Lamento grandemente mi ausencia por tantos años, mis queridos amigos del mundo.

Cuando inicié sesión en Wattpad y leí todos los comentarios a lo largo de este tiempo, se me puso el corazón chiquitito. Decir solo "gracias" no es suficiente por su constancia hacia esta historia que se desenredaba en mi cabeza y se volvía a enmarañar cada vez que intentaba continuarla. Espero que mi vuelta a Novilunio sea de su agrado.

Haré lo posible por hacerle justicia a la idea original de la chica de 17 años, llena de cientos de "¿y que tal si...?" en su cabeza; junto con la madurez de mis actuales 25 años, un poco menos sobre las nubes, pero con los mismos sentimientos intensos.

Les quiero un montón. Millones de gracias por su lealtad hacia esta historia.

PD: supongo que todos/as estamos de acuerdo con que Sylvie no tiene perdón luego del final de la serie… ¿cierto?... ¡¿CIERTO?!


Dentro de todas los dichos midgardianos, siempre me costaba entender lo que significaba sentirse en modo "piloto automático".

Claro está, su significado literal lo sabía: "sistema que permite controlar la trayectoria de un vehículo de forma autónoma y sin la presencia de un ser humano". Pero allí radicaba el problema o, de hecho, los problemas.

¿La consciencia es un sistema o solo es el ser mismo, lo que llaman espíritu o alma?; ¿vehículo se pudiera interpretar como la mera consciencia? Para no solo asumir que se refiere a cualquier objeto que permita una trayectoria establecida de otros objetos. Y lo último, pero no menos importante: ¿todo esto se puede cumplir solo si se es un ser humano?

Ciertamente cualquiera podría calificarme con cualquier título, menos humano. Unos más que otros…

Pero humano o no, ambos piensan, sienten…

Definitivamente unos piensan más y mejor que otros, por supuesto. Aunque, ¿y qué es entonces esa sensación en el pecho? La que hace que sientas que flotas; o la que nubla tus pensamientos y raciocinio; o la que te deja con un dolor indescriptible que, aunque mortal, no termina por hacerte perecer… sino que es inminente y profunda por días, meses… años. Hasta que se aligera. Piensas que ya no está, que todo ha vuelto a la normalidad.

Y luego cualquier simple hecho de la existencia misma activa ese dolor de nuevo, pero se siente distinto. Sigue siendo profundo y vívido, pero al apaciguarse nuevamente, te deja vacío. Con cada regreso, te deja con menos partes de ti de cuando inició hasta que terminas siendo solo una cáscara de huevo: hueca, seca y sin nada de valor en su interior.

Pues tan soso como cáscara me sentía cada vez que estaba alrededor de Vetr y Sigyn. Hija inocente y esposa vulnerada, respectivamente.

Sabía que Sigyn se merecía a alguien mejor que lo que quedaba de mí. Su devoción por Vetr es inmerecida en comparación por lo que ha tenido de soportar de mí: mi amargura por haberlo perdido todo, o al menos casi todo. Pensé que sería un buen ejemplo para Vetr si quien la criaba era mi esposa. Quizá la ayudaría a olvidar a su verdadera madre, ya que el hechizo que… que Ákærir me hizo hacer contra mi propia hija, no resultó.


Permanecí en silencio e inmóvil mientras El Consejo se terminaba de ubicar en sus asientos correspondientes. Sus chácharas no cesaban. Era como si no hubiera prisa o si lo que se hablaría allí fuera cualquier cosa.

Pero no era así: se decidía el futuro de mi esposa, mi Lisbeth a quien mi miedo y frustración me ha hecho sacar lo peor de mi con ella. Nunca pensé que la lastimaría, pero era como si alguien me estuviera controlando, porque antes de que pudiera pensarlo, ya había contestado a algo que no me había pasado por la cabeza.

Cuando la sujeté por los brazos de una manera tan fuerte, me sentía petrificado, pero en realidad mis manos seguían ejerciendo fuerza y en mi rostro se denotaba una satisfacción que no estaba acorde al pánico que sentía.

¿Qué estaba pasándome en realidad?

El penúltimo miembro de El Consejo cerró la puerta con firmeza. Eso bastó para que se hiciera presente un silencio inmaculado. Tal cambio me erizó la piel y aún más al notar que todos posaron su mirada inquisidora en mí sin siquiera pestañear.

Faltaba alguien. Barrí con la mirada a cada uno de los presentes. Sus miradas estaban vacías, incluso la del maestro Sáttasemjari, el más sensato de todos; ahora me observaba como si no supiera quién era o al menos no le importara.

¿Ahora qué se traen ustedes? —dije con la voz más serena, aunque firme, que pude.

No contestaron. La voz en mi cabeza fue quien se encargó de ello.

"Por ahora, ellos no tienen nada que decir, ni hacer. Todo depende de ti".

No puede ser… —susurré.

"Aunque lo digas lo más bajo posible, ellos, o de hecho yo, te escucho".

Quise salir de ese momento utilizando un hechizo, pero no moví ni un músculo.

Miré, con pánico, al resto de El Consejo, quienes parecían concentrados dentro de sus miradas sin vida. Claro, concentrados en poner todas sus energías en mantenerme inmóvil. ¿O es verdad que están siendo controlados, por alguien más?

Como si fuera un fallo de mi cerebro, vi por unos escasos segundos los agonizantes rostros de los maestros, como si suplicaran que les diera fin, hasta que luego de pestañear, volvía a verlos serios, pero con la misma mirada.

Sabía que algo no andaba bien conmigo… Maldito seas, Ákærir. ¿Cuándo me dejarás en paz? —dije entre dientes. Apenas pude pronunciar las palabras, ya que sentía una tremenda presión en todo mi cuerpo, como si me estuviera aplastando una montaña entera. Dolía, pero no como para matarme, pero la presión era abrumadora.

"¿Creías que harías lo que quisieras? Te advertí sobre salirte del plan establecido en tu destino. Te advertí que querrías desviarte del plan una vez lo conocieras, y aún así, me insististe que tenías la suficiente madurez como para comprender que debías seguir todo como estaba escrito. Debí seguir mi instinto y mi promesa a Odín, Padre de todo".

"Pero tuviste que hacerte el listo. Querías poder y ese deseo te llevó a Thanos y desde entonces, todo se ha liado con pocas maneras de regresarlas a como eran. Pero lo peor de todo fue que te enamoraras del único ser en el universo que no debías o sería un caos irremediable. Decidiste ir a por ella, por lástima y diversión, pero terminaste por sembrar sentimientos por el punto de quiebre, literal, de toda Asgard y quizá del resto del universo".

Eso es porque a Odín le dio la gana de escribirlo así. Ninguna fuerza externa lo hizo, sino él. Quienes le dan esa sensación de poder sobre todos y todas las cosas fueron tú y estos ancianos ilusos. Y te he demostrado más de una vez que soy más poderoso que tú, todos los presentes, hasta de Odín mismo. Yo quería escribir mi maldito propio destino.

"No hay fuerza que se compare a Sus designios, que provienen desde su padre, su abuelo y los dioses anteriores a él, miles de siglos atrás. ¿De verdad pensabas que tú, un simple desterrado enano de Jötunheim, podrías deshacer todo eso?".

Logré sonreír a medias dentro de mi inmovilidad.

Si fuera tan insignificante, no te habrías tomado la molestia de hacer todo esto, ¿o sí?

El Consejo se puso de pie y extendieron sus manos hacia mí, cuando intenté deshacerme de su control. El dolor incrementó, pero no pude ni emitir un sonido. El grito se estancó en mi garganta.

"Querías ser rey y claro que lo serás… o al menos tu cuerpo. Pero las decisiones principales serán tomadas por mí y con la energía del resto de El Consejo. Podrás comprender, que luego de tu juicio, en el que ellos se guiaron por las embrujadas palabras de tu mujercita, no podía permitir que siguieran dándote más poder del que está escrito que tengas. No hay hechizo que te haga deshacerte de nuestro control, menos a mis órdenes."

Lo único que pensé fue en Lis y en Vetr.

"Sí. Es momento de corregir ciertos errores".

Ni se te ocurra… hacerle daño a Lisbeth y a mi hija…

"Haré lo que tenga que hacer para que todo tome su curso original".

Perdí la noción del tiempo. Sentía que tenía demasiado tiempo así, en ese ritual cansino de El Consejo y de Ákærir, donde quiera que estuviera el verdadero, sobre mi voluntad; era como si me quedara dormido profundamente y luego despertara, pero seguía en la misma posición, en el mismo lugar y bajo el mismo control. Pensé y probé varios conjuros, pero cada vez que podía ejercerlo, me terminaba rebotando y causándome aún más dolor. Hasta que de repente, así como así, sentí como la presión se fue, pero fue reemplazada por una sensación… como si flotara. Y vi como me puse de pie sin yo siquiera pensarlo.

Bien. Tenemos mucho por hacer —dijo Ákærir con mi voz.

"Esto es imposible" reproché, pero sin emitir sonido alguno.

Ya no era dueño de mi propio cuerpo.

"O sea que toda mi ira, malas maneras y cómo las lastimo… ¿siempre fuiste tú?".

Sentí cómo mis labios se curvaban en una sonrisa.

La ira que surgió fue indescriptible y lo único que sentí fue como si mi sangre estuviera ardiendo, lo que era imposible. Solo podía ser testigo de lo que Ákærir, encargado de mi cuerpo, decidía realizar. Podía sentir cada pisada y brisa en mi rostro mientras él salía de la reunión. Pero por más que me esforzara, no lograba detener el caminar de mis pies.

Mejor acostúmbrate, Loki. Serás un excelente rey… gracias a mí y siguiendo las decisiones de Odín, Padre de Todo.

Claro, tenía que ser… ese infeliz rompió nuestro acuerdo. Me acusaban de su supuesta muerte cuando todo el tiempo estuvo detrás de todo. ¿Cómo carajo no lo vi venir?

Presencié cómo entré a la sala donde Lis, Vetr y Sigyn intentaban comer.

Mi pequeña traviesa se veía desanimada. Sigyn estaba sumida en sus pensamientos y Lis con la mirada perdida, de esa manera tan particular cuando tiene tanto en su mente y en su corazón. Aunque ella respondía a los movimientos de Vetr, quien todavía se tropezaba con facilidad.

Las tres posaron sus miradas en mí.

Ven a mi estudio ahora. Deja a Vetr con Sigyn.

Sigyn tomó la mano de la niña, quien desvió la mirada luego de mi supuesta orden. Sigyn me observó con cierta decepción. Lis se puso de pie sin decir palabra y se dirigió al estudio. Noté como ella intentó mirar a Vetr y cómo nuestra hija se veía inquieta, como si pudiera sentir que algo no estaba bien.

Y qué razón tenía mi niña traviesa y perspicaz. Cómo quisiera haberle enseñado más trucos para poder comunicarme con ella. Aunque de seguro, si así hubiese sido el caso, de nada me hubiera servido. Ni siquiera Sigyn podía notar, o sentir, que algo andaba mal.

Ákærir hizo que cerrara la puerta de tal manera que todo el palacio escuchara. Mi pobre Lis se sobresaltó un poco, pero no volteó a mirarme. Mi cuerpo se sentó y ella lo hizo un poco tiempo después.

Mientras tanto, yo intentaba recuperar mi propia voluntad, pero era inútil. No podía conjurar ni el más simple de los hechizos para llamarle la atención a Lis. Advertirle que no era yo quien había estado siendo un imbécil con ella y con nuestra niña.

Hay algo que debo puntualizar contigo —dijo Ákærir sin ningún tipo de emoción en mi voz. Era como si yo fuera una persona totalmente distinta… pero claro que era así. ¿Cómo Lis no lo notaba?

Ella apretó la mandíbula y su mirada bastó para darme a entender que la estaba perdiendo…

Vetr está bien, gracias por preguntar.

Ákærir prefirió ignorarla. El ver a Lis conteniendo su confusión y descontento, me exasperaba aún más.

"¿Qué piensas hacerle?" pregunté.

Ahora era mi turno de ser ignorado, pero Lis rompió el silencio.

Tengo entendido que no habías salido desde que te fuiste a la sala real ayer en la tarde —ella se miró las manos, que le temblaban, así que las hizo puño —. ¿Quieres algo de comer o…?

No me interesa nada —contestó Ákærir sin denotar el menor interés en lo que ella acababa de decirle —. Solo quiero que escuches lo que tengo que decirte.

Él hizo una pausa para que tanto ella, como yo, asimiláramos lo que ocurriría.

Pero entonces todo se oscureció, como si me hubiera quedado dormido en una profunda oscuridad asfixiante, como en esas horas, que para mí fueron solo minutos. Y una vez que recobré la "conciencia", escuché la voz de Lis, muy lejana.

Me mentiste —dijo en un sollozo contenido.

"¿Qué carajo me hiciste?".

"Mejor que no escucharas esto. Llámalo: consideración".

Me mentiste cuando morías —continuó Lis, interrumpiendo a Ákærir en mi mente —. Cuando estabas en mis brazos. Cuando llorabas porque te estabas muriendo. Tenías miedo y me dijiste que me amabas.

"Vaya nenita…".

"Si tienes algo de compasión…" supliqué, "… no me hagas esto. El verla así… hace que la sentencia a Endanleg Eitur sea insignificante. Haré lo que tú quieras".

"Rompiste el acuerdo con Odín. Tú fuiste quien inició todo esto. Si te hubieras quedado solo con el reino, sin meter a la midgardiana de por medio, yo no estaría haciendo esto. Ya es muy tarde".

Puse todo de mí para intentar tener el control y lo logré por un segundo, en el que ella notó lo mucho que me dolía lo que ella decía, pero razones no le faltaban.

"Déjame resolver esto".

Y otra vez volví a estar en el medio de la oscuridad. Intenté de nuevo lo que me había permitido tomar el control de mi cuerpo por ese escaso segundo, pero al hacerlo, me di cuenta de que sujetaba el cuello de Lis con demasiada fuerza.

"¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?"

Sentí un intenso dolor al intentar hacer que mis manos se detuvieran.

"¡PARA YA, VAS A MATARLA!"

En eso, vi el conjuro que le realizó sobre la muñeca. Una figura algo extraña que no lograba reconocer.

Finalmente, Ákærir cedió y la liberó.

"Juro que cuando esté frente a frente, te haré sufrir por el resto de tu asquerosa y abominable vida" sentencié.

Escuché un suspiro de hastía por parte de Ákærir y nuevamente me sumí en la oscuridad. Y esa vez duró mucho más tiempo.

Cuando volví en sí, era como si hubiera tenido una pesadilla, ya que tenía el control nuevamente de mi cuerpo.

Ilusamente, me levanté de la cama en la que acababa de despertarme y busqué a Lis por todos lados. Quería pensar que había sido la peor de las pesadillas.

Me dolía el rostro, eso era algo nuevo. Pero no me detuve a verme en un espejo y fui directo a la habitación de Sigyn.

Una vez adentro, noté que ella le hacía cariños a la cabellera pelinegra de una durmiente Vetr. Sigyn se sobresaltó al verme y su expresión no fue nada amable.

¿Dónde está Lis? —pregunté.

Ella bufó, como si hubiera contado un muy mal chiste.

La desterró de Asgard, mi señor —y eso último lo dijo con cierto desdén —. Y le borró a Vetr el recuerdo de la existencia de su madre.

Sentí como perdía las fuerzas de las piernas, pero intenté mantener mi rostro de la manera más serena posible.

"Ni intentes buscar la manera de traerla de vuelta" dijo Ákærir en el momento preciso en el que intentaba pensar en cómo resolver todo aquello. "Cada vez que lo hagas, te haré dormir. Y así nunca sabrás lo que hiciste mientras no observabas".


Por mucho tiempo, lo que más me había hecho sentir miserable fue el hecho de que me hubiera obligado a hacerle un conjuro tan atroz a mi propia hija, pero luego pensé, con el pasar de los días, que de hecho sería algo bueno para Vetr. Pero sus preguntas insistentes, aunque sea una vez al día, sobre "la chica que se parece a ti, padre", me carcomía. Eso era lo único que recordaba de ella, su imagen, mas no su relación. En algún momento tenía que olvidarla, ¿cierto?

Esa era una pregunta que me hacía yo todas las mañanas. La respuesta la descubría al poco rato, cuando me miraba en un espejo y veía las tenues cicatrices del ataque defensivo de Lis cuando intentó huir con Vetr. Pude haberlas desaparecido, pero me recordaba cada día lo inútil que me siento en mi propio cuerpo. Lo estúpido que fui al no prever todo esto.

Las lagunas mentales continuaron. Cada vez que me sentía iracundo, sabía que era la reacción de mi cuerpo al control de Ákærir que se aproximaba. Pero casi siempre los arrebatos eran contra Sigyn o Vetr.

Mi hija me quería, en una manera muy particular. Lo peor es que me temía y con toda la razón.

En estos años, estudié mucho sobre por qué el hechizo de Ákærir no sirvió del todo en Vetr. No era que Lis hubiese desaparecido completamente de su memoria. Siempre su imagen le hacía preguntar por ella. ¿Sería que soñaba con ella? Todavía no estaba seguro, ya que la única vez que le pregunté, ella desvió la conversación. Además, yo evitaba hablar de ella…

— ¿Está listo para comenzar, Su Majestad?

La ronca, aunque decidida voz de Dhreena, la anciana bruja, me sacó de mis pensamientos de una manera tan brusca que aún me sentía en un trance profundo cuando le contesté.

Por instinto, miré a los lados. Sabía que de nada me serviría si Ákærir, o el mismo Odín, me prevenía de estar allí. Supongo que lo que tenía que escuchar, no les afectaría en nada.

—Sí. Haga lo que tenga que hacer —dije una vez me aseguré de que todavía tenía propia voluntad.

Ella cerró los ojos lentamente e inhaló profundo por la nariz de una manera tan fuerte que todas las arrugas en su frente se asentaron. Se quedó inmóvil por unos segundos y lo siguiente que supe fue que me dolía el cuello al nivel de la garganta.

Por instinto, me toqué la zona que me dolía: había un poco de sangre.

Fulminé con la mirada a la anciana y esta alzó una ceja solamente. Podía sentir mi ira y su reacción bastaba.

Pensaré mejor la próxima vez antes de decir "haga lo que tenga que hacer".

Lo siguiente que pasó, fue que la habitación se oscureció como si no hubiese luna. Todas las velas, los cristales, libros y telas alrededor de la enviciada habitación, se habían esfumado dentro de la entera oscuridad que tomó lugar. No podía ver mis propias manos.

Lo único presente era mi respiración algo acelerada y el pálpito de mi corazón.

Un corazón que palpitaba solo por…

—Su Majestad —me interrumpió justo antes de que ella se hiciera presente en mi mente —, entiendo que el pensar solo en el interpretado es la causa de su mal. Le recomiendo que continúe. Ayudará a mi labor.

Un suspiro más cercano al gruñido fue toda mi respuesta.

—Por favor, intente traer a su mente un recuerdo muy feliz con el interpretado.

Cerré los ojos. No me costó pensar en absoluto. Mi mente, como si fuera un bibliotecario, ya tenía seleccionado el recuerdo perfecto a modo de libro: la primera vez que estuvimos juntos.

Sus manos temblaban tanto por el clima y por la temperatura de mi piel. Estoy seguro de que ella ansiaba calor de mi parte. Lástima que el fuego en mi pecho en ese momento no lograba traspasar a mi piel, sino que se quedó en mi interior, fundiéndome hasta mi conciencia.

Todo lo hacía en modo "piloto automático", aunque con un sentido muy distinto al que se ha manifestado en mí desde hace años. Mis manos, mi boca, todos sabían que hacer. Como si ya lo hubieran hecho antes con ese mismo cuerpo muchas, muchas veces. Y el hecho de que fuera así no era malo. Jamás me había sentido tan conectado con quien yo era hasta ese momento.

Sentí las manos frías de la anciana en las mías y me sobresalté un poco. Y sentí también una lágrima intrusa en mi mejilla.

Espero que la oscuridad fuera la suficiente como para que la anciana no lo viera…

—Lo que veo… es algo totalmente nuevo para mí, Su Majestad —dijo con timidez y desconcierto —. Nunca había visto un flujo de energía tan similar y que no se repele a si misma como esta. Aunque en este momento no estén juntas, lo que le pasa a una, la otra lo repite.

Tragué fuerte, aunque sin saliva en mi boca. Casi no podía escucharla por el intrépido latido galopante de mi corazón.

—Esto no es obra planificada, Su Majestad —aseguró la anciana.

— ¿A qué se refiere con eso?

Ella se tomó un momento.

—Lo que le fue dicho por uno, fue una mentira piadosa para que cumpliera con su destino. Lo que le dijo el otro, es una sentencia que puede tomar muchas formas, pero su resultado será el mismo.

Abrí los ojos de golpe. ¿Cómo podía ella saber sobre Odín… y Thanos?

Lo que vi al abrir mis ojos de nuevo fue mi habitación. ¿Cómo era posible?

Todo estaba en su lugar y en silencio. Yo estaba sentado en la poltrona de la habitación, con sudor en la frente y aún con la lágrima estática en mi pómulo.

Me di la vuelta hacia la cama: Sigyn dormía ininterrumpidamente.

Salí de la habitación rápidamente, sin preocuparme mucho de si hacía ruido o no hasta que llegué a la puerta de la habitación de Vetr. La abrí lentamente y mi corazón se relajó un poco al verla que dormía en paz, con una sonrisa en su rostro.

Tenía que verla… tenía que ver a L…

A Lisbeth.

Poco me importó si al salir de la protección del palacio, Amora lograba matarme. Su amenaza se hacía más real con el pasar de las semanas cercanas a la coronación de Vetr como princesa y heredera al trono de Asgard, pero no podría estar en paz hasta ver a Lisbeth.

Tenía mucho tiempo que no lo hacía, pero algo en mí me decía que tenía que ir.

Me decía que fui engañado como un verdadero idiota de primera categoría por alguno de esos dos. De Odín no me extrañaba. ¿De Thanos? Eso si era más difícil, ya que el titán realmente detestaba las mentiras. Prefería no andarse con rodeos y decir todo como era y de frente.

¿Y si me equivocaba y era al revés?

Todo sería por nada si decidía…

No, no podía llegar a ese punto, no aún. Tenía que asegurarme de quién decía la verdad. ¿O era solo la parte egoísta en mí? Esa naturaleza que me hacía refunfuñar a modo de respuesta a cada interacción con Sigyn y a secas interacciones con mi hija por el solo hecho de que era más fácil vivir así que el traer a Lisbeth de vuelta a esta. Es que podía pasar de todo con su mera presencia por un segundo, al menos ahora con todo lo que acontecía alrededor de Asgard.

Luego de lo que Ákærir me hizo ver, por orden de Odín, por qué ella debía salir para siempre de nuestras vidas…

Pero primeramente tenía que verla.

Conjuré el hechizo tan rápido como nunca había hecho alguno, ni siquiera el más simple de los hechizos, de esos que se hacen casi con el solo hecho de pensarlo, sin todo el proceso de por medio. Solo esperaba que Ákærir, quien hacía tiempo no jugaba con mi voluntad, no decidiera hacer acto de presencia en este momento.

Creía firmemente que se había aburrido. Mi miedo había vencido mi suspicacia y eso era suficiente como para no tener que obligarme a lastimar a más personas cercanas a mí. Total, el plan que había puesto en marcha con El Consejo seguía su curso campante y sin titubeos.

Me teletransporté a Midgard. Me imaginaba que Heimdall apenas en ese segundo es que se daría cuenta de que alguien en Asgard desapareció sin más hacia otro mundo.

Me costó acostumbrarme a la oscuridad del lugar en el que me encontraba, pero una vez lo hice, me quedé boquiabierto al ver los cientos de documentos, copias de libros antiguos, traducciones, investigaciones y demás que yacían en docenas de carteleras y hasta en las paredes de la habitación.

Todas con respecto a Asgard, la mitología nórdica, lenguajes antiguos y… sobre mí.

Sin embargo, me llamó la atención la imagen del conjuro que Ákærir le había hecho a Lis en la muñeca y, al verlo desde ese ángulo, vino a mí su significado desde lo más profundo de mi memoria.

—Ella rechazó el hechizo sin siquiera darse cuenta de ello —susurré.

A la runa antigua que llevaba como sentencia de destierro definitivo de Asgard, le faltaba una mísera línea. Esa línea, aunque pareciera insignificante, arruinaba por completo todo el hechizo.

Ella podía volver si quisiera.

Pero claro que quería, solo que no sabía que podía sin esfuerzo alguno. Había docenas de documentos al respecto en las carteleras.

Aunque, hasta el momento, los midgardianos no habían creado un medio de transporte, como ellos le dicen, directo a Asgard… que yo supiera. Y por supuesto que debería saberlo, seguía siendo el Rey, aunque las decisiones fundamentales fueran llevadas a cabo por Ákærir. Quizá en una de mis lagunas mentales…

En eso, escuché ruido en la habitación contigua. Me acerqué lo más sigiloso posible y la vi. Movía su cabeza de un lado a otro con una expresión de dolor.

El dolor en mi pecho se intensificó por unos segundos. Se veía tan hermosa como la última vez que la vi. Solo que se veía… adolorida.

Me acerqué a la cabecera de la cama, esperando que mi presencia no la despertara. Ella arrugó la frente y gimió, incómoda. Mi reacción automática fue colocar mi mano sobre su rostro. Luego tuve que contener un insulto para no terminar de despertarla.

Pero no lo hizo. Mi mano, que estaba tensa como una piedra, se relajó con el pasar de los segundos.

¿Qué le dolía tanto a mi Lis?

Bueno… vaya pregunta, señor melodrama… me deben doler demasiadas cosas. Mi traición, la separación de Vetr…

En ese momento, conjuré un hechizo de sanación, por si era otra cosa que le aquejaba, y sentí el efecto rebote en mi mano al intentar sanarla. Eso era algo que no me esperaba. Y lo que creía que era, era algo muy malo.

Ella se movió más y su gemido de dolor se intensificó. Por más que quisiera ayudarla, si ella se despertaba, yo sería quien necesitaría conjuros de sanación. Verla así me hacía sentir peor. Era más difícil ver en realidad cómo estaba ella a mis suposiciones de todos estos 6 años.

Le di un beso en la frente antes de regresar a Asgard. Aunque me traje una sensación que tenía muchos años que no experimentaba, sobre alguien en particular.

Ákærir y Odín, los muy malditos, tenían razón… la tuvieron todo ese tiempo. Y creo que acababa de sentenciarnos.