Habían pasado un par de días desde que estaban en la cabaña. Tino se sentía mucho mejor y de hecho, ya podía caminar de forma normal. A lo mejor había exagerado un poco. Cuando miró a lo lejos, vio que Berwald venía subiendo la colina.

Vaya que Berwald conocía a esos tipos, ya que él era uno de ellos. De hecho, en esos días, le había contado un montón de cosas, y aún así sentía que le faltaban más por contarle. Según había entendido, era parte de su pandilla hace tiempo pero ya no. Lo que aún no le quedaba claro era el motivo de su rescate. Berwald se acercaba cada vez más y Tino no podía esperar a que llegara. En cierto modo le agradaba su compañía y la verdad era que no quería que se marcharan todavía, y por eso no le decía nada sobre su pie.

En el campo, sentado en una roca con el clima perfecto, lo único que le arruinaba el momento era no haber sido capaz aún de encontrar la melodía que buscaba.

—Mm —dijo Berwald una vez estuvo junto a él.

—Je, ¿dónde estabas?

—Recolectando.

—Ugh, estoy harto de comer bayas.

—Hay pan.

—¿De hace un año? Porque tiene la misma textura de una piedra.

Berwald no dijo nada y en cambio se agachó. Tino entró ligeramente en pánico cuando sintió que le agarró el pie que se suponía estaba herido. No tanto porque fuera a ser muy brusco sino todo lo contrario. A veces le parecía que era demasiado delicado.

—¿Cómo te sientes? —dijo, examinándolo —. Si puedes caminar ya, podemos ir a alguna parte y dejarás de comer bayas y piedras.

Tino nunca se hubiera imaginado que alguien como él pudiera ser capaz de hacer humor, pero no pudo evitar soltar una risita. Por la forma en que Berwald alzó la cabeza para mirarlo, se arrepintió de dejarla salir.

—Uh… yo, me siento bien, en realidad. Me siento mucho mejor. No era tan grave.

—Mm —Fue lo único que dijo en respuesta.

Entonces comenzó a tararear. Tarareaba una melodía que a Tino se le hacía muy familiar. Abrió los ojos como platos. Tomó su flauta dulce y la puso en sus labios, siguiendo la melodía. Berwald lo miró atentamente e hizo silencio.

Tino comenzó de nuevo la melodía y nunca había sentido tanta satisfacción como en el momento en el que finalmente llegó al estribillo.

—¡Berwald! —exclamó cuando terminó —¿De dónde conoces esa canción?

—Tú la estabas tocando ese día.

Berwald no era mucho de expresar emociones, pero definitivamente ese día estaba muy expresivo. Apenas esas palabras salieron de su boca, su cara cambió a una de congestión por la implicación de lo que acababa de decir. Tino podía jurar que le había subido un poco de color a las mejillas.

—¿Me estabas viendo desde antes?

—No sé dónde la escuché y no podía recordar el inicio —dijo sin responder la pregunta —. Pero ahora lo sé gracias a ti.

Tino no pudo evitar sonreír y comenzó a tocar otra melodía, completamente distinta, y más compleja y adecuada para un baile. Berwald lo miraba con los ojos bien abiertos, como si fuera la primera vez que se daba cuenta que estaba allí. Cuando Tino separó la flauta de su boca, el otro se acercó de repente. Por poco sus labios casi se tocan y de hecho, Tino estaba casi seguro de que se alcanzaron a rozar. Por poco se da cuenta muy tarde de lo que Berwald trataba de hacer.

Tino se echó aún más atrás en la roca en la que estaba sentado.

—¿Qué estás haciendo? —dijo algo agitado.

La expresión de Berwald era indescriptible; no tenía idea de si estaba decepcionado o avergonzado. Se levantó sin decir nada, dejando a Tino solo.

Berwald no le había dirigido la palabra desde el mediodía excepto para lo estrictamente necesario, presumiblemente por aquel incidente. Tino aún estaba procesándolo. ¿Acaso Berwald era ese tipo de persona? ¿En verdad habrá querido besarlo?

Recordaba el momento. De hecho, Berwald olía bien.

—Mañana nos vamos a la aldea.

Berwald le había dado un susto de muerte. Por poco se le detiene el corazón. Agradecía que el otro no pudiera ver su cara desde el suelo.

—¿Qué dijiste?

—Mañana nos vamos a la aldea. Dejarás de comer pan hecho de piedra.

A partir de ese momento no dijo nada más. Ahora se le ocurrió, ¿estaría enojado por lo que pasó? Porque hasta donde él sabía era su culpa… no debía molestarse por algo que era una reacción natural. Al fin y al cabo, no había ningún razón para seguirle la corriente.

Tino lo pensó por unos momentos. En realidad, sí hubiera querido seguirle la corriente. De hecho, casi se arrepentía de no hacerlo. No era como si se lo fuera a decir a esas alturas de todas formas.

Ese era el paseo más silencioso que Tino había tenido en toda su vida. Ni siquiera le daban ganas de tocar. Berwald no había dicho ni una sola palabra desde esa mañana y él se preguntaba cómo era posible que una persona pasara tanto tiempo sin hablar. Ya no podía soportarlo.

—Oye, ¿sí sabes por dónde vamos? —dijo Tino, y esperó unos segundos. No respondió, así que continuó —. Digo, es más. ¿Para dónde vamos?

Berwald aminoró el paso y volteó la cabeza ligeramente, pero fue suficiente para que Tino se sintiera algo atemorizado.

—A tu aldea —dijo, por fin.

Tino pensó por un momento. ¿A su aldea?

—¿Cómo sabes dónde vivo?

Primero, Berwald gruñó, pero fue algo casi inaudible. Después se apresuró a contestar.

—Yo camino cerca de ahí, y te he visto de casualidad.

—¿Y también fue coincidencia que nos hayamos encontrado en la misma zona en el campo?

Berwald se giró bruscamente esta vez, y tenía el ceño fruncido.

—No. Te digo que conozco a esa pandilla. Los estaba siguiendo porque sabía lo que tenían planeado —En un tono totalmente poco característico, agregó: —. No, no te estaba siguiendo ni nada de eso.

Tino estaba nervioso. No sabía muy bien cuáles eran las siguientes palabras que debía escoger.

—¿Estás… enojado?

Iba a continuar diciendo un largo discurso acerca de cómo no debería, pero el otro lo interrumpió.

—¿Por qué debería?

Inmediatamente se detuvo en seco. Tino miró hacia adelante y pudo divisar a lo lejos la colina donde empezaba su aldea.