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Cerezas Negras
Control y Sumisión
...
Algo extraño está sucediendo.
No es hasta la tercera vez que Kotoko responde una de sus invitaciones con una negativa, alegando que se encuentra muy ocupada, que Naoki finalmente se da cuenta que algo anda mal.
Una semana había pasado desde su último encuentro, una parte fundamental de sus tres meses juntos, según lo estipulado por el contrato. Naoki quizás no conocía del todo bien a Kotoko, pero sabía, tras sus múltiples observaciones de ella, que no era una persona que desaprovechara cualquier momento que tuviera para estar con él.
Frunce el ceño mientras desbloquea nuevamente su teléfono móvil, buscando el número de Kotoko casi inconscientemente. Su dedo permanece sobre el botón para llamar, dándose cuenta de lo que estaba intentando hacer de la nada. No es cómo él querer buscar a una mujer tan insistentemente. Si hubiera sido cualquier otra, ya la habría desechado y olvidado. Sea lo que sea que le sucede, él no tiene mucha paciencia para los problemas de otras personas. Sería mucho más sencillo simplemente olvidarla y volver a sus propios asuntos.
Quizás debería hacerlo, pondera la posibilidad por un segundo, pero un ligero apretón en su pecho le impide pensarlo más de lo necesario. Por algún motivo, la idea de alejarse de ella no le gusta.
Suspira, dejando el teléfono nuevamente sobre su escritorio y echando la cabeza hacia atrás, contra el respaldo de su silla. Cierra los ojos momentáneamente y espira suavemente, borrando de su mente cualquier tipo de pensamiento intrusivo. Se concentra únicamente en su respiración y la sensación de su cuerpo contra la silla, existiendo en el mundo, teniendo un peso real, tal y como su psicólogo se lo había recomendado hacía años. ¿Qué habría pasado de aquel anciano profesional? Había pasado un tiempo ya desde la última vez que lo había visto.
Sacudiendo la cabeza, vuelve a abrir los ojos una vez que se siente más en control sobre sí mismo, y se concentra una vez más en su trabajo. Nuevos proyectos continúan siendo aprobados, juguetes diseñados, y contratos firmados. Naoki no tiene tiempo que perder, en especial con una mujercita que apenas y le contesta las llamadas. Sea lo que sea que le sucede, no es de su incumbencia.
Hasta que sus ojos caen nuevamente sobre su teléfono celular, la pantalla negra mostrando las manchas de sus pulgares por estarlo manipulando todo el día. Sin darse cuenta vuelve a perderse en sus pensamientos, aquellos que se apoderan de su mente aunque no lo desee.
¿Le habrá sucedido algo grave? Pondera, dejando su pluma en el escritorio y tomando el celular en sus manos. Vuelve a abrir la aplicación para llamadas y, antes de pensarlo mejor, aprieta el botón que le permitirá comunicarse con ella. Si no contesta, se pasará después del trabajo por su departamento. Quizás su acuerdo sea momentáneo, pero él ha prometido encargarse de ella mientras durase. No hace más que cumplir su deber como dominante al estar preguntándose por su repentina ausencia.
El teléfono marca, y mientras Naoki espera a que Kotoko atienda tamborilea sus dedos contra el escritorio. Un minuto entero pasa, y justo cuando Naoki está a punto de rendirse y colgar, la llamada es atendida.
―¿Naoki?― la dulce voz de Kotoko suena desde el otro lado del aparato. Naoki deja salir un suspiro de alivio que ni él estaba al tanto de que estaba conteniendo. Escuchar su voz nuevamente después de una semana sin ella es extrañamente… reconfortante.
Inmediatamente elimina aquel pensamiento de su mente y se dispone a contestar. ―Así que todavía sabes atender el teléfono, Kotoko.
Frunce el ceño ante las palabras salidas de su boca, sabiendo que suenan algo bruscas, en especial cuando puede escuchar a Kotoko jadeando casi imperceptiblemente, pero tras pensarlo un poco, decide que no le importa. Todo es culpa de Kotoko después de todo. Es ella quien lo ha estado evitando por una semana entera.
―¿Está todo bien? Ha pasado tiempo desde la última vez que nos vimos― comenta antes de que Kotoko pueda hablar. Por un momento lo único que se escucha del otro lado de la línea es silencio. Finalmente, Kotoko suspira.
―Estoy bien. Es sólo que… ha sido una semana algo difícil…
―¿Mucho trabajo?― pregunta únicamente para seguir la conversación. Escucha a Kotoko reír sin ánimos.
―Algo así… Ah, ahora mismo estoy con unos clientes en la galería del centro. Al parecer vieron unos cuadros míos por internet y desean comprarlos para su nuevo hogar. Son una pareja de recién casados.
―Ya veo― Naoki murmura, un pensamiento loco haciéndose espacio en su cabeza. Sonríe arrogantemente, volteando la silla giratoria para detenerse justo en frente del amplio ventanal de su oficina. Debajo, la ciudad vibra con vida. ―Ha sido un largo rato desde la última vez que… jugamos.
―¿Naoki?― esta vez la voz de Kotoko suena más insegura. La sonrisa de Naoki se extiende.
―¿Hay algún lugar privado dónde estás?
―¿Lugar privado? Ehm, bueno, está el baño de la oficina pero…
―Perfecto. Ve allí― comanda con voz firme. Kotoko vuelve a jadear.
―Estoy… estoy en el trabajo. Naoki, sea lo que sea que tienes planeado, no puedo…
―Kotoko― la interrumpe, no bruscamente, pero con el suficiente ímpetu para callarla momentáneamente. ―¿Acaso ya te has olvidado de nuestro trato?
De nuevo, escucha silencio. A pesar de no poder verla, puede imaginársela perfectamente; mirando hacia los costados, una mano en su mejilla, mientras busca la mejor manera de negarse. No la encontrará. A Naoki no le interesa que esté en medio de un trabajo… que los dos estén en medio de su trabajo, ha pasado una semana sin poder jugar con ella, y a su parecer, ese ha sido tiempo más que suficiente para que ella haya solucionado los problemas que le impedían juntarse con él.
Espera, totalmente seguro de la respuesta de la fémina. Cuando la escucha suspirar, sonríe.
―Iré ahora mismo, sólo dame un momento…― escucha el sonido de algo tapando el micrófono del teléfono celular, posiblemente su mano, y después de eso la voz de Kotoko, que debido a la obstrucción se oye lejana, diciéndole algo a alguien. Probablemente excusándose con sus clientes. Siempre tan educada. ―De acuerdo…― oye después de otro rato ―ya estoy en el baño. ¿Qué quieres que haga?
―Antes que nada, quiero saber qué llevas puesto.
―¿Qué llevo…!― tartamudea, no habiéndose esperado esa pregunta. Naoki espera, paciente, pero cuándo no escucha nada tras unos cuantos segundos, suspira.
―No me harás repetirlo, ¿o sí?
―Es que no entiendo por qué…
―Kotoko― la corta, y ella calla de inmediato. ―Dime que llevas puesto. Y que sea la última vez que me hagas repetir una orden.
―Yo…― casi puede visualizarla mordiéndose el labio inferior, de aquella manera tan provocativa como cada vez que se encuentra dudosa sobre algo. Naoki espera un poco más, su impaciencia y confusión creciendo a medida que pasan los segundos. Nunca antes Kotoko había dudado tanto sobre un juego propuesto por él. Vuelve a recordar la semana en la que no la ha visto, y se pregunta, una vez más, si algo grave le habrá pasado.
Finalmente, y para gran alivio de Naoki, Kotoko susurra, en una voz tan bajita que debe concentrarse para escucharla: ―un vestido. El azul, ¿lo recuerdas? Con volados y…
―Lo recuerdo― la interrumpe, visualizando en su mente el bonito vestido que ya ha tenido la oportunidad de quitar lentamente de su cuerpo. Inconscientemente, se pasa la lengua por los labios. Le gusta ese vestido. ―De acuerdo, ahora, no quiero más dudas. Kotoko, cuando te diga lo que tienes qué hacer, quiero que lo hagas sin rechistar, ¿entendido?
―E-Entendido.
―Muy bien― toma aliento, antes de ordenar con voz firme: ―tócate.
Silencio es lo único que le responde, crispándole los nervios. ¿Por qué Kotoko está tan evasiva hoy? ¿Cuál es su problema? Frustrado, se pregunta si no debería simplemente cortar y dejarlo para otro día, pero, antes de que pueda siquiera abrir la boca para poner en palabras lo que lo atormenta, escucha un pequeño gemido del otro lado de la línea.
―Mmm, ¿qué debo hacer, exactamente, señor?― pregunta, su voz suave y dulce y sensual. Naoki pestañea, sorprendido por el repentino cambio de actitud, pero no tarda en sonreír, recostándose en su asiento y poniéndose cómodo.
Ya era hora de que la muchacha espabilara.
―Usa tus dedos para recorrer la parte interna de tu muslo suavemente. ¿Cómo se siente?
―Bien…― responde, lanzando un pequeño suspiro.
―Piensa que son mis dedos. Acércate lentamente hasta tu centro. ¿Sientes mis manos aferrando y separando tus piernas?
―Um…― escucha su voz, jadeando, y casi puede escuchar el sonido de su mano deslizándose sobre su piel. Los dedos de su propia mano pican, deseando poder tocarla. Traga grueso, obligándose a continuar a pesar del calor que se está formando en su propia anatomía.
―Por supuesto, no podemos olvidarnos de tus pechos. Esos lindos pechos, con pezones rosados. ¿Están duros, Kotoko? ¿Cómo se siente cuando usas los dedos de tu otra mano para acariciarlos y pellizcarlos?
―Naoki…
―Así es…― el hombre suspira a su vez, y sin poder resistirlo más, deja que su otra mano merodee en dirección a su ingle. Con un dedo, soba suavemente por encima de la ropa, y el escalofrío que recorre su espalda es intensificado sólo por el pequeño gemido de Kotoko. ―Creo que es hora de que dejemos de torturarte. ¿Por qué no pasas tus dedos por encima de las bragas? Recorre el camino de tus labios lentamente, hasta llegar a tu clítoris. Presiona con tu pulgar.
Kotoko jadea. Naoki desabrocha sus pantalones, dejando salir el miembro semi-erecto de ellos. Lentamente lo envuelve con su mano, apretando ligeramente.
―¿Te estás tocando? ¿Sientes mis dedos allí, en tu punto más sensible?
―¿Ahora son tus dedos?― pregunta, riendo ligeramente. Naoki gruñe.
―Por supuesto. Son mis dedos los que aferran tus caderas. Son mis dedos los que juegan con tus pezones, son mis dedos los que se cuelan por debajo de tus bragas, para encontrarte húmeda y caliente para mí ―su mano, la que tiene envuelta alrededor de su miembro, sube y baja, imaginándose a Kotoko recostada en su cama, la cama de su departamento; sus piernas abiertas mientras él juega con su cuerpo como se le da la gana. ―¿Me sientes, Kotoko? ¿Sientes mis dedos dentro de ti? ¿Entrando y saliendo mientras te retuerces del placer?
―Sí… Ah.
―Estoy tan duro por ti― no puede evitar confesar. Aumenta el ritmo de su mano, cerrando los ojos y formando una nueva imagen en su mente. Kotoko de brazos abiertos, sonriéndole con dulzura mezclada con travesura, recibiéndolo sin miramientos, sin juzgarlo. Kotoko echando la cabeza para atrás, sus gemidos llenando la habitación, mientras confiesa, sin aliento, lo mucho que lo necesita, lo mucho que lo ama…
―N-Naoki… yo…
―Así, sigue así. Aumenta el ritmo de tus dedos. Déjate llevar. Cúrvalos un poco, así como lo hago yo. ¿Lo recuerdas? ¿Recuerdas lo mucho que te gusta cuando hago eso?
―Sí… sí, sí, sí― su voz suena sin aliento. Naoki sabe que está cerca del orgasmo, y eso prácticamente lo vuelve loco. Él mismo está a punto de explotar.
―¿Estás por correrte? ¡Hazlo conmigo!― prácticamente ruge. Su control no se encuentra por ningún lado, pero en ese momento, con la voz de Kotoko jadeando en su oído y la visión tan hermosa que tiene de ella tras sus párpados, no puede importarle nada más. Nada más que ella, ella, ella…
―¡Kotoko! ¡Con que aquí estabas! ¿Qué haces metida en ese huevo con el celular en la mano? ¿Con quién estás hablando?
―¡Y-Yo…!
Naoki abre los ojos, su mano deteniendo sus movimientos. La imagen se rompe, y su ceño se frunce al no entender lo que está sucediendo. Su mente todavía tambalea en una bruma entre el placer y el abandono, por lo que su afanado cerebro de genio no puede captar la situación a la primera.
―Yo… solamente estaba hablando con mi papá. Ya sabes cómo se pone cuando no contesto el celular― dice la chica con una risita nerviosa.
―Bueno, pues vuelve adentro, que tus clientes están esperándote.
―Sí, sí, de inmediato― se oye pasos alejándose, y cuando Kotoko vuelve a hablar por el altavoz del teléfono celular, es con marcada vergüenza. ―Tengo que irme. Hablamos más tarde, ¿sí?
Cuelga.
Naoki pestañea, alejando el celular de su oído, mirando la pantalla, aturdido. Le toma unos cuantos segundos más hilar sus pensamientos, pero cuando lo hace, una furia sin igual se asienta en su pecho.
Kotoko lo engañó. En ningún momento fue a un lugar privado para jugar con él. En ningún momento estuvo tocándose a sí misma; fingiendo cada uno de sus sonidos. De otra manera, la persona que la encontró habría tenido más que comentar que simplemente qué haces metida en ese hueco con el celular en la mano.
Apretando el celular tan fuerte que teme romperlo, Naoki se levanta abruptamente. Se abrocha los pantalones y gira hacia su escritorio, tomando rápidamente sus cosas y guardándolas en su maletín, antes de prácticamente correr en dirección a la puerta de su oficina.
Al salir, Matsumoto se levanta de su asiento, una carpeta en sus manos. ―Director Naoki, la junta de las…
―Cancélala― ordena, apretando el botón del elevador y esperando impacientemente a que llegue. ―Cancela esa junta y todas las demás, junto con cualquier compromiso que tenga hasta las cuatro de la tarde. Saldré y no volveré sino hasta esa hora.
―¿Perdón?― pregunta la mujer, claramente sorprendida. ―Director, ¿está seguro que…?
Calla cuando Naoki voltea hacia ella, lanzándole una mirada gélida como pocas veces ha visto en el rostro de su jefe. Tragando grueso, Matsumoto asiente.
―Entiendo, señor.
―Bien.
Cuando el elevador llega, Naoki entra sin mirar atrás. Mete la mano en el bolsillo, jugando con las llaves de su automóvil. Energía corre por todo su cuerpo, como hacía mucho tiempo no lo hacía.
Kotoko lo había engañado, tras una semana de no saber nada de ella. Tras una semana de esperar, en vano, a que la señorita solucionara lo que sea que estaba impidiéndole juntarse con él.
Lo había engañado, y por eso lo pagaría muy caro.
Naoki conduce hasta la galería de arte en la que sabe Kotoko vende sus pinturas. Estaciona, preguntándose si la mujer se encontrará allí todavía o si ya habrá huido. Se había negado a atender sus llamadas una vez que Naoki pudo calmarse lo suficiente como para preguntarse dónde localizarla, y eso, evidentemente, no había hecho sino aumentar su enojo y deseo de venganza.
Si no está allí, no tiene ningún problema en buscarla a su departamento. De una manera u otra, hablará con ella.
Entra al local, ignorando a la linda dependienta que lo saluda cortésmente. Mira de un lado a otro, observando distintos cuadros, esculturas y adornos. El lugar es amplio, abierto, con un ventanal que deja entrar la luz del sol de verano a través de ella, iluminando todo, pero no encuentra a Kotoko allí.
Finalmente voltea a la dependienta. ―Estoy buscando a alguien. Por casualidad, ¿se encuentra Kotoko Aihara aquí?
―¿Kotoko?― la chica, que debe tener poco más de veinte años, tilda la cabeza a un costado, algo sorprendida por la pregunta. Naoki asiente, y tras otro segundo de vacilación, finalmente asiente. ―Está en la oficina de empleados. ¿Desea que la llame?
―No es necesario― le da su sonrisa más encantadora, a lo que la chica se sonroja. ―Soy un amigo y he venido a hablar de algo privado con ella. ¿Te importaría mostrarme dónde queda la oficina?
―P-Por supuesto― dice la chica, asintiendo y prácticamente tropezando con sus propios pies en su afán por guiarlo. Entran por una puerta trasera, que conduce a un pequeño pasillo, y en la segunda puerta a la derecha, se detiene, tocando firmemente. ―¿Señorita Kotoko? ¿Está allí?
―¡Estoy aquí, Mao!
―Aquí hay alguien que desea verla, señorita Kotoko.
―¿Alguien?― la voz de Kotoko suena sorprendida, pero en el siguiente segundo se vuelve temblorosa. ―D-Dígale que estoy ocupada, y que vuelva más tarde.
Antes de que Mao pueda contestar, Naoki habla, dispuesto a impedirle que siga huyendo de él. ―Estoy aquí, Kotoko, y sé que no estás ocupada. ¿Podemos hablar un minuto?
Escucha un pequeño gritito y algo cayendo al piso. Naoki debe ocultar una sonrisa, sabiendo que su presencia la ha afectado.
―¿Señorita Kotoko? ¿Está bien?― pregunta Mao preocupada, posando una mano en el picaporte de la puerta. Naoki la detiene, suavemente tomando su muñeca, logrando que la chica se sonroje aún más.
―Yo me encargo. Gracias por guiarme hasta aquí― vuelve a sonreírle y Mao asiente, embelesada y probablemente sin saber muy bien lo que acaba de decir. Ignorándola a partir de ese momento, Naoki abre la puerta y entra, observando un pequeño salón con dos sofás, una mesa baja, una ventana con las persianas cerradas, una máquina expendedora, dispensadores de agua y café y una televisión. Frunce el ceño al no ver a Kotoko por ningún lado, hasta que movimiento tras uno de los sofás llama su atención. Con una sonrisita de suficiencia cierra la puerta, caminando con paso firme hacia ella.
Ve cómo la pequeña figura ocultándose tras el sofá se tensa incluso antes de que abra la boca. ―Así que intentas esconderte de mí. Muy mala decisión, mascota.
―¡Eso no es-!― grita, elevando su rostro sonrojado tan rápido que tambalea un poco. Dándose cuenta del volumen de su voz, se detiene, estabilizándose con el respaldo del sofá para no caer. Lentamente se endereza, sus labios en un mohín y sus ojos achicados en una muestra de enojo que no hace más que divertir a Naoki. ―Eso no es cierto. Simplemente se me cayó mi bloc y lo estaba recogiendo― explica, mostrando dicho objeto en sus manos para demostrar que está diciendo la verdad.
Naoki asiente, tomando sin contemplaciones el bloc y arrojándolo a uno de los sofás. Ignora el jadeo indignado de Kotoko y, sin mediar más palabra, la acorrala contra el brazo del sofá. El vestido azul de Kotoko, aquel que él ya conoce y con el que había estado fantaseando hacía tan sólo media hora atrás, se levanta ligeramente cuando Kotoko cae, mostrando una porción tentadora de sus piernas. Naoki sonríe irónico.
―No me interesa tu bloc y mucho menos tus excusas, Kotoko. ¿Qué fue eso del teléfono?― pregunta, perdiendo su sonrisa al recordar la forma en la que lo había encendido, sólo para que todo resultara ser falso. Kotoko boquea, abriendo y cerrando la boca sin saber qué decir, pero Naoki no retrocede, observándola con una ceja levantada, esperando pacientemente a que hable.
Finalmente, la mujer traga grueso, desviando sus ojos hacia un costado. ―Yo… este no es un lugar para esa clase de cosas, y…
―¿Entonces decidiste engañarme?
―No… yo…― Kotoko se muerde el labio, sin saber qué más decir. Naoki se acerca más, sus manos dirigiéndose a sus caderas y su boca a su oído. La siente tensarse bajo su toque, y no puede evitar soltar una risa seca.
―No… ¿qué? Sabes Kotoko, no me gusta que me mientan…― aprieta un poco, causando que Kotoko tome aire repentinamente. ―Tampoco me gusta que me traten de estúpido. Si tanto querías evitarlo… ¿por qué no usar tu palabra de seguridad? Sabes que no te habría obligado…
―¿Mi palabra de…? ¡Oh!― exclama, como recordando por primera vez que si de verdad no quería seguirle el juego, fácilmente podría haberse negado. Naoki suspira, sacudiendo ligeramente la cabeza.
―Pero no lo hiciste… en lugar de eso jugaste conmigo… me calentaste a propósito, haciéndome imaginarte desnuda, tu hermoso vestido azul enredado en tu cintura…― baja las manos hasta tomar entre ellas el borde de su vestido. Kotoko se encuentra paralizada; su pecho subiendo y bajando rápidamente el único indicio de movimiento por parte de ella. Naoki puede sentirlo contra el suyo propio. Perfecto, piensa, elevando la tela en un intento de sacárselo, enciéndete tú también.
―N-Naoki… aquí no…― Kotoko se remueve, queriendo alejarse de su toque, pero Naoki rápidamente se endereza, mirándola a los ojos con una intensidad que consigue que la muchacha se calle.
―Levanta tú trasero. Deseo quitarte esto.
―No… e-es que, estamos en un lugar público y…
―Ahora― ordena, frunciendo el ceño ―o te lo arranco yo mismo, y te quedas sin ropa para salir a la calle.
No es una amenaza en vano. Realmente planea hacerlo si Kotoko no colabora. Viendo esto, Kotoko asiente, levantando su cuerpo tembloroso y luego sus brazos para permitir a Naoki quitarle el vestido. El hombre lo lanza, y éste cae encima del bloc, dejando a Kotoko en ropa interior.
Sonríe, antes de separarse de ella y dirigirse a la puerta.
―¿Naoki?
―Tranquila, tan sólo quiero cerrar con llave― explica, encontrando la llave puesta ya en la cerradura y girándola con un fluido movimiento. ―Creo que todavía no estás lista para el voyerismo.
―¿Voye…? ¿Qué es eso?― pregunta la chica inocentemente, ladeando la cabeza. Naoki niega, antes de acercarse nuevamente. Sus manos se dirigen a su corbata, desatándola al mismo tiempo que sus ojos recorren las paredes de la habitación.
―Es una parafilia. El acto de encontrar placer viendo a una, dos o más personas participando en actos sexuales. O de que alguien más te vea mientras lo haces.
La cara que pone Kotoko es demasiado. Naoki ríe sin poder evitarlo. Sin embargo, no olvida su misión. A pesar de que el enojo ha menguado un poco desde que llegó, sigue molesto por la jugarreta de la bonita pelirroja, y está dispuesto a hacerla pagar. Finalmente localiza lo que buscaba, y extiende una mano hacia Kotoko, quien la toma tras un segundo de vacilación.
―¿A ti te gustan esas cosas?― pregunta ella mientras la guía a una pared, posicionándola para que esté de espaldas a ella. ―¿Te gusta que la gente te vea mientras…?
―Levanta los brazos― ordena, rehusándose a contestar. Kotoko lo hace, pero sus ojos continúan mirándolo inquisitivamente.
―¿Entonces te gusta mirar a otros?
Como toda respuesta Naoki junta sus manos, formando un arco por encima del sócate de la bombilla, donde ata sus muñecas con la corbata que acaba de quitarse. Ante esta inusitada acción, Kotoko jadea, estirando sus brazos hacia abajo, pero el nudo está perfectamente hecho, por lo que no puede liberarse. La chica mira a Naoki con ojos como platos.
―¿Asustada?― pregunta él, verificando que la corbata esté lo suficientemente suelta como para no alterar su flujo sanguíneo. ―No es la primera vez que ato tus manos.
―Lo sé, pero…
―Si de verdad no te gusta, tan sólo di tu palabra de seguridad y pararé de inmediato.
Espera, pero Kotoko no dice nada, garantizándole a Naoki que, aunque cohibida y algo ansiosa, no está en contra de lo que desea hacer.
―Nunca lo olvides, Kotoko. Tu palabra de seguridad es importante. Jamás haré algo que no quieras que haga. ¿Entiendes?
Ella asiente, por lo que Naoki se dispone a cobrar venganza.
Empieza estirando su sujetador hacia abajo, dejando sus pechos al descubierto, comprimidos contra las copas. Éstos saltan, los pezones volviéndose más prominentes. Ya están erguidos, demostrando que Kotoko se encuentra excitada. Pasa un pulgar suavemente por uno de ellos, obteniendo un pequeño suspiro por parte de la mujer.
―¿Qué te gusta más, Kotoko? ¿Cuándo los chupo o los pellizco?
―Mmm― se muerde el labio, un tentador sonrojo asentándose en sus mejillas. ―M-Me gusta cuando… cuando los chupas…
―Entiendo― Naoki asiente, antes de levantar la otra mano y acunar en cada una un pecho. Aprieta suavemente, haciendo suspirar a Kotoko, y deja que sus dedos se muevan con propósito hacia sus pezones, pellizcándolos entre sus dedos pulgar e índice. El cuerpo de Kotoko salta, y ésta lo mira con sorpresa. Naoki ríe. ―No esperabas que te diera lo que querías después de esa jugarreta telefónica, ¿no?― pregunta con maldad. Kotoko hace un puchero.
―P-Pero…
―Además, es mi deber mostrarte que puedo ser tan bueno con los dedos como con la lengua― añade, jugando con sus pezones, rodándolos entre sus dedos. Kotoko se retuerce, gimiendo bajito, mientras Naoki alterna entre pellizcos, roces, y pequeños tirones. No a todas las mujeres les gusta esta clase de trato, de eso está muy consciente, pero puede ver, gracias a la reacción de la fémina, que Kotoko es una de las que disfruta un trato un poco más rudo.
Finalmente suelta a Kotoko, y su gemido de disconformidad es música para sus oídos. Sin detenerse a escuchar lo que tiene para decir, acerca su boca a sus pechos y los lame, sanando con su lengua lo que causaron sus dedos, logrando que Kotoko sisee entre dientes ante el cambio entre rudo y suave.
Su camino no se detiene allí. Su lengua continúa su recorrido, lamiendo un sendero hacia su estómago, rodeando su ombligo e insertándola por un segundo, lo suficiente como para sentir el cuerpo de Kotoko temblar. Sigue hasta llegar a la barrera de sus bragas, dónde deposita un pequeño beso en el triángulo de tela que cubre su pubis.
Aferrando sus muslos, los separa lo suficiente como para chupar en dónde sabe se encuentra su punto de placer, y cuando sus dedos alcanzan la tela, en lugar de hacerla a un lado o deslizarla por sus piernas, la desgarra de un tirón, haciendo que Kotoko jadee.
―¡Naoki!― se queja, pero él no permitirá que piense mucho más en eso. Arrojando el pedazo de tela, ahora inútil, al suelo, posiciona de nuevo sus labios en su entrada, y lame de atrás para adelante, saboreándola desde su húmeda entrada hasta el clítoris. Kotoko gime, su cuerpo contorneándose para encontrar más del placer que él le proporciona, pero Naoki sujeta sus muslos con fuerza, manteniéndola quieta.
Lame suavemente, aumentando de intensidad gradualmente. En un momento dado, inserta su lengua en ella, imitando con el músculo lo que desea hacer con su miembro, mientras que con su pulgar da vueltas alrededor de su botón. De vez en cuando sale para chupar sus labios, antes de volver a entrar, llevándola cada vez más cerca del orgasmo. Kotoko continúa gimiendo, aparentemente habiéndose olvidado que se encuentran en un lugar público.
Cuando Naoki siente las paredes de Kotoko empezar a convulsionar, señal de que está a punto de correrse, retira su dedo y su lengua de inmediato, echando el cuerpo para atrás. La reacción de Kotoko es inmediata. Sus caderas lo siguen, sus ojos se llenan de lágrimas, y su voz se quiebra cuando lo llama de regreso a ella.
―Naoki… Naoki, vuelve aquí, ¿sí? Por favor…
―Dije que te castigaría, ¿recuerdas?― dice mientras se pone nuevamente de pie, disfrutando del rostro compungido de la pobre mujer. Sin dejar de mirarla, se desabrocha los pantalones. ―No te correrás a menos que te dé permiso, ¿comprendes? Ese es tu castigo por intentar engañarme.
―¡Pero-!
―¿Lo comprendes, Kotoko?
Por un momento luce como si Kotoko fuera a pelear, a exigirle, pero tras unos segundos, baja la mirada, y Naoki toma eso como un sí tácito. Se acerca a ella, tomándola del mentón para que lo mire, y cuando sus ojos conectan con los de ella, utiliza una de sus piernas para separar más las de ella. Se posiciona, bajando un poco sus pantalones, en su entrada, y sin preámbulos ni advertencias, entra de una estocada.
Kotoko echa la cabeza para atrás, un gemido bien fuerte brotando de sus labios, y Naoki debe apoyar la frente contra uno de sus hombros. Todavía se encuentra sensible de la llamada telefónica, y encontrarse de pronto en el interior de Kotoko, tan suave y apretado y húmedo, es tan placentero como doloroso.
Con una mano la sujeta de la cintura, mientras la otra aprieta una nalga, y de esa manera comienza a embestir, entrando y saliendo a un ritmo acelerado. Alinea sus caderas de manera que su pelvis choque contra el botón de Kotoko, y cuando va más al fondo, la mujer en sus brazos llega a una nota más alta. Naoki no tiene más paciencia para ir despacio, para construir su placer, y tampoco tiene ganas de hacerlo. Lo único que quiere es su satisfacción, tanto física como emocional, y con cada nueva estocada en el interior de Kotoko se siente cada vez más cerca del cielo.
Siente los músculos internos de Kotoko empezar a contraerse. A sabiendas de lo que vendrá, la mano que la agarra de la cintura viaja a su cabello. Tironea de él hasta tener el rostro de Kotoko frente al suyo, y entre dientes le ordena: ―no te corras.
―Y-Yo… ¡Ah!
―Hablo en serio, Kotoko― repite. No para en ningún segundo sus embestidas, aunque sí deja de presionar tan insistentemente contra su clítoris. Kotoko lloriquea, sintiendo la diferencia, y Naoki vuelve a hablar. ―No puedes correrte a menos que te dé permiso. Este es tu castigo.
―¡Ah! ¡P-Pero no sé… no s-sé si pueda…!
Entiende lo que quiere decirle. Su miembro siente como cada vez Kotoko está más cerca del orgasmo. Sin embargo, no se lo dará, se rehúsa a hacerlo. Así que, con fuerza de voluntad implacable, Naoki sale del interior de la mujer. Su gruñido de frustración sólo es superado por el sollozo de Kotoko, y antes de que alguno pueda siquiera recuperar suficiente lucidez para formar un pensamiento, Naoki lleva una mano a su pene y se masturba, derramando al minuto su semilla sobre el abdomen de Kotoko.
Apoya la frente nuevamente en el hombro de la mujer, esperando a recuperar el aliento. Bajo él, puede sentir a Kotoko haciendo lo mismo, su cuerpo subiendo y bajando al ritmo de su respiración. Siente la energía acumulada en ella, rogando por salir, sin ningún lugar a dónde ir. Lo ha causado él, negándole el orgasmo, y aunque sabe que es el castigo perfecto, una parte de él se siente vacía al saber que su compañera no ha llegado al final de la línea como él.
Rápidamente bota ese pensamiento de su mente. Nunca antes había tenido problemas negando orgasmos a mujeres como parte de un juego. ¿Por qué debería tenerlos ahora? Era ilógico.
―Eres… tan cruel…― Kotoko susurra, todavía sin aliento. Naoki suspira, levantando la cabeza y mirándola. Su pecho se comprime al ver la expresión desolada de la pelirroja, su rostro sonrojado y lágrimas de frustración acumuladas en sus ojos. No está feliz, de eso no hay duda, pero eso era inevitable.
―Te dije que te castigaría por haberme engañado durante esa llamada telefónica― es todo lo que dice como respuesta, enderezándose y volviendo a arreglarse la ropa. Mientras continúa hablando, se encarga de desatar a Kotoko. ―Te parecerá cruel, pero es una práctica común en el medio. No podía dejar ir lo que hiciste sin un castigo adecuado.
―Aun así…― suspira, negando con la cabeza cuando Naoki desea guiarla a uno de los sofás. ―Estoy drenada. Quisiera limpiarme primero. ¿Puedes ayudarme a ir al baño?
Naoki asiente, envolviendo su cintura con un brazo y caminando hasta el baño adyacente a la oficina. Kotoko se sienta sobre el inodoro, tras haber bajado la tapa, y Naoki utiliza las toallas de papel descartables para limpiarla de todo rastro de semen, mojándolas un poco antes. Los dos permanecen en silencio durante todo el proceso.
―Lamento lo de tus bragas― dice él al terminar, tirando la última toalla y dirigiéndose al lavabo para lavarse las manos.
Kotoko agita su mano, restándole importancia. ―Será raro andar sin bragas hasta que vuelva a mi departamento, pero debo admitir que fue increíblemente sexy cuando me las arrancaste sin más.
―¿Es así?― pregunta con una sonrisa ladina, para después ponerse serio de nuevo. ―Prometo que te compraré otras.
―No te preocupes.
Naoki toma la mano de Kotoko, y la guía de vuelta a la oficina. Agarra el vestido azul del sofá y, una vez que ha puesto su sujetador en su lugar, la ayuda a ponérselo. Se siente un ambiente raro entre los dos, y Naoki no puede definir de dónde proviene. Sigue sintiendo el vacío en su pecho por no haber dejado a Kotoko correrse, y sin importar cuánto se diga que no debería importarle, le importa, y eso le parece sumamente extraño.
Una vez vestida, Naoki observa cómo se arregla el cabello, preguntando si se ve bien. Asiente lentamente, su ceño fruncido, y cuando Kotoko pregunta si se encuentra bien, es cuando no puede soportarlo más.
―¿Por qué fingiste por teléfono?― pregunta, cruzándose de brazos. Kotoko pestañea, y un segundo después, sus ojos voltean en dirección opuesta. No quiere decírselo, y eso lo perturba. ―Toda esta semana no he sabido nada de ti. ¿Por qué? ¿Sucedió algo?
―No, nada…― responde ella, jugando con un mechón de su cabello. Naoki frunce el ceño.
―Si fuera realmente nada entonces…
―Es algo personal― contesta abruptamente, cortándolo. Naoki está sorprendido. Kotoko nunca lo interrumpe. Al ver su reacción, la chica suspira, y dice esta vez con voz más suave: ―me encontré con alguien con el que desearía no haberme encontrado… y hablamos y… supongo que eso me afectó un poco. Pero ahora estoy bien. Y lamento mucho haber fingido, ¿sí? No me sentía con ánimos en ese momento y debería habértelo dicho correctamente en lugar de…
―Ya― pide, sin saber muy bien qué más decir. El silencio entre los dos se vuelve otra vez incomodo, y de nuevo pensamientos intrusivos empiezan a hacerse escuchar en la mente de Naoki. Sacude la cabeza, no queriendo escucharlos, antes de mirar su reloj de pulsera. ―Mierda, se me está haciendo tarde― dice, viendo que faltan tan sólo quince minutos para las cuatro. Con remordimiento, mira a Kotoko, quien tan sólo le devuelve la mirada con una sonrisa gentil. ―Lo lamento, pero debo volver a la oficina y…
―Ve tranquilo― le dice, llevando las manos tras la espalda. Vista así, con el cabello un poco desarreglado, las mejillas sonrojadas y el vestido puesto deprisa, se ve angelical. Casi como una de las visiones que solía tener en el hospital.
El pensamiento es demasiado oscuro, por lo que lo desecha de inmediato, y en lugar de eso, asiente, recogiendo las bragas del piso y devolviéndoselas a su dueña. ―Te compraré otras― promete.
Kotoko niega. ―No es ne-
―Lo haré― reafirma, y con una última mirada significativa, se da media vuelta y abre la puerta, resistiendo el deseo de besar su frente y prometerle que la verá más tarde en su departamento.
No voltea atrás, ni siquiera se despide de la dependienta, quien sigue sentada tras el mostrador, rostro ardiendo producto de seguramente haber escuchado todas sus actividades. Al llegar a su automóvil, Naoki echa la cabeza para atrás, y suspira, sin saber qué rayos le está pasando.
No era cómo él enojarse a tal grado de dejar todas sus actividades e ir a buscar a una mujer para enseñarle una lección. No era cómo él sentirse tan vacío al dejar a una mujer tras una sesión de sexo caliente, o arrepentirse de dejarla sin orgasmo porque al hacerlo, era como privarse a él también. Nada de esto era como él.
¿Por qué se estaba sintiendo así?
Tras un minuto entero buscando calmarse, Naoki vuelve a suspirar, insertando las llaves para encender el automóvil y volver a su rutina, aquella que lo ayudará a librarse de todo esto que lo acompleja, como siempre lo hace, cuando su teléfono celular suena de la nada. Frunce el ceño, reconociendo el tono como el que usa para la familia, y al ver el identificador de llamadas, lee el nombre de su madre en pantalla.
Atiende, mirando de reojo la galería con sus ventanales abiertos, sin captar a Kotoko o a la dependienta, quien ha abandonado su puesto. ―Madre. ¿Sucede al-?
―¡Naoki!― la voz de su madre suena histérica, como pocas veces la ha oído. De inmediato se pone en alerta, un mal presagio apoderándose de su cuerpo.
―Madre, ¿qué pasa? ¿Sucedió algo malo?
―¡Tu padre… tu padre… ha tenido otro infarto!
NA: Dios, hace mucho que no escribo un lemon. Estoy algo desgastada. Es definitivamente la primera vez que escribo sexo telefónico, pero espero que igual haya sido entretenido, cuanto menos.
