Capítulo 23

La sala del trono era donde Ian Pariah pasaba la mayor parte de su tiempo.

Antes cuando descansaba en la oscuridad de su sarcófago oía todo lo que pasaba a su alrededor, ahora que estaba libre, sus momentos más preciados eran cuando permanecía solo en el silencio de su propio espacio, entre la oscuridad que su ser despedía y la que nacía en la naturaleza.

Había tenido que construir el trono aunque no lo deseaba, solo así aseguraba que los ejércitos de esqueletos seguirían sus órdenes cuando no tenía la maldita corona o el anillo de su padre.

No necesitaba dormir desde el día en que fue lanzado al acantilado, tampoco comía y estaba bastante seguro de que no respiraba. En pocas palabras estaba muerto y era un hecho que aceptó desde el momento en que perdió la lucha con su padre y éste lo lanzó a la nada oscura.

Pese a todo no podía dejar de preguntarse sí, él estaba muerto, sí, él era un monstruo ¿Qué era el chiquillo de pelo negro?

Lo llamó anormal cuando él dijo que eran iguales, lo golpeó con demasiada fuerza y el chiquillo nisiquiera metió las manos para protegerse...

Unas manos que deberían poder hacer más que empuñar una daga. Si ambos eran iguales debería poder ser un oponente digno, como su padre. Alguien con quien valía la pena terninar su camino.

—Sin duda puedo decir que estoy frente al Príncipe Ian, El Oscuro de la antigua y efímera dinastía Pariah—dijo una profunda voz masculina surgiendo por entre la oscuridad y los muros, girando alrededor del Príncipe y su trono.

—¿Quién eres? ¿Y qué buscas? Te equivocas si crees que aprecio a los fantasmas.

—No busco tu favor Alteza, tampoco soy un fantasma, al menos no uno completo—. El hombre de cabellos blancos y traje negro apareció de la nada, su rostro era firme y en sus ojos había curiosidad. —Pero que explico cuando estoy frente al primero de mi clase.

—Ya no pertenezco entre los humanos. —Contradijo el Príncipe.

—Yo tampoco.

Dos anillos oscuros relucieron a su alrededor, el cabello blanco se tornó a negro, el traje se convirtió en otras ropas, una capa ondeaba con el aire que no había y el humano ahora era fantasma.

—Una anormalidad —En la voz del Príncipe se escuchaba el hastío. —Otra falla de la naturaleza.

—Me desconcierta tu respuesta, pequeño Ian. La prueba que vi en la arena con la daga, reveló tu propia dualidad. —Recordó Plasmius al adolescente en el trono.

—Di tú nombre monstruo y después desaparece si valoras tu anormal vida. No estoy de humor para juegos.

—¿Por qué debería? ¿Por qué me lo ordena el hijo de un Rey fantasma durmiente? —Dijo el clon de Plasmius apareciendo desde el respalado del trono.

—No tientes tu propia suerte mocoso. No soy uno más de esos humanos indefensos a los que capturas como conejillos de indias—. Continuó diciendo el hombre-fantasma de pie frente al Príncipe.

—Podría enfrentarte como iguales —gritó otro clon colgando del techo. —Pero por tu orgullo morirías sin darme respuestas.

—Di tú nombre. —Ordenó el Príncipe cada vez más cubierto por sus tinieblas.

—Vlad Plasmius, Halfa de Wisconsin. Alcalde del pueblo que atemorizas.

—No me interesa tu vida, Plasmius. Vete y no vuelvas o me encargaré de tu muerte definitiva.

—Una buena oferta, chico. La acepto, me ire sin causar problemas, sí respondes a una sola pregunta ¿Qué buscas entre los humanos cautivos?

—No es tu asunto.

—Oh pequeño Príncipe, lo es. Conocí a tu padre y puedo decir que no le interesaban los humanos en lo más mínimo ¿Qué buscas tú en ellos? No te he dicho que yo soy la autoridad del pueblo, el hombre con el cargo más alto, puedo hacer la tarea que necesites, deja a los humanos libres y seguiré tus órdenes.

—No podrias encontrar a un héroe humano. Un protector de los pueblos, un alma noble.

Los oscuros ojos del mitad fantasma brillaron comprendiendo el motivo tras la búsqueda.

—Querido Ian, te buscas a ti mismo cientos de años después de tu vida. Hace poco que llegue a tu espectáculo, pero creí ver que habias encontrado lo que buscabas.

Los tres clones se volvieron uno y el fantasma regresó a su forma humana.

—Necesito un héroe humano.

—Quieres, un héroe humano. Sin recordar que al momento de ser héroe, tú mismo ya no eras humano. Maldice mi nombre si quieres joven Ian, pero igual te abriré los ojos. Soy un hombre viejo, he viajado, aprendido y también deseé cosas imposibles.

El hombre de traje se acercaba al chico fantasma al tiempo que hablaba. Un escalón sobre el piso y la voluntad del Príncipe separaban a Vlad de las mortales garras de niebla capaces de destrozarlo.

—En uno de mis viajes conocí a un fantasma diferente llamada Knospe, una linda anciana con lengua de bruja y brumas peligrosas como las que acogen. Veo por tu rostro que la has conocido. Knospe dijo que el hijo que tanto deseaba llegaría a mí de manera inusualy asi pasó. Me habló de sus hermanas todas muertas por aquel entonces, y del joven al que rescataron de la muerte en un barranco invadido por Tinieblas Infernales. Tú eres ese joven Ian.

—Fui asesinado por oponerme a mi padre. Knospe pensó que sus hermanas habían salvado mi vida pero no fue así. Yo morí y sigo muriendo con cada día que pasa. Vete Plasmius o dejaré libres estas tinieblas y sabrás lo que es llevar dentro más muerte que vida.

Los ojos azules de Danny se abrieron en medio de la oscuridad, posiblemente brillando con aquel reflejo verde que siempre lo delataba en las noches.

Cerró los ojos tratando de calmar los últimos restos del punzante dolor en su cabeza, al tiempo que escuchó los pasos acercándose y sintió el desagradable impacto que sacudió su cuerpo entero y la sensible cabeza.

—Lo siento, lo siento tanto Danny.

Las luces del lugar fueron encendidas y Danny vio a su hermana colgada de su cuello, llorando y pidiéndole disculpas.

—Te dije que te ayudaría, y no lo hice, y por eso estas herido —seguía diciendo la pelirroja entre el llanto.

—Tranquila Jazz, esta bien, ya estoy bien.

Tan concentrado estaba Danny por consolar a su hermana que no se daba cuenta de las personas a su alrededor.

—¿Seguro que estas bien Danny?

El aludido pegó un salto sorprendido, tanto por la voz de Dash preguntando, como por escucharlo decir su nombre por primera vez en lugar del molesto apodo que siempre usaba.

—Estoy bien, en serio. No quería preocuparlos —dijo Danny al ver a todos sus compañeros de pie a su alrededor, incluso el señor Lancer y algunos de los padres estaban ahí, viéndolo con las miradas de preocupación y angustia que tanto odiaba causar en otros.

—¿Donde están Sam y Tuck? —Preguntó incómodo con el silencio y por el peso de las miradas sobre él.

Mike, el chico pelirrojo que se había negado a dejarlo correr solo por los pasillos del calabozo, apuntó a la puerta. Danny se puso de pie entre las quejas de su hermana sobre si debería caminar tan pronto, después de estar inconciente.

Secretamente lo único en que podía pensar el chico de cabello negro era en alejarse de la multitud piadosa que tanto lo incomodaba, después de todo su herida ya estaba curada y prácticamente se había dejando golpear sin oponer resistencia, solo para ver que tan peligroso era Ian.

Valerie estaba de pie junto a la puerta, claramente dispuesta a comenzar otra pelea sobre lo primero que cruzará por su cabeza. Danny pensó pasar de largo, ignorando lo más que pudiera a la joven. Se pensó libre al dar último paso que lo separaba de la salida y entonces ella bajo el interruptor de las luces.

Danny escuchó los suspiros ahogados de todos los que estaban a su espalda y que ahora podían ver el embrollo de cabello negro, sangre seca y el ectoplasma verde brillando en la oscuridad de la noche.

—Creó que nos debes una explicación Daniel. —Exigió Valerie con la autoridad que nadie le había dado. Buscando encarar los ojos que el chico mantenía fijos en el piso.

Los murmullos se desataron por todo lo largo del silencio que dejó crecer el adolescente, callandose en sincronía al indicio de una respuesta.

—Ambos sabemos que no soy el único, Cazadora Roja. —Dijo en voz alta Danny, regresando la misma frialdad con que Valerie lo trató y dejando que todo el visible poder del ectoplasma apareciera en sus ojos. Los que brillaron con una amenaza verde que solo Valerie, por estar frente a él, pudo ver.

Danny extendió su mano, encendió la luz y salió al pasillo en busca de sus amigos, sus ojos azules dieron una última mirada a la sorprendida chica que había tratado de matarlo incontables veces en el último año.

Sabía que tenía que aclarar las cosas con Val, pero algo le decía que primero necesitaba hablar con otras personas. Jazz lo siguió, haciendo un poco de ruido al limpiar los restos de su llanto, iba en silencio porque al igual que Danny no sabía que decir en una situación como aquella.

Al final del pasillo sus padres esperaban de pie junto a unos atareados Sam y Tucker quienes desinfectaban y cubrían las heridas de un par de sus compañeros.

El motivo por el que ninguno de sus progenitores estuvo a su lado al momento de estar inconciente, estaba impreso sobre la pared al frente de ellos. Dos sangrientas marcas rojas salpicadas por el brillo del ectoplasma verde y rosa.