Lo primero que despierta a Emma es la sensación de asfixia. Un segundo después abre los ojos, fuera de sí y con sus manos ya en el aire, cargadas de magia. Pero, a pesar del peligro al que se expone, Snow no se muestra preocupada. Sólo mantiene su mano sobre la boca de su hija y, cuando esta la mira con reproche y desciende sus brazos, le indica silencio con un dedo en sus labios mientras observa de soslayo la cabecita de Henry durmiendo. Emma asiente lentamente y sólo entonces Snow retira su mano y murmura un leve: "Vamos…"

Caminan de puntillas y en camisón por un pasillo casi en tinieblas. El sol apenas ha empezado a despuntar y las minúsculas ventanas de piedra no son de gran ayuda. Pero Emma ha tardado varias horas en poder conciliar el sueño y le da todo un poco igual. Sólo sigue en silencio a su madre, preguntándose entre bostezos por el nuevo misterio que encierra Camelot.

Al menos hasta que, al entrar, ve a su padre sentado en la cama y a Regina en el tocador del cuarto. Ya vestida y peinada. Con cierto sueño en el rostro, pero muchísimo más digna que sus desastrosas pintas. Y, por un diminuto instante, se imagina yéndose de nuevo de puntillas, en busca de un vestido, el peine y su dignidad. Pero no es factible.

¿Verdad?

"Perdonad las horas…" susurra Snow cerrando la puerta tras ellas. Regina le quita importancia con un gesto de la mano, pero añade un bostezo después. Emma siente cómo se le contagia y la sigue un segundo después, pero se le corta la respiración al verse observada por los tres. Especialmente, por la diminuta sonrisa de Regina.

"¿Qué sucede?" pregunta aclarándose la garganta. "¿Y cómo habéis salvado el hechizo del pasillo?"

"Han jugado a lanzar objetos contra mi puerta desde la suya. Cuando me he despertado, mi entrada parecía el nido de una hurraca."

"Era necesario." Resume Snow. "Hay algo que debéis oír."

"Disparad." Pide Emma, sentándose junto a su padre.

"Anoche, al regresar a nuestro cuarto después del incidente con el ladrón, alguien nos abordó en nuestra habitación." Snow hace una pausa dramática que Regina acompaña con un resoplido irritado. "Casi sufrimos un ataque al corazón cuando vimos que era Lancelot."

"¿Lancelot? ¿El de Ginebra? ¿Vuestro oficiante?"

"El mismo." Confirma David.

Emma medita un par de segundos todo lo que sabe de él. "¿No estaba muerto? ¿Y no hemos pasado por esta situación ya antes?"

"Lo fingió." Gesticula Snow, claramente ansiosa por que se pongan al día sin más interrupciones. "Era la mejor manera de huir de Cora…" Otra pausa dramática. "…y de Arturo." Concluye teatralmente.

"¿De Arturo también?" cuestionó Regina, tensándose. "¿Confiáis en él? ¿Y cómo pudo salir de vuestros aposentos, si se puede preguntar?" pregunta preocupada mirando a todas partes.

"No está aquí, le hemos pedido que se esconda en la cafetería de la abuelita. Allí estará tranquilo." Se adelanta Snow resolviendo sus dudas. "Es nuestro amigo, no importa cuánto tiempo haya pasado. Y salió por dónde entró." Añade señalando la ventana de su cuarto. Emma se asoma sólo para abrir los ojos espantada. "Sí, son unos cuantos metros…"

"Tendría una buena razón para jugarse así la vida…" resopla la Salvadora.

"Sí y nos ha contado parte de lo que sucede… Pero se supone que la clave está aquí." Añade David tendiéndole un atrapasueños.

"Hhhmmm…" Emma lo sostiene con precaución, una tristeza repentina golpeándola al recordar la última vez que se vio involucrada con uno de esos artefactos.

"¿A quién pertenece?" cuestiona Regina mirándolo con desconfianza, probablemente sucumbiendo a los mismos recuerdos.

"A Arturo."

"Pues será mejor que no sepa que lo tenemos…" responde con seriedad, mientras Emma lo observa con detalle. "Creo recordar que estos objetos se utilizan como receptáculos mágicos de testimonios particularmente inquietantes." Zanja tratando de sonar indiferente, pero falla estrepitosamente y encoge el pecho de Emma con cada palabra.

"Eso es justo lo que Lancelot quiere que veamos."

"También recuerdo que las memorias que contienen podrían ser, cómo decirlo… engañosas." Añade Regina. La mente de Emma se pierde en los recuerdos de la imagen clara y nítida de la alcaldesa entrando en la oficina de Archie y asesinándolo. Había creído ciegamente en lo que vio a través de aquel atrapasueños, a pesar de que su instinto gritaba todo lo contrario. Al final, por supuesto, ni Archie estaba muerto, ni Regina estaba tras aquel acto. Debería haberlo sabido, pero se dejó engañar por aquella estúpida visión.

"Sí…" Responde David, incómodo. "En este caso, parece que lo importante es el recuerdo en sí mismo. Lancelot quiere que veamos lo que el mismo Arturo recuerda."

"Pues no lo pospongamos." propone Emma acercándoselo a Regina. "¿Harás los honores?" pregunta, ofreciéndole el atrapasueños. Cuando Regina lo toma, Emma sostiene fugazmente su muñeca, tratando de transmitir todo lo que le gustaría decir en voz alta. Cuánto han crecido desde aquellos, viejos tiempos, cuánto aprecia el viaje que Regina ha realizado y en lo que se ha convertido…

Pero es difícil transmitirle ese tipo de cosas mientras advierte las miradas penetrantes y cotillas de sus padres muy muy muy clavadas en ellas.


Arturo tiene unos años menos. Su barba, apenas una sombra. No tiene arrugas ni marcas de preocupación en el rostro. Sólo calma y cierta curiosidad. Toma asiento en el césped, con una postura ya conocida. La espalda pegada al árbol milenario, una mano sobre una de las raíces que escapa de la tierra. Cierra los ojos y la imagen desaparece.

Todo es oscuridad. Una noche cerrada que persigue y se instala en cada centímetro del cuerpo. En mitad de una explanada, un hombre grita y reclama al oscuro. A su alrededor se suceden las sombras, hasta que se materializan frente a él a su orden. Con la daga en alto, el rostro descompuesto, la voz furiosa y rota. El oscuro, o una versión enmascarada del mismo, permanece quieto, frente al hombre que la ha convocado. Ni siquiera cuando este alza la daga y amenaza con destruirle, se aparta de allí.

Sólo espera.

Y, frente al oscuro, el desconocido se derrumba. Cae a sus pies, exclama "no puedo", agacha la cabeza. Su cuerpo pierde tensión, sus manos dejan caer la daga. Murmura sin fuerzas "la extraño", un segundo después el oscuro ya se ha hecho con la daga y la coloca contra él. Pero tampoco le ataca. Sólo se queda observando, esperando, hasta que una lágrima desciende por su mejilla. La atrapa con la punta de la daga y esta brilla con una portentosa luz violeta.

El oscuro obliga al hombre a ponerse en pie de un tirón. El hombre se yergue, sin fuerzas para resistirse ni aguantar de pie. Pero nada de eso importa, porque sus pies se van convirtiendo en raíces a la orden del oscuro. No dice nada, solo alarga la daga y deja que esta canalice el hechizo. Tras sus pies, le siguen las piernas, convirtiéndose en un tronco lleno de nudos y rugosidad, igual que su tronco. Por último, desaparecen sus brazos, convertidos en ramas, y su rostro, que se funde tras corteza y hojas. Hasta que no queda rastro del hombre que fue. Sólo el mismo árbol que ahora corona los jardines del Castillo de Camelot.


"¿Lo habéis visto todos?" pregunta Regina dejando el atrapasueños sobre el tocador.

"Era Merlín… ¿verdad?" responde Snow volviendo en sí.

"No sólo eso… era un recuerdo de Arturo. El propio Merlín le mostró su ocaso. Ha sabido en todo momento qué le sucedió al mago…" murmura Regina, hablando para sí.

"Y no nos lo ha contado." Añade Emma por ella. "Sólo se me ocurre una razón para callárselo…"

"Que realmente no quiere que le liberemos." Asiente David.

Emma se apoya contra el dosel de la cama. "¿Entonces por qué nos quiere aquí?"

"Algo de nosotros le interesa… algo que su hombre encapuchado entró ayer a buscar en tu cuarto, Emma." Puntualiza Regina dejando que las piezas se unan poco a poco frente a ella.

"¿Crees que quiere la daga?"

"No imagino para qué, pero está claro que conoce su existencia y su utilidad. Así que no me parece descabellado…"

"Necesitamos averiguar qué pretende." Farfulla David, cruzado de brazos y con ceño disconforme.

"Estoy de acuerdo… Y creo que deberíamos empezar por aquello que menos desea."

"¿Liberar a Merlín?" adivina Emma.

"Eso es."

"Pero… ¿Cómo?" pregunta Snow. "Belle está estudiando a conciencia todos los libros a su alcance y ya hemos probado cientos de pociones."

"Pero ahora tenemos una ventaja, conocemos el ingrediente principal." Sonríe de medio lado. "Los hechizos muchas veces funcionan como el mordisco de una víbora. El antídoto se fabrica con el propio veneno."

"Necesitamos una lágrima de amor verdadero perdido." Susurra Emma fascinada.

Regina asiente satisfecha. "Eso es."

"¿Y de dónde vamos a sacarla?" cuestiona David. Snow frunce el ceño y Regina abre la boca dudosa, pero Emma se adelanta a todos ellos.

"Dejádmelo a mí." No añade nada más, sólo se pone en pie y estira su camisón. "Por ahora, deberíamos disimular. Desayunemos con Arturo y sus hombres y finjamos normalidad. En cuanto estemos a solas, nos reuniremos con todo lo necesario en la cafetería de la abuelita, ¿de acuerdo?"

Continuará...