.

LA BESTIA QUE MIENTE

.


A la mañana siguiente Kaoru se levantó tan temprano como las aves más trabajadoras, o sea, muy temprano para el resto de los habitantes de su dōjō. ¿Qué más podía hacer? Recordó al instante en el que abrió los ojos, que su hijo adorado estaba de regreso por lo que sin pereza se quitó la colcha de encima, dobló el futón, talló su rostro con las manos a lo que prosiguió un largo bostezo.

Oro, ya estás despierta —se sorprendió Kenshin al deslizar el shoji a la izquierda, encontrándose con su esposa ajustando su atuendo de kendoka.

—¿No debería? —preguntó un poco ofendida, intentando sin éxito ocultarle a su marido la emoción que aún no desaparecía por ver a su hijo en casa otra vez.

—No es eso —sonrió él sabiendo tan bien como Kaoru que ella lo necesitaba para abrir los ojos antes de que saliese el sol.

—¿Y Kenji ya despertó?

Sonriendo al comprobar su sospecha, Kenshin asintió.

—Sí, pero salió.

—¡¿Cómo?! —corriendo a velocidad inhumana, Kaoru encaró a Kenshin quien siempre estaba en contacto con sus instintos de supervivencia por lo que dio un preventivo paso hacia atrás—. ¡¿A dónde fue?!

—¿A dónde más? A traer lo necesario para hacer el desayuno. Dijo que quería sorprenderte preparándolo él antes de que iniciaras tus clases.

Tan rápido como se elevó su intranquilidad, disminuyó al oír eso. La amorosa mujer juntó sus manos e hizo una mueca conmovida.

—Ustedes podrán negarlo todo lo que quieran pero definitivamente son muy parecidos en muchas cosas —Kaoru le palmeó el brazo a su esposo, retirándose al dōjō para hacer una limpieza rutinaria.

Por claras y obvias razones Kenshin no fue del tono honesto con ella. De haberle informado de la situación, Kaoru habría iniciado con muy mal pie su día… y quizás todos los que le quedaran en su vida.

Ya era suficientemente malo que tuviese a un ex Hitokiri con enemigos hasta por debajo de las rocas como esposo. Como para que ahora su pequeño niño…

»No quedó ninguno vivo —le confesó Kenji ayer por la noche cuando las fuerzas para hablar volvieron a él—. Ahora me arrepiento mucho, pero cuando los atacaba… y me daba cuenta de que cada vez que cortaba liberaba al mundo de escoria como esa… sentí una gran satisfacción recorriéndome —bufó con frustración—. Incluso me sentí aliviado. ¡Diablos, papá! Si mamá se entera… jamás podría perdonármelo.

Cuando Kenshin vio a su hijo sosteniéndose la cabeza, asolado por cientos de dudas. Grandes descubrimientos como ineludibles temores, un lado suyo se calmó.

»¿Te sientes mal sólo por tu madre?

»¿Cómo dices?

»Ese malestar que dices sentir. ¿Lo sientes porque te arrepientes de lo que hiciste? ¿O porque temes que tu madre lo descubra?

El silencio de Kenji fue más que claro.

Kenshin puso un alto a la conversación diciendo que hablarían después. Mandó a Kenji a dormir pero se fue primero porque supo que su hijo no dormiría esta noche ni ninguna otra… por ahora. Esta mañana, como Kenshin lo adivinó, encontró a Kenji en el mismo sitio por lo que se había preparado con una canasta grande y lo mandó al mercado a comprar.

»¿Quieres que vaya?

En respuesta Kenshin le extendió la canasta otra vez.

»Tu madre tiene un día largo y no falta mucho para que despierte. Muévete.

Dejó la canasta en el regazo de Kenji, marchándose de regreso a la cocina para poner a calentar agua para el té matutino de su esposa no sin antes verla dormir una vez más. Tranquila, soñando en el mundo de los justos.

Oyó la puerta principal abriéndose y cerrándose; dejó dinero en la canasta para que Kenji lo gastase.

Sea como sea Kenshin sabía que debía mantener a Kenji fuera de su cabeza por un par de minutos o el pobre terminaría perdiendo la cordura con mucha velocidad. Quizás su hijo no lo supiese pero estaba coqueteando con la culpa, el "qué hubiese pasado sí…", y eso era muy peligroso.

Sonrió ácidamente al recordar que Katsura-sama decía que cada espadachín debía encontrar una funda perfecta para retener su furia, la sed de sangre, la locura. ¿Pero de dónde sacaría Kenji una funda para él? Si es que la había.

En su caso todos los que rodeaban al temido Battōsai creyeron que Yukishiro Tomoe sería la adecuada. Pero sea cual sea la razón o los desafortunados eventos, ella falló y murió. Falleció bajo el filo de la katana del asesino de su primer prometido.

Aunque las heridas ya estén cerradas, él jamás podría olvidar aquello.

Él mismo tuvo que seguir sin ninguna maldita funda durante muchísimo más tiempo. Tuvo que buscar un modo alternativo para evitarse a sí mismo el sendero de la locura. Evitar convertirse en una irracional bestia y pudo hacerlo… hasta que la encontró a ella. A alguien que más que una funda lo significó todo para él. Un nuevo comienzo. Un hogar cálido, un sueño tranquilo, un suspiro anhelado, reconfortantes amaneceres, una ansiada (y quizás no merecida) familia, una compañía necesaria; todo por lo que él había luchado para todos los demás, al fin se le había dado a él.

No permitiría que Kenji se perdiese esta lucha si estaba en sus manos poder evitarlo.

»Ese malestar que dices sentir. ¿Lo sientes porque te arrepientes de lo que hiciste? ¿O porque temes que tu madre lo descubra?

Kenji tuvo tiempo de sobra para meditarlo.

¿La respuesta? Ambas. No sólo temía porque su madre lo descubriese. ¡También se arrepentía por haber asesinado con sus propias manos!

¿A quiénes? ¿A unos vándalos que asaltaban a una pareja de ancianos al atardecer?

Aquel día Kenji había salido del Shirobeko hacia la casa de Hiko Seijûro cuando ocurrió, en el camino había comprado algunas provisiones para él y para el anciano que se negaba a comer algo más allá de sake cuando se adentró entre los árboles.

El camino por el que decidió irse era apartado y largo, un sendero que ya de por sí era conocido por ser peligroso por la presencia de ladrones, pero Kenji por obvias razones no le temía. Escuchó las súplicas de los ancianos por sus vidas un poco más tarde.

¡¿Qué otra cosa podía hacer?! ¿Darse la vuelta e ignorarlos como un cobarde?

»¡No tenemos dinero! ¡Por favor! ¡No le hagan daño a mi esposa!

»¡Cállate, viejo! —resonó un duro golpe.

De vuelta a la actualidad, él apretó la canasta con ingredientes básicos para un guiso rápido y nutritivo. Kenji se detuvo frente a la puerta del Dōjō Kamiya, apoyando su frente en la madera.

Aquella tarde no lo pensó, no midió las consecuencias.

Kenji sólo dejó caer sus cosas ante los gritos de auxilio, corrió hasta los 8 bastardos, le quitó la katana afilada a uno de ellos y los eliminó tan rápido que los ancianos no tuvieron tiempo para levantar las cabezas y ver caer las partes que antes conformaron a otros seres humanos.

La pareja no tuvo tiempo para verlo a él huir de la escena rápido antes de que llegase la policía.

Viéndolo todo en rojo y borroso, como si no fuesen sus ojos los que estuviese usando, Kenji corrió rápido de regreso a las montañas.

Estaba bañado en sangre cuando se dirigió a un río que no era muy frecuentado por los lugareños a lo que prosiguió a limpiarse lo mejor que pudo. No fue mucho considerando que su ropa era oscura y raída. Casi al anochecer, Kenji llegó chorreando unas cuantas gotas hasta la cabaña de Seijûro Hiko. Todavía incapaz de analizar y digerir lo que había pasado.

No fue a ver a su maestro y decirle que olvidó las cosas por las que salió, sino fue directamente a lavar sus manos con ayuda del agua que extrajo de un pozo cercano.

»Ya te acostumbrarás —le dijo repentinamente a sus espaldas como si le hablase del perfecto clima templado.

El viejo cascarrabias pudo haberle dicho algo mejor.

«¿Y qué otra pudo haberme dicho?» meditó Kenji cada vez más fastidiado consigo mismo y con toda esta situación.

Abrió la puerta de la casa de su abuelo, pasándose una mano por encima de su cabeza.

Quizás estaba pensando demasiado en esto. ¡Además no había atacado porque quisiera hacer daño adrede! ¡Lo hizo para defender vidas inocentes!

¡Eso debía bastar para apaciguar el karma! ¿O no?

¿Por qué no se lo preguntas a tu padre? Quien dio su vida y alma para luchar por los inocentes que sufrían bajo la opresión del Shogunato, siendo conmemorado con una esposa traidora que se acercó a él principalmente para matarlo y luego murió bajo el filo de su espada causándole un declive emocional tan grave que de no ser por su misión de vida, él mismo se habría colgado de un árbol.

Rayos.

Estaba jodido.

Kenji llevó las cosas solicitadas con su padre en la cocina. Sin decirse nada, prosiguieron a preparar juntos el desayuno como si siempre lo hubiesen hecho. Cuando su madre llegó a la cocina ya estaba todo listo para servirse por lo que pronto se sentaron juntos en la mesa con los platos enfrente de ellos.

—¿Te fue difícil aprender a cocinar? —preguntó Kaoru tomándose con humor su propia carencia en ese campo.

—Tomando en cuenta que Seijûro-san rara vez desayunaba, comía y cenaba algo más allá del sake… un poco, sí.

¿Cómo es que ese hombre podía mantener una salud física tan perfecta? Era todo un misterio.

—Ya veo… —Kaoru suspiró—, yo aún quemo los fideos.

Kenji no supo qué decirle. Desde niño supo que su madre era realmente un caso perdido.

—La Flor del Kendo no puede ser perfecta en todo, Kaoru, acéptalo.

Sorprendido por el tono tan risueño y halagador que usó su padre, Kenji se mantuvo con la boca cerrada mientras su madre se sonrojaba.

—No soy perfecta en muchas cosas —desligó con una sonrisa imposible de ocultar.

Haciendo caso omiso de ello, su padre alzó los hombros.

—Te subestimas demasiado —agregó bebiendo té.

Su madre rio sobre sus labios cual chiquilla enamorada, después de terminar agradeció la comida diciendo que se prepararía para comenzar sus clases. Lo que a Kenji extraño fue que en esta ocasión se iría al Dōjō Maekawa. ¿Acaso hoy no recibiría a sus alumnos aquí?

—Ve tranquila —dijo Kenshin sin preocuparse.

—Sí. ¡Kenji! ¿Me acompañarás?

—¿Yo? —se sorprendió.

—Sí, tú. Kenshin nunca ha querido ir conmigo, pero tú sí irás, ¿verdad?

Contrariado por saber eso Kenji se vio a sí mismo asintiendo ante la jovial sonrisa de su querida madre. A pesar del tiempo, era incapaz de negarse a sus deseos.

—Perfecto —y se fue el doble de feliz.

Al volver su mirada a su padre se dio cuenta que él jugaba con los palillos con la mano izquierda. Rodándolos en sentido contrario del reloj. Mientras lo miraba.

—¿Debo preguntar? —musitó teniendo cuidado con lo que decía.

—No practiques con ellos —le respondió eludiendo la duda principal de su hijo.

—¿Por qué? —preguntó Kenji un poco ofendido, tentado a cuestionarle sobre si temía que matase a alguien más con un estúpido bokken.

—Porque Maekawa-dono no es tonto y se dará cuenta de tus habilidades apenas te vea sosteniendo el bokken. Tu madre estará ahí también, ella conoce bien los movimientos del Hiten Mitsurugi y los reconocerá apenas los vea por un segundo —giró por última vez los palillos, pegándolos con fuerza a la mesa—. Cuida de ella.

—Claro que lo haré —respondió viendo a su padre levantarse de la mesa. Kenshin se marchó a ejercer sus labores como barrer la entrada del dōjō, sacudir los futones, y lavar la ropa sucia entre otras cosas.

Kenji no sabría hasta pasadas las 2 de la tarde, el significado tras la orden directa de su padre.

—CONTINUARÁ—


Gracias a todas las que me apoyan en este pequeño proyecto.

Como podemos ver, Kaoru no tiene un pelo de tonta y Kenshin sabe que no podrá ser engañada con facilidad por mucho tiempo. Por otro lado, ¿cómo creen que daba sentirse Kenji al respecto? Es decir, por un lado sabe que "hizo lo correcto", actuó rápido y no perdió a ningún inocente con sus acciones, sin embargo, sabe que también hizo mal.

Me alegra que la narración sea aceptable, qué los personajes no estén quedando OOC y que la trama no resulte complicada. ¡Muchísimas gracias a todas por comentar! ¡Lo aprecio mucho!

.

Muchas gracias por sus comentarios a:

Kaoru Tanuki, Ane himura y serena tsukino chiba.

Si quieres saber más de este y/u otros fics, eres cordialmente invitado(a) a seguirme en mi página oficial de Facebook: "Adilay Ackatery" (link en mi perfil). Información sobre las próximas actualizaciones, memes, vídeos usando mi voz y mi poca carisma y muchas otras cosas más. ;)