Hola.
Me pregunto cuántos años habrán pasado desde que deje inconclusa esta historia ¿Siete?¿Ocho años? No lo recuerdo. Seguramente varios de los que gustaban leerla ya no están en esta plataforma. Pero tú, estimado lector que has llegado hasta aqui quizás por mera casualidad o por curiosidad, déjame primero felicitarte por haber leído todo este tramo de la historia y segundo motivarte a que lo sigas haciendo, pues apenas se esta preparando para acercarse a su conclusión. Es problable que parezca un cambio radical entre un capitulo y otro, pero son tiempos diferentes de un mismo autor, aunque voy a dar mi mas grande esfuerzo por mantener su esencia. Planeo extenderlo por unos cuantos capítulos más y acabarlo con un final que se merece. Les recomiendo que estén al tanto de las actualizaciones, de los nuevos capítulos que se suban. Tengan la seguridad de que no se arrepentirán de leer este fanfic sobre vaporeon, aquel maravilloso pokemon marino, que he escrito con mucho amor y devoción.
Capítulo 18: El regalo de cumpleaños
– ¿M-mí cumpleaños?
Gema miraba con extrañeza a su papá. Le parecía que tal vez se había equivocado de fecha, que había cometido un inocente error producto del olvido. Pero él, en respuesta, asintió con la cabeza, totalmente convencido.
– Tu cumpleaños es hoy, ¿no lo recuerdas, hija?
Por más que intentaba poner a trabajar su memoria, Gema no lo podía recordar y de hecho comenzaba a dudar de que su cumpleaños sea un día de verano como hoy. Ella era muy mala recordando fechas y aunque se trataba de su cumpleaños, le costaba traerlo a su mente. Le era difícil pues recordó, al menos, que hacía mucho tiempo que no celebraba uno. Eso la entristeció un poco. Ella nunca se atrevería a dudar de su papá y si él afirmaba algo, pues así era. Pero, aun así, no entendía por qué seguía pensando que su cumpleaños no era en verano, como se lo había dicho él, sino en otra fecha, oculta en algún lugar lejano de su memoria del cual se rehusaba a salir. Eso era lo que más le estaba causando dudas.
Con una sonrisa, Gema le hizo creer a su papá que fue solo un simple olvido y le dio la razón.
Ya empezando a preocuparse, su papá se estaba preparando para refrescarle la memoria con algunas anécdotas que él recordaba de sus anteriores cumpleaños, en especial las que vivieron en el último, que fueron más penosas que agradables y que estaba seguro de que le iba a devolver la memoria ni bien las escuchara, pero al ver que Gema pudo recordarlo nada de eso fue necesario, a excepción de que aún quedaba algo pendiente que no se pudo concretar en ese último cumpleaños y que él tenía pensado decírselo ahora.
– Nos tenías muy preocupados. Varias veces pensamos que ya no te volveríamos a ver. Por culpa de esa tormenta, te perdimos justo cuando yo pensaba darte...
– Espera – lo interrumpió – ¿Los tenía preocupados? ¿Hay alguien más contigo?
– Tu abuelo y tus amigas también están en esta playa. En realidad hemos estado aquí desde hace un año, buscándote, no solo por esta zona, si no por casi todo el litoral de la región. Y casi haces que se nos vayan las esperanzas, a pesar de que sabias donde encontrarme ¿Hubo algo que te causo problemas en el camino y te hizo retrasar?
Ahora que se enteró de cuánto tiempo había pasado desde su partida, ahora que le venía a la memoria muchos recuerdos, Gema no quería contarle la verdad.
En realidad, ella conocía esta playa, su papá la había traído aquí un par de veces hacía mucho tiempo, le había afirmado que era un lugar seguro, alejado de cualquier amenaza o peligro. Con eso en mente, años más tarde, sus indicaciones habían sido claras: tan pronto se acabara esa nefasta tormenta, ella tendría que dirigirse inmediatamente a este sitio, que además serviría como un punto de encuentro.
Si lo hubiera recordado antes, se lo habría dicho desde un principio a Will. Empezó a atribuir su olvido a los meses que estuvo encerrada en el acuario sin poder salir.
Por otro lado, lo que le pasó cuando intentaba recordar su cumpleaños era algo totalmente diferente, ajeno a la memoria, y que no podía explicar.
– Es una larga historia papá – dijo evadiendo su pregunta – ¿Te lo podría contar otro día? Lo importante es que me encuentro bien. De hecho, gracias a esa flacucha que ves allá, me encuentro aquí, aunque creo que ya te lo he dicho.
Gema señaló con la mirada a Mishelle, quien hasta ese momento se distraía viendo su celular, pero que al notar que la observaban, comenzó a mirar por todos lados buscando dónde podía estar esa flacucha que mencionó su amiga. Su papá, al ver a la chica, solo asintió con la cabeza en señal de agradecimiento.
– No puedo creerlo – agregó Gema – ¿Mi abuelo y mis amigas también están aquí?
Emocionada por la noticia de que no estaban solos, le estuvo por preguntar a su papá en qué parte de la playa se encontraban los demás, pero se vio interrumpida por él.
– He esperado todo este tiempo a que regresaras para poder darte tu regalo. Se supone que te lo tenía que haber dado en tu penúltimo cumpleaños, cuando cumpliste la edad suficiente que me garantizaba que habías madurado y que ahora podías hacerte cargo de esto
Gema no se había dado cuenta, pero detrás de la gorguera de su papá había un collar que con un movimiento que hizo él saltó a la vista y comenzó a colgar de su cuello. Luego de quitárselo, se lo entregó.
– Feliz cumpleaños, hija.
Gema lo recibió entusiasmada, sosteniéndolo con una pata. El collar estaba constituido por numerosas perlas de color blanco nacarado dispuestas en círculo y en una sola fila. Las perlas reflejaban con intensidad la luz del sol en sus superficies, produciendo un brillo que por momentos la enceguecía. Atraída por ese brillo, Mishelle se acercó.
Para poder verlo mejor, Gema tuvo que cubrir con su sombra el regalo.
– Vaya, papá. Son preciosas
Cuando pudo ver con más claridad lo que era, Mishelle también se asombró, pero notó un detalle en el collar, que parecía que Gema no había visto todavía: en medio de sus perlas, unida a unos ganchos que la sujetaban, estaba una piedra de un azul oscuro, sucia y antigua, un aspecto que le restaba belleza a las otras piezas.
Gema no podía esperar a ver cómo luciría con el collar. Su papá y Mishelle la ayudaron a colocárselo como lo había tenido puesto él.
Ya con el collar puesto y agradecida por tan hermoso regalo, la vaporeon se disponía a abrazar y besar a su papá, pero él la detuvo.
– No nos apresuremos, Gema. Vayamos paso a paso. Todavía faltan la segunda y la tercera parte de tu regalo.
– ¿Hay más?
– ¿Ves esa piedra que cuelga en medio de las perlas? Tu segundo regalo tiene que ver con ese objeto. Y el encargado de dártelo es tu abuelo.
– ¡Mi abuelo y mis amigas! ¡Tienes razón! ¿Dónde los puedo encontrar?
– Primero ve a ver a tu abuelo. Luego podrás ver a tus amigos. A tu abuelo lo puedes encontrar en ese lugar que te estoy señalando.
Estiró su cola en forma de aleta, mostrando una gruta ubicada unos metros hacia abajo del lugar en donde estaban, cerca al nivel del mar.
– Es muy seguro que en estos momentos él se encuentre ahí – añadió – Él solo sale en las mañanas a caminar y estirarse por un rato y después regresa a su cueva.
Dio media vuelta y antes de partir con mucha prisa hacia algún lado, se dirigió a su hija:
– Gema, tengo que buscar a tus amigas. Ellas no saben que has vuelto y conociéndolas deben estar esparcidas por toda la playa, molestando a los humanos. Me va a tomar tiempo reunirlas a todas. Mientras tanto aprovecha en ver a tu abuelo.
Saltando ágilmente sobre las peñas del acantilado, comenzó a subir por él hasta que se detuvo para gritarle algo desde arriba:
– ¡Gema, antes de que me olvide, tu hermana también está aquí! ¡Y también ten cuidado de que tu amiga no se caiga al bajar!
Y esta vez, dando un último salto, se perdió de vista totalmente.
– ¿Qué dijo? – preguntó Mishelle.
– Nada importante – respondió Gema con algo de fastidio, antes de dirigirse al borde del pedazo de tierra que sobresalía de la parte inferior del acantilado y sobre el que estaban paradas. Todavía no bajaban hasta la base del acantilado, donde se ubicaba en una esquina la gruta que le señaló su papá.
Mishelle se dio cuenta, al ver a Gema un poco seria y molesta, de que eso último que le dijo su papá no le agradó para nada.
– Mishelle, sígueme. Quiero que me acompañes hasta esa gruta.
Le indicó con una de sus patas la ubicación del lugar.
Aunque indecisa al principio, Mishelle se puso al costado de Gema y bajando la cabeza observó primero la cueva y luego el camino por donde debían bajar para llegar a ella.
– ¿Estás loca? – dijo mirando, debajo de sus pies, con pánico, cómo el acantilado terminaba en rocas que bañadas por las aguas del mar solo dejaban ver sus letales extremos filudos - Si bajo por ahí me puedo matar.
– Vas a ir conmigo. No te vas a caer… – volviéndole los ánimos, le lanzó una mirada traviesa -a menos que yo te bote.
– Entonces, por mi seguridad – agitaba sus manos en señal de negación, retrocediendo unos cuantos pasos – prefiero quedarme aquí y esperar a que regreses.
– Solo fue una broma, ven
Rodeando uno de sus brazos con su cola, evitó que se escapara y la ayudó a bajar por el acantilado.
La bajada era estrecha y traicionera. Había un de sendero tierra, como una especie de escalón largo y angosto, que le serviría como camino a Mishelle para descender. Gema sabía que podía llegar hasta la gruta saltando, pero eso era algo imposible para Mishelle, así que tras subirse a la roca más cercana, la comenzó a vigilar desde ahí. Mishelle tenía que bordear primero la roca sobre la que estaba Gema para poder continuar. Pisando firmemente con un pie, notó que el terreno parecía seguro y poniendo sus brazos en ambos lados de la roca y apoyando su pecho sobre ella, como si la estuviera abrazando, comenzó a andar, sin mirar hacia abajo, cuando, a los pocos pasos, la zona que estaba pisando cedió.
Gema reaccionó casi al instante y logró sujetarla del brazo con su cola, antes de que se cayera. Mishelle, aterrorizada, intentaba apoyar sobre algún peñasco sus piernas suspendidas en el aire.
– ¡No me sueltes!
– ¿Cómo dices? ¿Qué quieres que te suelte?
La chica le correspondió con una mirada cruda y seria.
– No te atrevas
– Como puedes pensar eso, Mishelle. Somos amigas. Yo jamás le haría algo tan sucio y malvado como eso a una amiga mía.
Entonces, levantándola con su cola, la ayudó a subirse.
Estando ya fuera de peligro y aunque no le gusto para nada su tono sarcástico, Mishelle pensó que ese espantoso momento que le hizo pasar la vaporeon tenía que ver con el mal humor que le había provocado las últimas palabras de su papá.
Completaron el resto del camino sin ningún problema. Mishelle se repetía varias veces por qué había dejado que Gema la llevara a ese lugar, mientras avanzaba cuidadosamente, con la parte delantera de su cuerpo pegada al acantilado, los últimos tramos de ese estrecho pasaje que iba en descenso. Cuando se terminó, Mishelle, además, tuvo que bajar a una roca inferior y luego saltar hacia otra contigua para decir al fin que había llegado. Gema, por su parte, atenta en todo momento a los movimientos de Mishelle, fue descendiendo a su mismo ritmo, con saltos precisos, sin alejarse tanto de ella.
La cueva de su abuelo inspiraba mucho miedo. Era fría, oscura y húmeda. Un halo de luz tenue que se filtraba por una grieta en su techo y un pequeño arroyo formado por el desborde del mar y que se introducía en sus oscuras profundidades era lo único que se podía ver. El sonido de olas impactando estruendosamente contra las rocas del acantilado las acompañaba, mientras se adentraban en ella. Avanzando con cuidado y por un costado de la cueva, siguieron el trayecto del arroyo, que las llevó hasta una cámara amplia que les indicaba que habían llegado al final. La oscuridad en esa parte de la cueva era casi total, impidiéndoles continuar sin una fuente de luz, así que Mishelle tuvo que usar la luz de su celular para que pudieran ver qué había más allá. Al fondo de la cámara, la corriente de agua terminaba en una poza. En medio de la poza, pudieron ver, con el celular alumbrando, una roca y, encima de ella, sin poder distinguirlo bien, a un pokemon echado y dándoles la espalda que todavía no se había percatado de la presencia de sus nuevas visitantes.
Para evitar llamar su atención, las dos se acercaron a él, caminando sigilosamente alrededor de la poza, hasta que Mishelle escuchó un ronquido.
– Está durmiendo – murmuró.
Al seguir avanzando, pateó por casualidad una pequeña piedra cuyo ruido retumbó por toda la cámara, causando que los ronquidos cesaran instantáneamente.
– ¿Quién anda ahí?
El pokemon se despertó y se puso de pie. Aún con los ojos cerrados y utilizando sus sentidos, trató de rastrear ese sonido en la oscuridad. Ante esto, las dos se quedaron inmóviles. Mishelle veía sorprendida a Gema.
– Eso lo escuché y entendí muy claro… como si me lo hubiera dicho al oído
– Es que no está usando su voz. Nos está hablando a través de la mente
Dio unos cuantos pasos hacia adelante
– Abuelo, soy yo, Gema. He regresado. Ya me encontré con mi papá y me pidió que venga a verte.
Mishelle sabía que eso era telepatía, aunque nunca antes lo había experimentado en carne propia. Esa pista le dio una idea de cuál pokemon podía ser el abuelo de Gema. Pero para salirse de dudas levantó su celular e iluminando a la criatura que tenía enfrente se dio cuenta de que era…
– Un slowking – dijo, mientras el pokemon bostezaba abriendo la bocota.
– ¡Gema! ¡Tanto tiempo sin verte! – dijo de repente su abuelo con emoción, extendiendo los brazos como si la quisiera abrazar, aún con los ojos entrecerrados – ¿puedes venir hacia mí?, quisiera verte más de cerca.
Haciéndole caso, Gema cruzó la poza y se paró frente a él. También le pidió a Mishelle que la acompañara.
Mientras se acercaba a ellos, para su mala suerte, Mishelle se tropezó y tiró al suelo su celular que por la fuerte caída se apagó, lo que volvió a dejar la cueva a oscuras.
Mishelle intentaba buscar en vano su celular a través de la oscuridad, cuando de pronto sintió que algo le comenzó a tocar el brazo.
- Oh vaya. Has bajado de peso – decía el slowking, apretujando a Mishelle en varias partes de su cuerpo – Yo no te recuerdo así. Cuando eras más joven y trabajabas en ese crucero, te veías más pachoncita.
Gema se percató de que no se estaba refiriendo a ella.
– Parece que mi abuelo me está confundiendo con una mujer que conoció en un barco hace como 80 años y que se llamaba igual que yo. A veces la mencionaba, cuando nos contaba a mí y a mi papá algunas anécdotas que vivió en su juventud.
– Pero dile algo – advirtió Mishelle un poco irritada – antes de que se exceda en uno de sus apretones
– ¡Abuelo, soy Gema! ¡Tú nieta!
– ¿Mi nieta?
Al escuchar esa palabra, el pokemon salió de su letargo y abrió ampliamente sus ojos que comenzaron a desprender un fulgor azul. Al mismo tiempo, en el cuello de Gema, apareció una luz del mismo color.
– Gema, la piedra de tu collar – dijo Mishelle, señalándolo, mientras veía absorta cómo el mineral, unida en todo momento al collar, dejaba el cuello de Gema, flotaba lentamente hacia su abuelo y se quedaba suspendida en el aire, encima de él.
Gema, hasta ese momento, no le había prestado mucha atención. De hecho, la primera impresión que tuvo del objeto fue que era solo un simple adorno. Pero cuando la vio flotar e iluminarse pensó que, quizás, detrás de sus rajaduras y el polvo que la cubría, se escondía un secreto milenario que albergaba su verdadero valor.
El resplandor azul que provenía del interior de la piedra era lo suficientemente intenso para alumbrar toda la poza. Mishelle, en esos instantes, pudo ver su celular en el borde de la roca, a punto de caerse a las aguas de la poza. De un salto, logró cogerlo a tiempo, se lo guardó en el bolsillo y se puso nuevamente al lado de Gema.
– Entonces, sí resultó ser cierto – decía su abuelo en sus mentes con voz calmada y las manos juntas, detrás de su espalda – Realmente te apareciste, Gema, mi adorada nieta. Y veo que tu papá ya te dio tu regalo.
– ¿Sabías que iba a venir?
– Esta mañana una imagen cruzó mi mente, en la que te veía a ti y a tres per…– Mishelle notó que el pokemon posó su ojos sobre ella por una fracción de segundo – Supongo que la chica que tienes al lado es tu amiga.
– Sí, me llamo Mishelle
– Un gusto conocerte, Mishelle. Mi nombre es Piscis
La saludó, agachando su cabeza. Mishelle le correspondió, haciendo lo mismo. Luego, se dirigió a las dos.
– Antes de continuar, ¿quieren que siga hablando como lo estoy haciendo ahora? O prefieren que utilice mi voz.
– ¿También puedes hablar al igual que Gema?
– Yo aprendí a hablar porque conviví por años con los humanos – aclaró, esta vez hablando con normalidad – pero la razón por la que mi nieta puede hablar es totalmente diferente.
Mishelle no entendió bien lo que le dijo, pero dejó que continuen hablando.
– Sera mejor que utilices solo tu voz, abuelo. No queremos revolverle la mente a Mishelle.
– Como gusten. Sé por qué han venido. Antes de pasar a eso, déjenme decirles que esta piedra alberga muchos secretos relacionados a su historia y a lo que es capaz de hacer. Pero como sé que hoy es el cumpleaños de mi nieta, no creo que los quieran escuchar, así que iré directo a lo más importante.
Gema miró a Mishelle, quien le devolvió una mirada llena de interés y curiosidad.
– Puedes contarnos más. Yo y Mishelle no tenemos prisa.
– En ese caso, comenzaré diciéndoles que lo importante ya está hecho. Cuando vieron la piedra brillar, yo ya la había activado con mis poderes psíquicos. Esa luz es propia de ella, yo no tuve nada que ver ahí, aunque la ayudé un poco con mis poderes para hacerla flotar.
La piedra se comenzó a mover, dando vueltas alrededor de su shellder en forma de corona.
– La idea, Gema – agregó – es que descubras por tu cuenta todos sus secretos, pero ya que quieren conocer un poco más sobre ella, les diré que su origen es un misterio. No se sabe quién la creo, ni de dónde viene. Solo sabemos que es una reliquia antigua, que le debió de haber pertenecido a una civilización ya extinta. Se nota muy desgastada debido al paso del tiempo, pero no se dejen engañar por su apariencia. Ella esconde muchos trucos…
De repente, el brillo de la piedra se apagó, oscureciendo la figura del slowking. Las dos no tuvieron tiempo para reaccionar porque en ese mismo instante notaron que la luz ahora brillaba en otro lugar. Bajando la cabeza, cuando la sorpresa recién comenzaba a invadirlas, encontraron la piedra en el suelo, al lado de los pies de Mishelle.
Empezando a caminar de aquí para allá frente a ellas, su abuelo continuó hablando.
– Si ven que de un momento a otro la piedra desaparece y vuelve a aparecer en otro lugar, no se asusten. Es algo que le gusta hacer y vayan acostumbrándose porque lo hace muy a menudo. Si ven que comienza a temblar, es porque algo peligro se acerca. Si sienten un zumbido ensordecedor en los oídos o les empieza a doler la cabeza fuertemente y sin ningún motivo, es porque la piedra quiere formar una conexión con ustedes. Si ven… bueno, les he mencionado algunas características de su comportamiento que es necesario que sepan para que ella no les pueda sorprender o asustar fácilmente. Dependerá de ti, Gema, descubrir qué más cosas puede hacer.
Apenas terminó de hablar, el costado iluminado de Mishelle se oscureció y en menos de un abrir y cerrar de ojos la piedra volvió a aparecer flotando alrededor de su corona. En ese momento, el pokemon se detuvo frente a ellas, sin decir nada. A Mishelle le pareció verlo un poco somnoliento. Hubo un repentino silencio.
– Gracias por la información, abuelo
Había escuchado atentamente cada una de sus palabras y visto con asombro todo lo que había hecho la piedra, así que estaba preparada para lo siguiente que fuera a suceder, pero esa pausa que hizo no la hacía sentir cómoda.
– ¿E-eso es todo? – preguntó temerosa.
– Aún no te he dicho lo más importante que debes saber sobre este amuleto
Extendiendo un brazo y cogiendo el objeto cuando flotaba cerca, caminó hacia Gema y la volvió a colocar manualmente en su collar. Al soltarla, la luz de la piedra se debilitó y el brillo en sus ojos se apagó.
Poniendo las manos detrás de su espalda, prosiguió con voz suave y serena:
– Cuando te halles perdida y veas que todas la puertas a tu alrededor se han cerrado, aferra fuertemente tu corazón a esta piedra y ella…
Le dio un leve toque al objeto, lo que causó que brillara nuevamente con fuerza.
– Te mostrará el camino.
A los pocos segundos, la piedra volvió a disminuir su luz y Piscis, aparentemente cansado y adormecido, se sentó en la roca de la poza.
– Ahora sí. Eso es todo lo que tengo que decir, nieta mía. Ya pueden irse en paz.
Tapándose la boca con una mano, dio un gran bostezo.
– Oh, casi lo olvidaba – añadió – Una última acotación. No se preocupen si ven que la piedra desaparece y ya no regresa. Aunque no lo crean, la piedra siempre está vigilando, desde cerca o desde lejos, a aquellos con quienes forma un vínculo. Y cuídala muy bien, Gema. Ella ahora te pertenece.
– Siempre le ha pertenecido
Mishelle se estremeció cuando la voz del pokemon irrumpió en su mente.
Bostezando una vez más y con los ojos que se le caían de sueño, Piscis se inclinaba para recostarse en el suelo.
– Qué despistado soy – dijo, volviéndose a sentar – por poco se me escapa la parte más valiosa de toda nuestra conversación. Aún no te saludo por tu cumpleaños.
El slowking trató de pararse, pero Gema se le adelantó y acercando su cuerpo al de él, se fundieron en un cálido y largo abrazo.
– Muy bien. Con eso, terminamos. Tú y tu amiga ya pueden retirarse.
– ¿No piensas acompañarnos? – preguntó Gema.
– ¿Por qué debería hacerlo?
– ¿Para celebrar que he regresado y que hoy cumplo años?
– Cierto. Me hiciste recordar algo. Cuando veas a tu padre, dile que si piensan hacer tu fiesta de cumpleaños por aquí cerca, traten de no hacer mucha bulla, por favor.
– ¿Te ha caído tan bien esta nueva cueva que no te moverás de aquí, ni siquiera el día de mi cumpleaños?
– He vivido en mejores cuevas. Pero ya es una hora muy tarde para mí. Después de mi caminata matutina en lo único que pienso ahora es en dormir. Discúlpame, querida. Creo que no podre estar en tu fiesta… pero iré a verte luego… tú sabes que te adoro y que eres muy importante para… mí.
Quedándose sentado, Piscis cerró los ojos y no dijo más.
– Se quedó dormido – dijo Mishelle, mientras escuchaba la respiración profunda del slowking y luego sus ronquidos.
– Así es mi abuelo. Estoy segura de que más tarde lo veremos preguntando si hay algo de comida para él. Vámonos. Dejémoslo descansar un poco.
Se dirigieron a la entrada de la cueva. Con la luz de la piedra, les resultaba más fácil caminar por la oscuridad. Cuando estaban cerca, la voz de Piscis volvió a interrumpir los pensamientos de Mishelle, quien por la impresión se detuvo.
– Gema, tu abuelo me está hablando.
– ¿Qué te dice?
Mishelle no le respondió y se mantuvo quieta durante varios segundos mirando fijamente, desde el interior de la cueva, con la sorpresa dibujada en su rostro, el horizonte del mar hasta que su mirada se serenó y se volvió hacia Gema con una sonrisa falsa.
– No es nada. Me pareció escucharlo, pero fue solo mi imaginación.
Gema la miró con sospecha. Al final, no le tomó mucha importancia a lo que sucedió y siguieron su camino.
Apenas salieron de la cueva, Gema corrió velozmente hasta el borde de la base del acantilado que estaba en contacto con el mar y se lanzó a sus aguas. Mishelle no se esperaba eso y acercándose al extremo de una roca, asomó su cabeza.
– ¿Qué haces?
– Súbete encima de mí – dijo Gema, dándole la espalda en el agua y viéndola por encima del hombro - Te voy a llevar a la orilla de la playa.
– ¿Enserio?
– No me hagas cambiar de opinión y entra al agua de una vez.
– Mi ropa se va a mojar – insistió, aunque lo que más le preocupaba en ese momento eran las intimidantes olas estrellándose contra las rocas, debajo de ella.
Gema la miró enojada.
– Vale, ahí voy.
Las aguas del mar y el fondo del acantilado estaban casi a la misma altura, así que bajar no le fue difícil a Mishelle. Sentándose al filo de la roca en la que estaba parada, dejó que sus piernas se mojaran un poco y luego, llenándose de valor, se dejó caer.
Avanzó unos metros en contra de las olas, que la querían arrastrar hacia el acantilado, hasta que llegó a estar detrás de Gema. La vaporeon sumergió la parte inferior de su cuerpo y haciéndole una seña con los ojos le indico que se acercara más y que pusiera sus manos en sus hombros. Mishelle siguió sus instrucciones y luego de acomodarse bien, le hizo saber que ya estaba lista para que pudieran partir.
– Agarra con fuerza mis hombros – le avisó Gema – y no los sueltes para nada.
Cuando ella comenzó a nadar, la parte sumergida de su cuerpo se levantó y pudo sentir el peso de Mishelle en su espalda. De la misma manera, Mishelle se inclinó hacia delante, hasta que su cuerpo adoptó una posición horizontal, flotando sobre la superficie del mar.
Como ninguna de ellas tenia apuros en volver a la playa, Gema se limitó a nadar a una velocidad normal. Las olas más cercanas al acantilado remecían con cierta brusquedad, así que Mishelle, para evitar ser arrastrada por ellas, tuvo que sujetar con más firmeza a Gema.
Notando el nerviosismo de su pasajera cuando se acercaban a las rocas puntiagudas del acantilado, Gema trató de rodearlas, lo que hizo que se alejaran del acantilado y se adentraran un poco en el mar. Luego de pasar ese obstáculo, notaron que el mar en ese zona estaba más calmado y las olas, menos agresivas.
Después de que Gema nadara un corto tramo, Mishelle juró haber escuchado, por un breve momento, una risilla ahogada a la lejanía. Cuando volteo la cabeza para ver descubrir qué era, solo llegó a ver las puntas de una aleta sumergiéndose en el mar, unos cuantos metros detrás de ellas.
Aún faltaba una buena distancia por recorrer, pues solo veían el perfil del acantilado. Podían escuchar las voces de varios pokemon mas adelante, aunque no podían verlos.
De repente, Gema sintió que una mano de Mishelle la apretaba para llamar su atención.
– Gema, sé que nos conocemos desde hace poco…pero hay algunas cosas que quisiera saber de ti ¿Te molesta si te hago algunas preguntas?
– Pregúntame lo que quieras
– A mí, Will y César nos sorprendiste cuando te escuchamos hablar por primera vez en el acuario, pero nunca supimos por qué puedes hacerlo. Tampoco me explico por qué te puedes transformar ¿Esa es una habilidad que siempre has tenido? Lo que también me lleva a preguntarte ¿Qué eres realmente?, ¿Un pokemon o un humano?
Parecía que a Gema le incomodaron esas preguntas, pues lo único que escuchó Mishelle durante los próximos segundos fue el sonido que hacía la vaporeon al nadar.
– Para serte sincera – dijo Gema de repente, animándose a hablar – casi todo lo que me has preguntado yo también desconozco. Desde que tengo memoria, siempre he podido hablar como los humanos, aunque en mis primeros años de vida, los más felices de toda mi vida, me acompañaron dos niños con los que siempre jugaba y quienes me enseñaron a dominar tu idioma.
Gema se sorprendió cuando se escuchó a sí misma, pues no podía reconocer quiénes eran esos niños a los que acababa de evocar. Además, por alguna extraña razón, durante ese breve instante en que intentaba recordarlos, sintió una gran pena.
– En cuanto a por qué puedo transformarme – agregó – No estoy segura si he podido transformarme desde siempre. Descubrí que lo podía hacer unos años después por casualidad. Como quería saber el porqué, le pregunté a mi papá varias veces la misma pregunta y lo único que me decía era que yo adquirí esa capacidad después de un accidente.
Se notaba, por lo tenso que Mishelle sentía sus hombros y por la seriedad en sus palabras, que Gema ya no quería seguir hablando más del tema.
– Si en el fondo soy humana o si siempre he sido un pokemon es algo que he querido saber desde un inicio, Mishelle. Para afirmar lo segundo, he tenido que ser antes una eevee, pero yo no tengo recuerdos de haber vivido como mi pre-evolución durante mi niñez. De lo único que estoy segura es que siempre recuerdo haberme visto en el reflejo del mar como una vaporeon.
Luego de esa charla poco agradable, las dos no se dijeron nada hasta que Mishelle, atraída por el ruido que hacían varios pokemon, giró su cabeza hacia la izquierda y se le presentó, frente a sus ojos, una vista impresionante, causando que soltara un suspiro.
Gema no se explicaba por qué Mishelle reaccionó de esa manera, pero al voltear su mirada en la misma dirección, hacia donde debía estar el acantilado, también se sorprendió por lo que vio.
Entre el fin del acantilado y el inicio de la playa arenosa había una extensa plataforma rocosa, plana y de poca altura, sobre la que al menos un centenar de pokemon tipo agua se encontraban apoyados, algunos echados tomando el sol, otros jugueteando cerca al borde, a punto de lanzarse al mar y el resto nadando o volando alrededor, pero sin alejarse mucho.
Parecía que la presencia de Gema y en especial la de Mishelle no les agradaban a los pokemon porque cuando ellas pasaron cerca, la gran mayoría se calló y comenzó a mirarlas con cierta hostilidad.
Gema se percató de la actitud amenazante de los pokemon, que repentinamente volvieron a hacer bulla. Aunque Mishelle no podía entender lo que decían, Gema sí. Escuchando su advertencia, Gema comprendió que debían irse pronto de ahí, así que acelerando el ritmo, se alejó nadando.
Para sorpresa de las dos, los primeros metros de la playa no estaban tan lejos y sin darse cuenta, Gema sintió debajo del agua la arena de la orilla rozando sus patas. La vaporeon se detuvo, permitiendo que Mishelle pueda ponerse de pie y pisar la arena.
Salieron del mar. Mishelle se veía muy extenuada. Arrastrando los pies, dio unos cuantos pasos y se desplomó de espaldas sobre la arena a unos metros de la orilla. Adelante había un par de Wingulls parloteando entre ellos.
– Parece que alguien no está en forma – opinó Gema.
Mishelle la miró con la respiración agitada. A pesar de que todo el trabajo de nadar lo había hecho Gema que no mostraba ni una pizca de agotamiento, no se imaginó que el golpe y las sacudidas de las olas la iban a dejar con el cuerpo molido.
– ¿Tú no estás cansada? – preguntó.
– Para mí fue como un simple paseo
Con una sonrisa orgullosa se sacudió, botando todas las gotas de agua de su cuerpo.
Mishelle se cubrió con un brazo para evitar que las gotas le salpicaran y al rato, cuando ya habia recuperado el aliento, se reincorporaba, pero los gritos de Gema la asustaron.
– ¡Mishelle! ¡La piedra no está!
Al volverse hacia ella, notó que realmente la piedra ya no estaba en su collar.
– ¡La sentí en todo momento junto a mi pecho mientras nadaba! – añadió – ¡Y ahora ya no la tengo!
Mientras Gema buscaba desesperadamente por los alrededores, Mishelle, aún agachada, se disponía a levantarse cuando se encontró cara a cara con la piedra, que yacía frente a ella en la arena.
La piedra brillaba con una luz azul tenue. Inexplicablemente, se sentía atraída por esa luz.
En ese momento, comenzó a escuchar un leve zumbido que se hacía cada vez más intenso. El ruido llegó a hacerse tan agudo e insoportable que se llevó las manos a los oídos. Gema se acercó a ella, temerosa.
– ¿Mishelle, te pasa algo?
– Haz que pare
– ¿Parar qué cosa?
– Ese zumbido
Hasta este punto, el sonido agudo retumbaba por toda su cabeza y se adueñaba de toda su audición e, incluso, de sus propios pensamientos. En lo único que pensaba Mishelle en ese momento era en rogar que ese ruido se acabara ya. Pero parecía lejos de terminarse. Ya no sabía qué hacer. Sentía que sus oídos estaban a punto de estallar y por más que apretaba sus dientes hasta hacerlos chirriar, ese zumbido no se iba.
Los Wingull, que desde que Gema había gritado les estaban prestando atención, miraban ahora a la chica con preocupación
– ¿Qué le estará pasando a esa humana? – habló uno de ellos – Parece que se ha vuelto loca.
– ¿Cómo? – dijo Mishelle. Entre todo el bullicio caótico que se había vuelto su cabeza, logró escuchar una voz que no era la de Gema.
El zumbido comenzaba a disiparse hasta desaparecer por completo unos segundos después, haciendo que sintiera un alivio casi celestial. Ahora podía escuchar claramente a los pokemon conversar, como si estuvieran hablando en su idioma.
– Oye – le decía el otro – creo que ya se recuperó. Sera mejor que nos vayamos.
– No te preocupes. No nos van a hacer nada.
– Hazme caso y vámonos
El Wingull estaba por alzar vuelo llevándose del ala a su compañero, pero una sombra se posó sobre ellos. Mishelle se había acercado, gateando y los miraba atónita.
– N-no puedo creerlo…
Los pokemon se volvieron hacia ella con miedo. Al mismo tiempo, en el bolsillo de sus jean short, podía sentir que algo estaba vibrando, aunque no le tomó mucha importancia.
– Puedo entender a los…
– Cesar, sigue intentado. Mishelle debe estar con ella. Le podemos decir que la traiga aquí a la playa y así solucionaremos este asunto.
César veía con algo de lastima a su amigo Will, que echado en la arena a unos metros de él tenía encima a una vaporeon más grande y más azul que Gema, mientras acercaba a su oreja el celular, que mostraba en su pantalla una llamada no contestada.
Volvió a marcar un número e hizo otra llamada.
FALLEN IN WATER (continuará…)
