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LA BESTIA ATORMENTADA

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Adentro del baño que ya casi no recordaba debido a que a corta edad tuvo que marcharse de casa, Himura Kenji desanudó su hakama, se desprendió lentamente de la yukata azul y vio con añoranza la primera tina con agua caliente que disfrutaría luego de 12 largos años. Shishou no le había permitido al niño vivir con lujos que no se había ganado, y el agua caliente, según el hombre, era uno de esos lujos.

Sólo dios sabría cómo Kanji se las arregló para sobrevivir los crudos inviernos.

»No fui bondadoso con tu padre, cuanto menos lo haré contigo —le había aclarado desde el primer día, y Shishou se esforzó mucho en cumplir su palabra.

Kenji inhaló con cautela el aroma del vapor para no empezar a toser.

Sus temblorosos dedos se acercaron al agua caliente. Al sentir su cálida frescura adjunta a la reconfortante sensación de saberse de vuelta en casa, hizo que Kenji se estremeciese de pies a cabeza. Aún podía oír a la perfección los latidos de su alterado corazón.

»¡Monstru…!

Su cuerpo saltó en su sitio con el recuerdo del sonido del sable conectando con la carne. Cortándola.

—Hijo, ¿todo está bien? —oyó a su madre afuera sacándolo de sus pensamientos.

—Sí —los ojos azules de Kenji fueron a parar arriba a la pequeña ventana donde escapaba el vapor—. Gracias, madre.

—No es nada. Grita si necesitas algo —decía todavía emocionada de tenerlo de vuelta—, adentro hay una yukata limpia. Úsala.

—Lo haré. Gracias.

Esperando a ya no oír los pasos de su madre, Kenji inhaló profundo con la poca calma que le fue posible mantener. Se llevó las manos a la cara, tallando con fuerza. Sólo entonces se fue metiendo a la tina con lentitud.

El agua fue poco a poco recibiéndolo en un cómodo abrazo. Kenji suspiró otra vez más, estaba muy exhausto.

También muy estresado.

Enojado, posiblemente.

Su cabello suelto caía por encima de su frente. Shishou decía constantemente que debía tener cuidado con eso ya que su padre al ser el famosísimo Hitokiri Battōsai era posible que algún idiota lo confundiera con él por haber heredado su inusual color de cabello. Daba igual los años que pasasen y en definitiva su rostro fuese algo distinto al de Kenshin Himura, los rasgos más detectables estaban ahí.

»No debes bajar la guardia. Varios imbéciles creerán que eres tu padre y querrán tu cabeza —le evocaba Shishou una y otra vez—. Dudo que quieras que tu madre te entierre teniendo ese corazón tan blando, fácil de herir. Así que nunca te distraigas.

Tomando un pelirrojo mechón mojado entre sus dedos, Kenji trató de verse en el reflejo del agua.

Al enterarse de la leyenda en la que se había convertido su gentil padre aún después de todos los años transcurridos desde el Bakumatsu, Kenji en un principio no pudo comprender los motivos por los cuales Himura Kenshin se enlistó en las filas de los Ishin Shishi si al final sólo iba a desaparecer sin recibir ni media parte de la ganancia que significaba una victoria por haber ayudado a la Restauración Meiji.

A Kenji también le parecía ridícula la creencia, de que las acciones de su padre fuesen por completo desinteresados. Incluso Shishou se burló mientras le decía a Kenji que su padre le había dicho que quería ayudar a crear una mejor época donde la gente no sufriera más. Qué no buscaba convertirse en nadie famoso…

»Es, y siempre fue, un perfecto iluso.

Kenji podía dar crédito a eso. Aún había gente que la pasaba muy mal; antiguos espadachines que al ya no tener amos se suicidaban o tomaban el camino del vandalismo para poder sobrevivir. Incapaces de adaptarse a una nueva época donde la brutalidad era tan mal vista que el sólo salir con una katana enfundada y no ser policía, ya te hacía un malviviente o un posible desequilibrado que nadie aceptaría de buen agrado.

»En el momento en el que comprendas el valor de una katana que sea tuya, sabrás por qué no es tan sencillo desprenderse de ella.

El joven vagamente recordaba que la Sakabatō de Yahiko-san fue en antaño la katana con la que su padre continuó su camino sin derramar más sangre. Esa katana de filo invertido que le impedía al Battōsai matar a sus atacantes aun cuando ellos lo enfrentaban para aniquilarlo… esa espada que a él le hubiese servido muy bien cuando la necesitó.

»¿Mi padre… mató a muchas personas? —cuestionó un pequeño pelirrojo ignorante, de 10 años de edad, horrorizado por la anécdota que se le había mantenido oculta desde su nacimiento.

La imagen que tenía de su padre: un hombre delgaducho y manso que se dejaba golpear por su fiera esposa cada vez que ella perdía el control, había sido eclipsada arrasadoramente por la de un monstruo típico de un cuento de terror. Un cuento que no lo dejaría dormir en paz por noches enteras.

Hasta que maduró un poco y Kenji comprendió que la vida no era todo blanco o negro.

»¿Acaso crees que se hizo famoso sólo por cortar una o dos cabezas? —Shishou se rio, bebiendo sake más—. No seas estúpido. El número total de sus víctimas es imposible de contar. Quizás, ni él mismo pueda darte un número aproximado.

Tardaría 4 años y varias pláticas con diversos miembros del Oniwabanshū (entre otras personas) para que Kenji pudiese comprender que su padre había vivido en una época muy distinta a la que lo había recibido a él; en un tiempo cuya mentalidad había sido perturbada y manchada con crueldad, sadismo, muerte y tristeza desde la más tierna niñez.

Kenji se tuvo que obligar a sí mismo a expandir su infantil juicio hasta las diferencias que tenían él, y Himura Kenshin. Pues donde Kenji había nacido en una familia sana, bien constituida, con padres sabios. Amigos leales. Tíos locos. Un abuelo (curioso) con una facilidad de enseñanza guiada (gracias a Kami-sama) por una recién descubierta paciencia. Al igual que un hogar donde podrías cerrar los ojos sin miedo a recibir una estocada en el cuello mientras duermes. También aprendizaje en diversas áreas de estudio. Valores éticos. Y sueños ligeros.

Su padre por su lado había visto morir a sus progenitores debido a una enfermedad, tuvo que atragantándose con cualquier sentimiento negativo que eso le hubiese causado. Tuvo que ser arrastrado sin resistirse, cuando lo tomaron como un esclavo. Seguir caminando en soledad sin sentir que su vida valía poco más que nada. Rodeado de maldad, gente loca, sangre en las calles, inseguridad hasta en sus propios sueños. Atormentado por las pesadillas que seguramente le causaba su trabajo como Hitokiri.

Era asombroso que no se haya vuelto loco.

Donde Kenji había tenido a una madre amorosa que lo recibía con los brazos abiertos cada vez que él tenía una pesadilla. Kenshin a duras penas había logrado ganarse la efímera protección de 3 esclavas que murieron brutalmente frente a sus propios ojos sin que él tuviese el poder hacer nada para protegerlas.

Teniendo que cargar día a día con ese pesar durante muchos años… Kenji no podía siquiera imaginárselo.

Donde Kenji había tenido desayunos divertidos, charlas amenas, besos cariñosos en la frente. Kenshin había tolerado lamer huesos, hongos venenosos, lo que pudiese conseguir para llevarse a la boca si es que podía cazarlo; más golpes, heridas, raspaduras, quemaduras. Dolor.

Kenji había sido bendecido con el amor de una familia. Kenshin fue escupido en el mundo con la cruel misión de ser un trágico Hitokiri que ayudaría a crear la Era Meiji.

¿Cuántas vidas tuvo que cegar para lograr su objetivo? ¿Llevará esos rostros en su memoria todavía después de todo este tiempo? ¿Cómo es que encontró el modo de continuar luego de tan terrible batalla?

—Es más fuerte que yo —musitó apretando los dientes.

Puede que cuando fuese un niño, Kenji no tolerase a su padre por la falta de carácter que estúpidamente creía que él no tenía. En la actualidad no podía sino admirar a aquel valiente hombre que una y mil veces luchó por la vida comodina que Kenji llevó durante mucho tiempo hasta que él mismo se encargó de mancharla.

El joven Himura no sólo se había encontrado con aquella ferviente admiración al verlo a los ojos cuando llegó a casa sino también se sorprendió por mirarlo a la cara y saber que su padre no lo repudiaba ni lo condenaba de ningún modo. En su padre no hubo más que preocupación. Por él; por su hijo.

¿Acaso Kenji le habría destapado recuerdos a su padre con los que nadie tenía derecho a meterse?

Genial, por si antes no se sentía lo suficientemente miserable, ahora sí lo hacía.

Lo último que le hubiese gustado a Kenji era dejar que su progenitor se enterase de su fallo, pero él no era tan fuerte como el ex Hitokiri, tampoco era valiente. Aunque no era un completo estúpido orgulloso como para no admitirlo. Podría carecer de aquella dureza que su padre desarrolló en la época más oscura de su vida, pero no del sentido común.

Sabía que si no se lo decía, cuando se viesen a las caras Kenshin deduciría rápido que algo malo ocurría con él. Entonces vendrían las miradas incómodas, las preguntas y al final la verdad que Kenji no podría ocultar por no ser un buen mentiroso.

Agotado en más de un sentido, Kenji se llevó agua a la cara tallando sin dar tregua a su propia respiración. Agitado bajó las manos con enojo salpicando agua por todos lados.

¿Cómo su padre no se volvió loco después de tantos años viviendo así?

Kenji se sintió decepcionado de sí mismo. Siempre creyó que después de aprender sin errores todos los principios del estilo Hiten Mitsurugi Ryū iba a sentirse más cerca de su padre, de probar su fuerza, de lo que lo impulsó a buscar una vida mejor para los demás a costa de la suya.

Se equivocó.

En su cabeza no había espacio para el razonamiento o el amor propio. Cuanto menos para intentar siquiera imaginar lo que años con este martirio significó para la cordura de su padre.

Sus dedos temblaban, sus labios temblaban. ¡Todo su cuerpo era un manojo de nervios! Kenji se quitó el cabello de la cara pasándose una mano por toda ésta luego comenzó a tallarse los dedos. Se enfocó especialmente en limpiar la tierra de sus uñas cortas. Una vez terminada su misión prosiguió a hacer lo mismo con el resto de su cuerpo.

No se detuvo hasta que su pálida piel se tiñó de rojo debido al esfuerzo.

Lavó sus manos nuevamente, echó agua sobre su cara. Siguió limpiándose cual maniático.

«¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué no se quita?» pensaba con furia al darse cuenta que no importaba cuántas veces tallase y enjuagase.

La sangre que había salpicado su cuerpo jamás se quitaría.

—CONTINUARÁ—


Wow, creo que la teoría de que posiblemente Kenji había matado a Hiko fue la más popular... sin embargo como podrán ver, no fue tanto así jejeje. Por otro lado, creo que ya se dan a la idea de qué pasó con nuestro pobrecito Kenshin-junior. T_T

Me alegra mucho que les haya gustado este mini-fic. Quisiera poder retomar pronto Tentando al Demonio pero por el momento no hay inspiración T_T abuuu. ¡Pero no me rendiré! Esa saga fue y sigue siendo mi gran proyecto, gracias por tus palabras Kaoru Tanuki.

¡Muchísimas gracias por leer!

Kaoru Tanuki, serena tsukino chiba y Akisara145.


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