Disclaimer: Nada me pertenece, más que mis alocadas fantasías Helsa. D:
7mo año.
Un nuevo año
Hiro Hamada esbozó una sonrisa de presunción al desvelar lo que ocultaba bajo su túnica. Sus compañeros abrieron los ojos impresionados al vislumbrar la botella de licor, que resplandecía en sus manos como una fruta tentadora.
—¡Vino de elfo! —Penny, la simpática pelirroja de Gryffindor, se entusiasmó al leer la etiqueta—. A mamá le encanta, pero nunca me deja beber ni un sorbo.
—Pues hoy estamos de suerte —anunció Hiro.
—No sé, nunca he probado nada de alcohol —dijo Riley, su compañera de casa.
—Siempre hay una primera vez.
—Anímate Riley, esto es más divertido que escuchar a las personas de colores que dices que viven en tu cabeza.
—Pero ellos me hablan, ¡lo juro!
—¿De dónde sacaste eso? —inquirió Miguel, el chico mexicano que también pertenecía a Gryffindor y con el que había hecho buenas migas desde el año anterior.
—¿Eso importa?
—A mi sí.
Los chiquillos ahogaron un grito al escuchar la gélida voz a sus espaldas. Todos se encogieron como perritos asustados al encontrarse con el semblante adusto de Elsa, quien los había estado observando en silencio.
—Hiro Hamada, ¿ahora te dedicas a meter alcohol de contrabando al colegio? Lo de las apuestas era una cosa, pero esto rebasa los límites. ¿Qué pensaría tu hermano al respecto?
Hiro palideció.
—N-no le dirás nada, ¿verdad? ¡Por favor, Elsa, te lo ruego!
—La reacción de Tadashi no debería preocuparte en comparación a la de la subdirectora Yelena. Esto es muy grave.
—¡Por favor, Elsa! ¡No digas nada! —imploró Penny, asustada—. ¡Ninguno de nosotros llegó a beber! ¡Haremos lo que quieras!
—C-claro, lo que quieras. No hay necesidad de acusarnos con nadie. ¡No le digas nada a Tadashi! —Hiro sonrió nerviosamente—. ¡Te juro que esta es la última vez! Podemos arreglarnos. ¿Quieres dinero? Tengo dinero…
—¿Intentas sobornar a una prefecta? —repuso la rubia con indignación—. ¡Que vergüenza, Hiro! Sabes que las cosas no funcionan así. Tu hermano estaría muy decepcionado si estuviera aquí, que bueno que fui yo la que te encontró y no él.
El chico se rascó la nuca, apenado.
—Ya mismo me estás dando esa botella. —Hiro se la entregó—. Ustedes no deberían ingerir este tipo de cosas, ¡son muy chicos para probar el alcohol! ¿No saben lo que esto le puede hacer a sus cuerpos? No, no lo saben, son unos inconscientes. ¡Ravenclaw y Gryffindor tienen cincuenta puntos menos!
Riley murmuró algo por lo bajo y miró nerviosamente a su alrededor, mientras se abrazaba a sí misma.
—¿Qué le pasa?
—Otra vez está escuchando voces en su cabeza —contestó Miguel.
—Diablos, Riley. ¿Cómo es que nadie te ha buscado terapia? —Elsa frunció la boca y los miró amenazante—. ¿Saben qué? Lárguense de mi vista antes de que les quite más puntos.
—¿Pero nos vas a acusar?
—¡Dije largo!
Los preadolescentes corrieron despavoridos. Elsa los observó marcharse con severidad. Apenas hubieron desaparecido de su vista, miró la botella en su mano con suspicacia.
—Vino de elfo, ¿eh? —leyó—. Pues no se ve mal.
Sigilosamente, la muchacha miró a su alrededor y tras comprobar que estaba sola, destapó la bebida y se la llevó a los labios.
—Mmm… —Paladeó el vino en su boca—. Nada mal. —Bebió un par de sorbos más, gustosa.
—¿Elsa?
—¡Ah!
La chica se volvió sobresaltada y ocultó la botella tras su espalda por inercia. Anna le había tocado el hombro para llamar su atención.
—Ah, eres tú.
—Me preguntaba si podíamos hablar. Tengo algo importante que decirte.
—¿Qué? —La albina la miró, mosqueada.
—Ahora que estoy saliendo con Kristoff, ¡quiero que seamos amigas, Elsa!
—Sí, claro.
—¡En serio! Y para demostrarte que digo la verdad, no le voy a decir a nadie que quieres beberte esa botella que acabas de confiscar —habló la pelirroja, esbozando una sonrisita llena de malicia.
—No voy a beberme nada, solo estaba probándola para asegurarme de que no se tratara de ninguna… eh, sustancia peligrosa o algo por el estilo —repuso Elsa, frunciendo el ceño y levantando una de las comisuras de sus labios con incomodidad—. Nunca sabes lo que esos chicos van a mezclar con el alcohol que roban. Lo entenderías si tuvieras la experiencia que tengo yo detectando ese tipo de cosas.
—¿Ah sí?
—¡Sí!
—Si tú lo dices. En fin, volviendo a lo de ser amigas, hablo muy en serio, quiero que hagamos las paces. Yo no te guardo rencor por las cosas que me has hecho, como cuando me atacaste en segundo. ¿Lo recuerdas? —Anna cogió el mechón blanquecino de su cabellera y lo agitó.
—Tú me atacaste a mí.
—Oye, no importa quien atacó primero, ¡lo importante es que podemos comenzar de nuevo este año!
Elsa rodó los ojos.
—No pongas esa cara, ya te dije que vengo en paz, ¡lo juro! Déjame felicitarte de todo corazón por tu noviazgo con Hans. ¡Espero que este nuevo año escolar te depare muchos momentos geniales a su lado!
—¡No soy novia de Hans!
—¿Ah no?
—¡No!
—Que bueno, él es un imbécil —repuso Anna con desparpajo—. Como sea, Kristoff sí es mi novio y no me gustaría que tuviéramos problemas. Le he prometido que me llevaría bien con todas sus amistades y que sería mejor persona. Y eso incluye hacer las paces contigo. Sé que en el pasado hemos tenido nuestras diferencias, pero como él dice, ya es otro año y todos podemos cambiar. Entonces, ¿qué dices? ¿Amigas?
—Me da igual, Anna. Mientras no me molestes, todo estará bien. —Elsa rodó los ojos—. Pero no voy a ser tu amiga.
—¡¿Por qué no?!
—Porque siempre has sido una chica malcriada y desagradable. Intentaste hacerme quedar mal en aquella fiesta secreta de prefectos y hasta me saboteaste en un partido de quidditch. Me insultaste y señalaste por mis poderes, al grado de atacarme en segundo. Y también querías que me sacaran a la intemperie en medio de una nevada mortal durante aquella Navidad en Hogsmeade.
—¡Pero te encanta la nieve!
—No importa. No puedes esperar que me olvide de todas esas cosas de un día para otro, solo porque decidiste salir con uno de mis mejores amigos. ¡La vida no funciona de esa manera!
—Siento todo eso. De verdad quiero que seamos amigas.
—La amistad no surge de la nada. Se construye con acciones desinteresadas y buenos momentos. Y eso no va a suceder en cinco minutos.
—Entiendo. —El semblante de la pelirroja decayó momentáneamente—. Entonces, no hay de otra. ¡Supongo que tendré que crear esas acciones y buenos momentos!
—No es necesario.
—Claro que sí. Elsa, sé que no me crees, pero te aseguro que antes de que concluya el año, tu opinión de mí habrá cambiado drásticamente. Voy a demostrarte que puedo ser una gran amiga. ¡Ya verás!
Elsa arrugó el entrecejo con desconfianza.
—¿Pero dónde se ha visto semejante descuido? —Los ojos castaños de la profesora Dunbroch se abrieron con espanto al contemplar de cerca su remendada varita; misma que había intentado recomponer con un hechizo básico reparador, en vano. Sus pobres resultados no se habían hecho esperar durante la primera clase de Encantamientos—. Venir al colegio con semejante estropicio. ¿En que estaba pensando?
—En practicar un tipo de magia más avanzada, desde luego. —Hans se encogió de hombros, fingiendo desinterés—. ¿No es para eso que estamos aquí? ¿Quién necesita de la varita cuando existen hechizos no verbales? ¿No se supone que debería enseñarnos eso?
—¿Pretende decirme cómo desempeñar mi trabajo? Francamente, señor Westergaard, estas no son condiciones para aprender. Está siendo muy arrogante, por no decir imprudente. Esto es una falta de respeto a mi enseñanza y a su propia inteligencia.
—Y eso que a duras penas usaba el cerebro antes de la paliza del año pasado. Imagínese hoy —comentó Elsa con cizaña.
Prácticamente toda la clase rió al escucharla. Hans se obligó a componer una sonrisa prepotente, ignorando la vergüenza.
—¡Silencio! Absténgase de soltar esa clase de comentarios hacia su compañero, señorita Sorensen.
—Sí, sí, perdón.
—No me parece que intenten tomarme el pelo, señor Westergaard. Y usted está definitivamente muy lejos de dominar ese tipo de magia, así que no corra tan deprisa. Ustedes están aquí para convertirse en hechiceros profesionales, jovencito, y eso implica dominar todos los pilares básicos de su formación. Un poco de humildad le sentaría muy bien.
A espaldas de la bruja, Elsa y Rapunzel le hicieron muecas burlonas, (como si fueran dos estúpidas chiquillas de preescolar), riendo silenciosamente. Hans las fulminó con la mirada.
—Esto es inaceptable —sentenció la mujer, mirando la inservible vara con desaprobación—, me extraña de usted, Westergaard. Tendrá que solucionarlo enseguida si pretende terminar este curso de manera decente. No puede darse el lujo de bajar sus notas justo durante su último año. ¿Me está escuchando, señor?
Elsa realizó una floritura socarrona con su índice, cual mágica varita de nieve, conjurando en el aire unas diminutas partículas de escarcha que estallaron a su alrededor. El mensaje era claro, con toda su arrogancia: con o sin varita, ella siempre sería más poderosa que él.
—Yo lo arreglo, profesora. No se preocupe.
Aquello iba a ser más difícil de lo que esperaba.
Por un instante, Elsa había creído que las desafortunadas circunstancias del pelirrojo lo mantendrían lo bastante ocupado como para que evitara meterse con ella.
Se equivocaba.
Poco le había durado el gusto de ridiculizarlo en plena clase de Encantamientos, Hans estaba insoportable, (ya se encargaría de ponerlo en vergüenza más a menudo).
Ahora que nada le quedaba de su estatus económico y estudiantil, su único entretenimiento consistía en pelear con ella y ponía un gran empeño en hacerla rabiar, aún con el potencial riesgo de verse aplastado por una repentina avalancha de nieve.
Fue aquella fotografía infame de El Profeta la que volvió a desencadenar su primera gran discusión del año.
Algunos estudiantes de Slytherin se habían estado riendo a su costa, reproduciendo la imagen en pergaminos de gran tamaño que fueron distribuidos por el colegio con pícaros comentarios. Ver aquello era mucho peor que soportar los chismes de las chicas de séptimo.
—¡No lo voy a repetir, Hans! ¡Esto vino de tu casa! O metes en cintura a esos chicos, ¡o lo hago yo!
—¡Tú no vas a venir a darme órdenes, estúpida sabandija!
—¡Pues alguien tiene que hacerlo, patán!
—¡Zorra!
—¡Imbécil!
Ambos se empujaron infantilmente.
—Apuesto a que tú estás detrás de todo esto. ¡Urdiste este estúpido plan para exagerar las infamias de ese periódico de quinta!
—¿Qué? ¿Es en serio? ¿Y cómo en que me beneficiaría que me relacionen con una mujerzuela anormal como tú?
—¡Para sacarme de quicio! ¡Por eso!
—Como si se necesitara una estrategia para eso, sanguijuela neurótica. Ya es mucho que te vean con alguien de mi categoría, no te creas tan especial.
—¿Cuál categoría? Tu padre no quiere saber nada de ti.
—Te dije que no tocaras ese tema —le advirtió él de manera amenazante.
—Pues lo toqué. Lo toqué y lo puse en un maldito pedestal sobre el resto de cosas que te convierten en una perra miserable. ¿Qué harás? ¿Vas a hechizarme con tu varita defectuosa?
Elsa ahogó un alarido al sentir como las largas manos de su compañero la aferraban por la cintura y la pegaban a él. Fue un movimiento tan repentino que no tuvo tiempo de reaccionar. Podía sentir la dureza de su pecho tras el uniforme y el ritmo agitado de su respiración contenida.
—No me provoques, Elsa. No necesito magia para mantenerte en tu sitio. Y tú tampoco intentarás usar la tuya, si sabes lo que te conviene.
La rubia tragó saliva.
—¡Oye, tú! ¡Déjala en paz! —gritó una vocecita chillona y molesta a sus espaldas.
Anna apareció como un diminuto gremlin listo para atacar y la pareja se separó por instinto.
—¿Tú qué, cucaracha? —Hans la miró igual que lo haría con una alimaña.
—¡No molestes a Elsa, animal!
—¿Desde cuándo te importa lo que le pase a esta pequeña zorra?
—¡Desde que salgo con Kristoff! Los amigos de mi novio son mis amigos ahora. ¡Recuérdalo la próxima vez que quieras amenazar a alguno!
—Que bien, salió la defensora de los inadaptados. Así que ahora vas a arriesgar el trasero por todo ese montón de pelagatos con los que se junta tu noviecito.
—Pues sí, sí lo voy a arriesgar. ¡Y defenderé a Elsa y a cualquier otro pelagatos que sea importante para Kristoff!
—¡Hey! —La blonda la miró con el ceño fruncido.
—¡Vete al carajo de aquí, Hans! Sé que tu varita es una mierda, así que no te conviene quedarte a pelear.
—¿Y vas a aprovechar esa desventaja para hechizarme? Era de esperar.
—No necesito magia para ponerte en tu sitio.
—¿Ah no? Eso quisiera verlo. ¡No eres más que un puto gnomo de jardín con aires de grandeza, que sigue arrastrándose por la atención de un hombre!
—¡¿Qué dijiste, subnormal?!
—¡Anda! Ponme en mi lugar, ¿no era eso lo que querías? ¡Aquí estoy!
Anna guardó su varita y avanzó hasta él en tres zancadas. Levantó el puño y lo golpeó en la nariz, arrancándole un alarido.
—¡Esto es por faltarme al respeto, idiota! —Le asestó un golpe en sus partas bajas, haciéndolo doblarse de dolor—. ¡No soy un puto gnomo de jardín!
—¡AGH! ¡MIERDA! —Hans se encogió en posición fetal sobre el suelo.
—¡Anna! ¡¿Qué hiciste?! —Elsa lo miró con horror.
—¡Eso le enseñará a no meterse con nosotras!
—¡Está sangrando!
—Ugh, ¡qué asco!
—¡Le rompiste la nariz!
—¿Ya somos amigas?
—¿Qué? ¡No! ¡Estás loca!
—¡Pero te defendí de él!
—Hay que llevarlo a la enfermería. —Elsa miró a la colorada con apremio—. ¡Levántalo!
Anna frunció la boca, descontenta. A lo lejos, la voz de un par de profesores las sobresaltó.
—¡Oh, no! ¡Alguien viene!
Elsa miró a la insensata Gryffindor y luego a Hans, que seguía gimoteando en el piso. Las voces aumentaron de volumen al doblar por el pasillo.
—¡M-me voy de aquí!
La platinada se echo a correr ante la mirada confusa de la pelirroja.
—¿Qué? ¿De verdad le rompió la nariz?
Tanto Bella como Rapunzel se mostraron muy sorprendidas, —por no decir escépticas—, una vez que les hubo relatado el incidente en el vestíbulo.
—No puedo creerlo, es difícil imaginar a Anna partiéndole la cara a Hans cuando solo se dedicó a lamerle la suela de los zapatos los últimos seis años. Desearía haber estado allí para verlo con mis propios ojos —afirmó Rapunzel mientras le daba de comer a su camaleón.
—Fue muy bizarro. Quiero decir, no es que él no se lo merezca, pero nunca espere que Anna fuese capaz de algo así —repuso Elsa—. La verdad se le pasó un poco la mano.
—Parece que se está tomando muy en serio lo de ser tu amiga —dijo Bella.
—Seguro que a ella ni va a pensar en demandarla. —Rapunzel rodó los ojos.
—¿A la nieta del ministro? Olvídalo. De todas maneras, dudo que tenga ganas de meterse en un problema de tal magnitud apenas comenzando el curso —replicó la castaña—. En serio, chicas, no creo que Hans esté en posición de meterse con nadie este año. Ahora que no cuenta en absoluto con el apoyo de su familia, lo último que le conviene hacer es meterse en problemas.
—A eso es a lo que yo llamo karma acumulado. —Rapunzel cogió a Pascal y lo colocó en la rama que colgaba a un lado de su cama—. Aún así, Anna sí que va a tener problemas por golpearlo.
—No creo, escuché como lo amenazaba mientras me iba. No sé como hará él para justificar su nariz rota ante la señora Potts, pero la verdad, no creo que abra la boca —dijo Elsa—. Y aunque lo hiciera, no ganaría gran cosa.
—Pobre. Casi siento lástima por él.
—¿Pobre? Bella, ese idiota nos ha hecho la vida imposible desde primer año, ya era tiempo de que alguien le diera una paliza —dijo Rapunzel—. Lo extraño es que ese alguien sea Anna, pero bueno, al menos ahora hace algo útil para variar.
—Sí, supongo que está bien. Aunque desearía que no fuera tan insistente conmigo. —Elsa acarició a Bruni sobre la palma de su mano—. Todavía no sé si debería confiar en ella.
—Tú deja que siga intimidando a Hans y mantente al margen. Esos dos no necesitan de la intervención de nadie más para destruirse como las perras que son.
—Intimidado por Anna Solberg. Eso sí es tocar fondo. —La rubia estiró su dedo índice y formó un copito de nieve minúsculo para su salamandra—. ¿Saben? Creo que nunca había visto a Hans en un estado tan vulnerable como ahora. No tiene dinero, ni varita, y ahora hasta se tiene que cuidar de una chica que antes lo idolatraba.
—Sin mencionar que todos se burlan de él por la paliza que le di.
—Sí. También eso. Tenía miedo de que este año fuera a ser igual que los anteriores, pero para ser el principio, puedo decir que no está mal.
—¿Es decir que te alegras por lo qué le está pasando?
—Vamos Bella, después de todo lo que Hans le ha hecho, no puedes culparla —dijo Rapunzel con una maliciosa sonrisa.
—No sé si me alegro. —Elsa se levantó de su cama, aún con Bruni entre sus manos, y fue hasta un ventanal—. Pero definitivamente no siento lástima por él.
—¿Ni un poco? —Bella arrugó ligeramente el entrecejo.
—No. Ni un poco.
Honeymaren soltó un respingo al depositar la serie de pesados libros sobre aquella mesa apartada de la biblioteca. Hacía un calor tan intenso que tanto ella como sus amigos se habían desprendido de las túnicas. Las corbatas de sus uniformes lucían flojas y desprolijas, lo mismo que las mangas de sus camisas.
Era una suerte que ningún profesor se encontrase por ahí, pues seguramente ninguno les habría disculpado aquella pinta.
—Vamos a ver, tomé todos los ejemplares que hablan sobre pociones curativas —dijo—, espero que esto sea suficiente para terminar ese maldito ensayo.
—La nueva profesora se pasó. Apenas es la primera clase y ya tenemos deberes para toda la semana. —Se lamentó Lottie—. Esa Yzma no me cae bien, ¡es tan sádica e injusta!
—Y vieja. Nunca creí ver a nadie más decrépita que Gothel —añadió Tiana, tomando uno de los libros y comenzando a hojearlo.
—¿Creen que regrese? —inquirió Ryder.
—No sé, dicen que aún se está recuperando por el incidente de Punzie. Tal vez no vuelva jamás, ya saben lo vanidosa que siempre fue. Nunca me agradó.
—¿Y la nueva te agrada?
—Buen punto.
—Bueno, mejor nos ponemos con esto de una vez. —Honeymaren tomó otro libro intentando ignorar a las personas sentadas a su lado, demasiado ocupadas en besuquearse como para percatarse de su conversación—. Si dividimos los temas por partes y cada uno busca el suyo, terminaremos más pronto.
—Me parece bien, ¿cuál es el primero?
—Plantas medicinales.
—¡Eso puedo buscarlo yo!
—Bien, y también tenemos que añadir algunos datos históricos. Creo que eso puedes buscarlo tú, Kris… ¿Kristoff?
Un sonido de succión, similar al de una ventosa desprendiéndose del vidrio de un ventanal, fue todo lo que la castaña recibió por respuesta.
—Está bien, ya basta. Ya basta… ¡no puedo soportar un segundo más! —Tiana azotó su libro contra el escritorio—. ¡Paren con eso de una vez, maldita sea!
—¡SHHHHHH! —Alguien la acalló desde alguna parte.
—¿Qué te pasa, Tiana? —cuestionó el rubio, separando su boca de la de Anna para mirarla, interrogante.
—¡Han estado todo el día manoseándose y enredando sus lenguas apenas tienen oportunidad! ¡Ya ni siquiera parecen dos personas independientes! Ahora solo se ven como… no sé… una sola entidad lujuriosa que nos incómoda a todos, ¡es súper extraño!
—¿Qué quieres decir? —La pelirroja frunció las cejas con confusión.
—A ver, ¿cómo expresar esto de la manera más delicada posible? … —La morena muchacha tamborileó con las yemas de sus dedos, elucubrando una respuesta—. Eh… prefiero chuparle las bolas a Naveen, que ver un segundo más como se comen las bocas entre ustedes. Sí, eso es.
Kristoff y Anna se miraron con extrañeza, mientras Ryder ahogaba una risa.
—Pues… tal vez deberías hacerlo, Tiana.
—¿Disculpa? —La aludida se cruzó de brazos y fulminó a la joven Gryffindor con los ojos.
—Sí, un poco de romance no te vendría mal —añadió Kristoff—. Te ves tensa desde que comenzaron las clases.
—Pues claro que estoy tensa. Tenemos un montón de trabajo, la nueva maestra de pociones es una perra y no se puede estar a gusto en ninguna parte del colegio con este clima infernal. Y encima ese imbécil no deja de complicarme las cosas. No llevamos ni una semana y ya empezó a comportarse como un asqueroso clasista de nuevo: "Osea, no es mi culpa que esos mocosos de primero hayan estado en mi camino, ¿sí? Mis zapatos cuestan más que toda la ropa que van a usar en sus vidas. —Tiana imitó al Slytherin engrosando la voz y realizando ademanes de prepotencia—. Pero tú no lo entiendes porque eres pobre". ¡Pues claro que no lo entiendo, estúpido! ¡Me la paso trabajando cada verano mientras tú gastas como un parásito el dinero de tus padres! ¡Pero eso no te da derecho a humillar a los demás, zángano de mierda!
—Ok, esto ya no se trata de la relación de Kristoff —acotó Honeymaren por lo bajo.
—Tienes que calmarte, cariño. Es apenas el comienzo del curso, no puedes reaccionar así cada vez que alguien haga un comentario de mal gusto.
—No puedo, Lottie. Odio tener que escribir este ensayo tan insufriblemente largo, ¿de qué me va servir saber tanto de pócimas curativas si solo quiero cocinar? Odio a esa nueva de maestra de pociones y odio a Naveen, ¡lo odio!
—Pues por eso tienes que chuparle las bolas, si se relajara también sería más amable.
—¡Ese no es el punto! ¡No le voy a chupar las bolas a nadie y no quiero tener que seguir presenciando su romance antinatural!
—¡SHHHHHHHH!
—¡¿Por qué antinatural?! —Anna replicó con ferocidad—. ¡Kristoff y yo nos amamos en serio! ¡Nuestro amor es tan puro como la nieve!
—Es antinatural y estoy harta de fingir lo contrario —dijo Tiana—. ¿Crees que vas a durar mucho con una niña bien como ella, Kristoff? Te botará cuando se de cuenta que no puedes cumplir con todos sus caprichos. La gente rica y malcriada como Anna no cambia de un día para otro, no señor. Más te vale tener cuidado.
—Estás celosa de nuestra relación.
—¿Qué? ¡No estoy celosa de ustedes!
—Sí lo estás. No soportas que Kristoff haya encontrado el amor mientras tú sigues sola y amargada. Y te disgusta más porque somos blancos.
—¡Eso es una tontería…!
—¡SHHHHHHHHHHHHHHHH!
Tiana se contuvo de seguir elevando la voz, enfurruñada.
—Oigan, esto tiene que parar. Estamos aquí para terminar ese jodido ensayo.
—Estoy de acuerdo con Ryder. Esto pasó de ser raro a conmovedor y luego se puso más raro todavía —habló Honeymaren—. No es que no nos sintamos felices por ustedes, pero tienen que aprender a moderarse. A veces es incómodo escuchar como se besan y todo eso.
—¿En serio? —Kristoff arrugó el ceño, preocupado.
—Pues haberlo dicho antes. —Anna se puso de pie—. ¡Vámonos, Kristoff! No hay que seguir incomodando a tus amigos, es obvio que estamos de más aquí. Además, no tengo porque soportar las palabras venenosas de una chica envidiosa y racista.
—Me has decepcionado, Tiana. —El blondo la miró dolido y se levantó.
La aludida contempló como se marchaban con la boca abierta.
—¿Esa zorra blanca me ha llamado racista? ¿A mí?
—Fuiste muy grosera con ella. —Lottie miró a su amiga con desaprobación—. No debiste decirles todas esas cosas.
—¡Pero Lottie…!
—¡Pero nada! Tal vez no sean muy discretos, pero eso no les da derecho a opinar sobre su relación. Tú no sabes realmente si van a durar y no tienes porque amargarle la relación a Kristoff, él es nuestro amigo.
El semblante de Tiana decayó.
—Solo quería ayudarlo…
—Si quieres ayudarlo, deberías estar feliz por él. Y lo mismo va para ustedes. Y otra cosa, el hecho de que alguien tenga dinero no lo hace mala persona y lo sabes.
—No lo decía por ti.
—Pero sí por Anna, está intentando cambiar y tú no le facilitas las cosas. El hecho de que no haya sido un buen día para ti, no te da derecho a juzgar ni tratar mal a nadie.
La chica se encogió con culpabilidad.
—¿Saben qué? No quiero hablar más sobre esto, vamos a hacer ese estúpido ensayo. —Lottie tomó un libro—. Y espero que la próxima vez que vean a Kristoff, escojan mejor sus palabras.
Los tres la obedecieron en silencio.
—He notado que en seis años de conocerse, Hans y tú siguen comportándose como si estuvieran en preescolar al interactuar el uno con el otro, lo cual me parece gracioso aunque también es algo grave. —La rubia hizo un pequeño mohín al escuchar las palabras de Shang—. El trabajo en equipo es importante para mantener la seguridad en el colegio pero ustedes no saben una mierda sobre trabajar en conjunto. Eso es algo que tengo que solucionar, ¿qué tal si patrullan juntos un par de veces a la semana para mejorar su convivencia?
—¿Qué tal si me metes a una jaula llena de hipogrifos furiosos y dejas que todos se caguen encima de mí?
—¡Oh, vamos!
—¡No! —Elsa se cruzó de brazos, enfadada.
—Es por el bien de todos, no les vendría mal resolver sus diferencias.
—Eso díselo a Hans, él es quien empieza a discutir siempre.
—Y tú continuas.
—Solo me defiendo de sus agresiones, ¿qué esperas que haga?
—Lo que espero es que los dos se comporten como personas maduras y dejen de una vez sus problemas de lado. Ya no tienen once años, Elsa.
—Y yo espero que un colacuerno húngaro se trague al profesor Weselton con su horrendo peluquín, pero eso no significa que vaya a suceder.
—Pues ya está arreglado, así que tendrás que patrullar con él quieras o no. Ya hablé con Jasmine y Tadashi para que hagan lo mismo.
—¿Qué? ¡No puedes hacer eso!
—Puedo. Soy Premio Anual y tomaré las medidas necesarias para que todos desempeñen un buen trabajo.
—Bella no estaría de acuerdo con algo así.
—Bella estuvo de acuerdo, ya la convencí. No tienes de otra, Elsa, vas a resolver tus diferencias con Hans, quieras o no.
—Dios, me caías mejor cuando no te tomabas tus métodos de disciplina oriental tan en serio. Es verdad que los chinos no saben relajarse.
—No, por eso nos estamos apoderando del mundo. —Shang la miró con severidad—. Te quiero hoy a las nueve en el ala norte, sin rechistar.
Elsa aguardó a que le diera la espalda para levantar su dedo medio.
"Esta va a ser una noche muy larga", pensó más tarde, mientras se dirigía a su ala designada. Hans ya estaba ahí, luciendo su permanente expresión de desdén.
—Pero quita esa cara de emoción, sabandija. A mí también me encanta verte.
—A ver Westergaard, esto es muy sencillo: o mantienes la boca cerrada o te la congelo. Ni trates de amenazarme con tu varita rota, esa mierda no me va a detener.
—Ya vamos a patrullar —le espetó él, mosqueado.
Emprendieron el rumbo por un largo pasillo, apenas iluminados por sus varitas. La del pelirrojo parpadeaba intermitentemente.
—Wow, esa cosa en serio está jodida. —Elsa lo miró de reojo—. ¿Cómo se te ocurrió traer tu varita así? Es súper estúpido, incluso para ti.
Él se quedó callado.
—¿Qué? ¿No hay ninguna respuesta sarcástica? ¿Ningún insulto? No me digas que la estrategia de Shang esta funcionando.
—Ah, ¿entonces sí puedo hablar? ¿O vas a congelarme ahora que estoy en desventaja? Decídete, Sorensen.
—Ay, olvídalo, ya te habías tardado en lloriquear. —Elsa rodó los ojos—. De cualquier forma no es mi problema.
—Exacto. Deja de meterte.
—¿Sabes qué, Hans? Lo mejor de este último año en que en seis meses más no vamos a volver a vernos las caras. No sé quien va lidiar con tus arrebatos de terrorismo emocional después del colegio, pero yo definitivamente no los voy a extrañar para nada.
El muchacho intentó ignorar el nudo repentino de su estómago.
—¿Y qué harás después de graduarte? —inquirió, inexpresivo.
La pregunta la tomó por sorpresa.
—Aún no estoy segura —contestó, tras unos segundos de indecisión.
—¿Cómo? No me digas que no has pensado en eso. La maravillosa Reina de las Nieves se ha esforzado tanto para no hacer nada, vaya sorpresa —expresó él, altanero y burlón—. ¿Estás a punto de graduarte como hechicera y no sabes ni a que te vas a dedicar?
—No, no lo sé, ¿sí? —replicó ella, cortante—. Mi meta principal como aprendiz de bruja era aprender a dominar mis poderes sin desatar un invierno devastador en el proceso, así que no he tenido tiempo para pensar en otras cosas.
—Cierto, ya es mucho que no nos hayas condenado a una nueva era glaciar por otro de tus berrinches.
Elsa hizo una mueca.
—¿Y tú que vas a hacer? —le preguntó, desafiante.
Hans se tomó unos segundos para contestar.
—Quiero convertirme en auror.
—¿Qué? ¿Tú? ¿Un auror?
La blonda ahogó una risa.
—¿Qué mierda es tan gracioso?
—¡Los aurores se dedican a combatir a los magos oscuros!
—No me digas.
—No puedes pretender trabajar para la ley cuando tú mismo representas todo lo que está mal en esta sociedad. No me jodas.
—No, no me jodas tú. ¿Crees que puedes juzgarme solo por nuestros problemas personales? —Hans le dio un empujón, ofendido—. No me conoces de nada.
—No son problemas personales, son tus problemas con la gente como yo.
—Ya estamos de nuevo, aquí viene el discursito…
—No es ningún discursito. Es la verdad. —Elsa se plantó frente a él—. ¿Cómo pretendes ser un buen auror cuando no has hecho más que meterte con nosotros? Menudo papel vas a desempeñar ante el Ministerio, discriminando a la gente a la que deberías proteger. Yo no me sentiría segura si tuviera que confiar en alguien como tú.
Ese había sido un golpe bajo.
—Sé que he sido difícil e intolerante, no tienes que hacérmelo ver —admitió, reticentemente—. Pero yo… estoy intentando cambiar.
—¿Tú? ¿Intentando cambiar?
—¿No te quedó claro durante el juicio?
La chica parpadeó, conmovida por la fuerza de su mirada. Nunca terminaría de comprender a ese sujeto.
—¿La verdad? No. Creo que todo se trata simplemente de rebelarte contra tu padre, tú mismo lo dijiste. Creo que de nada te vale seguir metiéndote con las personas como yo, ahora que estás sufriendo las consecuencias, y por ello sientes un gran resentimiento. Solo necesitas cumplir con tu objetivo para volver a confrontarnos desde otra posición de poder.
—¿En serio piensas que eso es en lo que me convertiré? ¿Un auror corrupto?
—Estoy segura y eso me da miedo. Espero que haya aurores con habilidades especiales, porque si quedáramos a merced de quienes piensan como tú, esto se convertiría en un infierno.
—¿Y por qué no tú? Podrías actuar en vez de culparme y lamentarte, para variar.
Ambos se fulminaron con los ojos.
—Tal vez deba considerarlo.
El resto de su ronda transcurrió en el más absoluto silencio.
—¡Pero profesor!
—¡No me responda! —Weselton alzó la voz, fulminándola desde su pequeña estatura—. Siempre faltándome al respeto, ¿no? Lo que usted es, es una descarriada, Sorensen, alborotadora, desastrosa, pésima estudiante, ¡por lo visto nunca va a cambiar!
Elsa frunció su pequeña boca, conteniendo las palabras procaces que inundaban su cabeza. No importaba cuanto pasara el tiempo, esa anciana comadreja nunca dejaría de ser un fastidio.
—¡Ya debería haber aprendido a respetar un poco a sus mayores!
Y pensar que todo el altercado había iniciado por unas cuantas armaduras descompuestas en el pasillo. ¿Por qué tenía que pagar por el estropicio de otros? Lo más probable es que fuese culpa de esos mocosos maleducados de Slytherin, a los que sus prefectos poco se esforzaban por meter en cintura (buen trabajo, Westergaard). Ella tan solo había tenido la mala suerte de encontrarse ahí.
Llegaría tarde a la practica de Quidditch. Si es que llegaba.
—Mire profesor, disculpe. Lo arreglo enseguida, ¿sí? —La muchacha sacó su varita, dispuesta a cerrar el asunto cuanto antes.
—Y cree que se va a librar tan fácil, ¿no? ¡Guarde esa varita inmediatamente y hágalo con un poco de esfuerzo, como es debido!
—¿Qué? Pero…
—¿No me escuchó? ¡De inmediato! ¡Antes de que le quite 50 puntos a Ravenclaw!
—¡Espere, profesor! —Una vocecita aguda irrumpió en la conversación.
Anna apareció entre ambos, apurada.
—¡No castigue a Elsa! ¡Yo tengo la culpa!
Weselton la miró con incredulidad.
—Es que… eh… verá, estaba hormonal por mi período y cuando estoy en esos días me pongo muuuuy loca.
La cara del hombre se puso como un tomate, antes bramar una serie de exclamaciones indignadas que torturaron sus pobres oídos. Anna se apresuró a elucubrar todo tipo de excusas y disculpas torpes, asintiendo a las palabras del profesor.
A su espalda, le hizo señas a Elsa para que se marchara discretamente. Esta obedeció, no sin antes arrojarle una mirada de extrañeza.
—¿Por qué lo hiciste? —le preguntó, más tarde.
—Ya sabes, te dije que quiero que seamos amigas. Ya lo somos, ¿no?
—No. —Elsa bufó y se cruzó de brazos—. Vas muy en serio con esto para impresionar a Kristoff, ¿verdad? Me impresiona tu capacidad de complacencia, en eso no has cambiado nada.
—¿Eso significa que está funcionando?
—Significa que voy a estar muy atenta por si esta es otra de tus bromitas. Aunque supongo que no debería sorprenderme tanto, dada tu tendencia servil para con los chicos que te gustan.
—Un gracias es suficiente. Y no sé, tal vez un voto de confianza para mejorar nuestra relación. Tienes que admitir que te lo estoy poniendo fácil —Anna se encogió de hombros alegremente.
—Ya veremos.
La pelirroja hizo un mohín y ella se retiró con aire altivo.
—Por favor, siéntense. El té ya está listo.
Iduna llevó la tetera hasta su pequeño saloncito de estar, donde sus antiguas alumnas la esperaban. Elsa y Rapunzel sonrieron afablemente. Ambas parecían dos muñecas rubias, con sus vestidos de verano y sus ojos resplandecientes.
—¡Su casa es preciosa, profesora Vinter! Muy cálida y hogareña. —Rapunzel miró a su alrededor con curiosidad—. Aunque si yo fuera usted, la verdad es que le añadiría un poco más de color. Pintaría un enorme mural de flores sobre la pared de la terraza y quizá algunos detalles en las esquinas del cielo raso.
—Lo tomaré en cuenta. —Iduna se sentó frente a ellas y destapó una fuente de muffins, invitándolas a servirse—. Cuéntenme que las trae por aquí.
—Oh, solo veníamos a saludarla. Elsa comentó que se había mudado al pueblo y pensamos que no estaría mal hacerle una pequeña visita, ya que le dijo que podríamos acudir a usted cuando lo deseáramos.
—Y así es, pueden venir cuando quieran. Díganme, ¿han tenido un buen inicio de clases?
—Oh sí, más o menos, la verdad es que la nueva maestra de pociones no es muy amistosa que digamos. —Rapunzel fue la primera en contestar, antes de morder con gusto un panquecito de arándanos—. Pero a Elsa le gusta bastante el nuevo profesor de Defensa contra las Artes Oscuras.
La castaña se volvió hacia la muchacha, con interrogación en sus ojos azules. Elsa se había ruborizado copiosamente.
—No me gusta, solo dije que me parece un hombre interesante. Eso es todo —repuso, tomando un muffin lleno de chispas de chocolate y evitando su mirada suspicaz.
—El señor Krei es un mago muy talentoso en la materia. Espero que aprendan bastante de él.
—Oh sí, es un sujeto súper carismático, a todos les cayó bien. A casi todos.
—El profesor Krei tiene mucha confianza y talento. Todas sus clases han sido entretenidas y siempre tiene algo importante que contar, es muy sofisticado —habló Elsa con repentino entusiasmo—. Además, también se interesa por los alumnos especiales, él no nos ve como si fuéramos fenómenos o monstruos. No como otros maestros.
—Claro que ninguno se compara con usted, profesora. Todavía la echamos de menos.
—Gracias, Rapunzel. Es lindo sentirse apreciada. —La mujer esbozó una cálida sonrisa y se llevó la taza de té a los labios.
La conversación se desvió hacia temas generales del colegio, como el próximo partido de Quidditch y el nombramiento de Bella, por el cual Iduna se mostró gratamente sorprendida.
—Habríamos querido que ella nos acompañara, pero tuvo una cita con su novio. Dice que la próxima vez vendrá a tomar el té, si a usted no le molesta.
—Claro que no, me encantará recibirlas a las tres. Y asegúrense de darle mi enhorabuena en cuanto vuelvan al castillo. Una chica tan amable y aplicada como ella. es perfecta como Premio Anual.
—¿A qué sí? ¡Estoy muy orgullosa! —Rapunzel dejó su taza sobre la mesa ratona—. Eh, disculpe profesora, ¿podría usar su baño un momento?
Iduna le indicó una puerta al fondo del pasillo y la chica se levantó presurosa.
—Es raro que me sigan llamando profesora, cuando nuestro ciclo terminó —mencionó Iduna, risueña—. Tal vez deberíamos abandonar ciertas formalidades…
—Ahora que estamos a solas, me gustaría preguntarle algo —la interrumpió Elsa, con algo de apuro.
—¿Sucede algo, Elsa? —La hechicera la miró parpadeando, algo alarmada por la gravedad de su tono.
—Es más una petición. Quería que me hablase más acerca de Ahtohallan.
Iduna se tensó.
—¿Ahtohallan? ¿Qué más quieres saber?
—Pues todo. No he dejado de darle vueltas al tema desde que me habló acerca de él y la conexión que podría tener con mis poderes. Pero no hay mucha información en los libros sobre lugares mágicos que he consultado.
—No la encontrarás, los registros sobre Ahtohallan son escasos. Todo cuanto te conté es lo único que se sabe. —Iduna le observó cuidadosamente, mientras bebía un poco más de su infusión—. ¿Por qué te inquieta tanto? ¿Has tenido otro sueño?
—No. A veces tengo el mismo pero nada cambia y ya no es tan frecuente como el año pasado. Debe ser porque usted ya no está en Hogwarts.
—Precisamente.
—Entonces, ¿no hay nada más que me pueda decir sobre la isla?
—Me temo que no —Iduna negó suavemente.
—Pero dijo que iba a investigar. Que posiblemente viajara hasta su pueblo natal y todo eso. Y como ahora se ha mudado aquí, me preguntaba si habría cambiado de parecer.
—Bueno, es verdad que ahora tengo otras prioridades. Ya te dije que me gustaría seguir apoyándolos a ti y a tus compañeros durante su último año. Ellos me necesitan Elsa, darle continuidad a sus prácticas les será muy beneficioso hasta la graduación.
—Lo sé y estoy de acuerdo con eso. ¿Pero después…?
—Después podré retomar esa línea de investigación.
—¡Entonces podría acompañarla! Una vez que finalice el séptimo curso, habré cumplido la mayoría de edad y no tendré responsabilidades por un tiempo.
—En eso no estoy del todo de acuerdo, deberías prepararte para ejercer alguna profesión. Algo de lo cual, por cierto, no hemos hablado en absoluto. Es importante para tu futuro decidir una carrera mágica.
—También es importante averiguar el origen de mis poderes.
—La verdad, Elsa, es que preferiría hacer ese viaje sola.
—¿Pero por qué?
—Los pobladores de la zona son muy celosos con su cultura y el lugar es resguardado estrictamente por ellos.
Elsa frunció el entrecejo.
—¿Esa es la razón por la que no quiere que la acompañe?
—Dije que lo preferiría, no que no quiera. Mira Elsa, sé lo importante que esta situación es para ti. Te diré lo que haremos. Tú te enfocarás en terminar este año de la mejor manera posible y después de la graduación volveremos a hablar.
—Pero…
El timbre de la pequeña casa sonó e Iduna acudió para abrir. Su expresión amable se desvaneció al ver al hombre en el umbral de la puerta.
—¡Hola, señor Solberg! Que extraño es verlo aquí. —Rapunzel lo saludó alegremente, al salir del baño—, ¿usted también viene a ver a la maestra?
Agnarr pareció sorprendido al ver a las chicas allí.
—Sí. Sí, a eso vine. No tenía idea de que tuvieras visitas.
—Pues sí. Las tengo. —Iduna esbozó una sonrisa tensa, al tiempo que lo mataba con la mirada.
—Ay, nosotras ya nos íbamos, ya casi es hora de volver al colegio, ¿no, Els?
—Sí, supongo —respondió la albina desanimada.
—No es necesario que se retiren. —Se apresuró a decir Iduna. De ningún modo quería quedarse a solas con ese hombre—. Quédense, por favor. Estoy segura de que al señor Solberg no le importará acercarlas al colegio.
—Oh no, no queremos causar molestias, profesora. Además le dijimos a Bella que nos encontraríamos en Honeydukes antes de volver.
—Es cierto, ya debe estar por llegar.
Rapunzel recogió su bolso del sofá y Elsa la imitó, levantándose. La primera se volvió hacia Iduna con curiosidad.
—Profesora, ¿ustedes están saliendo juntos?
Los adultos enrojecieron instantáneamente.
—¡No! ¡No, por Dios! ¡No!
—¡Esa no es la razón por la que estoy aquí!
—No lo digo por ser indiscreta. Es que como el señor Solberg vino a visitarla y usted ya no es nuestra maestra…
—El señor Solberg vino a asesorarme con ciertas cuestiones legales sobre el arrendamiento de esta casa —se inventó Iduna—. Como es la primera vez que alquilo aquí, él me ofreció ayuda con el papeleo. Eso es todo.
—Ayuda con el papeleo… —Agnarr la miró con una ceja arqueada.
—Sí. Ayuda. —La castaña le envío una mirada fulminante, advirtiéndole que no se atreviera a desmentirla.
—Ya. Por supuesto. Igual que en los viejos tiempos.
—¿Los viejos tiempos? —Esta vez fue Elsa quien los contempló con curiosidad.
—Su profesora y yo fuimos juntos a Hogwarts, no estábamos en la misma generación pero compartimos muchas cosas. —Agnarr respondió, esgrimiendo una sonrisita irónica—. La mejor época de mi vida.
—Si usted lo dice. —Iduna puso los ojos en blanco, aún ruborizada.
—Pues que lástima que solo haya venido por unos papeles, señor Solberg. Ahora que lo pienso, ¡harían una hermosa pareja! Ambos son adultos jóvenes, solteros y atractivos, no tendría nada de malo.
—Te aseguro que esas no son nuestras intenciones, Rapunzel.
—Por eso digo que es una lástima, pero en fin. ¡Vámonos, Elsa!
—Fue un gusto verlo, señor Solberg. Hasta luego profesora.
—Hasta luego, chicas.
—Hasta pronto. —A Iduna no le pasó desapercibida la decepción en los ojos de la chica.
Agnarr terminó de adentrarse en la pequeña casa mientras ellas bajaban por la calle, en dirección al establecimiento de dulces.
—¿Viste eso? Esos dos no engañan a nadie, ¡es tan obvio que están juntos! —exclamó Rapunzel—. La profesora Iduna tiene un romance secreto con el hijo del Ministro de Magia, ¡eso es tan emocionante!
Elsa apenas y la escuchaba, sumida en sus pensamientos.
—¿Te imaginas la cara que pondrá Anna cuando se entere? No le va a gustar nada. —Rapunzel prosiguió hablando con malicia—. ¡Quisiera ver la cara que pondrá si llega a enterarse! ¿No piensas que sería divertido, Elsa? ¿Elsa?
La muchacha reaccionó, sobresaltada.
—¿Qué pasa? ¿La profesora te dijo algo raro sobre Ahtohallan o qué?
—No, no me dijo nada. Ese es el problema.
—Te lo dije, no creo que sepa mucho más al respecto.
—O quizá sabe más de lo que aparenta. Algo como lo que se encontraba en las páginas desaparecidas del libro de la Sección Prohibida. ¿Recuerdas como no encontramos nada el año pasado?
—¿Crees que la profesora pudo haberlas hecho desaparecer?
—No lo sé, pudieron haber desaparecido en cualquier momento. Pero eso solo me hace sospechar qué hay algo muy turbio aquí.
—Si ella no quiere hablar ahora, poco o nada podrás hacer al respecto.
—No, nada no. —Elsa pensó en el señor Solberg y comenzó a elucubrar una arriesgada posibilidad en su mente—. Pero quizá haya una manera en la que pueda hacer mis propias averiguaciones.
Bufó, mirando con pesar el patético remiendo que era su varita. Ningún encantamiento reparador era lo bastante potente como para restaurarla por completo, seguía fallando y así no iba a llegar ni a mitad del curso. Al final tendría que aceptar la ayuda de sus amigos para comprar otra.
Le sabía mal por lo apegado que se encontraba al objeto. Obtener esa varita había sido una de sus primeras grandes experiencias en la infancia.
Y una de las pocas positivas.
—Que basura —masculló, dejándola caer sobre el césped.
Sitron maulló y restregó las orejas contra su mano, tratando de animarlo a su manera. Hans le devolvió la caricia, desanimado.
La varita rodó hasta los pies de una persona, de cuya presencia no se había percatado. Esta la recogió y camino hasta él, bajo la sombra de los árboles que poblaban aquel rincón a las afueras del castillo.
El chico alzó la mirada.
—Te dije que no te haría bien no aceptar la ayuda de nadie —dijo Ariel, ignorando su ceño fruncido—. Mírate, te la has pasado mal desde que empezó el curso, no hemos concluido ni la primera semana de clases y todo lo haces mal porque ya no tienes una varita decente.
—Un sermón no es lo que necesito en este momento, Ariel.—El cobrizo arqueó una ceja, dispuesto a no bajar la guardia.
La pelirroja suspiró y desveló un paquete que ocultaba tras la espalda, rodando los ojos.
—¿Qué es eso? —inquirió él, expectante.
—Creo que tú ya te lo puedes imaginar. —La muchacha le entregó el objeto junto a una carta—. Antes de que me reclames nada o te niegues a aceptarlo, te advierto que no la aceptaré de vuelta. Ya es hora de que dejes a un lado tu estúpido orgullo y hagas algo al respecto. No te vas a graduar con una varita en mal estado.
El joven abrió el paquete para descubrir una vara mágica, idéntica a la que se había destruido.
—Es igual a la tuya, el fabricante la hizo con las mismas especificaciones, así que no deberías tener problemas —afirmó Ariel con una sonrisa—. Claro que aún podemos reparar la otra, aunque eso tendría que esperar.
Hans la tomó en su mano, contemplándola con fervor. Hizo una floritura delicada, temeroso de que le volviera a fallar. Murmuró un par de hechizos sencillos y casi salta de alegría al comprobar que funcionaba de manera impecable.
Sus ojos se volvieron confusos hacia la colorada.
—¿Por qué hiciste esto?
—Somos familia, Hans. Quiero ayudarte. A pesar de todo, sigues siendo mi primo favorito y no es divertido molestarte si no te puedes defender como Dios manda —le dijo la jovencita con una sonrisa socarrona.
—No debiste —dijo él—, pero… gracias.
—Bueno, no soy la única a quien tienes que agradecer, en realidad yo no fui quien consiguió la varita.
—Supongo que hablas de tu padre.
—Él ya ha tenido bastantes dolores de cabeza al enfrentarse con el tío Magnus, nunca estuvo de acuerdo con su castigo. Pero esta vez me tomé la libertad de recurrir a alguien más. Lo entenderás mejor en cuanto leas la carta. También te han mandado esto. —Extrajo de su bolsillo un saquito lleno de monedas mágicas—. Considéralo como una compensación por lo bien que te comportaste en el juicio.
Hans bufó en cuanto ella se sentó momentáneamente a su lado.
—Sé cuanto te costó enfrentarte a tu padre, pero hiciste lo correcto y eso es señal de que estás cambiando. Siempre supe que algún día ibas a ser una mejor persona.
Ariel apoyó una mano en su hombro cariñosamente. Él desvió la mirada.
—Estoy muy orgullosa de ti.
La chica se levantó y se fue. Hans volvió a mirar la carta y la abrió, dubitativo.
Hans:
Debo admitir que tras leer los periódicos y recibir la carta de Ariel, me costaba pensar que hubieses sido capaz de darle la espalda a nuestro padre. No me sorprenden las consecuencias de tu elección, tanto como el hecho de que tuvieses el valor para llevarla a cabo.
No hace falta decir que me estoy arriesgando demasiado al contactar contigo, por lo que en principio me limitaré a usar a Ariel como intermediaria. Harás bien en hacer lo mismo si necesitas algo más que una varita nueva, aunque espero que eso no sea necesario. He añadido algo de dinero para ti. Es todo lo que puedo enviarte, así que no lo gastes en tonterías.
Ya te has metido en demasiados problemas, espero que a partir de ahora te mantengas alejado de ellos, por tu bien. No le des más excusas a nuestro padre para humillarte. Debes enfocarte en terminar tu ultimo año de la mejor manera posible.
Nos veremos después de tu graduación.
Suerte.
Lars
PD. Será mejor que te deshagas de esta carta tan pronto la recibas. No nos conviene dejar evidencias que puedan perjudicarnos a ninguno de los dos. Sabes a lo que me refiero.
Nada de saludos afectuosos, ni palabras de consuelo. Y sin embargo ahí estaba, un hermano dispuesto a desafiar a su padre por él.
Dobló el pergamino y lo sostuvo entre sus manos, anonadado. Sitron se restregó contra su rodilla para animarlo, como si intuyera sus pensamientos. Para él, que nunca había llevado una relación estrecha con ninguno de sus hermanos, resultaba insólito recibir algo de apoyo de un miembro de su familia, incluso tratándose del único que nunca lo había maltratado con la misma saña que los demás.
La mano le tembló al acariciar a su gato de manera distraída, asimilando el hecho de que, a pesar de todo, no estaba tan solo como suponía.
—Anna. —La cobriza se detuvo en su camino hacia la clase de Herbología.
Acababa de despedirse de Kristoff momentos atrás, antes de reunirse con el resto de sus compañeros de Gryffindor en el invernadero. Se dio la vuelta tras escuchar su nombre y se topó con el semblante zafiro de Elsa, mirándola con determinación.
—Ah, hola, ¿qué sucede?
—Estuve pensando en lo que me dijiste la otra vez. ¿De verdad quieres que seamos amigas?
—¡Claro!
—¿Y estás dispuesta a hacerme un favor para demostrarlo?
—Eh, sí, pero…
—Pues bien, ya he pensado en algo que puedes hacer por mí. —Elsa se cruzó de brazos—. Vas a arreglar una cita este sábado para la profesora Vinter con tu padre.
El semblante curioso de la pelirroja se transformó en una mueca de pura indignación.
—¡¿Qué?! —La vio cruzarse de brazos, enfadada—. ¡Ni hablar!
—Es el favor que quiero.
—¡¿Y por qué?! ¡¿Por qué con mi papá?! ¡Hay muchos otros hombres solteros con los que puede salir esa mujer!
—Sí, pero ninguno de ellos le gusta como tu padre. Hay cierta tensión sexual entre ambos.
—Sí, como no, ¿tú que vas a saber?
—Lo vi la última vez que estuve en casa de la profesora Iduna, tu padre estaba ahí.
—¿Qué? ¡¿Y qué hacía él en su casa?!
—Parece que ha estado visitándola en el pueblo. Me dijo que habían ido juntos a Hogwarts.
—¿Qué? No sabía eso. —Anna arrugó la nariz con desagrado.
—Apuesto a que tienen su historia, él mencionó algo sobre los viejos tiempos.
—Pues más le vale que no esté pensando en salir con ella. ¡Ya está muy viejo para ir coqueteando por allí! —exclamó la chica, disgustada.
—Ya la está viendo a tus espaldas de todas maneras. Si me ayudas tal vez puedas comprobarlo tú misma. Después de todo, ¿no crees que tu padre te debe una explicación?
—¡Para eso no necesito arreglarle una cita!
—Yo creo que sí, al menos para salir de dudas. Si resulta hay algo entre los dos, podrás confrontarlos a ambos.
—¿En serio crees que esté pasando algo entre ellos?
Elsa asintió seriamente. Anna hizo un puchero.
—¡No, no puede ser! ¡Con ella no!
—¿Por qué no te agrada la profesora Vinter?
—Es una presumida, ¡todo el tiempo va por allí con esos aires de superioridad, haciéndose la interesante y metiéndose con el primer pelirrojo que se cruza en su camino! ¡Me recuerda demasiado a…! —Anna se detuvo en seco, mirándola con dubitación—… A … —Elsa le dirigió una mirada glacial—. A alguien que conocía y no me agradaba demasiado.
—Kristoff estaría muy contento si me haces este favor —insistió la blonda—, nada le gustaría más que conviviéramos como buenas amigas. Tú no quieres decepcionarlo ahora que su relación va viento en popa, ¿no?
La pecosa se sobresaltó.
—¡No! ¡No quiero! Pero es que…
—Bueno, no debes sentirte obligada si no quieres. Aunque es una lástima. Yo pensé que hablabas en serio al ofrecerme tu amistad. Y ya sabes lo que dicen, los amigos siempre se ayudan incondicionalmente. Tal como lo hice con Kristoff cuando ocultábamos a aquel hipogrifo en el bosque; él sabe de estas cosas, para él no hay nada más importante que la amistad y sé que no dudaría en ayudar a un amigo. En fin… —Elsa le dio la espalda—. Olvida lo que dije. Nos vemos.
—¡Espera! —Anna la detuvo, colocándose frente a ella—. Sí quiero ser tu amiga y no quiero decepcionar a Kristoff. Debe haber otra cosa que pueda hacer...
—Yo quiero este favor.
—¡Pero es mi papá! ¡Él no necesita involucrarse con nadie!
—Solo es una cita, ni que fueran a casarse.
—¿Y a ti por qué te interesa tanto?
—Ay, solo creo que a la profesora no le vendría mal salir con un poco con alguien. Está tan sola la pobre.
—Pues por algo será.
—Tu papá también merece divertirse un poco, no seas egoísta.
—¡Qué fácil decirlo cuando no es tu padre!
—¿Vas a aceptar o no?
Anna se lo pensó unos segundos, mientras jugueteaba ansiosamente con un mechón de su pelo calabaza.
—Ugh, vale. ¡Solo una cita! ¡Ni una más! Y no voy a hacerme responsable si las cosas salen mal, lo cual probablemente suceda —le advirtió—. Y espero que después de esto realmente estemos a mano, ¡porque no voy a quedar mal con Kristoff!
Elsa sonrió con astucia.
—No olvidaré este favor, Anna. ¿Sabes? Creo que este podría ser el comienzo de una interesante amistad.
Ninguna sospechaba el alcance que iban a tener esas palabras.
Nota de autor:
Se vienen cosas hardcore, amixes.
¡Hola! Cuanto tiempo, lo sé, pero es que me pegó un bloqueo de escritor horrible del que ya no sabía como zafarme y cuando eso pasa, significa que es momento de dejar descansar la historia un ratito. Y luego están los asuntos de la vida offline, entre que sí hay Tercera Guerra Mundial o no, el trabajo y demás, pues una menos se siente de ánimo para escribir. Hasta parece que el veinte veintidós se ha propuesto rebasar la mierda del veinte veinte, y apenas vamos en marzo. ¿Dónde vamos a parar? D:
¡Bueno, basta de pesimismo! Acá estamos, listas para la acción del Helsa y agregados. ¿Quién quiere un poquito de Agduna?
Guest: Vale, no te agrada Krei, limitaré sus interacciones por acá. xD Espero que este y los próximos capítulos te resulten más interesantes, gracias por comentar.
Guest 2: Anna is already a filthy person no matter what blood she has. :3
Guest 3: I don't understand your comment.
Pasen un feliz weekend, chiquillas, nos leemos luego. n.n
