fin podría hacer las preguntas que deseaba, pero ¿por qué no se lo había dicho Zelda? ¿Tan difícil le resultaba confiar en él?
