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LA BESTIA QUE PREOCUPA

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—Kenshin… ¿tú crees que Kenji esté bien? —preguntó Kaoru rebanando las verduras como apenas pudo hacerlo.

—Está cansado por su viaje, fue un trayecto largo.

Kaoru vio a su esposo echarle un vistazo a las ollas en el fuego. No parecía preocupado.

—No es eso… es sólo que cuando lo abracé, él estaba muy tenso.

Esforzándose por mantenerse sereno, Kenshin supo lo que ella quería decir. No podía decirle que dado a lo que se estaba imaginando esa reacción en Kenji bien podría ser algo aliviador.

—No le preguntes nada hoy —insistió él—. Recuerda que tiene mucho que contar y una noche no bastaría. Tratemos de no agobiarlo.

—Tienes razón, quizás me preocupo demasiado.

No, Kaoru jamás se equivocaba en cuanto a sexto sentido, Kenshin supo que obraba mal haciéndola creer que esta vez podría ser una excepción. Ella sintió algo mal en Kenji al tenerlo cerca pero Kenshin no quiso decirle que no estaba equivocada en inquietarse por eso, él mismo lo estaba y todavía no sabía cómo proceder.

«Si es lo que me imagino, espero puedas confiar al menos en mí» pensó Kenshin rememorando que en su pasado, él no tuvo a nadie con quien hablar.

Nadie a quien exponerle sus temores, sus dudas.

Pero aquella fue una época distinta donde los asesinatos eran diarios y los cadáveres eran tantos como para reconocerlos a todos. Como para enterrarlos con dignidad o siquiera recordarlos.

Dispuesto a no empezar juzgándolo hasta saber todos los detalles, Kenshin miró a su esposa terminar su labor con éxito.

—Le diré a Kenji que tú has hecho esto sola —le prometió ganándose un pequeño golpe en su pecho con un pedazo de pepino.

—Cierra la boca —bufó ella.

Sólo para preservar esa hermosa sonrisa de Kaoru, Kenshin estaba dispuesto a fingir que nada malo ocurría.

Por el momento.

La hora de la cena fue amena para Himura Kaoru pues estaba fascinada con los modales de Kenji en la mesa. Al igual que su padre, el joven pelirrojo era capaz de hacer ver su modo de comer como si fuese un arte. Desde su ágil y galante modo de sostener los palillos hasta su sigilosa succión de fideos; la templanza con la que se llevaba el vaso de té humeante a sus labios y bebía sorbos pequeños.

Ella no podía ver eso y creer que fuese Seijûro Hiko quien le enseñó dichos principios.

Considerando que Kenshin comía de manera similar, Kaoru aceptó rápido que el ermitaño de Kyoto sabía cómo educar niños. Se convenció de que su hijo había sido bien encaminado y se alivió un poco con ello.

Por otro lado durante todo el tiempo, Kaoru hizo gala de su impetuosa curiosidad, le preguntó a su hijo todo lo que pudo. Desde cómo había sido vivir lejos de casa hasta cómo hizo para regresar sin un solo guía. Kaoru estaba asombrada de que Kenji pudiese orientarse a la perfección con un simple mapa y el sol.

Al terminar de cenar ella se ofreció a limpiar pero sin demoras Kenji le pidió que se retirase a descansar, pues él lo haría por ella. Curiosamente Kenshin apoyó a su hijo diciéndole a Kaoru que era lo mejor, qué mañana ella tendría que levantarse temprano para dar clases en el Dōjō Kamiya y en el Dōjō Maekawa por la tarde, y por eso debía descansar.

Por más que Kaoru insistió, en esta ocasión no fue rival para los hombres más importantes de su vida.

—Ustedes sí que son imposibles —comentó rendida. Le dio un pequeño beso a Kenji en la mejilla y un suave roce de labios a su esposo antes de irse—. No se queden hasta tarde, ¿oyeron bien?

—Cómo tú digas, madre —Kenji hizo una leve reverencia.

—Por supuesto, Kaoru. Ya te alcanzo.

Sonriéndoles por última vez Kaoru se marchó a su alcoba con el corazón tranquilo, cepilló su cabello con ideas de cómo les daría a todos en el Akabeko la noticia del regreso de Kenji y se acostó en el futón que compartía con Kenshin soltando un suave suspiro.

—Qué bien que haya regresado a casa.

Entonces se durmió.

Kenshin y Kenji limpiaron todo sin hablar. Kaoru se había llevado las buenas vibras con ella; sin su luz, ambos hombres se sintieron incapaces de iniciar la conversación. Kenji estaba asustado, pero se mantenía sereno en el exterior, Kenshin no estaba mucho mejor.

Una vez que dejaron la cocina en condiciones óptimas, Kenji pasó por de lado de su padre sin decirle nada. Y como si tuviesen el don de la telepatía, Kenshin lo siguió.

Sentados en las escaleras de la bodega del dōjō, lejos de la alcoba del matrimonio Himura, Kenji suspiró poniendo sus antebrazos sobre sus rodillas con la espalda encorvada y la cabeza caída.

Kenshin se sentó a su lado esperando a que su hijo iniciara. Sabía que en esta ocasión debía ser él quién callase y escuchase. No había pensado en lo difícil que era tener que convocar toda su paciencia para no escalar por las paredes al desconocer lo que atormentaba a su hijo.

—Cuando inicié el entrenamiento… pensé que al dominarlo tendría la suficiente madurez y control para no romper la promesa que te hice —musitó Kenji con claridad; suspiró—. Me equivoqué.

Como padre, Kenshin supo que no era precisamente la voz de su progenitor lo que Kenji buscaba.

—¿Shishou lo sabe?

—Sí —asintió con la cabeza—, me vio cuando lavaba mis manos.

Kenshin cerró los ojos comprendiendo que su hijo y él no eran tan diferentes sin siquiera intentarlo. En su época de Hitokiri, el joven Battōsai también procuraba mantener su piel limpia de sangre hasta que su aturdida mente encontraba algo de alivio al mirar y darse cuenta que sus manos pálidas se habían arrugado por el tiempo que habían pasado adentro del agua. Sin ninguna suciedad exterior aunque su alma se estuviese pudriendo con lentitud.

—Dijo que no me atormentase. Que ya me acostumbraría —agregó Kenji casi con resentimiento ante esa frialdad—. ¿Es verdad, padre? ¿Uno puede acostumbrase a eso?

¿Qué podría decirle Kenshin a su hijo?

¿Acaso era hora de informarle que para no caer en la completa locura Katsura-sama había optado por conseguirle a su fiero asesino la primera vaina que encontró?

¿Ya sería hora de narrarle su versión?

Kenshin lo pensó.

No. Aún no.

—Todos somos diferentes —dijo Kenshin—. Algunos descubren un placer indescriptible. Otros un tormento eterno que saben que no tendrá fin hasta que mueran y sean juzgados en el Infierno.

—Papá. Yo… no me siento bien —admitió el joven—; desde que salí de las montañas y veo a la gente pasar… pienso que al verme saben lo que hice. Que al mirarme conocen mi pecado. Luego una sensación de vergüenza me corre por todo el cuerpo… y quisiera desaparecer. Es imposible regresar el tiempo, y cambiar lo que…

Durante toda su vida, muy pocas cosas habían roto de verdad el corazón de Himura Shinta. Descubrir su pútrida naturaleza a corta edad, por ejemplo; encontrar el amor solo para destruirlo con sus propias manos; volver a amar y pensar que nuevamente fue demasiado débil para proteger a la persona más importante de su vida… luego estaba esa mirada. Esa que pidió con el alma no volver a ver, menos en el rostro de su propio hijo.

La única diferencia radicaba en el color de ojos sin embargo la sensación de desasosiego era la misma. Exactamente igual. El que Kenji haya heredado los ojos azules y grandes de su amada Kaoru hacía todo peor.

—Quisiera decirte que todo estará bien, qué a la larga olvidarás esto pero te estaría mintiendo.

Con los ojos llorosos, Kenji volvió su vista al frente. Incapaz de seguir mirando a su padre sin sentirse un fracasado.

—Ya veo.

—¿Sabes? Me sorprende que no te estés justificando.

—¿De qué serviría? —gruñó el joven con asco hacia su propio ser—. Nada cambiará lo que hice. Le fallé a mamá —apretó los puños—, y te fallé a ti también.

Kenshin no dijo nada. Aguantando la respiración Kenji musitó:

—Lo lamento, papá.

—CONTINUARÁ—


Primero que nada, estoy muy feliz porque el fic haya gustado alfandom. A decir verdad tenía algunas dudas ya que no sabía si el fic, que no tendría romance, iba a ser leído o no jejeje. ¡Gracias por sus reviews, lo valoro mucho!

Como pueden leer, Kenji y Kenshin están dispuestos a dialogar. A comprenderse mutuamente y sin embargo, Kenji todavía no está listo para decirle a Kenshin qué fue lo que pasó en realidad. ¿Ustedes qué creen? Yo espero que Kenshin pueda ayudarlo. :(

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Muchas gracias por sus comentarios a:

serena tsukino chiba, Guest y Ane himura.

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