Yyyyyy... aquí llega el tercer capítulo. De un fic que va a tener 10. O 9; hay un capítulo con el que todavía no estoy segura que voy a hacer... La cuestión es que ya casi llevo la mitad. ¿El siguiente capítulo? Ni idea de cuando lo tendré, pero como tampoco parece que nadie esté leyendo esto... ¿supongo que da un poco igual?

III. LISA TURPIN

A Lisa, Pansy la quiso como se quieren a muchas cosas; sin darse cuenta.

Cuando muere, se sorprende del dolor y de las lágrimas que la atormentan por las noches. Cuando muere, la echa de menos en cada rincón en que la vio, aunque fuera solo una vez, y siente su ausencia casi sin quererlo, en los momentos en los que menos se lo espera y en sitios donde no lo pensaría.

A veces, parece que se haya ido de viaje y sueña que le llega una carta desde Italia y se enfada y le envía una carta vociferadora, entre gritando y llorando, preguntándole:

¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a hacerme esto? ¿Cómo te atreves? ¿Quién te crees que eres? ¡Maldita! ¡Maldita seas tú y toda tu familia! ¡Muérete! ¡Muérete de verdad! ¿Quién te crees que eres? ¡Maldita!

Y cuando se levanta, lo sabe. Que esa noche, las lágrimas le quemarán las mejillas y la torturarán con recuerdos. Debajo de las mantas, se lleva las manos al pecho como esas protagonistas de los libros que a Lisa le gustaba leer y aprieta los puños con rabia, clavándose los dedos en la piel del pecho, imaginándose que se agujerea con las uñas y que el aire entra por los agujeros, ayunándole a respirar mejor y a que le duela menos.

Lisa pasaba desapercibida, o al menos, eso podía parecer para el ojo desentrenado. Leía, casi tanto como Nott, pero cosas muy diferentes. A los once años, Theo leía cosas que a los de último año les podía llegar a parecer espantoso y él se las leía impávido, con una indiferencia que llevaba a tantos otros campos de su vida que cuando hablaban de él, siempre pensaban en esa indiferencia que lo definía; Lisa leía, en su mayoría, libros que hablaban de amor, con protagonistas de todos tipos, las habían fuertes que la inspiraban a mejorarse y luchar por sí misma, y las habían que eran igual de fuertes pero en diferentes materias y que hacían que quisiera meterse en el libro y abrazarlas y protegerlas de cualquier mal de las que ellas mismas no pudieran protegerse.

Hablaba cuando se le hablaba, otra diferencia que tenía con Theo. Era de unas ideas fijas, y las explicaba si creía que merecía la pena y discutía por ellas si creía que la discusión podía llevar a algún lado. Probablemente por eso, casi nunca le llevaba la contraria a Daphne, aunque no estuviera de acuerdo con lo que la chica dijera. Solo le revelaba sus opiniones cuando era preguntada y, aun así, no las defendía cuando Daphne intentaba convencerla de alguna otra cosa.

Lisa no era la mejor amiga de Pansy ni de lejos. Compartían habitación, una cama al lado de la otra, y Pansy, sentada en su sillón favorito de la habitación, la solía ver por las tardes, tirada en la cama leyéndose algún libro después de acabar sus deberes.

Cuando la luz que llegaba a través del lago iba desapareciendo, el cabello se le volvía rojizo, un tono curioso de naranja cuya existencia era un secreto para aquellos que habían tenido la suerte de verlo pero no la suficiente valentía para compartirlo. La cabellera, sabía muy bien Pansy, se la ataba con un lazo en una coleta en la nuca. Nunca se cogía todo el cabello, siempre se dejaba un par de mechones que le caían delante de la cara y que siempre soplaba para apartar, o que se le quedaban encima del hombro y luego iban resbalando, suavemente, durante minutos que Pansy observaba con una atención de rapaz, siempre temerosa de ser vista, hasta que le caía delante de la cara, haciéndole cosquillas delante de la nariz.


El verano entre quinto y sexto año había sido convulso. Le parecía que había pasado demasiado rápido: había sido bajarse del tren en junio y volverse a subir en septiembre, como si no hubieran pasado tres meses entre medio, sino unas horas.

Lo más interesante había sido el cumpleaños de Draco, que se celebró con una fiesta con poca gente y menos ganas. Draco había estado guapísimo, con una chaqueta negra y el cabello sin gomina, recogiéndose el flequillo detrás de las orejas con sus largos dedos cada vez que los mechones le tapaban los ojos. Pansy se había sentado encima de sus piernas mientras le daban los regalos, acariciándole el cabello, suave sin toda aquella gelatina, y las orejas, mientras Draco la aguantaba por la cintura con una mano y abría los regalos con aburrimiento fingido con la otra.

Lisa no había ido, estaba de vacaciones en Egipto y había enviado un paquete con el regalo de Draco que había sido el primero en abrirse.

Era un libro en hebreo que Lisa, según esta clamaba en la carta que acompañaba el paquete, había encontrado en una biblioteca y le había recordado a él. Era viejo y amarillento, escrito a mano y a Pansy le parecía más un diario que un libro: no tenía título, solo una piel vieja que aguantaba las hojas de dentro juntas y en orden.

A Pansy le encantó, aunque no fuera para ella, y aprovechó para hojearlo mientras Draco abría el regalo que le había preparado ella. Eran una cadena de plata y una pulsera a juego que había tardado tres días enteros en elegir. Draco le dio las gracias, le dijo que le gustaba y dejo el regalo encima de la mesa donde todavía quedaban otros regalos para abrir.

Pansy se apretó más contra su pecho, le pasó una mano por el cabello húmedo del cuello y acercó sus caras con toda la intención de conseguir un beso de agradecimiento, o un beso de cumpleaños o cualquier excusa que se le hubiera podido ocurrir por la que Draco podría querer besarla. Draco la ignoró, se apartó de ella sin delicadeza, como si no se hubiera enterado de que estaba por pasar y cogió otro paquete de la mesa, dejando a Pansy con los morros fuera y a Blaise riéndose como si le hubieran contado la anécdota más graciosa que hubiera escuchado jamás.

Luego había llegado el nuevo curso y Milli, que tampoco había acudido a la fiesta en verano, le dio su regalo.

Era un colgante precioso, un vidrio transparente y alargado que brillaba a la luz del sol y que parecía atrapar el color de todo aquello que lo rodeaba. Draco lo colgó de la cadena fina y plateada que Pansy le había dado el día de su cumpleaños, y descubrió que esta era lo suficientemente larga para que pudiese esconderla detrás del nudo de la corbata verde.

—Sirve para guardar cosas, —explicó Milli. Tenía la boca seca y las palabras le salían roncas. En su falda, su gata ronroneaba, apagando todavía más la voz de su ama. —Cuando pongas algo dentro, solo las personas de las que más te fíes podrán abrirlo. —Hablaba nerviosa, retorciéndose los dedos por encima de la gata. —Dice la leyenda que lo forjaron los gnomos. Utilizaban estos potecitos para guardar el veneno con el que matar a sus amantes.

—¿Me has regalado un pote para guardar veneno? —A Draco le brillaban los ojos y Pansy, a su lado, le pellizcó el brazo, impidiéndole decir lo siguiente que pensaba. Pansy le besó, en la mejilla y cerca de la boca, una medida más radical para hacerlo callar. Él le susurró: —¿Quién se piensa que soy? —Y fue menos cruel de lo que podría haber sido.

Pansy le lamió los labios y Draco la apartó de encima de un manotazo.

Podría decirse que fue entonces cuando la vida de Pansy Parkinson empezó a convertirse en una metáfora sobre lo que uno no debe ser y lo que uno no debe hacer y lo que uno no debería querer o pensar. Una metáfora de algo podrido, casi, pero Pansy Parkinson, ni cuando llevaba ese nombre ni cuando el uso del nombre era solo fruto de la conveniencia, nunca pensó en ella misma como algo que estuviera corrompido. El mundo lo estaba, a veces, cuando escuchaba a Blaise y a Daphne habar durante demasiado rato y cuando veía a gente que no era de su agrado pasear libremente por los pasillos del castillo como si ese mundo les perteneciera tanto a ellos como le pertenecía a ella.

El hecho es que Pansy Parkinson se negaba a ser una metáfora. Pansy Parkinson se negaba a ser la mala de la historia y, en su propia vida, no creía que fuera posible serlo. El hecho es que el manotazo de Draco y el rechazo que se encerraba detrás, le dolió más entonces de lo que ningún rechazo le había dolido antes y no pudo evitar darse cuenta de que algo había cambiado, aunque no tuviera forma alguna de saber si el cambio había sucedido en ella, en Draco o en el mundo en sí.


Lisa le sonrió.

Eso es lo que Pansy más recuerda de Lisa: le sonrió.

Era de noche y había estado esperando a Draco en la sala común. Estaba preocupada por él, por lo mucho que había cambiado durante aquel curso y lo mucho que eso había producido un cambio en ella.

Milli la había estado acompañando, esperando pacientemente con ella hasta que ya ni habían estado esperando ni estaban siendo pacientes.

Cuando habían vuelto a la habitación, Daphne ya estaba durmiendo y Milli había pensado que Lisa también, porque ya era muy tarde y, ni desde la entrada a la habitación ni desde su cama, podía verla. Así que Milli no se dio cuenta.

Pansy sí que podía verla desde su propia cama. Lisa estaba ya tumbada, como si hubiera estado a punto de dormirse y solo siguiera despierta porque las había escuchado entrar. Se giró hacia ella cuando Pansy se sentó en su cama, quitándose rápidamente la ropa del día y poniéndose el camisón para ir a dormir. Pansy miraba hacia las cortinas de Milli, que siempre se las cerraba cuando se cambiaba, como si le diese vergüenza que las demás pudiesen verla desnuda, y reseguía la gruesa silueta de la chica en las cortinas que rodeaban la cama. Se sentía bien, feliz si hubiera conseguido cumplir el objetivo por el que se habían quedado las dos hasta tarde en la sala común, y le dolían los labios y los huesos de las caderas donde unos minutos antes había tenido dedos marcándole la piel. Le bailaba una sonrisa en la cara, una sonrisa medio boba, medio soñadora, que todavía se le estaba dibujando en la cara cuando vio la sombra de Lisa moverse y se quedó congelada, todo intento de sonriso borrado se cara.

Pero Lisa solo le había sonreído, el dedo índice delante de los labios y había movido la boca para que Pansy leyera:

—Buenas noches.

Y Pansy había sentido el corazón pararse y el corazón latiéndole demasiado rápido y solo pudo susurrar otro buenas noches que solo le contestó Milli.


El día siguiente, Draco se acercó a ella con el libro que Lisa le había regalado y con esos ojos y esa sonrisa que siempre conseguían lo que querían de ella, la convenció de que intentaran imitar una de las pociones que el libro explicaba.

A ella le había encantado el libro y hojearlo sola hacía que le gustase todavía más. Eran teorías sobre el funcionamiento de la memoria y hechizos y pociones para modificarla y borrarla. Los dos estaban seguros que la mayoría serían ilegales y, cuando Pansy se lo comentó a Lisa, esta solo dijo:

—Eso es lo que lo hace más divertido, ¿no crees?

Siguiendo la lógica de Lisa, Pansy y Draco prepararon una poción que borrase todas las memorias de una persona relacionadas con el amor a otra y Draco, aprovechando el regalo de Millicent y Pansy, guardó la poción en el bote de cristal que Millicent le había dado y se lo colgó debajo de la camisa con la cadena que le había dado Pansy.

Además, Pansy practicó un hechizo que le había hecho gracia por la manera de presentarlo que tenía el libro. Ponía: Para que los amantes te olviden cuando estés muerta.

Se lo aprendió, porque no le encontraba el sentido a un hechizo que solo podía usarse después de haber muerto si, después de morir, ya no se pueden usar hechizos.

Pero a Pansy le había gustado la experiencia, porque se había vuelto a sentir cercana a Draco y era un sentimiento que se había acostumbrado a sentir durante casi una mitad de su vida, un sentimiento familiar que la hacía sentir bien, aunque no siempre hiciera bien por él.


—Vuelves a caer en lo mismo una y otra vez. Me recuerdas a algunas de las novelas que leo, con las protagonistas enamorándose de un chico hasta el punto de la ridiculez. —Lisa no la habría llamado jamás ridícula, pero Milli era su mejor amiga y Pansy a veces tenía la impresión de que Lisa la odiaba un poco, porque hería a Milli sin darse cuenta y no sabía cómo parar —¿Estás segura de que está bien, enamorarse hasta tal punto de otra persona? ¿Depender tanto de alguien?

Las palabras de Lisa podrían haber servido de aviso para cualquier otra persona, pero, la verdad es que no cambiaron nada. Lisa tenía la costumbre de comparar la vida de las personas y a la gente con los libros que leía y, cuando hacía eso, Pansy ignoraba la mitad de lo que decía.

Probablemente, esa fue una de las razones por las que, cuando se dio cuenta que la quería y que la había considerado una amiga, se sorprendió con ella misma. El dolor de perderla la cogió desprevenida.


El amor duele, le decía Daphne, cuando Pansy entraba llorando a la habitación en sexto curso.

Y Pansy recordaba:

El amor duele; su padre con una mano roja y ardiendo por el fuego de la chimenea.

Había intentado hablar con Draco y este la había ignorado. Le había intentado sonsacar con quién se veía, porque si había algo que Pansy conocía bien, ese algo era Draco Malfoy. Y Pansy estaba segura de que Draco estaba saliendo con alguien, que se había enamorado de alguien o que, al menos, había alguien en Hogwarts que le gustaba de la manera en que Pansy quería gustarle. Y Draco no se lo había dicho, lo que era injusto, porque Draco sabía sobre Blaise y ella, y sabía lo de Milli y ella y lo sabía todo y, incluso así, el no compartía la parte que le tocaba.

Draco la había mirado, serio y con unas ojeras enormes, y se había mordido el labio, de esa manera que siempre hacía antes de insultar a alguien, y se había reído. Justo ahí, en las escaleras de la sala común de Slytherin donde solo estaban en ellos dos, justo delante de ella.

—Puedes confiar en mí, Draco.

Draco se había reído con carcajadas fuertes y potentes, y Pansy no recordaba haberlo oído reírse así nunca, ni después de ver caer a alguna victima en una de sus trampas.

—¡Oh, Pansy! —le había dicho, con la sonrisa todavía colgándole en la boca. Le había acariciado la mejilla, más cariñosamente de lo que lo había hecho nunca, le había apartado un mechón detrás de la oreja y había dejado que su mano le recorriese el contorno de la mejilla hasta la barbilla, donde se la aguantó con tres dedos y repitió, -Oh, Pansy…

Sin decir nada más, se separó de ella, dejando un leve cosquilleo donde sus dedos habían tocado su barbilla, se giró y continúo subiendo las escaleras, entrando a su habitación y cerrando la puerta tras de él, dejando a Pansy, confundida y de pie, sin saber qué hacer.

Cuando se dio cuenta, Pansy se dio la vuelta rápidamente, sintiéndo las lágrimas aglomerarse detrás de las pestañas y entró corriendo a su habitación, quedándose sin aliento.

Daphne estaba allí, peinándose encima de su cama con un peine grande, de púas de madera.

La miro una vez y le sonrió.

Pansy le devolvió un grito desesperado como saludo y Daphne alargó una mano hacía ella. Corrió los tres pasos hasta ella y se derrumbó en la cama de la chica. Sintió sus dedos en su cabello, desenredándole los nudos, y Pansy la odió y la quiso a partes iguales, quería morder la pierna que tenía delante y hacerle daño y quería que la abrazara hasta ahogar todas sus penas. Quería tantas cosas y odiaba tantas otras y había tantas cosas de la que quería que odiaba, que la confusión se aglomeraba en la cabeza y en la garganta, luchando contra ella misma por salir.

Cuando acabó de desenredarle el cabello, Daphne apoyó su mejilla encima de su nuca y, pasándole los dedos por detrás de la oreja, le dijo, en apenas un murmullo:

—El amor duele. Por eso sabemos que es amor de verdad.