Capítulo 23: Prisión sangrienta.

Con astucia e intrepidez, Shion y Kanon se las ingeniaron para remover aquel duro escombro que representaba el asaz estoico Jasón, ángel que fuera en su primera vida guardián de la primera casa del zodíaco, Aries. Mientras Kanon había sido enviado a otra dimensión por su propio Triángulo de Oro tras el contraataque de Jasón, el estoico Shion había llegado al Templo del Sol, cuando Jasón se hallaba todavía a varios metros de sí, el santo respiró profundamente, consciente que su cosmos debía encender como nunca antes si quería conseguir la hazaña de encerrar a uno de los dioses más poderosos del Olimpo como lo era Apolo, el nerviosismo creciente era contrarrestado por su valentía, el dios esperaba exactamente en la mitad del templo, a una distancia tal que un humano no vería al temerario invasor, quien exclamó con voz estentórea:

—¡El Laberinto de los Dioses!

Aquella técnica representaba la cumbre del poder de un Patriarca del Santuario, arte que consistía en una infinita coexistencia de caminos, recovecos, distorsiones del tiempo espacio, y quien sabe cuántas cosas más.

Apenas el enorme y misterioso cosmos fluyó de la humanidad de Shion, pudo sentirse un sonido estridente, como si aquello que comenzara a distorsionarse volviera al estricto orden del inicio, entonces la zozobra inundó el alma del santo, que vislumbró aterrorizado como la silueta de un cuerpo alto y esbelto se dibujaba frente a sus desorbitados ojos, al finalizar la aureola cósmica contempló la hermosa apariencia de Apolo, el dios del sol, quien expresó imbuido con su gran distinción:

—Qué falta de educación, guerrero de Atenea, atacar de una forma tan desleal… —sonrió y miró de hito en hito a Shion—. Estaría propenso a hervir de ira por una acción tan traicionera, sin embargo ahora que puedo sentir tu miedo me embarga cierta simpatía. ¿Cómo puede Atenea ser una diosa tan pero tan despreciativa con la vida de sus guerreros?

—Solo somos peones, caballos, alfiles, torres, o aquello que necesite Atenea según las circunstancias, ella nunca deja solo a sus santos, aunque eso parezca a simple vista.

Entonces Shion sacó valentía de sus propias palabras e intentó ejecutar la Revolución de Polvo Estelar, pero entonces sus palmas comenzaron a arder como si hubiera tocado la superficie del sol, un grito seco retumbó en el templo, Apolo sonrió y señaló al invasor con el dedo índice, justo después el cuerpo de Shion fue escupido con descomunal violentamente contra un pilar, la sangre manaba de sus labios, descubriendo en dicho momento que sus manos ya no ardían, aunque sabía que las quemaduras persistirían.

—Los dioses podemos hacer y deshacer a placer, si quiero puedo curarte, o matarte, depende como sea mi estado de ánimo, por ahora me estoy divirtiendo, así que cuentas con buena suerte —una risa escapó de sus labios y prosiguió, entretenido: —. Puedo ver en tu corazón que eres una persona noble, has atacado a traición aún sin ser propio de ti.

—Renunciaría a cualquier cosa que estime valiosa con tal de servir a mi diosa y a la humanidad, sea el honor o la rectitud, el único valor que conservaré será el deber.

—Con que sacrificas los medios en busca de cumplir un fin… No obstante te equivocas en que vuestra causa sea tan importante como para sacrificar quien eres.

Apolo se acercó ante el tambaleante santo de oro y encendió su magnífico cosmos divino, entonces las heridas del santo desaparecieron repentinamente, el dios clavó su penetrante mirada en la de Shion, quien estupefacto miraba con sus exorbitantes ojos violetas, solo atinando a escuchar el monólogo de aquel ser superior tan imponente, incluso entre los mismísimos dioses.

—Vete y haz un nuevo replanteo de todo, los dioses no queremos asesinar, sino purificar, así como tú estás dispuesto a sacrificar valores, nosotros también, pero después la humanidad florecerá como lo hizo en la edad de oro. Si te vas y no intervienes, les abriremos las puertas del Olimpo si así lo desean, santos de Atenea. Pero ahora vete y abandona tan vana esperanza…

El valeroso Shion se estremeció ante tan impensado razonamiento del dios, incluso sintió una incipiente duda en su corazón pero la neutralizó antes que pudiera convencerlo, tenía presente que el bien y el mal no eran siempre tan nítidos, confiaba ciegamente en la causa de los santos e irguiéndose con fuerza dijo:

—Solo un cobarde se iría de tal forma, su razonamiento, aunque fuera adornado con hermosas palabras, no me convence, si me equivoco será con las botas puestas, la muerte no me ata, puesto que de ella vengo y a ella volveré…

Apolo esbozó una mueca de decepción, el cosmos de Shion volvía a encenderse nuevamente, ardiendo ahora con mayor intensidad, otra vez ejecutó el Laberinto de los Dioses, en aquel momento Apolo confiado ante el insignificante poder que representaba para él incluso un santo de oro, intentó neutralizar la técnica suprema del Patriarca como lo había hecho antes, sin embargo para su incipiente desasosiego pudo ver el aura de Atenea detrás de Shion, quien exclamó:

—No podría ser tu adversario, soy solamente el conducto, el canal, de quien verdaderamente va a enfrentarte.

—¿De verdad crees que puedes enfrentarme a distancia, Atenea?

Shion se lanzó hacia adelante repentinamente y soltó de entre sus corazas un sello de Atenea que contenía unas letras en idioma griego, intentando contactar a Apolo con él, entonces éste último sonrió y justo antes que la reliquia reboten contra la barrera del dios, Shion desapareció teletransportándose, escapando del dios sol, quien dijo:

—¿Qué estás haciendo humano? Que son esos ridículos amagues.

Y una vez más Shion volvió a teletransportarse a otro sitio, Apolo se impacientó y espetó:

—Suficiente circo, no perderé más el tiempo contigo.

Extendiendo un dedo al cielo expandió un aura calórica insoportable, aumentando la temperatura del campo de batalla en miles de grados, en la que cualquier ser viviente se quemaría en un segundo, pero entonces el sello de Atenea brilló y pudo apreciarse que las letras griegas estaban escritas con sangre, el cosmos de la diosa se impregnó en el cuerpo de Shion, que aunque sufría el agobiante ambiente, logró la hazaña de sobrevivir. Y mientras todo ello sucedía Apolo pudo ver con su clarividencia a la diosa Atenea rezando con los brazos hacia arriba y sus manos ensangrentadas, advirtiendo que la diosa había impregnado el sello con su apasionada sangre, era una imagen conmovedora, su hermana estaba desangrándose mientras parecía que seguía orando, había algo en la escena que no le cuadraba, ¿Por qué tanta sangre para un solo sello? ¿Solo para proteger el cuerpo de su santo en una batalla imposible?, repentinamente Apolo lo comprendió todo con gran estupefacción, lo antes inverosímil ahora parecía plausible.

—No tienes solo un sello...

Shion, agobiado con el sofocante ambiente esbozó una sonrisa y contestó lacónicamente:

—Te has dado cuenta demasiado tarde.

En los puntos en donde Shion se había teletransportado se revelaron repentinamente un cúmulo de sellos sangrientos que se ubicaban por doquier, los cuales trazaban un complejo diagrama que podía apreciarse en el suelo, aún a pesar del agobiante calor, unas líneas de sangre unía las figuras, la sangre lejos de evaporarse comenzó a fluir y a tornarse dorada, en dicho momento apareció Kanon, quien portaba en su mano el sello que protegía el cuerpo de Shion, ambos se miraron y supieron que el plan había funcionado. Mientras Shion preparaba el campo material para construir la prisión física de Apolo, Kanon había estado esparciendo sellos de Atenea en el tiempo espacio, generando una prisión adecuada.

—Finalmente se completó el Laberinto de los Dioses.

La suave voz de Atenea sonó como un susurró en los oídos de Apolo:

—No tengo intenciones de combatir contigo, sabes cuánto te he apreciado siempre Apolo, no interfieras en la cruzada contra el Olimpo, de momento permanecerás aquí, mientras libero a mis valientes santos que fueron condenados por ti y Artemisa.

De repente el campo caliente del Templo del Sol desapareció alrededor de Apolo.

—No seas ingenua querida hermana, si levantas tu mano contra mi padre, no dudaré en tomar partida, y no olvides que fui el fiscal del juicio a los humanos.

Apolo elevó su cosmos y el sol comenzó a resplandecer en el espacio tiempo, marcándole el camino, de un momento a otro estaba de nuevo en el Templo del Sol, pero la sangre de Atenea seguía fluyendo en esa extraña figura.

—Evaporaré tu sangre.

De sus dedos brotaron poderosas llamaradas que cubrieron todo el piso y aunque lograba por momentos evaporar la sangre de la diosa, advertía que más sangre fluía entre sus sellos, era sangre que emanaba de las muñecas de Atenea, quien desde el Santuario sangraba todo lo necesario para alimentar los sellos que aprisionaban al dios Sol. Solo entonces comprendió que su prisión sería duradera, tanto cuanto dure la vida de Atenea, quien tendría que dar su vida para mantenerlo cautivo durante algunas horas…