El arrullo de la naturaleza floto por la inmensidad del páramo verde.

La extensión boscosa que lo rodeaba era un reflejo del recuerdo de su antiguo hogar, el alto de los árboles y la quietud única, diferente de la ciudad, reinaba en las profundidades con una naturalidad excepcionalmente relajante para su persona demasiado acostumbrada a la soledad después de una vida de engaños y odio. Una sola frase rebotando constantemente en su mente con la fuerza de una llama ardiente, Konoha.

Le recordaba tanto al país de fuego.

Su cuerpo se deslizó suavemente a través del forraje verde, el silencio brindaba una zona adecuada para entrenar sin la intervención de cualquier adulto preocupado que pudiera salir a buscarlo, sus movimientos se mezclaban con la armonía ambiental mientras su rutina del día transcurría con la paciencia de todo entrenamiento.

A pesar de encontrarse en un mundo con un molde diferente al propio, algo que nunca cambiaría era la forma en la que había vivido su vida durante la mayor parte del tiempo, de todos modos, mantener su condición física era algo que podía usar como un recurso para despejar la mente tanto como el alma. Por otro lado, era una ventaja para pasar las horas que ahora tenía en su mayoría libre, no por nada había sido catalogado como un genio en su última existencia.

Aunque todo era un gran cambio histórico en su vida, se esforzó en devorar libros tras libros de lo relacionado con el mundo en general, descubrir no solo lo que era normal para la población en general sino lo que se ocultaba en las sombras. Los idiomas eran otro caso, al principio el que todos a su alrededor hablaban era reconocible como una variación del lenguaje que habían poseído en su época, el ahora llamado idioma japonés era familiar, conocido y algo con lo que podía relacionarse.

Y, aun así, el constante desliz en el habla de su padre alfa le dio los indicios para incursionar más en el tema.

Donde antes había existido un lenguaje universal que se extendía para las naciones elementales, ahora podía identificar una cantidad descomunal de los mismos que se esparcen para la totalidad del mundo, cada país y continente poseía diferentes formas de comunicarse, desde lenguas nativas hasta derivados de muchas otras.

Simplemente asombroso.

En verdad, la capacidad de las personas de sobreponerse a la violencia con la que su mundo se vio embargado lo hizo admirar la forma en la que todo a su alrededor se desarrollaba.

Los ninjas y los sellos de manos fueron reemplazados con peculiaridades y desarrollo tecnológico, convivencia mutua y un sistema de heroísmo para lidiar con los delincuentes.

Todo era tan maravilloso que solo alertaba sus instintos arduamente entrenados, una paz tan permanente no era algo que pudiera durar demasiado, la oscuridad tiene la extraña fascinación por gestarse en los rincones más iluminados del mundo, muchas veces un error o la ignorancia podrían causar un mal que solo crecería y sobreviviría pese a todo.

Tal como sucedió con Madara.

Caos, destrucción…

La sombra del dolor cerniéndose sobre el clan Uchiha.

Cerro los ojos, la angustiosa tortura que era el pasado seguía llegando en los reflejos de sus recuerdos, detuvo esa línea de pensamientos antes de que tuviera la oportunidad de extenderse, a lo largo de los años había encontrado en los hechos presentes en lugar de lo que había sido cuando las guerras embargaban todo. Sus párpados temblaron, acariciando la suave piel de sus mejillas antes de que sus orbes se abrieran y su mirada oscura se centrara en su actual actividad.

Investigar su nuevo hogar había sido su meta la mayor parte de los años anteriores, su cuerpo infantil desprovisto de resistencia y musculatura no era apto para comenzar un entrenamiento riguroso sin preparación, por lo que concentró sus esfuerzos en mantener un perfil bajo dentro de su familia, la recolección de información y los comienzos del acondicionamiento físico para fortalecerse sin provocar lesiones que serían notadas por los atentos padres que ahora tenía.

Sólo ahora, después de dos años de llevar su entrenamiento a un nivel mínimo, se aventuró a comenzar a incluir actividades más rigurosas; la carencia del Chakra en cada rincón de ese nuevo mundo excluía su capacidad para practicar el ninjutsu nuevamente, la primera vez que tuvo la oportunidad de realizar los sellos de manos nuevamente fue familiar y reconfortante, pero, al mismo tiempo una decepción que solo trajo más preguntas.

Tristemente, ninguno de los jutsus que había aprendido con los años sirvió.

Las energías físicas y espirituales estaban muy lejos de sus manos.

Aterrizó limpiamente, sus pies rasparon la tierra con la fuerza de la caída cuando los intrincados movimientos de taijutsu lo llevaron a actuar con la elasticidad duramente ganada. El estruendoso sonido de un golpe resonó en la soledad del bosque cuando su pierna golpeó un árbol, sus manos trabajaron con la memoria que residía en sus recuerdos y fueron a situarse en las bolsas pequeñas que descansaban a los lados de su cadera. En menos de un minuto sus hábiles dedos obtuvieron una versión rudimentaria de sus shurikens, dando un giro rápido, lanzó las armas contra los círculos de papel que representaban blancos y detuvo sus movimientos para dar por terminado el día.

Tomó aire, recuperando el aliento que había perdido, respiraciones lentas que devolvieron la calma a sus pulmones; sus movimientos fueron lentos mientras sus ojos estudiaron el escenario tras él. Doce de las quince herramientas caseras se incrustaron adecuadamente en la corteza de los árboles, las faltantes descansaban inútilmente en la hierba mientras que el lugar que había golpeado antes mostraba algunas abolladuras, imperceptibles en comparación con lo que habría podido logran al reforzar su Taijutsu con Chakra, pero estaban allí.

Y la sola presencia de los resultados lo calmó.

Aún quedaba mucho para obtener los resultados que había tenido, pero la ventaja de conocer mentalmente todo lo que necesitaba era un peso reconfortante, lograr que su cuerpo alcanzase esa resistencia sería el verdadero reto.

En el tiempo que llevaba viviendo con su nueva familia, las únicas responsabilidades que se le daban entraban en el ámbito académico, no había exigencias que deshonraron un clan o elecciones incorrectas, todo lo que esperaba de él era que tuviera amigos e interactuase con otros niños.

Algo muy extraño, pero acorde con todo lo que había aprendido de este mundo.

Porque aquí no había una razón para pelear…

El mundo en comparación al suyo era pacifico.

Un suspiro salió de sus labios y sus oscuros ojos se dirigieron al cielo teñido de naranja, las horas habían transcurrido demasiado rápido sin que se diera cuenta, caminó lentamente mientras se dirigía al lugar donde había dejado su bolso para obtener una toalla. Una pequeña sonrisa afloro de sus facciones demasiado serias para un niño de siete años, agradeció haber tenido la previsión de buscar un lugar solitario sin alertar a sus ahora padres, la pequeña zona boscosa que se extendía por algunas cuadras era adecuada para lo que necesitaba.

Un lugar discreto, que era en su mayor parte ignorado por los transeúntes que pasaban sus días sin notar verdaderamente la belleza de la naturaleza; una de las pocas zonas boscosas que rodeaba la ciudad con un cristalino río atravesando las inmediaciones, había momentos en los que cerraba los ojos y se dejaba llevar por el familiar aroma silvestre, las memorias del inmenso bosque que rodeaba Konoha acaricio su mente con la suavidad de un ligero toque y la nostalgia de días pasados que se desvanecen como cenizas entre los dedos.

Pero esa sensación nunca duraba mucho, siempre regresaba a la realidad en el momento justo.

Se limpió el rostro de los rastros de sudor que quedaban y guardó sus pertenencias antes de empezar a moverse en dirección al camino de tierra que lo llevaría hacia el río y la salida del lugar.

De todos modos, volvería mañana.

Como cada día.

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El vestigio de un melodioso tarareo se dejó escuchar en los pasillos del edificio de apartamentos donde vivía, el atardecer empezaba a terminar dejando una estela de luz dorada en el horizonte, Hizashi dejo que una sonrisa suave adornara sus facciones y abrió la puerta de su hogar con toda la energía positiva que albergaba en su persona. Su voz resonó a lo largo del reconfortante territorio, su postura más relajada demostró la confiabilidad que tenía al encontrarse en su casa, sus ojos buscaron a los otros miembros de su familia con curiosa anticipación mientras dejaba sus botas en la entrada.

Ese día había sido ajetreado en la estación de radio y la agradable compañía sonaba como algo cien por ciento necesario en ese momento.

El familiar sonido de un irritado gruñido atrajo su atención rápidamente, sus pies descalzos lo llevaron a asomar la cabeza en el sofá, un bulto de mantas se movía en busca de acomodar su posición en el incómodo mueble. Una sonrisa empezó a crecer en sus labios, la expresión juguetona que no auguraba nada bueno abarcó su rostro y los verdes orbes enmarcados por llamativas gafas captaron el leve estremecimiento que recorrió el cuerpo de su pareja.

Un brillo de diversión fue notable en su mirada…

Y, ¿Quién podría cuestionarlo?

¡Una de sus partes favoritas del día era ver el rostro adormilado de su marido!

Los hábiles dedos comenzaron a instigar alguna reacción de la persona que solo se cubrió más con las mantas en un intento inútil de ignorar al rayo de sol que era su compañero. El insistente empuje del rubio fue recompensado cuando pudo levantar un trozo de la tela y tener a la vista la pálida piel del pelinegro, acercó su propio rostro rozando su nariz con la mejilla ajena en un cariñoso gesto antes de hablar en un volumen neutral, sin ser demasiado fuerte para generar incomodidad o demasiado bajo para ser ignorado.

"Shou, estoy en casa". La sonrisa se podía sentir en cada palabra pronunciada con una especial entonación, un movimiento rápido proveniente del sofá y fue recibido con la clásica mirada de enojo a la que estaba acostumbrado. "¡Te ves mucho mejor!... me alegra que hayas podido descansar, últimamente estás esforzándote mucho con las patrullas". Su brazo fue a posarse en los hombros ajenos para atraer al contrario en un breve abrazo, el gesto reconfortante no pasó desapercibido por el omega a su lado, si la forma en la que el pelinegro se apoyaba en él era algo a lo que tener en cuenta.

Hizashi ronroneo, un sonido suave y reconfortante destinado a traer comodidad en su pareja. El momento duró poco, no más de unos segundos que brindó toda la tranquilidad que necesitaban en esos breves instantes donde el exceso de trabajo los había embargado con la poca capacidad que ambos poseían para saber balancear su carga laboral.

El sonido de pasos livianos los trajo de nuevo a la realidad y, aun así, una agradable calma reinaba en la sala del departamento, sus hombros estaban más relajados y podía sentir a su pareja más relajado que antes de ingresar al lugar. Dejo unas traviesas palmaditas en la espalda de su compañero mientras se levantaba del lugar en el que se había situado, su mirada captó la silueta familiar de su cachorro y abrió los brazos atrapando a su hijo en un gesto amoroso, apretó el delgado cuerpo sin poder evitar emocionarse por la sola presencia del niño.

"¿Cómo te fue hoy?". Las preguntas salieron en una secuencia rápida, el interés y la curiosidad verdaderos plasmado en cada palabra. El recuerdo de hace unos meses aún estaba impreso en su mente, momentos que hicieron que su corazón martilleara con fuerza y el instinto protector bullera de su persona, disimuló lo mejor que pudo su malestar y sonrió con más fuerza al rostro de su querido hijo.

"¡Mira! ¡Mira! ¡Sin peculiaridad!". El fuerte grito lo tomó desprevenido y giró su rostro hacia el origen de la declaración, esa tarde había llegado unos minutos antes a recoger a su cachorro, ya que sus trabajos se habían alineado para darle ese día libre, algo que agradecía para poder pasar más tiempo con su familia.

"¿Eh? ¡Nos ignoras!". La multitud de niños que salía de la institución educativa ignoró el desarrollo que se daba, Hizashi avanzó rápidamente para detener lo que posiblemente sería una pelea en ciernes cuando vio a la familiar cabellera negra de su hijo, otros dos niños cerca empujando la pequeña figura de su cachorro. Pese a cualquier reacción que pudiese imaginar de Itachi ante los agresores, sus alarmas solo sonaron más fuerte en su mente al ver la falta de una respuesta.

Su hijo se tambaleo, mantuvo su equilibrio y evito caer sin la más mínima muestra de esfuerzo o preocupación por la reciente agresión. Hizashi observó como los oscuros ojos se fijaban en los otros niños, no hubo resentimiento o tristeza por las palabras antes mencionadas y mucho menos la intención de pelear, el rostro de expresiones siempre serenas no cambio.

Y eso lo preocupo mucho.

Ahora que lo pensaba nunca había visto a Itachi enojarse verdaderamente hasta el grado de hacer una de las típicas rabietas que los niños pequeños usaban para expresar sus emociones o querer algo. A lo largo de su infancia sólo había podido vislumbrar cómo había momentos en los que las pesadillas podrían volverse más fuertes trayendo lágrimas al cachorro, el mismo lo había consolado en muchos momentos.

Pero, aparte de eso Itachi era un niño muy tranquilo.

Ni siquiera se había inmutado cuando su peculiaridad no se presentó, e incluso ahora, parecía que era algo que no le molestaba.

Shouta y el eran conscientes de la gran discriminación hacia las personas sin peculiaridad, y aunque para ambos eso no era algo que debía definir a una persona, el mundo estaba tan alineado a creer que era una causa importante para catalogar a otros. Cuando su hijo aún no mostraba signos de desarrollar su don a la edad designada se preocuparon, no deseaban que alguien hiriera a su cachorro por simples estereotipos.

Y aunque según los médicos, debía tener una peculiaridad, su don simplemente no se mostraba.

"Eso no es importante…". La voz suave que conocía tan bien murmuró en un volumen que se vio opacado por el escándalo que rodeaba el patio de salida. "Un don no hace a la persona, es el propio esfuerzo que pones en algo lo que verdaderamente importa… no me molesta que mi don no se haya manifestado". Hizashi se quedó callado, la declaración realmente madura fue inesperada ante lo que esperaba de un niño de siete años, en verdad Itachi era muy curioso en su manera de actuar.

El intercambio fue breve después de eso, el héroe de voz se apresuró a intervenir y salvar a su hijo del acoso escolar, más tarde esa misma noche hablaría con Shouta sobre lo ocurrido y verían el mejor curso de acción a tomar.

"¿Estas bien Oto-san?"

La pregunta lo tomó por sorpresa, parpadeó sin comprender por un momento hasta que la mano de su pareja se posó en su hombro, el cálido tacto fue reconfortante para sí mismo y se tomó un momento para calmar su carácter paternal y ordenar sus pensamientos. Asintió con un movimiento de cabeza a la declaración del menor mientras que lentamente soltaba el abrazo que hasta esos momentos había mantenido.

"Bien, bien ¿Qué tal si cenamos ahora?, estuve viendo este nuevo programa de cocina últimamente… ¡Podría intentar un nuevo platillo!"

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Itachi no es una persona sociable.

Y esa es una constante que se mantiene en el universo.

Incluso ahora, cuando su nueva vida no ha sido más que tranquila e invariable; en un mundo que a pesar de estar fuertemente sesgado por los héroes aún se las arregla para brindar una sensación de seguridad inimaginable en comparación a su anterior existencia, donde a estas alturas aprendería las disciplinas de un ninja en la academia y su hogar.

El recuerdo de su primera infancia está plasmado en su mente, no es algo que simplemente pueda borrar de cualquier manera. Las clases constantes, los ejercicios de campo, las batallas supervisadas y la práctica con lanzamiento de armas, todo es demasiado importante en su vida, una experiencia que podría catalogar como única e irremplazable. Los primeros recuerdos son algo difícil de olvidar, en especial cuando representan la base de toda su existencia, la principal fuente de recursos para mantenerse vivo en un mundo donde cualquier error podría causar un final prematuro.

En ese entonces, los amigos habían sido escasos centrándose únicamente en la compañía de su preciada y primera amiga Izumi, su compañera omega siempre había sido más sociable y mejor con las palabras, una persona netamente capaz de llegar a los demás con su amabilidad. Shisui llegó poco después, una fuente estable y calmante de serenidad que lo mantenía a flote de los problemas que embargaban al clan, un alfa honorable que pensaba en el bien de los demás en lugar del propio, un verdadero icono en sus esfuerzos por salvar el apellido Uchiha y todas las personas que habitaban Konoha.

Durante mucho tiempo lloró la partida de ambos.

Pero ese instante, cuando se quedó verdaderamente solo, fue el momento que marcó el final de sus amistades y la sensación de buscar la camaradería con alguien afín a sus pensamientos.

Solo viviría para el bien de su hermano.

Pero incluso no fue capaz de cuidarlo adecuadamente.

Sus ojos se cerraron y los pensamientos se dispersaron de manera rápida, el presente lo rodeó con una sensación de familiaridad que se había vuelto común con el transcurso de los años. Su rostro se giró un poco, solo lo necesario para tener una vista de sus compañeros de clase sentados a su derecha en el aula. Las sonrisas de superioridad eran visibles en los rostros infantiles, el insistente tintineo de una pequeña tuerca de metal golpeando la superficie de su pupitre con cada gesto de la mano del principal instigador del acoso.

Por un momento sopeso los pros y los contras de buscar la cercanía que pueda generar una amistad futura, nunca había sido una persona asocial por elección, las circunstancias de su vida nunca le llevaron por el camino fácil donde los preciados amigos sobrevivían. Descartó sus pensamientos mientras reflexionaba sobre su compañero de clase, el niño ingenuo y tan equivocado en sus ideales que instigaba una conducta cruel, tristemente no era ajeno a ese tratamiento.

Pero, a diferencia del pasado, no era bien visto resolver los problemas a golpes.

Sus manos se apretaron instintivamente con el fantasma de una piedra, recordaba los rostros de los niños que, en ese entonces, le impulsaron a descubrir la respuesta que buscaba desesperadamente.

Porque la vida lucha.

Pelea para permanecer y seguir existiendo pese a todo.

La útil peculiaridad del magnetismo resultaba en una herramienta beneficiosa para el propósito del otro estudiante, el sonido era fuerte y difícil de ignorar mientras todos sus compañeros esperaban a la maestra. Itachi era una persona paciente, esperó los tortuosos minutos que faltaban para que terminara el tiempo de entrada y sus ojos volvieron a fijarse en el frente del salón cuando los pasos familiares de su maestra se dejaron escuchar.

"Buenos días". El saludo se dirigió tan amable como siempre a todos los presentes, mientras sus compañeros y él mismo devolvían su saludo con una efusividad digna de niños que no conocen la crueldad del mundo. "Comenzaremos recordando lo que vimos la semana pasada, primero, saquen sus libros de literatura…"

Esa tarde, como muchas otras siguieron con el horario educativo de la escuela, las materias no recibieron mucha molestia frente a su asombrosa habilidad intelectual y su propia curiosidad por la información que este mundo podía albergar. El recesó se dio como otra hora más que podía usar para aprender del libro de historia que había tomado prestado de la biblioteca, mientras que la hora de salida se dio con la misma insistencia de sus compañeros de clase en socavar su autoestima.

Desde que había empezado a regresar solo a casa tenía la ventaja de tratar con los otros estudiantes el mismo y, por otro lado, estaba la posibilidad de poder escabullirse para entrenar, ignoro pacientemente a los niños que lo fastidiaban y camino por el familiar recorrido hacia su zona privada de entrenamiento.

Otro día cualquiera en la escuela.

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Shouta estaba cansado.

Sus párpados entreabiertos inspeccionaban detalladamente a los alumnos que afortunadamente se mantenían en un silencio confortable mientras trabajaban las asignaciones que había ordenado para ese día, un suspiro escapó de sus labios y se frotó los ojos para quitar el cansancio que lo rodeaba como cada día, ser un héroe clandestino no era fácil con tantos turnos nocturnos.

No tardó mucho para que las manecillas del reloj marcaran el receso, el bullicio aumento en el aula una vez que dio el visto bueno para que los adolescentes abandonaran el salón, las conversaciones y las risas agradablemente despreocupadas resonaron en su mente y una sonrisa imperceptible se asomó por la comisura de sus labios, el recuerdo de sus propios días de escuela vividos en sus pensamientos.

Su cabeza se movió en un gesto de negación mientras se inclinaba para comenzar a recoger su saco de dormir, hundió el rostro en la suavidad de la tela acolchada de su inseparable bolsa, disfrutando de la sensación pacífica que reflejaba en su persona. Comenzó a caminar por los pasillos repasando mentalmente sus quehaceres para esa semana, tenía mucho trabajo por delante y eso sumado a sus asuntos personales resultaba con más cosas para equilibrar en sus horas libres.

EraserHead dejó caer los hombros en agotamiento mientras los concurridos pasillos lo llevaban al salón de profesores, la vista de PowerLoader sumido en su trabajo y el rostro concentrado de Sekijiro frente a una computadora lo recibieron inundando sus sentidos con los conocidos aromas de sus compañeros de trabajo. La tensión que había estado cargando durante el día se desvaneció ante la perspectiva de personas conocidas en las que había aprendido a confiar, sus lento andar lo llevó al sofá más cercano después de dar un desapasionado saludo.

No tomó mucho tiempo para que cayera en un sueño ligero.

"¡Shouta!". El murmullo de los demás maestros rondando por el lugar acompañó su descanso hasta que la familiar voz de Nemuri resonó por la habitación con la misma cantidad de energía que nunca parecía acabarse. Entreabrió los ojos para mirar la sonrisa que se extendía por su rostro como presagio de innumerables desgracias para su persona, no creía que pudiera equivocarse.

Ya estaba rodeado de personas demasiado ruidosas.

La carcajada que abandonó los labios ajenos sólo confirmó su suposición, la heroína pelinegra tomó asiento en el brazo del sofá adquiriendo una postura relajada. "Vamos, no pongas esa cara de gruñón ¡Hay que disfrutar de la vitalidad de cada día!". No se tomó la molestia de incorporarse de la posición en la que estaba, demasiado cómodo para tomar asiento correctamente en el mueble, un nuevo suspiro escapó de sus labios con la resignación escrita por cada rincón de su rostro adormilado. "No es algo que disfrutar… ¿Qué pasa?". Su estado de ánimo se reflejó en su voz, pero eso no pareció disuadir a su amiga en su labor de mantenerlo despierto.

"¿Tengo que tener una razón para venir a molestarte?". Una expresión dramática decoró las facciones delicadas de la heroína con calificación para mayores de 18 años; Midnight tarareo una melodía pegadiza que había escuchado esa mañana en la radio y se estiró en el cómodo mueble. "¿Cómo ha estado el pequeño Itachi? Han pasado unas semanas, me preocupa que no quiera hablar de lo que sucedió, los niños pueden ser crueles a veces". Las palabras ajenas despertaron un mayor interés en la conversación que se estaba desarrollando, apretó los labios y se re-posicionó en el sofá para captar la mirada ahora más seria de la pelinegra.

"Ya intenté hablar con él". La resignación en su voz fue clara, esa conversación no había salido como había planeado, su hijo era una persona tranquila, nada parecía molestarlo en comparación con cosas que otros niños podrían encontrar frustrantes. Las palabras del niño habían sido sinceras cuando lo miro a los ojos y con total normalidad corroboro los hechos narrados por Hizashi; al principio había estado preparado para alguna lucha o la negativa a expresar ese comportamiento a los maestros, pero el cachorro aceptó la sentencia con un asentimiento y dijo: Aprender de los errores es bueno, así evitamos dañar a los demás.

"Itachi es un niño inteligente…" El susurro fue lo suficientemente alto para que la heroína con la peculiaridad de sonámbulo lo escuchara, su voz irradiando una vulnerabilidad raramente vista en otro ámbito, sus propias manos se apretaron con frustración y el gesto de ansiedad obvia en sus acciones. Su mirada se perdió en un punto lejano de la habitación por un momento, el pensamiento de lo que podría hacer para ayudar a su hijo ocupó su mente con una desesperación abrumadora.

"Espero que tenga la confianza para hablar con nosotros". Un suspiro derrotado salió de sus labios, aún le quedaba mucho que aprender de la paternidad, pero esperaba estar haciendo un buen trabajo por ahora. Su mirada volvió a encontrar a su compañera de trabajo, su expresión volviendo paulatinamente al cansancio que siempre mostraba en su rostro.

Shouta observó a su amiga resoplar extendiendo un brazo y palmeaba audazmente su espalda. Se encorvo en su asiento mientras Nemuri negaba con la cabeza. "Ya eres un buen padre, ambos lo son… y seguro nuestro pequeño gatito sabe cuánto se preocupan por él". Las palabras agradablemente optimistas no hicieron mucho por tranquilizar su creciente cúmulo de preocupaciones, nunca se había caracterizado por ser una persona enteramente optimista, prefería seguir el orden lógico en las acciones que desarrollará en la vida y eso muchas veces causaba que le costará comprender el comportamiento poco racional.

Estaba rodeado de personas irracionales.

Y, aun así, la esperanza ante la declaración ajena creció en su interior.

Esperaba que fuera cierto.

Se recostó en el respaldo del sofá y cerró los enrojecidos ojos mientras el retumbar de la campana marcaba el final del receso, el tiempo volaba cuando menos lo esperabas. Sus manos se apoyaron en sus rodillas y se impulsó hacia adelante para levantarse del lugar que había ocupado hace unos minutos. "Es tarde…". Murmuró simplemente como despedida, camino con la misma pose desgarbada por la que era confundido con un vagabundo, sus lentos pasos se detuvieron en el umbral de la puerta y exclamó con cansancio. "Gracias".

Abandono a tiempo el salón de maestros, pero aún pudo escuchar los gritos entusiastas de la pelinegra.

Shouta negó con un movimiento de cabeza mientras se dirigía a su aula.

Midnight siempre iba a los extremos.

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.

Un instante puede definir la vida.

Itachi lo sabe muy bien.

Un segundo mal calculado o una decisión mal tomada puede cambiar todo lo que los rodea. Hace mucho tiempo, cuando vagaba sin rumbo por la tierra de fuego en los raros momentos libres que poseía desde que se unió a Akatsuki, escucho un dicho que se asemejaba mucho a la vida que todo ninja llevaba, era gracioso como los civiles pueden acertar en algo tan cercano a la vida de un shinobi.

La calma viene antes que la tormenta.

Incluso cuando era un ninja renegado sabía que no podía confiarse, cualquier situación podría traer la inevitabilidad de la muerte. Ahora en cambio, después de mucho tiempo viviendo en una relativa paz que se centra en una existencia despreocupada, la tranquilidad lo había empezado a alcanzar. Sería mentira decir que no se confió, era más inteligente admitir sus propios errores y luchar para evitarlos nuevamente, al menos, si la situación actual le permitía seguir vivo otro día.

Todo había comenzado tan rápido.

Lo impredecible tenía la tendencia de aparecer con una fuerza feroz capaz de hacer temblar al más fuerte.

El día soleado se arrastró por el firmamento como cada mañana en esa temporada, la escuela era un bullicio predecible con la emoción de uno de los paseos escolares designados para el aprendizaje de las profesiones. En esa ocasión, su clase recorrería la ciudad en una pequeña excursión hacia la librería más cercana de la zona, las calles que solo veía cuando salía con sus padres parecían más grandes que nunca, se tomó el tiempo de ver todos los lugares y catalogar en un mapa mental su alrededor.

La maestra guió el camino mientras procuraba la seguridad de todos sus estudiantes, el bullicio de la ciudad amortiguaba las voces de sus compañeros mientras los mismos comentaban con el entusiasmo típico para la situación en la que se encontraban. Las calles aledañas a su centro educativo eran tranquilas, las primeras cuadras no variaron mucho hasta que llegaron a la avenida donde comenzaba a haber más tráfico y las zonas residenciales daban paso a edificios y puestos de venta.

No podía comparar el viaje con nada porque simplemente, era algo tan diferente a lo que estaba acostumbrado, un giro curioso de los acontecimientos que le brindaba más información de cómo trabajaba el mundo que lo rodeaba.

Una experiencia única.

Las personas circundantes se movían rápido, caminando en dirección a sus centros laborales, y no por primera vez, Itachi se encontró estudiando a todos los seres que los rodeaban con un interés verdadero reflejado en su rostro. Aun cuando las cinco grandes naciones shinobi tenían una variedad de Kekkei Genkai, no muchos se reflejaban en la apariencia de sus usuarios con normalidad, ahora en cambio, podía ver distintas peculiaridades manifestadas de manera física sin necesidad de buscarlo específicamente.

Era agradable.

La diversidad que lo rodeaba nacía de un mundo donde se vivía en relativa armonía, la delincuencia y los villanos existían, pero en el polo opuesto, no había una ambición tan masiva como la de Orochimaru o Danzo al momento de interesarse por poderes que necesitaban controlar, e incluso el odio al que se vieron expuestos algunos usuarios del límite de línea de sangre en algunas aldeas.

Por un segundo, un breve y efímero segundo pudo pensar que este no era un castigo del destino por sus muchas fallas.

Sus cavilaciones fueron interrumpidas por un golpe en la parte posterior de su cabeza. Sus reflejos aun en entrenamiento no se movieron lo suficientemente rápido para reaccionar, una risa infantil estalló justo a su lado y sin ninguna mirada a la persona que lo atacó supo al instante de quien se trataba. "Ja! ¿Qué pasa sin peculiaridad? Deja de andar por las nubes". La malicia mordió cada palabra que fue dicha, el usuario de la peculiaridad magnetismo siguió hablando mientras caminaban tras la estela de los demás alumnos.

Un suspiro salió de sus labios, la ocupada profesora daba instrucciones y los incentivaba a hacer preguntas, razón por la cual las acciones de su compañero pasaron desapercibidas ante los ojos de todos. Se movió lo suficiente para encarar al niño que había ignorado todo ese tiempo, buscó en su memoria, y se reprendió por haber pasado por alto aprender los nombres de sus compañeros de clase.

La distancia solo trae dolor…

Sabía lo malo que era ser ajeno a las personas que los rodeaban, tendría que trabajar en corregir esa conducta suya, además recolectar información a través de las interacciones sociales era más fácil para comprender todo lo que lo rodeaba, aunque ya se hacía una buena idea del mundo a su alrededor. Sería difícil, estar acostumbrado a la distancia y las nulas relaciones amicales desde su estadía en Akatsuki lo habían dejado con poca o ninguna habilidad social, aparte del silencio que mantenía de sus camaradas y el miedo que su sola presencia significaba para incluso los criminales de clase S.

Sus labios se separaron, lo suficiente para que el nombre del otro niño se escuchara en un susurro, agradecía su buena memoria para lograr obtener la designación que necesitaba en ese momento. "Kohaku…". Su voz suave e infantil se perdió en el alboroto que inundó las calles y llenó sus oídos con los repentinos gritos de las personas escuchándose a la distancia.

Algo golpeó fuertemente cerca de su ubicación haciendo estremecer el suelo en el que se encontraba, sus pies inestables en el suelo tropezaron con el movimiento generado, escombros de una pared cayeron hundiéndose en la acera y dejando un crujiente cráter como evidencia del delito. A su lado, su compañero de clase había caído al suelo y lloraba abiertamente, en la distancia, podía escuchar a la maestra pronunciando sus nombres entre la acumulación de polvo que los rodeaba como una manta que cubre el cielo.

Una pesadilla viviente.

Es irónico, una verdadera parodia del destino ante su total inutilidad para enfrentar la amenaza que se alzaba sobre sus cabezas. Antes, estos hechos no hubieran significado nada para el ninja entrenado de clase S que había vivido interminables batallas con igual o mayor intensidad. Ahora en cambio, con un cuerpo endeble y sin las cualidades físicas que se requerían para las maniobras que conocía, no le quedaba más que someterse a su destino junto con los compañeros de clase que buscaban la seguridad cerca de la única maestra que los acompañaba.

Itachi no podía soportarlo.

Lo odiaba.

La sensación de debilidad nunca había sido algo que experimentase, aun cuando era un niño en su anterior infancia. Su destreza en batalla lo llevó a ser catalogado como genio, e incluso graduarse mucho antes de lo esperado en la academia, vio el horror de la guerra de primera mano y sintió el frío toque de la muerte en más de una ocasión, fue un guerrero, un infiltrado y un asesino.

Vulnerable, débil o frágil nunca fue asociado con el Uchiha responsable de la muerte de todo su clan.

Y, aun así… ahora lo era.

Un niño cuidado y protegido por su familia, personas demasiado suaves para impartir la disciplina esperada en el mundo ninja. El fugaz pensamiento de que ahora podía ser tan fácilmente herido como un civil sin ningún entrenamiento asaltó su mente y creó un profundo foso de ansiedad en su interior. Era un pacifista, siempre lo seria… pero, cuando la muerte, una vieja conocida, volvía a mirarte a los ojos con su agradable voz como un hechizo para atraer a los indefensos, empezaba a pensar en lo útil que sería volver a poseer el poder por el que fue conocido.

En su vida pasada, Itachi había abandonado todo su ser por un bien mayor, su propósito se había cumplido con la satisfacción de que su hermano había tenido un cierre al doloroso pasado al que lo condujo con sus acciones, y un futuro para la aldea que tanto amo. Todo lo que lo rodeaba siempre iba un paso delante suyo, su propio bienestar era una cosa pasajera que solo era necesario para seguir con los múltiples planes trazados por sus superiores.

Aun así, no se arrepentía.

Nunca lo haría.

Porque en su corazón ese había sido el escarmiento para sus múltiples crímenes, nada lo cambiaría.

Nunca.

Un hecho tallado en piedra y cimentado con su propia sangre.

Pero ahora, en esos precisos momentos quería ser un hombre egoísta…

La vida te da múltiples sorpresas, cada día es un misterio esperando ser resuelto y para Itachi, eso había ocurrido en cada instante de su nueva vida. Es extraño, cuando piensas que el dolor se sobrepone a todo lo que se encuentra a tu alrededor, algo puede llegar a cambiar, y para él, eso fue su familia. Antes, la ardiente desconfianza del resto del pueblo con su clan y la sombra recurrente del ataque del zorro como una estaca clavada en las almas de quien miraba, había creado una exclusión que no fue notoria hasta que todo estalló como una infección peligrosa y supurante que solo presagiaba dolor a su paso.

Itachi amaba a Mikoto y Fugaku, eso era un hecho innegable, pero al mismo tiempo no estaba ciego a las múltiples fallas que podía encontrar en su vida cotidiana. Él era consciente del cariño de sus progenitores, pero muchas veces las acciones demuestran más que las palabras; recapitulando en su existencia como Uchiha, la mayor parte de su vida tuvo la figura de un severo líder de clan, y una kunoichi que extrañaba el campo de batalla, en el lugar donde deberían estar sus padres.

Él mismo trató de proteger a Sasuke de esas interacciones.

Pero nadie lo protegió.

Por otro lado, ahora poseía una familia que se preocupa verdaderamente por lo que necesitara y su dolor no pasaba desapercibido cubierto por entrenamiento o misiones necesarias. La primera vez abrió los ojos en esa nueva realidad y fue consciente de lo que significaba volver a nacer, no supo verdaderamente que esperar de Hizashi y Shouta. En un principio, la vida le había mostrado lo peor de la humanidad y las respuestas existenciales de la vida misma habían sido aprendidas de la manera más impropia, pero del mismo modo tenía la inusual esperanza de sobreponerse al sufrimiento nuevamente con el fin de ver a Sasuke.

Lástima que sus ilusiones fueran en vano.

Porque en este mundo tan distinto, su querido hermano no existía.

Hubo un tiempo en que hubiera dejado que la tristeza lo embargue, en principio nunca había sido una persona verdaderamente animada, pero la curiosidad que surgió con cada nueva extrañeza expresada en esa existencia ayudó a sacarlo a la superficie. En el momento que empezó a prestar más atención, sus siempre presentes padres estaban a su alrededor, el alfa alegre que no dudaba en hacer las cosas más extrañas para sacar sonrisas evasivas o traer un ambiente ameno a su alrededor; y el omega incómodo con las emociones pero que extrañamente era el primero en mostrar su afecto cuando se requería.

Era un sentimiento inesperado.

Pero, poco a poco descubrió que su corazón destrozado por los eventos adversos de antaño empezaba a sanar con el cariño brindado. Es gracioso, como a pesar de su negativa a esa inesperada resurrección, ahora empezaba a notar como el cariño crecía en las personas menos pensadas. Antes, cuando fue un Uchiha su razón de vivir fue proteger a su hermano menor, una vida inocente que no merecía el dolor del mundo que lo rodeaba, y ahora empezaba a sentir esa fuerte necesidad de protección con los nuevos padres que tenía.

Por un momento, los recuerdos de años anteriores aparecieron en su mente como una película de toda su vida, su corazón latió más rápido al darse cuenta de que su propia extinción causaría más daño a las personas importantes en su vida. Hizashi y Shouta lo amaban de verdad, un sentir incondicional y sincero que no esperaba nada a cambio, algo tan puro que le hizo recordar su deseo de mantener seguro a Sasuke.

Fue extraño.

Difícil de descifrar en otras circunstancias, pero en ese instante, donde su vida corría peligro logró entenderlo.

El fuerte estruendo volvió a resonar, y los gritos angustiados de las fuerzas policiacas se oyeron con la prisa desesperada de acordonar la zona. Fugazmente se preguntó si el héroe de turno llegaría a tiempo para salvar a todos los civiles que escapaban. El mismo, tenía el impulso de mantenerse con vida, sus oscuros ojos dirigieron una mirada evaluadora a su compañero de clase, el pánico era claro y no dudó en extender la mano para incentivar al otro niño a levantarse, tenían que moverse pronto.

No quería ser el responsable de las lágrimas en los rostros de sus padres.

"Niños inútiles… ¡Fuera de mi camino!". La declaración fue fuerte, proveniente de una voz común que se esforzaba por que se escuchara frente a todo el caos. Sus ojos se dirigieron a la amenaza por unos minutos, identificar al hombre responsable del caos no fue difícil, las esferas de energía eran notoriamente la causa de las explosiones cercanas, aunque la apariencia simple del delincuente lo hacía pensar en un villano que perdió el control de su habilidad en la desesperación.

Una maldición se deslizó por sus labios, el nuevo ataque se dirigía hacia su posición y no podía visualizar ninguna ruta de escape disponible. El poder rezumante en las manos ajenas era una sentencia de muerte clara, sus dientes se apretaron con fuerza y en ese preciso instante la inevitabilidad de todo se cernió como agua helada recorriendo sus venas.

La fría sensación de desesperación se asentó en su alma.

No había sentido tal cosa desde la vez que se arrojó de un acantilado.

Lo detestaba, porque significaba que nada había cambiado.

Su existencia nunca podía ser pacífica.

La crueldad del mundo seguía extendiéndose como una enfermedad que carcomía todos y cada uno de los rincones que estaban a su alcance, una certeza indetenible que amenazaba la sociedad como una sombra en la historia de la humanidad. Una prueba tangible de que el dolor continuaba en este mundo que parecía tan idílico a primera vista, nunca había caído en la ilusión de bondad que se presentaba, pero había esperado que el mundo trajera un cambio mejor del que había tenido el pasado.

Todo seguía siendo un proverbial infierno en la tierra.

Un caos, imprudente y descuidado reflejado por la misma avaricia y crueldad de los corazones de la humanidad.

Y, aun así, quería creer que todo podía ser mejor.

Dicen, que las experiencias vividas son las que moldean a las personas y para él, un antiguo renegado, asesino y traidor aun creía que el mundo podía encontrar la redención. De todos modos, no todo era blanco y negro, la vida tenia matices de diversos colores que podían contar historias diferentes desde muchos puntos de vista.

El mismo era un ejemplo claro de ello.

A pesar de sus acciones pasadas, el destino mismo le había dado la oportunidad de resarcir sus faltas.

Una familia que proteger.

En esta época podía hacerlo mejor, y estaría condenado si no hiciera su mejor esfuerzo por evitar el dolor en personas que le brindaban tanto cariño como él nunca había experimentado.

Una sensación de punzante ardor recorrió sus oscuros orbes, todo a su alrededor cambió, sus ojos adquirieron una mirada más detallada que hace unos minutos. Desde que descubriera su don, había dedicado parte de su tiempo a la práctica, un nuevo poder siempre requería de un periodo de adaptación y entrenamiento. Aun así, esa labor nunca estuvo en la parte superior de su lista, todos los eventos a su alrededor lo distrajeron lo suficiente como para encontrar algo mejor que hacer con su tiempo.

El entrenamiento físico fue una forma de relajación conocida y esperada, un momento para despejar su mente y encontrar calma. Su don en cambio, resultó en un recuerdo doloroso que asemejaba su pasado. Le costaba admitirlo, pero un miedo inconsciente se había extendido por todo su ser; el dolor, la oscuridad rodeándolo como una eterna noche y la sangre deslizándose por sus mejillas en una burda imitación de las lágrimas que hace mucho lloro.

Simplemente, era algo que había querido evitar.

Pero ahora no era el momento de ignorar su única ventaja.

La brillante perspectiva de las vibrantes, únicas y excepcionales imágenes que sus ojos captaron con la intención de una batalla en ciernes, lo rodearon en la reproducción de un gesto de gentil bienvenida.

Inhalo y exhalo lentamente.

Todo a su alrededor resonó como eventos inconexos, la sola perspectiva de causar dolor a las personas que le importaban trajo los sentimientos que reprimía tan fuertemente a flote. Los sentimientos siempre fueron un tema delicado en cuanto a los Uchiha, no existía algo más peligroso que la pasión ardiente que podían poseer los pertenecientes a uno de los clanes fundadores de Konoha.

Y aunque ya no perteneciera a ese mundo, aun sentía enteramente con la fuerza de mil soles.

Volvió a inhalar y exhalar en busca de calmar las sensaciones que lo recorrían.

La percepción familiar de tener activo el poder tan similar a su Sharingan lo embargo, reconocería en cualquier parte la sensación que encontraba familiar en su persona. Sus ojos fijos en la escena que se desarrollaba frente a él captaron todos y cada uno de los escenarios que lo rodeaban. Vio el lento movimiento de los agentes de seguridad, la energía acumulada comenzando a desprenderse de los dedos de su atacante, y a lo lejos, una figura caía del cielo en cámara lenta con toda las vibras de un héroe que acudía en la ayuda de los más necesitados, lástima que no llegaría a tiempo.

La roja mirada busco la del delincuente y el mundo se detuvo.

El aire frío de la tarde recorrió su piel en la burla de una tétrica caricia, los transeúntes curiosos se mantuvieron en un silencio expectante, el miedo asaltando cada uno de sus rasgos cuando nadie hacía un solo movimiento. El sonido del metal de las armas de fuego resonó en un eco reverberante en manos de los policías que esperaban alguna indicación del héroe presente. El orden de la ley fue repentinamente revertido cuando el apoyo de los agentes se captó como la única fuente estable de información para actuar.

Un gracioso giro de los acontecimientos.

Itachi apretó sus dedos en un gesto compulsivo de ansiedad, sus extremidades buscaron de manera instintiva un arma que ahora no encontraría en su persona, algo impensable en otro tiempo, pero aceptado como norma en esta sociedad. Sus labios suavemente separados aspiraron aire para sus pulmones y al segundo siguiente su mente se sumergió en la ilusión creada para la persona que había atrapado, no fue nada elaborado y el control que normalmente habría sido algo tan fácil de usar ahora costaba cada gramo de su concentración.

La habilidad, aunque similar, seguía siendo diferente.

El recuerdo de hace meses volvió a sus pensamientos y un suave suspiro escapó de su persona cuando encontró que debería retomar la fuerza en su entrenamiento principalmente centrado en su don, su peculiaridad era algo que debería tomar como prioridad. Las batallas nunca se peleaban con armas desconocidas, para él la preservación de la vida era algo que debería seguir pese a todo, y su nueva meta auto-impuesta, ahora que había concluido con su existencia anterior era proteger a su nueva familia.

Porque los amaba.

Y el amor era algo muy peligroso, un arma de doble filo, pero también un motivo para seguir avanzando pese a los obstáculos que lo rodean.

El carmesí del cielo dio color a todo lo que los rodeaba, la figura del villano que los había atacado se encontraba inmovilizada en las profundidades de la tierra desierta, su cabeza lo único visible de su persona mientras sus gritos enojados retumbaban por el páramo infinito. Las estructuras destruidas daban un aspecto más lúgubre, las viviendas estaban abandonadas, sin el mayor rastro de vida a su alrededor y el llanto de los cuervos siendo un estruendoso ritmo de fondo.

La proyección astral de su persona se movió unos pasos, sus pies cubiertos por el familiar cuero de las sandalias Shinobi, y la repentina variación en su estatura le dijeron que su mente atrapada en el caos había traído el recuerdo de sus días como miembro de Akatsuki al frente de sus pensamientos, una situación inesperada que con su experiencia en Genjutsu no debería haber sucedido pero que, gracias a la poca madurez que sus ojos tenían fue posible.

Porque, cuando el cuerpo no puede alcanzar a la mente; por más conocidos que sean los movimientos, la condición de todo en un conjunto influye al final.

Irónicamente, volver a apreciar el aspecto que había poseído lo asombro y perturbó a partes iguales, desde su renacimiento había pensado mucho en todo lo acontecido, una amalgama de distintas fichas que componían su vida en un rompecabezas confuso. La existencia que ahora llevaba era algo que durante mucho tiempo había deseado, paz.

Libre de guerras y muerte.

Un edén.

Pero, aun cuando era todo lo que había deseado, nada de eso era lo que verdaderamente mantenía su ser arraigado a esta realidad, lo que en verdad había aprendido a querer y defender con cada gramo de su ser era la familia que se le había dado.

Ahora era hijo único, pero amaba a sus padres con la misma intensidad de lo que había hecho con su hermano.

Detuvo su caminata cuando estaba a solo unos pasos de otro hombre, estudió la desesperación plasmada en su rostro como un evento conocido, antes había visto el mismo pánico en distintos ojos. "¡Maldito! ¿Quién eres? ¿Qué pasó?". El estridente grito rompió el silencio, pero no digno la declaración con una respuesta, su mirada se desvió del prisionero e inspeccionó su atuendo con el mismo sentimiento que lo rodeaba. Las nubes rojas plasmadas en su ropa le devolvieron la mirada con la burla de la sangre tiñéndose como una promesa reflejada por sus acciones de antaño. Su incapacidad para defender lo más preciado en su vida rebotó en su corazón magullado por las experiencias vividas y las últimas palabras de Mikoto y Fugaku Uchiha resonaron en sus oídos.

El dolor brillo en sus ojos y apretó los dientes con la impotencia que sentía.

La voz fuerte y desconfiada lo trajo de nuevo a la estabilidad, la ilusión creada por sí mismo comenzando a derrumbarse en su propia creación. El prístino cielo rojizo se agrieto con el horrible traqueteo de un cristal roto, las fisuras creadas por su poco control se extendieron hasta comenzar a desmoronarse sobre sí misma como un castillo de naipes.

"El tiempo se acabó". Sus labios se movieron en un murmullo que fue audible gracias al silencio impactado por la creciente destrucción. Ignoro totalmente la presencia del villano en su poder y centró su atención en el mundo exterior, podía escuchar el asombro condensado de todos los presentes, el sonido de los grilletes metálicos anti-peculiaridad resonando a lo lejos y supo que no habría más peligro.

Suspiro, y todo se desvaneció en un impacto atronador que golpeó fuertemente en la conciencia de los que merodeaban en la ilusión. Sus ojos se abrieron a un cielo azul con mullidas nubes que flotaban sin prisa, su cuerpo se tensó y el repentino mareo que sacudió su mente cuando intentó incorporarse fue el disuasivo perfecto para que permaneciera acostado.

Sus párpados se entrecerraron y parpadeo, puntos de colores brillaron en una lluvia cegadora que atacó sus sensibles retinas con una punzada de incomodidad que lo obligó a cerrar los ojos con el cansancio exclusivo de un agotador momento. Sus pestañas descansaron en sus mejillas y busco la calma que no sentía cuando la sensación caliente de espesa sangre se deslizó entre sus orbes cerrados.

Grito.

Y no había nada que lo hiciera parar.

.

.

Shouta sabía que nada podía ir realmente bien.

Había un incesante sentimiento que golpeaba en su mente con la amarga realización de sus instintos corriendo demasiado activos en una situación donde todo lo que era le gritaba que protegiera. Para un omega convertido en héroe, el ansia resultante de sus propios instintos era demasiado difícil de controlar en ocasiones. Muchos encontrarían molesto, e incluso negativo la emoción que provenía de los más primitivos deseos de mantener a salvo su manada, pero para él, había sido algo que aprendió a controlar.

Hasta que no pudo hacerlo.

Y esta era la situación detonante.

El viento se sentía demasiado frío contra su piel, sus manos se apretaron, y el molesto pensamiento de que todo era su culpa recorrió cada fibra de su ser con una amargura demasiado familiar asentándose en el fondo de su estómago. Su teléfono había sonado cuando aún se encontraba en UA, al principio sopeso la posibilidad de ignorar la llamada y seguir con sus responsabilidades, pero sí había aprendido algo en sus años como profesional eso era nunca ignorar los intentos de comunicación, en especial porque su numero solo lo tenían algunas personas; su familia y oficiales de policía, entre ellos.

Agradeció haber atendido.

Porque, cuando escuchó del ataque que había sufrido la clase de su cachorro sintió que sus piernas se debilitaban y el mundo se venía abajo.

Era como ese día hace tanto tiempo.

Nunca pudo hacer nada para salvar a quienes amaba.

Le tomó menos de un segundo en recomponerse, su cuerpo trabajando en piloto automático mientras daba por terminada la clase y salía lo más rápido posible.

Después podía encargarse de informar a Nezu de su partida…

Alfa… Hizashi debe saberlo.

Lo necesito.

Un gemido estrangulado salió de sus labios, la necesidad de alertar a su compañero estaba presente, pero ese instinto fue rápidamente sofocado por la urgencia de estar cerca de su hijo. En la neblina abrumada de su desesperación descarto todo pensamiento y decidió que ese sería un asunto para sopesar después.

Corrió.

Corrió tanto como pudo.

Sus piernas se forzaron por ir más rápido, el hospital solo estaba a unas pocas cuadras ahora, a lo lejos pudo escuchar a las víctimas y autoridades rodeados de paramédicos que se apresuraban para brindar los primeros auxilios básicos a los heridos. Cada partícula de su piel se erizó con el anhelante deseo de tener a su cachorro cerca suyo, poder protegerlo del horrible escenario que se formaba con todos entrando en pánico.

Tú también estás asustado.

Gruño ante la molesta voz en su subconsciente que le recordó esa verdad, el mismo estaba entrando en una desesperación que no se calmaría con nada. A pesar de tratar de pensar con la racionalidad que necesitaba, su mente se estaba dejando llevar por el primitivo pensamiento omega.

Nunca había extrañado tanto estar en el deber de patrulla.

Estar en un caso, siempre te brindaba más maneras de sortear las reglas de la sociedad y los molestos trámites por los que tenía que pasar.

En estos momentos eso le serviría de mucho.

No quería volver a sufrir una pérdida.

No lo soportaría.

Ser padre le enseñó que, pese a todo y aun cuando ni siquiera pudiera desafiar los retos pelearía y se enfrentaría a cualquier peligro por irracional que sea, todo por defender lo más importante de su vida. Es irónico como una persona emocionalmente atrofiada como él podía desarrollar esa inmensa necesidad de cuidado, pero por algo sus amigos aseguraban que era un blando total. En conclusión, Shouta desafiaría a cualquiera que lastimara a su hijo.

Porque para todo padre esa es una misión indiscutible en la que no se puede fallar.

Un hecho incuestionable…

Del cual, había fallado…

Nunca había sido capaz de proteger a las personas que más le importaban.

"¡ITACHI!". El grito desgarrador salió de su garganta como un llanto crudo, muy pocas veces había sentido la desesperación que ahora estaba plasmada en su ser desde la última vez que había sufrido ese cruel sentimiento. El rostro de Shirakumo Oboro brillo dolorosamente en sus recuerdos con el eco de la pérdida resonando en su interior por su buen amigo.

Ahora, el dolor volvía a burbujear como una plaga recorriendo sus huesos.