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LA BESTIA QUE SIENTE

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—Kenji tenía esa mirada —le dijo Kaoru a su esposo mientras se alaciaba el cabello y Kenshin se cambiaba la ropa por una yukata para dormir.

—¿Mirada?

Kaoru se giró para acercarse a Kenshin y tomarlo de las mejillas mientras lo veía a los ojos.

—Esa que sin darte cuenta me mostraste cuando nos atacó Jin-e Udō.

Entibiando su semblante, Kenshin tomó las manos de su mujer para darle unas suyas caricias antes de acercarlas a su boca y besarlas de una en una, con mucha delicadeza.

—Estás preocupada.

—Espero estar exagerando pero te juro que cuando vi a Kenji afuera del dōjō con el bokken que un alumno olvidó… —suspiró preocupada—. O ya me estoy haciendo vieja y veo cosas donde no las hay.

No, Kenshin sabía que su edad (todavía joven) no tenía nada que ver.

—Escucha, deja que se acostumbre a estar aquí. Ha estado mucho tiempo lejos de casa —beso de nuevo las manos de Kaoru—. ¿Quieres que hable con él?

Kaoru asintió dejando que Kenshin juntase su frente con la suya.

—Kenshin… estoy preocupada por Kenji.

También su esposo lo estaba, por lo que una vez asegurándose de que Kaoru estuviese acostada en el futón con sus respiraciones normalizadas, salió en busca de respuestas.

Frente a la bodega del dōjō, en las escaleras, encontró a Kenji mirando el cielo.

—¿Se dio cuenta, verdad? —intuyó sabiendo bien a quien correspondían esos pasos—. Y te pidió que hablases conmigo.

—¿Qué ocurrió? —Kenshin se sentó a su lado.

—Bueno, para empezar mi madre les da clases de kendo a un grupo entero de adolescentes hormonales con escasa vida social o al menos una novia. Luego el anciano Maekawa me preguntó delante de ella si practicaba algún estilo de kendo y le dije que no estaba interesado en eso. —Apretó los puños y los dientes—. Luego estuve sentado durante horas lidiando con el coraje que me producía ver a esos idiotas más centrados en las caderas de mi madre que en las lecciones. Y al final a un par de idiotas se les hizo divertido venir a molestar al querido hijo de Kamiya-sensei. A mí me pareció divertido romperle la nariz a uno de ellos.

Miró a su padre dispuesto a reprenderlo, pero Kenji se adelantó.

—Ya sé, ya sé; hice mal al reaccionar así pero, en mi defensa, él atacó primero intentando usar el estilo Kasshin. No puedes decirme que no se lo merecía.

—Ese no es el punto. Sabes que no es lo mismo.

—Sí, sí. El estilo Hiten y Kasshin diferencian en muchas cosas.

—Una de ellas es vital en más de un sentido.

—Ya sé —rezongó irritado—, ya lo sé.

Kenshin vio las manos de su hijo. Impecables, sin uñas sobresaliendo. Recién lavadas.

—¿Cuántas veces las has lavado hoy? —inquirió seriamente.

—¿Eso importa?

—¿Cuántas?

Dudando, Kenji al final decidió ser honesto.

—Creo que… doce, desde que mamá y yo regresamos a casa —contó sabiendo bien que esa actitud no era la más saludable—. ¿La asusté? —musitó.

—Un poco —le dijo—. Dice que vio en ti la misma mirada de Battōsai.

Todavía desanimado, Kenji sonrió ante la mención del lado asesino de su padre. Ese que estaba bien contenido en su interior gracias al amor de su madre.

—¿Acaso pensó que había hecho algo malo? —la sola idea de que su madre comenzase a oler la sangre en él, le daba un terror inmenso. Si ella lo despreciaba por lo que había hecho, y Kenji no la culparía de eso, él, personalmente, dudaba poder reponerse de ese golpe.

—Ella no es así —la defendió Kenshin, cual guardián leal—. Presintió la alteración en tu espíritu, y teme por ti, no de ti. Aprende la diferencia.

—Ya —suspiró un poco más aliviado, sólo un poco—. Así que la famosa mirada de Battōsai. ¿Sabes? Shishou decía a menudo que me sale natural, a veces sin siquiera estar enojado… o alterado. Él juraba qué sería un buen sucesor al final de mi entrenamiento… pero el hedor de la sangre me da asco —dijo con mucho resentimiento—. Además de que no sería tan paciente como él, tratando de enseñar todo lo que aprendí a alguien más.

—Shishou no es paciente.

—Por eso mismo —ambos pelirrojos se vieron a los ojos. Una conexión de mutuo entendimiento—. Papá yo no soy como tú, tú pudiste retener al instinto asesino que te viste obligado a utilizar en el Bakumatsu. Pero yo no soy así. Para empezar no me interesa lo que le pase a este país mientras no me afecte a mí o los míos. Y Kami-sama sabe que me conozco lo suficiente como para saber que si sigo así voy a terminar siendo otro sádico loco que quiere dominar al mundo o destruirlo.

—¿Tanto así desconfías de ti mismo?

—Si así quieres llamarlo.

Exhalando aire con lentitud, Kenshin trató de comprender a su hijo pero él tenía razón. Eran diferentes. Nacieron en épocas diferentes y por ende no era anormal que sus ideales lo fuesen también.

Aunque los dos hayan aprendido el estilo Hiten Mitsurugi al 100%, nada garantizaba que todos los alumnos deban ser iguales adentro de sus cabezas, aunque compartan la misma sangre.

—¿Y qué planeas hacer?

—No tengo nada en mente —aceptó Kenji con resignación—. Tranquilo, si quisiera suicidarme no me habría molestado en regresar a Tokyo.

Eso era un alivio para Kenshin, por el momento.

—Tampoco es como si mis intenciones fuesen quedarme.

Ambos se sumieron en un silencio denso. Palpable.

—Supongo que es algo que no se puede evitar —meditó Kenshin.

—Sí. Y hasta que sepa las respuestas a mis dudas me niego a perder el control de mí mismo frente a mi madre otra vez. Hoy fue una nariz rota… no sé qué podría ser mañana.

—Debes mantener la calma —le recordó Kenshin—. La respiración es muy importante, tu cerebro necesita oxígeno para seguir funcionando, si dejas que este se nuble, estarás perdido.

—Comprendo.

—También debes recordar que son tiempos distintos. El Bakumatsu fue un infierno.

—Todo el mundo lo es —Kenji chasqueó la lengua—. Pero ahora la guerra se hace en mesas de negociaciones con criminales bien vestidos. Muchos de ellos con cargos importantes. La mayoría vendiendo opio ilegal a los más idiotas.

»Dime, a este ritmo, ¿cuánto crees que tarde la misma policía en corromperse y dejarse seducir por el dinero? ¿Cuánto tardarán en dar la apariencia de que intentan acabar con la comercialización de ese tipo de sustancias o armas, para que al final ellos mismos terminen vendiéndolas o facilitando su ingreso a este país desde otros?

Kenshin no le respondió.

—El mundo está torcido, padre —Kenji desvió la mirada hacia el piso—. Lo ha sido siempre y no dejará de estarlo. Sea la época que sea.

Sintiendo el peso negativo en su hijo, Kenshin hubiese podido debatir sobre todo lo que él había dicho, pero de forma instantánea supo que mentirle a Kenji o intentar venderle una fantasía, ya no sería tan sencillo.

—Los seres humanos, independientemente de nuestra procedencia, nos forjamos nuestros propios caminos —dijo en respuesta—. Como el que vende el opio, como el que lo consume, son culpables. Aun si se vende por necesidad, o se consume para intentar aliviar (de cierto modo) un dolor mayor, o por mera curiosidad.

Kenji se levantó de las escaleras, sacudiendo el hakama.

—Dile a mamá que ya no se preocupe. Aunque también quisiera que aún no se enterase de mi entrenamiento con Shishou… quiero decírselo yo, cuando sea el momento. —Kenshin asintió—. Ahora iré a lavarme las manos otra vez e intentaré cerrar los ojos.

—Kenji.

—¿Mmm? —Kenji lo miró de reojo por encima del hombro.

—Procura beber té de jazmín antes de intentar dormir, que el agua no esté demasiado caliente y hazlo con calma. —Entonces lo dejó solo.

Extrañado por el consejo, Kenji descubrió que su padre sabía de lo que lo hablaba. Escéptico, pero haciendo lo que se le dijo, descubrió un divino alivio muscular como mental ante el primer sorbo de té caliente.

Sin embargo, las pesadillas lo asolaron durante su sueño y le hicieron despertar de sobresalto antes de que saliese el sol.

Al menos ya no se sentía tan cansado.

Luego de estirar sus músculos, dispuesto a cambiarse de ropa, Kenji miró el futón abandonado (que su madre le había dado cuando recién llegó) en otra esquina del cuarto y meditó lo siguiente:

¿Qué pasaría si su madre descubriese que su hijo había adoptado un modo de dormir peculiar?

El estar sentado en una esquina con una rodilla flexionada y su cabeza apoyada en la pared, no debería ser una postura muy sana frente a sus ojos, Kenji estaba seguro que de que eso ella pensaría, pues el descanso era algo que su progenitora se tomaba muy en serio.

Algún día Kenji les confesaría a sus padres que, dormía así, porque de ese modo, se sentía menos vulnerable a la hora de cerrar los ojos.

CONTINUARÁ


¡Perdonen por tardar tanto!

Estoy de vuelta con otro capítulo.

Les recuerdo que el fic es corto, y ya casi nos acercamos al final.

¡Gracias por leer! Ojalá que les haya gustado este capítulo. Ya nos leeremos en el siguiente.

Muchas gracias por sus comentarios a:

persefomina y Kaoru Tanuki.


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