Capítulo corto, continuación del fic de Sonette y Cleo

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Tanto tiempo sin verte, Lincoln–

Entró como si fuese el dueño del lugar, pavoneándose de manera ridícula, tal y como hacía cuando era un niño.

En cierto sentido Clyde jamás maduró, Lincoln estaba seguro de ello, de que el niño inseguro con el que creció compartiéndolo todo seguía estando en el cuerpo del adulto aparentemente funcional que la doctora López envió al mundo para que hiciese de las suyas. El pésimo trabajo de la profesional saltaba a la vista, evidenciando la fragilidad de todos esos escudos mentales que su ex amigo empleaba para aparentar ser normal.

En cuanto se cerró la puerta, Lincoln lo pateó hacia adentro y cogió la escopeta que mantenía oculta sobre el dintel de la misma. Un modelo básico que había pasado por varias manos antes de llegar a las suyas, barata y confiable, no le había dado problemas antes.

Sería una lastima perderla después de volarle los sesos a Clyde.

Antes no eras tan impulsivo–, se quejó Clyde poniéndose de pie para luego, sacar de entre sus ropas un pequeño bolso que arrojó frente a Lincoln.

¿Qué se supone que es esto?–, preguntó el peliblanco sin quitarle la vista de encima a Clyde.

Con tal de que dejes a mi familia en paz preparé una generosa oferta, aceptala, para que todos podamos seguir con nuestras vidas–, respondió Clyde, –¿Querías que te compensara por lo que pasó?, pues bien, aquí tienes una parte–

Lincoln perdió los estribos, no podía creer lo que escuchaba, la absoluta inmundicia que escapaba de la cloaca que ese traidor tenía en medio de la cara, ¿creía que se trataba de dinero?, ¿qué esa era su única motivación?, dinero… ¡Dinero!, había matado por ello, había mutilado por ello, sin remordimiento alguno, ¡sin siquiera una pizca de duda en su corazón!, y sin embargo, sabía lo inservible que era a la larga cuando no había nada por lo que vivir.

No tenía tiempo para falsa caridad, mucho menos para lo que era a todas luces un insulto.

Eres un miserable cobarde Clyde, ¿en serio esperas que me trague esto?–, preguntó indignado, –¿Una puta parte Clyde?, ¡debes ser un maldito santo Clyde!, ¡me saqué la lotería contigo, CLYDE!–

No lo golpeó en la cara pues no deseaba arruinarlo de inmediato, en lugar de ello lo pateó en el estómago y lo empujó de regreso al piso. Quería tenerlo de rodillas antes de embarrar su alfombra con la materia gris de ese miserable cobarde, que lo último que Clyde viese fuese el cañón de su arma.

Adelante Lincoln, párteme la cara o mejor aún, ¡mátame!, estoy ansioso porque le expliques a Sonette que su papá murió y que tú eres el culpable–, rió Clyde sin levantarse, –Ya eres un paria viejo amigo, no lo hagas peor–, le aconsejó, –Toma el dinero y desaparece, deja a mi familia en paz–

¿Familia?, el maldito debía estar demente. Era exactamente su familia lo que había conducido a Lincoln durante años, el deseo de reunirse con su hija, de ser parte de su vida. Clyde era el obstáculo, siempre había sido el obstáculo. Destruirlo, borrar su existencia de la faz de la ttierra era la única respuesta lógica.

Sonette se adaptaría, eventualmente, tendría que aceptarlo como a un padre y acostumbrarse a la idea, y Cleo y Haiku… Pues… Pues podría dejar viva a Haiku siempre y cuando no interfiriera, y quedarse también con Cleo, ser el padre que ambas necesitaban y a la siguiente ocasión que les diese la espalda… A la siguiente ocasión…

Una de las dos lo mataría.

Sonette ya había probado de lo que era capaz, si terminaba con la vida de Clyde, su hija no dudaría en tomar venganza, y Lincoln, por supuesto, no la detendría por siempre.

¿Qué me impide dispararte?, estás en mi propiedad, sin mi consentimiento–, siseó Lincoln, –Sonette me atacó anoche, y luego, su madre y tú vinieron por ella y vieron lo que hizo, así que necesitaban atar cabos sueltos por así decirlo. En eso, ellas dos se van, y tú te quedas aquí a platicar, y por platicar me refiero a ofrecer un soborno, pero ambos sabemos que lo que en realidad quieres es eliminarme, porque si sigo vivo, entonces habrán preguntas, de la clase que no puedes contestar sin poner en riesgo tu linda vida de ensueño–

Lincoln le puso un pie encima de la nuca y lo mantuvo de cara contra el piso.

Ni siquiera necesito hacerlo parecer convincente, me conformaría con llenarte el rostro de perdigones y dejar el resto en manos de Dios. Puedo plantar un arma en tus manos en un abrir y cerrar de ojos y salir de este asqueroso pueblo sin que nadie me detenga–

No puedes hacer eso–, murmuró Clyde, evidenciando temor por primera vez, –Sonette escucharía el disparo, y si no salgo dentro de poco sabes que vendrá a buscarme. Si me matas, ¡si me matas entonces ella te matará!–

Lincoln trató de apretar el gatillo, lo intentó con todas sus fuerzas y no pudo.

Sonette… Esa niña tonta e impulsiva de seguro estaba esperando afuera, de seguro intentaría proteger al cobarde de Clyde.

¿Te esconderías detrás de ella?, ¡rata miserable!–

La culata cayó como garrote sobre la espalda de Clyde, ni muy pesada ni muy firme y mucho menos satisfactoria que sus puños, mas, cumplió su cometido.

Golpe tras golpe le arrebató la confianza, golpe tras golpe hasta reducirlo al niño llorón y patético al que solía llamar amigo hasta que Clyde se vio reducido a una lastimera masa de nervios, tratando torpemente de mantener a raya a un enfurecido Lincoln que ya había asumido su derrota. No lo mataría ese día, no con su hija estando afuera, quizás nunca, dado que cobrar venganza involucraría hacerle la vida miserable a Sonette.

¡Llamame como quieras Lincoln!, lo único que sé es que el reloj no se detiene, ¡y tú tampoco deberías!–, advirtió Clyde en medio de los golpes.

Lincoln sabía que si seguía así no necesitaría disparar, porque en algún punto dejaría de evadir las zonas vitales, en algún punto, dejaría de contenerse y nada ni nadie lo detendría.

Ponte de pie cerdo–, ordenó Lincoln, –¡Ponte de pie y enfréntame!–

Clyde rodó por el piso, se apoyó sobre las palmas de sus manos y se levantó lentamente. Barajó la idea de pelear con Lincoln, mas, la descartó de inmediato. No solo se trataba del arma que por si sola lo dejaba en desventaja, sino también, de un asunto de orgullo.

Si peleaban, Lincoln ganaría, a menos que pelearan en los términos de Clyde. En ese sentido no tenía de qué preocuparse, dado que la verdadera lucha había concluido desde hacía muchísimo tiempo atrás.

Eres una mala broma Lincoln Loud, pero aun así no me canso de reírme de ti–, dijo Clyde con fingido valor mientras intentaba comprar tiempo, –Mirate, humillado por una niña, ¿qué pasó con el peligroso matón que venía a destruirme?–

Puñalada tras puñalada tras puñalada, todas y cada una de ellas Lincoln las soportó estoico. Sin embargo, Clyde sabía que sus palabras le afectarían, sabía exactamente qué decir con tal de destruir a Lincoln.

Cleo tuvo que intervenir por ti, ¿no es así?–, adivinó Clyde , –No hace falta decir que también estará castigada, pero seré comprensivo con Cleo, no arruinaré su amistad con ese joven al que está conociendo, no ensuciaré lo que para ella fue un acto noble solo porque benefició a un repugnante ser humano como tú–

Lincoln le escupió en el rostro y lo agarró del cuello de su sweater, sacudiéndolo como si nada.

Toma tu asqueroso dinero y marchate de mi casa Clyde, y recuerda, a la siguiente que nos veamos terminarás muerto, eso te lo prometo–

El moreno jamás imaginó que acabarían así, y sin embargo, era evidente que ya nada quedaba por hacer. Lincoln Loud era su enemigo, lo había sido durante años, incluso en la época inocente en la que los dos creían que nada ni nadie los separaría. Le tomó a Clyde el abandonar su hogar en Royal Woods para descubrir la verdad, para darse cuenta de que Lincoln era un lastre en su vida, más al saber que había tomado a Haiku para sí mismo, cuando los dos sabían que la belleza gótica le pertenecía a Clyde.

Tal cosa era inaceptable, ¡inconcebible!, y no podía ni debía continuar. Clyde se consideraba a si mismo un buen hombre, uno mucho mejor que Lincoln por lo que no tenía sentido que Haiku desperdiciase su vida con ese perdedor, no, no tenía nada de sentido.

Si alguien debía hacerse a un lado ese no sería Clyde.

Abrió la puerta y recogió el bolso, no había mucho adentro, no más de un par de miles que para los McBride se traducían en una pequeña reducción de sus ahorros. Lincoln lo observó sacar los fajes de billetes para luego dejarlos junto a la entrada.

Toma el dinero, y recuerda mis palabras Lincoln, recuerda que a diferencia tuya, yo sí tengo algo por lo que vivir, así que haznos un favor a todos y desaparece nuevamente, que es lo único que te ha salido bien–

Y para hundir por completo el cuchillo, Clyde esperó a que la puerta estuviese completamente abierta, caminó de regreso a su vehículo y habló lo suficientemente fuerte como para que no solo Lincoln, sino que también Haiku y Sonette y cualquier otra persona cerca pudiese escuchar lo que tenía que decir.

¡Podrías haber muerto como un héroe Lincoln!, podrías haberte quemado y dejar a Haiku y Sonette en paz, pero no, ¡tenías que vivir!, tenías que vivir y seguir arruinando la vida de todos–

Lincoln no recordaba exactamente cuánto tiempo permaneció allí frente a la puerta, solo que en algún punto sus muñecas ya no soportaron el peso de la escopeta y tuvo que dejarla a un lado para luego ir al baño. Desde allí en adelante pasaron unos días en los que se dio cuenta de cuál era el verdadero plan de Clyde.

Sucedía que el bastardo ya había ganado con la ayuda de Cleo y Sonette.

Sucedía, que tratar de enmendar el pasado, de cambiar su vida, realmente era un sueño imposible. Él era quien era y nada ni nadie cambiaría eso.

No duró otro mes en esa ciudad y no trató de contactar a nadie. Asumió, como no lo había hecho en un principio, que era mejor estar muerto a vivir como Lincoln Loud.

Su vida transcurrió en el mismo estilo al que se había acostumbrado, con pocos lujos y la selecta compañía de si mismo. Así hubiese seguido por muchos años más de no ser porque su pasado volvió a encontrarlo, y lo atrapó cuando menos se lo esperaba.

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Había pasado los últimos días leyendo y ejercitado, y a decir verdad, no era una mala rutina, de hecho, planeaba incorporarla a su día a día en cuanto pudiese irse para así ya no pensar en esa gente.

A pesar de todo no puedo olvidarlo, que patético de mi parte

Habían cosas de las que un hombre no podía escapar, y él estaba en paz con eso. Durante su muy solitaria vida, llegó al punto en el que se sentía cómodo estando por su cuenta, haciendo sus cosas sin responder a nadie y la verdad, era que no lo odiaba para nada. Sin embargo, Lincoln no se hacía ilusiones, sabía que un día la estabilidad que había construido se vendría abajo por lo que quería estar preparado para cuando eso sucediera y así no acabar como otra gran decepción.

Era por eso que se enfocaba en ejercitar y leer, para así no perder la cordura, para así, mantener firme la voluntad para hallarse a si mismo en cuanto volviese a ser libre.

Solo que nunca he sido libre, pero al menos allá afuera no hay muros como los de este lugar

En fin, aquello inevitable, su pasado, terminó alcanzándolo no en las mejores circunstancias, lo que era tristemente predecible para Lincoln Loud.

–Entonces… ¿Feliz de verme?–

La estúpida silla plástica le iba de maravilla a su espalda, quién fuese que pensó que reemplazar las bancas metálicas con esas abominaciones verde lima era una buena idea debía de ser un idiota, nuevamente, el lugar en el que se hallaba estaba lleno de ellos, así que tenía sentido que un idiota diseñase las sillas para el reino de los idiotas.

Su hija, en tanto, no demostraba molestia alguna por la deficiente instalación. Se veía en extremo contenta a pesar de que ninguno de los dos tenía motivo para estar feliz.

–¿Qué es lo que quieres Sonette?–

La joven mujer borró su sonrisa, Sonette no esperaba que todo saliese bien desde un inicio, pero en honor a la verdad, y tomando en cuenta cómo acabó todo para Lincoln, supuso que no podía esperar algo mejor. Imaginó que los últimos años habían sido difíciles para ambos, pero al menos ella era libre, mientras que Lincoln había pasado a ser huésped de una instalación

–Estuve hablando con tu oficial de libertad condicional, acordamos que deberías quedarte conmigo. Quería decirte antes que nadie para que no hagas planes porque es muy importante que sea yo quien te recoja–

Sonette esperaba algo más de parte de Lincoln que su risa cruel e incrédula, tan amarga y pesada que se le dificultaba a la joven mujer el permanecer impávida frente al tipo al que todavía no podía ver como a un padre.

–¿Acordamos?, no recuerdo que nadie me preguntara–

Sonette contuvo el aliento aprontándose a lo peor. Sabía que no confrontar a Lincoln antes le traería problemas pero en honor a la verdad, no hubiese tenido el valor de intervenir de otro modo.

Era mejor para ella sorprenderlo y luego, dictar las condiciones.

–Sentí que estarías reacio a la idea, de este modo, no puedes negarte–

Lincoln se apoyó contra el respaldo de la silla, odiando que esa endeble cosa raspase el piso al menor movimiento, toda el área de visitas tenía el mismo problema, nadie podía moverse sin hacer ruido.

Volviendo su atención a Sonette, trató de dilucidar qué interés tendría ella en el padre ausente al que detestaba, y a decir verdad, no lo comprendía. Él ya había aceptado que su destino era el de permanecer solo, y que Sonette estaría mejor con Cleo cuidando de ella, incluso si para eso debían permanecer con el cobarde y la traidora.

Sin embargo, el que hubiese asumido tal cosa no implicaba que le gustase. Seguía detestando a Clyde y a Haiku, aunque ya sin la misma intensidad.

Últimamente ya no sentía nada de esa vieja intensidad.

–¿Cuál es tu ángulo en todo esto?–

–Es lo correcto–, contestó Sonette sin vacilar.

Lincoln no pudo evitar reír, –No en serio, ¿qué sacas de todo esto?–, le volvió a preguntar, –¿Estás colaborando con el tipo que me encerró?, porque si es así espero que te esté pagando bien. Mi abogado les dijo a estos idiotas que no tienen nada sustancial contra mi por lo que es cuestión de días para que me marche–

No era un misterio para Sonette aquello último, que a Lincoln lo pescaran por algo tan tonto como un cheque era insultante, es decir, ¿quién aparte de Lincoln seguía usando esas cosas?, el mundo moderno ni siquiera requería del papel, salvo por Lincoln que insistía en "vivir fuera del sistema".

En fin, no había mucho que Sonette pudiese hacer al respecto porque Lincoln tenía razón. El caso en su contra por suplantación de identidad no llegaría a ninguna parte y según el abogado que tenía contratado toda la idea de dejarlo ir antes bajo libertad condicional era para evitar un proceso engorroso y que con toda seguridad no tendría buen resultado. En otras palabras, fuese lo que fuese que realmente querían de Lincoln no lo obtendrían, porque aparte de un cheque firmado a nombre de una compañía que ya no existía y en la que Lincoln tenía participación, no había nada, absolutamente nada que evidenciase un crimen.

–¿Entonces?–, la volvió a interrogar Lincoln, –¿Qué es lo que de verdad quieres?, ¿necesitas un órgano o algo así?, porque si se trata de eso puede arreglarse–

El rostro de la joven se tornó rojo, con las mejillas infladas y el ceño fruncido en evidente indignación.

–Quiero tener una relación contigo Lincoln, conocerte, ¿ó acaso es mucho pedir?–

Por más que quisiera creerle a Sonette, Lincoln seguía escéptico a sus motivaciones, eran demasiado simples, muy vagas para la chica que conocía aunque en verdad, poco y nada conocía a Sonette.

Los silbidos de los presentes tampoco ayudaban, mucho menos que viesen a su hija como si se tratase de un trozo de carne.

Tenía que hacer que Sonette se fuese a casa, lo que de hecho no tendría que costar mucho.

–Estoy viejo así que no sé cuánto provecho podrás sacarme, además de que soy técnicamente un indigente, por lo que seré una carga, y yo no quiero ser una carga para ti Sonette–

Sonette rodó los ojos, harta de la obstinación de Lincoln.

–¿Y qué tal si solo quiero compañía?–, cuestionó de forma brusca, –Rompí con mi novio de tres años, estoy sola, estoy cansada de mi miserable trabajo, estoy muy triste y no puedo irle con mis problemas a nadie más. He estado arruinado mi propia vida porque me siento culpable, porque soy culpable y no puedo dejar de pensar en lo que te hice, me carcome Lincoln, me atormenta todos los días el saber que por mi culpa tuviste que irte de nuevo–

Avergonzada por haber perdido el control sobre sus emociones, la joven procuró limpiar sus mejillas antes de que las lagrimas pudiesen arruinar su maquillaje.

No se suponía que su primera reunión en tanto tiempo fuese así, y a decir verdad, ya comenzaba a dudar de que el involucrarse de nuevo con su padre fuese una buena idea. Le habían advertido a Sonette sobre los posibles problemas que traería a su rutina el reencontrarse con Lincoln, mal que mal, aquello que le hizo siendo todavía una adolescente pudo haber arruinado su vida y la vida de su familia, y sabiendo lo rencoroso que era, pues nadie estaba seguro de que no intentaría cobrar revancha, incluso en contra de su hija.

Mas Lincoln jamás apareció para recriminarle, no volvió a dar señales de vida y con toda seguridad Sonette no lo hubiese vuelto a ver de no haber sido ella quien lo buscase, ¿para qué?, pues todavía no estaba segura, solo sabía que quería verlo una vez más para así librarse de su remordimiento.

–No fue tu culpa Sonette, jamás pienses que fue tu culpa–

Sonette tuvo que luchar para recobrar la compostura, sabiendo que Lincoln hablaba desde el corazón, y sintiéndose terrible sobre si misma al reconocer que no podía aceptar esas palabras.

Era afortunada de que Lincoln mantuviese la boca cerrada, afortunada porque gracias a eso no tuvo que enfrentar las consecuencias de sus actos, y salvo por su consciencia, nadie le recriminaba lo hecho.

Vivía muy bien, vivía en paz, al menos en apariencia.

Vivía muy bien porque su familia había sepultado todo, usando a Lincoln como chivo expiatorio, culpándolo de todos los problemas de la pobre hija mayor de los McBride.

Dejando de lado la incomodidad que le producía la presencia de los otros presos que parecían seguir cada uno de sus movimientos, acercó la silla a la endeble mesa plástica que los separaba.

–Sé que no me odias, sé que en realidad me quieres, y yo quiero que seas parte de mi vida, ¿no era eso lo que deseabas?, pues bien, ¡aquí lo tienes!, tu desagradecida hija te está pidiendo que vivas con ella y espera que digas que sí–, pidió la joven tomando de las manos a su padre.

Lincoln desvió la mirada, le costaba trabajo el enfrentar a Sonette sabiendo apenas unos detalles de lo sucedido.

Honestamente, no culpaba a Sonette por lo que Clyde y Haiku le hicieron a su reputación, la chica no podría haber hecho nada para impedir el curso de esos sucesos que habían comenzado mucho antes de que ella siquiera aprendiese a hablar. Con toda claridad, podía darse cuenta de que no existía manera alguna de ser parte de la vida de su hija sin dañarla en el proceso, así que al fin tomó el camino de menor resistencia y renunció por completo a su venganza.

Bajo todo aspecto, era alguien sin familia y sin historia salvo por Sonette, y no confiaba en nadie como para hablar de su hija.

–¿No vas a decir nada?, vamos, tan solo deja que te ayude al menos una vez. Dame una oportunidad papá–

Era triste darse cuenta de lo poco que conocía a Sonette y de lo mucho que había perdido.

–Sé que estuviste en terapia por lo que pasó–, murmuró, –Mira, podemos hablar en cualquier otro momento, pero creo que será mejor que te vayas–

Sonette bufó al escuchar esa pobre excusa.

–Papá imaginó que necesitaba algo más que un castigo y mamá estuvo de acuerdo, me ha ayudado, creo, pero ya no es algo que me atormente, simplemente vivo con ello–, explicó como si no fuese la gran cosa, –Mira, tan solo deja que ayude con esto, al menos por un tiempo–

Lincoln ignoró la mirada agravada del guardia, no era importante, ninguna de esas personas importaba salvo por Sonette.

–Sonette, si lo que necesitas es expiar culpas entonces te lo diré, te perdono y no te guardo rencor. Ahora vuelve a tu vida y deja que yo arregle mis propios problemas–

Sonette negó con la cabeza, –Prometí hacerme responsable de ti–, dijo, –Me costó mucho trabajo reunir el valor para hacer esto, no voy a echarme atrás Lincoln, no lo haré–

Lincoln se inclinó hacía adelante, ejerciendo presión sobre las manos de su hija.

–No soy un maldito animal Sonette–, siseó molesto, –No puedes correrme cuando te sientas aburrida o cansada de mi, y pasará hija, ambos sabemos que sucederá. Es mejor que dejemos todo como esta y que vuelvas con esos… Con tus padres–

Los ojos de Sonette se humedecieron nuevamente, ¿eso creía Lincoln de ella?, pues… Pues no podía culparlo, no después de lo que la familia le hizo, como lo humillaron no una, sino dos veces. Más allá de su vergüenza, descansaba el hecho de haber sido el instrumento de destrucción de su padre, la razón por la cual Lincoln desapareció de nuevo sin dejar pista alguna, convirtiéndose definitivamente en un paria. Jamás podría compensarle por permitir que esos horrendos rumores se diseminaran por todas partes, guardando silencio como una cobarde con tal de no manchar el nombre de su familia.

La asfixiante culpa que perseguía a Sonette desde su adolescencia había marcado cada aspecto de su vida adulta, limitando sus interacciones personales a su hermana, que muy a regañadientes había accedido a quedarse callada con tal de no exponer a Sonette como una mentirosa. Sin embargo, le bastaba ver los ojos de Cleo, comprender sus gestos, para darse cuenta de lo que ella realmente sentía respecto a las mentiras de la familia McBride, y es que Cleo a pesar de continuar con su vida como si nada, quedó profundamente dañada debido a la desaparición de Lincoln.

De una forma cruel, Sonette estaba pagando los pecados de sus padres, todo debido a su propia ceguera y su muy obstinada personalidad.

–No volverá a pasar–, prometió Sonette, más para si misma que para Lincoln, –Eso nunca pasará. No volveré a fallarte Lincoln–

–¿Crees que eres mi última opción?–, tanteó Lincoln incrédulo, –Te dije que no me quedaré por mucho tiempo, así que no tienes que hacer esto Sonette, no tienes nada que probar–

Sonette ya no le veía el sentido a discutir con Lincoln, si quería ser un viejo testarudo allá con él, porque ella al fin haría lo correcto, al fin le daría orden a su vida y tomaría una decisión fuera de los parámetros McBride.

No pudo evitar sonreír, al fin sí tenían mucho en común, solo que ella estaba demasiado enojada en ese entonces como para notarlo.

Con renovadas esperanzas enfrentó al viejo, no padre, porque aquel seguía siendo Clyde, pero podía decirle viejo, o Lincoln, y ya le demostraría a Lincoln lo mucho que estaba dispuesta a arriesgar con tal de tener una relación normal entre los dos.

Quizás, jamás serían padre e hija, pero al menos podrían charlar sobre distintas cosas, o salir juntos o simplemente convivir, pues si Cleo había hecho mucho de eso con poco y nada de esfuerzo, entonces de seguro Sonette podría hacer lo mismo, y tal vez así tal vez, Cleo también sería feliz, y se sentiría orgullosa de su hermana.

–No te arrepentirás, ya fui por tus cosas y preparé un cuarto para ti. Te va a encantar vivir conmigo–

Lincoln no supo en qué momento pasó que su hija se puso de pie, e ignorando a los guardias lo abrazó. Supuso que estaba demasiado anonadado como para reaccionar a tiempo, por lo que apenas pudo corresponder el gesto antes de conducirla de regreso a la estúpida e incómoda silla.

–De seguro te dijeron que el contacto físico está prohibido, no querrás tener problemas con los guardias–, le susurró al separarse.

Sonette asintió resoluta, ya completamente indiferente a la amalgama de emociones que emanaba de las demás personas, aislada del viejo resentimiento que antes la aquejase tanto, cuando todavía creía que Lincoln la odiaba.

Era posible y de hecho más que esperable que jamás lograse conciliar lo que sentía por sus padres con lo que sentía por Lincoln, pero estaba en paz con eso, aprendería a vivir con la contradicción y en algún punto, ya no le importaría.

–Vendré por ti mañana, hasta entonces esperame–

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Sobre la menor de los McBride no había mucho que decir, más que nada debido a lo mundano de su vida, lo predecible de todos y cada uno de sus pasos.

Estudiante destacada con un puntaje más que suficiente como para estudiar en una buena universidad, un novio con una carrera deportiva que con algo de esfuerzo e inteligencia resultaría lucrativa a futuro y claro, una propuesta de matrimonio para asegurar que ambos siguiesen juntos incluso después de sobrellevar las tentaciones y presiones de la vida académica.

Normal, ¿no?, y completamente predecible. Ese era el camino al éxito de los McBride al menos, hasta que dejó de serlo.

Como llegaría a aprender Cleo, existían en la vida miles de bifurcaciones, atajos y precipicios que navegar, uno de ellos se le presentó al descubrir que su mejor esfuerzo podía bien ser inútil.

–¿Eso es todo?, pensé que te quedarías por más tiempo–

Cleo acabó de calzarse sus zapatos para luego levantarse, a su lado, sobre el desorden de sabanas y rosas se hallaba Julian Masterson, un tipo bien parecido, inteligente, y con un nombre que era en absoluto un cliché.

–Pensé que después de lo de anoche querrías repetir, es decir, no es como si a tu novio le importase–

La joven tuvo que considerar eso mismo antes de concederle la razón a Masterson, en efecto, Jamie estaría ocupado haciendo de las suyas, liberando presión mientras que se preparaba para otra larga temporada de perseguir esa tonta esfera naranja por la que tanto aplaudían.

Testamento del deterioro de su relación era que Cleo se refiriese al juego como la tonta cacería de la esfera, siendo que en realidad, ella sí disfrutaba del basquetball.

En fin… Masterson no era la peor de sus opciones, no era terrible y si se le daba la oportunidad, podría llegar a aprender algo más allá de sus muy superficiales trucos e incluso podría tal vez un día llegar a actuar como un amante competente, aunque para eso tendría que dejar de lado su ego y eso lo veía poco posible. Cleo imaginaba que el pobre, al tener ese nombre, no podía sino ser de esa clase de persona llena de complejos que necesitaba destacarse para ocultar lo incompletos que en realidad eran, tal como lo era Jamie y como pretendía ser ella. Aquel instinto competitivo forjado por la selección natural era la máxima en la vida de esos dos y en cierto sentido, también lo era en la vida de Cleo. Eran criaturas de impulso, de potencial, las cuales siempre estaban al acecho de nuevos retos para superarse a si mismos.

Eran ganadores, y a la vez, los peores perdedores que nadie pudiese imaginar.

Masterson siempre tendría el complejo de vivir a la sombra de otro Masterson, una herencia que Cleo supuso venía desde hacía ya varias generaciones, con el primer patriarca de esa familia siendo una especie de súper hombre del que surgían descendientes cada vez más incompletos, porque ninguno se ajustaba al molde del anterior, al más parecido al viejo Maxwell Masterson. Julian Masterson jamás saldría de la sombra de Maximiliam Masterson, así como este tampoco escaparía de la sombra del abuelo Ronald Masterson y así hacía atrás hasta el inicio de los tiempos, o en el caso específico de esa familia, la agresiva compra de un par de terrenos que resultaron ser ricos en minerales preciosos y que todos en esa linea explotarían hasta dejar un agujero enorme y grotesco en la tierra.

Todo ese clan estaba condenado a perecer en algún momento, tal y como los McBride lo harían. Quizás por ello encontraba cierto confort en los brazos del joven heredero, ambos tenían el mismo sentido de fatalidad atado a sus familias.

–¿Segura que no quieres quedarte?, todavía nos quedan unas horas–

Cleo imaginó que de haber sido de una familia un tanto menos aspiracional, o de haber escapado ileso su padre al enfrentamiento "final" contra Lincoln, su lucha del bien contra el mal, tanto ella como Sonette serían un tanto más normales como para aceptar así sin más esa clase de ofertas, tendrían así tal vez la capacidad de ver el ofrecimiento de algo casual sin implicaciones que solo existían en su cabeza.

Pero Clyde McBride no salió de ese departamento libre de consecuencias, y a pesar de que al volver Cleo con su familia de esas improvisadas "vacaciones familiares" tenían la promesa de que todo volvería a la normalidad y que ya todo se tranquilizaría, era más que evidente que su padre les estaba escondiendo algo, y eso era debido a que su valiente papá le tenía miedo a Lincoln.

Tal cosa no dejó indiferente a las hermanas McBride.

–Tengo que volver con mi hija, sabes que mi madre se molesta cuando le toca cuidar de ella–

Bastó eso para silenciar a Masterson. No era secreto que la sola idea de tener algo que ver con un infante le aterraba lo no era para menos, pues su familia ya ejercía presión en su persona, ya le exigían apegarse a las exigencias de su apellido y él no estaba en la condición apropiada para cumplir.

Involucrarse con una mujer comprometida y con una hija era justamente la clase de cosas que el pobre Julian no se podía permitir.

Acotarse a probadas dulces durante la semana, a pequeños engaños de cuando en cuando, sería la tónica de su vida hasta que el señor Maximiliam se cansase de subvencionar eo estilo de vida de su hijo y exigiese un sacrificio, preferiblemente de una joven virgen, para así continuar el noble linaje familiar con otro heredero al que demoler hasta que fuese incapaz de llenar los zapatos de su padre.

–Entonces, ¿ya tienen fecha?–, preguntó Julian para cambiar de tema.

Cleo le ofreció una sonrisa torcida a su compañero de aventuras.

–Desde que nació mi bebé–, le contestó, –El muy idiota sigue aplazando el matrimonio, cree que no me doy cuenta de lo que hace pero a decir verdad, ya ni me molesta–

–Sabes Cleo, si las cosas fuesen diferentes… –

–Pero no lo son–, interrumpió Cleo, –Además, por mucho que me agrades no aceptaría caridad, no sería justo para ti ni para mi hija–

Eran amigos, o al menos tan amigos como sus respectivos lugares en la vida lo permitían, mas, en los hechos, nada cambiaba que Cleo fuese una supuesta prodigio de una familia con aspiraciones de grandeza mientras que Masterson era Masterson.

Simplemente eran diferentes.

–Sabes Cleo, te envidio–

A medio camino de ponerse la blusa se detuvo para observar atónita al hombre que lo tenía todo.

–¿Y eso por qué?–, preguntó genuinamente curiosa.

Julian frunció el ceño, como si en realidad, no puede comprender el que Cleo no viese algo tan obvio.

–Porque lo tienes todo, tienes a tu hermana de tu parte, una hija que te ama y padres que se sienten orgullosos de ti. Si Jamie no sabe apreciarlo entonces ese es su problema–

Era quizás una de las cosas más lindas que le hubiesen dicho en el último tiempo, algo que Cleo se aseguraría de atesorar y recordar a la siguiente que su mente la conminase a culparlo de cosas que no tenía control.

Por otra parte, no era casual que mencionase a su hermana.

–Sonette no volvió a llamarte, ¿verdad?–

Julian se sacudió de hombros para restar importancia al asunto.

Los intentos de Cleo por ayudar a su hermana a conocer pareja luego de su tumultuosa última relación no habían dado los mejores resultados, Julian era algo así como una última salida, en caso de que todo fallase.

Honestamente, Cleo sabía de antemano que acabaría mal, que Sonette no estaba lista, pero su padre había insistido y bueno, no podían hacer mucho más que intentar.

–No te sientas decepcionado, mi hermana es complicada y está pasando por un momento difícil–

–Me lo imaginaba, algo supe sobre aquel tipo–, mencionó Julian, –Y no, no me refiero a su ex, sino al tal Loud–

–¿Cómo es que sabes de Lincoln?–, preguntó Cleo apenas conteniendo su sorpresa.

Julian afortunadamente no fue capaz de captar el efecto que tuvo en Cleo la sola mención de aquella persona, alguien que por un tiempo tan breve llegó a significar demasiado para ella en ese entonces.

Algo sabía sobre él, no mucho en realidad.

Todavía le dolía el que hubiese desaparecido, incluso si se trataba de algo fuera de su control. Sencillamente, no podía evitar sentirse traicionada.

–Tengo un primo que es defensor público, me contó de este sujeto con el rostro lleno de cicatrices que intentó hacer valer un cheque a nombre de una compañía que ya no existe. Lo acusaron de un montón de delitos que todos sabían jamás probarían, pero que se verían bien en el periódico–

–Pensé que la ciudad no tenía dinero para malgastar con ese tipo de casos–, cuestionó Cleo, –¿No tienes más detalles?, porque francamente no me parece que un fraude de muchos sea noticia–

Julian se sentó contra el respaldo de la cama, sin importarle el pudor.

Cleo, que ya estaba completamente vestida, alzó una ceja frente al desvergonzado heredero.

En casi cualquier otra circunstancia hubiese accedido a alargar su estadía, pero si de verdad se trataba de Lincoln y era algo grave tendría que poner atención y movilizarse para así evitar cualquier posible desastre a futuro.

–Entre tú y yo, el verdadero motivo de su detención tiene menos que ver con lo del cheque que con los rumores sobre su persona–

–Anda, dime más–

Masterson reveló aquellos detalles que se suponía nadie más debía saber, como el que Lincoln era un tipo extremadamente volátil, el cual se creía estuvo involucrado en varios crímenes violentos incluyendo un par de homicidios.

Lo del cheque y la estafa eran falladas para relacionarlo con casos más graves y personajes más importantes, gente que no tendría problemas en contratar los servicios de un agente externo para manejar asuntos delicados.

En otras palabras, Lincoln Loud, el hombre sin vida propia, sin familia, era ideal para operar a vista y paciencia de la Ley porque nada ni nadie se relacionaba con su nombre.

Cleo estaba sorprendida y excitada.

Desde hacía muchísimo tiempo que no se sentía así, desde que descubrió que Lunge podía mentirle al rostro sin dificultad alguna.

El único hombre que realmente la había hecho suspirar estaba de regreso y al parecer, Sonette lo sabía.

–Lo conocí cuando era una adolescente y siempre fue dulce y educado conmigo. Supongo que nunca hice nada para que perdiese el control–, comentó Cleo en tono de broma para ocultar su creciente ansiedad.

–Deberías decirle a tu hermana que se aparte de ese tipo, Lincoln Loud no es una persona confiable, al menos eso es lo que se dice–, le aconsejó Masterson en tono serio para luego añadir, –Mejor dile que se junte conmigo, y quién sabe, quizás pueda al fin domar a ambas hermanas McBride–

–Lo tendré en cuenta–, contestó Cleo con una falsa mueca de indignación.

Julian se quedó atrás riendo mientras que Cleo lo imitaba, ya en su auto, dejó escapar un gemido para nada inocente que contrastó de la forma más extraña con la risa falsa de hace un momento.

Tenía un problema o mejor dicho, tenían un problema porque Sonette nuevamente estaba haciendo cosas sin avisar y eso nunca daba buen resultado.

Y a pesar del peligro, Cleo sonreía.

Lunge, Lincoln, Lincoln Loud, el señor L su cliente favorito, aquel que la comprendía y que podía desafiarla sin aburrirse estaba de regreso.

Lo vería nuevamente.

El parche húmedo en su entrepierna tendría que esperar, afortunadamente, su atuendo, una falda negra entubada, ofrecía al menos un modicum de discreción para ocultar aquella vergonzosa reacción.

Debía mantener la cabeza fría, debía enfocarse en el camino a casa en lugar de perder los estribos y cometer alguna tontería.

Ya más tranquila comenzó a trazar un plan.

Vería a su hija, a su madre y aparentaría por el bien de todas, lo haría como de costumbre para no levantar sospechas, para no revelar lo mucho que le asfixiaba vivir como la hija sociable y bien ajustada de la familia McBride. No les diría lo decepcionante que era el hombre que papá escogió para ella ni lo defendería de haber sido presa de una muchacha que lo quería tan solo para aparentar, no se justificaría por acostarse con el amigo de Jamie ni de aceptar a regañadientes que Jamie hiciese lo mismo con sus amigas.

No haría ninguna de esas cosas porque su hija merecía algo mejor que a una madre resentida y melancólica y próxima a involucrarse nuevamente con quien era aparentemente un peligroso criminal.

Lo mantendría en secreto y así, estaría bien, estaría todo bien porque nadie lo arruinaría.

–Señor L, al parecer volverás a ser mi sucio secreto, ¿quién lo diría después de tantos años?, y lo mejor de todo–, dijo Cleo riendo, –Es que fue mi propia hermanita quien te encontró–

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