Los movimientos bruscos del deceso aceleraron que despertara más rápidamente del hipersueño, la teniente Dorothy Rovkova abría los ojos observando su rostro lleno de pecas y sus ojos verdes reflejados a través del cristal presionaba un lector de huella en el interior y el cristal se abría, saltaba rápidamente de su cápsula y observaba en la pulsera holográfica de su muñeca los datos y lecturas que confirmaban había llegado a su destino. Avanzó sujetándose de los bordes de la nave mientras esta se tambaleaba perforando la atmósfera del planeta, hizo una coleta de su pelo rojo fuego, presionó su pulgar contra la ranura y un compartimento se abrió mostrando al menos tres filas de armas, así como otras dos cajones con pokebolas color negro.
Kepler-186f, era el exoplaneta más próximo rumbo a ser habitado, luego de que veinte años atrás había comenzado a pasos agigantados la colonización espacial por parte del hombre. George Lang y su familia serían custodiados por el capitán Jones para habitarlo y medir sus condiciones por un año, para indicar si era viable, Lang era su amigo, hermano de otro padres que la había apoyado siempre, descendía de investigadores pokémon y su más grande sueño era el poder hacer sus propios descubrimientos de las especies que habitaban más allá de las estrellas.
—Descendiendo, quince segundos para arribar al destino— indicó una voz robótica de la computadora.
La nave golpeó con el piso rocoso y automáticamente la compuerta comenzó a abrirse así como desplegarse una rampa, Rovkova exhaló tomando con una mano, su arma y con la otra manteniéndola cerca del bolsillo donde portaba sus pokebolas.
—Confirmado, la calidad del aire es viable— anunció la computadora.
— Mantente en modo automático, necesito que vayas a buscarme si algo va mal— indicó la teniente mientras descendía por la rampa.
—Entendido, modo automático activo.
Doroty seguía de cerca la travesía de su viejo amigo aunque hace tiempo que no tuvieran siquiera contacto, habían tomado caminos separados desde que comenzaron la universidad, pero ella aún recordaba con aprecio al muchachillo que entusiasmado acudía a su casa a presumir que había obtenido un Bulbasaur como pokémon inicial.
— George tienes que estar bien— murmuró cruzando de una vez por todas el umbral.
El paisaje que encontró frente a ella era árido e inhóspito, recordaba las montañas del sureste de Estados Unidos con el tono rojizo y las imponentes cañadas. Aquel mundo era seis veces más grande que la Tierra, podría llevarle meses encontrar a su amigo y su familia, si se encontraba en peligro, tal vez no tuviera tanto tiempo.
— Dragonite ¡sal!— exclamó lanzando una de las pokebolas de su bolsillo.
Un dragón curtido por varias batallas con algunas cicatrices en consecuencia de ellas la observaba con una mirada feroz pero leal, se inclinaba para que subiera a su lomo y ella lo hacía, una vez arriba, este salía propulsandose a los cielos con una velocidad digna de un cohete, una vez que alcanzaba cierta altura proseguía en línea recta para que Doroty pudiera ver.
Ella misma había recomendado a Jones para la misión, había estado con él en la academia y sabía que pondría por delante la vida de los que tenía que proteger antes de la suya. Heroicamente había sido así, cuando la nave tuvo problemas, no dudo ni un segundo en permanecer fuera el tiempo necesario para poderla reparar hasta que su oxígeno se había terminado.
Doroty pensaba que el viento a la altura a la que se encontraba generalmente era frío, le había llevado un tiempo el acostumbrar sus pulmones a seguir respirando con naturalidad de esta manera, pero con la práctica lo había conseguido, sin embargo en este lugar, las condiciones no parecían cambiar, el aire era cálido y leve como tierra, la teniente lo atribuyó a que Kepler-186f estaba nutrido por dos y no un astro solar.
El paisaje no parecía cambiar mucho, como sucedía a menudo en las caricaturas de antaño, pero en este caso era a causa de que en este sitio no había nada más, teorías de astrobiologos indicaban que el planeta tenía condiciones para alojar vida por que la había tenido en algún momento, sin embargo hacía más de cien años, que ya no era así.
El radar en su muñeca comenzaba a vibrar. Una pantalla holográfica se abría mostrando un mapa de la proximidad, un objeto acercándose con su misma latitud a toda velocidad.
— Dragonite prepárate, toma acción evasiva— ordenó Rovkova.
El objeto pasó tan rápido que no fue capaz de notarlo, si no fuera sido por aquella rafaga de viento que había sentido habría dudado que algo estuvo a punto de embestirlos, sea lo que fuera no podía ser posible, fuera del profesor y su familia, en aquel sitio no podía haber vida.
¿Había alguien más codiciando aquel mundo? ¿y si de verdad estaba habitado?
Su vista fue atraía al momento por varios manchones verdes que contrastan con el café cobrizo que imperaba en el paisaje, estos poco a poco iban ganando dominio hasta que todo el paisaje frente a ella adquiría el mismo color, había plantas y se estaban moviendo.
Luego del incidente, el último informe indicaba que se encontraban cerca del planeta destino, sin embargo tanto el arsenal como la persona que sabía usarlo se habían perdido, mientras ellos habían descendido a su suerte en aquel planeta potencialmente hostil.
Doroty Rovkova le indicó a su pokémon que volara con todas sus fuerzas, puso la mano en su cinturón, dispuesta a lanzar a su poderoso Articuno que guardaba solo en casos de emergencia.
— A mi señal usa tu aliento dragón a toda potencia...
El pokemón dragón afirmó.
Algo gigantesco se movía entre la maleza, como si se trataban de simples astillas hacia balancear los árboles de más de diez metros mientras se acercaban a él. Si criaturas así había en este mundo, muy seguramente su amigo sería historia y ella correría con la misma suerte.
— Al menos caeremos con honor...¡ahor..!
—¿Doroty?— exclamó una voz lejana—¡Doroty eres tú!— reafirmó con alegría.
Siendo apenas un punto ante su vista, alguien la llamaba trepado en una de las ramas de los árboles que parecían moverse.
—George ¿eres tú?— preguntó la chica incrédula.
Un hombre barbado vestido con ropa hecha jirones le saludaba entusiasmado con una de sus manos mientras se tomaba de la rama con la otra.
— ¡George estás vivo!—exclamaba la chica eufórica.
Una vez que se encontraba más cerca observaba que debajo de él había una pequeña cabaña, de esta salía su mujer, una chica de piel morena oscura mientras que un par de niños jugaban con Aipom y Simisage colgando entre el follaje.
— Claro que estoy vivo, estamos todos bien.— declaró su amigo
Doroty voló con cuidado aproximándose a ellos para poder descender hasta donde se encontraban. Una vez que estuvo más cerca se encontró con unos enormes ojos rojos que la miraban, que a pesar de todo lograba reconocer. Una colosal cabeza se balanceaba mientras que de cuando en cuando desde su bulbo eran expulsadas cientos de miles de semillas que se dispersaba en la tierra comenzando a emerger en pequeñas vainas verdes.
Una vez que pudo descender hasta la cabaña, George también había bajado hasta ella, esta le tendió la mano, pero él se lanzó para abrazarla.
— Es un Venasaur gigante.—declaró la chica aún incrédula.
— Te dije aquella vez cuando niños que había escogido el mejor pokémon— indicó George con cierta petulancia.
Su esposa le dio un codazo y la invitó a pasar.
— Niños venga, deben conocer a una amiga.
— ¡Wow! ¡mira tiene un Dragonite!
— ¡Vamos!.
Doroty había imaginado los escenarios más optimistas en los cuales lograba a rescatar a la mayoría de ellos con vida, ni en sus mejores sueños habría pensado algo tan maravilloso como lo que había ocurrido en realidad.
— Uno de mis muchachos fue quien lo descubrió en realidad— explicó el profesor.— decidimos explorar un poco por que la comida que teníamos con nosotros comenzaba a escasear, llevaba a Venasaur conmigo porque pude alimentarse del propio sol a diferencia de mis otros pokémon y es lo suficientemente grande para que pudiera defendernos de algún peligro.
Jerry, se adelantó junto con él siguiendo un pequeño riachuelo, cuando regresó comenzó a comentar que Venasaur había crecido un par de centímetros frente a él, mantuve mis dudas hasta percatarme que tres días después ya era tan grande que la tecnología de la pokebola no podía contenerlo y — me la mostró partida a la mitad— se rompió. Aún no logro entenderlo, imagino que la influencia de un segundo sol, pero gracias a Venasaur...bueno...
— Están terraformando este mundo.— completó Doroty emocionada.
— Los pokémon comenzaron a llegar después, no sabemos si llegaron desde afuera con siempre se ha creído de Cleifary en la tierra o ya estaban aquí, esperando volver a tener sustento.—explicó Lizzie su esposa.
— ¡Son especies totalmente nuevas!— dijo casi gritando George. — es un sueño Doroty.
— Cuando venía hacia acá, vi algo volando...
—Yo también lo he visto, bueno al menos lo he percibido, creo que es un dios pokémon de este mundo.—confesó cubriendo con sus manos su boca como si se tratara de un secreto.
Ambos niños salieron de la cabaña con varias frutas en sus manos.
— ¿A dónde van?— preguntó la teniente curiosa.
— Les gusta darle de comer, vamos todos.
Estando sobre él podía apreciar por completo su majestuosidad, lo que alguna vez fueron solo hojas ahora eran complejos ramales de gruesos troncos, su flor se componía de cientos de millones de flores pequeñas que soltaban pequeños pétalos como mariposas revoloteando al viento, sus patas, tan gruesas como montañas avanzaban varios kilómetros en cada paso, los niños emocionados soltaba frutas que descendían como si lo hicieran a un peñasco, pero terminaban en su boca, de la misma forma que unos cuantos krill en las enormes fauces de una ballena. El pokémon rugía contento.
Doroty acariciaba a su Dragonite, que había esperado afuera observando al cielo, bajó la mirada y se encontró con la de George observándola.
— Te dije que había elegido al mejor— presumió de nuevo.
Ella rió meneando la cabeza, percatándose que todos esos años no había cambiado en nada.
