Lectores: Muy astuta Escritora. Actualiza dos meses más tarde a altas horas de la noche para que tengamos que desvelarnos si queremos leer inmediatamente el capítulo.

Escritora: El capítulo tiene más de 18500 palabras.

Lectores: Escritora, usted es diabólica.


Luffy se sentía solo, emocionado, algo preocupado, contento, intranquilo y muy curioso, todo al mismo tiempo.

Sí, eso era posible.

En general, sus emociones positivas le hacían olvidar las negativas y estaba distraído por, bueno, todo. Cuando Ace y Sabo desaparecieron, se sintió algo traicionado. Para él, estar solo era peor que la muerte. Incluso se los había dicho, la primera vez que había hablado con ellos sin que estuvieran planeando matarlo —más que nada en el caso de Ace ya que Sabo solamente habló sobre la posibilidad, no lo intentó. Sea como sea, no importaba. Ambos, tanto Sabo como Ace, eran buenas personas. Siempre lo fueron. Y, más importante, eran sus hermanos. Luffy estaba más que feliz en perdonar pequeñeces como esas—. Luego se sintió estúpido, ya que Ace y Sabo nunca lo abandonarían por esas mismas razones, por lo que comenzó a preocuparse al no encontrarlos.

Sin embargo, cuando el león gigante apareció de la nada, definitivamente no estaba aterrado. Era un hombre, no un bebé llorón como Ace decía.

Y entonces, descubrió que estaba en un barco. Y no cualquier barco, ¡un barco pirata! Un barco pirata que tenía una bandera pirata y llevaba a una tripulación de piratas capitaneada por nadie más que Luffy. Bueno, no Luffy, sino... ¿otro Luffy? Suponía que era un misterio.

(El chico ignoraba todas las leyes y principios científicos que estaba rompiendo en ese momento al estar allí, en esa carabela con mascaron de oveja, como era imposible tener frente a él a otra versión de sí mismo, diferenciándose de él simplemente por su edad. Lo único que importaba era que él no lo entendía del todo bien, por lo que era un misterio).

Envuelto en varias capas de mantas, apenas podía contener su entusiasmo al ver la isla nevada acercarse cada vez más —Eso blanco era nieve. ¡Amaba la nieve! Esas chimeneas gigantes parecían divertidas también. ¡No podía esperar para llegar!—. Ya hubiera utilizado sus poderes de goma para llegar allí antes que nadie, pero el otro Luffy no lo había intentado, por lo que debía tener sus razones para no hacerlo. A sus espaldas la tripulación se preparaba para desembarcar. Ya estaban a punto de alcanzar su destino.

Deseaba que sus hermanos estuvieran allí también. Era un barco pirata, igual que el Red Force de Shanks, y esas personas eran una tripulación pirata verdadera, no como decían serlo Porchemy y sus hombres y ese tal Bluejam del que hablaban sus hermanos a veces. Era divertido hablar con ellos, aunque parecían un poco idiotas. Estaba seguro de que a Sabo y a Ace les habría gustado estar allí también.

—Parece que no tardaremos en llegar —dijo alguien justo encima de él. Al levantar la mirada se encontró con el espadachín con cabello que le recordaba a césped, quien miraba hacia el frente.

—¡No puedo esperar! —comentó sin poder evitarlo—. Parece una isla divertida.

Estaba realmente entusiasmado. Era la primera vez que visitaba otra isla. Se preguntaba si habría un montón de carne deliciosa allí.

En ese momento apareció también en la proa el hombre de la ceja graciosa. Se veía inquieto y ansioso mientras sacaba uno de sus cigarrillos y lo encendía.

—Ya se los he dicho, no hay tiempo para aventuras —repitió.

—Hmp... Tacaño.

—¿Huh? —Su otro yo simplemente río, lo cual pareció irritar al rubio por alguna razón—. ¡Hablo en serio! ¡La vida de la hermosa Nami-San corre peligro!

—Perdón, perdón... No habrá aventuras, lo juro.

—Más te vale —dijo el de la nariz larga, Uso—. No quisiera encontrarme con un abominable hombre de las nieves.

—¡¿Eh?! ¡¿Un hombre de las nieves?! —exclamó el chico, emocionado—. ¡¿Existen?!

—¡Claro que existen! —se apresuró a declarar mientras todo rastro de miedo desaparecía de su tono de voz para adoptar uno valiente y confiado—. Después de todo, cuando tenía tres años luche contra uno yo mismo.

—¡¿En serio?! ¡Increíble! —clamó nuevamente, con sus pupilas transformadas en estrellas. ¡Había luchado con un monstruo! ¡Qué genial!

—¡¿Luchaste con un hombre de las nieves?! —gritó también el capitán del barco, nunca habiendo dejado su asiento en el mascarón del barco hasta ese momento—. ¡¿Por qué no lo dijiste antes?!

El francotirador se cruzó de brazos, de seguro recordando su gran travesía. Debió haber sido muy épica, llena de acción y robots.

—Lo recuerdo como si fuera ayer. Estaba vagando por islas aún más frías que ésta en medio de una gran ventisca cuando sucedió. Un ser gigante de repente me emboscó. No tardé en distinguir que era un abominable hombre de las nieves, que no había comido en tres semanas y planeaba convertirme en su cena. ¡Naturalmente, me defendí cuando intentó arrancarme la cabeza de un mordisco! Sus dientes eran tan largos como sus garras y me vi obligado a-

Por desgracia, no tuvo tiempo de terminar su relato porque el de la ceja graciosa lo pateó en la cabeza tan fuerte que hizo que besara el suelo.

—¡Tampoco tenemos tiempo para aventuras inventadas!

Los mofletes de Luffy se hincharon antes de que pudiera evitarlo, al mismo tiempo que decía en sincronía con su otro yo:

—Aburrido~

Notó como la ceja en espiral del ofendido se crispó, pero éste se limitó a mascullar para sí, algo sobre capitanes estúpidos y mocosos inquietantes.

Distraído por parte de su futura tripulación, no notó el momento en el que se adentraron en la isla a través de un río hasta que fue muy tarde. Su humor volvió a alegrarse al darse cuenta de su descuido. No importaba hacia donde mirase, los únicos colores que podía encontrar eran las diferentes tonalidades de azul de una catarata cercana. Todo lo demás se hallaba cubierto por un manto de blanco inmaculado. No era la primera vez que veía nieve, pero nunca ningún invierno había conseguido cubrir en su totalidad su isla natal. Era maravilloso, casi místico, a sus ojos.

—Parece que no podemos avanzar más —observó Vivi, sacándolo de su estupor—. Será mejor que anclemos el barco aquí.

—¿Bien? ¿Quién irá a buscar al doctor? —preguntó Zorro (Creía haber escuchado que su nombre era Zorro. Tenía cara de Zorro. Lo iba a llamar Zorro.)—. No... Debemos buscar humanos primero.

—¡Yo iré! —declaró al instante su yo mayor.

—¡Yo también! —se apresuró a decir el cocinero.

—¡Yo me quedo!

Los piratas miraron al niño con curiosidad. Seguramente habían esperado que gritara a los cuatro vientos que los acompañaría. En efecto, Luffy estaba a punto de insistir en ir con ellos cuando se dio cuenta de que seguramente no sería divertido hacerlo. Sí, estaba emocionado: estaba en una isla desconocida, en un mar desconocido, que pedía a gritos que él la explorara, pero le dejaba un mal sabor de boca. No podía evitar pensar que encontrarse con su futura tripulación, en medio de una futura aventura, era irritante. No quería vivirlas, no ahora. Y, aunque lo intentara, sería distinto. No haría lo que el otro Luffy haría. Sería aburrido, ¡y era molesto! No quería saber qué pasaría en sus futuras aventuras; ya no serían aventuras porque sería aburrido si sabía qué iba a pasar y las aventuras deben ser divertidas, llenas de acción y peligros y desafíos por superar. Todo perdía su significado si sabía que iba a salir vivo al final del día.

Bueno, técnicamente, era una no-aventura, ¡pero no quería arruinar su futura no-aventura!

La sonrisa que le dedicó el capitán radiaba cierta simpatía. Estaba seguro de que entendía las razones del chico para quedarse.

—¡No se muevan, piratas!

Todos voltearon entonces en dirección de la voz. Las costas escarchadas, hasta hace un momento vacías, ahora estaban atestadas de gente. Los hombres, cada uno armado, los miraban con aversión. No parecía como si les agradara su presencia, aunque aún no habían hecho nada para ganarse su odio. Uno de ellos, que vestía un abrigo verde y llevaba algo raro en su espalda, parecía destacar sobre el resto. No tardó en comprender que él fue quien alzó la voz.

—Miren, sí hay personas.

—Tengo un mal presentimiento...

—Les exigimos que abandonen estas costas inmediatamente —continuó quien parecía ser su líder con voz firme—. No son bien recibidos aquí.

—¡Vinimos a buscar un doctor! —explicó su doble. Luffy asintió de manera notoria varias veces.

—¡Tenemos a una persona enferma abordo! —insistió Vivi.

Pensó que eso sería suficiente para que la gente entendiera que no querían pelear, pero no fue así. Murmullos para nada amistosos se hicieron presentes entre la multitud y no tardaron en transformarse en gritos.

—¡¿Creen que caeremos con esa historia, asquerosos piratas?!

—¡Este es nuestro país y ningún sucio pirata pondrá pie en él!

—¡Leven anclas y lárguense de aquí! ¡De lo contrario destruiremos su barco!

—Vaya... Sí que nos odian, y nos acabamos de conocer —comentó el rubio.

La respuesta de la multitud fue instantánea. Un disparo resonó en la escena y la bala fue a parar justo donde su pie había estado momentos atrás.

—¡Cállate!

—¡NOS HAN DISPARADO! —chilló el de nariz larga, entrando completamente en pánico.

Luffy rápidamente se preparó para pelear, dispuesto a abandonar la conformidad de las mantas —su único abrigo— en cualquier momento. Nunca había luchado contra alguien con una pistola, pero ya se le ocurriría algo. No tendría más opción que intentarlo si los iban a atacar. Su futura tripulación se puso igual de alerta —bueno, la mayoría—, lista para patearles el trasero. El cocinero parecía el más dispuesto, a punto de arremeter contra el ahora aterrado tirador.

—¡Bastado...!

Fue entonces que Vivi se interpuso.

—¡Sanji-San! ¡Espera!

Antes de que alguien pudiera preverlo, un segundo tiro fue disparado. Al mismo tiempo, Vivi se desplomó sobre la cubierta, manchándola de sangre.

Por un momento, pudo jurar que su corazón se había detenido.

Tenía frío. Hacía mucho frío. Eso era todo sobre lo que había podido pensar desde que lo había notado hace algunos minutos. Frecuentes temblores recorrían su cuerpo mientras que su mandíbula se movía por su cuenta, provocando que sus dientes chocaran entre sí. No se hubiera imaginado que dentro del estómago de un león gigante haría tanto frío. Los de los cocodrilos siempre habían sido cálidos, tan cálidos que eran asfixiantes. ¿Por qué éste era helado?

De repente algo cubrió sus hombros y, aunque no pareció calentarlo, se aferró a eso como si de ello dependiera su vida, envolviéndose en lo que reconoció como una manta. De donde había venido esa apareció una más. Para cuando estuvo cubierto por la tercera ya no sentía tanto frío como antes.

Aquí tienes —dijo la chica de cabello azulado, terminando de abrigarlo—. Estamos a diez grados bajo cero. A esta temperatura los osos se preparan para hibernar. Lamento que no tengamos ningún abrigo de tu talla, tendremos que comprar uno cuando encontremos un pueblo.

E-Está bien —se apresuró a contestar. Una nube de aire caliente salió de su boca al hacerlo. Recordando una lección que le había enseñado Makino, agregó—: Gracias, Onee-Chan.

Ella le sonrío. Era una sonrisa amable.

Puedes llamarme Vivi.

—¡VIVI!

El tiempo pareció fluir de nuevo. Ambos lados ahora estaban listos para atacar. Luffy no tardó en arrodillarse al lado de la muchacha. El brazo de su abrigo, justo debajo de su hombro, se había teñido de rojo. No sabía nada de medicina, pero suponía que la herida no era tan mala como había pensado. Esperaba que no fuera nada serio. Miró nuevamente a la muchedumbre, la cual estaba lista para disparar.

—¡Oye! ¡¿Por qué hicieron eso?! —cuestionó. Ella no había hecho nada. ¿Por qué la lastimaron? ¡Esos malditos!

No era el único furioso. Su otro yo irradiaba cólera, causando escalofríos a aquellos que osaban intentar sostenerle la mirada. Era natural, habían lastimado a su nakama.

—¡¿CÓMO SE ATREVEN?!

Entonces Vivi se movió otra vez, más rápido de lo que él la hubiera pensado capaz en su condición. Su otro yo estaba a punto de saltar a tierra firme cuando ella lo detuvo.

—¡Esperen! ¡Esto no significa que esté bien pelear!

—Vivi...

Ella volteó a mirarlo, dedicándole una pequeña sonrisa. Parecía algo forzada.

—Estoy bien. La bala solo rozó mi brazo —le aseguró. Luego, tomó todo el aire que pudo y exclamó hacía la multitud, de rodillas ante la gente armada—. ¡Nosotros... nosotros no bajaremos del barco! ¡Por favor, llamen a un doctor! ¡Nuestra amiga está sufriendo por una dolorosa enfermedad! ¡Por favor, ayudenla!

—Vivi... —Su otro yo parecía preocupado, como si no supiera qué hacer. Parecía haber dejado de lado toda la furia que sentía hace escasos momentos.

—Tú todavía... no tienes lo necesario para ser un capitán, Luffy... —lo regañó ella mientras que su frente tocaba la cubierta del barco—. ¡Actuar de esa manera no resolverá nada! Si comienzas una pelea en este momento... ¿Qué pasará con Nami-San?

En ese momento, pensó que el otro Luffy iba a ignorar la advertencia de la muchacha e iba a arremeter contra la muchedumbre. Al menos, eso hubiera hecho él. ¡Habían lastimado a su nakama! Para su sorpresa, sin embargo, no hizo nada de eso.

—Tienes razón. ¡Lo siento, es mi culpa! —se disculpó el capitán mientras imitaba a Vivi, arrodillándose y bajando su cabeza hasta que ésta llegó al suelo—. Por favor, llamen a un doctor. Por favor... salven a nuestra nakama.

Luffy lo miró con ojos tan abiertos como su boca. Prácticamente, se habían rendido sin luchar.

La tensión se mantuvo unos segundos más. Nadie dijo nada. La gente seguía mandando miradas hostiles en dirección al barco, pero tenían menos veneno que antes. Otros, incluso, parecían inseguros. ¿Había funcionado?

Finalmente, el líder habló.

—Los llevaremos a nuestro pueblo —decidió—. Sígannos.

Después de eso, no se levantó ninguna queja. Todo se había calmado, pero a Luffy no le había gustado del todo este resultado. Vivi había sido lastimada, pero su otro yo no intentó vengarla. Estaba seguro de que Shanks les hubiera pateado el trasero a todos ellos sin siquiera dudarlo. Luffy definitivamente lo hubiera intentado.

Aunque suponía que ninguno de los dos era Shanks...

—Pero permítanme advertirles algo —continuó—. Nuestro país solo tiene un doctor... y es una bruja.

—¿Eh?


Sus ojos permanecieron pegados en dirección a una de las costas.

Algo había llegado. No podía decir qué exactamente, pero su instinto le decía que no debía acercarse en esa dirección. Era como si se tratara de un fenómeno de la naturaleza, algo que simplemente no debería estar allí, algo que no debería existir.

Sin embargo, él tenía curiosidad. Quería descubrir qué era, pero cada vez que daba un paso adelante, su cuerpo involuntariamente retrocedía tres.

Desde allí arriba, todo parecía diminuto. ¿Qué podía estar haciendo que su instinto animal reaccionara de aquella manera?

—¡Chopper! ¡Nos vamos!

Su maestra lo estaba llamando, pero su cuerpo se negaba a responder. Sabía que iban a bajar. No quería bajar.

—¡Chopper! —repitió Doctorine, esta vez con más urgencia.

—¡Enseguida!

Logró conseguir de nuevo control total sobre su cuerpo, pero el sentimiento de precaución permanecía en el aire, como un fantasma.

Sea lo que sea que lo estuviese causando, esperaba no encontrarse con esa cosa.


Estaba harto de levantar pesas.

Eso era lo único que había podido hacer desde que salieron de Little Garden gracias a sus heridas. La bruja, antes de caer enferma, le había prohibido realizar todo tipo de entrenamiento "excesivo" hasta que sus piernas estuvieran curadas. Era aburrido. Estaba seguro de que ya estaban mejor: no dolían —mucho— y hace tiempo que los cortes habían dejado de sangrar. Debían estar curadas.

Solo para estar seguros, pediría la opinión de alguien más. Alguien que de seguro lo entendería.

—¿Qué te parece?

A un metro de distancia, un tembloroso Carue lo observaba bajo una manta.

—Cuak...

No sabía lo que dijo, pero le sonaba a un .

—¡Bien! ¡Todo está mejor entonces! —Para enfatizar su salud, levantó ambas piernas y golpeó las plantas de ambos pies entre ellas varías veces. Apenas le era incómodo—. ¿Lo ves?

—Cua...

De nuevo, no podía entenderlo, pero estaba seguro de que estaba de acuerdo con él.

—¿Qué opinas, Luffy?

El niño —aún era difícil de creer que ese mocoso era su capitán— volteó a verlo con sus grandes ojos y sin expresión alguna. Desde que la mayoría se fue en busca de un doctor Luffy se había quedado sentado al lado de la baranda, observando la dirección por la que se habían ido. Aunque él mismo había insistido en quedarse en el barco, parecía ansioso, como si hubiera querido ir con ellos. Le pareció raro, pero Zoro no comentó nada. Puede que él sea quien haya conocido a Luffy —el mayor— por más tiempo de todos ellos, pero había cosas que hasta para él eran un enigma. De seguro el chico tenía sus razones; él no era quién para cuestionarlas.

—¿Sobre qué?

Al parecer no había imaginado que Luffy parecía perdido en sus pensamientos. Bien, no estaba loco. Abandonó su asiento sobre una de las cajas de la cubierta y se acercó al chico. Carue pareció alejarse unos metros.

—Mis piernas ya están curadas, por lo que empezaré a entrenar en serio.

El niño ladeó la cabeza, confundido.

—¿Estabas herido?

Zoro sonrió. Era oficial. Si su pequeño capitán no había notado sus heridas, significaba que ya estaban bien.

—Ya no más. Por fin puedo empezar con mi entrenamiento super-intensivo —explicó—. Estoy cansado de todos esos aburridos ejercicios para endurecer los músculos.

—Huh...

—No entiendes de lo que estoy hablando.

—Para nada.

Sinceramente, no le sorprendía.

Reconsideró por un momento lo que tenía planeado hacer. No sabía si era realmente una buena idea dejar a un Luffy mucho más inmaduro que el actual por su cuenta en un barco rodeado de agua marina. Si, ponerlo de esa manera hacía que sonara aún peor, incluso en su cabeza. Era por esa misma razón —por el simple hecho de que era Luffy— que no estaba seguro si era una buena idea. Por otro lado, era Luffy, el bastardo más suertudo que se había conocido en toda su vida. Estaba seguro de que no moriría tan fácilmente. Además, Carue estaría con él. Zoro era capaz de confiarle su vida a ese pato.

—Bueno, vigilar el barco es aún más aburrido que levantar pesas. —Entonces, ignorando el frío glacial del ambiente, se quitó su abrigo y camiseta, aventando el primero en dirección al pato del desierto.

—¡¿Cu-Cu-Cuak?!

—Ya es hora de darse un baño en agua semi-congelada para aclarar la mente —declaró, uniendo ambas manos frente a él y cerrando los ojos en preparación a la zambullida.

—¿Eres idiota o qué? Hace frío. Te vas a congelar.

—Cállate. No pienso aceptar ese tipo de comentarios de tu parte. —Diablos, sí que hacía frío.


Carue era un pato del desierto común y corriente.

Le gustaba el jugo y le era leal a su dueña. La seguiría hasta las profundidades del inframundo, como les gustaba decir a los humanos.

...

Bueno, no estaba seguro si hasta allí, pero sí hasta la mayoría de todos los otros lugares.

También se había infiltrado con ella en una organización peligrosa que los quería muertos y se hizo amigo de los piratas más disfuncionales que había conocido en su pata vida. Por lo que, naturalmente, al ver desaparecer al espadachín debajo de las heladas aguas de la isla, entró en pánico. Dio vueltas alrededor de toda la cubierta, graznando desesperadamente y sin saber qué hacer, procurando evitar acercarse al niño que se parecía mucho al capitán pero que desprendía un aura completamente errónea. Lo peor fue cuando se dio cuenta de que Zoro no había resurgido en ningún momento.

Naturalmente, no pensó dos veces antes de lanzarse él mismo al río congelado.

En el instante en que sus plumas hicieron contacto con el agua, se arrepintió por completo de su decisión.


—¡CUAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA-!

Splash!

Luffy permaneció aferrado a la baranda del barco, viendo cómo, uno tras otro, sus acompañantes desaparecían debajo de la superficie. Luego de un rato de mirar el mismo punto, se dio cuenta que ninguno flotaría nuevamente hacia arriba, al menos no en ese lugar.

—Y yo que se los advertí —suspiró. Definitivamente eran unos idiotas. Bueno, no creía que fuera necesario preocuparse. Seguro estaban bien.

Miró en dirección a las altas montañas en forma de chimenea. Quería ir allí. El barco era aburrido y solitario. ¿Cuál era el punto de estar rodeado de tanta nieve si no podía jugar con ella? Eso apestaba. Tal vez debió haber ido con los demás, pero eso significaba vivir su no-aventura futura y hacerla aburrida.

Hmm...

...

Fue entonces, en un momento lleno de aburrimiento, que tuvo una idea.

Claro, ¡era simple! Iría por su cuenta en su propia no-aventura. Solo debería evitar ir a los lugares que fuese el otro Luffy para así hacerla única y, mientras tanto, podría buscar a Sabo y a Ace. Tal vez debería invitar también a los actuales vigías del barco. Sí, eso haría.

—¡Oeeeeeee! ¡Zorroooo! ¡Pato raroooo! —llamó, dando vueltas alrededor de la cubierta. Finalmente, su búsqueda lo llevó a mirar nuevamente las aguas debajo las cuales ambos habían desaparecido.

Oh, cierto, lo había olvidado.

Bueno, suponía que no sería tan grave irse. Después de todo, ambos lo habían hecho. El único problema era que las mantas, aunque abrigadas, eran molestas para moverse. Puede que si se las sacara...

Sopló repentinamente una corriente de aire particularmente fría, logrando helarlo hasta los huesos. Nop, no iba a suceder. Estaba decidido: esas mantas serían parte de él hasta que deje de hacer tanto frío.

Por el rabillo del ojo notó el abrigo abandonado del espadachín. Sonrío, anticipando el éxito de su idea con gran satisfacción.


Finalmente, luego de reiterados intentos, consiguió cerrar la cremallera. ¡Estaba listo!

Había pasado los últimos largos minutos intentando ponerse el abrigo de Zorro aun con las mantas encima. Tomó su tiempo y tuvo que deshacerse de una de ellas, pero había valido la pena. El único problema era que la prenda era demasiado grande para él: lo cubría de pies a cabeza, ocultando parte de su cara sin la necesidad de ponerse la capucha, y las mangas eran demasiado largas y sobraban, pareciendo dos fideos tristes —a menos de que moviera los brazos, en ese caso eran fideos felices que se movían en todas direcciones, haciéndolo reír. No era para nada cómodo, pero sí calentito.

Volteó nuevamente en dirección a la isla. El entorno a su alrededor no parecía haber sido perturbado de ninguna manera. Se preguntaba, ¿qué clase de misterios ocultaría? ¡No podía esperar a descubrirlos! Ya quería encontrarse con un abominable hombre de las nieves. ¡Lo derrotaría y luego le contaría de su aventura a sus hermanos! Tal vez así le dejen de decir llorón.

Oh, perdón. No-aventura.

Emocionado una vez más, corrió rápidamente hacia una de las barandas del barco, descubrió sus brazos, se aferró fuertemente a ella y comenzó a retroceder. Usaría el nuevo movimiento que Ace y él inventaron cuando derrotaron al Rey de la Montaña para llegar a la isla sin tener que preocuparse por el agua. A sus hermanos no les gustaba que lo usara cuando ellos no estaban alrededor —decían que debían estar allí para asegurarse de que no cayera en un río o algo por el estilo. ¡Él sabía dónde caería! ... la mayoría de las veces—, pero no encontraba ninguna otra forma de cruzar hasta tierra firme.

Gomu Gomu no... ¡Rocketo!

Cuando llegó al otro extremo del barco —las puntas de sus dedos amenazando por resbalarse debido a la fuerza ejercida para estirarse— se lanzó hacia adelante y se soltó. Luego de eso, la física hizo el resto. En menos de segundos se vio impulsado en la dirección deseada...

... y su rostro se estampó contra el costado del Going Merry.

Cayó nuevamente en la cubierta. Tardó un momento en comprender qué había pasado exactamente, pero enseguida sobó su adolorido rostro. ¡Diablos! Al menos nadie había estado allí para ver eso. Ya tenía suficiente con Ace y Sabo riéndose de sus ataques —creían que eran ridículos, ¡pero no lo eran!—, no necesitaba que nadie más lo hiciera. Rápidamente, con el objetivo de olvidar su reciente fracaso, empezó a estirarse nuevamente.

El segundo intento resultó más exitoso que el primero —al parecer el truco era saltar después de soltarse, o al menos eso creía haber hecho diferente—; esta vez, cuando sus manos se separaron de la madera, la fuerza lo llevó hacia delante y arriba, dejando la carabela detrás. El frío polar, mil veces peor debido al viento, silbaba con fuerza en sus oídos y le hacía cosquillas en la nariz. Debajo sus pies, la madera morena no tardó en convertirse en agua azulada y ésta, a su vez, en blanca nieve. En ese momento, soltó una risa que dejaba entrever su felicidad ante su logro.

El suelo, eventualmente, volvió a acercarse. Se vio entonces obligado a callar al aterrizar en la nieve. No le dolió gracias a su composición de goma y la gran cantidad de nieve que amortiguó la caída, pero sus ropas se empaparon casi al instante. Rápidamente se reincorporó. Observó a su alrededor. Podía ver el barco pirata a lo lejos, pero tampoco había recorrido una gran distancia como él había esperado. Todo lo demás era desconocido para él: un mar blanco que no tenía principio ni fin.

—¡Bien! Veamos... —Eligió un sendero al azar y, decidiendo sin prueba alguna que ese debió ser el camino por el que se fue su otro yo, comenzó a caminar en la dirección contraria—. ¡Por aquí!


Ya en tierra firme, se permitió soltar una sonora carcajada.

Al fin, luego de largas jornadas perdidos en el mar, había regresado. Ya estaba cansado de ser un pirata, nunca fue lo suyo. Reinar, por otra parte... sí, extrañaba su derecho de sangre. Regir sobre las vidas de los habitantes de Drum era lo que más le satisfacía. Después de todo, él era el Rey. Parecía que debía recordarle eso a muchas personas.

¿Cómo era recibido luego de estar lejos por tanto tiempo? Por un grupo de insolentes plebeyos levantando sus armas en contra suya. ¿Quién se creían que era? ¡Él era el soberano de esa isla! ¡Deberían mostrar más respeto por su majestad, el gran Wapol-Sama! Él era quien se aseguraba de mantener a ese país saludable con la mejor brigada médica de todo el Grand Line. Que gente como ellos, meros donnadies, se atrevieran a hacer una ofensa tan grande en contra del Rey era inconcebible. Era un alivio que sus subordinados ya se hubieran encargado de ellos.

La madre naturaleza era tan fría y despiadada como siempre; su castillo estaba intacto; al parecer había unos cuantos rebeldes entre las masas, pero podría sofocar cualquier golpe de estado fácilmente. Puede que haya escapado durante la invasión pirata, pero él aún era el Rey de esas tierras y, como Rey, ese país y sus habitantes le pertenecían.

Ahora, una vez más en su madre patria, no había nada que se interpusiera en su camin-

—¡Wapol-Sama! ¡Malas noticias!

Uno de sus subordinados, proveniente del río, se acercaba corriendo en su dirección.

—¡¿Qué pasa?! —inquirió rápidamente, enojado. ¿Cómo se atrevía a interrumpir su momento de gloria?

—¡Esos piratas... anclaron su barco en la ribera del río!

—¡¿Qué?!

Apretó su mandíbula con fuerza debido a su furia. De todas las mugrosas islas a las que esas ratas podrían haber ido, justo tenían que ir a parar a su glorioso reino. ¡Esas alimañas! Casi se ahoga cuando el mocoso con sombrero de paja lo mandó a volar. Si no fuera por la excelente unidad médica que él había formado, no sabía qué hubiera sido de él. Incluso el curso de su nave fue afectado, retrasando su regreso. Lo haría pagar por todos los problemas y la humillación que le había causado.

—¡¿Qué demonios están esperando?! ¡Mátenlos, a todos ellos! —ordenó.

—Pero... —el inútil se atrevió a dudar—. ¡E-El barco está vacío! No sabemos dónde están.

Wapol-Sama era generalmente un hombre benevolente —al menos, eso pensaba—, pero aquel lacayo lo estaba desesperando.

—¡No me interesa! ¡Encuéntrelos y tráiganme sus cabezas si no quieren ocupar su lugar!

—Que subordinados tan tontos... —habló su ministro de defensa, el muy hipócrita, llamando su atención—. Ya habíamos revisado las huellas que salían del barco.

—Creemos que probablemente fueron a Big Horn —reportó Kuromarimo.

¿Ahora querían parecer listos? ¡Idiotas, todos ellos! Ninguno fue capaz de distinguir en qué dirección estaba su reino una vez estuvieron lejos en alta mar. Si no fueran sus hombres más leales los habría ejecutado por su incompetencia hace mucho tiempo. Ahora no era el momento, sin embargo. Tenían asuntos más urgentes entre manos; debían deshacerse de esas escorias.

—¡Entonces vamos a Big Horn y revivamos el reino de Drum con el saludo de nuestras armas! —decretó.

Big Horn... Ese era el pueblo natal de Dalton. Seguro que ese traidor era quien estaba detrás de aquella rebelión en su contra. ¡Ja, perfecto! Lo ejecutaría a él y a los Mugiwara, todo en un día. Dejaría su mensaje bien claro. Serían una advertencia hacia todos aquellos que estén tentados a cuestionarlo.

Sería sencillo. Después de todo, él era el Rey.


Luffy estornudó.

Hacía frío, mucho más frío del que había pensado. Parecía como si las temperaturas hubieran disminuido constantemente desde que abandonó el barco. El panorama blanco no había cambiado en absoluto; la única diferencia siendo la ausencia del Going Merry a la distancia. Ya le era imposible verla; no era más que un punto negro distante.

No estaba seguro cuánto tiempo llevaba caminando, pero sentía que habían pasado horas desde que llegó a tierra firme. Su emoción inicial se había desvanecido con facilidad luego de permitirse jugar en la nieve por unos minutos. Aun así, no fue del todo divertido, no sin sus hermanos. Sabo era quien sabía cómo hacer el hombre de nieve perfecto, vistiéndolo incluso con su propio sombrero para recuperarlo solo luego de que Luffy destruyera su trabajo por accidente. Ace era quien normalmente comenzaba las guerras de nieve, lanzando el primer proyectil luego de molestarse con el menor. Entonces Sabo se uniría, resultando en un todos contra todos que nunca terminaba bien para él, siendo el primer eliminado. A esas alturas sus hermanos mayores se enfocarían por completo en vencer al contrario mientras Luffy observaba, disfrutando el beneficio de no preocuparse por ser golpeado por una bola de nieve. Después de eso había continuado su camino en busca de una no-aventura.

Al no tener con qué distraerse, le era imposible no pensar en sus hermanos, en dónde estarían, qué estarían haciendo... Tal vez lo estarían buscando ya que solían hacer eso cuando él no estaba con ellos. Eso era bueno ya Luffy también los estaba buscando esta vez. Era probable que el león gigante también se los haya comido y los tres estuvieran atrapados en su extraña barriga. Si ese era el caso, simplemente debía encontrarlos, pero no podía ver más que el color blanco a su alrededor y hacía mucho frío.

Nubes no muy amigables se habían formado sobre su cabeza, amenazando en soltar aún más nieve. A Luffy le gustaba la nieve, pero no quería más en ese momento. Le era muy difícil caminar sobre la nieve acumulada: ésta le llegaba por encima de la rodilla y sus sandalias no ayudaban en nada para protegerlo del agua congelada.

Sí, su tripulación futura había sido una buena compañía: eran divertidos, aunque algo idiotas y raros, y aún no tenían un músico —¡Debían de llenar ese puesto lo antes posible! ¡Los músicos son muy importantes en una tripulación pirata!—, pero sí a un cocinero que le dio deliciosos bocadillos antes de llegar, un pato raro, un mentiroso con nariz larga que contaba grandes historias, un tipo pasto con tres espadas y-

Luffy estornudó. Esta vez gotas de moco líquido lograron escurrirse por su nariz, por lo que las limpio con su manga.

...

Extrañaba a Ace y a Sabo.

Sonidos de pisadas se oyeron a sus espaldas. Al voltear pudo divisar a la distancia un gran grupo de personas, la mayoría vistiendo de manera similar. Dos personas destacaban sobre el resto, vistiendo de manera graciosa —uno incluso tenía afros por manos. ¡Se veía genial!—. Era una lástima que no hubiese ningún-

—Tsk. Maldito Robson... ¿Cómo se atreve a desafiarme? Un rey no tiene derecho a recorrer su reino a pie.

Allí, sobre nueve soldados desafortunados que imitaban a una mula de carga, se encontraba el oso más gordo y feo que jamás haya visto —el oso gigante de la montaña no contaba: era grande, no gordo. Tenía pelaje blanco y una mandíbula metálica y acababa de escucharlo hablar, pero los osos no hablaban por lo que no podía ser un oso. Entonces...

Sus ojos se iluminaron como estrellas cuando pensó en la única explicación posible. ¡Era un abominable hombre de las nieves! ¡Finalmente había encontrado uno! ¡Ahora podría patearle el trasero!

Entonces corrió en dirección al gran grupo, dejando todos sus pensamientos de lado al presentarse una nueva distracción. En el camino tropezó varias veces, cayendo de cara en la nieve y llamando la atención de varios soldados. Sus ropas y el terreno entorpecían su andar, pero no impedían que siguiera adelante.

Para cuando se les acercó lo suficiente para oírlos sin dificultad ya le habían alertado al monstruo de su presencia. Bien. Entonces ya debería estar listo para luchar.

—¿Qué demonios quieres mocoso? —preguntó pareciendo irritado—. Date prisa y piérdete.

Frunció el ceño. ¿Por qué no quería atacarlo? ¿Era idiota o qué? No actuaba en lo mínimo abominable, aunque su apariencia indicara otra cosa.

—¡No!

—¿Huh?

—¡Estoy aquí para patearte el trasero!

Al pronunciar esas palabras reinó un silencio absoluto que fue rápidamente roto por la risa ridícula de la criatura.

—¡¿Derrotarme?! —exclamó, todavía riendo—. ¡Como si un mocoso como tú pudiera siquiera intentarlo! ¡¿Acaso no sabes quién soy yo?!

—¡Un abominable hombre de las nieves, por supuesto! —¡Qué pregunta más estúpida! Era obvio que era un abominable hombre de las nieves: era feo, gordo y tenía piel blanca. ¿Qué más podría ser? ¿Y por qué todos lo miraban de manera rara? ¿Tenía algo en la cara? ¡¿Su sombrero se había volado?!

No tardó en llevarse ambas manos a la cabeza. Nop, seguía ahí.

—¡NO SOY UN ABOMINABLE HOMBRE DE LAS NIEVES! —se quejó el abo- espera, ¿qué?—. ¡SOY EL GOBERNANTE DE ESTAS TIERRAS! ¡EL GRAN WAPOL-SAMA!

Lo miró con detenimiento. Bueno, debía admitir que, si se lo miraba desde cierto ángulo, parecía un poco humano, pero lo seguía viendo como una bestia. Oh, bueno, sí él lo decía debía ser verdad.

—Oh, perdona. —De todas maneras, era una pena de que no hubiera hallado un hombre de las nieves. ¿Tal vez ellos sabrían en dónde podría encontrar uno?—. Neh, Ossan.

—¡¿"O-OSSAN"?! —exclamó la multitud en su totalidad. Luffy decidió ignorarlos.

—¿Puedes decirme donde encontrar abominables hombres de las nieves? Debo patearles el trasero para así contarles a Ace y a Sabo de mi no-aventura.

—¡¿Qué mierda me importa?! ¡Además, no hay abominables hombres de las nieves en este país!

—Bueno... —comenzó el tipo con las ropas de bufón—, en realidad, hay uno.

—¡¿En serio?!

—¡Oe, Chess! ¡¿A qué rayos estás jugando?! —preguntó el no-hombre de las nieves al bufón—. ¡No tenemos tiempo de ir de cacería! ¡Debemos preparar todo para mi glorioso regreso!

El tipo de las ropas graciosas se le acercó y le empezó a susurrar algo al oído. La cara del gordo pasó de irritada a furiosa, y de furiosa a pensativa. El oso se apartó, observando sin disimulo a Luffy.

—¿Eso crees?

—Sí, no hay duda alguna. Incluso se parecen. Sin embargo, esto podría ser una ventaja para nosotros.

Desde allí siguieron hablando en voz baja, siéndole imposible escuchar la conversación. Luffy ladeó la cabeza, completamente confundido. ¿De qué estaban hablando?

Luego de cuchichear por un rato, de repente el oso feo volteó nuevamente en su dirección luciendo una sonrisa amable —aunque notoriamente forzada—. Daba un poco de miedo, a decir verdad, pero solo un poco.

—¡Ya veo, ya veo! —dijo en un tono raro—. Entonces, te ayudaremos a encontrar a Pie Grande.

—No quiero tener pies grandes —respondió frunciendo el ceño. Pensaba que sus objetivos eran bastante claros—. ¡Estoy buscando un abominable hombre de las nieves para patearle el trasero!

—Sí, sí, claro —continuó el gordo en el mismo tono de voz—. Si nos sigues, te mostraremos donde encontrarlo.

Al oír esas palabras, Luffy volvió a emocionarse.

—¡¿En serio?!

—Sí —respondió el oso, dándole una señal a uno de sus guardias. Este se acercó, quedando justo detrás de Luffy—. No te preocupes, mocoso, será fácil.

Antes de que una nueva oleada de emoción e impaciencia pudiera manifestarse en su interior —y, como consecuencia, en su exterior— ante la maravillosa noticia —¡al fin podría luchar contra un monstruo!—, fue levantado en un rápido movimiento hacia arriba, quedando apresado entre los brazos y el pecho del soldado desconocido, cuyos ojos, a diferencia de la exasperación, calidez y cariño a las que estaba acostumbrado de parte de sus hermanos y los adultos en Fuusha, solo contenían frialdad, como aquella vez en la que había sido secuestrado por Porchemy.

El oso gordo río de nuevo. Luffy no pudo evitar pensar que estaba en problemas.

—¡En marcha! ¡A Big Horn!


Estaban corriendo como si no hubiese mañana.

No le gustaba correr. No le agradaba en lo más mínimo, pero Sanji le dijo que si luchaba contra los osos Nami moriría y no quería eso. Los osos eran persistentes, y molestos, y lo único que podía hacer era correr y esquivar, porque al parecer si lo golpeaban Nami también recibiría el golpe y moriría. Sanji era el único que podía luchar y hacía todo lo posible para protegerlos a los tres, pero el terreno les jugaba en contra ya que le era complicado encontrar suelo firme para usar sus patadas.

¡¿Por qué todo tenía que ser tan complicado?! ¡Solo querían llegar a la cima para encontrarse con el doctor! Malditos osos estúpidos, metiéndose en su camino.

Repentinamente, Sanji paró en seco, volviendo la vista hacia atrás.

—Espera un momento, Luffy.

Luffy también se detuvo, imitando a su nakama. Los osos al parecer se habían detenido hace varios metros y ahora estaban... ¿saltando en el lugar?

—¿Qué están haciendo?

—Creí que habían dejado de perseguirnos, pero ahora están haciendo algo ahí arriba...

De pronto, Sanji palideció.

—N-No... Espera un minuto... —Luffy lo miró, confundido. ¿Sanji estaba asustado? ¿Tal vez los saltos eran una maniobra de intimidación?—. ¡¿No estarán...?!


—¡DELICIOSO~!

El pueblo de Big Horn se estaba convirtiendo lentamente en ruinas. Muchas de las casas, chamuscadas y despedazadas, habían dejado de ser habitables en el transcurso de minutos. En otras, que eran el centro de atención de las atentas miradas de los habitantes, las llamas aún danzaban sobre los tejados, rogando por ser sofocadas, pero avivándose ante el menor contacto con algún combustible.

Wapol, rodeado por los escombros de las viviendas y su ejército personal, se encontraba en el ojo de la tormenta.

—¡Escuchen campesinos! ¡Todo en este reino es mi aperitivo! —declaró luego de un suspiro satisfecho en consecuencia de una buena comida—. ¡Ahora, Kuromarimo, recuérdame por qué soy tan genial!

—Porque usted es nuestro digno Rey, Wapol-Sama —contestó el general con una leve reverencia.

—¡Exacto! ¡Es por eso por lo que mis casas deben estar bien cocinadas! ¡Un Rey digno como yo debe tener solo lo mejor!

—¡¿Eres tonto o qué?!

Quien gritó había sido Luffy. A solo unos metros de ellos, se encontraba forcejeando contra el soldado que lo retenía en un intento por escapar e ir a patearle el trasero.

—¡Las casas no se pueden comer! ¡Saben mal! ¡Son duras y saben a polvo! ¡Además, hay personas viviendo allí!

Una parte importante de las personas ahí presentes lo miró de manera exasperada. ¿Quién era ese niño para describir a qué sabe una casa, como si él lo supiera por experiencia?

Sin embargo, el antiguo gobernante del reino lo observó con molestia.

—¡Cállate mocoso! ¡Este país es mi reino, por lo que todo en él me pertenece! La gente, los pueblos, sus riquezas... ¡todo es de mi propiedad! Yo decido qué hacer con ellos. ¡Ese es mi Derecho Real!

Luffy frunció el ceño. Ese tipo no le agradaba. No, más bien, le desagradaba. Las palabras de Wapol le hacían recordar cosas que Sabo les había contado sobre los nobles de Goa. Aunque no eran muchas ya que a su hermano no le gustaba hablar sobre su antigua vida como parte de la clase alta, él sí explicó que los nobles pensaban que ellos eran mucho mejores que los demás por el simple hecho de haber nacido nobles. Eso era estúpido; seguramente él era capaz de derrotarlos fácilmente. Por supuesto, Sabo no era así: él era fuerte, amable e inteligente. Nunca había podido derrotarlo, ni una sola vez, siempre parecía interesado en ayudarlo a crear nuevos movimientos y mejorar su puntería. También sabía muchas cosas de las que ni Ace estaba enterado. Ese tipo, en cambio, era de lo peor. Deseaba que sí se hubiera tratado de un abominable hombre de las nieves para poder patearle el trasero.

—Ahora, solo observa cómo te utilizo para hacer que esos malditos Mugiwara salgan de su escondite. Formas parte de su tripulación, ¿cierto? Estoy seguro de que intentarán rescatarte, aunque seas un chiquillo insoportable —concluyó mientras saboreaba la asegurada victoria de un plan que ni siquiera fue su idea.

—¡No necesito que nadie me salve! ¡Soy fuerte! ¡Mis puñetazos son como pistolas!

—¡Silencio! ¡Solo eres un mocoso insolente que no sabe su lugar!

—Mis disculpas, Wapol-Sama —les interrumpió Kuromarimo—, pero desearía informarle sobre nueva información que obtuvimos respecto a los Mugiwara.

—¡¿Por qué no dijiste eso antes?! —le reprochó el monarca, pasando a ignorar al chico—. ¡Escúpelo de una vez!

—En este momento, ellos se dirigen hacia el castillo de Drum.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! —Wapol estaba furioso. Esas alimañas deseaban poner sus sucios pies en su hermoso castillo.

—Esa traidora de la Dra. Kureha está viviendo en su castillo.

—¡¿QUÉ?! ¡¿ESA VIEJA BRUJA ESTÁ EN MI CASTILLO?! —Esa vieja...—. ¡¿Hasta cuándo piensa esa vieja rebelde meterse en mi camino?! ¡Voy a capturarla a ella y a esos Mugiwara y aplastaré sus huesos hasta hacerlos polvo!

Sí, eso sonaba un buen plan. Así podría deshacerse finalmente de todos aquellos que querían oponerse a él. La Dra. Kureha se lo tenía merecido: en este reino solo podían existir veinte doctores, y esa bruja loca no era uno de ellos —nunca lo hubiera permitido—. En cuanto a esos piratas, podría eliminar finalmente la molesta piedra que llevaba hace días clavada en la suela de su zapato.

—¡No des ni un solo paso más!

Una figura salió de la nada, saltando al centro del caos y atacando a Wapol con lo que el pequeño Luffy previamente describiría como un remo filoso. El antiguo rey cayó al suelo, quejándose del dolor, al mismo tiempo en el que todo su ejército se ponía en alerta frente a la nueva amenaza.

—¡Me han dado! ¡Voy a morir!

A unos pocos metros de distancia, justo donde Wapol solía estar planeando su pronta venganza, se hallaba Dalton con su arma desenvainada.

—He venido a matarte. No me importa si mueres.

Los dos oficiales de Wapol adoptaron posiciones ofensivas, preparándose para atacar.

—¡¿Aún estás con vida...?!

—¡¿Cómo te atreves a atacar a Wapol-Sama?!

—Tú eres... —Luffy no tardó en reconocerlo. Aquel era el hombre que lideraba la multitud que los confrontó cuando llegaron. No le sorprendía que estuviera allí. Seguro solo tenía las mismas intenciones que la primera vez que se encontraron.

La mirada del hombre bisonte se desvió al rehén del antiguo rey mientras los veinte mejores médicos de la isla Drum curaban a Wapol. Recordaba que él había estado en la cubierta del barco cuando la tripulación pirata intentó desembarcar. Esto era malo. Debía ser cuidadoso, de lo contrario intentarían usarlo para que desistiera en matar a su antiguo amo. Puede que los piratas se mostraran amistosos, pero no quería tener razones para enfadarlos. Este país ya había sufrido lo suficiente.

—¡Fui~! ¡De verdad creí que iba a morir!

La recuperación de Wapol captó nuevamente toda su atención. No era momento de preocuparse por cosas como esas. Su objetivo estaba allí, frente a sus ojos. Por el bienestar de este reino enfermo, no podía permitirse fallar.

Lucharía, incluso si eso significaba su propia muerte.


Luffy miró con admiración como el hombre —ahora transformado en algo que reconoció como un toro— esquivaba los ataques de los soldados y los derrotaba como si no fueran nada. ¡Era asombroso! ¡Era un toro misterioso! Cuando había aparecido por primera vez, empezó a decir un montón de cosas que no tenían sentido, y se había aburrido un poco, pero casi derrota al oso raro de un golpe, así que le agradaba.

Los tipos de vestimenta graciosa entonces empezaron a decir muchas más cosas que no tenían sentido. Fue en ese momento que una gran multitud de gente comenzó a acercarse, todos al parecer armados.

Y entonces, el bufón apuntó sus flechas a la muchedumbre.

—Nos conocemos desde hace mucho tiempo. Sabemos perfectamente cuál es tu punto débil, y esa... será tu perdición.


Ussop-San le dio señal a las cabras para que se movieran. Lo hicieron, pero el trineo no cedió ni un poco. Entonces suspiró, soltando las riendas en señal de rendición.

—No tiene caso, estamos atrapados —declaró—. La nieve es demasiado espesa.

Vivi miró preocupada en dirección a las montañas. Estaban más cerca de lo que habían estado hace unos momentos. Debían haber estado dirigiéndose allí por error todo ese tiempo.

¿Qué harían ahora? No podrían alcanzar a Luffy-San y Sanji-San a tiempo para que regresaran, y seguramente la Dra. Kureha ya se había ido de Gyasta. Se sentía inútil. Nami-San estaba en peligro y estaban atascados, perdidos y malgastando el tiempo. La condición de la navegante era muy delicada, por lo que cada segundo contaba. Además, si no terminaban pronto aquí, su país...

Repentinamente un temblor extraño se hizo presente. Ambos miraron a su alrededor, confundidos.

—¿Qué es ese sonido...?


—¡DALTON-SAN!

—¡TORO-OSSAN!

Wapol-Sama soltó una carcajada al mismo tiempo en que el cuerpo de Dalton caía al suelo, inconsciente. Había sido una muerte apropiada. Morir patéticamente al defender a simples súbditos era lo que Dalton se merecía. Sí, puede que aún no estuviera muerto, pero dudaba que pudiera sobrevivir sin asistencia médica.

No pudo comenzar a disfrutar la pequeña victoria cuando escuchó un sonido muy fuerte. ¿Qué era eso? ¿Un terremoto?


—¡Esos asquerosos conejos! ¡No puede ser cierto!

—Oe, Sanji. ¿Qué ocurre? ¿Qué está sucediendo?

Su cocinero rápidamente volteó a verlo. Había gran urgencia en su voz cuando volvió a hablar.

—¡Corre Luffy!

—¿Correr? ¿A dónde...?

—¡A cualquier sitio! ¡Tan lejos como puedas!

Fue ahí cuando lo notó. Una gran nube blanca estaba bajando por la montaña.

Oh. Eso no podía ser bueno.

—¡ESTÁN PROVOCANDO UNA AVALANCHA!


—¡UNA AVALANCHA!

—¡ESTÁ VINIENDO!

—¡No puede estar pasando...!

—¡TODO EL PUEBLO SERÁ SEPULTADO POR LA NIEVE!

Aunque Luffy no entendía lo que sucedía, suponía que la gran cantidad de nieve bajando por la montaña no era algo bueno.

Aun cautivo, estaba siendo llevado en la dirección contraria. El soldado que lo retenía corría detrás del oso, quien se quejaba por la lentitud del transporte, es decir, sus sirvientes, que ante la situación habían aumentado en número para que resultara más ligero. Al tipo se lo notaba nervioso.

Definitivamente las cosas no estaban yendo como deberían. Su no-aventura fue interrumpida por el oso feo, luego sus lacayos matan a Toro-Ossan —¡Cuando se transformó en toro fue genial! Aunque luego comenzó a hablar de cosas que él no entendía, le había comenzado a agradar— y, ahora, eso. ¡Y el subordinado del oso todavía impedía que escapara! ¡Así no podría patearle el trasero a nadie!

Entonces, se le ocurrió algo y no tardó en ejecutarlo.

Sin previo aviso, Luffy hundió su mandíbula en el brazo del hombre. Éste chilló de dolor y aflojó su agarre. Inmediatamente se encontró libre una vez más al caer en la nieve. Se apresuró en levantarse para huir. No había tiempo que perder. Era consciente de que, si lo quisieran, podrían alcanzarlo fácilmente.

—¡Maldito bastardo...! ¡En un momento como éste...!

Sin detenerse, miró sobre su hombro para comprobar si lo estaban siguiendo. Nadie además del desafortunado al que le habían encargado su cuidado parecía haberse percatado de su escape: al parecer estaban muy ocupados corriendo por sus vidas o aguantando las quejas del oso feo. El tipo lo miraba con furia, sosteniendo su herida. Afortunadamente, no hacía intento alguno en perseguirlo. En su lugar, se limitaba a mirar con rabia en su dirección y con nerviosismo al desastre natural que se estaba acercando. Finalmente, observando con frustración su escape por última vez, decidió seguir a su líder.

¡Bien, ahora que ya no tenía que preocuparse por el oso y sus seguidores podría continuar con su no-aventura!

¡A LAS MONTAÑ-!

Al voltear en la dirección de las formaciones montañosas con forma de chimenea se encontró con la avalancha, que estaba a unos veinticinco metros de distancia.

... Pensándolo mejor, tenía otra idea.

Salió corriendo como lo haría alguien a quien el diablo le estuviese pisando los talones, olvidando todas sus dificultades motrices mientras gritaba a los cuatro vientos. No sabía si era un buen plan, pero mientras pudiera salir vivo de esa le bastaba.

Miró sobre su hombro. ¡La avalancha estaba cada vez más cerca! ¡Su idea no estaba funcionando en absoluto!

—¡¿Qué hago?! ¡¿Qué hago?! ¡¿Qué hago?! ¡¿Qué hago?! ¡¿QUÉ HAGO?! —pensó en voz alta mientras buscaba frenéticamente algo para salvarse. Entonces, su mirada se detuvo en una casa cercana—. ¡Allí!

Sí podía usar sus poderes de goma para llegar al tejado entonces la avalancha no podría alcanzarlo. ¡Podría lograrlo!

Determinado, estiró su brazo. Sonrió aliviado cuando su articulación consiguió envolverse con éxito alrededor del techo piramidal y no tuvo que esperar mucho para separarse del suelo. Por segunda vez ese día se encontraba volando por los aires. Miró nuevamente hacía abajo. ¡Podía lograrlo! ¡La avalancha no era lo suficientemente alta!

Fue en ese momento que un pensamiento le cruzó por la mente. Era algo trivial, algo simple y básico. Lo que pasaba era que no creía que supiera cómo evitar estrellarse contra el edificio.

En un intento desesperado por no chocar llevó todo su peso hacía la derecha con la intención de desviarse. Funcionó, pero por desgracia la fuerza centrífuga tenía otros planes para Luffy; sin poder evitarlo dio una vuelta completa a la casa y, luego de fallar en aferrarse gracias la fuerza de rozamiento, involuntariamente se soltó.

Para ese entonces estaba frente a la avalancha, cayendo en ella.

Luffy decidió hacer lo único que de lo que era capaz en ese preciso momento.

Efectivamente: gritar.

—¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH-!

Al caer en la nieve sus gritos se vieron ahogados al mismo tiempo en que ésta lo tragaba.


El pueblo de Big Horn se encontraba en ese momento sepultado en nieve. La única indicación de que allí había un poblado eran los techos verdes de algunas de las casas más altas y aquellas que no habían resultado tan afectadas.

En medio de ese páramo desolado, un poco de nieve se estaba moviendo. Entonces, de ella no tardó en surgir un sombrero de paja y, con él, una cabeza.

Luffy respiró hondo varías veces. ¡Ahhh! ¡Pensó que moriría! Ser enterrado por nieve no había sido bonito. Era demasiado fría y húmeda. Con algo de dificultad, logró sacar sus brazos y luego impulsarse hacia arriba para quedar nuevamente libre.

Notó que no era el único que había resurgido: varias personas ya estaban sobre la superficie nuevamente e incluso se estaban conglomerando en una única zona. Afortunadamente no veía a ese oso raro por ningún lado. Esperaba que su otro yo le pateara el trasero.

—¡SI SE ACERCAN MÁS, LES DISPARAREMOS!

Aquel grito repentino hizo que su atención se centrara en la gran multitud que se había formado. Reconoció a los soldados del oso molesto sobre una colina de nieve. ¿Ahora qué estaban haciendo?

—¡¿LUFFY?!

Luffy volteó. Detrás de él estaban Vivi, Uso y un desabrigado Zorro. Los dos primeros lo miraban estupefactos mientras que el último lo observaba con el ceño fruncido, como si estuviera pensando en algo. Se alegró al verlos. ¡Al fin, caras conocidas! Estaba cansado de estar solo o de que osos tacaños quieran usarlos para hacer cosas malas.

—¡Oh, chicos! —los saludó—. ¡Los he encontrado!

—¡¿Qué haces aquí?! —cuestionó Vivi—. ¿No deberías estar en el Merry?

—Sí, pero me aburrí, por lo que fui a buscar a un abominable hombre de las nieves para patearle el trasero —respondió con simpleza.

—V-Veo que Luffy no cambió nada desde la niñez... —comentó Uso.

—¿Ese es mi abrigo? —preguntó finalmente el espadachín.

—Sí.

—Devuélvemelo —ordenó.

—No quiero. Es abrigado.

—¡Es exactamente por eso que lo quiero!

El niño ladeó la cabeza. Eso no tenía sentido.

—Fuiste tú el que lo dejó atrás. ¿Por qué lo querrías ahora?

—¡¿No es obvio?! ¡Solamente dame el maldito abrigo!

—No quiero.

—¡Mr. Bushido! ¡No maldiga frente al niño, por favor!

El nombrado chasqueó la lengua, completamente harto. Uso aprovechó ese instante para acercársele y susurrarle algo al oído.

—Estás consciente de que estás discutiendo con una versión más inmadura de Luffy cuando discutir con la actual es imposible, ¿no?

—Cállate o juro que tomaré tu abrigo por la fuerza.

El francotirador se puso rígido y, acto seguido, apuntó en dirección al tumulto de gente.

—¡Quiero decir! ¡Estoy seguro de que alguno de ellos tiene un abrigo que prestarte!

—Eso espero... —Dicho eso, Zorro se acercó a uno de los hombres que estaba más cerca—. Oye. ¿Qué está pasando?

—¿Acaso no-? ¡¿Qué pasa contigo, vestido así?! —dijo la persona después de notar casi al instante que estaba semi-desnudo.

El grito atrajo la atención de gente cercana, la mayoría teniendo reacciones similares. Sin embargo, un hombre pareció reconocer a Vivi y a Uso.

—Ustedes son esos piratas...

—¿Podría decirnos qué está sucediendo, por favor? —pidió Vivi.

—¡Por supuesto! Dalton-San está atrapado bajo la nieve, ¡pero los sirvientes de Wapol nos impiden sacarlo!

—¡¿Qué?!

—¡Cierto! ¡Toro-Ossan peleó contra el oso raro, pero jugaron sucio y lo hirieron! —¿Cómo pudo olvidarlo? Había luchado de manera tan genial...

—¿O-Oso raro? ¡¿Te refieres a Wapol?!

—Sí —asintió—. Ese tipo es un imbécil.

—Recuerdo esa vestimenta... —comenzó el espadachín, mientras uno de los soldados declaraba que Toro-Ossan ya estaba muerto—. Usopp, esos son los tipos que nos atacaron hace unos días, ¿no?

—Sí, son los mismos.

—¿Ustedes los conocen? —preguntó el chico con curiosidad.

—Yo no lo llamaría conocer...

—Entonces —continuó, ignorando al de nariz larga—, eso quiere decir que son nuestros enemigos. ¡¿Me equivoco?! ¡¿O son nuestros aliados?!

—N-No... Son enemigos... —aseguró, extrañado—. ¿Qué piensas hacer?

Sobre la montaña de nieve, uno de los soldados seguía hablando.

—¡Quien tenga algún problema que dé un paso al frente y me dé su mejor golpe!

No parecía haber terminado su discurso cuando Zorro —Luffy miró el espacio en el que había estado escasos segundos antes. ¿En qué momento se movió?— lo golpeó en la cara, dejándolo inconsciente.

—¡Ah! ¡Mr. Bushido!

—¡¿Quién es él?!

—¡Oye, detente! ¡Los estás provocando!

Sin embargo, Zorro no los escuchaba. Estaba ocupado en disfrutar de su nuevo abrigo, abrazándose a sí mismo para así aprovechar al máximo su nueva fuente de calor.

—¡Qué calentito!

—¡¿Solo querías eso?!

Los soldados no parecían estar felices con sus acciones.

—¡MATENLO!

—¡Los has hecho enojar!

La gran multitud de gente con abrigos verdes se dirigía en su dirección, con sus armas preparadas, y Luffy sonrió. ¡Al fin, una pelea! Era lo que había estado buscando todo este tiempo. El chico se movió hacia adelante, listo para ayudar al espadachín. Creyó haber oído a alguien llamar su nombre, pero lo ignoró. Había pasado un tiempo desde su última pelea con alguien que no fueran sus hermanos —seguramente uno o dos días. Puede que estuviera desarmado —en ese momento recordó que había dejado su cañería atrás cuando descubrió la piedra misteriosa. Oops—, pero siempre había preferido luchar con sus puños. Esos tipos no sabrían qué los golpeó.

—¡Oe! ¡Zorro! —El nombrado enarcó una ceja en su dirección, ni idea porqué—. ¡Yo pelearé también!

—¿Estás seguro de que puedes manejarlo? —cuestionó sin esperar a que el chico se acercara—. Estamos en el Grand Line. Estos tipos son más fuertes de lo normal.

—¡Está bien! ¡Yo también soy fuerte! ¡Me convertiré en el Rey Pirata, después de todo! —declaró.

El contrario sonrió.

—Si tú lo dices, entonces está bien.

Puede que Zorro accediera a que Luffy luchara junto a él, pero no se molestó en esperarlo. En segundos, ya estaba corriendo al encuentro de sus adversarios, quienes lo superaban en número.

Luffy tuvo que detenerse para así observar con detenimiento la escena ante él. En vez de atacar, como pensó que haría, el espadachín se limitó a evadir con gracia a sus enemigos. Ni siquiera parecía estar intentándolo de manera seria, pero todo tipo de ataque en su contra simplemente fallaba. Así continuó hasta que, de alguna manera, logró llegar a la retaguardia de pelotón, ahora con tres espadas que definitivamente no eran suyas.

Una vez que Zorro estuvo armado todo pareció aumentar en velocidad. Blandiendo dos espadas con sus manos y tomando la restante con su mandíbula, arremetió nuevamente hacia la multitud, esta vez a la ofensiva. Luffy solo pudo mirar con asombro mientras, en meros minutos, aquel hombre los derrotaba a todos sin siquiera sudar.

—Genial...

Entonces, reconoció que él era fuerte, mucho más fuerte que Ace y Sabo, quienes seguro hubieran tenido problemas luchando contra una multitud tan grande. Le alegraba saber que tendría nakamas fuertes como él en el futuro. ¡Ya quería ver de qué era capaz el resto de su tripulación!

El antiguo cazarrecompensas dejó las armas robadas en el suelo, rodeado de los cuerpos estáticos de los soldados, y un pensamiento cruzó por la mente de Luffy. Él los había derrotado a todos. Ninguno de ellos había sobrevivido a la violenta estampida que había sido el espadachín.

—¡No es justo! —gritó, completamente ofendido—. ¡Te dije que yo también pelearía! ¡No me dejaste ni uno solo!

—Ah, lo olvidé —dijo de manera distraída—. Lo siento, Capitán.

—¡No quiero una disculpa! ¡Quiero patearle el trasero a alguien!

Iba a seguir quejándose, o tal vez Zorro iba a responderle, cuando una multitud de exclamaciones estalló a su alrededor.

—¡BUSQUEN A DALTON-SAN!

—¡DENSE PRISA!

—¡DEBEMOS ENCONTRARLO!

Los ciudadanos, anteriormente intimidados por el ejército del oso, parecieron recobrar su motivación. Pasando sobre los soldados, subieron por el montículo de nieve y comenzaron a cavar en busca de Toro-Ossan. Uno de ellos pasó cerca de Zorro, agradeciéndole.

—Oye, mocoso. —Sabía que el de cabello verde le hablaba a él. ¡No era un niño, maldición!—. ¿Tienes idea de qué está pasando?

Luffy paró un momento de estar molesto para pensar en ello.

—Más o menos —respondió finalmente.

—¿Más o menos? ¿Qué se supone que significa eso?

Luffy sonrió.

—¡Es un misterio!

—¡Oigan, ustedes dos! —Ambos voltearon para encontrarse a Uso corriendo en dirección al montículo de nieve—. ¡Apresúrense y caven!

—Usopp. ¿Qué diablos pasó aquí?

—¡Luego te explico! ¡Primero hay que ayudar!

El chico observó como Uso intentaba con gran esfuerzo arrastrar a un desorientado Zorro, mientras conversaban —¿Por qué tengo que hacerlo? Explícate ¡Ya te dije que no hay tiempo para eso! ¡Solo hazlo!—y entonces, su estómago rugió por primera vez desde que abandonó el Going Merry. ¡Ah, sí que tenía hambre! Justo en ese momento, Vivi, dispuesta a ayudar en la búsqueda, pasó a su lado y se detuvo.

—¿Te sientes bien? —preguntó, preocupada.

—No... Tengo hambre~ —respondió, alargando las vocales.

La princesa miró en dirección a la multitud de personas, aun buscando a Toro-Ossan.

—Seguramente podrán encontrarlo solos.

Cuando habló parecía ansiosa, como si en verdad no estuviera segura sobre qué hacer. Luffy entendió al instante que quería ayudar a salvar a Toro-Ossan.

—Él estará bien —la tranquilizó el chico. La chica volteó a verlo, tal vez no esperando sus palabras—. Sus nakamas no dejarán que muera.

Permaneció insegura por unos instantes más para luego sonreír.

—Sí, tienes razón —asintió ella—. Vamos a preguntar si alguien puede preparar algo de comida.

Luffy rio. Así estaba mejor. No le gustaba ver a su amiga así de contrariada.

—¡Bien, a buscar carne!


No entendía del todo bien como habían llegado allí, pero ahora estaban en una especie de canasta de acero que escalaba por una soga para llegar a la cima de la montaña.

No, así no era como lo habían llamado. ¿Un... teleférico? Como sea, lo importante es que estaban escalando la montaña. ¡Finalmente podría ir a la cima! Eso era lo que había deseado todo este tiempo.

Al principio todos se opusieron a que subiera, pero Zorro lo defendió. ¡Y valió la pena! Todo desde allí se veía tan pequeño... Incluso podía ver el océano desde allí. Era una gran vista. Era igual a la cima de la base secreta que los tres habían construido. Recordaba haber subido con sus hermanos allí el invierno pasado, cuando la nieve cubría en parte el bosque. El panorama de blanco rodeado por el océano le recordaba a ése.

—¡Luffy, ten cuidado! —le recomendó Uso. Al parecer no le gustaba que estuviera colgado de la ventana—. ¡Somos demasiadas personas aquí arriba, no podré ayudarte si te caes!

—¿Qué importa? Si caigo, la nieve me detendrá —No entendía cuál era el escándalo. Era de goma. Si caía, estaría bien. Además, la nieve sería suficiente para amortiguar su caída.

—Cálmate un poco. Lo tengo cubierto. —Sintió como alguien le palmeaba la cabeza y supo enseguida que se trataba de Zorro.

Le alegraba que al menos alguien estuviera tranquilo, además de él. Todos en la cabina estaban alertas y nerviosos, como si los fueran a atacar en cualquier momento. Sabía que iban a enfrentarse al oso feo, pero no entendía por qué la urgencia. Él era fuerte, y si su otro yo era mayor que él —¡Era incluso mayor que Ace y Sabo! Ahora no podían decir que él siempre sería el menor—, debía ser aún más fuerte, incluso más que sus hermanos y Zorro. Le patearía el trasero fácilmente. Sin embargo, todos estaban ansiosos, casi desesperados sobre derrotar al oso, sobre la salud de Toro-Ossan —¿No había decidido luchar? Debería estar bien— y, sobre todo, sobre la cima de la montaña.

—¡El poder no significa nada para mí! —Un rugido de repente se escuchó a sus espaldas. No hubo ningún tipo de advertencia, simplemente estalló. Volteó, curioso, y se encontró con todos los demás haciendo lo mismo, fijando sus miradas en el herido, quien seguía gritando—. ¡Y CÓMO PUEDES DECIR QUE ERES EL REY DE ESTAS TIERRAS!

Sus ojos, nublados y desenfocados, miraban a la nada, y Luffy pronto comprendió que sus palabras no iban dirigidas a ninguno de los presentes.

Toro-Ossan escupió sangre, mucha sangre, y la multitud a su alrededor entró en pánico. La gente, clamando preocupada su nombre, parecía querer ayudarlo, pero él se los impedía.

—Acabaré... con esta tragedia —continuó—. ¿Qué es historia...? ¿Qué es el gobierno? —Se detuvo un momento para tomar aire—. ¡¿Qué hay de malo en dar la vida por tu patria?!

A poca distancia de él, notó como Vivi se tensó. Ella parecía desconcertada, cubriendo su boca con una mano.

Toro-Ossan intentó levantarse, causando nuevamente pavor en la multitud. Luffy no se preocupó. Entendió que él estaba dispuesto a cumplir un objetivo, como cuando apareció para derrotar al oso.

—Escuchen todos. Cuando lleguemos al castillo... —Entonces, del interior de su abrigo sacó una cadena de cosas cilíndricas, con dibujos de calaveras y pequeñas cuerdas saliendo de la parte superior—, quiero que todos se queden atrás.

—¡E-Es dinamita!

Luffy ladeó la cabeza. ¿Dimatina?

—Oe, Zorro, ¿qué es eso?

—Es Zoro.

—Como sea, ¿qué es dinamati?

—Dinamita —le corrigió, de nuevo. No entendía por qué, estaba seguro de que lo había dicho bien—. Mira, es difícil de explicar, pero prácticamente, si prendes esa cuerda —Apuntó al cordón que sobresalía de uno de los extremos— explotará.

Hizo un leve sonido, dando a entender que entendía, aunque no entendía, no realmente. ¿Por qué querría Toro-Ossan algo así? Era fuerte. Le hubiera pateado fácilmente el trasero a Wapol si no hubieran jugado sucio. ¿Por qué recurrir a eso?

Y, entonces, notó como la cadena de dinamita desaparecía por debajo de sus ropas, y no parecía interesado en sacarla completamente.


—Cuando lleguemos al castillo... quiero que todos se queden atrás.

Cuando todo estaba dicho y hecho, las quejas no tardaron en llegar. Eso estaba bien; Dalton no esperaba que sea de otra manera. La gente a su alrededor eran sus camaradas; sus compatriotas. Él los conocía, mejor de lo que Wapol podrías estar interesado. Él había dado todo para protegerlos y lo haría nuevamente. Esta vez, sin embargo, sería definitivo.

Hiluluk tenía razón. La gente de ese país estaba enferma, intoxicada por un rey incompetente que diariamente los envenena para así tenerlos de rodillas ante él, rogando por el antídoto. Luego de que el reino se recuperara del ataque de esos piratas unas semanas antes, el aire parecía más... fresco. La fuente del veneno había desaparecido. Todos eran más felices e incluso lo miraban con respeto y admiración, dispuestos a seguir cualquier indicación con más entusiasmo que ninguno de sus antiguos subordinados.

Ellos habían comenzado a recuperarse. Días tras días, ellos luchaban para levantarse, dejar todo atrás y seguir con sus vidas. Incluso quieren que Dalton sea su rey. Él no merecía regir esta isla, sin importar lo que diga su gente. Puede que, a sus ojos, él sea un héroe, pero ignoran que él también formó parte de aquellos que les causaron tanto sufrimiento. Él estaba contaminado, al igual que Wapol y aquellos que aún lo seguían ciegamente. Con un rey así, ¿cómo podría prosperar un país? Estaban mejor sin gobernante alguno.

Era el final apropiado para él. Amaba a ese reino y a su gente, pero no se amaba lo suficiente a sí mismo para considerarse su líder. El ataque de Chess lo había herido gravemente; sabía que si descansaba se recuperaría, pero él no quería eso. Debía asegurarse de que Wapol muriera con sus oficiales como los tiranos que eran. Naturalmente, eso también lo incluía. Dalton había perpetrado los mismos crímenes que ellos. Había sido su cómplice. Si continuaba viviendo como hasta ahora, el país estaba condenado a perecer.

Todo terminaría allí: en la cima de la montaña, dentro de ese palacio de nieve y hielo que se derretiría y caería a pedazos por el calor y la fuerza de las explosiones. En ese mismo castillo, hace tiempo, el tirano había sido coronado frente a una multitud que celebraba su nombre, ignorante de lo que deparaba el futuro.

Este día le pondría fin al reino del terror de Wapol de una vez por todas. Finalmente, las personas de ese país podrían ser salvadas.

—¡No!

Para su sorpresa, una voz en particular logró alzarse sobre todas las demás en contra de su sacrificio. No fue ninguno de sus camaradas, tampoco fue ninguno de los piratas, ni siquiera la chica de cabello celeste que le recordaba tanto a cierta princesa. Fue el niño que había venido con ellos, el que se parecía mucho al joven capitán. El chico había abandonado su sitio junto a una de las barandillas de teleférico y estaba frente a él, mirándolo, como si estuviera observando fijamente su alma.

—¿En serio planeas usar esas cosas? —preguntó—. Si lo haces, morirás.

Lo último fue dicho con naturalidad, como si fuera algo normal. Dalton suponía que lo era. La gente tendía a morir cuando explotaba en mil pedazos

—Lo sé. —El chico había elegido subir con ellos a la montaña. No tenía razón para mentirle—. Sin embargo, no me interesa... Lo único que hace el pasado... es evitar que este país siga adelante.

El chico frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

Dalton no dijo nada. No esperaba que un niño pequeño lo entendiera, menos siendo ajeno a la situación. Tenía sentido para él: eso era suficiente.

—¿Tú no eres el más fuerte por aquí? Si te mueres, ¿qué pasará con todos estos debiluchos?

—¿D-Debiluchos? —se escuchó entre la multitud.

—Sí. Ustedes no pudieron luchar con los soldados, ¿o me equivoco?

—B-Bueno...

Sus camaradas parecían apenados, todo por culpa de un niño. No podía permitirlo.

—¡Cállate! —Al alzar la voz sus intestinos le produjeron una extraña sensación, pero lo ignoró—. Estas personas son las más fuertes... que he conocido en mi vida. Es por eso que... debo compensar todas las batallas... por las que han pasado.

—¡No diga eso, Dalton-San!

—¡Está bien! ¡No debes sacrificarte por nosotros!

En ese momento, Usopp-Kun se le acercó al niño y le habló en voz baja.

—Luffy, ya déjalo. Sé que quieres ayudarlo, pero ese tipo es muy terco. Ya pensaremos en algo cuando lleguemos a la cima.

—Ya he tomado mi decisión, Usopp-Kun. —El nombrado chilló, seguramente por haberse dirigido a él de manera tan repentina—. Wapol y sus hombres no son los únicos que deben pagar por sus pecados.

—No lo entiendo del todo bien, pero ¿no es eso lo que estás haciendo ahora? —Cuando la atención del niño volvió a estar sobre él, su voz se elevó una vez más sobre las quejas de sus amigos.

—¿A qué te refieres? —El chico no lo escuchó. Parecía ocupado terminando de unir sus ideas.

—Una vez, Yo, Sabo y Ace no conseguimos cazar comida suficiente para los tres y Ace y Sabo me dijeron que no me la comiera toda —comenzó—. Unos días después nos dimos cuenta de que Sabo estaba enfermo, así que puede que eso haya tenido algo que ver...

—Oye, ¿de qué estás hablando?

—¡Estoy por llegar a eso, Uso-Ossan! Cielos... —explicó el niño de manera irritada—. Ace siempre hace eso. Nunca me deja terminar. Tampoco dejó que terminara de explicar después de comerme toda la comida. Incluso Sabo se puso de su lado, diciendo que no debí haberlo hecho. ¡No lo pude evitar, tenía hambre!

—Luffy, apúrate. Estamos por llegar a la cima —comentó el pirata espadachín. Aunque aparentaba estar mirando en dirección a la montaña, Dalton notó como observaba al niño de reojo—. ¿No querías convencer a Toro-Ossan antes de eso?

—¡Estoy en eso! —dijo, haciendo un puchero—. Ace y yo peleamos y me fui. El problema era la comida, por lo que pensé que, si atrapaba algo, ellos ya no estarían molestos. Pero el jabalí no quería que me lo comiera y Ace y Sabo tuvieron que ayudarme. Parecían aún más molestos cuando lo matamos, diciendo algo de que no tenía que hacer cosas tan peligrosas solo para compensar mis errores... Bueno, eso lo dijo Sabo; Ace solamente me golpeó.

Dalton escuchó en silencio el relato del niño. No sabía quiénes eran Ace y Sabo, pero el niño parecía tenerles mucho cariño. Tal vez se preocuparon mucho cuando él intentó hacer algo peligroso por algo tan simple como un regaño. Pero ¿cómo se vinculaba eso con su situación? Su vida estaba plagada de errores, cada uno más grave que el anterior. Esa era la razón por la cual debía morir junto a Wapol; de esa manera sus errores dejarían de afectar a ese país.

Entonces, un pensamiento pasó por su mente. ¿Y si lo importante era la forma en la que se lidiaba con las equivocaciones? Puede que todo ese tiempo desde que abrió los ojos estuviera tratando de redimirse al intentar hacer lo que era mejor para ese reino. Ahora, allí estaba, a punto de arrojar todo para tomar el camino más sencillo. Eso era completamente egoísta. Aunque ya no estuviese, todos a los que dejó atrás deberán encargarse ellos mismos de las consecuencias de sus acciones, algo que no les concierne en lo absoluto. Dalton no era capaz de dejar una carga de tal magnitud sobre los hombros de sus camaradas.

Todo el pueblo lo había aceptado como líder, pero él no se había aceptado a sí mismo como tal. Cabía la posibilidad que la respuesta que buscaba recayera en eso.

—¿Por qué me cuentas todo esto? —preguntó finalmente. Ciertamente estaba intrigado. Era extraño que un niño le hiciera reflexionar de esta manera a un adulto con solo palabras. Dalton sabía que él no era un niño común.

El chico sonrió. La sonrisa era tan grande que prácticamente ocupaba toda su cara.

—¡No lo sé! Simplemente lo recordé.

Mientras el menor reía pudo sentir sudor deslizarse por su nuca. Bueno, eso fue anticlimático. Al menos no podía decir que lo había visto venir. Sin embargo, no creía que hubiera sido una pérdida de tiempo escucharlo. Admitía que los ciudadanos a veces dependían demasiado en él. Si moría allí, ¿a quién podrían acudir cuando necesiten ayuda, o simplemente alguien con quien hablar? Dalton creía a cada uno de ellos capaz de tomar su lugar, pero nadie compartía su pensamiento, diciendo que ninguno estaba tan calificado como él. Ellos eran fuertes, pero temía que nadie tomara la iniciativa cuando él muriese para guiar a los demás.

No obstante, esto seguía sin resolver el problema de Wapol. No podría permitir que ese bastardo siguiera impune, pero en su estado actual no podía hacer nada. Lo único que podía hacer era morir y…

—No te preocupes, Toro-Ossan —habló el chico, nuevamente sacándolo de sus pensamientos—. Puede que aún me falte un poco de práctica, pero cuando crezca definitivamente Yo-Ossan le pateará el trasero al oso feo. —Sonrió—. Solo observa.

Estaba por cuestionar al chico —porque era imposible que se estuviera refiriendo a sí mismo en tercera persona de una manera tan rara— cuando un sonido parecido al de una explosión proveniente llamó su atención y la de todos los presentes.

—¡Miren! ¡Hay alguien en la cima del castillo! —gritó alguien de entre la multitud.

Efectivamente, había alguien parado en una de las torres frontales, contraria a la otra, sobre la cual ondeaba el símbolo de calavera de cierto amable doctor.


—Una persona que no está preparada para arriesgar su vida ¡no tiene derecho a tocar otras banderas piratas! Gomu Gomu no...

—¡E-ESPERA! ¡TE DARÉ UNA POSICIÓN EN MI GOBIERNO Y-Y UNA MEDALLA!

Un grito de batalla surgió de la garganta del muchacho ensombrerado al mismo tiempo en que sus brazos volvían. El rey derrotado también chilló, pero por una razón muy distinta.

Su reino del terror finalmente había acabado.

¡BAZOOCA!

Sus brazos volvieron y empujaron al rey traidor lejos, muy lejos. Tanto que llegó un momento en el cual ni siquiera se lo podía distinguir en el horizonte.

Fue entonces cuando el País de Drum cesó de existir.


Luffy observó la silueta desaparecer en el cielo, volviéndose un simple recuerdo, con una gran sonrisa. Ese debió haber sido el oso gordo. Eso quería decir que su otro yo le pateó el trasero, tal como predijo. Bien, él se lo merecía. Ese tipo no le agradaba para nada.

Luego de eso no tardaron mucho en llegar a la montaña. La cabina se detuvo dentro de ella —¡Era asombroso! ¡Parte de la montaña estaba hueca! Se preguntaba si el centro sería igual—, en una estación subterránea, pero no muy lejos de la superficie.

—¡Iré a ver cómo están las cosas! —declaró Uso. Sin hacerle caso, Zorro pasó a su lado en dirección a la salida—. Mientras esperen aqu-, ¡oye, Zoro espera!

Él también estaba por bajar de la cabina cuando una mano lo detuvo.

—Déjalos ir a ellos primero —le aconsejó entonces Vivi—, solo para estar seguros.

Hizo un leve puchero, pero no la contradijo. Le agradaba Vivi. De algún modo, le recordaba a Makino. No le gustaba ver a Makino molesta o triste, y supuso que tampoco le gustaría ver a Vivi de esa manera, así que no se quejó mucho. De todas maneras, la pequeña rabieta no duró mucho cuando vio a la muchacha agacharse delante de él, murmurando suavemente "Sube".

El chico sonrió: no tenía razón para desobedecer.


Olisqueó el aire. Luego, lo hizo nuevamente, una, y otra, y otra vez, tratando de distinguir la densidad de las fragancias a su alrededor. El aroma de Wapol se había disipado, dejando solo un leve rastro que se perdía en la frontera entre el cielo y el mar.

Este país está enfermo. Su gente también. El Rey y su gobierno también. Los corazones de las personas están enfermos.

—Este es el primer paso para curar la enfermedad, ¿no es así, Doctor? —murmuró el pequeño reno.

Un fuerte ruido —grotesco y metálico— retumbó entonces alrededor del palacio. Chopper no tardó en entrar en pánico al reconocer la compuerta del sistema de teleféricos, olvidado desde que Wapol ordenó cortar todas las cuerdas y clausurarlo justo después de que el ataque pirata empezara. Solo los humanos solían usarlo. ¡Iban a aparecer humanos!

Miró hacia todas partes en busca de un escondite. ¡¿Qué iba a hacer?! ¿Iba al interior del castillo? No, si lo hacía, no podría ver quién había subido la montaña. Entonces, se percató del pequeño grupo de árboles en los alrededores del castillo y rápidamente se escondió detrás de uno.

Los primeros humanos en aparecer fueron uno con cabello verde —llevó una pezuña a su nariz inconscientemente. Nunca había visto a una persona con pelaje verde antes— y uno de nariz larga. Olían a acero y a pólvora, respectivamente. El de pelo verde traía un abrigo del ejército de Wapol, pero no olía como uno de ellos, lo cual era extraño.

Otro aroma se acercó a ellos y, en medio de gritos, el humano con sombrero de paja cayó justo sobre ellos, enterrándolos parcialmente en nieve. ¿Eran más enemigos? No, el de sombrero estaba riendo mientras el de pelo verde le gritaba, pero no parecía hostil. Ninguno parecía tener intenciones de pelear.

Más humanos habían aparecido. Estaba la hembra de cabello celeste, que olía a algo que no era capaz de identificar, y sobre sus hombros había...

Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Ahí estaba, esa sensación otra vez. Era igual a como se había sentido antes. No parecía tan fuerte como la primera vez, pero al mirar al niño que cargaba la muchacha no pudo evitar pensar en huir. No era como el sentimiento que tenía al estar frente a un depredador, pero por alguna razón le inspiraba pavor. ¿El chico lo estaba causando? Su instinto animal le estaba gritando que huyera, aunque parecía inofensivo...

Sacudió la cabeza. No, no podía desconfiar de su instinto animal de esa manera. Este nunca le había fallado, no había razón para que lo hiciera ahora.

—¡Ese reno se hizo cargo de ellos!

Salió de sus pensamientos al reconocer las palabras del humano con sombrero de paja —si mal no recordaba, se llamaba Luffy—. ¿Reno? ¿Estaban hablando de él? Bueno, era cierto que no había ningún otro reno en la cima de la montaña ya que estaba seguro de que nadie de su antigua manada era capaz de subir hasta allí, así que debían estar hablando de él.

Fue entonces que notó al nuevo humano que acababa de aparecer.

¡No te sacrifiques a ti mismo por este país!

Reconoció a Dalton al verle. Este lo observaba fijamente, con una expresión sorprendida. Él, en cambio, se puso nervioso al sostenerle la mirada. Esa era la primera vez que se encontraban luego de la muerte de Doctor. Sabía que ya no era parte de las filas del ejército de Wapol —Doctorine había mencionado una vez que nunca perteneció allí— e incluso le había salvado la vida cuando lo convenció, en medio de su pesar y cólera, de no intentar vengar a su figura paterna, pero su persona le era intimidarte.

Desvió la mirada solo un momento, pero en ese pequeño instante se percató de los vendajes parcialmente carmesíes cubriendo gran parte de su pecho. Olisqueó un poco el aire y, efectivamente, fue recompensado por el aroma metálico de la sangre. Lo único que impidió que corriera a inspeccionar las heridas fue tanto la cercanía de la cría humana como la de las otras personas. ¿Y si creían que era un monstruo? La persona que derrotó a Wapol dijo que pensaba que lo era, pero por alguna razón se mostraba feliz ante ese descubrimiento. No lo entendía, por lo que no se arriesgaría a terminar siendo atacado, aun cuando sabía que Doctorine no permitiría tal cosa.

Dalton se movió —y con él lo hicieron los vendajes que miraba de manera tan intensa, devolviéndolo a la realidad— y antes de que lo supiera, estaba de rodillas y con la cabeza gacha en dirección a un término medio entre él y el chico que había protegido la bandera del doctor.

—¡Muchísimas gracias! —exclamó, aun sin levantar la frente—. ¡Estoy seguro de que, a partir de ahora, el reino de Drum se convertirá en un país mejor!

¿Le... ¿Le estaba agradeciendo a él también, aunque fuera un monstruo? No debería hacerlo, simplemente estaba defendiendo el castillo y su propia vida, además de la de Doctorine y la de todos los demás, que en ese momento eran sus pacientes. Realmente no creía que hubiera algo para agradecer, pero no dijo nada por miedo a una reacción negativa.

Fue entonces que más humanos comenzaron a aparecer.

Ellos miraban alrededor, como si esperaran que Wapol saliera de algún lado para sentenciarlos por insubordinación. Intentó apegarse más al árbol en el que se estaba escondiendo, pero, desafortunadamente, uno de ellos lo vio. Sus ojos se agrandaron como platos y gritó mientras gesticulaba frenéticamente en su dirección. Chopper quedó congelado en el lugar al mismo tiempo que alguno de los campesinos levantaban sus armas en su dirección y lo llamaban monstruo.

Esto era exactamente lo que temía. Intentarían matarlo por ser un fenómeno, tal como esa vez luego de que abandonó la manada.

Dalton les ordenó que se detuvieran, pero a esas alturas uno de los primeros humanos también estaba chillando, llamándolo demonio. Bueno, él fue el último en hacerlo. Algunos incluso habían bajado los rifles, pero no se arriesgaría. No permitiría que lo lastimen nuevamente. Corrió, intentando dejarlos atrás antes de que tuvieran la oportunidad de herirlo.

Pronto, sin embargo, escuchó pisadas siguiendo sus pasos.

—¡ESPERA!

No pudo evitar empezar a gritar al reconocer a la persona persiguiéndole. ¡Era de nuevo el chico de sombrero de paja! ¡Después de todo lo que pasó todavía quería comerlo! No, espera... Había mencionado algo sobre unirse a su tripulación, ¿no es cierto? ¡En ese caso, no podía! Después de todo, él era...

—¡OYE! ¡HOMBRE DE LAS NIEVEEEEEEEES! —Un escalofrío recorrió su columna vertebral al reconocer una presencia que no había sentido hasta ese momento. ¡El niño extraño también lo estaba persiguiendo!—. ¡VUELVE! ¡SOLO QUIERO PATEARTE EL TRASERO!

No le hizo caso y aceleró. ¡No quería tener nada que ver con esa cría! ¡Seguro que quería comerlo! ¡Por eso su instinto animal le gritaba que corriera! ¡¿Cómo podía ser que estuviera nuevamente en esa situación?!

—¡ESPERAAAAAAAAAAAA~! —gritaron los dos en coro.

—¡NOOOOOOOOOO!


—Escucha. Voy a hacer algunas cosas abajo y voy a dejar esta puerta abierta. En ese armario hay algunos de mis abrigos, y nadie se va a quedar en esta habitación. Además, ya he curado a ese chico. Así que no hay manera de que puedas escapar de aquí.

Y con eso, la doctora se fue, ordenando a todo aquel disponible que la acompañe.

Toda la irritación que sentía hasta ese momento —¡La había engañado! Le había otorgado esa llave a cambio a su libertad, ¡no solamente para pagar los gastos médicos!— se esfumó. Ahora, todo lo que podía hacer era mirar de forma incrédula el umbral por el cual habían desaparecido Doctorine y la multitud. Sabía que estaban en una carrera contra el tiempo y en ese momento no quería hacer otra cosa más que bajar esa montaña y volver al Going Merry para así navegar nuevamente en dirección a Arabasta, pero esa había sido... fácil, demasiado fácil. Para ser sincera, ni siquiera creyó haber entendido bien. Pero, por sus palabras...

Soltó un suspiro y se encogió de hombros. Bueno, ¿qué se le iba a hacer? Había que agradecer los pequeños milagros.

—Creo que quiere que tome un abrigo, tome a Sanji y escape de aquí.

A su lado, Vivi no podía hacer más que estar de acuerdo con esa conclusión, aunque se escuchaba tan sorprendida como ella lo había estado hace escasos momentos.

A decir verdad, ni siquiera entendía porque Doctorine había sido tan reacia ante la idea de dejarla ir. Se encontraba mejor: la terrible fiebre y los temblores involuntarios ya no eran más que un recuerdo lejano e incluso su fuerza había regresado. Se encontraba tan saludable como lo había estado antes de siquiera poner un pie en Little Garden. Claro, lo mismo no podía decirse de Sanji o de Luffy —o de su costosa chaqueta, si se ponía a pensar en ello, aunque solamente era un pequeño sacrificio por la deuda que acababa de abrir a su beneficio—, pero sabía que ellos estarían bien. Eran monstruos, después de todo. Aun así, deseaba que lo hubiera dicho mucho antes. Ahora por eso habían perdido otro día entero.

—Entonces, ¿ya se van? —preguntó Dalton, desde una cama cerca de la suya.

—Sí, tenemos prisa y ya hemos perdido mucho tiempo aquí —respondió, intentando levantarse. No tuvo inconvenientes para hacerlo, y el piso ya no parecía tan frío como antes. Era una buena señal, significaba que su cuerpo ya no estaba tan caliente y que no se encontraba tan débil. Llegó así al armario sin tener ningún problema y empezó a observar la ropa disponible.

—No te preocupes por eso, Nami-San —se apresuró a decir Vivi—. Lo importante es que te encuentres bien. Creo que deberíamos hacerle caso a la doctora y quedarnos un par de días más, solo para estar seguros.

A Nami le agradaba Vivi, en serio, incluso la consideraba parte de la tripulación, pero frunció el ceño al imaginarse a sí misma considerando la idea.

—¡No! —negó, al mismo tiempo que sacaba un abrigo color mostaza con espirales rojos. No, definitivamente no, ni al abrigo ni a la sugerencia de Vivi. Ni afectada por la estupidez de la tripulación se pondría eso, y estaba segura de que nadie se lo compraría si intentaba venderlo. Rápidamente, lo descartó a un costado—. Hace tiempo que mi salud dejó de ser una prioridad y nos hemos retrasado demasiado por mi culpa. Además, ya me siento bien. Doctorine dijo que me recuperaré completamente con dos días más de descanso, ¿no es así? Pues puedo descansar perfectamente en alta mar.

—Pero...

Esta vez, Nami volteó a verla para así poder dedicarle una sonrisa.

—No tienes derecho a preocuparte tanto. ¿Qué hay de malo con vivir con solo un poco de riesgo cuando se puede perder tanto de otro modo?

Eso pareció convencerla finalmente. Podía notar que no le gustaba del todo la idea, pero al menos no se opondría a su decisión.

Justo cuando estaba por volver a centrarse en el guardarropa —creyó haber visto un abrigo negro que llamó su atención— se escucharon pasos apresurados y ligeros provenientes del pasillo. Sea quien sea, esperaba que no fuese Doctorine. Lo único que les faltaba era que se arrepintiera de dejarlos ir.

—¡ESPERA, ABOMINABLE HOMBRE DE LAS NIEVES! —Nami suspiró. Vaya, solo era Luffy. De seguro seguía persiguiendo a Chopper. No le sorprendía; cuando su capitán se proponía hacer algo, no se rendía hasta conseguirlo.

Se preguntaba si, al final del día, Chopper aceptaría su invitación...

Los pasos se hicieron más fuertes y una figura —mucho más... pequeña de lo esperado— entró a la habitación. Era solo un niño, con cabello azabache y alborotado, un sombrero de paja y... ¿era ese el abrigo de Zoro? Nami observó, confundida, como el niño dejaba se detenía para mirar todo en la habitación. Estaba segura de que había oído gritar a Luffy, pero él era demasiado joven como para serlo. Aunque, si lo miraba atentamente... parecía un Luffy en miniatura, con su sombrero de paja y la cicatriz debajo de su ojo izquierdo.

Finalmente, el chico la miró, y pareció reconocerla —¿Él la reconoció? Estaba segura de que no lo había visto en toda su vida. ¿Por qué la reconoció?— cuando la apuntó con su dedo indica y exclamó:

—¡Tú!

Sorprendida, Nami se apuntó a sí misma.

—¿Yo?

El chico asintió.

—¡Eres la chica que no se siente bien después de comer carne!

Nami no estaba segura qué esperaba que dijera, pero definitivamente no era eso.

—¿D-Disculpa?

—¡Sí! ¡Cuando aparecí, tenías una enfermedad misteriosa, y Yo-Ossan dijo que la carne no te hacía sentir mejor!

—¿Yo-Ossan? ¿De quién hablas?

—De todas formas, me alegro de que estés bien, Onee-Chan —dijo para reír de manera familiar—. Por cierto, ¿has visto a un abominable hombre de las nieves? Debo patearle el trasero.

Bueno, eso no respondía su pregunta para nada. Tenía la leve impresión de que la estaba ignorando, y su comportamiento no ayudaba en nada. Afortunadamente, Vivi se apiadó de ella y respondió la pregunta por el niño.

—Se debe estar refiriendo a Luffy-San.

—¿A Luffy?

—Sí, lo ha estado llamando de esa manera desde que apareció.

—¿Desde que apareció? —¿A qué se refería Vivi con eso?

—Disculpen... —habló de repente Dalton, sobresaltándola. Se había olvidado de que él estaba allí—. Pensé que Luffy era el nombre del niño.

Nami enarcó una ceja. ¿De qué estaba hablando? Luffy era el nombre de su capitán, y estaba justo por decir eso cuando el chico se le adelantó.

—¡Sí! ¡Yo soy Monkey D. Luffy! ¡El hombre que se convertirá en el Rey de los Piratas!

Todo lo que iba a decir desapareció de su mente en un instante, dejando atrás solamente un vacío estupefacto. ¿Monkey D. Luffy? ¡No debía ser posible! Ese niño no podía ser Luffy. Era muy —muy, muy— joven, pero... su manera de hablar, su voz en sí, su apariencia, su sombrero de paja... Todo era idéntico a su estúpido capitán.

...

¡¿Eh?! ¡¿En serio había llegado a esa conclusión tan fácilmente?! ¡No podía ser...!

—¡¿EHHHHHHHHH?!

A su lado, Vivi también entró en pánico, pero por razones distintas.

—¡Ah! ¡Olvidé que Nami-San no sabía de Luffy-Kun!

Desde su cama, Dalton miraba la escena, algo preocupado.

—¿D-Dije algo malo?

El niño... el chico simplemente reía.

—¡Ustedes son graciosos!

Nami hizo un intento por calmarse. Inhaló... exhaló... inhaló... exhalo, inhaló, exhaló... No, no estaba funcionando. ¿Cómo podría funcionar cuando ahora tenían otro problema del que ocuparse? Por lo que entendía, había dos Luffys, y uno era un niño. Ya era difícil lidiar con uno, ¿cómo podrían hacerlo con dos?

Irritada, sostuvo el puente de su nariz. ¿Saben qué? No iba a molestarse en encontrar una respuesta en ese momento. Ya habría tiempo de hacerlo en el medio del océano, luego de largarse de esa isla y comenzar a dirigirse a Arabasta. No tenían tiempo para eso ahora.

—¡Bueno, ya pensaremos en algo luego! —exclamó, poniéndose el abrigo negro que le había llamado la atención—. ¡Vivi, ayúdame con Sanji!

—¡S-Sí!

Volteó a ver una vez más al niño —Luffy, santo cielo, era otro Luffy—. Acto seguido, se arrodilló frente a él, con una gran sonrisa en su rostro. ¿Era falsa? Quién sabe.

—Luffy-Kun... ¿cierto?

—Sí —respondió, con la típica cara de poker que Luffy solía tener. Cielos, hasta en eso eran iguales.

—Actualmente, tenemos prisa, así que debemos volver al barco. ¿Podrías ayudarnos a cargar a Sanji-Kun?

Luffy frunció el ceño.

—¿Ya nos vamos? ¡Pero si aún no le he pateado el trasero al hombre de las nieves!

—¡Tranquilo, tranquilo! —le tranquilizó sin perder ella misma la calma—. Estoy segura de que ya tuviste una gran aventura. Además, si lo haces, Sanji-Kun te preparará carne.

La cara del chico se iluminó al instante.

—¡¿En serio?! ¡¿Mucha carne?! —Ella simplemente asintió—. ¡SÍ!

Tan rápido como había venido desapareció en la otra habitación, en donde Sanji se encontraba. No tardó en entrar nuevamente —luego de escuchar ruidos extraños provenientes de allí—, arrastrando a Sanji por el suelo como si no fuera nada para él, con dos chichones en la cabeza.

—¡Vamos! —exclamó Luffy contento, dirigiéndose a la salida.

—Esperen —los detuvo Dalton repentinamente. Los tres voltearon a verlo, curiosos—. Quería agradecerles... una vez más. —El soldado se arrodilló, haciendo que su frente toque las sabanas del colchón—¡Muchas gracias por salvar a este país!

Nami sonrió de manera sincera.

—No tiene que agradecernos a nosotros —respondió—, no hicimos nada. Si ya le ha agradecido a Luffy y a Chopper, es más que suficiente. —Su sonrisa se ensanchó—. Pero, si en verdad insiste, podría, no sé... darnos todo el dinero que tengan.

—¡N-Nami-San!

—Lo lamento mucho, pero Wapol vació por completo la tesorería real cuando durante la invasión pirata.

Su sonrisa se vio reemplazada por un ceño fruncido. Maldición. No le gustaba terminar con las manos vacías después de todo eso, pero al menos lo intentó.

—Ah, ya veo. Entonces, nos vamos —se despidió, cortante.

—Espera, Nami-San —la detuvo entonces Vivi. Acto seguido, la princesa le hizo una reverencia al hombre—. Dalton-San, quería agradecerle por toda la ayuda que nos ha brindado. Si no fuera por usted, nunca hubiéramos podido curar a nuestra amiga.

—Vivi... —Nami se sintió conmovida. Tanto Vivi como los demás habían hecho todo lo que estuvo a su alcance para hacer que se recupere, y esta persona los había ayudado, dejando una gran impresión en la noble. Le debía todo su respeto. Entonces, siguió el ejemplo de su amiga—. Tiene razón. Muchas gracias por su ayuda.

Cuando levantó la vista nuevamente, la cara del herido parecía un poema. Era evidente que no se esperaba ningún tipo de gratitud y, sin embargo, la había obtenido.

Ahora sí, ya no había más que decir.


La gran luna llena se elevaba en el cielo, iluminando tenuemente todo aquello que había quedado en las tinieblas luego de la caída de la noche. Ese gran y brillante circulo era una hermosa vista acompañada por los copos de nieve. Chopper había estado escapando por tanto tiempo que se había hecho de noche antes de que pudiera notarlo. Sentado en el tejado del castillo, intentaba recobrar el aliento. Desde allí podía ver claramente al humano que derrotó a Wapol llamarlo desde la parte frontal del palacio. Éste no sabía dónde estaba él, pero seguía insistiendo en que se les una y sea un pirata junto a ellos.

No era como si no quisiera serlo: Doctor siempre había admirado a los piratas por ser personas libres y saludables que navegan las aguas persiguiendo sus sueños —suponía que Kurohige era una excepción a la norma. Si Doctor le aseguraban que los piratas eran de esa manera, entonces así debían ser en realidad—. Si se convertía en pirata, algún día haría su ambición realidad: encontraría la cura para todas y cada una de las enfermedades en el mundo, incluso la que había sufrido Doctor. Apreciaba a Doctorine; ella le había enseñado lo que el doctor nunca pudo y compartió con él todos sus conocimientos sobre la medicina. Sin embargo, él quería dejar esa isla y explorar el mundo, algo imprescindible para cumplir su sueño. Además, ellos parecían agradables.

No es que no quiera ir con ellos... pensó, levantando sus pesuñas para así tapar su hocico. Sí, estaba más que dispuesto a embarcarse en una gran aventura a su lado, pero no podía ir con ellos: era imposible. Él no era humano y, aunque fuera un reno de nacimiento, ya no era eso tampoco, no completamente. Más temprano que tarde se darían cuenta de que era un monstruo y no lo querrían en su tripulación por más tiempo.

Pensó distraídamente que tal vez debería aclarar eso. La muchacha afectada por Kestia ya estaba casi sana por lo que seguramente querrían partir lo antes posible. Parecían tener prisa; él solo los retrasaría si los obligaba a esperar una respuesta.

Siendo cuidadoso para no resbalar, se levantó y volvió al interior del castillo. Ya allí, buscó la escalera más cercana y bajó al primer piso. En minutos ya estaba nuevamente afuera, y esto no pasó desapercibido para el capitán.

—¡Ah, reno! —exclamó al apenas verlo—. ¡Quieres convertirte en un pirata conmigo, ¿verdad?!

Chopper bajó la mirada. Sí, sí quería, pero no era algo que simplemente pudiera hacer. Ambos eran muy diferentes.

—Eso es imposible.

—¿Por qué es imposible? ¡La vida de un pirata es muy divertida!

Apretó la mandíbula. ¿En serio no lo entendía? Entonces solamente les explicaría y se iría.

—De verdad... quería darles las gracias. —Tomó aire y gritó—: ¡Pero soy un reno! ¡Tengo pezuñas y cuernos! ¡También tengo una nariz azul! —Notó como el humano hizo una mueca, pero continuó—. En realidad... quiero ser un pirata también... ¡pero no soy humano! ¡Soy un monstruo! ¡NO PUEDO SER AMIGO DE UN HUMANO! —Sus ojos se llenaron de lágrimas. Sus propias palabras lo dañaban profundamente. No quería hacer otra cosa que no sea aceptar su invitación, pero no podía—. ¡Por eso he venido a darles las gracias! Gracias por pedírmelo... pero me voy a quedar aquí.

Odiaba tener que hacer esto, pero era lo mejor para todos.

—Si están aburridos, tal vez algún día puedan venir a visitar-

—¡CÁLLATE! —dijo el humano de improvisto, silenciándolo—. ¡VAMOS!

No pudo terminar lo que estaba diciendo: se quedó sin palabras. Era como si no hubiera prestado atención a nada de lo que dijo, como si...

Entonces, sus ojos se humedecieron sin su consentimiento al igual que los mocos de su pequeña nariz azulada. A su alrededor solo había rostros sonrientes, incluso los de las personas que no había notado hasta ese momento. No le importa que sea un monstruo... ¡A ninguno de ellos le importa!

En verdad querían que Chopper fuese su nakama. Eso era bueno, Chopper también quería que ellos fueran los suyos.

—¡S-SÍ!


—¡YAHOO! ¡Eso fue genial! ¡¿Podemos hacerlo de nuevo?!

—¡Hagámoslo! ¡Fue asombroso!

—¡¿ESTÁN LOCOS?!

—¡Tenemos que irnos!

—¡P-Pensé que moriría...!

Su corazón latía con rapidez en su pecho mientras el trineo se adentraba en el bosque. Había estado así desde que el abominable hombre de las nieves —bueno, le habían dicho que técnicamente era un reno, pero abominable hombre de las nieves sonaba mucho mejor— había regresado de despedirse de... alguien, tal vez de la vieja que lo estaba persiguiendo y que empezó a lanzar cuchillos en su dirección al verlos —¡En serio se había asustado! ¡Pensó que moriría!—. Ahora, sin embargo, latía por razones muy distintas: por la adrenalina provocada por la velocidad a la que iban y por haber viajado sobre una cuerda gran parte del camino, por la anticipación a una larga caída que nunca llegó; por la emoción y el entusiasmo danzando en sus venas, deseando volver a tener aquella experiencia una vez más.

Era una pena que no se pudiera repetir —al parecer, tenían prisa, pero habían sonado sospechosamente como sus hermanos cuando sugería hacer algo divertido, como luchar contra el oso gigante o cocinar la cena él mismo—, aunque tenía un pequeño consuelo: dentro de poco estarían nuevamente en mar abierto, navegando las aguas de aquel mar como los piratas que eran —o, en su caso, que deseaba ser. Eso era algo digno de emocionarse. La última vez la proximidad a esa isla —un territorio nuevo por descubrir— lo había distraído, pero ya no habría nada que se interpusiera entre él y el mar. Hasta entonces, simplemente disfrutaría del momento.

—¿E-Eh? ¿Dónde estoy? —El cocinero había despertado. Allí, en el fondo del trineo, parecía realmente desorientado.

—¡Ceja graciosa! —exclamó al verlo consciente.

—¡Sanji! ¡Por fin despiertas! —dijo también el otro Luffy, al mismo tiempo en que el rubio se levantaba, observando los alrededores.

—Entonces ya nos vamos, ¿eh? —No tardó en encender un cigarrillo y ponérselo en la boca. Tampoco le tomó mucho tiempo percatarse del reno—. ¿Oh? ¿El venado vino con nosotros?

Creyó haber visto al reno tensarse, pero puede que haya sido su imaginación.

Justo cuando el capitán parecía listo para explicarle sobre el nuevo miembro de la tripulación, se escuchó un fuerte ruido a sus espaldas. Todos enseguida miraron en esa dirección y el trineo parecía estar perdiendo velocidad.

—¡¿Qué fue eso?! ¡¿Otra avalancha?! —exclamó nervioso Uso.

—No, no creo que... Espera, ¡¿otra?! ¡¿Qué quieres decir con otra?! —cuestionó preocupada Nami.

—¡DESCUIDEN NAMI-SAN~, VIVI-CHAN~! ¡YO LAS PROTEGERÉ~!

—No —negó el espadachín, calmado—, ese fue el sonido de cañones.

¿Cañones? Luffy trató de forzar la vista para poder verlos, pero no pudo. No había ni siquiera una bala de cañón dirigiéndose hacia ellos. ¿Realmente habían sido cañones?

La velocidad del trineo siguió disminuyendo hasta que, finalmente, se detuvo. Para cuando el reno se había quitado el arnés, una luz brillante apareció en la cima de la montaña más alta.

La vista que iluminó le era vagamente familiar.

¡Ace! ¡Sabo! ¡Espérenme!

¡Idiota! ¡Apúrate, o te dejaremos atrás!

¡Ambos hagan silencio! Todavía hay guardias rondando por aquí.

Escudados por la oscuridad de los grandes edificios, tres niños corrían por las callejuelas y los callejones, esquivando con destreza todo lo que llegaba a obstruir su camino a pesar del suelo húmedo y resbaladizo. El aire invernal danzaba a su alrededor, causando escalofríos por debajo de sus ropas polvorientas y revolviendo sus enredados cabellos.

Para cualquier ciudadano de esa ciudad habría sido una vista desagradable: tres alimañas salvajes que solamente manchaban la ciudad inmaculada con su mera presencia. Ellos, en cambio, no hubieran deseado que sea de ninguna otra manera.

Estamos a punto de llegar. Preferiría no tener que causar un alboroto porque ustedes no pudieron dejar sus diferencias de lado.

¡No me regañes! Es su culpa si no puede seguirnos.

¡Pero no es justo! ¡Ustedes son más rápidos que yo!

Veloces como el viento, pasaron brevemente cerca de una calle más transitada. La música y las risas de festival revotaban en las inmendaciones y se volvieron más cautelosos. Su ritmo se detuvo en un trote suave para así silenciar sus pasos. Pronto el ruido quedó atrás nuevamente y su velocidad aumentó una vez más.

Genial, ahora usas la excusa de ser más débil, ¡pero sigues sin hacernos caso!

¡No soy débil! ¡Soy muy fuerte, y no pongo excusas!

¡Oigan! ¿Qué demonios les acabo de decir? ¡Hablen más despacio o cállense!

¡Cállate tú! No has dejado de gritar desde que llegamos.

¡Es porque ustedes no paran de discutir! —Suspiró—. Solo... intenten bajar la voz un poco. Ya casi llegamos.

Siguieron por las calles vacías con agilidad hasta que pudieron distinguir una gran muralla dejando al callejón sin salida, tan alta que se elevaba por encima de todos los edificios en el área. No perdieron tiempo: en seguida dejaron las calles y subieron a los tejados sobre los cuales corrieron y saltaron casi sin preocupación hasta llegar lo más cerca posible a la pared gigante. Pararon un momento, observaron la manera en la que el muro les ganaba en altura de manera abismal y se miraron entre ellos.

Los dos mayores ostentaron sonrisas gemelas dirigidas al menor. Éste tragó duro.

Minutos después, luego de varios intentos, el trío se encontraba sentado en el borde de la tapia gigante, mirando el cielo nocturno mientras esperaban algo que el menor de ellos desconocía. El oscuro firmamento no vestía ningún tipo de astro esa noche; las luces artificiales de aquella ciudad lograban eclipsar incluso las del cielo con su vanidad, a excepción de la luna que siempre se hallaba presente.

¿Falta mucho?

No, debería estar a punto de empezar.

Siguen diciendo eso, pero ¿qué está a punto de empezar? ¡Quiero saber!

Cálmate. Es una sorpresa. Lo verás en un momento.

¡No es justo! ¡Tú y Ace nunca me cuentan nada!

¡Tú nunca nos escuchas, eso es muy distinto!

Además, no estés tan molesto. También es la primera vez que Ace los ve.

¡¿Eh?! ¡¿En serio?!

El pecoso no les dio oportunidad de ver su rostro: volteó hacía otro lado y se cruzó de brazos.

Eso es porque no me interesan; son estúpidos.

¿Estás seguro de que piensas así? Por lo que recuerdo, ni siquiera intentaste protestar cuando sugerí venir a High Town.

El rubio estuvo listo para mostrarle una sonrisa ladina cuando, en un descuido, el contrario volteó, con una mirada capaz de matarlo si eso fuera posible y mejillas teñidas de un intenso carmín. El de sombrero de paja reía a carcajadas, deleitándose en la vergüenza de su hermano, quien pronto lo silenció con un golpe y un "¡Cállate!".

Hubo entonces una fuerte explosión que llamó la atención de los tres. Fijaron sus miradas al frente, justo a tiempo para observar como una estela anaranjada se elevaba, zigzagueante como una serpiente. El sonido fuerte de un estallido los aturdió por un momento, pero logrando mirar, asombrados, como la luz se expandió súbitamente creando diversas puntas, como las de un copo de nieve, para luego desaparecer sin dejar rastro.

Enseguida el suceso de repitió una, y otra vez. No parecía existir ningún tipo de objeción ya que el ciclo continuó sin un fin aparente, mostrándose en colores tan diversos que apenas eran capaces de identificarlos. Sus formas eran variadas, también. Algunos se esparcían como el primero, otros solo dejaban puntos desordenados atrás. Unos incluso ni siquiera explotaban, conformándose en dejar maravillada a la gente al ser más veloces que todos los demás.

Aun cuando el estruendo era mucho, los hermanos permanecieron mirando al cielo, asombrados por el colorido espectáculo, en especial el más pequeño, quien lanzaba una nueva exclamación por cada luz que aparecía. A veces alguno de los mayores se le unía momentáneamente.

Ace... Sabo... ¡Nosotros vamos a ser piratas!

Por supuesto que vamos a ser piratas, idiota. No hay forma de que nos volvamos marines como el viejo.

¿Por qué lo dices ahora?

¡Es que no puedo esperar para serlo! ¡Cuando seamos piratas podremos ir adonde queramos y ver cosas geniales como ésta!

Los dos chicos se le quedaron mirando por un breve instante. Él simplemente les devolvió la mirada con una amplia sonrisa, más brillante que toda la pirotecnia del mundo.

El de sombrero de copa lo imitó.

Supongo que tienes razón. Cuando partamos de Dawn, nos encontraremos con muchas cosas asombrosas en nuestras travesías. ¡Yo las escribiré todas en mi libro y, cuando nos volvamos a encontrar, les hablaré de ellas!

Tsk... Supongo que podría hacer lo mismo... —Al ver la expresión atónita de su igual, aclaró—: ¡Hablaba de contarles sobre las cosas que vea, no sobre escribir un libro! Si quiero volverme alguien conocido deberé tener muchas aventuras. Seguramente veré cosas increíbles en ellas.

¡Yo tendré muchas más, y todas serán mejores a las suyas! ¡Voy a ser el Rey de los Piratas, por lo que seguramente vaya a tener un millón de aventuras estupendas!

La gran nube rosa, floreciendo en la copa de la montaña como si se tratara de las hojas de un árbol, le hicieron recordar esa noche: en algún momento comenzaron a discutir sobre quién tendría las mejores aventuras en base a sus sueños. En un momento determinado, cuando el cansancio le estaba ganando, había reposado su cabeza en el hombro de Ace y él, extrañamente, no había protestado. Lo único que recordaba luego de eso era despertar en la casa del árbol, con un techo sobre su cabeza y en medio de sus hermanos, ambos todavía dentro del mundo de los sueños. Esa mañana había decidido tardar un poco en despertarlos, disfrutando simplemente la calidez que le brindaban sus cuerpos y sus silenciosas —pero agradables— presencias.

En verdad deseaba que, como en esa ocasión, Ace y Sabo estuvieran allí, a su lado, presenciando el colorido espectáculo en esa tierra normalmente blanquecina. Aún no había empezado su gran viaje para cumplir su sueño —ninguno de ellos lo había hecho todavía— y allí estaba, mirando algo sumamente bonito sin sus hermanos. Esto no era lo que habían prometido. Se suponía que no tendría que haber ninguna razón para tener que contarse unos a otros cosas asombrosas, no en mucho tiempo.

Sintió el familiar peso del sombrero de Shanks en su cabeza —no se había dado cuenta de que ya no seguía en su cabeza— y notó que estaba llorando. Eso no era bueno; Ace se quejaría de que era un bebé llorón si estuviera allí. Intentó respirar profundamente para calmarse, pero un sollozo escapó de su garganta con facilidad. Percibió entonces algo en su cabeza, justo sobre su posesión más preciada.

Al levantar la mirada, sus brillantes ojos se encontraron con el rostro sonriente del otro Luffy.

—Estás pensando en ellos, ¿verdad? —No tuvo que aclarar quiénes eran ellos; era obvio—. No te preocupes, deben estar en algún lado. Hacen eso de vez en cuando, ¿no? Simplemente hay que encontrarlos. Puede que nos tardemos un poco, pero lo haremos.

Luffy no dudó en sus palabras, no por el simple hecho de que se trataba de sí mismo, sino porque conocía a sus hermanos —ambos sabían todo sobre ellos—; eran fuertes, por lo que podrían patearle el trasero a cualquiera, y seguramente deberían estarlo buscando en ese preciso momento. Cuando lo encuentren, seguramente lo regañarían por haberse separado de ellos, pero no importaría porque estarían juntos otra vez, tal como debería ser.

El chico limpió sus ojos llorosos con su brazo e intentó borrar cualquier rastro que el agua salada hubiese podido dejar en sus mejillas. Podía sentir más lágrimas intentando salir, pero lo impidió. Ya había llorado lo suficiente.

Le devolvió la sonrisa al mayor.

—¡Sí!

Volvió a mirar en dirección al cerezo y, de repente, no le era tan doloroso pensar en sus hermanos.

Solo espérenme un poco más... ¡Ace! ¡Sabo!


¡Finalmente he terminado este capítulo! Tomó mucho más tiempo de lo esperado... En especial si tenemos en cuenta que fueron más de 18000 palabras... ¡Juro que no planeaba alargarlo tanto! Simplemente... pasó.

Como ya dije anteriormente, quería terminar toda la saga de Drum en un solo capítulo. No quería dedicarle tanto espacio, ya que no era tan relevante en la trama del fanfic, pero supongo que mi yo perfeccionista no pudo resistirse. En fin, lamento mucho la tardanza.

También, puede que el capítulo sea largo, pero me disculpo si ha quedado muy caótico con tantos saltos temporales y cambios en los puntos de vista.

Personalmente, me gustan mucho los personajes de Chopper y Dalton, así que me tomé la libertad de desarrollarlos un poco durante el capítulo, como habrán notado. Sinceramente, siento que ellos son la parte más importante de esta saga: Chopper significando el nuevo nakama de la tripulación y Dalton representando, de alguna manera, los ideales de Vivi y hasta que punto estaría dispuesta a llegar por su país.

Y Luffy peque extraña a sus hermanos... ya podrá reunirse con Ace y Sabo, no se preocupen.

Espero que hayan disfrutado y, nuevamente, lamento la demora. Este ha sido por lejos el capítulo más largo que he escrito en toda mi vida, pero dudo que alguno de los siguientes capítulos se le acerque. Aun así, quisiera saber su opinión. ¿Se les hacen pesados capítulos así de largos? Supongo que sí xd Al menos espero que les sea llevadero.