MUCHAS GRACIAS A TODAS LAS PERSONAS QUE HAN TOMADO DE SU VALIOSO TIEMPO PARA LEER MI HISTORIA Y APOYARME CON SUS COMENTARIOS. EN SERIO NO TIENEN IDEA DE CUÁNTO ME ANIMAN A CONTINUAR.
CAPÍTULO 35
SACRIFICIO
—¿Te gusta? – preguntó Takato mientras acomodaba la ropa en el closet de la habitación. Intentaba parecer lo más casual posible, aunque el temblor en sus manos y las feromonas inquietas que dejaba salir en ratos no eran de mucha ayuda.
—Sí mami. – Respondió llevando los cepillos de dientes al baño, acomodando el morado, que era de ella, junto al azul de Takato.
Haru había tenido un comportamiento excepcional desde que habló con Takato y sacó lo que su pecho guardaba con recelo, recuperando por completo su forma de ser, casi casi como si la persona de hace dos semanas jamás hubiera existido.
Su capacidad de resiliencia estaba por encima de todo lo que el Omega conocía y agradeció internamente por ello. Su bebé, una y otra vez le mostraba esa enorme fortaleza y adaptación a cualquier cosa que se le presentara.
Así que, queriendo proteger a quien más amaba, en el momento en que Haru confirmó sus temores, este no lo pensó dos veces y comenzó a hacer las maletas. Quería seguir hablando con la niña, aclararle las cosas con respecto a todo. Así como advertirle sobre la maldita víbora llamada Fumio Hashiba y reafirmarle que, aunque fuera duro para ella, por nada del mundo podía ver a su padre porque aparte del impacto visual que tendría por como los Clanes lo dejaron, al hacer contacto con él estaría abriéndole la puerta a sus vidas, una en la que había planeado que no estaría. Más aún, nadie le quitaba de la cabeza que quien realmente estaba detrás de ellos, era ese animal que ni a falta de manos y piernas dejaba de intentar hacerlos miserables. Él no merecía el cariño de su hija, ni que ella le dedicara uno solo de sus pensamientos.
Lamentablemente no contaba con el tiempo suficiente para tener esa necesaria conversación. Tenía que salir junto con ella de su departamento lo más rápido posible y mantenerse lo más alejados que podían de los puntos que frecuentaban, pues seguramente eran también de dominio para el ex Saiko Komon.
No llamó a nadie, ni a Ramiro, Chihiro, Junta, su Jefe o la escuela. Takato estaba convencido de que el Yakuza no actuaba solo, y en el hipotético caso de que los mantuvieran vigilados, si hacía contacto con sus allegados pondría en alerta a Hashiba. Y lo que más quería era evitar levantar sospechas de que conocía sus intenciones.
¿Era arriesgado salir así?, sí, lo sabía, pero lo era aún más si permanecía en su casa. Se consoló a sí mismo con la idea de que una vez ubicado y seguro, le llamaría a Ramiro para contarle sobre lo que había pasado con Haru, sus razones por las que despreció a Chihiro, así como ayudarlo a pensar en un plan que pusiera fin a los fantasmas del pasado que no dejaban de aparecerse.
Takato, para cubrir su movimientos, llamó a un taxi para que se hiciera cargo de las maletas y las llevara hasta un hotel ubicado en Yokohama. Mientras entregaba sus pertenencias a la mujer que conducía, no pudo evitar esbozar un gesto de desagrado cuando pasó la tarjeta para pagar. Ahí estaba otro recordatorio de que la sombra de Himura seguía sobre él y parecía irónico usar su dinero como medio para escapar de él y sus seguidores.
Posterior a ello, le dijo a la niña que tomarían un pequeño viaje para festejar su cumpleaños y que no se preocupara por la escuela, pero que podía cargar su mochila para no atrasarse. Lo que a Haru le pareció encantador. Después de tantas subidas y bajadas de emociones, la celebración de su cumpleaños número 6 parecía ser un oasis en medio del desierto.
Tomando a la niña en brazos y mirando hacia todos lados para ver que nadie los siguiera e intentando no parecer sospechoso, emprendió la huida.
Mientras el taxi avanzaba, le fue imposible no mirar hacia atrás. No hacía mucho había encontrado el lugar ideal para él y Haru, donde el sol entraba por cada rendija iluminando y llenando de calor su hogar, en la escuela habían tratado con nada más que cariño y respeto a su hija y él en su trabajo descubrió que cocinar podía ser más agradable y divertido de lo que pensaba. Lo iba a extrañar, extrañaría esa cafetería y a ese jefe que lo aceptó aún siendo un omega. Pero ahora, todo parecía desvanecerse y solo porque una persona decidió interponerse en su camino, ¿para qué?, solo los dioses lo sabían.
Pero siendo Hashiba, no dudaba que en cuanto pudiera tener a Haru en sus manos lo eliminaría como a una cucaracha o bien lo mantendría encerrado torturándolo día y noche. Takato era consciente del odio que el mayor le tenía y que jamás intentó disimular. Suelto por ahí, el Yakuza tuvo todo a su alcance para saber del destino de su amo y juraría sin temor a equivocarse que incluso de eso lo acusaría a él y señalaría con el dedo como la causa de todos sus males.
Así que, ¿cómo podía poner fin al círculo vicioso que se había formado?, ¿qué era lo que él podía hacer?, por lo pronto, esconderse, ganar tiempo y después ejecutar un plan que arrancara de raíz el mal.
Odiaba la violencia, fue su compañera por muchos años, ejercerla contra alguien más era inaceptable para él, pero aquel hombre era uno que jamás entendería con las palabras y si tenía que llenarse las manos de sangre para proteger a su hija y su propia vida; entonces, apagaría esa luz de humanidad en su interior e ignoraría todo remordimiento con tal de poder respirar libremente.
Durante el camino, mantuvo a Haru pegada a su costado, cepillando sus cabellos con sus dedos y llenándose de su agradable aroma. Por un momento la imagen de su yo más joven e inocente, temblando de frío, caminando con prisa por calles ausentes de luz y con una hermosa bebé en brazos lo hizo estremecerse; pues, 6 años después volvía a repetirse la historia, pero esta vez rogaba para que no tuviera el mismo final.
Ahora, en Yokohama y con vista hacia el Kanazawa Natural Park, los dos desempacaban sus pertenencias.
—Mami, ya tengo hambre – indicó Haru volviendo del baño con el gato copito pisándole los talones.
El gato gordo era parte de la familia, así que no pudieron abandonarlo como si se tratara de un mero objeto. Encontrar un hotel que le permitiera tener a su mascota en el cuarto fue realmente difícil; sin embargo, al final el problema se arregló agregando un par de yenes extras a su factura.
—El restaurante del hotel ya cerró, cariño. Podemos buscar uno afuera y si no encontramos nada que nos guste…
—¡Comemos bolas de arroz del konbini! – la emoción era evidente en su voz y el esponjoso maullaba haciéndole segunda.
—Jaja, pareces más entusiasmada por las bolas de arroz – comentó Takato alistando su bolso. Contaba con suficiente efectivo y la tarjeta lo respaldaba. Guardó su celular, la llave de la habitación, toallitas húmedas, gel y por supuesto no olvidó colgarse en su pantalón el gas pimienta.
—¡Son mis favoritas y el karage también! – dijo colgándose de la pierna del Omega, que no podía sentirse más feliz de ver el comportamiento usual y alegre de su hija.
—Entonces busquemos eso, ya mañana comeremos algo aún más delicioso y celebraremos tu cumpleaños número 6 con un delicioso pastel de chocolate…
—¡Y fresas, mami! – exclamó feliz intentando trepar por la pierna de Takato.
—Haru, vas a hacer que me caiga jaja – dijo tambaleándose para finalmente agacharse y tomar a la pequeña en brazos. —¿Estás lista? – preguntó besando las mejillas redonditas.
—Sí mami, mira, tengo mi bolsa. – Mostró orgullosa.
Takato miró con desaprobación la pequeña mochila con forma de gatito, esta tenía un color deslavado y algunas hebras sobresalían de las costuras gastadas por el constante uso. Había luchado y hecho labor de convencimiento para que su hija utilizara las nuevas que mandó pedir para ella, pero la niña estaba enamorada de su gato deshilachado.
El ojiazul suspiró, aseguró a copito llenando su plato de ricas latas de comida premium, recibiendo de su parte un ronroneo de agradecimiento. Una vez dispuesto todo y con Haru colgada como koala, cerró la habitación y caminó en busca de alimento.
El sol estaba oculto por completo y pronto las luces nocturnas iluminaron su camino. El paisaje natural era hermoso, así que tenía cierta expectativa de cómo luciría mañana cuando los rayos primaverales los bañaran.
Tras dar varias vueltas, al final pasó lo que había previsto, pero que Haru aceptó gustosa. Las bolas de arroz y karage del konbini estaban siendo llevados en una bolsa de plástico.
—¿Mami, podemos comer por allá? – indicó Haru señalando las bancas y juegos que se encontraban dentro del parque. En el que flores y árboles de todos tamaños y colores adornaban el suelo o se elevaban imponentes rascando los cielos. Incluso el aire se respiraba diferente.
Takato miró a todos lados, pese a ya ser de noche, personas iban y venían. La calle no estaba precisamente vacía, pero tampoco estaba llena. Era fin de semana, por lo que le pareció curioso no ver más población, pero no era algo que le preocupara, seguramente mañana sí sería así.
Después de observar a su alrededor, meditó sobre si hacer caso a la petición de Haru. Pronto quedarían solos y si bien el camino hacia el hotel no era peligroso, no le gustaba la idea de transitarlo tan noche. En conclusión, no se sentía del todo convencido; sin embargo, ver la expresión feliz de su hija y con su ánimo renovado, fue suficiente para dejar de lado la cautela.
—Bueno, 20 minutos serán suficientes… - murmuró mirando su reloj. —Vamos, recuerda que copito nos espera y debemos descansar muy bien porque mañana será un día ¡maravilloso! – aseguró Takato.
—Jeje, sí mami.
Pese a ser primavera, por la noche el aire se sentía frío y al estar rodeados de vegetación, la sensación de frescura aumentaba. Hashiba inhaló profundo percibiendo el aroma del verde. Cerró los ojos e imaginó su nueva vida, emocionado por lo que vendría.
—Jefe, Sato y Yamada ya vigilan el Hotel, al parecer la señorita y la mascota del jefe salieron. – Informó uno del grupo después de colgar el teléfono.
—Diles que se mantengan alertas. Se suponía que llegaríamos a su casa, pero bueno… ya sabía que la pequeña señorita tarde o temprano le hablaría sobre mí. Fue buena idea meter en su mochila un localizador. Ahora solo debemos separarnos y buscar en los alrededores.
Hashiba chasqueó los dientes. —Tráeme a la mujer. Es hora de que haga su parte. – El sujeto malencarado asintió.
La puerta trasera del carro rechinó cuando fue abierta. De este, salió la actriz luciendo tan mal como hace unas horas, o incluso peor. Dos hombres la sujetaban de ambos lados y sus manos permanecían atadas tras su espalda. En sus ojos, el brillo de saberse superior se había desvanecido y ahora solo una nube de humo los cubría.
El grupo de siete esperaban impacientes la acción. Agitaban sus bates, acomodaban sus cadenas y se burlaban de la desgracia ajena. Simplemente, no se les podía considerar hombres. Eran más bien demonios ansiosos por destruir almas.
Cuando Yurie estuvo frente a él, Hashiba extendió el teléfono hasta colocarlo a escasos centímetros del rostro de la actriz.
—Ya sabes lo que tienes que hacer. Si quieres seguir respirando, deberás entretener al Omega el tiempo suficiente para que demos con él. No podemos permitirnos hacer un escándalo en el Hotel. – Advirtió.
Suficientes problemas tenían después de haber secuestrado a la actriz, como para agregar más al exponerse en un lugar de renombre.
Yurie asintió. Hashiba sonrió de lado con satisfacción, marcó el número de Takato, el cual consiguió robándolo de la hoja de datos de Haru, y puso el altavoz.
Dos timbrazos y la conocida voz del Omega se escuchó curioso tras la línea.
La actriz pasó saliva, intentó humedecer sus labios agrietados y con evidente nerviosismo acercó aún más su boca. [—¿Bueno?] – preguntó Takato impaciente. La mujer Beta dedicó una mirada hacia Hashiba que permanecía con una expresión fría e impaciente, esperando el momento indicado para desecharla.
Cerró los ojos cansada, sintiendo la caricia del soplo del viento al pasar por su rostro y despeinar sus largos cabellos.
[—¿Bueno?, ¿quién habla?] – La voz de Takato volvió a escucharse y Hashiba hizo un movimiento impaciente con la cabeza para que los hombres al costado de Yurie la presionaran. Sosteniéndola con fuerza de los brazos hasta dejar marcados sus dedos en su piel.
Hashiba levantó su dedo índice a manera de advertencia, "una oportunidad", es lo que quiso decir con ello. Yurie asintió.
—Omega... – llamó con voz rasposa.
Takato casi dejó caer su celular, la persona tras la línea se escuchaba cansada, pero no le fue difícil identificarla.
[— ¿Ku-Kurokawa san?, ¿cómo…]
—¡CORRE!, ¡TOMA A TU HIJA Y CORRE!, ¡SABEN DÓNDE ESTÁS!, ¡NO VUELVAS AL HO-MMM…
En un instante la comunicación se perdió. Takato miró la pantalla de su móvil, la conversación había durado 1 minuto exacto. Una corriente eléctrica atravesó su cuerpo erizando sus vellos al tiempo que sudor frío escurría por su nuca.
Temblaba, se paralizó, miró a todos lados como si de pronto sintiera que lo observaban y no se equivocó, pues a la distancia pudo ver a tres hombres que conocía muy bien, caminar hacia su dirección.
Sería el miedo, la desesperación o el instinto de supervivencia, no lo sabía… pero un subidón de adrenalina lo invadió permitiendo desenredar sus músculos tensos por la llamada de la mujer y su advertencia.
En un instante corrió hacia Haru que caminaba hacia los columpios. —¡HARU! – gritó con fuerza sorprendiendo a la niña que se congeló en su lugar.
—¿Qué pasa ma…
No tuvo tiempo de seguir hablando. Takato la había tomado en brazos abruptamente y corría con todo lo que sus piernas le daban en sentido contrario al de los maleantes.
—¡Mami, mi bolsa! – gritó mirando hacia la mesa donde no solo su bolso se encontraba, sino también el de Takato y lo restos de comida que dejaron.
—¡Ahora no, bebé, ahora no! – respondió agitado por el esfuerzo de correr con una personita de suficientes kilos a cuestas.
Cuatrocientos metros eran los que los separaban de los perros de Hashiba, quienes a falta de cuerpos atléticos y siendo betas (sin intención de menospreciarlos) les costaría más trabajo alcanzarlos. Necesitaba aprovechar ese espacio para poder ocultarse entre los muchos árboles del parque. Su cuerpo era muy delgado, no tan fuerte, ni ágil, pero confiaba en su resistencia y voluntad. Así tuviera que arrastrarse no dejaría que los atraparan.
—¡Mami, detente, me asustas! – gritó Haru tomándose con mayor fuerza del cuello de Takato sintiendo cómo su cuerpo se balanceaba con cada zancada que daba.
—¡No puedo!, ¡agárrate bien y no te sueltes! – Ordenó. Haru obedeció.
Takato sabía que estaba actuando como un loco al correr con la niña en brazos y sin un rumbo fijo, pero simplemente no podía volver sus pasos, hacerlo era un suicidio. La única salida era continuar adentrándose en el parque y eventualmente encontrar una salida alterna.
La pequeña levantó la cabeza para ver el motivo por el cual no dejaban de correr, entonces vio a Hairo, Otto y Susuki siguiéndolos. —¡Mami, son los amigos de papá!
El ojiazul apretó los dientes. No podía mirar hacia atrás porque eso le haría perder valiosos metros y segundos. Sus brazos comenzaban a cansarse al igual que sus piernas. Jalaba aire con fuerza pero sentía que este no llegaba a llenar sus pulmones y el hecho de que Haru estuviera apretándolo con fuerza tampoco ayudaba; de pronto, el camino se volvió más empinado y la negrura de la noche danzó entre los árboles a falta de farolas cercanas. Esto último le daba una ventaja, pero al mismo tiempo se veía forzado a bajar la velocidad para evitar accidentes.
La impotencia de sentirse exhausto con cada paso lo estaba matando, pero al mismo tiempo le daba ese empujón que necesitaba para seguir adelante y no rendirse. Paulatinamente los ruidos de la ciudad iban desapareciendo y solo su respiración agitada y el peso de su andar hacía eco con cada rama que pisaba.
En medio de la huida, se permitió tomar un respiro y mirar hacia atrás comprobando que los hombres les seguían de cerca los pasos, incluso pudo ver cómo los haces de luz atravesaban entre las ramas, lo que significaba que habían encendido las linternas de sus celulares para iluminar su camino. Por lo que poco le duró el descanso, ya que de nueva cuenta comenzó a correr como si no existiera un mañana.
—¡Haru, toma mi celular! ¡bolsa de mi camisa! – Indicó entre gritos ahogados, hablar le sobreponía un esfuerzo extra, por lo que se limitaba a lo mínimo necesario para darse a entender.
—¡Me voy a caer! – replicó Haru apretando las piernas alrededor de Takato.
—¡Yo te sostengo!, ¡hazlo y no lo dejes caer!
La niña no entendía nada, ¿por qué corrían?, ¿por qué dejaron sus cosas?, ¿por qué se adentraban a donde solo los animales podían estar?, no sabía la respuesta, pero si su mami estaba tan exaltado eso solo podía significar que el que aquellos hombres los siguieran no era nada bueno. Mordió sus labios para frenar sus miedos y con brazos temblorosos hizo lo que Takato le pidió.
—¡Ya mami!
—¡Llama a Ramiro y pon el altavoz! – ordenó jadeando mientras brincaba un par de piedras para cruzar al otro lado del pequeño riachuelo.
La de ojos dorados limpió sus lágrimas y le dio click al nombre que se encontraba en primer lugar de números frecuentes.
[—¿Patrón?, ¿dónde anda?, estoy afuera del departa…]
—¡RAMIRO!, ESTOY EN YOKOHAMA, KANAZAWA NATURAL PARK. NOS ESTÁN SIGUIENDO HASHIBA Y SUS HOMBRES. ¡AYÚDAME POR FAVOR!
La sangre de Ramiro se fue a los suelos dejándolo pálido como una hoja. Chihiro, que había escuchado los gritos desesperados de Takato, soltó un "mierda" al tiempo que jalaba al moreno de vuelta al coche.
En segundos emprendieron la marcha, las señales de tránsito no tenían valor alguno y poco les importaba las infracciones a las que se harían acreedores. La vida de Takato y Haru estaba en peligro, por lo que todo lo demás carecía de importancia.
Mientras Ramiro seguía en la línea con Takato, Chihiro llamaba a quien seguro movería montañas por llegar a ellos, tal vez todos lo tuvieran en un mal concepto, pero ahora necesitaban toda la ayuda posible.
[—¡PATRÓN!, AGUANTE, VOY EN CHINGA PARA ALLÁ, ESCÓNDASE DONDE PUEDA Y ACTIVE SU UBICACIÓN, ¡LO VOY A ENCONTRAR, NO DESESPERE! … ¡HIJOS DE LA CHINGADA!]
Los reclamos y explicaciones quedaron en segundo lugar. Ramiro no tenía idea por qué demonios se había ido sin decir nada, tomando sus cosas y desapareciendo con la niña, pero seguro estaba de que su abrupta partida tenía que ver con la maldita rata.
Chihiro, por su parte, lamentó profundamente el haber dejado libre a Hashiba en un momento de debilidad. Reprochándose internamente por su mala decisión y lo que gracias a ella se estaba desencadenando.
—Por favor, no tardes… - Pronunció con un hilo de voz que le erizó la piel al Alfa y Beta, quienes podían escuchar la respiración acelerada, el viento chocando y el sonido de las hojas y ramas siendo quebradas bajo sus pies. Chihiro pisó el acelerador hasta el fondo.
El cansancio invadía el cuerpo de Takato, los metros de ventaja se habían reducido notoriamente, el sudor escurría por todo su cuerpo mojando su ropa y los cabellos se le pegaban a la frente. La oscuridad le impedía ver bien donde pisaba, haciéndolo trastabillar cada tantos pasos y la maldita salida no se veía por ningún lado.
De pronto, se escuchó un grito proveniente de los maleantes, al parecer uno de ellos se había caído en el riachuelo que acababa de pasar. Por lo que aprovechando el momento, buscó un lugar que les permitiera ocultarse por un tiempo.
[—Patrón, estamos en la autopista, ¡Chihiro va hecho madre!, aguante, ¡aguante! El pinche cansancio lo inventaron unos pendejos, todavía puede seguir corriendo, no se rinda.] Exclamó el mexicano intentando darle ánimo al cansado Takato con lo primero que se le ocurría.
Haru, ahora entendía. Estaban huyendo y al parecer quienes eran los malos no eran ni Chihiro ni Ramiro, sino Hashiba y los "amigos" de su papá. Su pequeña cabecita trabaja rápido procesando toda la información que le llegaba.
Un sentimiento de tristeza llegó a ella por haber sido desleal con su mami al creer todo lo que el ex Saiko Komon le dijo. Ahora debía hacer equipo con Takato, cooperar y ayudar tanto como pudiera. Por consiguiente, dejó de ocultar el rostro y levantó la cabeza mirando hacia todos lados, quería encontrar un lugar seguro, uno donde no pudieran verlos y lo consiguió.
—¡MAMI, AHÍ! – Haru, tenía mejor vista nocturna que Takato, una característica única de los Alfas. El examen médico para conocer el género secundario de los niños era aplicado hasta los ocho años, pero todo en la nena indicaba que este sería el de ella.
Takato entrecerró los ojos intentando enfocar el lugar que su hija le señalaba, no podía hacerlo, pero al final lo consiguió. — ¡BIEN, BEBÉ!, ¡MUY BIEN! – Elogió aliviado de poder descansar un poco.
Continuó hacia aquel lugar, el cual era una pequeña cueva situada al ras del suelo oculta tras una cortina de plantas, con las que luchó para no deshacerlas y así pudieran seguir resguardando la entrada.
Exhausto se dejó caer de rodillas frente a la cueva. Con cuidado puso a Haru en el suelo doliéndose de sus brazos.
—Bebé, agáchate y no hagas ruido, voy a revisar la cueva rápido. – indicó Takato antes de tomar el celular en sus manos. —Ramiro, Haru encontró un lugar donde ocultarnos, no sé en qué punto me encuentro, pero no estoy tan lejos de la entrada norte del parque, pasamos un riachuelo. Los que nos siguen son Otto, Susuki y Hairo.
[—No hay pedo, con eso tengo, solo active la ubicación. Lo vamos a encontrar y no se preocupe por esos pendejos, no podrían encontrarse el pito ni porque lo traen colgando] Aseguró el moreno apretando la manija del reposabrazos.
Takato exhaló lo que parecía una risa reprimida. — Eso espero… Haru, toma el celular. - murmuró metiéndose al hueco oscuro, rezando para que ningún animal peligroso se encontrara dentro de este. —¡Ouch! – exclamó cuando una de las piedras que sobresalía de la parte superior le rasgó un poco la frente, peligrosamente cerca de su ojo. Sintió un líquido caliente correr y no se necesitaba ser un genio para saber que estaba lastimado. Aun así, ignoró el dolor, limpió como pudo la sangre y siguió adentrándose en la oscuridad.
Dos minutos después, sacó la mano para indicarle a Haru que era seguro entrar.
Tomados de la mano ingresaron al espacio en el que solamente arrastrándose podían entrar. Desgraciadamente, en cuanto ambos estuvieron acomodados dentro del espacio impregnado de un olor a humedad, la señal de su celular se perdió y la llamada con su querido Ramiro terminó abruptamente. Siendo el sonido de sus respiraciones, lo último que el Alfa y Beta escucharon.
¡PLAF!
La mano de Hashiba dio directo en el rostro de la actriz. —¡Estúpida mujer! – gritó con ira. Sintiendo como su palma palpitaba por la fuerza que había ejercido.
Yurie no dijo nada. Aguantó y levantó la cabeza con orgullo. Ni la sangre que escurría por su boca parecía mermar su renovada energía. —Ja… ja… ja… jajajaja, ¡jajajaja!
BAM, otro golpe fue directo a su estómago doblándola por la mitad. —¡PUTA!, ¡¿de qué te ríes?!
Hashiba estaba fuera de sus cabales, pues con el omega bajo aviso, sus planes se veían trastocados y la posibilidad de éxito se veía considerablemente reducida.
El Beta quiso aventarle el celular en la cara, pero se contuvo. Por lo que solo siguió insultándola. — ¡Lo único para lo que sirves es para abrir las piernas!
Yurie sonrió de lado, incorporándose lentamente. — En cambio tú no sirves para nada… eres tan poca cosa que ni Kenichi quiso tocarte porque le dabas ¡AAASCO! – Escupió con veneno una vez recuperado el aliento. —Pobre Hashiba y sus sentimientos no correspondidos, bububu – exclamó con tono burlón simulando llanto.
Aquello le hizo hervir aún más la sangre. Hashiba apretó los puños hasta dejar blancos sus nudillos, mientras que las venas de su rostro parecían querer estallar en cualquier momento. La mujer le había dado justo donde le dolía. Estaba harto de ella, la odiaba por ser una distracción para Himura y la odiaba el doble por ser una molestia hasta el último segundo.
Sin decir "agua va", propinó otra patada a la pobre Yurie, quien terminó por caer de espaldas lastimando aún más sus manos.
—Aggh, - exclamó adolorida, pero no por ello pensaba detenerse. — Ya deberías rendirte Fu-mi-o, tu destino es ser un mediocre que solo puede recibir azotes, si es que no te ha quedado claro, pregúntale a tu espalda jajaja.
Yurie estaba eufórica, reía a carcajadas, lloraba y volvía a reír cuando la sangre se acumulaba en su boca. Ya nada le importaba, era libre de decir todo lo que se le viniera a la cabeza, ser tan hiriente como quisiera y valerle dos hectáreas de madre sin necesidad de pedir perdón. Y esa libertad, solo se la daba la certeza de que moriría.
Su rostro, ya no mostraba miedo y eso sorprendió a los hombres del Clan que creían que la mujer había enloquecido, pero no era así. Simple y sencillamente, había dejado de aferrarse a la vida.
El ex Saiko Komon quiso arremeter de nuevo contra la pobre Yurie, pero justo cuando iba a asestar el castigo, su celular sonó.
—¿Qué quieres? – respondió de inmediato con desdén.
—¡Jefe!, Hairo, Otto y Susuki los encontraron. El imbécil de Sasaki se cayó, por lo que perdieron de vista al Omega y la señorita. Pero creen que no se encuentran tan lejos. Mandaron su ubicación y solo necesitamos establecer un perímetro. No tardaremos en encontrarlos.
El rostro osco y frustrado del Yakuza cambió a una sonrisa satisfecha. Sus cómplices le acaban de dar una excelente noticia.
—¿Escuchaste, puta? De nada sirvió que advirtieras al omega. ¡Te sacrificaste por nada! – escupió regodeándose.
Yurie exhaló, mantuvo la vista clavada en Hashiba y movió la cabeza negando.
—Al contrario, gracias a eso los simios de circo que te acompañan no pudieron atraparlo, tal vez al final lo logres, pero no será tan fácil como lo hubieras querido, porque gente como tú, está destinada al fracaso. Y ese omega que tanto intentas minimizar, ha salido más listo que tú. Mantuvo a Kenichi comiendo de su mano, tuvo a su hija, se quedó con todo el dinero del Clan y enamoró al ex Oyabun Azumaya y no olvidemos que por el amor que el Alfa le tiene, dejó a Kenichi como un muerto viviente.
Lentamente, la mujer caminó hacia Hashiba bajo la mirada atenta de los demás. Acercó su rostro al del mayor y dijo:
—Ojalá pudiera ver lo que te hará a ti, jchstup! – un escupitajo cargado de sangre voló hacia la cara del Beta. Este se limpió teniendo como fondo la risa de Yurie. La empujó y con un movimiento de mano ordenó a sus hombres que la tomaran.
Asqueado tomó su pañuelo pasándolo para remover el asqueroso fluido. — Ya no quiero escuchar sus estupideces, desháganse de ella.
En aquella oscura noche de primavera, Yurie no suplicó por su vida ni peleó. Lo único que hizo, fue pedir perdón en su corazón por las cosas malas que, cegada por su envidia y deseos personales, había cometido.
En cuanto la aspereza de la soga rodeó su cuello, derramó lágrimas amargas al recordar lo que su vida había sido. Huyó de casa cuando tenía 18 años persiguiendo un sueño que no fue apoyado por nadie. Creyó que el glamour y felicidad que veía en la televisión podría ser también de ella, pero lo que en verdad encontró fue un camino lleno de espinas y hiel. Se había ganado un lugar en la industria del entretenimiento a base de favores de toda índole, pero al final cuando comenzó a obtener papeles por su desempeño, sus demonios del pasado aparecieron para cobrar el pacto por vender su alma al diablo. Ahora, ya no podría darle vida a ningún personaje.
Se había humillado hasta el suelo y había amado a un hombre que jamás le demostró un poco de ternura, cometió muchos pecados y enfocó su frustración en personas que no lo merecían. Tanto así que al final, lo único que consiguió fue que los matones de Hashiba la chantajearan, vaciaran sus cuentas bancarias y la convirtieran en cómplice. Por eso, intentó enmendar, aunque fuera solo un poco, sus errores. Y solamente en el límite de su vida, se dio cuenta de lo patética, ciega y tonta que fue.
La soga comenzó a apretarle el cuello, le ardía y sangraba, pero más doloroso que eso, era el no poder recibir aire aun y cuando abría la boca lo suficientemente grande.
Su cuerpo se retorció en medio de terribles espasmos, sus zapatos volaron cuando en un autoreflejo por liberarse, pateó con fuerza hacia la nada. Pronto, su rostro se puso azul y los temblores fueron bajando de intensidad, pero no fue hasta que se escuchó un "crack" que todo terminó realmente.
Para ella, el telón se había cerrado para siempre, pues la guadaña que Hashiba tomó prestada de la Diosa de la muerte cayó sobre ella con toda su rabia y poder.
En vida la mujer fue odiada por muchos, amada por otros, pero nadie podría negar que con su último suspiro elevó una plegaria para que su sacrificio no hubiera sido en vano.
