Muchas gracias a todos por sus likes, estrellitas, favs, kudos, reviews y comentarios que me divierten y emocionan.
Sin más preámbulo les dejo con el capítulo que espero les guste y aprovecho para anunciar que estamos en la recta final de esta historia que se suponía sería un OS jaja.
Disfruten…
Regina se quedó en shock al escuchar la declaración que David acababa de hacerle. La impresión le duró apenas un par de segundos porque los ojos se le anegaron en lágrimas por el hermoso sentimiento que inundó su corazón con esa confesión. Y es que ella también estaba enamorada de él. No tenía dudas ya de ello y saberse correspondida la llenaba de una manera inexplicable.
Lo tomó del apuesto rostro con ambas manos y le estampó un beso tan apasionado que no tardó en dejarlos sin aliento.
—Te quiero, Regina —jadeó David sobre los tersos labios.
—También yo. Estoy enamorada de ti. —Enredó los brazos en el cuello del príncipe y se le acomodó sobre el regazo—. Creo que lo estaba desde hace tiempo, pero no me atrevía siquiera a pensar en ello —confesó, esbozando una bella sonrisa.
David le sonrió también, emocionado de escuchar que Regina sentía algo por él desde mucho antes de que estuvieran en aislamiento.
—Yo igual. —Empezó a acariciarle la espalda—. Confieso que me gustaba fastidiarte y crear situaciones donde tuviéramos que interactuar.
—David, ¿cuántos años tienes? —Regina le alzó una ceja haciendo evidente que reprobaba ese comportamiento. Él soltó una suave risa.
—Lo sé —dijo mientras asentía, asumiendo la culpa por su mal comportamiento.
La reina pasó sus dedos por el rubio cabello haciendo que él entrecerrara los ojos por el disfrute de las caricias.
—Inconscientemente lo hacía para tener tu atención —se justificó David.
—Ahora tienes toda, toda mi atención, encantador —susurró contra los labios del príncipe.
Regina movió las caderas con sensualidad y él la sujetó de ahí con ambas manos. Contrario a lo que pensó, no la detuvo, por el contrario, colaboró para aumentar la intensidad, procurando con ello estimular su miembro que poco a poco se fue poniendo erecto.
Se besaron con arrebato y pasión mientras eso sucedía. Regina volvió a aferrar el rubio cabello entre sus manos y le obligó a ladear un poco el rostro para exponer el cuello que besó y mordisqueó a su antojo.
Siseó con deseo en el oído del príncipe cuando le fueron dadas un par de nalgadas que la hicieron temblar por la sensación placentera que se extendió por todo su cuerpo.
—Oh, Dios —gimió gustosa cuando el miembro de David empezó a entrar en ella. Cerró los ojos y frunció el ceño, disfrutando de sentirse ensanchada y llena de esa forma tan íntima, tan única y placentera.
Se apretó con fuerza a su alrededor cuando lo tuvo todo dentro y por Dios que era maravilloso estar así con David. No quería que terminara, no quería que esos días de aislamiento llegarán a su fin. Quería quedarse ahí y así con él por siempre.
Sonrió al sentir los tibios labios recorriendo su cuello, sus hombros, su pecho. Los labios rodeando uno de los pezones para chupar con ganas. Eso la hizo echar la cabeza hacia atrás y ondular las caderas.
David sonrió con el endurecido pezón dentro de su boca. Le gustaba saber que lo que hacía le gustaba a Regina. Cambió de pezón y metió una mano en medio de los cuerpos de ambos hasta alcanzar el clítoris de la reina que se estremeció de pies a cabeza cuando lo estimuló.
—Joder… amo que seas tan sensible —dijo con voz gutural al sentirla apretarse con fuerza a su alrededor. Volvió a envolver el duro pezón con sus labios y chupó con fuerza.
Regina gimió y empujó las caderas hacia abajo con la intención de sentirlo más profundo en ella. El príncipe gimió también sin dejar de mordisquear, besar y succionar su pezón. Fue cuando elevó las caderas, sacando unos centímetros del proporcionado miembro de su interior. Luego bajó tomándolo todo de nuevo y repitió el movimiento una y otra vez mientras David cambiaba de pezón, dejaba su clítoris y le acariciaba la cintura, la espalda, las caderas y le apretaba las nalgas con ganas.
Regina aumentó el ritmo de las penetraciones. Podía sentir la humedad que emanaba de su interior con cada ir y venir. El placer era exquisito, pero necesitaba un poco más para llegar al orgasmo.
Y fue como si David hubiera adivinado sus pensamientos porque él mismo cambió el ángulo de sus caderas y ahora se frotaba con precisión contra ese punto especial en su interior que podía hasta llegar a hacerla delirar de placer.
Por su parte el príncipe estaba a nada de llegar. Los jadeos y gemidos de Regina junto con la forma en que se apretaba a su miembro, lo caliente y mojada que estaba lo tenían a punto. El placer era demasiado, pero no quería venirse antes que ella.
Así que empezó a elevar su pelvis a fin de sincronizar sus penetraciones con las de Regina y, el efecto fue instantáneo.
—Sí, sí. Así. —Encajó las uñas en el cráneo de David. Sus movimientos se volvieron erráticos porque no era capaz de controlarlos. Era como si su cuerpo cobrara vida propia—. Me voy a venir —gimió entre medio de los pesados jadeos.
—Sí, vente belleza.
Regina asintió porque no había nada más que quisiera hacer en ese momento. Quería venirse, su cuerpo estaba en el borde del abismo al cual ansiaba arrojarse.
Se tensó imposiblemente cuando alcanzó el orgasmo y él, no dejó de moverse, siguió golpeando con precisión ese punto especial dentro de ella haciendo que el placer la sobrepasara.
Fue cuando empezó a temblar de pies a cabeza e intentó huir de los brazos de David quien la envolvió entre los mismos para no dejarla.
—Oh, oh, oh…. ¡OOOH! —pudo gritar al fin. Su sexo convulsionó con fuerza sobre el palpitante e hinchado miembro que en ese instante empezó a llenarla con semen ardiente.
—¡Mmmghh! —gimió el sheriff y apretó los dientes mientras se descargaba dentro de la reina que seguía sufriendo espasmos por la potencia del orgasmo. Los ojos se le empañaron en lágrimas al sentirla aferrarse con fuerza a él y después buscar sus labios para besarle con entrega y… amor.
—No quiero que esto termine —dijo Regina con una vulnerabilidad que ni siquiera recordaba que poseía.
—Esto no va a terminar jamás —prometió, apoderándose de los tersos labios que besó con pasión.
Se quedaron abrazados en esa misma posición, con David aún dentro de Regina, ambos proporcionando tiernas caricias al otro mientras los pájaros cantaban y revoloteaban en los árboles.
—¿Ya vas a decirme por qué dijiste mi nombre la otra noche?
Regina se hizo un poco hacia atrás para poderlo mirar a los ojos. No podía creer que en medio de ese romántico y único momento le estuviera preguntando eso precisamente.
—¿En serio? —preguntó, alzando una ceja con elegancia.
—Quiero saber —frunció el ceño, pero no dejó de sonreír con ese encanto tan suyo que lo caracterizaba. Se mordió el labio inferior con emoción cuando la vio cerrar los ojos y soltar una suave risa que inundó su corazón. Soltó un largo suspiro mientras la admiraba.
La reina estiró los brazos que seguían alrededor del cuello de David e hizo una mueca pensativa.
—Estaba conflictuada por tener que estar bajo el mismo techo que tú. —Lo miró a los ojos. Las manos del sheriff le acariciaron el cabello—. Así que, para liberar la tensión, decidí masturbarme. —Apretó con fuerza su intimidad y vio con satisfacción el estremecimiento que causó en él. Se acercó a su oído derecho—. Sí, lo hice pensando en ti. —Movió las caderas en círculos.
—Sííí —gimió David con ardor desde el fondo de la garganta, con su miembro despertando de nuevo en el ardiente y estrecho interior de la reina que le apretaba con fuerza.
David no tardó nada en estar duro otra vez. Regina podía sentir la rigidez y el grosor de la erección del apuesto príncipe. Elevó las caderas sacándolo casi por completo y descendió con lentitud. Una y otra vez, en un ritmo que más bien parecía una tortura para él que se empezaba a quejar en medio de los gemidos y jadeos que lanzaba.
—En qué habría pasado si esa noche te hubieras quedado. En cómo me tocarías y qué se sentiría tenerte dentro. Llegué al orgasmo y grité tu nombre —le contó sin dejar de moverse.
—Jodeeeer —gimió gustoso al imaginarla.
—Y entonces entraste y lo arruinaste todo. —Se levantó, caminó por el colchón, bajó y se apresuró hacia el baño.
Fue alcanzada por él. La rodeó por la cintura, le besó el cuello con ardor, la alzó y, a pesar de sus protestas, la metió en la ducha que abrió sin demora dejando que la fría agua los bañara a los dos.
—¡¿Qué haces?! —reclamó Regina hiperventilando.
David no respondió, solo se apoderó de su boca y la reina no puso objeción. Respondió y acarició el masculino cuerpo de la misma forma que él acariciaba el suyo. Terminó colapsando de frente contra el azulejo del baño al llegar al orgasmo, con el príncipe, que la estuvo penetrando desde atrás, gimiendo y gruñendo en su oído, apretándole los senos, vaciándose con fuerza en su interior.
Los siguientes días fueron como un sueño para Regina. Amanecer acomodada en el pecho de David, con los fuertes brazos rodeándola. Besos y caricias matutinas, duchas compartidas, sexo en casi todos los rincones de la Mansión, pláticas banales y significativas.
Estaba descubriendo mucho más del príncipe y, para su sorpresa, ella se estaba abriendo con él como nunca antes lo había hecho. Ni siquiera con Archie cuando intentó un poco de terapia. David la escuchaba con atención y no la juzgaba, por el contrario, intentaba comprenderla y la acompañaba.
Trabajaron juntos los asuntos de la alcaldía y la estación, encontrándose con una dinámica muy agradable de trabajo conjunto que Regina nunca imaginó podría tener con alguien. Siempre hacía todo ella sola y esperaba lo mejor de los demás a la hora de desempeñar su trabajo. Los informes de la estación debían estar impecables y ahora notaba que David fallaba en ellos a propósito para molestarla porque era muy bueno en esa labor.
—En verdad que esto está buenísimo —dijo el príncipe, degustando la sidra que Regina le ofreció—. Ya quiero probar la nuestra.
—Debemos esperar algunas semanas —murmuró pensativa. Bebió otro sorbo de sidra de la elegante copa en su mano—. ¿Cómo crees que lo tomen Henry y Emma? —preguntó de pronto volteando a verlo. David le sonrió de medio lado y le pasó los dedos por el cabello en un claro gesto de cariño.
—A Emma no le permitiré queja alguna. Es una adulta, debe entender —aseguró.
—Me da miedo que Henry lo tome a mal y quiera alejarse de nuevo —comentó con tristeza. El príncipe la tomó por la barbilla, le alzó el rostro y se inclinó para besarla.
—Le vamos a explicar que nos queremos, que estamos enamorados y que queremos estar juntos sin importar nada.
Regina asintió y besó a David despacio, disfrutando de sentir los labios rosados contra los suyos. Era increíble lo bien que él la hacía sentir y el poco tiempo que le bastó para contarle todo de ella. No había ya nada que el príncipe no supiera sobre su pasado, sus miedos, sus sueños y anhelos. Y él, la estaba aceptando con todos sus defectos y virtudes.
Para mala suerte de ambos, el día catorce llegó mucho más pronto de lo que imaginaron y con ello el final de esa perfecta burbuja que les sirvió para acercarse y darse cuenta lo que verdaderamente sentían el uno por el otro.
—No quiero que te vayas —murmuró Regina, con el bello rostro enterrado en el pecho de David. Estaban abrazados sobre las sábanas de seda en la habitación de la reina.
—Será solo hasta que Henry se haga a la idea —le recordó lo que habían acordado. Le besó los perfumados cabellos donde él mismo enterró el rostro aspirando el delicioso aroma que despedía, tratando de memorizarlo para poder conciliar el sueño durante las noches que estaría sin ella.
Esa noche hicieron el amor sin descanso. No hubo rincón del cuerpo del otro que cada uno no explorara. Parecía como si ambos quisieran memorizar cada centímetro de la piel del otro.
David enterró su lengua en la cavidad vaginal de Regina que estaba en cuatro sobre la cama. Era la tercera o cuarta vez que despertaban para hacer el amor. La reina ronroneaba contra las almohadas y se empujaba contra la ávida lengua que la penetraba. De pronto abandonó su interior y se dedicó a besarle el sexo con pasión. Lamiendo todo a su alcance, tomando porciones de sus pliegues entre los labios para chupar un poco.
Entonces la penetró con dos dedos. Lo hizo con delicadeza permitiéndole amoldarse al grosor poco a poco conforme se los metía. Cuando los tuvo dentro por completo, los sacó y metió emprendiendo un suave ritmo. Los movía de pronto para aumentar la estimulación y Regina respondió soltando más bellos gemidos y ondulando las sensuales caderas. Colocó su mano libre sobre la nalga izquierda de la reina y la abrió, sacó su lengua y lamió el apretado anillo de músculos.
—¡Oooh! —Regina gimió con fuerza y contrajo el cuerpo de tal forma que los dedos salieron de su interior. Se dejó caer de lado sobre el colchón y le miró con el bello rostro encendido.
—¿No te gustó? —preguntó divertido porque sabía bien que la reacción había sido de placer. Aunque al parecer, la sorpresa le había ganado.
—Eres un pervertido —le sonrió de medio lado de la misma forma que él lo hizo: divertida, porque vaya que le había gustado, era sólo que le tomó totalmente por sorpresa.
Volvió a ponerse en la posición anterior, dejando todo de ella a la vista y a merced de David.
—Sigue —agitó el trasero y siseó de dolor cuando le fue dada una certera nalgada.
—Lo que ordenes, Majestad. —Enterró el rostro de nuevo en la intimidad de la reina, subió hasta la apretadísima entrada que empezó a lamer. La escuchó suspirar, pero esta vez no huyó del contacto, por el contrario, se relajó. Aprovechó entonces para penetrarla de nueva cuenta con sus dedos y la otra mano la usó para masajear el lindo clítoris.
—Oh, por Dios —gimió Regina presa del placer.
La insistente lengua presionando contra su entrada posterior, los dedos masajeando ese punto especial dentro de ella y los otros haciendo maravillas en su clítoris la tuvieron lloriqueando, gimiendo y retorciéndose en mucho menos tiempo del que esperó.
David dejó de estimularla cuando la sintió muy cerca del orgasmo. La reina se quejó, le soltó una amenaza que murió al momento en que la penetró de una sola y certera estocada.
—¿Decías, Majestad? —preguntó, mordiéndose el labio inferior ante la placentera sensación de estar dentro de ella.
Regina intentó moverse para penetrarse ella sola, pero las masculinas manos la sujetaron con firmeza. David se retiró despacio hasta que solo su glande estuvo dentro y se enterró de nuevo con fuerza medida, arrancando un ahogado gemido de la hermosa garganta que ansiaba como nada besar en ese momento.
La estuvo penetrando así por algunos minutos. Se llevó un pulgar a la boca para llenarlo de saliva y después lo llevó hasta el apretado anillo de músculos que masajeó escuchando con atención y gusto el cambio en los gemidos de Regina. Al parecer le gustaba y mucho.
Presionó con calma hasta que la entrada cedió y pudo meter su pulgar. Gimió porque la reina se apretó con excesiva fuerza sobre su miembro y empezó a empujar con fuerza contra él.
Lo único audible en la habitación eran los gemidos y jadeos de ambos junto con el golpeteo incesante de las nalgas de Regina contra la pelvis de David. El sonido de la evidente humedad por la excitación no se hizo esperar y fue ahí donde ambos se perdieron. Regina se alzó provocando que el pulgar abandonara su interior. Los brazos del príncipe se enredaron en su estrecha cintura y los rosados labios se apoderaron de su cuello.
La reina gemía abiertamente mientras se empujaba contra el pene de David que hacía lo suyo desde su posición, envueltos en la cadenciosa danza de sus cuerpos uniéndose una y otra vez al compás del ritmo que ambos imponían. Las manos del príncipe sobre el vientre de la reina, con los dedos rozando el punto donde nacía su notorio vello.
Hasta que llegaron juntos. Gritando el nombre del otro en medio de la oscuridad de la acogedora habitación. Regina se recargó en el pecho y hombro de David mientras este le besaba el hombro derecho, y la llenaba de ardiente semilla una vez más.
La reina agarró una de las manos del príncipe y la bajó hasta su intimidad, pidiéndole silenciosamente que la tocara. Él así lo hizo, complaciéndola, mientras Regina hacía un movimiento de cadera casi imperceptible, buscando prolongar el placer post orgásmico.
No pasó mucho tiempo para verse de espaldas al colchón con David sobre ella, penetrándola con ímpetu con las manos apoyadas al respaldo tal cual lo había hecho la primera vez. Cerró los ojos, dejándolo poseerla de esa forma tan desenfrenada y posesiva porque era simplemente delicioso.
—Hazme venir —pidió con entrega que hizo a David gruñir de deseo.
Y es que ¿cómo podía él negarse a esa dulce petición?
—¡Por favor! —suplicó alzando un poco las caderas para cambiar el ángulo de penetración.
Dios. El príncipe casi se viene ahí mismo. Regina, la orgullosa y terca reina del Bosque Encantado, Alcaldesa de Storybrooke, SU jefa, le había suplicado que la hiciera venir. Había dejado su orgullo y terquedad de lado para hacerle una petición a él, al idiota y encantador príncipe que estaba a sus pies.
Se inclinó para besarla, deteniéndose por un momento. La tomó de la nuca y le alzó un poco para poderla besar. La sintió protestar en medio del beso, pero es que no podía contener la emoción. La soltó e inmediatamente se empezó a mover, duro y rápido, tratando de llegar a lo más profundo en ella que gimió audible y favorablemente ante el cambio.
—Vamos, majestad. Vente para mí —demandó.
Regina se vino arqueando la espalda en un ángulo casi imposible. Abrió la boca en una "O" perfecta, aunque fue incapaz de emitir sonido alguno en lo que el orgasmo la azotó con fuerza feroz. Sollozó muy alto en medio del gemido que pudo articular cuando el aire regresó a sus pulmones.
David salió de ella después de su propio orgasmo en seco. Prefirió deleitarse con la hermosa vista de la bella reina temblando sin control debajo de él gracias al potente orgasmo que le había dado.
Cuando todo cesó, Regina sonrió jadeante y con ojos cerrados. Sintió un tierno beso en la mejilla y a David acomodarse detrás suyo. Los fuertes brazos la envolvieron por la cintura otra vez pegándola al tibio cuerpo. Soltó un largo suspiro y casi de inmediato se quedó dormida.
Regina despertó apenas los rayos de sol le dieron directo en el bello rostro. Abrió y cerró los ojos un par de veces intentando enfocar. Se pasó una mano por la cara, se estiró lo más que pudo y entonces se dio cuenta que David no estaba en la cama.
Se sentó de golpe constatando ese hecho. Se levantó para ir al baño a buscarlo, pero no lo encontró. Confundida tomó el albornoz del sillón cleopatra para cubrir su cuerpo desnudo y salió de la habitación.
—¡David! —le llamó, pero no hubo respuesta. Lo buscó en la habitación de huéspedes y se dio cuenta que no estaban las pertenencias del príncipe. Algo que solo logró alertarla.
Se dio la vuelta para salir del lugar y, como ya habían pasado los días de aislamiento, invocó su magia para quedar impecablemente vestida. Un vestido rojo entallado con escote discreto y que le llegaba a medio muslo. Medias negras y zapatillas altas del mismo color.
Bajó con prisa las escaleras dispuesta a salir de la Mansión para ir a buscarlo, pero la conocida voz la hizo detenerse en seco.
—Buenos días, querida —siseó con burla desde el comedor. Vio con satisfacción que Regina se daba la vuelta para encararlo mientras le lanzaba una furiosa y amenazadora mirada.
—¿Dónde está David? —preguntó enojada a su antiguo mentor. Ni siquiera le importaba saber cómo y por qué demonios había entrado a su casa sin permiso. Lo único de lo que estaba segura era que él tenía que ver con la ausencia del príncipe.
—Felicidades por seguir viva y haberte embarcado en la aventura de amar de nuevo a pesar de todo —siguió con su mofa.
—No estoy para juegos. Dime dónde está —demandó, con el cuerpo temblando ligeramente por la impotencia que sentía. Temía que le hubiera hecho algo y al mismo tiempo le reprochaba mentalmente que estuviera arruinando su intento por ser feliz. Una vez más.
—Lo encontramos muy grave en la madrugada —se puso de pie y se acercó a ella que retrocedió un par de pasos mientras negaba con la cabeza—. Al parecer sí se contagió y es muy posible que comiences a experimentar los síntomas tú también de un momento a otro.
—Eso es mentira —le contradijo con los ojos empañados en lágrimas ante el pensamiento de que David estuviera muy grave y con posibilidades de morir. Se sentía mareada con tan solo imaginarlo. ¿Es que acaso iba a perderlo a tan pronto de haber descubierto que lo amaba?
"No" se reprimió a sí misma, cerrando los ojos con fuerza en un vago intento por ahuyentar los malos pensamientos.
—Lo siento, querida. —Escuchó que el Oscuro le decía de muy cerca, y para cuando reaccionó, este le había colocado el brazalete negro que la dejó sin magia.
—¿Qué haces? —preguntó sabiendo que eso saldría muy, muy mal. Le miró con reproche, con el labio temblante y aguantando las ganas de llorar.
—Todo estará bien —dijo mientras movía su mano para hacer que Regina cayera en un sueño profundo.
David llegó a la Mansión y abrió la puerta de golpe con Emma siguiéndole de cerca.
—¡¿Dónde está?! —preguntó furioso mientras recorría la Mansión buscando y llamando a Regina. Cuando se convenció que la reina no estaba ahí, tomó a su hija de los brazos—. Emma, ¿por qué me estás haciendo esto? —preguntó sacudiéndola un poco.
—Papá en verdad lo siento. Ya te dije que Regina estaba muy mal y lo único que se nos ocurrió fue ponerte a salvo.
David la soltó y se dirigió a la salida de la Mansión.
—¡¿A dónde vas?! —preguntó alarmada sin dejar de seguirlo.
—A buscar a ese maldito engendro.
—¡No! —se paró frente a él para impedirle el paso.
—¿Qué crees que no me doy cuenta que me están mintiendo? —preguntó, mirando con rabia a su propia hija que le miraba suplicante—. Emma me enamoré de Regina. La amo y no puede ser que por esa razón nos quieran separar.
—No es eso, David.
—¡Entonces dime dónde está! —exigió.
—Tranquilo. Ya te lo dije, Gold y Belle se la llevaron a una clínica en Portland donde le están dando la atención necesaria. —Por Dios se sentía tan estúpida mintiendo así a su padre. Lo peor es que él no creía ni media palabra de lo que le decía y eso convertía la situación en algo absurdo y sin sentido.
—Llévame allá —exigió de nuevo, sabiendo bien que Emma le mentía. No sabía la razón por la cual lo hacía, pero llegaría hasta las últimas consecuencias con tal de reunirse con Regina.
—Sí, solo déjame llamar a Gold —asintió, tomó su celular y marcó el número del Oscuro mientras se alejaba un poco de su padre para que no escuchara.
—¿Ya? —preguntó.
—Sí, ya lo dijo —confirmó volteando a ver a David para asegurarse que no la estuviera escuchando.
—Bien. Nos vemos en la línea.
Colgaron y Emma se acercó de nuevo al furioso príncipe que no se había tragado ni una sola palabra de la mentira que le dijo. En cambio, estaba convencido que estaban haciendo lo imposible para tratar de impedir el amor que sentía por Regina.
Y sí, pero no. Es decir, era importante, pero no querían impedirlo sino todo lo contrario: lo necesitaban.
