Gui: Novedades por aquí.

Disclaimer: Suzanne Collins hablaba del PTSD, yo tiro al romance; cuanto más, mejor.


Nació y murió una estrella


Descubrimientos

Las niñas cumplieron diez años y entendieron por primera vez lo que eran realmente los Juegos del Hambre. Vieron con sus padres la 45ª edición mientras que su nuevo hermanito de un año se echaba siestas.

Harra y Denh habían decidido enseñarles a las niñas lo que les esperaba vivir. Eran conscientes de la existencia de los Juegos, pero era algo lejano, a veces divertido de mirar, y a veces tan horrible que podían alejarse corriendo de la pantalla y esconderse tras las faldas de su madre, en los brazos de su padre, rodeadas de las golosinas coloradas de la tienda de la plaza. No era una realidad pesante sobre sus cabezas. Pero al año siguiente, sus nombres aparecerían por primera vez en las urnas. Una mención por cada una, rodeadas de los niños del Distrito, muchos de los cuales habían pedido las teselas que llevaban ya un tiempo de moda. Una tesela a cambio de comida. Como castigo, el nombre aparecía más veces.

Denh vivía los mil males, y Harra también, pero por dentro. Kephanie hacía unas preguntas de lo más incómodas, como por qué nos obligan a ir y qué pasa si yo quiero quedarme con vosotros. Maysilee analizaba y se quedaba muy callada, durante periodos largos de tiempo. Cada una tenía a sus dos padres más aterrorizados que la otra. Ellos se servían de la fría lógica y del ejemplo de sus propias supervivencias para concluir que no les afectaría el asunto. Y de noche se abrazaban y temblaban.

De día, les sonreían a los niños. Durante diez años, habían ido conociendo prácticamente a todos los niños del Distrito y cada año, habían visto morir a dos de sus clientes. No había manera. Denh se había aferrado mucho a Harra, convencido de que su idea de alegrarles todos los días de sus cortas vidas, mejor que espantarles, era buena, pero con una dificultad tremenda a aceptar algunos días.

La rutina daba menos miedo que los días de fiesta. Veían pasar hermanas que se odiaban, hermanos que se pegaban, algunos celosos, otros amorosos. Observaban las típicas querellas entre hermanos, las típicas reuniones de amigas. Bajo sus ojos atentos pasaban todos los pecados y todas las alegrías del mundo infantil, y con él entendían mejor a los adultos. En general, no había nadie al que mirasen con desconfianza. Los niños eran niños, e incluso los más malos lo eran por razones fuera de su dominio, y aquello les provocaba un cariño mayor.

Aunque había un chico joven, de los atrevidos, de los que se llevaban más de un caramelo gratis, para sus primas que no se atrevían a venir. Tenía los ojos negros y profundos, todo él decía a gritos de dónde salía. Harra no quería verlo cerca de las niñas, pero se equivocaba. Hacían de subalternas de la niña de Gast P. y Olive, y en dos equipos rivales. Una por el chico Everdeen, el listillo de la Veta, la otra por el hijo del panadero, el adorable y rechoncho pelirojillo que Harra había visto nacer. Pero a Kephanie le gustaba el hijo del panadero y Maysilee siempre había sido más avispada. Una pena para Gast P., para Olive, y para el hijo del panadero.

Como el juego daba mucho de sí, lo hicieron durar varios años.


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