Apenas podía sentir el viento seco que mecía sus rizos azabaches, proveniente de la dirección en la cual apuntaba su Log Pose. Era un buen día para los estándares del Paraíso, pero eso se lo atribuía a una isla veraniega cercana, en la cual apenas llueve para satisfacer a una pequeña parte de toda su población. Se encontraba recostado en la diminuta cubierta de su pequeña embarcación, con sus brazos cruzados debajo de su cabeza mientras observaba el cielo sin nubes.

Nadie hubiera sospechado que hace escasos momentos había sido atacado por un gato marino, pero eso no era importante.

No había pasado mucho tiempo desde que había entrado en el clima desértico del reino de Arabasta —o eso creía, al menos. Desde que comió la Mera Mera no mi era prácticamente imposible diferenciar un clima del otro, más cuando tenía el poder de afectarlo directamente. Involuntariamente, claro— y no tardaría nada en llegar a la isla —seguramente—, después de todo, Striker era rápida. Sin embargo, había decidido tomarse un pequeño descanso después de comerse al animal sagrado para asegurarse de que su narcolepsia no lo hiciera caer al océano durante un ataque repentino.

Ace mentiría si dijera que no quería llegar a su destino lo más rápido posible, pero si fuese a morir allí, todo su viaje sería en vano. Era su obligación llevar de vuelta a Teach al Moby Dick. Ese traidor no tenía derecho a seguir surcando los mares libremente cuando él era la causa de que Thatch ya no pudiera hacerlo. Lo único que merecía era sucumbir bajo sus llamas o ante el mismo Shirohige. Era su deber hacer que eso sucediera.

Por ahora, suponía que le daría tiempo a Luffy para que lo alcanzara. Sentía curiosidad por conocer a su tripulación y saber qué tipo de personas serían para poder aguantar su problemática existencia y aceptar llamarlo capitán. Tenía pensado ofrecerle a Luffy unirse a la tripulación de su padre, pero no creía que fuese a aceptar. Él quería ser el rey de los piratas. ¿Qué clase de rey seguiría ordenes de alguien más?

Cerró los ojos, disfrutando el silencio y la tranquilidad a su alrededor.

De todas maneras, no se lo dejaría fácil. Llegaría el día en el que ambos deban pelear por el título. Ace se había jurado a sí mismo que haría a Shirohige Rey Pirata y no planeaba arrepentirse. Cuando el momento llegara, no se contendría y no esperaba menos de su hermano. Hasta entonces, apenas podía esperar a ver cuánto había crecido en los últimos tres años.

Así se quedó durante un rato, disfrutando el silencio que la soledad le otorgaba. Sin embargo, no pudo hacer nada al verse extrañando a la banda de piratas a los que llegó a llamar sus hermanos y hermanas. Al principio, cuando había partido del Moby Dick luego de enterarse de la traición de Kurohige —dentro suyo, sus llamas ardían con intensidad al recordar como descaradamente ese canalla había elegido llamarse de una manera tan parecida a su padre— en busca de venganza no se dio a sí mismo la oportunidad de lamentarse por la falta de ruido a su alrededor. Aun así, la nostalgia se hacía más y más presente conforme pasaban los días. No era la primera vez que se marchaba por su cuenta del barco, pero no podía evitar sentir que esta vez las cosas resultarían de manera distinta a ocasiones anteriores.

No sabía cuánto tiempo había pasado así cuando algo cambió. Supuso que no era un cambio muy perceptible y que solamente era paranoico —algo que la infancia que pasó siempre cuidándose la espalda solamente afirmaba—, pero podía jurar que algo había cambiado. No era algo hostil como para preocuparlo, pero no podía sacarse de la cabeza el pensamiento de que Striker se había hundido de pronto un poco para luego salir a frote nuevamente, como si alguien acabara de subir a bordo, lo cual era ridículo ya que él era la única persona en muchos kilómetros a la redonda.

No fue hasta minutos después de sentir el pequeño trastorno que tuvo que admitir que, en efecto, había otra persona además de él.

No era como si hubiera tenido otra opción, teniendo en cuenta que el invasor se había lanzado sobre él, utilizando su cuerpo como proyectil para quitarle repentinamente todo el aire que tenía en sus pulmones, y sentado en su pecho, sosteniendo algo frío y duro —no un cuchillo, de eso estaba seguro— contra su cuello.

—No te muevas —dijo una voz a escasos centímetros de su cara, rebozando en frialdad aun cuando sonaba aguda—. Si lo haces, ¡te mataré!

Chasqueó la lengua, abriendo los ojos para poder ver a su atacante. Seguramente debía ser un novato que pensaba que era su día de suerte. Tal vez le daría la satisfacción de pensar eso por un tiempo como recompensa por haberse podido acercar antes de...

Todo pensamiento lógico huyó al instante de su cabeza. Lo primero que vio al abrir sus ojos fue un rostro mucho más joven y familiar de lo que se había esperado. Sí, era demasiado familiar, demasiado para su gusto.

Era el rostro que había llegado a odiar diez años atrás.

Feroces ojos grisáceos fulminaban su mera existencia. Sabía que en ellos había una tormenta de diversas emociones, entre ellas furia y determinación siendo las más fuertes, capaces incluso de eclipsar la confusión e incertidumbre. Más abajo, sus mejillas eran decoradas por una serie de pecas que resaltaban en contraste con su piel. Lo único que quedaba por destacar era el cabello azabache, rizado hasta por debajo de sus orejas.

No había duda, frente a él estaba su propia cara, mucho más joven de lo que recordaba.

Aun tratando de hacer las paces con el hecho de que, no, no estaba soñando ni se estaba mirando en un espejo, algo nuevo pasó por los ojos del contrario, tan rápido que apenas pudo llegar a verlo. Él niño también lo había reconocido, estaba seguro.

—¿Quién rayos eres? —masculló el chico entre dientes. No parecía como si la pregunta fuera dirigida a él.

—Sabes —habló Ace sobresaltando al contrario—, una persona tiende a presentarse antes de preguntar por el nombre de alguien más. Es cortesía básica.

Sinceramente, no estaba seguro de dónde salió la idea de provocarlo. Simplemente... pasó.

—¡¿Y qué mierda me importa?! —exclamó el muchacho, irritado, mientras presionaba contra su cuello la cosa redonda que logró identificar como una tubería—. No estoy jugando. ¡Te estrangularé!

Al verlo detenidamente, se percató de que el chico estaba temblando. Probablemente de furia, o tal vez preocupación. Descartó desde el primer momento el miedo. El niño era muy orgulloso y desconfiado como para mostrar el más mínimo signo de debilidad ante cualquiera, ni siquiera ante él mismo.

—No lo harás —respondió Ace sin más. El chico no sabía haki (ni siquiera había escuchado la palabra en toda su vida) y la única manera de que pudiera dañarlo era hacerlo caer al océano. Puede que estuviera dispuesto a hacerlo, pero necesitaría más que determinación para lograrlo. Tampoco era como si le fuera a decir todo eso.

—¡Claro que sí! He derrotado a personas más grandes que tú —insistió nuevamente—. Ahora, responde. ¿Dónde estamos?

Eso era cierto, Ace lo sabía. Sin embargo, el tamaño muchas veces poco tenía que ver con la fuerza del oponente.

—Aunque pudieras hacerlo, ¿qué harías después? —cuestionó, evitando la pregunta—. Yo soy el único que puede hacer que esta nave avance. ¿Qué planeas hacer solo en medio del océano?

En realidad, lo que acababa de decir no era del todo cierto; puede que Striker funcionara con sus llamas, pero también tenía una vela por lo que una persona normal también podría navegar con ella. El verdadero problema era que el chico no tenía el más mínimo conocimiento en navegación. No por nada a esa edad quería que Sabo fuera su navegante.

—¡Cállate! Solo respóndeme. ¿Dónde estamos?

—¿Cómo quieres que te responda si también quieres que me calle?

El muchacho no respondió, pero el rubor de sus mejillas fue respuesta suficiente, aunque era difícil distinguir si la causa era enfado o vergüenza. Tal vez ambos.

—Te propongo algo —continuó—. Si tú sales de encima mío y dejas de amenazarme con esa cañería yo responderé a todas tus preguntas. ¿Trato?

Lo único que consiguió fue que la feroz mirada del contrario fulminara hasta en lo más profundo de su ser, siquiera esforzándose por ocultar su desconfianza. Ni siquiera hubo el más mínimo movimiento para liberarlo. Es más, creía haber sentido como la presión manteniéndolo sometido aumentaba.

Ace suspiró.

—Entonces, supongo que tendremos que hacer esto por las malas.

Antes de que el muchacho tuviera tiempo de registrar el significado de sus palabras, Ace convirtió su cuerpo en llamas. El chico retrocedió, notoriamente tomado por sorpresa, y el hombre de fuego aprovechó esa abertura para reincorporarse y volver a la normalidad.

Una vez de pie pudo apreciar con mayor detalle la diferencia de edad entre él y su atacante. El chico era bajo, apenas llegándole a la cintura. Su posición de lucha, la cual había adquirido luego de recobrar la calma, hablaba de pequeñas imperfecciones esperando desvanecerse con el tiempo, luego de años de pulir su técnica. No obstante, si algo compartía con el muchacho, era el fuego ardiendo en sus ojos.

—Una fruta del diablo. —No era una pregunta.

—Sí, comí la Mera Mera no Mi —explicó con simpleza, ajustando su sombrero anaranjado con el dedo índice—. Soy un hombre hecho de fuego.

Su ceño se frunció notablemente —algo que Ace pensaba imposible con lo fruncido que ya estaba— y la fuerza con la que sostenía la tubería pareció aumentar, tal vez preparándose para atacar.

—Ahora, antes de que conteste tus preguntas, debemos hablar.

Ace estaba seguro de que el chico sabía muy bien sobre qué debían hablar. Después de todo, eran dos personas de distintas edades con la misma cara.

Desafortunadamente, el muchacho no pareció darle importancia al asunto entre manos mientras se lanzaba hacia él con un grito de batalla, tal como Ace supuso que haría. Blandiendo el caño de acero con maestría obtenida a través de prueba y error, hizo caer sobre él golpe tras golpe de manera consecutiva sin darse a sí mismo un momento de descanso. Aun así, Ace no se molestó en esquivarlo. Simplemente dejó que los ataques pasaran a través de él, dejando un pequeño rastro de llamas a su paso luego de fallar en dañarlo.

No volvió a hablar hasta que el chico paró todo intento hostil contra su persona, permitiéndose un momento para recobrar el aliento debido al esfuerzo que acababa de hacer y al darse cuenta de que no estaba llegando a ningún lado de esa forma.

—¿Ya terminaste? —preguntó, utilizando a propósito un tono un poco burlón y enarcando una ceja.

—¡Ya quisieras! —exclamó, volviendo a ponerse en guardia una vez más. No obstante, pareció observar algo por el rabillo de su ojo. Ace miró también en la misma dirección, pero no encontró nada más que las salvajes olas del océano.

Entonces el chico volvió a abalanzarse sobre él. Habiéndose anteriormente alejado lo más posible de Ace, aprovechó la distancia para hundir su arma en el mar, bañándola en agua salada durante la carrera. Antes que Ace lo supiera, estaba nuevamente sobre él, pero esta vez no podía darse el lujo de recibir el ataque.

Logró inclinarse hacia atrás al último momento, esquivando así la trayectoria horizontal de la tubería. Una de las comisuras de los labios del chico se elevó en una mueca triunfante, seguramente por lograr que Ace evadiera su ataque en vez de simplemente dejar que pasara a través de él. Aun así, su asalto estaba lejos de haber terminado: apenas tocó el suelo, aprovechó la distracción y su siguiente objetivo fueron sus tobillos, buscando hacerlo caer, mas Ace fue más rápido al saltar para, con un poco de ayuda de sus llamas propulsándolo, caer detrás del niño.

—Bien, suficiente.

Con un rápido movimiento y un fuerte tirón, logró quitarle la tubería de sus manos y consiguió que chillara de manera indignada.

—¡Oye! ¡Devuélveme eso! —ordenó acaloradamente mientras Ace apoyaba la cañería contra uno de sus hombros.

—¿Para que sigas intentado golpearme? No, gracias. —El chico chasqueó la lengua, cruzando sus brazos a la altura de su pecho. Daba la impresión de que se había resignado a dejar la ofensiva, aunque no pasaba desapercibida la manera en la que ojeaba el océano cada dos por tres—. Ni lo pienses.

—¿Hn? —Un leve sonido salió de la garganta del chico. Daba a entender que estaba escuchando, pero sabía que no era así.

—Planeas mojarte las manos para que tus puños no me atraviesen y puedas golpearme. —Los ojos del menor se agrandaron levemente en sorpresa, pero no tardó mucho para que siguiera mirándolo mal—. ¿Qué me dices? ¿Por fin tienes interés en hablar?

—¿Dónde están mis hermanos? —preguntó repentinamente con un tono que escondía una amenaza a simple vista en caso de que planeara darle una respuesta que no fuera correcta.

A decir verdad, Ace pensó que el chico se limitaría a seguir atacando sin descanso. La pregunta había sido una sorpresa.

Si sus sospechas eran correctas —y no podían ser más que correctas— debía resignarse a que ese niño era él mismo, Portgas D. Ace, a la tierna —no tan tierna— edad de diez años. Todavía no podía estar seguro, claro; había varias frutas del diablo que podían jugar con su mente o hacer que alguien más se le pareciera. No obstante, el chico había preguntado por sus hermanos —plural— y estaba seguro de que los únicos que sabían de su relación con Luffy eran varios piratas de Shirohige y su antigua tripulación, los piratas Spade. Nadie sabía de Sabo, solo los bandidos de la montaña y Garp.

Nada de esto respondía el porqué, pero suponía que ya habría tiempo para preguntar. Sin embargo, no podía estimar cuanto tiempo le tomaría conseguir que el chico conteste.

Por ahora, sería sincero y conciso.

—Ni idea.

Al parecer, al chico no le agradó esa respuesta.

—¡¿Qué demonios quieres decir con eso?! —Sí, definitivamente no le agradó.

—Tú eres el que apareció de la nada, ¿cómo quieres que lo sepa?

Su reacción ante esas palabras fue inmediata: el chico se agachó rápidamente en uno de los extremos de Striker, mojó sus manos y arremetió una vez más contra Ace. Sin embargo, Ace interceptó su puño con su mano desnuda antes de que pudiera hacer mucho daño. El contacto con el agua salada hizo que su palma se adormeciera un poco pero no evitó que resistiera la fuerza del ataque y que lograra sujetar el puño del contrario, evitando que vuelva a separarse. El muchacho intentó patearlo en la cabeza y chasqueó la lengua al ver como su ataque simplemente lo atravesaba, dándole una oportunidad para atrapar su tobillo también. Entonces, viéndose completamente inmovilizado, no dudo en resistirse.

—¿Satisfecho? —preguntó al chico dándole una sonrisa burlona.

—¡No hasta que te parta la cara! —exclamó sin dejar de moverse en un fútil intento por liberarse.

Sabía que, sin importar cuanto se retorciera, el niño no podría escapar. Aun así, no podía estarlo sosteniendo así todo el rato. Si tan solo tuviera algo para…

Su vista se desvió hacia la vela atada de Striker.


Observó a una distancia segura la figura del chico. Parecía haberse calmado un poco, incluso podría decir que se le veía un poco más relajado.

—¡DEJAME IR, MALDITO BASTARDO!

Bueno, tan calmado y relajado como podría estar una persona atada a un mástil.

Ahora con la vela izada, la embarcación se mecía levemente hacía donde dictaba la corriente marina, luchando por el control de su ruta contra el viento, pero no era un gran problema. Mientras que su Log Pose apuntara en dirección a la próxima isla no se perdería, aunque era algo molesto. No obstante, prefería eso a tener un mocoso cuyos intentos de asesinarlo aumentaban con cada segundo que pasaba.

—No hasta que te calmes —declaró.

—¡Estoy calmado!

Ace se tomó un momento para mirarlo minuciosamente una vez más, desde su cabello negro alborotado sobre una frente llena de venas a punto de estallar hasta las suelas de sus zapatos negros, a punto de salir volando debido a la fuerza de sus patadas.

Sinceramente, lo dudaba.

—No pareces muy calmado. —Si las miradas pudieran matar, Ace estaba seguro de que ya hubiera estado seis metros bajo el nivel del mar. Sin embargo, le restó importancia—. Mira, yo te ayudo. Solo debes respirar hondo, retenerlo un momento y luego dejarlo-

—Ya te dije —le interrumpió el chico, mascullando entre dientes— que estoy calmado.

Suspiró. De esta manera no llegaría a nada. Si quería que el niño cooperara con él, debía ser directo.

—Te preguntaría tu nombre, pero hace un momento dije que eso no es muy educado, así que simplemente me presentaré. —Se agachó para así poder estar cara a cara con el chico—. Soy el antiguo capitán de los piratas Spade y comandante de la segunda división de los piratas de Shirohige, Portgas D. Ace.

—Mientes.

La respuesta fue inmediata, como si todo este tiempo el chico hubiera esperado que diga su nombre para contradecirlo.

—Desgraciadamente, no.

—Mientes —repitió, pero esta vez la palabra salió algo temblorosa, como si dudara de su autenticidad. Dentro de sus ojos, la furia se mezcló con la incertidumbre, aunque su ceño seguía fruncido.

—¿Quieres pruebas? —No obtuvo contestación, mas la respuesta era clara—. Bien… Fui criado con una banda de bandidos liderados por Dadan, mi abuelo es un viejo marine de mierda, mis hermanos son Luffy y Sabo. —Tragó saliva. No quería continuar, pero no había obtenido ninguna reacción hasta el momento—. Maté a mi madre, Portgas D. Rouge, cuando nací y mi padre es Gol-

—Para.

Soltó todo el aire que ni sabía que estaba conteniendo, aliviado por no tener que decirlo. Sin embargo, sabía que las palabras quedaron en el aire, flotando sobre sus cabezas, obvias para ambos.

—Ese hombre —continuó el chico, impregnando cada silaba con veneno— no es mi padre.

—Sí… —Su mirada se desvió por un momento hacia el cielo. No había una sola nube en el cielo para poder eclipsar su brillante color cobalto—. Tampoco el mío.

Cuando volvió a mirarlo el chico —Ace, ya no había razón para ignorar esa conclusión— se veía tan resignado como él se sentía. Al parecer de repente le pareció interesante el suelo bajo sus pies y no era posible ver su mirada. Se preguntaba si sería similar a la suya en ese instante.

—¿Ahora sí me desatas?

Ace lo pensó por un momento.

—¿Vas a volver a intentar golpearme?

El contrario desvió la mirada hacía el horizonte, esquivando la suya completamente.

—No prometo nada.

Sonrió.

—Es suficiente para mí.


No tardó mucho tiempo en desatarlo. Ya libre, a diferencia de lo que la mayoría creería, Ace no intentó nuevamente atacarlo: simplemente eligió sentarse en la pequeña cubierta, mirando en dirección al horizonte, mientras él trepaba el mástil y terminaba de dejar las velas cómo estaban.

—Y dime —comenzó en un intento por entablar una conversación con su otro yo mientras terminaba de atar uno de los extremos—, ¿cómo es que estás aquí, exactamente? No recuerdo haber hecho nada especial para que aparecieras ni tampoco creo que me hayan echado ninguna maldición encima.

—Cómo si lo supiera, simplemente aparecí aquí —respondió con tono desinteresado. Estaba seguro de que su contraparte no le estaba contando algo, pero suponía que ya lo había presionado demasiado así que lo dejó pasar—. Por cierto, ¿dónde es aquí?

Ace detuvo un momento lo que estaba haciendo para así dedicarle una gran sonrisa.

—Grand Line.

Al oír esas palabras, sus ojos adoptaron un extraño brillo que no había estado allí antes.

—¿Grand Line? —repitió, casi sin aliento.

—Sí, pero por desgracia estamos en su parte más aburrida. La verdadera aventura empieza en el Nuevo Mundo.

—La segunda mitad.

—Exacto.

Cuando se aseguró de que todo estuviera en su sitio, bajó del mástil para sentarse al lado del chico.

—Normalmente estaría allí, pero hay algo que debo hacer en esta mitad. —Después de todo, según contaban fuentes confiables, Teach había huido al Paraíso y, luego de semanas de búsqueda, sus recientes descubrimientos lo habían guiado al reino de Arabasta, el cual en ese momento se comparaba con una bomba a punto de estallar en una guerra civil—. Además, no hace mucho que Luffy cumplió diecisiete, así que aprovecharé para ver cómo le va.

—¿Ese idiota es capaz de zarpar por su cuenta? —Parecía incierto y Ace lo entendía completamente. Luego de diez años de vivir en las montañas su hermanito seguía perdiéndose de vez en cuando y aunque le hubiese enseñado un poco de navegación antes de irse lo más probable era que haya olvidado todas sus lecciones incluso si Makino hubiera intentado enseñarle nuevamente.

—Puede que no haya cambiado nada con el paso de los años, pero estoy seguro de que logró llegar a la primera isla sin problemas. —Se abstuvo de decir muchos problemas para así no preocupar a ninguno de los dos—. Si no, no tendría la recompensa más alta del East Blue en este momento. —Logró estirarse hasta alcanzar su mochila, de la cual sacó un papel en donde aparecía el sonriente rostro de su hermanito cubierto de heridas, significando que la foto fue sacada luego de una gran batalla. Acto seguido, se lo dio a su otro yo, quien lo tomó con gusto disimulado. Le dedicó al papel una pequeña sonrisa y su rostro pareció llenarse de orgullo—. Es una suma insignificante en estas aguas, pero es una recompensa decente por ser la primera.

—¿Qué hay de Sabo?

Sintió como la sonrisa que se dibujó en su rostro mientras hablaba de Luffy se desvaneció ante la mención de su difunto hermano. Temía que preguntara por él. ¿Qué podía decir de Sabo? ¿Que murió antes de siquiera salir de las aguas circundantes al reino de Goa, que su barco fue hundido antes de que pudiera obtener verdaderamente la libertad? ¿Era justo decirle que el mundo le había arrebatado su futuro y su sueño y le había negado el libre albedrio?

—No volví a saber de él desde que partió. —La verdad dejaba un gusto amargo en su boca. No era una mentira, pero estaba lejos de explicar lo que había pasado en realidad. Sabía que su contraparte le ocultaba cosas, pero no le gustaba tener que hacer lo mismo con algo tan importante.

—¿No has sabido nada de él en los últimos tres años? —cuestionó, notoriamente escéptico—. ¿No tiene ni siquiera una recompensa?

—No que yo haya visto, pero ya lo conoces: siempre fue bueno pensando formas de no meterse en problemas.

—Él es bueno para sacarnos de problemas también —comentó, aunque no parecía del todo convencido—. ¿Y tú? ¿De cuánto es tu recompensa?

Pensar en la suma de dinero que el gobierno ofrecía por su cabeza lo hizo sonreír nuevamente. Puede que no fuese una sonrisa igual de sincera que la última, pero Ace dudaba que pudiera convocar una muy verídica luego de haberle mentido a su otro yo sobre la muerte de Sabo.

—Quinientos cincuenta millones de belis.

Los ojos del chico se volvieron grandes como platos y su boca se abrió ligeramente.

—Quinientos cincuenta… —Luego de unos instantes de asombro pareció recuperar la compostura rápidamente—. ¿Solo eso?

En vez de sentirse ofendido, Ace simplemente rio ante la pregunta.

—Sé que todavía es poco, pero no tardará en seguir aumentando. El preció por nuestra cabeza seguirá creciendo hasta ser más grande que la de el Rey Pirata y ya no importará si somos hijos de ese bastardo.

—Seremos reconocidos por lo que hemos hecho en nuestras vidas, no por tener sangre maldita. —continuó el más joven, y Ace pudo notar en su voz una especie de emoción que no estuvo allí antes—. Je, Luffy puede quedarse con el título de Rey de los Piratas. A esas alturas ya no valdrá nada.

—Bien dicho.

Por unos minutos quedaron en silencio, con sonrisas gemelas en sus rostros, visualizando un futuro de grandeza y reconocimiento. Ace se aseguraría de que su nombre llegará hasta los cielos, para que fuera una patada en la entrepierna para su progenitor y un mensaje para Sabo, un mensaje diciendo que el mundo no podrá detenerlo como lo detuvo a él. Esto solo era el comienzo.

—Bien, supongo que es hora de continuar.

Se reincorporó y comprobó su Log Pose. La aguja ya no apuntaba directamente hacia adelante, sino que ahora se desviaba un poco a la derecha. Sin embargo, poco importaba la diferencia realmente.

—Te recomiendo que te sostengas fuerte de algo —le aconsejó mirándolo nuevamente.

—¿Por qué? —Aunque haya preguntado eso, no tardó mucho en prácticamente abrazar el mástil.

—Striker es mucho más que un simple bote —sonrió él.

Entonces, utilizando sus llamas, el pequeño navío no tardó en dispararse hacia delante, surcando las aguas de Grand Line con agilidad. No pasó desapercibido para él el grito de asombro a sus espaldas, pero decidió no comentar nada por el bien del poco orgullo que le quedaba. Tal vez más tarde.


Me disculpo si les parece que Ace Peque o Ace Grande quedaron muy ooc. Traté imitar lo más posible a sus personalidades cannonicas.

Debo aclarar que no tengo idea de qué color son los ojos de Ace (ya saben como le gusta a Oda dibujar puntos negros para todos los personajes masculinos) pero por alguna razón en todos los fanfics que leo, cuando describen sus ojos, dicen que son grises. ¿Quién soy yo para cuestionar los fanfics? Además, no creo que vuelva a aparecer nuevamente, pero sentí que tenía la responsabilidad de aclararlo.

También me he visto obligada a jugar un poco con la linea de tiempo. Como no se sabe cuanto tiempo llevaba Ace en Arabasta antes de que llegaran los mugiwaras por lo que voy a asumir que ya estaba allí cuando ellos llegaron a Drum (después de todo se dice que pasó alrededor de una semana desde que Ace estuvo allí). Todo esto son suposiciones mías, no se lo tomen como algo cannon por favor.

Espero que estén disfrutando de la historia. Nos leemos en el próximo capítulo ^^