Disclaimer: Los personajes de THG no me pertenecen

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7

El rebelde

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El calor me asfixia. Tanto que siento que me quema por dentro, quitándome toda oportunidad de poder respirar.

Las llamas se elevan casi hasta el cielo, tanto que parecen haberse devorado el mundo entero. No sé cómo o dónde empezó el incedio, pero no hay humo, ni nada que se esté quemando a la vista. El fuego solo crece y me rodea. No hay lugar a donde correr, ni nada más que el brillo rojizo de las llamas para iluminarme. Sin embargo, no intento escapar. Mis pies se niegan a moverse, como si mi único propósito fuera dejar que el fuego me consuma por completo, y no tuviera ninguna opción al respecto.

¿Voy a morir? Es lo más probable. Y aunque la idea debería aterrarme, de alguna forma es liberador. Ansío que el fuego me atrape.

Pero cuando el final parece inminente, de la nada, empiezo a distinguir una sombra al otro lado del muro de fuego. Y antes de que pueda darme cuenta la veo allí, parada en medio de las llamas, atrapada en el incendio.

—¡Katniss! —la llamo, pero ella no voltea. Intento alcanzarla, pero cada paso que doy solo parece alejarme de ella. Pero no dejo de correr hasta que mis pies al fin pueden moverse y logro acortar la distancia mientras Katniss sigue allí, de pie en medio de las llamas. Y cuando estoy a punto de alcanzarla escucho otra voz elevarse a través del fuego.

—¡Gale!

Uso mis pies para frenar mi carrera, y mi cabeza se gira de forma automática para ver a Madge detrás de mí.

—¡Madge! —respondo, dándome cuenta de que el fuego se ha expandido y ahora está a punto de atraparla a ella; en ese instante no lo pienso demasiado y mis pies cambian su trayectoria hacia ella.

—¡Gale! ¡Ayúdame!

De nuevo me detengo, solo para ver qué Katniss acaba de darse la vuelta, y me observa con ojos suplicantes.

—¡Gale! ¡Te necesito! —vuelve a gritar Madge.

—¡Gale! ¡Por favor, no me abandones! —exclama Katniss.

Yo solo me quedo en medio de las dos, sin saber hacia dónde correr mientras las llamas siguen alzándose a mí alrededor. Y mientras sigo dudando, el fuego se levanta con violencia, y sus llamas ardientes atrapan a Katniss y a Madge, que siguen gritando mi nombre. En ese instante, no sé qué hacer, hacia dónde correr, y lo único que intento es escapar, pero entonces el fuego me atrapa.

Intento gritar, pero ningún sonido sale de mi garganta. Sin embargo, todo mi cuerpo se sacude con violencia cuando mi torso se levanta casi por costumbre de la cama. Por unos segundos no puedo recordar nada más que fuego y los gritos desesperados de Madge y Katniss pidiendo ayuda; ni siquiera sé bien dónde estoy ni cómo llegué hasta aquí; mi mente está confundida, y mi cabeza late como si estuviera a punto de estallar. Intento moverme, pero el dolor me paraliza, incluso abrir los ojos y levantar la cabeza es casi un suplicio. Sin embargo, nada de eso importa cuando mis ojos se ajustan a la luz de la habitación y puedo ver la pequeña figura de Katniss durmiendo en una silla junto a mi cama. Es la visión más agradable que he tenido, y, por un instante, pienso que es un sueño, uno de los buenos, por lo que tengo la urgente necesidad de estirar una mano y tocarla antes de que se desvanezca, pero no lo hago, porque el solo intentar mover mi brazo es demasiado doloroso.

Así que me quedo con la mirada fija en ella, imaginando que puedo tocar su cara, partes de ella que nunca había tenido motivos para tocar: sus oscuras y delgadas cejas, tan despeinadas como su cabello, la curva de su mejilla, el perfil de su nariz, la pequeña cicatriz debajo de su oreja. Imagino que, finalmente, mis dedos llegan a sus labios, que son suaves y delgados, tentadores, aunque están algo resquebrajados. Quisiera poder volver a besarlos, pero sigo sin poder moverme.

¿Todo el mundo parece más joven cuando duerme? Porque ahora mismo podría ser la niña con el que me encontré en el bosque hace años, la que creí que robaba mis trampas a pesar de ser tan delgada y frágil como una rama. Vaya pareja que éramos: sin padre, asustados, pero también decididos a luchar con uñas y dientes por la supervivencia de nuestras familias. Desesperados, aunque ya no volvimos a estar solos después de aquel día, porque nos teníamos el uno al otro.

Pienso en los miles de momentos pasados en el bosque, las perezosas tardes de pesca, el día que me enseñó a nadar, la vez en que se torció la rodilla y tuve que fingir que me molestaba llevarla hasta su casa a cuestas, cuando en realidad secretamente disfruté cada segundo de sentir el calor de su cuerpo contra el mío. Solo contábamos con el otro, nos protegíamos, nos obligábamos a ser valientes.

Por primera vez intento ponerme en su lugar. Me imagino viéndola subir al escenario después de que su nombre saliera en la cosecha, ver cómo la apartan de mi vida, cómo se convierte en la amada de un chico desconocido para seguir viva, para después volver a casa con él, vivir a su lado, prometerse en matrimonio. El odio que siento por ella, por el chico fantasma, por todo, es tan real e inmediato que me deja sin aliento. Katniss es mía. Yo soy suyo. Cualquier otra cosa resulta impensable. ¿Por qué ha hecho falta que me azoten hasta casi matarme para que me dé cuenta?

Porque soy demasiado egoísta, soy un cobarde, soy el tipo de hombre que, cuando de verdad podría hacer algo útil, prefiere huir para salvar su vida y permitir que los que no puedan seguirlo sufran y mueran. Ése es hoy el chico que Katniss conoció en el bosque.

Con razón gané los juegos; ninguna persona decente lo hace.

«Salvaste a Madge», pienso de repente, aunque sin mucha convicción. Sin embargo, hasta eso me lo cuestiono. Estaba listo para morir con tal de que ella saliera con vida de ese lugar, pero solo por la promesa de su padre de cuidar y alimentar a mi familia. Pero, al final, tuve miedo de morir y nos metí a ambos en todo este lío. Fui egoísta, y ahora todos pagamos las consecuencias, yo con la espalda destrozada y alejado para siempre de mi otra mitad, Madge viéndose obligada a reprimir sentimientos que no puedo corresponder, y todos los demás solo tratando de lidiar con las consecuencias de mis actos.

Muevo la cabeza para enterrarla en la almohada, odiándome con todas mis fuerzas. Desearía haber muerto en la Arena; desearía que Cato me hubiera roto el cuello, o que Seneca Crane me hubiese hecho volar en pedazos, como el presidente Snow dijo que debería haber hecho cuando saqué el veneno de Madge.

El veneno. Me doy cuenta de que en aquellas gotas de veneno se esconde la respuesta a quién soy en realidad. Si sugerí que lo tomáramos para salvar a Madge porque sabía que ella debía vivir para que mi familia estuviera a salvo, y, además, las personas me darían la espalda si volvía a casa sin ella, la respuesta es que soy despreciable. Si lo saqué porque la amaba, sigo siendo egocéntrico, aunque mis accesiones se justifican. Sin embargo, si usé el veneno para desafiar al Capitolio, significa que soy un verdadero revolucionario. El problema es que no sé qué pensaba exactamente en aquellos momentos. Todo pasó tan rápido; el anuncio, la pelea final, el cambio de reglas, el veneno. ¿Es posible que la gente de los distritos esté en lo cierto? ¿Que fuera un acto de rebelión, aunque inconsciente? Porque, en el fondo siempre supe que no basta con huir para mantener con vida a mi familia y mis amigos. Aunque pudiera, no arreglaría nada, no evitaría que las demás personas sufrieran tanto como yo mismo he sufrido en carne propia.

En realidad, la vida en el Distrito 12 no es tan diferente a la vida en la Arena. En algún momento hay que dejar de correr y hacerles frente a tus enemigos, lo difícil es reunir el valor suficiente para hacerlo. Bueno, eso nunca ha sido difícil para mí; Katniss solía decir que nací siendo rebelde. O eso me gustaba pensar de mí mismo. Ahora ni siquiera sé si eso era cierto. Quizá ni siquiera soy un rebelde; tal vez solo soy un tonto miserable. Y lo que pasó en la plaza...

Nos he matado a todos.

—Lo siento. De verdad, lo siento mucho —susurro, sacando el rostro de la almohada y mirando a Katniss. Le tiemblan las pestañas y me mira a través de una bruma de opiáceos.

—Hey, Gale.

—Ey, Catnip —respondo. Ella me sonríe, haciéndose hacia adelante y poniendo una mano sobre mi rostro, aliviando el dolor de mi alma solo con su toque. O quizá sean las medicinas, porque de pronto me siento extremadamente cansado —No debiste quedarte. Deberías estar en casa, descansando.

—No me voy a ninguna parte. Me quedo aquí para evitar que sigas metiéndote en problemas —me dice, pasando sus dedos por mi cabello, casi como si fuera un arrullo.

—No puedo prometer nada —respondo, y consigo esbozar una sonrisa antes de que mis párpados vuelvan a cerrarse y mi cerebro se apague nuevamente.

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Tengo un sueño agradable, en donde salgo de las minas después de un largo y duro día de trabajo bajo tierra, y voy de regreso a mi pequeña cabaña de madera y láminas, no sin antes pasar por el bosque por algunas presas, claro. Y cuando atravieso la puerta vieja y parchada, Katniss me sonríe mientras carga a nuestro hijo en su cadera. Ella me recibe con los brazos abiertos antes de dedicarse a preparar las ardillas que casé en un estofado delicioso, mientras yo le cuento a nuestros niños mayores sobre mi día en las minas.

Todo es tan perfecto aquí como siempre lo imagine; una vida simple y feliz, al lado de la única chica que he amado y de nuestros tres hijos. Es todo lo que siempre he querido.

Pero entonces escucho música llegando desde algún lado, y en un parpadeo Katniss, nuestros hijos y nuestra pequeña y vieja casa han desaparecido, igual que mis ropas sucias y remendadas, cambiadas ahora por pantalones claros y una camiseta de algodón suave y limpio. Frente a mí hay una puerta tan blanca como las paredes que ahora me rodean; la música viene de allí, así que sin dudarlo me acerco y la empujo hasta estar del otro lado.

Una sala grande y luminosa se abre paso frente a mí, como si acabara de entrar en un mundo completamente distinto. Reconozco las ventanas altas y grandes, así como las columnas y la decoración clásica. Es mi casa en la Aldea de los Vencedores. Bueno, la que dicen que es mi casa. Entonces escucho la risa de un niño, y la música se detiene, pero ya sé de dónde viene.

Atravieso el vestíbulo y allí veo a Madge, sentada frente a su piano, y junto a ella un niño de cabello rubio ríe cuando me ve, saltando del banquillo para correr hacia mis brazos. y Madge me sonríe, con un cariño que creí que nunca volvería a ver en su mirada; y cuando se acerca para besarme, todo se siente tan natural y cotidiano que es como si siempre hubiera pertenecido aquí, con ella y ese niño.

Pero no es así, me recuerdo. Yo soy de Katniss, y ella es mía. No pertenezco a Madge. Nunca podría amarla de la misma forma; y, sin embargo, cuando me besa, es como si nada más importara, como si el resto del mundo dejara de tener sentido. Y cuando nuestro hijo me sonríe con sus enormes y vivaces ojos grises, por fin siento que de verdad estoy donde debo estar.

Entonces siento un tirón en mi consciencia, y mis párpados se abren nuevamente. Ya no hay rastros de Madge ni del niño, tampoco de Catnip. Vuelvo a estar recostado sobre mi estómago, con la cabeza entre una cómoda almohada, y el rostro volteado hacia una silla ahora vacía. En los segundos que tardo en reaccionar del todo recuerdo que Katniss estaba justo allí antes de que volviera a dormirme, pero ahora no la veo por ninguna parte. Además, me doy cuenta de lo mucho que me incomoda solo recargarme sobre mis codos, así que de nuevo me dejo caer sobre mi estómago, incapaz de moverme y de sentir más que un agonizante ardor que va desde mi cuello hasta la parte baja de mi espalda. Tengo casi toda la parte superior de mi cuerpo entumida, y mis músculos parecen algo resentidos por la paliza que me dieron en la plaza, pero, por extraño que sea, el dolor es mucho más tolerable de lo que hubiera esperado después de tantos latigazos. De hecho, casi no hay dolor; me siento como el día que desperté en aquel hospital del Capitolio, y como esa vez me doy cuenta de que hay un tubo en mi brazo, y algunas máquinas que monitorean mis signos vitales silenciosamente en el lado opuesto donde Katniss había estado. No tengo forma de saber si siempre estuvieron ahí o solo acabo de notarlas.

—¿Cómo te sientes?

Contengo la respiración por un momento cuando me doy cuenta de que hay alguien más conmigo en la habitación. Levantó la cabeza otra vez a pesar de la molestia y noto que Haymitch me mira desde los pies de la cama. Está con un hombre que no conozco en persona, pero sé que es el único doctor de todo el distrito, el que por lo general se reserva para los agentes de la paz y la gente que puede costear sus servicios. Y ver a ese extraño en mi casa hace que de inmediato vuelva a intentar volver a levantarme, pero Haymitch me convence de lo contrario.

—Será mejor que no lo intentes, chico —dice mientras rodea la cama, dejando caer todo su cuerpo gordo y pesado sobre la silla junto a mí, haciendo rechinar sus patas en protesta por todo el peso extra —. Recibiste una buena paliza allá afuera. ¿En qué diablos estabas pensando? —se burla mientras por el rabillo del ojo lo veo inclinándose hacia adelante para revisar las vendas de mi espalda. Ni siquiera tengo el valor de preguntar cómo se ve la piel allá atrás, aunque sé que de seguro alguien del Capitolio enviará algún ungüento mágico para curarlo, tal y como a las quemaduras que Madge y yo obtuvimos en la Arena.

Odio pensar en lo útil que es toda su alta tecnología, y en todo el bien que podría hacerles a las personas, si tan solo no fuera tan imposible para la mayoría acceder a ella.

—¿Qué pasó con la gente del Quemador? —es lo primero que pregunto apenas puedo recodar con más claridad. Siento algo frío sobre mis hombros que el doctor aplica con sus manos enguantadas, y el ardor se calma de inmediato —¿Pudieron escapar del incendio?

—Están vivos, en su mayoría —responde Haymitch, dejando mis vendas y echándose hacia atrás hasta caer sobre el respaldo de su silla, con una botella que recién noto que lleva en la mano.

—¿Y el Quemador…?

—Ardió hasta los cimientos —responde; yo suelto un siseo de sorpresa cuando el doctor termina de quitar los vendajes de la parte baja de mi espalda y pone unos limpios. En realidad, es más molesto que doloroso, pero intuyo que eso también debe ser por obra de algún medicamento del Capitolio. Tal vez Effie y Portia ya saben de la noticia y enviaron todo su arsenal para tenerme listo para la estúpida sesión de fotos de la próxima semana.

Ninguna fuerza en la Tierra podría retrasar la bendita sesión de fotos para la boda, pienso con rabia, pero entonces recuerdo algo más importante que mi enojo con el Capitolio.

—¿Y Madge? —pregunto. Supongo que debería agradecerle, pero tengo la sensación de que mi cuerpo se negaría a cualquier tipo de movimiento ahora mismo.

—Estaba aquí hace un segundo —Haymitch estira el cuello, como si la buscara por la habitación —. No se despegó de ti desde que te trajeron, igual que tu amiga, la malhumorada.

—Katniss —digo en un jadeo mientras siento que mis músculos se relajan del todo después de que el médico inyecta algo en mi tubo. Recuerdo haber visto a Katniss dormir a mi lado y hablar con ella. ¿Habrá estado Madge junto a mí también en ese momento y no la había notado como a las máquinas?

La idea de que me hubiera oído hablar con Katniss me espanta por un segundo. Estoy herido aún, pero de verdad espero no haber arruinado aún más las cosas entre nosotros.

—Debería ir a verla —digo, intentando levantarme de la cama una vez más ahora que el dolor es casi inexistente, pero Haymitch deja su botella y me detiene.

—Shh. No irás a ningún lado con la espalda así —gruñe —Moví mis influencias en el Capitolio para conseguirte las mejores medicinas lo más rápido posible, pero de nada servirán si no descansas. Madge no irá a ningún lado —añade. Yo me permito dudar eso, pero no puedo decirlo, porque el sueño vuelve a golpearme de repente, dejándome completamente inconsciente.

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Cuando vuelvo a despertar lo hago porque el sol entra a raudales por las cortinas entreabiertas y me da de lleno en la cara. No sé cuánto tiempo ha pasado, ni dónde está todo el mundo, pero ya no tengo tubos, y las máquinas están apagadas. Consigo levantarme de la cama sin mucho problema, y aunque los músculos de mi espalda están algo rígidos todavía, pareciera mentira que un psicópata me ha golpeado hasta el cansancio.

Con algo de recelo me acerco al espejo de la pared, y con un poco de dificultad consigo ver la piel de mis hombros; la carne sigue roja, pero no hay rastros de heridas abiertas, ni siquiera de moretones. Incluso se han tomado la molestia de sacar el vello que había empezado a crecer sobre mi estómago después de meses de estar en casa. Supongo que debería estar feliz por haberme ahorrado la vergüenza y el sufrimiento al hacerlo mientras estaba inconsciente, pero no deja de sentirse molesto. Pero, sobre todo, se siente molesto la forma en que hicieron que mis heridas desaparezcan, como si nada hubiera pasado, como si no hubieran estado a punto de matarme por hacer lo correcto.

Con sus medicinas elegantes, el Capitolio se encargó de borrar cada huella de mi último acto de rebelión, y ahora supongo que deberé hacer como si nunca hubiera pasado. Ellos ganan nuevamente.

Poniéndome una camisa limpia que alguien dejó a los pies de la cama, salgo de la habitación en busca de más personas; odio lo mucho que esto se parece a cuando desperté después de los juegos, con excepción de que ahora no hay cámaras ni nadie esperando por mí, o al menos eso creo hasta que escucho murmullos cercanos.

Las voces se oyen apagadas, como en susurros distantes, pero no están lejos. Tambaleándome hacia las escaleras consigo bajar hacia la planta baja y sigo las voces hasta la sala de estar. La luz solar se ha vuelto más tenue desde que desperté, así que intuyo que está a punto de anochecer, aunque las luces de la casa están apagadas, y la sala solo es iluminada por el fulgor de las llamas del hogar, que está encendida y proyecta la sombra de dos personas. Y cuando me asomo, con algo de alivio veo a Madge, que está sentada junto a la chimenea con Peeta, y, por lo que huelo, están asando malvaviscos en el fuego, sin reparar en mi presencia.

—¿Y qué vas a hacer? —dice Peeta, girando su malvavisco rosado, los favoritos de Madge, sobre las llamas, atento al fuego.

—No lo sé. ¿Ir? —responde ella con algo de ironía, poniendo su propio malvavisco derretido sobre una galleta —De cualquier forma, dudo que pueda negarme.

—Claro que puedes. Eres una vencedora.

—Eso no significa mucho ahora, ¿no crees? —ella suspira y, todavía sin notarme, se lleva su postre a la boca, haciendo silencio por un minuto.

—¿Se lo dirás a Haymitch? —pregunta el hijo del panadero, pero Madge no responde, porque en ese momento, como si me hubiera sentido, se da la vuelta y nota mi presencia, quedándose callada y con los ojos muy abiertos.

—Gale... —suspira entrecortadamente. Creo ver algo de alivio en su mirada, pero rápidamente cambia por una expresión neutra, como si se alegrara de verme fuera de la cama, pero acabara de recordar que estaba molesta conmigo —Estás despierto.

Peeta parpadea antes de seguir su mirada con la suya, abriendo los ojos como si estuviera contento de verme. Al menos alguien se alegra de hacerlo.

—¡Gale, estás de pie! —dice, con una sonrisa amable en sus labios —¿Cómo te sientes?

—Muy drogado —respondo. Lo que sea que el Capitolio envió para mis heridas sin duda funciona de maravilla. No siento ningún dolor; de hecho, no siento nada en absoluto, como si mis nervios se hubieran apagado o algo así. Es justo lo que necesitaba.

—¿Tienes hambre? —pregunta Peeta. Me resulta extraño que sea él quien me ofrece la comida en lugar de Madge, pero entonces me doy cuenta de que no estoy en nuestra casa, sino en la de Haymitch. Eso me resulta extraño también, pero no me importa demasiado. Al menos por el momento.

—Mataría por un buen guisado de Sae —bromeo, dejándome caer sobre uno de los viejos sillones de Haymitch. Mala idea. Mi espalda todavía lo resiente —¿Dónde están los demás?

La pregunta va claramente dirigida a Madge, pero de nuevo me ignora, concentrándose en las llamas de la chimenea, así que Peeta responde por ella:

—Todos estuvieron aquí hasta que el doctor te aplicó las medicinas y la fiebre bajó. Luego tu madre siguió viniendo, y hace unos momentos llevó a tus hermanos a dormir, pero no debe tardar en regresar. Y Katniss…

—¿Está aquí? —pregunto, sin poder evitarlo, sintiéndome muy ansioso ante la perspectiva de volver a verla tan rápido. Pero Peeta niega con la cabeza, mientras el rostro de Madge se contorciona con indignación.

—Creo que mejor iré a casa a descansar también —ella se levanta de su lugar junto a la chimenea y pasa por mi lado sin mirarme. Yo solo la sigo con la mirada hasta que escucho la puerta de la calle cerrándose de un portazo, estúpidamente sintiéndome como un cachorro que acaba de ser abandonado.

—¿Está enojada conmigo? —pregunto, aunque en realidad no necesito una respuesta. Sin embargo, el hijo del panadero se encoge de hombros.

—Creo que ustedes dos tendrán mucho de qué hablar cuando te mejores —suspira, y me molesta que parezca saber más que yo del asunto, pero estoy demasiado cansado y todavía algo entumido como para molestarme en preguntar —Han sido días difíciles.

—¿Días? —parpadeo, olvidándome de Madge y sintiendo que el efecto de las drogas disminuye por un momento por la sorpresa —¿Cuántos días dormí?

—Cuatro —responde con calma, atizando el fuego —Tu espalda sanó del todo hace dos, pero Haymitch le pidió al doctor que te mantuviera dormido en lo que él solucionaba todo el lío que, en sus palabras, causaste.

—Oh, vaya —suspiro, algo aturdido por la franqueza del administrador de Haymitch. Me quedo callado por un momento, y entonces recuerdo más cosas —¿Qué más pasó después de que me sacaran de la plaza?

—No mucho —suspira Peeta, tirando más leños a la hoguera —El nuevo jefe aumentó los patrullajes y endureció las leyes. El comercio ilegal será duramente castigado, igual que cualquier otro crimen. Mi padre dice que no es nada que no se haya visto antes, pero pasará.

—Claro —respondo en modo autómata. Entonces recuerdo más —¿Y Darius? ¿Él está...?

—¿Muerto? —el hijo del panadero casi se ríe de mí —Lo golpeaste duro, pero no tan duro —bromea —Él está bien. Sus moretones casi han desaparecido del todo. Madge le llevó un poco de tu medicina.

—¿Lo hizo? —suelto en un resoplido, sintiéndome molesto de repente —No debió. Se arriesgó mucho.

—Supongo que se sintió culpable, ¿quién sabe? Creo que ahora es amiga del agente.

Chasqueo la lengua, no muy seguro de cómo sentirme frente a esa afirmación, así que solo lo ignoro.

—¿Y Haymitch?

—Durmiendo, supongo. Esas medicinas que toma para superar su abstinencia lo agotan bastante.

—¿Haymitch ya no bebe? —me burlo, aunque, ahora que lo pienso, llevo semanas sin verlo cayéndose de borracho. Sé que a Madge nunca le gustó que bebiera, y también que él haría cualquier cosa por complacerla, como dejarme morir para sacarla de la Arena. Aunque, en realidad, ¿quién de nosotros no estaría dispuesto a hacer lo que fuera por ella? A veces creo que puede ser increíblemente manipuladora cuando se lo propone.

—De hecho, estaba bastante bien hasta tu pequeño altercado —Peeta suspira y se levanta de la chimenea, sacudiéndose las rodillas —Es difícil volver a beber después de haberlo dejado, pero lo intenta.

Asiento de mala gana, porque siento como si me estuviera echando la culpa de todo a mí. Si esta fuera mi casa, lo habría corrido a patadas, pero este es su territorio, y no estoy muy seguro de poder regresar a mi propia casa con Madge odiándome de nuevo, o de tan siquiera poder caminar por la nieve en mi estado, así que solo me muerdo la lengua y cierro los ojos.

—¿Tienes hambre? —repite Peeta, que ahora se ha movido para acomodar los leños restantes de la pila junto al hogar —No tenemos del estofado de Sae, pero sin duda tu estómago estará agradecido de probar el caldo de gallina de la señora Everdeen. Dejó un poco en la estufa por si despertabas.

—Suena bien —es todo lo que digo, sosteniéndome del brazo del sofá para levantarme y seguirlo hasta la cocina.

Peeta no dice nada importante mientras calienta la comida, solo hace algunos comentarios sobre la escuela mientras me hace sentir un inútil por dejar que él me sirva, pero sigo sin sentirme muy bienvenido en la casa de Haymitch, así que hago todo lo posible por no molestar demasiado. Cuando sirve mi plato son casi las ocho, así que se despide para ir a terminar su tarea y dormir, dejándome solo en la cocina de mi mentor, al menos hasta que mamá aparece, me abraza, llora, me regaña y me vuelve a abrazar, y entonces todo lo demás deja de importarme por un momento.

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Esa noche duermo sin sueños, y al despertar todo es mucho más claro en mi mente.

Los hombres asesinados en el 11, los levantamientos en el 8, y ahora lo que me pasó sin duda solo han avivado las llamas. Deberíamos dejar de intentar contenerlas y permitir que consuman al país entero. Ya no puedo escapar de Snow, hemos temido por demasiado tiempo, quizá ya sea hora de devolver el golpe, pero no puedo hacer esto yo solo.

Tengo que hablar con Haymitch, decido, pero no quiero que Madge lo sepa. No puedo decírselo porque sé que se opondrá a cualquier intento de avivar las llamas, y, siendo su padre el alcalde, no estoy muy seguro de que sea buena idea involucrarla en esto. Además, Haymitch y yo ya conspiramos para mantenerla con vida una vez, sin duda podremos volver a hacerlo.

Pase lo que pase, debemos mantenerla fuera. Así, si todo sale mal, solo yo seré castigado, y Madge podrá seguir con su vida; después de todo, se lo debo.

No voy a arrastrarla a todo esto. Debo mantenerla a salvo; proteger a Madge después de que ambos salimos de la Arena es lo único realmente bueno, desinteresado y honesto que he hecho en toda mi vida, y debe seguir siendo de esa forma.

Cuando salgo de la cama Peeta ya se ha ido, tal vez a la escuela, no estoy muy seguro ya que no sé qué día es hoy; y no hay señales de Haymitch en toda la casa aunque la chimenea está encendida. Tal vez se fue a la ciudad; no hay nota ni ningún indicio, así que solo me sirvo unas galletas de glaseado y un poco de café de la mesa, tratando de ordenar todos los pensamientos revolucionarios en mi cabeza.

No sé por qué, pero algo me dice que Haymitch me ayudará en esto. Quizá sean las cosas que me dijo en el 11, pero lo sé. Sé que él anhela tanto vengarse del Capitolio y de Snow como yo, quizá hasta tenga sus motivos. Nunca lo he pensado antes, pero es extraño que él no tenga ninguna esposa o familia, o tal vez los tuvo, en otro tiempo, antes de que Snow se los llevara. Descubro entonces que no sé nada sobre mi mentor en realidad, o al menos nada más allá de que estuvo en los Juegos con la tía de Madge. Pero fuera de eso, ¿quién es realmente Haymitch Abernathy?

Tengo que hablar con él, y tengo que hacerlo lo antes posible. Debemos movernos los más pronto posible o la llama podría extinguirse.

Empiezo a hacer planes y esquemas en mi cabeza cuando escucho la puerta. Me tardo unos segundos en responder porque esta no es mi casa, pero el repentino pensamiento de que podría tratarse de Katniss me impulsa a levantarme de la silla y moverme hacia la entrada. Sin embargo, no es ella quien golpea.

Sorprendentemente para mí, Darius está de pie frente a la entrada de Haymitch, bajo la nieve, usando ropa deportiva debajo de un grueso abrigo de lana gris en lugar de su acostumbrado uniforme de agente de la paz. Quizá por eso me cuesta reconocerlo al principio; por eso y por la marca morada que todavía lleva en el ojo, aunque esta parece estarse desvaneciendo rápidamente.

Darius me observa por un segundo, con expresión pétrea al principio, pero después esboza una sonrisa mientras mueve la cabeza de lado, como si estuviera pensando en cuál sería la mejor forma de iniciar una conversación en estos momentos. No diré que no es incómodo para ambos, y, de alguna forma, que vista ropas de civil lo vuelve aún más extraño.

—Tu madre me dijo dónde encontrarte... Lamento lo de tu espalda —me dice, y, de todos los comentarios posibles, ese era sin duda el último que esperaba.

—Lamento lo de tu cara —admito, teniendo el breve recuerdo de mi puño golpeándolo una y otra vez sobre la nieve. No me arrepiento de haberlo hecho, pero tal vez sería lo correcto disculparme, o eso diría Madge. Él sonríe —¿Tuviste muchos problemas por eso?

—No tantos como tú —dices, casi con burla. Eso relaja un poco el ambiente, supongo.

En ese instante me doy cuenta de que Darius y yo nunca hablado realmente, y está es la primera vez que nos encontramos sin Katniss de por medio. Sí, lo he visto decenas de veces en el Quemador, pero nunca intercambiamos más de dos o tres palabras, la mayoría superficiales. Katniss y yo solo hablamos con los agentes de la paz para tantear el terreno o conseguir nuevos clientes, nunca nos hemos comunicado realmente con ellos. Es bastante extraño. E incómodo, teniendo en cuenta que mi mente sigue llena de pensamientos revolucionarios.

—¿Qué haces aquí? ¿Y dónde dejaste tu uniforme? —se me ocurre preguntar, porque es una pregunta válida, y porque tengo que decir algo, lo que sea, para evitar lo incómodo de todo esto.

—Es mi día libre —Darius se encoge de hombros, dando un paso hacia las escaleras —Y encontré algo que tal vez te pertenezca.

Aunque al principio no tengo idea de lo que habla, él mueve su abrigo y de abajo saca un arco de madera viejo y gastado. Y reconozco de inmediato. Es el arco de Katniss.

—¿Dónde…?

—Katniss Everdeen está bien, no te preocupes por ella —me dice él de inmediato, volviendo a esconder el arma dentro de su abrigo mientras mira a sus lados, como asegurándose de que nadie nos esté espiando —¿Te importaría…?

Niego con la cabeza mientras automáticamente me hago a un lado para dejarlo pasar al calor de la casa. Darius echa un rápido vistazo desde el vestíbulo hacia el resto de la casa, como si buscará a alguien más. Por alguna razón me molesta pensar en que ese alguien es Madge.

—Veo que sanas rápido. Bien por ti —observa mientras saca el arco de Katniss de su escondite; después parece recordar algo —La mayoría de la gente del Quemador está bien. Solo algunos quemados, valga la redundancia, pero ninguna baja, afortunadamente —dice, extendiendo el arco del papá de Katniss hacia mí, como si fuera alguna clase de ofrenda —Solo seguía órdenes —anuncia de repente, tomándome por sorpresa —Todos lo hacíamos. Nunca fue nuestra intención lastimar a nadie. Ni tampoco quise lastimar a Madge. Necesitaba que supieras eso.

Asiento, porque no sé si debería creerle, después de todo, él es un agente de la paz. Además, que mencione a Madge me molesta aún más.

—¿Qué haces con el arco de Katniss? ¿Cómo lo encontraste? —opto por cambiar el tema. Darius se frota las manos; no parece tener frío, pero lo hace de todos modos.

—El jefe Thread nos hizo peinar el bosque esta mañana. Fuimos más profundo de lo que alguna vez hemos ido. Incluso vimos un lago. ¿Sabías que existía uno? Está un poco escondido, aunque no demasiado lejos si conoces el terreno, supongo. Al jefe Thread no le gustó demasiado saber que más personas del distrito podrían conocer el lugar, y según él eso es así, porque encontró signos de que alguien había estado en el lugar no hace mucho.

Asiento otra vez. Supe del lago hasta hace poco, cuando Katniss me lo mostró por primera vez, y, por alguna razón, me preocupa que los agentes también sepan de su existencia.

—¿Thread? ¿Ese es el nombre del sujeto que me golpeó?

—Así es. El nuevo jefe del cuerpo de agentes de la paz.

—¿Nuevo jefe? ¿Y Cray?

—No lo sé, y no estoy muy seguro de querer descubrirlo —admite —Escucha, Gale. El jefe Thread volverá a poner en funcionamiento la cerca eléctrica —me suelta, sin rodeos —Sola está esperando que tú o la chica Everdeen crucen del otro lado para encenderla y atraparlos. Rescaté el arco de tu amiga porque Thread lo hubiera usado en su contra y la hubiera golpeado como a ti, pero no quiero estar metido en medio.

—¿Por qué lo hiciste entonces?

Darius suspira.

—Solo tómalo como un favor, por todas las presas frescas que ella y tú nos consiguieron en el pasado. A muchos nos preocupan. No somos monstruos, ¿sabes? Al menos no todos nosotros. Además, sé lo mucho que Madge y la vieja Sae la aprecian. Y a mí me agradan ellas —admite. Y no dijo nada malo, pero de alguna forma me molesta —Debes cuidarla.

—¿Eh?

—A Madge —aclara Darius, que ya se dirige de regreso a la salida —Solo… Cuídala —dice, y después voltea y abre la puerta.

—Espera —pido. Darius se detiene, y vuelvo a extenderle el arco.

—¿Podrías…? No puedo llevar esto a Katniss. No puedo verla ahora. ¿Podrías dárselo tú y avisarle de la valla? O al menos dile que está aquí, y que no vaya a cazar. Haré que mi madre les lleve provisiones.

Darius lo piensa por un segundo, pero finalmente asiente y sale por la puerta. No quiso llevarse el arco consigo, lo que tal vez es más seguro, y mejor para mí, porque eso significa que Katniss vendrá por él en algún momento, y, aunque ahora preferiría no verla hasta aclarar el embrollo de mi mente, eso no quiere decir que no necesite su cercanía.

Tal vez, cuando todo esto acabe, al fin podremos estar juntos. Yo sería de ella y ella sería mía. Pero para eso, primero, tengo que planear muy bien nuestro siguiente paso.

oOo

Mi madre viene al mediodía para hacerme de comer. Me dice que es miércoles, así que mis hermanos están en la escuela, igual que Peeta y Katniss, supongo. Tal vez sea mejor así, pienso. No creo que sea buena idea ver a nadie por ahora, no hasta que hable con Haymitch, al menos, por eso me niego a terminar de recuperarme en casa con ella y mis hermanos. Hablar con cualquier otra persona puede distraerme de lo importante, y no es momento para distracciones. Necesito más que nunca estar enfocado. Ni siquiera habló con mi madre, y sé que ella lo nota, pero no dice nada. Ella siempre sabe cuándo darme mi espacio, aunque tal vez cree que mi conmoción se debe a la paliza que me dieron en la plaza. Quizá es mejor así. Cuantos menos sepa más segura estará. O eso espero.

Mamá está secando los platos que usamos cuando Haymitch atraviesa la puerta, quitándose su pesado abrigo en la entrada, igual que sus botas y los rastros de nieve del cabello. Parece que otra vez hay tormenta.

Mi antiguo mentor se queda de pie en la entrada de la cocina por un momento, mirándonos a mí y mi madre como si no esperara vernos allí, pero rápidamente se recompone y esboza una sonrisa lánguida. Parece estar sobrio, y bastante más limpio de lo usual, lo que es extraño.

—Bien, eso huele delicioso —dice mientras mueve una silla para sentarse en la mesa. Mamá rápidamente se ofrece a calentarle un poco de ternera, pero él se niega, jocoso —Oh, por mucho que eso me agradaría, me temo que no podría probar un bocado más. Las cocineras de la casa del alcalde siempre se encargan de llenar mi plato hasta el borde.

Así que estuvo en casa del alcalde, pienso. Eso no es extraño, Madge dice que se reúne con su padre al menos una vez al mes para charlar sobre distintas cuestiones de logística sobre los Juegos. No creo que Haymitch tenga otras personas con quién pasar el rato, con excepción de Madge y Peeta, claro, pero todos normalmente se reúnen en su casa. Excepto ahora, pero eso, obviamente, es por mi causa. Yo nunca he encajado entre este ebrio barrigón, el panadero y la hija del alcalde, y nunca lo haré, supongo.

Cuando mi madre se retira para ir por mis hermanos a la escuela, Haymitch se sirve un café cargado y gira su silla hacia mí, subiendo sus pies a la mesa mientras me mira, como si esperara algo.

Después de algunos segundos, finalmente rompe el silencio.

—Entonces nos vamos todos a tierras desconocidas, ¿no? —me pregunta. Me sorprende que él sepa sobre el tonto plan de huida, pero no dudo que Madge haya corrido a contárselo después de que peleáramos hace unos días.

Suspiro, más resignado que molesto.

—No, ya no.

—Entonces al fin viste los fallos de tu estúpido plan, ¿no? —se burla —. ¿Alguna nueva y maravillosa idea?

—Quiero iniciar un levantamiento.

Haymitch se ríe. Ni siquiera es una risa cruel, lo que me resulta más inquietante, ya que me demuestra que ni siquiera me toma en serio.

—Bueno, ahora sí necesito un trago. Después me dices cómo te fue con eso, ¿sí?

—¡¿Podrías al menos fingir que te importa?! —me exaspero con frustración. Haymitch, sin embargo, ni siquiera parece estarme prestando atención. Él solo se levanta, va hasta la alacena y se toma todo el tiempo del mundo para elegir unas galletas de chocolate en lugar de tomar una botella, como hace usualmente. Después vuelve a sentarse, sube los pies a la mesa y me mira.

—De verdad, ¿por qué pareces esforzarte tanto por arruinarlo todo? —me dice, frunciendo el ceño mientras gesticula exageradamente con sus manos, igual que un viejo gruñón —Levantamientos, huidas, rebelión. Todo siempre debe ser un maldito problema contigo, ¿no?

—¿Y qué esperas que haga? —le pregunto, furioso —Porque, por si no te has dado cuenta, tenemos bastantes problemas aquí.

—¿Y eso es culpa de quién? —gruñe Haymitch, golpeando la mesa con su mano abierta —¡Teníamos un trato! ¡Sacarías a Madge de la Arena, no se suponía que salieras con ella!

—¡Pues ya está hecho, ¿no?! —levanto la voz, golpeando la mesa también. No necesito que me recuerde lo estúpido que fui, tampoco que preferiría que yo estuviera muerto para que Madge pudiera ganar. Y un pensamiento me invade de repente.

Pienso en Finnick Odair, uno de los vencedores más atractivos y cotizados del Capitolio; los rumores sobre él no son pocos. Es bien sabido que el presidente vende a los vencedores más populares para todo tipo de...asuntos. Madge también es muy popular, y es hermosa, incluso más que Cashmere, la vencedora del Distrito 1, y joven. Haymitch mencionó una vez que ella nunca irá al Capitolio sola porque está conmigo. Sin embargo, si solo ella hubiera salido de la Arena, entonces ¿qué le impediría al Capitolio venderla como si fuera una simple presa? Cuando pienso en eso, me alegro por primera vez del truco de las bayas. Tal vez lo arruiné todo, pero al menos mi presencia aquí hace que ella esté a salvo en casa.

Quizá, en realidad, sí hice algo bueno después de todo, aunque haya sido de forma inconsciente.

—Estás hasta el cuello en esto, chico —Haymitch se burla, tomando de su taza de café sin ninguna elegancia —¿Todavía no entiendes que cada cosa que hagas, cada movimiento, cada gesto o palabra que digas afecta a muchas más personas de las que crees? Y ahora estás aquí, gritando como un loco en mi cocina e intentando que nos maten a todos en lugar de seguir el maldito plan.

—¿Y cuál es el plan? —mascullo.

—El plan es asegurarme de que todo esté perfecto para el día de tu boda —responde—. Llamé para cambiar la fecha de la sesión de fotos sin dar demasiados detalles.

—Ni siquiera tienes teléfono.

—Effie lo arregló. ¿Sabes que me preguntó si querría ser el padrino? Le respondí que, cuanto antes te casara con Madge, mejor. Aunque no te mereces a esa chica.

—Haymitch —le digo, y noto que mi tono tiene algo de súplica.

—Gale —responde, imitándome. Creo que es la primera vez que dice mi nombre y no me llama "chico", "muchacho" o "idiota"—. No funcionará. Quieres controlar una revolución, pero no puedes controlarte a ti mismo.

El impacto de sus palabras se siente como una bofetada en mi cara. Es difícil entender a Haymitch, sobre todo cuando habla de esa forma que hace parecer que sabe más de lo que dice.

Me levanto, molesto porque las cosas no salieron como lo esperaba, y sin decir nada tomo un abrigo en la entrada, creo que el suyo, y salgo por la puerta hacia la calle. La ventisca helada me golpea en el rostro, y mis pies se hunden en la nieve mientras camino en dirección opuesta a la Aldea. No sé a dónde voy, solo sé que necesito caminar para distraerme, y no puedo ir al bosque, así que mis pies apuntan directamente hacia la ciudad. Parece que hubo una tormenta grande mientras estuve inconsciente, ya que todavía hay varios trabajadores paleando nieve con sus palas. Reconozco a Thom, mi antiguo compañero de escuela, y lo saludo a la distancia, sin detenerme a conversar. No estoy de ánimo para hablar con nadie ahora, aunque por su mirada y la de sus compañeros de cuadrilla parece que todos tienen cientos de preguntas sobre cómo es que estoy moviéndome tan erguido después de lo que pasó en la plaza. De eso es lo de lo que menos quiero hablar ahora.

Después de unos minutos, empiezo a ver la ciudad a lo lejos, donde las miradas curiosas se multiplican, pero tampoco me importa. Atravieso el distrito comerciante y en un tiro de piedra llego a la plaza sin darme cuenta. Entonces me detengo, no solo porque los recuerdos de los azotes me quita la respiración por un instante, sino porque la plaza se ha transformado: una enorme pancarta con el sello de Panem cuelga del tejado del Edificio de Justicia; unos agentes de la paz con impecables uniformes marchan sobre los adoquines recién barridos; en los tejados vemos más agentes en puestos de vigilancia con metralletas; y lo más perturbador es la fila de nuevas construcciones (un poste oficial para latigazos, varias cárceles y una horca) que han aparecido en el centro de la plaza.

—El jefe Thread trabaja rápido —comenta Peeta, sobresaltándome al notar que ahora está de pie a mi lado. No tengo idea de dónde ha salido —¿Estás bien?

—No escuché tus pisadas —digo, moviendo la cabeza de un lado a otro. Solo en ese momento me doy cuenta de que estamos a solo unos metros de la panadería de su familia, pero olvido ese detalle cuando noto que, a pocas calles de la plaza, todavía hay un incendio. No hace falta decirlo en voz alta, todos sabemos que el Quemador sigue ardiendo. Pienso en Sae la Grasienta, en Ripper y en el resto de amigos que se ganaban la vida en aquel lugar.

—¿Qué pasó con todos ellos? ¿A dónde irán ahora? —pregunto, no a Peeta directamente, más bien estoy pensando en voz. No obstante, él suspira y responde:

—Mi padre dice que la gente del Quemador es lista. Y al parecer no es la primera vez que pasa algo como esto. Será difícil por un tiempo, pero después todo volverá a la normalidad. Eso creo.

—Eso me temo —mascullo. Peeta me mira, confundido, pero no me quedo a escuchar su respuesta. Sigo caminando, arrastrando mis pies sobre la nieve, ahora en dirección hacia la Veta.

—No deberías caminar en este clima —me dice el panadero, siguiéndome por la calle. Lo escucho pero no me detengo.

—Estoy bien. Ya ni siquiera tengo marcas —le digo, pateando un montículo de nieve en mitad de camino. Peeta resopla y da un par de saltos para caminar a mi lado.

—¿Vas a la Veta?

—Tengo que ver a Katniss.

—Iré contigo —no se ofrece, solo me informa que viene conmigo. Yo me encojo de hombros; no me importa que me siga, aunque es extraño que sea tan amable cuando en realidad ni siquiera somos amigos. Sin embargo, su presencia, de alguna forma, me es de ayuda.

—Gracias —respondo; de repente me asusta mucho lo que pueda descubrir una vez que llegue a casa de los Everdeen.

Thread no dañaría a Katniss y su familia, ¿o sí? Yo lo sabría, o Peeta ya me lo habría dicho; a ese chico le gusta hablar de cosas. Las calles están casi vacías, lo que no resultaría extraño a estas horas del día si la gente estuviese en las minas y los niños en el colegio. Pero no lo están, porque veo caras asomadas a las puertas, a las rendijas de las contraventanas.

«Un levantamiento —pienso—. Qué idiota fui.»

Hay un defecto de base en mi plan que no había visto: un levantamiento requiere romper la ley, enfrentarse a la autoridad. Katniss y yo llevamos haciéndolo toda la vida, al igual que nuestras familias: caza furtiva, comercio en el mercado negro, burlas al Capitolio en el bosque... Sin embargo, para la mayoría de la gente del Distrito 12 un paseo a comprar algo en el Quemador es ya demasiado riesgo. ¿Y yo espero que se reúnan en la plaza con ladrillos y antorchas? Si solo con verme caminar por la calle basta para que todos aparten a sus hijos de las ventanas y cierren las cortinas...

Esta gente nunca peleará conmigo; ellos no se defenderán, ni se alzarán contra el Capitolio. Llevamos tanto tiempo siendo oprimidos que el espíritu de todo aquel que alguna vez soñó con ser libre ha sido aplastado por completo. Ni siquiera puedo ver el fuego de la revolución en otros jóvenes, ni siquiera en Katniss, a pesar de quebrantar las leyes conmigo durante cada día de los últimos años. Ella no quiere cambiar las cosas, solo quiere mantener a los que ama a salvo, igual que la mayoría de las personas de Panem. ¿Podría culparlos por eso? De hecho, ¿no me estoy dejando manipular como un muñeco más de Snow por eso mismo?

Desde que tengo memoria, y sobre todo después de la muerte de mi padre, he tenido siempre el deseo de cambiar las cosas, de luchar contra todo aquello que nos mantiene dóciles y oprimidos. Ni siquiera pensaba en las consecuencias que ello podría traer, estaba tan lleno de odio y rabia que era difícil ver el panorama completo. Pero ahora, desde que Madge y yo salimos de la Arena, he estado haciendo todo lo contrario a lo que siempre soñé con tal de mantenerla a ella y a todos quienes nos importan a salvo. ¿Eso sigue haciéndome egoísta?

Todo es tan confuso cuando intento comprenderlo. De verdad quiero salvar a todos, pero en el fondo siento que todo esto es inútil; de nada sirve salvar el presente cuando el futuro podría ser incluso peor. Podría quedarme callado, bajar la cabeza y esperar que todo se resuelva para que mi familia, Madge y mis amigos estén a salvo, y nada cambiaría en el mundo. Los niños del 12 seguirían muriendo de hambre, como nuestros mineros bajo tierra; y dos niños deberían ser sacrificados cada año para diversión del Capitolio, igual que en el resto de los distritos. Sí, nos salvaría a todos de una muerte cercana, pero, ¿a qué precio?

En cambio, podría dejar de callarme; podría levantarme y pelear, convencer a otros de hacerlo conmigo y pagar el precio requerido, así fuera con mi propia vida, y cambiar las cosas para bien, para que ninguna otra persona tenga que sufrir por la falta de comida, las torturas o los Juegos del Hambre. El costo podría ser demasiado alto, pero nadie ha conseguido libertad sin hacer sacrificios. Y sé que yo tengo demasiado que perder, pero puedo vivir temiendo a las llamas o dejar que ellas me consuman para renacer en un nuevo Panem. Lo que sea que decida, pienso, tengo que decidirlo pronto. Pelear sin importar las consecuencias o volver a someterme.

Entonces entiendo las palabras de Haymitch; no puedo controlarme a mí mismo, porque desde siempre hay dos partes en mí que quieren cosas opuestas; aquella que quiere mantenerse alejado de problemas para proteger a su gente, y la que grita por una revolución. En ese instante sé que esto no podrá ser así por el resto de mi vida. Lo que Haymitch quería decirme hace solo un par de horas es que ya no puedo estar dividido entre dos opciones, sino elegir una y hacerme a la idea de que no habrá vuelta atrás una vez que la decisión esté hecha.

Encontramos a Katniss en su casa, cuidando de Prim, que está muy enferma, nos cuenta. Por eso apenas abre la madera y nos habla desde adentro, sin dejarnos pasar. O al menos eso dice ella.

—Es otra epidemia de sarampión que atacó a la Veta —me explica a través de la rendija de la puerta de madera sucia y podrida —. Mi madre hace lo mejor que puede para ayudar.

—Por supuesto— le digo—Lo que necesiten...

—Estamos bien —ella niega con la cabeza. Después me mira, y deja entrever su sorpresa por verme tan erguido después de la paliza que recibí hace solo unos días —¿Tú cómo estás?

—Mucho mejor —confirmo, algo emocionado a causa de su preocupación por mi salud —Trajeron todas estas medicinas mágicas del Capitolio que me aliviaron en solo un par de días. El doctor dice que estaré en condiciones de trabajar en las minas en solo unos días más —bromeo. Katniss me mira fijamente con sus ojos grises, pero ahora, a diferencia de la vez que la vi dormida junto a mi cama, su rostro parece haber envejecido casi una década.

—¿No te enteraste? Cerraron las minas. Se dice que no abrirán hasta nuevo aviso —nos cuenta, lanzando una mirada nerviosa hacia la calle, como si le preocupara que alguien la viera hablando conmigo.

—¿Y qué pasará con toda la gente? —pregunta Peeta. Ella se encoge de hombros.

—He oído que muchos niños están pidiendo teselas —suspira —O al menos eso le dijeron a mi madre antes de que dejara de tener pacientes.

—¿Dejó de atender a la gente?

—Oficialmente no, pero todos temen darle trabajo.

—Quizá sea por la nieve —interviene Peeta.

—No, el jefe Thread estuvo aquí —nos dice Katniss, haciendo que mi corazón se acelere solo al escuchar ese nombre —Alguien le dijo que mi madre curaba a los enfermos que no pueden costear a un doctor sin tener ningún tipo de licencia, y él... dijo que la ataría al poste si seguía ejerciendo la medicina de forma ilegal.

—Oh, Catnip —digo en un jadeo entre cortado.

—No es nada. Aún tiene el trabajo en casa de Haymitch, y a veces me deja ayudarla. Pero las demás familias...

—Enviaré dinero para que se los repartas —digo de inmediato —¿Puedes hacerlo? No creo que nadie quiera recibirlo de mí directamente —añado. Ella asiente, con la vista todavía clavada en el suelo. Parece dudar por un momento antes de decir lo siguiente, aunque finalmente lo hace:

—Darius estuvo aquí más temprano —murmura, apenas más alto que un susurro —Me dijo lo de la valla.

—Es mi culpa —admito, no queriendo hablar de eso ahora —Lo arreglaré, no te preocupes. Mientras tanto seguiré apoyándote. No les faltará comida en la mesa, ni medicinas para Prim.

Cuando salimos, me vuelvo hacia Peeta.

—Puedes volver a casa, ya te entretuve suficiente —le digo. Lo cierto es que, aunque su presencia no me molesta, ahora necesito estar solo.

Él asiente, y se despide con una mano antes de tomar el camino hacia la Aldea de los Vencedores. Me toma un segundo recordar que ahora vive con Haymitch, por eso se dirige hacia allí. Madge lo arregló todo para que nuestro antiguo mentor no estuviera solo durante todo el proceso de dejar la bebida, ahora lo recuerdo. Personalmente, no sé por qué se preocupa tanto por ese viejo barrigón, pero me recuerdo a mí mismo que los dos comparten un lazo del que yo estoy totalmente excluido, y no pienso mucho más en eso mientras avanzo en dirección al Quemador. O al menos lo que queda de él.

Dando saltos sobre la nieve recorro las calles de la Veta hasta llegar al edificio en llamas. Ni siquiera se han molestado en dejar por allí a los agentes de la paz. Saben que nadie sería tan estúpido para intentar salvarlo después del espectáculo que Thread dio a costa mía. Si pueden castigar de forma tan bestial a un vencedor, ¿qué les impedirá matarlos a ellos?

El calor de las llamas hace que se funda la nieve a mi alrededor, y unas gotas oscuras me manchan las botas. Es todo ese polvo de carbón de los viejos tiempos. Estaba en todas las grietas, incrustado en los tablones del suelo. Es asombroso que este lugar no se haya incendiado antes.

Vuelvo a la plaza y resisto el impulso de ir a la casa del alcalde para intentar sacarle un poco más de información acerca de los levantamientos. Madge nunca me perdonaría que metiera a su padre en todo esto. Así que solo doy algunas vueltas en círculo, observando fijamente los feos instrumentos de tortura que están a pocos metros de mí, y que todavía tienen manchas de sangre que se congelaron en el metal debido a la tormenta. Espero que esa sangre sea mía, y que nadie más haya tenido que pasar por allí. Lo último que compruebo al abandonar la plaza es que no reconozco a ninguno de los agentes, y, sin embargo, ellos parecen conocerme a mí, ya que no me quitan los ojos de encima hasta que me voy.

Conforme pasan los días, las cosas van de mal en peor. Las minas permanecen cerradas dos semanas y, para entonces, la mitad del Distrito 12 se está muriendo de hambre. El número de niños que piden teselas se dispara, pero muchas veces ni siquiera reciben la correspondiente ración de cereales. Empieza la escasez de comida e incluso los que tienen dinero vuelven de las tiendas con las manos vacías. Cuando se abren de nuevo las minas, se reducen los salarios, se amplían los horarios y envían a los mineros a lugares descaradamente peligrosos. La comida prometida para el Día de los Paquetes, que todos esperaban con ansiedad, llega podrida e infestada de roedores. Las instalaciones de la plaza se usan de manera asidua; castigan a los ciudadanos por delitos que llevan tanto tiempo sin penarse que nadie recuerda que son ilegales.

Y conforme las cosas empeoran, todo se hace mucho más claro en mi cabeza. Ellos quieren matarnos de hambre, yo debo regresarles el golpe.

Aunque aún no sé bien qué es lo que debo hacer o por dónde debería empezar, la mañana en que llega la segunda tanda de comida del Día de los Paquetes en mal estado, estoy más que decidido a hacer algo al respecto, así que cuando Madge va a ver a sus padres con Peeta, voy directamente a casa de Haymitch, y entro sin golpear a la puerta.

En algún lado, escucho el sonido de la televisión hablando sobre mi próxima boda, y los diferentes diseños que se están trabajando para hacer que Madge brille ese día, o eso es lo que alcancé a entender cuando encuentro a Haymitch, que está sentado en su cocina, igual que siempre, con una taza de café humeante en las manos, y una mirada perdida hasta que escucha mis pasos. Entonces levanta la cabeza y nos miramos a los ojos por unos segundos, dándome cuenta de que, de alguna forma, me veo a mí mismo en los suyos.

—¿Estás listo para esto? —me dice. Y a pesar de que al principio no sé a qué se refiere, algo dentro de mí me hace decir la respuesta con más seguridad de la que he sentido en toda mi vida:

—Lo estoy.

oOo

Continuará...

oOo

N del A:

Bueno, después de tantas cosas que estuvieron pasando en mi vida, al fin encontré algunos días para escribir y publicar algunos capítulos de fics que llevaba tiempo prometiendo actualizar.

Lamento la demora con este, y espero que el capítulo haya cumplido con sus espectativas. Debo decir que es algo difícil escribir desde la perspectiva de Gale, ya que es fácil imaginar a Madge como una versión femenina de Peeta, pero no así a Gale como la contraparte masculina de Katniss. Creo que ambos son muy diferentes en esencia, empezando porque Gale siempre fue un luchador, mientras que Katniss era alguien que más bien no se preocupaba demasiado por las cosas hasta que quedó atrapada en el medio de los Juegos, y después en una revolución. Al mismo tiempo, me imagino a un Gale sumamente dividido entre sus deseos de pelear y el anhelo de querer cuidar de todos los que lo rodean. En los libros lo tuvo bastante fácil, ya que la guerra simplemente lo alcanzó, mientras que en este fanfic tendrá que tomar la decisión por su cuenta acerca de encender todo el país en llamas o quedarse quieto para proteger a los suyos. Y creo que todos sabemos qué camino elegiría al final.

Por eso también me emociona ver cómo se desenvolverá más adelante, cuando asuma su papel en la guerra no como un agente más, sino como uno de los principales impulsores. Será interesante seguir desarrollando a este Gale tan confundido y enojado.

Como sea, espero que les haya gustado el capítulo, y, cualquier duda o comentario, estoy a un par de clicks de distancia.

Hasta la próxima!

Su buen vecino,

H.S.