Los personajes pertenecen a Inagaki y Boichi. Esta historia esta inspirada en la saga de Gabriel Inferno by Sylvain Reynard, adaptada al fandom y sin fines de lucro. Espero les guste.
Advertencia: la historia contiene spoilers de los personajes del manga.
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El infierno de Senku
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Capítulo 7
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"Estás viendo a un asesino"
"Estás viendo a un asesino"
"Estás viendo a un asesino"
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Las palabras de Senku resonaron una y otra vez en la mente de Kohaku.
—¿Un asesino? – pregunto más para si misma que para él.
Senku solo rio con sorna, torciendo su boca de una manera casi maniática, parecía fuera de sí no era el Senku que ella conocía.
—Y no un asesino cualquiera. Acabé con la vida de un inocente. Si puedes soportar estar en la misma habitación que yo durante unos minutos, te contaré cómo pasó. —Como ella no se movió, siguió hablando—: Como sabes, fui a hacer el doctorado al extranjero. Lo que no sabes es que allí conocí a mi medio hermana biológica.
Kohaku inspiró bruscamente y Senku hizo una pausa. Cada vez que ella había tratado de sacar el tema de su familia, él le había dado largas. Kohaku sintió un escalofrío.
—Mi madre biológica era una mujer calculadora y fría, se metió con mi padre biológico porque era millonario, pero no le salió como quería, el viejo era alcohólico y la echo a patadas y a mí con ella, fue allí cuando me abandono y tuve la suerte de encontrar a Byakuya. En el caso de Suika, la familia de su padre era norteamericana, adinerada, pero entro en quiebra y ella abandono a Suika con la familia de su esposo.
Kohaku sintió una punzada en el pecho al saber eso.
— Conocí a Suika cuando empecé mi doctorado, ella estudiaba un pregrado en Literatura y todavía no había acabado la carrera. Era rubia, alta, guapa e inocente. Ella me conto quien era y aunque al principio me negué nos hicimos amigos y nos veíamos de vez en cuando. —Carraspeó nervioso—. Al acabar el curso me trasladé a Harvard. Seguimos en contacto vía correo electrónico durante un año más o menos. Un día me dijo que la habían admitido en Harvard para hacer un curso de posgrado. Quería especializarse en Dostoievski. Estaba buscando un sitio para vivir y le hablé de un apartamento que se alquilaba en mi edificio. En agosto se instaló allí.
Senku miró a Kohaku, que asintió para darle ánimos.
—Ese año fue muy duro para mí. Estaba haciendo la tesis y, además, era ayudante de un profesor muy exigente. Trabajaba muchas horas y apenas podía dormir.
Bajó la vista y empezó a tamborilear en la mesa. Al cabo de un momento, continuó:
—Algunos fines de semana salía con algunos compañeros. A veces nos metíamos en líos y acabábamos en peleas. —Se rió sin ganas—. No era un modelo de conducta, pero al menos con Mozu me sirvió para no dejarme intimidar.
Se echó hacia adelante en la silla y apoyó los codos en las rodillas. Kohaku se fijó en que movía las piernas nervioso. Con cada nueva frase que decía se inquietaba más, como si se estuviera acercando al abismo en el fondo del cual había escondido su secreto.
—Una noche, alguien me ofreció cocaína. Me pregunté si eso me ayudaría a mantenerme despierto para poder acabar el trabajo pendiente que tenía. Así empezó todo. La usé como estimulante y la alternaba con alcohol. Creí que estar en Harvard me convertía en un consumidor de drogas ocasional y respetable. Creí que sería capaz de controlarlo. —Suspiró y bajó el tono de voz—. Me equivoqué.
» Suika venía mucho a mi casa. Llamaba sin importarle la hora, porque sabía que siempre estaba despierto. Mientras yo escribía, ella se sentaba en el sofá o preparaba té. Empezó a cocinar para mí. Con el tiempo, le di una llave. La cocaína me quitaba el hambre. Gracias a Suika, me alimentaba de vez en cuando.
Senku siguió hablando, angustiado. La culpabilidad lo arañaba por dentro, tratando de salir al exterior. Al alzar la vista un momento, leyó una pregunta en los ojos de Kohaku y la respondió:
—Sí, ella sabía que me drogaba. Al principio se lo oculté, pero siempre estaba por allí, así que al final ya lo hacía abiertamente. No le importaba. Y después ella también comenzó a hacerlo.
Bajó la vista. Parecía avergonzado.
—Suika se había criado entre algodones. No sabía nada sobre drogas ni muchas otras cosas. Yo la corrompí. Una noche, me confeso que estaba embarazada de uno de los idiotas que yo traía a casa y que necesitaba mi apoyo ya que el miserable no quería hacerse responsable y su familia le había dado la espalda.
Soltó el aire con fuerza y mantuvo los ojos clavados en las manos, mientras negaba con la cabeza.
—Cuando me lo dijo fui a buscar al bastardo y le tire ácido encima, inofensivo, pero igual valió para que me suspendieran un buen tiempo, tiempo que use para seguir drogándome y trabajando en proyectos independientemente.
Senku se levantó y empezó a caminar por el comedor.
—Le dije a Suika que se deshiciera del bebé, era lo más lógico ya que no teníamos como mantenerlo. —La cara se le contrajo de dolor—. Ella se echó a llorar. Me suplicó, me dijo que la apoyara que quería tener a su bebé. No la escuché. Le tiré dinero a la cara para que pagara el aborto y la eché de casa a patadas.
Senku gruñó, pero su gruñido se transformó en un gemido desgarrado que surgía de las profundidades torturadas de su alma. Se frotó los ojos con fuerza.
Kohaku se cubrió la boca con la mano. No había esperado esa confesión. Pero mientras su mente trataba de procesar todo lo que iba oyendo, las piezas del rompecabezas que era el profesor Ishigami empezaron a encajar.
—Durante un tiempo no volví a verla. Supuse que habría abortado. En aquella época estaba tan jodido que ni me molesté en averiguarlo. Un par de meses más tarde, entré en la cocina y me encontré una ecografía pegada en la nevera, con una nota.
Senku, echándose hacia atrás en la silla, se sostuvo la cabeza con las manos.
—Había escrito: «Ésta es tu sobrina, Maia. ¿A que es preciosa?».
No pudo acabar la frase, porque un sollozo se lo impidió.
—Reconocí la línea de su cabeza, la naricita, los brazos y las piernas. Era preciosa. Un bebé diminuto y frágil. Mi sobrina. Maia. —Volvió a sollozar—. No lo sabía. No era real. Hasta que vi la ecografía no existió realmente para mí.
No podía parar de llorar.
Al ver las lágrimas que le caían por las mejillas, a Kohaku se le encogió el corazón. Con los ojos llenos de lágrimas, se levantó para consolarlo, pero él se lo impidió levantando la mano.
—Le dije a Suika que la ayudaría con el bebé, pero no tenía dinero. Me lo había gastado todo en drogas. De hecho, en aquella época ya estaba endeudado con mi camello. Aun sabiendo todo eso, ella se quedó conmigo. Volvió a instalarse en casa y se pasaba las horas leyendo en mi sofá mientras yo trabajaba en la tesis. Dejó de tomar drogas por el bebé. Yo también lo intenté, pero no lo conseguí. —Levantó la cabeza—. ¿Quieres oír el resto o ya has tenido bastante? ¿Quieres irte ya?
Kohaku no tuvo que pensarlo. Se levantó y lo abrazó.
—Por supuesto que quiero oír el resto.
Él la abrazó con fuerza durante un instante, pero luego la apartó y se secó las lágrimas. Ella permaneció a su lado, incómoda, mientras Senku continuaba su confesión.
— A Suika de vez en cuando le enviaban dinero. Byakuya también me mandaba dinero cuando se lo pedía. Como podíamos, íbamos saliendo adelante. O, al menos, íbamos retrasando lo inevitable. Pero yo casi todo me lo gastaba en la droga. —Se echó a reír amargamente—. ¿Qué clase de hombre le quita el dinero a una mujer embarazada y se lo gasta en cocaína?
»Una noche de setiembre, salí de fiesta. Estuve fuera un par de días y, cuando volví, me desplomé en el sofá. Ni siquiera llegué al dormitorio. Cuando me desperté, con una resaca espantosa, vi sangre en el suelo.
Se cubrió los ojos con las manos, como si tratara de borrar esas imágenes de su mente. Kohaku contuvo el aliento, a la espera de la siguiente revelación.
—Siguiendo el rastro llegué hasta Suika, que estaba en medio de un charco de sangre en el suelo del lavabo. Le busqué el pulso, pero no se lo encontré. Pensé que estaba muerta.
Guardó silencio unos minutos.
—Si hubiera ido a verla cuando llegué a casa, habría podido llamar a una ambulancia. Pero no lo hice. Estaba borracho y drogado y me desplomé en el sofá sin preocuparme de nada ni de nadie. Cuando me dijeron que había perdido el bebé, supe que era culpa mía. Su muerte se habría podido evitar. Era como si lo hubiera matado con mis propias manos.
Levantó las manos y se las miró por delante y por detrás, como si las viera por primera vez.
—Soy un asesino, Kohaku. Un adicto y un asesino.
Ella abrió la boca para contradecirlo, pero Senku la interrumpió:
—Suika pasó varias semanas en el hospital, primero con problemas físicos, luego por la depresión. Yo tuve que pedir la baja. Estaba constantemente borracho o colocado y no podía trabajar. Debía miles de dólares a gente muy peligrosa y no sabía de dónde sacar el dinero. Suika había tratado de suicidarse en el hospital y quería llevarla a una clínica psiquiátrica privada, un lugar donde la trataran bien. Cuando llamé a su padre para pedirles ayuda, me dijeron que era un desgraciado y un asesino.
Senku hizo una nueva pausa.
— Decidí buscar un lugar donde cuidaran de ella y luego suicidarme. Eso solucionaría los problemas de todos.
Le dirigió una mirada fría, muerta.
—Cuando regrese a Japón el día que nos conocimos, iba a suicidarme después de despedirme de Byakuya, pero los problemas de droga me persiguieron hasta su casa y a los que les debía hicieron estallar una bomba en la puerta de su casa ¿lo recuerdas?
Kohaku solo asintió.
—Ya ves, Kohaku, soy uno de los condenados. Mi soberbia y mi indiferencia supusieron la muerte de un bebé inocente y la destrucción de una mujer con un brillante porvenir. Habría sido preferible que me ataran una piedra al cuello y me echaran al mar.
—Fue un accidente —susurró Kohaku—. No fue culpa tuya.
Él se echó a reír amargamente.
—¿No fue culpa mía haber metido a mi casa al bastardo que la embarazó? ¿No fue culpa mía meterla en las drogas?¿No fue culpa mía presionarla para que abortara? ¿No fue culpa mía llegar tan drogado a casa que ni me di cuenta de que estaba allí?
Kohaku le agarró las manos y se las apretó con fuerza.
—Senku, escúchame. Tú tuviste mucho que ver, sí, pero no fue culpa tuya. Fue un accidente. Si había mucha sangre es que algo no iba bien en el embarazo. Si no hubieras llamado a la ambulancia cuando lo hiciste, Suika habría muerto. Tú la salvaste.
Él permaneció con la cabeza baja, pero Kohaku le sujetó la barbilla y lo obligó a mirarla.
—La salvaste, Senku. Y me acabas de decir que querías al bebé. No querías que muriera.
Él se encogió, pero ella no lo soltó.
—No eres un asesino. Fue un trágico accidente.
—No lo entiendes —replicó él, con apatía—. Soy igual que Mozu, un ser repugnante al diez millones por ciento. Le di drogas cuando debería haber estado cuidándola. ¿Qué clase de demonio soy?
—No te pareces en nada a Mozu —exclamó Kohaku con los dientes apretados—. Él no se arrepiente de nada de lo que me hizo. Si pudiera, volvería a hacer lo mismo. O algo peor.
Respiró hondo y contuvo el aire, que fue expulsando poco a poco.
—Senku, has cometido errores y has hecho cosas terribles, pero te has arrepentido. Llevas años pagando por tus errores. ¿No crees que eso es importante?
—Ni todo el oro del mundo puede compensar la pérdida de una vida.
—Una vida que tú no arrebataste —replicó ella, con los ojos encendidos.
Él hundió la cara entre las manos. No era ésa la reacción que había esperado.
«¿Por qué sigue aquí? ¿Por qué no me ha abandonado todavía?»
Kohaku dio un paso atrás, sin dejar de observarlo. Las oleadas de desesperación que brotaban de Senku eran casi visibles. Se devanó los sesos buscando la manera de alcanzarlo, de llegar a su corazón.
—¿Conoces Los miserables, de Victor Hugo?
—Por supuesto —murmuró él—. ¿Qué tiene que ver con todo esto?
—El héroe deja de pecar y hace penitencia. Cuida de una niña como si fuera su hija. Pero durante todo ese tiempo, un policía no deja de perseguirlo, convencido de que no se ha reformado. ¿No preferirías ser el hombre que hace penitencia en vez del policía?
Senku no respondió.
—Porque eso es lo que estás diciendo. Que no puedes darte permiso para ser feliz. Crees que has perdido el alma, Senku, pero ¿qué me dices de la redención? ¿Y del perdón?
—No los merezco.
—¿Qué pecador los merece? —Kohaku negó con la cabeza—. Cuando te conté lo que me había pasado a mí, me dijiste que me perdonara y me diera permiso para ser feliz. ¿Por qué no puedes predicar con el ejemplo?
Él bajó la cara.
—Porque tú fuiste la víctima. Yo soy el asesino.
—Aceptemos que sea así. ¿Cuál sería la penitencia adecuada en ese caso? ¿Cómo crees que se haría justicia?
—Ojo por ojo —murmuró.
—Bien. Entiendo que «ojo por ojo» quiere decir que debes salvar la vida de un niño. Si eres responsable de la muerte de un bebé, la justicia reclama que devuelvas una vida. Un donativo en metálico no sirve. Debe ser una vida.
Senku permanecía inmóvil, pero Kohaku sabía que la estaba escuchando.
—Salvaste la vida de Suika, pero sé que no vas a darte por satisfecho con eso. Así que necesitas salvar la vida de la hija de otro hombre. ¿Te ayudaría eso?
—No devolvería la vida a Maia, pero sería algo. Me convertiría en una persona menos... mala —respondió él, con los hombros hundidos y los brazos apoyados en las rodillas.
El dolor que impregnaba su voz encogió el corazón a Kohaku, pero no le impidió continuar.
—Vas a tener que encontrar a una niña cuya vida esté en peligro y salvarla. ¿Te serviría eso de expiación?
Senku asintió con un gruñido.
Ella se dejó caer de rodillas delante de él y le cogió las manos.
—¿No lo ves, Senku? Yo soy esa niña.
Él levantó la cabeza y la miró con los ojos inundados de lágrimas, como si estuviera loca.
—Mozu me habría matado. Cuando le pegué, se enfureció tanto que rompió la puerta para vengarse. Aunque hubiera llamado a la policía, no habrían llegado a tiempo. Me habría matado antes de que llegaran.
»Pero tú me salvaste. Lo arrancaste de mi puerta y lo sacaste de la casa. Estoy viva gracias a ti. Soy la niñita de Kokuyo, como él te dijo, y me salvaste la vida.
Senku permaneció mudo, se había quedado sin palabras.
—Una vida por una vida, ¿no? Estás convencido de que acabaste con una vida, pero ahora has salvado otra. Tienes que perdonarte. Tienes que pedirle perdón a Suika y a Dios, pero, sobre todo, tienes que perdonarte tú.
—No es suficiente —murmuró, con sus grandes ojos tristes, todavía llenos de lágrimas.
—Es verdad que eso no te devolverá a tu sobrina, pero piensa en el regalo que le has hecho a Kokuyo: le has devuelto a su hija menor. Convierte tu deuda en penitencia. No eres un demonio. Eres un ángel. Mi ángel.
Senku se la quedó mirando, observando sus ojos, sus labios, su expresión. Luego, le tendió la mano y la sentó en su regazo. La abrazó durante largo rato. Sus lágrimas caían en el hombro de Kohaku.
—Lo siento —susurró—. Siento haber tardado tanto en decírtelo. Siento que mi historia sea cierta. He matado tu fe en mí. Lo sé.
—Todavía te quiero.
Kohaku trató de calmarlo murmurándole al oído y dejando que se desahogara. Cuando se echó hacia atrás, Senku la estaba mirando asombrado.
Luego, se quitó el pañuelo que le cubría el mordisco y levantándole la mano, se la colocó sobre la marca, que se había curado un poco, pero no del todo.
—Los dos tenemos cicatrices. Y tal vez tengas razón, tal vez nunca desaparezcan. Pero soy tu expiación, Senku. Mi vida es tu regalo a un padre que podría haber perdido a su hija menor para siempre. Gracias.
—Soy un hipócrita —se lamentó él, con voz ronca—. Le dije a Kokuyo que era un padre terrible. ¿Y yo? ¿Qué clase de persona soy?
—Uno joven e inexperto que no debería haber tomado drogas, pero que quería a su hermana y su sobrina. Me lo has dicho.
Sin dejar de abrazarla, Senku se estremeció.
—Nada de lo que pueda decir te la devolverá. Pero creo sinceramente que tu sobrina está en el paraíso con los bienaventurados. Y con Byakuya. —Kohaku le secó las lágrimas—. Y estoy segura de que ambos querrían que encontraras el amor y el perdón. Creo que rezan por tu redención. Y que no creen que seas malo.
—¿Cómo puedes estar segura? —susurró él.
—El paraíso sólo hay amor y perdón. No hay odio ni maldad. Sólo paz.
Senku la atrajo hacia sí y permanecieron así abrazados largo rato. Kohaku nunca se habría imaginado que ése fuera su secreto. Aunque le dolía verlo tan triste y melancólico, su sufrimiento era real y no podían obviarlo.
Ella nunca había amado a un niño que hubiera muerto. No podía hacerse una idea exacta de su dolor, pero igualmente se sentía llena de compasión hacia él. Tenía una gran necesidad de ayudarlo a reconocer su valía. Ayudarlo a aceptar que era un ser digno de ser amado, a pesar de los pecados que hubiera cometido en el pasado. Sentada en su regazo, con la blusa aún húmeda por sus lágrimas, Senku Ishigami se le presentó con mucha más claridad. En muchos aspectos, seguía siendo un niño pequeño, un niño que tenía miedo de que no le perdonaran sus errores. Y de que no lo amaran por culpa de éstos.
Pero ella lo seguía amando.
—Senku, no puedes estar cómodo en esta silla.
Él le dio la razón, asintiendo contra su hombro.
—Ven. —Levantándose, le dio la mano para que la siguiera. Lo condujo hasta el sofá y lo animó a sentarse, mientras ella encendía la chimenea a gas.
Senku se quitó los zapatos y Kohaku le dijo que se tumbara, apoyándole la cabeza en su regazo. Tras acariciarle las cejas con un dedo, le pasó los dedos por el pelo hasta que él cerró los ojos.
—¿Dónde está Suika ahora?
—En EEUU. Cuando cobré la herencia que mi padre biológico me dejo intentando limpiar su consciencia, abrí un fondo de inversión a su nombre y le compré un piso. Ha estado en un centro de rehabilitación un par de veces, pero básicamente está bien cuidada. Volvió a Harvard hace un par de años, aunque se lo está tomando con calma.
Tal vez fue el brillo de las llamas, o la tensión de haberle revelado su secreto más oscuro, pero en ese momento Senku le pareció viejo y cansado para tener sólo treinta y pocos años.
Ella lo besó en los labios.
—Me parece muy noble por tu parte.
—Créeme, Kohaku, yo no me definiría como una persona noble.
Como si quisiera recalcar sus palabras, lo besó. Senku retuvo su boca hasta que ella tuvo que apartarse para respirar.
—No te merezco —susurró él.
—Tal vez. Tal vez no nos merezcamos el uno al otro. Pero puedo elegir a quien quiero amar. Y te he elegido a ti.
Senku frunció el cejo, como si le costara creerlo.
—Por favor, deja que te ame. —La voz de Kohaku se quebró al decir las últimas palabras.
—Como si pudiera plantearme una vida sin ti.
Senku la atrajo hacia él, uniéndolos con la fuerza de la desesperación de su alma torturada.
Kohaku le devolvió su pasión con la misma intensidad, dando y recibiendo amor del hombre que descansaba la cabeza en su regazo. Senku le sujetó las muñecas y le besó las venas azuladas con la boca abierta, succionándolas con delicadeza.
—Perdóname Kohaku, pero te necesito. Mi dulce, dulce, leona. Te necesito tanto... —le suplicó con voz ronca y los ojos como hogueras azules.
Sin darse cuenta de lo que estaba pasando, Kohaku se encontró con que Senku se había sentado en el sofá y que ella estaba sentada encima de él, a horcajadas. Tenían los torsos muy juntos y las manos de él la acariciaban, resiguiendo las curvas de su trasero por encima de los pantalones de lana.
Lo que sentía era la fuerza del deseo, de la necesidad, de la desesperación y de un amor incondicional y muy profundo, que se había liberado al contarse sus secretos más ocultos y oscuros.
Senku sintió el amor de Kohaku en sus besos, en sus abrazos, en cómo le acariciaba la nuca, la superficie del tatuaje y le besaba el pecho con la boca abierta. Sabía que se lo daría todo. Haría cualquier cosa para librarlo del dolor, incluso ofrecerle su cuerpo.
«El sacrificio de Isaac.»
Con dedos temblorosos, ella se desabrochó los botones de la blusa y la dejó caer por los brazos. El grito ahogado de Senku fue un eco del sonido de la seda deslizándose hacia el suelo.
Kohaku era su redención.
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Continuará….
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Hola a todos!
Sigo viva, no hay excusa para todo el hiatus pero el próximo capitulo será el ultimo.
Pd:. Viva el Senhaku por siempre!
Los quiere,
Nita.
