Completo silencio, interrumpido solo por el eco de los pasos. Nervioso, Marshall camina hacia la ostentosa mesa donde, del otro lado, su anfitrión lo espera ansioso.
Las sillas parecen talladas con un árbol que el lobo creer debe ser ilegal talar, con el respaldo y asiento rojo más cómodos en los que se haya sentado antes. La mesa combina, pues parece del mismo material, con un mantel rojo a lo largo que no llega a los bordes.
Con un ademán, Genevil invita a sentarse.
—Imaginaba a alguien más… viejo.
—Tengo 56 años —mencionó con humor, aunque, cabe recordar que los mobianos viven dos veces lo que un humano y, con ello, su desarrollo es el doble de lento, por lo que el equivalente sería de 28.
—Ya veo —tomó asiento—, y… ¿cuánto tiempo les tomó construir todo esto?
—Encontré esta base hace 5 años, me tomó todo ese tiempo conocerla y reparar cada sección sin perder ningún detalle. Comencé a vivir aquí a principios de este año.
—Casi siete meses bajo el agua, ¿eh? ¿Por qué alguien querría torturarse así?
—Entiendo tu temor por el océano, Ser de Fuego, pero debes imaginar las razones por las que permanezco oculto.
—Cierto, cierto. Bien, vayamos al grano…
—¡Espera! ¿Qué clase de anfitrión sería si no te invito una cena, para variar?
—¿Es en serio?…
—¡Muy en serio! —dio un par de palmadas con fuerza, llamando otro par de robots, cargando una bandeja de plata cada uno.
—¿Qué…?
—Espero que disfrutes los mariscos, pues no hay mucha variedad que pueda ofrecerte. Adelante.
El halcón espera a su invitado, quien, incómodo, destapa la bandeja para descubrir un clásico platillo de langosta con algunas salsas y ensaladas. Los robots regresan para ofrecer un par de aperitivos más y una garra llena agua de algún sabor.
—Esto es… ¿Intentas caerme bien?
—Por supuesto, lo que sea para cambiar todo lo que seguro piensas de nosotros y, por supuesto, asegurar un trato.
—¡Ja, ja! Suerte con eso, ave de presa —tomó el cuchillo y tenedor para, luego de agradecer la comida, comenzar a devorar a la par de su anfitrión.
La propuesta de Genevil
La tragedia del halcón y el jaguar
—Entonces —habla mientras mastica—, ¿quiénes son ustedes? Hablo de —sonidos de comida siendo pre digerida—… algo más que solo sus nombres.
—Entiendo la pregunta, pero, supongo que puedo presentarme formalmente. Mi nombre es Albert Genevil, halcón, un metro con setenta y poco más, dos doctorados, me especializo en la mecánica y el estudio y manejo de la energía vital y otros tipos. Me atrevo a decir que soy de los mejores de todo Mobius en mi campo.
—Modestia de lado, ¿ah?
—¿Acaso la necesitamos?
—Eso me agrada. Bien, dime —otra mordida—, ¿qué es lo que quieres?
—¿No es obvio?
—¿Control? ¿Poder? No me digas, creo que esta trama ya la conozco: crees ser el único mobiano con el intelecto necesario para controlar todo el mundo, ¿me equivoco?
—Sí.
—¿Ohh? ¿Se trata de algo más complicado? ¿O algo más simple?
—Me atrevo a decir que algo más complicado.
Contrastando con el lobo, Albert demuestra elegancia a la hora de comer, procurando la servilleta y el hacer las pausas necesarias para hablar o masticar cuando es debido. Los modales los tienen unos.
—Dime, Marshall, cuando sales a la calle, sobre todo en las noches, ¿qué ves a tu alrededor?
—Gente, gente y más gente. No es una ciudad tranquila, en especial por las calles que tomo.
—Por favor, te invito a que pienses de una manera más objetiva. Intenta responder mi pregunta de nuevo.
—Si es lo que quieres. Lo que veo todos los días son las personas a las que pones en peligro cada que envías un robot. La ciudad donde he crecido durante mis 28 años de vida, mis amigos y familia. Desde que llegaste, solo espero el día en que te derrotemos o te rindas.
—Perfecto, entonces lo entiendes. ¿Crees que soy la única amenaza que te rodea?
—¿De qué estás hablando? Eres la única amenaza que se ha presentado.
—Por supuesto, llamo la atención, pero basta con que eches un vistazo a las noticias. Todos los días muere alguien, se roban cosas, existen Seres Especiales utilizando su poder para su propio beneficio a costa de otros.
—Para eso existe la policía y el Equipo Especial.
—Y mira lo mucho que han cambiado las cosas con los siglos. Ellos se encuentran en una guerra lenta y silenciosa que nunca podrán terminar. Sin importar lo que hagan, no poseen el poder para acabar con el mal para siempre. Cada día se escribirá una nueva tragedia, sin que nadie pueda evitarla. Pero, ¿qué pensarías si te digo que conozco el poder para acabar con todo el mal de Mobius?
—¿Ah? Que estás demente. He escuchado historias de héroes y leyendas desde pequeño, poderes más allá de la imaginación, viajes en el tiempo, guerras entre mundos, deidades que despiertan solo para ser enviadas a dormir de nuevo. Pero el mal nunca ha dejado de existir, solo cambia de forma. ¿Por qué creería que tienes el poder para cambiar algo que ni el poder de alterar la realidad ha conseguido?
—No te equivocas al pensar de esa manera. ¿Qué puede hacer un joven halcón sin poderes que solo parece un típico soñador? La respuesta es simple, pero el camino hacia ella no tanto. Mira a tu alrededor, contempla los cuadros que adornan mis paredes. Son réplicas de auténticas imágenes tomadas de templos antiguos y todas enseñan alguna leyenda o profecía que se cumplió o lo hará algún día. ¿Qué tienen todas en común?
—Pues…
Donde quiera que la mirada busque, se puede ver una escena diferente: mundos colisionando, seres poderosos enfrentándose, la aparición de numerosos objetos, como gemas; pero ninguno consigue llamar la atención del lobo de manera especial.
—No lo sé.
—Todos son solo un episodio más en una historia que solo se repite una y otra vez. La razón por la que me gusta verlos cada día, es que me gusta recordar eso. Yo no seré el villano que alguno de esos cuadros llegue a mostrar.
—Nunca podrías.
—No, nunca podría. Supongo que nací muy tarde para eso, sin embargo, lo encuentro algo poético, pues mi historia no tendrá el mismo resultado que todas ellas. Tomaremos este mundo, entonces, usaremos nuestro poder para eliminar para siempre el mal que existe en él. No habrá más temor, no habrá más sufrimiento, todas esas cosas habrán pasado ya.
—¿De qué estás hablando? ¿Quieres que crea que eres una especie de salvador?
—No, no, por supuesto que no. Nunca me proclamaría como uno, después de todo, para conseguirlo, debo tomar el mundo por la fuerza primero. Para ello, algunas cabezas deben volar.
—Eso te convierte en el villano.
—Pueden llamarme como quieran, eso me tiene sin cuidado.
—Quieres que crea todos tus disparates, pero no me hablas de ese grandioso poder que acabará con todo el mal en el mundo.
—Por supuesto. Como te dije, una de mis especialidades es el estudio y manipulación de la energía. En estos momentos, me encuentro en la creación de un nuevo tipo de energía, una que nos permitirá ver y controlar todo Mobius, así, nada se nos escapará, toda acción con maldad será castigada. Pero, para hacer esto, primero debo tomar el control.
—¿Por qué?
—Una vez hice la propuesta, fue cuando me encontraba estudiando. En ese entonces, era tan solo una idea, "¿qué pasaría si alguien pudiera verlo todo y estar en todos los sitios a la vez? Un ser así, ¿sería capaz de generar una paz definitiva?"
—Hablar de ser un dios.
—Todos me dijeron lo mismo. Cuando intenté explicar mi idea, no tardaron en tacharla. En ese entonces no le di tanta importancia, concluí mis estudios con normalidad y luego me enforqué en hacerla realidad. Me ha tomado hasta ahora, je, je.
—Has desperdiciado toda tu vida en una extraña fantasía.
—No lo considero así. Este es mi verdadero plan: tomaremos ciudad Begin, usaremos sus recursos y conexiones con el resto de la región para expandir nuestro poder y territorio lo más rápido posible. En el proceso, comenzarán los experimentos con esta nueva energía, la implantaré en todos los mobianos que pueda, probaré su efectividad. Eventualmente, terminaremos por tomar las siete regiones y todo Mobius conocerá el potencial de mi nueva energía. Tendremos ojos y odios a nivel global, nada podrá ocultarse y, entonces, acabaremos con el verdadero mal que existe en este mundo.
—Es… demasiado ambicioso… ¡No puedo creer nada de lo que dices! Hablas del "verdadero mal en este mundo", pero tampoco dejas de mencionar que tomarás Mobius por la fuerza, que volarán las cabezas necesarias.
—Por contradictorio que pueda sonar, debes tener fe en que todo tendrá sentido una vez que lo veas con tus propios ojos.
—Sí, cómo no —dio un último bocado—. Bueno, ¿cuál es el trato por el que tanto me tanto me insistió tu asistente?
Tomaba un sorbo de su bebida, pero la última palabra provoca una reacción agresiva, pues vuelve el vaso con fuerza a la mesa para luego inhalar un poco y relajarse.
—No es una asistente, ninguna lo es.
—¿Ah? Entonces, ¿cuál es su relación?
—Es una historia muy larga.
—Genial, entonces, pasemos directo a esa oferta.
—Mmm…
La gran ave cierra los ojos un momento y, sin darse cuenta, lleva su mano al pico, el equivalente a tocar su barbilla mientras lo piensa. El ver esa extremidad en alto hace pensar un poco al lobo, pues la presencia de guantes y mangas largas hace evidente la falta del plumaje necesario para volar, tal como sucede con su amigo.
—Quizá… el conocer un poco esa historia te ayude a comprender la verdadera naturaleza de mi propuesta. Sí, creo que deberías escucharla.
—¿En serio? —soltó un largo suspiro— ¿Te importa si pido un segundo plato?
—Adelante.
—Entonces, toma el tiempo que quieras.
—Bien. Sucedió hace 16 años…
Las fechas a las que se refiere el doctor se ubicaron a un par de meses antes del nuevo milenio. Nos encontramos en una ciudad algo diferente a Begin, pues, los edificios no imponen tanto, permitiendo a los habitantes contemplar las verdes montañas que la rodean. El tráfico es poco y sus vehículos son, en su gran mayoría, terrestres, una diferencia importante, pues, en ciudades grandes suelen verse también automóviles aéreos. Con lo anterior dicho, el mayor contraste que pudiera tener esta ciudad es su cielo nocturno, pues, las luces fueron diseñadas para iluminar solo lo suficiente para que los transeúntes vean con comodidad; de esta manera, las estrellas y algunas constelaciones pueden ser vistas cuando el infinito techo se encuentra despejado y te ubicas en el sitio correcto.
El sitio que debemos visitar es un edificio departamental. Diez pisos, paredes color crema con secciones de ladrillo, tan ancho, que uno lo confundiría con un buen hotel. Aquí se encuentra un joven Albert Genevil, fácil de localizar por lo iluminada que está su habitación.
La cama destendida, llena de libros, cuadernos y aparatos como tabletas y similares; un bote de basura lleno de papales rotos, el suelo tapizado con algunas camisas un poco sucias entre otras prendas, pero, nada de ese desorden se compara al escritorio, pues, con tan solo dos metros cuadrados y un delgado piso inferior deslizable, se encuentra repleto de hojas, láminas con diferentes diseños, algunas de estas dobladas como un tubo; un par de libros abiertos, tres tabletas mostrando información, un pequeño espacio para una taza de café y un halcón escribiendo en su cuaderno mientras su cansada vista intenta ver hacia todas direcciones.
A veces, revisa y edita alguno de los planos, luego, revisa o actualiza información en sus tabletas, puede que se trate de un gran proyecto.
El estudiante de posgrado tenía las plumas de su cabeza más largas en aquel entonces, pues las amarraba con una liga, como si fueran cabello, solo que estas no caen. Lleva puesta solo una camisa de cuadros, blancos y diferentes tonalidades de café, abierta, mostrando una playera blanca. Debajo, pantalones de mezclilla. Descalzo, mostrando tres fuertes garras en cada pie.
Exhausto, suelta las cosas en sus manos y deja caer la espalda contra la silla, da un largo suspiro, luego, echa un vistazo a su taza y la encuentra vacía. Por su expresión, puede haber perdido la cuenta ya.
Tras dejar que su mirada se pierda para pensar un poco, se pone de pie, estilando piernas y alas. Estas últimas, cubiertas del hombro hasta el codo, pues se arremanga para trabajar, muestran un plumaje delgado y corto; su mano podría verse igual, pero está oculta bajo los clásicos guantes blancos.
Se acerca a la ventana para abrir las cortinas, deleitando su vista con todo el paisaje ya descrito. Su paz no duraría mucho, pues un teléfono comienza a sonar por algún lado. Lo busca con la mirada, pero son sus oídos los que le ayudan dar en el blanco, obligado a levantar sábanas para encontrar el objeto.
—¿Qué tal? ¿Problemas para dormir de nuevo? —respondió la llamada con muy buen humor, regresando a su lugar junto la ventana— No, no es eso, solo estoy un poco cansado, ya sabes… ¿Ahora? Es algo tarde ya… Bien, te veré en 20 minutos.
Por lo animado que se escucha, no es de extrañar que le tomara unos cuantos minutos bajar de aquel lujoso edificio. Agregado a su vestimenta, destacan un par de zapatos café, de trabajo, y una chaqueta color avellana.
Camina por las calles nocturnas con gran naturalidad y confianza. Muy pocos autos y personas es lo que esperaba ver, pero nadie puede estar listo para que su corazón se acelere por el estruendo de una explosión.
A pesar de la distancia, el cielo se tiñó de rojo por un diminuto instante, haciendo temblar el suelo. Albert se encuentra confundido, pero, tan pronto alza la mirada, puede ver una cortina de humo elevarse a la distancia. No lo piensa dos veces, desvía su camino para encontrar la fuente de la explosión.
Su teléfono comienza a sonar, pero, tal vez sea su ritmo cardiaco, la fuerza de sus acelerados pasos o los infinitos pensamientos que ahogan su mente lo que le impidió darse cuenta. Su mirada no se despega del humo, el cual pronto se ha convertido en una gigantesca cortina negra, visible para cualquiera.
Los ojos del ave solo se desvían para no perder el camino por instantes, pero, es en uno de ellos que consiguen divisar un pequeño ser, no muy lejos. Un jaguar, una niña, manchas de hollín en su rostro, limpiándose solo un poco por las lágrimas. No para de correr, parece estar esforzándose al máximo, pero se tambalea. Su delgado vestido alguna vez fue blanco, ahora son manchas de suciedad, colores negros y rojos lo que llenan ese lienzo.
Detrás de ella, tres personajes, vestidos por completo de negro, en persecución hacia la pequeña.
—¡Que no escape! ¡Nos matarán si dejamos sobrevivientes!
Tras escuchar eso, el semblante confundido de Albert se borra. Una mueca revela un poco de ira y determinación. Los caminos de estos seres están por cruzarse, los de negro apenas y han visto al halcón, pues se concentran en la niña, la cual, se tropieza sin remedio, pero es entonces que las miradas se cruzan, pues, tras encontrar motivos para aumentar su velocidad, Albert se lanza para atrapar a la pequeña antes de caer al suelo. Durante su acrobacia, alcanzó a ver una pistola apuntando, por lo que, al tener a la sorprendida pequeña en sus alas, gira un poco su cuerpo con la esperanza de que el tiro falle o, por lo menos, servir de escudo.
Sucede lo primero y, antes de darse cuenta, los destinos se encuentran al fin. Albert cae de espaldas y ve un largo sable aproximarse a él, pero sus reacciones son superiores, alzando sus pies, consigue detener el arma en seco mientras abraza a la niña. Un giro rápido bastó para desarmar al poco preparado agresor y, de paso, usar la inercia para elevar su propio cuerpo y ponerse de pie.
La niña permanece abrazada, abriendo los ojos poco a poco para enterarse de la situación, apretando los brazos con más fuerza. Están rodeados, en medio de una formación triangular, una pistola, un delgado, pero largo cañón; un sable a sus pies.
—No te separes de mí.
—¿Intentas hacerte el héroe, amigo? Puedes darnos a la niña y consideraremos no matarte.
—No lo harán, conozco a los de su tipo. El filo de tu arma está bañado en sangre.
—Argh, no tenemos tiempo para esto, ¡maten a ambos!
Antes que el supuesto líder terminara la orden, Albert consigue levantar de vuelta el arma con su pie y, sin titubear un segundo, aprovecha la sorpresa y distracción para arrojarla al sujeto con el cañón, quien apenas consigue esquivar, pero, al hacerlo, no puede ver a su oponente, quien aprovechó para acercarse a su compañero y, con su velocidad y algo de suerte, consigue sujetar el brazo armado y el pecho, golpeando con el codo para dejarlo sin aliento y tomar su arma, rematando con una patada. Para este momento, la niña consigue refugiarse tras un auto.
—¡Dispara, imbécil!
El líder se disponía a recuperar su arma, pero nunca pensó que la orden serviría de aviso al halcón, quien usa el cuerpo de su noqueada victima como escudo para aproximarse al nuevo oponente, quien se rehúsa a disparar.
Albert arroja el cuerpo, aquel con el cañón lo esquiva, comienza un combate cercano. Su arma no solo dispara, el extremo del cañón es filoso, puntiagudo, por lo que puede usarse como una pequeña lanza o estaca. Genevil no tardó en reconocer las características del instrumento, por lo que procuró cerrar la distancia desde el inicio, arrojando golpes que son esquivados una y otra vez. Para su poco grata sorpresa, el líder regresa.
Usando ambas manos para manipular el sable, consigue hacer retroceder a su enemigo con un agresivo ataque. Separado por solo tres metros, Albert decide disparar, pero cada proyectil es bloqueado por ambos enemigos.
—No son cualquier grupo de asesinos… ¡agh!
El dueño de la pistola se dispone a recuperarla. Toma al halcón por la espalda, apretando su cuello un el brazo, sin embargo, Genevil consigue doblar su pierna con la de su atacante, superándolo en peso y fuerza para hacerlo caer con su cuerpo encima. Al instante busca reincorporarse, pero recibe un disparo de energía en un hombro, desplomándose por el impacto. Se inclina tan pronto como puede, ya tiene al sujeto del sable sobre él, buscando su cuello, por lo que ignora el dolor e intenta esquivar, recibiendo un rose por debajo de un ojo. Consigue levantarse.
No se dio cuenta temprano, tiró el arma. Esquiva cortes y estocadas dirigidas al cuello y extremidades, apenas puede seguir el ritmo. Su excelente mirada le permite hacer esto mientras presta atención a sus otros oponentes, uno recuperando su pistola, el otro listo para disparar. Mueve su cuerpo a un lado, de manera que el disparo pasó en medio de los peleadores, pero el combate no tarda en reanudarse. Por fin, consigue golpear con el lateral de su mano la parte superior del pecho, haciéndolo retroceder para derribarlo, deslizando una pierna por debajo.
Desvía la mirada justo a tiempo para ver un arma dispararse tras otra, recibiendo una bala en la pierna y la energía en el pecho, siendo empujado unos cuantos metros. El líder se pone de pie, furioso.
—Mátenlo, yo iré por la niña.
Así, se retira, cediendo el paso a sus compañeros.
—Peleaste bien, pero, si vamos a entrar a Esmeralda Negra, no podemos ser vencidos por un pájaro cualquiera.
—¡Cierra la boca! Sabes que no puedes mencionarlo.
—¿Qué más da? Su vida está por terminar.
—Esmeralda… Negra —habló mientras intenta recuperar sus fuerzas, sosteniéndose con ambos brazos recostados en un intento por ponerse de pie—… ¿Qué tiene que ver con una niña?
—Eso no te incumbe. Daremos fin a tu sufrimiento.
Cae, dándoles la espalda, abrazando su pecho en dolor.
—¿Oh? ¿Eso es todo? ¡Ja, ja! ¿Por qué te molestaste? ¿Por qué peleaste? ¡Es solo una niña! ¡Millones de mobianos de cualquier edad muere día a día! Se trata de un número más, bueno, son dos ahora.
Apuntan, listos para apretar el gatillo, pero Albert gira su cuerpo con fuerza justo a tiempo para evitar ambos tiros, arrojando un objeto. Ambos enemigos se distraen con esto, un teléfono. Comprenden de inmediato, pero, al regresar la mirada, Albert ya está sobre ellos, aprovechando la poca distancia entre los dos para tomarlos por el cuello, usando sus dos alas y todas sus fuerzas para derribarlos, emitiendo un enorme grito por su dolor.
—¡¿Qué?! ¡¿Cómo pueden ser tan inútiles?! —expresó su ira, tomando con fuerza su arma y abandonando a la pequeña, quien, confundida, asoma su mirada para ver de nuevo la escena.
Patea con fuerza el pecho de una víctima para tomar su cañón, después, dispara a la pistola del otro, quien ya intentaba apuntar, destruyendo el objeto y reincorporándose justo a tiempo para recibir al líder en un choque de armas. Albert está demasiado herido para poner resistencia, así que gira su cuerpo para obligarlo a cambiar posiciones por su propia fuerza. Su oponente es ágil, se gira al instante, devolviendo la ofensiva, el halcón debe retroceder.
—¡Desperdicio de carne! ¡¿Por qué sacrificas tu vida por esa criatura?!
—Si no puedo ganar esta batalla, no seré capaz de ganar ninguna; no podré cumplir mi propósito.
—¿De qué demonios hablas? ¿Cuál propósito?
—Debo —sus armas chocan de nuevo, forcejeando—… ¡Debo cambiar el mundo!
Arroja una patada lateral, sosteniéndose con su pierna herida, pero su oponente retrocede, cediendo el paso a sus compañeros. Ambos buscan un agarre, intentando cubrir cualquier opción de escape con su líder listo para atacar por en medio.
—¡Ahh!
Para sorpresa de todos, Albert no retrocede, consigue embestir a uno, levantando su cuerpo para arrojarlo contra el otro, arremetiendo enseguida contra el líder, quien no duda en responder. Solo hubo tiempo para un par de choques, pues Genevil debe girar su cuerpo para recibir agresión por un costado, disparando sin pensar, dando en el blanco y reanudando el combate. No consigue nada antes de ser agredido por el otro lado, reaccionando de la misma manera, pero fallando el tiro en reacción de su adversario, quien consigue tomar el arma con ambas manos.
Albert gira su cuerpo para evitar un corta que pudo ser el final, reflejando esa sensación en sus ojos. Durante la misma inercia, patea al que interviene para sacárselo de encima.
—¡Yo puedo con él! ¡Vayan por la niña!
—¡No!
Retrocede un poco para dispar al líder, obligándolo a esquivar, alejándose un par de metros, dando oportunidad a Albert de arremeter contra el otro par. Al estar desarmados, deben ser en extremo cuidadosos, pero el frenesí de estocadas y disparos lo no hace fácil. Intentan sujetarlo, uno de ellos consigue que su hombro sea herido a quemarropa por el cañón, siendo empujado metros por el golpe. El otro consigue tomar a Genevil por la espalda, pero recibe un codazo tras otro hasta ser rematado por un cabezazo, retrocediendo sin poder evitar una estocada en el pecho, perdiendo por completo el aliento junto con la sangre y, antes de poder entender lo que sucede, un último disparó lo envió lejos, terminando su participación en el combate y, dentro de poco, su vida.
No muy lejos, está aquella niña, con la mitad de su cuerpo oculto tras el automóvil, observando con asombro la escena y cruzando miradas por primera vez con Albert, quien se conmueve al instante por su rostro, pues el terror por el que debe estar pasando no le impide sentir algo de esperanza, la cual parece morir al momento que el halcón es atravesado por la espalda.
—¡Ahh!
—Eres débil. Nunca hubieras sido capaz de hacer nada —declaró para retirar el arma.
Albert cae de rodillas, sin poder creer aun lo que sucede. Con una patada más, su agresor lo hace caer. Usa sus últimas fuerzas para ver a la pequeña, estirando un poco su único brazo bueno hacia ella.
—¡Ja, ja! Esa fuerza de voluntad, ¡asombroso! ¡Exquisito! De haberte dedicado a lo que sea, seguro hubieras triunfado, pero, ¿cambiar el mundo? ¿Esa era tu meta en la vida? ¡Por favor! ¡Presta atención! ¡Usa tus últimas fuerzas para presenciar esto! Esa niña debe morir, ¡ningún miembro de su familia debe sobrevivir! No pudiste salvarla, ¡¿cómo ibas a salvar el mundo?! Cuando ella muera, tu sueño también lo hará, entonces, no te quedará nada, excepto morir también.
—No… No… Por… favor…
Con sangre brotando de heridas e, incluso su boca, le será imposible emitir más palabras, solo queda ver el inicio de otra persecución.
Antes que esto ocurra, un caminante pasa al lado de Albert, quien recupera el brillo en los ojos al reconocer. Con una sonrisa, se dispone a desmayarse tranquilo, no sin antes escuchar:
—No tienes que cambiar al mundo tú solo, Albert.
Los parpados terminan por cerrarse, el último sonido es el de la energía y aquel enemigo expresando un último quejido.
—Recuerdo que, al despertar, mi compañero ya estaba tratando mis heridas. Pude enterarme del origen de aquella explosión, se trataba del hogar de Rebeca.
Al abrir sus ojos, encuentra que el tercer plato de Marshall ya está vacío, pero su invitado lo ve con especial atención, motivándolo a compartir algún detalle extra.
—Verás, existen sitios en Mobius donde se vive a la antigua, manteniendo tradiciones y creencias. La familia Paipin era una de estas. Herederos de generaciones de guerreros. Nobles, con distintos oficios, dedicando parte de su vida al combate, el resto a pasar sus conocimientos a los sucesores. Su único error fue rechazar tratos con Esmeralda Negra, o, al menos eso es lo que sabemos. Mi compañero adoptó a Ashley en situaciones similares cuando apenas comenzaba su vida, así que decidí hacer lo mismo con Rebeca. Fin de la historia.
—Ey, ¡ey! No me puedes dejar nada más así. Hay demasiados huecos en tu historia. ¿Quién era ese compañero? ¿Cómo un mobiano sin poderes resiste tanto daño y pelea tan bien? ¿Esmeralda Negra? ¿Me quieres ver la cara? ¡Es un cuento para asustar a los ni…!
—Eso es lo que el Equipo Especial procura, pero existen, y han mantenido una guerra silenciosa por décadas, quizá cientos de años.
—Cómo no…
—Paciencia, sabrás todo lo que desees eventualmente, luego que te hayas unido a nosotros.
—Hmm… ¿Sigues tan seguro que me les uniré?
—No debes tomar una decisión ahora, después de todo, a mí mismo me tomó tiempo pensar en todo esto, pero entendí que debía hacerlo. Nunca olvidaré esas palabras, miles de mobianos son asesinados cada día, incontables desgracias ocurren a causa de seres malignos, ocultos en falsos tiempos de paz. Pienso acabar con todo eso, crearé un nuevo orden mundial donde el mal no se pueda ocultar más. Piénsalo bien, Marshall Tankdo, puedes ser testigo u opositor, pero, te invito a formar parte del cambio, únete a nuestro equipo.
—Yo…
—Rebeca debió mencionarte que puedo ofrecerte poder. Ten esto.
Desliza un par de objetos sobre la mesa, no es problema para el lobo atraparlos. Un brazalete, delgado, pero ancho, de un color carmesí muy llamativo y una pequeña pantalla, al parecer, táctil. Lo otro es un teléfono.
—¿Qué es esto?
—Un potenciador, creado especialmente para ti. Puede elevar tu nivel de energía hasta seis veces. Esa pantalla es para manipular ese aumento por nivel. Es un obsequio de pre bienvenida, puedes quedártelo, ya sea que decidas unirte a nuestra causa, o no. Seguro te ayudará en tus futuras peleas.
—¡No necesito algo como esto!
—Consérvalo. Te aseguro que, cuando conozcas su potencial, cambiarás de opinión.
—Grrr… Bien, me da mucha curiosidad, supongo que lo probaré una vez.
—¡Excelente! Bien, la noche no puede alargarse más. Ese teléfono cuenta con una línea segura a esta base, puedes comunicarte conmigo en cualquier momento.
—Entiendo, debo volver a casa —declaró para levantarse rápido—. Gracias por todo, la comida estuvo exquisita, felicitaciones al chef.
—Aprecio esas palabras. Rebeca te espera en el hangar de despegue, una máquina te guiará hacia allá.
—Bien. Nos veremos luego.
—Eso espero, eso espero.
Al momento que Marshall se da la vuelta, un par de máquinas comienzan a limpiar la mesa, llevándose platos vacíos, bandejas y lo demás. Albert espera con paciencia hasta que el lobo abandona la habitación, luego, suelta un largo suspiro mientras recarga su cabeza sobre sus manos, unidas, entrelazando sus dedos.
—De verdad espero que decida unirse a nosotros —pensaba—. Necesitamos todos los aliados posibles y, también, reducir el número de vidas que debo tomar. Mi camino apenas comienza.
Durante el trayecto, Marshall le da cientos de vueltas a la historia. Incrédulo, indeciso, pero, es el ver a quien lo espera, recargada, brazos cruzados, al lado de la nave donde llegaron, lo que le hace pensar: "tal vez tenga sentido".
—Oh, estás de vuelta. ¿Qué tal la charla? ¿Te unirás a nosotros? ¿O debo matarte?
—Hmm… Lo pensaré un poco.
—Típico… Bien, la nave está lista, te llevará a ciudad Begin antes del amanecer.
—¿No vendrás?
—Claro que no, preparé el piloto automático. Puedes irte.
—Espera, ¿dónde está mi teléfono?
—Ah, claro, hablas de… ¡¿este teléfono?!
—¡Sí! ¡Dámelo de una vez!
—Oh, ¿lo quieres? ¡Ve por él! —lo arroja dentro de la nave.
—¡Oye! —no duda en seguirlo, entrando justo a tiempo para que las puertas se cierren— ¿Qué?… Oh, ya entendí, ¡te odio, maldito felino! —y el vehículo despega.
—¡Ja, ja, ja! No puedo creer que funcionara. Le debo una cena a Ashley.
Pasa un buen rato para que Marshall supere la humillación. Cuando se tranquiliza, recarga su cabeza en el respaldo. Aprovecha la ausencia de piloto para ocupar ese asiento, contemplando la belleza del cielo nocturno. En sus manos, tienta ambos objetos.
—¿Poder? ¿Seguridad? Una nueva vida —pensaba—, ¿por qué? ¿Por qué alguien como Albert Genevil haría algo como eso? ¿Cuánto puedo confiar en lo que, creía, es un científico loco? ¿Qué debo hacer?
Los Nuevos Poderes #15
Seres Celestiales
El último de todos, el que está sobre el resto de los Seres Especiales y Comunes, y a la vez el más raro. Solo llega a aparecer uno cada tantos años ya que es muy difícil que se llegue a desarrollar su energía correctamente, muchos pueden ser de este tipo y pasar su vida entera sin enterarse de que son Seres Especiales, viviendo normalmente como todos los mobianos.
Puede imitar y obtener resistencia o inmunidad a todas las técnicas o poderes conocidos en el resto de grupos especiales. Por su rareza, es también el Ser Especial con menos información disponible.
Con esto, ya se han mencionado todos los nuevos poderes en Mobius.
Próximo Capitulo
"El más Poderoso 2"
