Diamond Issues
Diferente al día anterior, aquel lunes había amanecido soleado, sin embargo aún era necesario ponerse un abrigo para caminar por la calle. Cuando el despertador sonó a las siete y media, Emma abrió los ojos lentamente y con dificultad para acostumbrarse a la claridad que entrada por la ventana, pues había olvidado echar las cortinas la noche anterior. Desde la cama, miró una vez más la carta que estaba encima de la cómoda, y por algunos instantes, se preguntó si de verdad era lo que quería hacer. Cogió su móvil para echarle un vistazo a sus redes sociales antes de ir a tomar un baño, pero como de costumbre no había ninguna notificación nueva. Su corazón aceleró y sintió unas ganas enormes de llorar al levantarse de la cama, y así se dio cuenta de que la ansiedad comenzaba a atacar. "Oh, genial. ¡Era la que me faltaba ahora!" Swan respiró hondo y puso una música lenta y acogedora mientras se preparaba un baño templado. En la pequeña bañera, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el borde, canturreaba la canción e intentaba focalizarse en cosas buenas.
—No tardes mucho, Emma. No eres la única que vas a tomar un baño— escuchó que su padre decía rudamente al otro lado de la puerta.
A causa de eso, la joven decidió levantarse y tomar una ducha rápida. Salió del baño enrollada en una toalla blanca y se dirigió a su cuarto, donde su madre ya se encontraba sentada en su cama con una bolsa en las manos y una sonrisa enorme en la cara.
—¿Qué es eso?— preguntó Emma con una sonrisa curiosa y los ojos brillando.
—Yo…Compré una cosa para que te pusieras hoy— dijo dándole la bolsa rosa a su hija.
Conteniendo una risa nerviosa, la joven abrió el regalo y puso una expresión de sorpresa y alegría. En medio de los papeles de seda blancos, había un nuevo traje de ballet. Una fina falda negra, un body—también negro— con un pequeño cisne bordado a la altura del pecho, y medias blancas, de una tienda de que saltaba a la vista que era muy cara.
—Bueno…Las zapatillas creo que podrás usas las mismas, ¿no?— preguntó ansiando una respuesta de la hija.
—Mamá…Nunca he llevado antes una ropa negra, en la antigua academia las chicas solo podían usar el rosa. Esto es…Increíble. ¡Increíble y caro! Debe haber costado una fortuna. Conozco esta tienda y sé que lo que venden es extremadamente caro. No era necesario, mamá— dijo con una débil sonrisa al pasar la punta de los dedos por la figura del cisne.
—Te lo mereces, hija mía. Bueno, ahora quiero que te lo pongas, ¿está bien? Voy preparando el desayuno mientras te preparas—Ingrid depositó un beso en lo alto de la cabeza de su hija y caminó hacia la puerta.
—¿Mamá?— la llamó Emma, e Ingrid se giró —Gracias. Muchas gracias.
Cuando se madre salió del cuarto, la rubia estiró la ropa sobre la cama y se puso a cepillar su cabello rubio, recogiéndolo después en una cola de caballo. Tras ponerse su perfume favorito y un poco de rímel, se colocó la ropa que acababa de recibir. Durante unos minutos, se quedó admirando su propio cuerpo frente al espejo, completamente satisfecha con lo que veía. Se puso su acostumbrada chaqueta de cuero roja por encima de la ropa negra y se dirigió a la cocina.
—¿Llevas maquillaje?— George bajó el periódico que leía y la miró a los ojos.
—Buenos días, papá. Sí, llevo— dijo con impaciencia mientras se servía los huevos revueltos en su plato.
—Sabes que no me gusta cuando te pones esas cosas. No lo necesitas. Ve a quitártelo ahora mismo— dijo en tono autoritario.
Con una de sus cejas arqueadas, encaró a la madre, esperando alguna actitud por su parte, pero Ingrid solo suspiró y señaló con la cabeza hacia la puerta del baño, como diciendo "Haz caso y ve a lavarte la cara" Y así Emma lo hizo. La joven volvió a la cocina completamente irritada y se sentó en la banqueta al lado de su hermana, que hacía una carita con su bacón y huevos.
—Querida, vamos pronto. Tus clases comienzan en media hora y aún tienes que hacer papeleo en la recepción— Emma se metió a prisa en la boca los últimos trozos de bacón y se cepilló rápidamente los dientes.
Tras despedirse de su padre y hermana, entró rápido en el pequeño escarabajo amarillo de la familia y su madre arrancó velozmente. Mientras miraba por la ventana, balanceaba frenéticamente las piernas y sentía sus manos sudadas. Sin apartar la vista del tráfico, su madre colocó su mano en su pierna para intentar pasarle algo de seguridad.
—Espero que no te acostumbres a esta comodidad, mocita. Solo te llevo hoy porque es el primer día. A partir de mañana, vas y vuelves sola, ¿está bien?— preguntó con una sonrisa en el rostro.
—Claro, ma— sonrió sincera y colocó su mano sobre la de su madre.
Pudo sentir su corazón salírsele del pecho cuando vio aparcado el escarabajo amarillo entre un Porsche y un Lamborgini, frente al enorme edificio. La gran puerta de cristal quedaba debajo del letrero donde se leía "Red Apple Dance Company". Emma caminó lentamente hasta el edificio junto a su madre, que hablaba todo el rato para que ella se calmara. El interior del inmueble estaba todo decorado de color rojo y blanco.
—¿Eres beneficiaria de la beca, verdad?— preguntó la recepcionista mientras analizaba los documentos de la joven —Bien, serás la única alumna nueva en la clase de hoy, así que cuando la profesora entre en el aula, te presentas a ella y le explicas tu situación, ¿de acuerdo?
—¿No es ella la que escoge a las personas que reciben la beca? Ella ya debería conocer la situación de Emma, ¿no?— preguntó Ingrid
—No, señora Swan. Quien se encarga de las becas es la hermana de la profesora, que es la coordinadora. Ella da clases de jazz, si su hija fuera a bailar eso, entonces ella ya conocería la situación— explicó.
—Está bien. ¿Solo eso?— preguntó Emma
—De momento, sí, señorita Swan. Cualquier duda que tengas al final de la clase sobre los horarios o sobre las aulas, puedes hablar conmigo. Me llamo Belle— dijo con una sonrisa simpática en sus labios —Tu aula es la de ballet, segundo piso, aula 203.
—Gracias, Belle— dijo y enseguida se giró hacia su madre, que sonreía admirando a su hija.
—Ve. Todo saldrá bien, ¿hum? No te preocupes. Dentro de unas horas estaré aquí para recogerte.
—Hasta más tarde, mamá— dijo antes de darle un beso en la mejilla y seguir camino hacia su aula.
Mientras subía las escaleras irritantemente blancas con pasamanos rojos, sentía su estómago encogerse cada vez más. Aquel lugar parecía un internado. Con las zapatillas en las manos, abrió lentamente la puerta—también roja— que tenia escrito sobre una manzana el número 203. "¡Qué cursi!", pensó Emma. Cuando entró en la sala, todas las miradas se giraron hacia ella. Las bailarinas hacían sus estiramientos diseminadas por el aula, conversaban y reían, y eso significaba que la profesora aún no había llegado. "Menos mal", pensó. Se sentó en una silla en una esquina del aula, se quitó las botas y enseguida se calzó las zapatillas de punta.
"¿Y esa chaqueta? Además de alumna nueva, ¿es pieza de decoración del edificio?", Emma escuchó comentar a una de las chicas que estaba detrás de la silla. Reviró los ojos y rió ante la falta de madurez y se centró en lo que estaba haciendo, atándose las tiras de las zapatillas.
—¡Todas en sus lugares! Quiero a todas en la barra realizando el calentamiento básico, alternando entre Pliés y Fondus. ¡Ahora!— una voz grave y ronca dijo en un tono serio. Se trataba de la profesora y directora del sitio. Inmediatamente, todas en el aula dejaron de reír y se colocaron en sus posiciones en la barra, haciendo exactamente los movimientos ordenados. Emma, aún sentada en la silla, levantó la mirada hacia la mujer y la analizó durante unos segundos. Tenía los cabellos oscuros recogidos en una pequeña cola de caballo, el rostro libre de maquillaje y no era muy alta, pero tenía las piernas y los brazos bien definidos.
Sin que aún hubiera notado su presencia, Emma se levantó en silencio y caminó hasta unas perchas que había en una esquina del aula, en donde las alumnas colgaban sus bolsos y abrigos. Se quitó la chaqueta rápidamente e intentó colocarla sobre algunas cosas que había allí colgadas, pero falló estrepitosamente. Su chaqueta y todas las otras cosas cayeron al suelo, produciendo un ruido alto e irritante. Todas las miradas se dirigieron de nuevo a Emma, incluida la profesora.
—¿Quién es usted?— la mujer caminó hasta la rubia y la observó mientras volvía a colgar todo de nuevo en su sitio.
—Soy Emma. Emma Swan. Yo…— intentó decir, pero fue interrumpida.
—Deje que adivine…Es la muchacha que mi hermana seleccionó para la beca, ¿no?— preguntó con el ceño fruncido —¿Puedo saber por qué no está en la barra junto a las demás?
—Llegué algo atrasada y aún estaba poniéndome las zapatillas cuando usted entró. Discúlpeme— las palabras le habían salido más rápido de lo que esperaba e intentaba evitar cualquier contacto visual con la profesora.
—Bien, señorita Swan, sea bienvenida. Espero que trabaje para hacerse merecedora de la beca— dijo con una sonrisa forzada— Y sobre anterior academia, no sé cómo funcionaban las cosas allí, pero…Aquí…No me gustan los retrasos. Y las únicas bailarinas que pueden usar cola de caballo son las que tienen el pelo corto, así que, debe hacerse un moño. ¿Entendido?— preguntó. La joven solo asintió y bajó la cabeza de nuevo —Mi nombre es Regina Mills, soy la directora general de esta compañía y seré su profesora hasta que se gradúe. Sin embargo, aquí dentro solo acepto ser llamada Señora Mills.
—Entendido, Señora Mills—Emma tenía la mirada fija en sus propios pies y aún podía sentir la mirada de la mujer sobre ella. Poco a poco levantó la mirada, y vio las manos de la profesora, donde relucía en su anular izquierdo, un anillo de diamantes. "Eso debe costar mis dos riñones", pensó Emma.
—Genial. Ahora, vaya a la barra y haga los movimientos que he mandado—ordenó una vez más y Emma obedeció.
En el descanso, Emma se puso su chaqueta roja de nuevo y se sentó en una esquina de la sala. Actualizó con su móvil a Rose de las novedades hasta aquel momento, sin embargo aún estaba durmiendo, así que no vio ninguno de los mensajes.
—¿Cómo va tu primer día?— una chica de ojos rasgados preguntó sentándose al lado de Emma.
—Hum…Normal. Algo intimidante— respondió con una tímida sonrisa en el rostro.
—Ah, me llamo Chelsea. ¡También estoy aquí con una beca! Es genial tener a alguien que realmente me entiende en esta clase.
—Wow, eso es genial. Pensé que sería la única con beca de la clase. ¿Cómo te tratan las chicas?
—No me tratan mal, pero tampoco hablan conmigo. No está tan mal— dijo —¿Te ha gustado la profesora? ¿Qué piensas?
—Creo que es rica. Solo he podido mirar aquel anillo que lleva. Ni aunque vendiera mi casa con todos los muebles y a mi hermana, podría comprarme uno de esos.
—Oh, sí— rió Chelsea —Sí que es rica. ¡Ella, su marido y su hijo pasaron las últimas Navidades en París! ¿Sabes lo que es eso? ¡París!
—¡Qué buena vida debe tener!— dijo Emma mientras se hacía un moño.
—De eso yo ya no estoy muy segura. Ya ha venido a algunas clases con los ojos rojos e hinchados como de alguien que se ha pasado la noche llorando. Y ya hemos escuchado también muchas peleas con su marido por teléfono.
—Vaya, qué mal
—Sí…A veces me parece que esa vida perfecta de la señora Mills solo es una máscara que se pone para esconder lo que realmente vive. En fin, son solo teorías— la chica se levantó y caminó hacia el gran espejo de pared —Estoy tan nerviosa con el espectáculo de a mitad de año.
—¿Espectáculo?— preguntó Emma mientras sacaba unas almendras del bolso.
—Sí. Dos veces al año, a la mitad y al final, montamos un espectáculo temático. No tengo ni idea del tema de este año…La Señora Mills ni siquiera nos ha dado una pista.
—¿Cuál fue el tema del último?— preguntó una vez más mientras se echaba toda la bolsita en la boca.
—Mulan, la guerrera de China. Yo conseguí el papel principal, pero solo por ser asiática— dijo entre risas
Cuando todas las bailarinas volvieron al aula, Emma y Chelsea se dieron cuenta de que el descanso ya había acabado y se colocaron de nuevo en la barra. Regina entró pocos minutos después hablando por teléfono. La joven aprovechó el momento para admirar aún más el anillo en el dedo de la profesora, pero también a esta en general. De perfil, observaba cada trazo latino y perfecto de la mujer. "Bonita. Tan bonita que llega a molestar", pensó Emma.
Al final de las clases, todas— incluida la profesora—dejaron el aula y bajaron al primer piso. Tras cambiarse de zapatos, caminó hacia la recepción de nuevo, donde encontró a su madre hablando con Belle, la recepcionista, y con su nueva profesora. Regina escuchaba con atención cada palabra dicha por Ingrid, que cargaba en su rostro una pequeña sonrisa de admiración.
—¡Ahí está!— dijo Ingrid al divisar a Emma caminando hacia ella —Estábamos hablando de ti, querida. Tu profesora dice que hoy has estado muy bien.
—Oh…Gracias—Emma se puso roja inmediatamente y evitó el contacto visual con las tres mujeres.
—Siempre está bien tener a una alumna más en clase, señorita Swan— dijo seca —Bueno, me tengo que ir. Debo ir a buscar a mi hijo al colegio y ya estoy algo atrasada. Que tengan una buena tarde.
Regina salió desfilando con su abrigo negro y botas de tacón. Tras la puerta de cristal, Emma la vio subiendo al Porsche negro que tanto admiró al llegar.
Mientras conducía hacia la escuela del pequeño Henry, Regina escuchaba a sus grupos preferidos en la radio del coche. El cielo estaba encapotándose y sabía que en cualquier momento comenzaría a llover fuerte. Aceleró para llegar más deprisa—sentía pavor al tener que conducir con lluvia— y pronto llegó a su destino. Encontró a su hijo de siete años sentado solo en uno de los pequeños bancos al lado del edificio. El pequeño tenía una mirada triste y encaraba un papel en sus manos.
—¡Mamá!— una sonrisa enorme brotó en sus labios al divisar a su madre saliendo del coche. Saltó a sus brazos, envolviéndola en un fuerte abrazo, cerrando sus ojillos.
—¿Cómo estás, cariño? ¿Qué tienes en la mano?— Regina se agachó, quedando a la altura del hijo y preguntó
—Hoy la profesora nos pidió que dibujáramos a nuestra familia. Este soy yo— Henry le dio la hoja de papel a la mujer. En el dibujo, Henry y su perra Lola, estaban entre Regina y su padre, Robin. Frunció el ceño, confusa, al mirar el dibujo.
—¿Por qué te has dibujado con carita triste?—preguntó al mirar al muñeco del dibujo
—Porque estoy triste, mamá. Triste porque tú y papá se la pasan peleando. Eso me deja muy mal— dijo con los bracitos cruzados y la nariz roja. Regina sabía que aquella era la postura de que iba a echarse a llorar en cualquier momento.
Con una débil sonrisa y los ojos aguados, atrajo a su hijo a otro abrazo y acarició levemente sus cabellos.
—Vamos a casa, ¿ok? Y recuerda, no tienes que estar triste por eso. Son solo fases. Todas las parejas pasan por eso en algún momento…Nosotros, digo, tu padre y yo vamos a encontrar la solución para que esto acabe, ¿ok?
—Ok, mamá— Henry sonrió y depositó un beso en el rostro de la mujer, que enseguida dejó resbalar unas lágrimas por su mejilla.
En casa, Regina fue derecha al baño de su habitación. Estaba disfrutando de un baño caliente, con música de fondo, pero dio un salto asustada cuando su marido, Robin, abrió la puerta y entró en el baño enérgicamente.
—¡Eh!— gritó Regina intentando taparse —Robin, ¿me permites?
—Ah, ¿en serio, Regina? No quieres que te vea desnuda…
—¡Basta, Robin!— Regina se levantó rápidamente, enrollándose en la toalla más cercana —Usa el baño cuanto quieras. Ya he acabado mi baño.
Salió del baño y se encerró en el vestidor. No era algo que la gente hiciera, pero al contrario que otras personas a las que les gustaban los sitios claros y calmados, a Regina le gustaba encerrarse en su vestidor a pensar. También era calmado y claro. Aún en toalla, se sentó en una pequeña silla y observó toda la ropa que tenía alrededor. ¡Cuántas cosas que no usaba desde hacía años no deberían estar ahí!
—¿Mamá?— Henry entró en el vestidor dando pequeños pasos con una libro de cuentos en las manos. —¡Oh, no! ¡Mamá, estás sin ropa!— el pequeño soltó el libro en el suelo y se llevó sus manos a sus ojos, tapándolos.
Regina soltó una carcajada ante la inocencia del niño. Se puso una bata negra que estaba colgada en una percha a su lado y vio el libro en el suelo.
—Listo, mi amor. Ya estoy vestida. Dime, ¿qué quieres? ¿Qué libro es ese?
—La señorita Mary, mi profesora, me lo dio hoy. Dice que yo mismo, o tú o papá podéis leérmelo antes de dormir. Son cuentos de hadas— dijo acercándose a la madre y abriendo el libro.
—Es muy bonito. Quién sabe si algún día pueda usarlo como inspiración para alguno de mis espectáculos, ¿hum?— apretó la naricita del pequeño, que sonrió de oreja a oreja.
—¡Sí, sí! ¡Yo puedo ayudar con las ropas!— había entusiasmo en su voz —¿Puedes leerme hoy, mamá?
—Claro que sí. Ahora…¡Ve a hacer los deberes, jovencito! No quiero verte con tus juegos ni juguetes antes de que hayas terminado todo.
—Está bien— dijo entre resoplidos y golpes en el suelo con el pie, cosa que hizo a Regina reír.
Emma contaba detalladamente a sus padres su primer día de clase mientras ayudaba a su hermana a hacer los deberes. Su madre escuchaba con atención cada palabra, al contrario que su padre, que tenía toda su atención puesta en el telediario que estaban echando en la tele.
—¿Y tu profesora, hum? Tengo que confesar que no me cayó muy bien. Es medio…
—¿Intimidadora? Oh, sí, demasiado— Emma reviró los ojos —Ni siquiera conseguí mirarla a los ojos. Tuve bastante miedo.
—Yo iba a decir seca, pero creo que intimidadora también le vale— dijo Ingrid.
—Bueno, voy a intentar no focalizarme en ella, sobre todo porque estoy allí para…— iba diciendo, pero perdió su atención al mirar el cuaderno de su hermana —¡Oh, Mia! ¡No! ¡Diez entre dos no da seis! ¡Rehazlo!
—¡Qué rollo! ¡Odio las matemáticas! ¡Odio tener que hacer la tarea contigo!—Mia tiró el lápiz al suelo y golpeó el suelo de madera con los pies.
—Amelia Swan…— George se manifestó con un tono amenazador —¿Qué comportamiento es ese? ¡Coge ese lápiz ahora, termina tu tarea y te vas al cuarto inmediatamente! ¡Sin tele y sin juguetes! Estás castigada hasta mañana.
—Pero…¡Eso no es justo!— lloriqueó
—La próxima vez te lo piensas dos veces antes de hacer un berrinche y faltarle el respeto a tu hermana— dijo —Emma, deja, que ahora lo haga sola. Solo saldrá de aquí hasta que todo esté hecho y correctamente.
Ante el tenso clima que se instaló, Emma subió a su habitación y se tiró en la cama. Aún llevaba la ropa de ballet, e incluso, ya comenzaba a sentir en sus piernas el efecto de la actividad de ese día. Tomó una aspirina para aliviar el dolor muscular y se dio un baño caliente y rápido.
