I love you, Henry
Regina despertó ya mal humorada aquella mañana. Apenas había conciliado el sueño a causa de los fuertes ronquidos del hombre que tenía a su lado. El cielo estaba oscuro y una fina lluvia caía fuera de la mansión. Tras levantarse, la mujer fue a paso lento hasta la habitación de su hijo, que aún dormía como un pequeño ángel. Despertó al pequeño como siempre hacía: dándole besos por todo el rostro y haciéndole cosquillas en su cuello. Todos los días que se despertaba enfadada con la vida sabía que solo una cosa podría hacerla mejorar. Henry. Bastaba mirar sus pequeños ojos castaños que brillaban cada vez que la miraba y tenía la certeza de que su hijo era el mejor y mayor tesoro de su vida. Al menos una cosa Robin había hecho bien durante todos esos años de matrimonio.
Tras un baño caliente y no tan pausado, se puso la ropa de ballet, un abrigo negro y guantes. Encontró a Henry, que ya estaba listo, y a Robin sentados en la barra de la cocina ambos desayunando.
—¿Le has dejado beber refresco por la mañana?— preguntó Regina a Robin con voz alterada al mirar el vaso que tenía el pequeño.
—¿Cuál es el problema?— totalmente despreocupado, Robin ni se molestó en mirar a la mujer
—El problema es que tiene el estómago vacío y no debe beber esto— dijo cogiendo el vaso y echando el líquido por el fregadero —Tú puedes arruinarte cuanto quieras, no me importa, pero no harás que mi hijo se ponga enfermo.
—También es mi hijo— alzó una mirada desdeñosa hacia la mujer que lo miraba con asco en los ojos
Regina solo respondió cogiendo su bolso y la mochila del hijo y dejando la casa sin una palabra más.
—Ten…Toma este dinero. Cuando llegues a la escuela, te compras algo para comer, ¿todo bien? Nada de fritos o refresco—frente al coche se agachó y le dio un billete de diez dólares al pequeño.
—¿Tú y papá nunca van a dejar de pelear?— preguntó con mirada triste que rompió en mil pedazos el corazón de Regina.
—Querido…La vida de los adultos es muy complicada. Más complicada de lo que debes pensar— sonrió débilmente con los ojos aguados —Sobre todo la de las parejas. Llega un momento en que sencillamente te das cuenta y percibes que aquella persona que tanto idealizaste y con la que soñaste, ya no es para ti. Y entonces solo deseas librarte de todo eso, pero tienes miedo.
—¿Miedo de qué , mamá? ¿De qué hablas?—preguntó con los ojillos brillando de curiosidad.
—Miedo de perder el tesoro más precioso del mundo entero. Pero…Olvídate de eso, ¿todo bien? Vamos a resolverlo, no te preocupes— algunas lágrimas resbalaban por sus mejillas, pero Henry las limpió y depositó besos por todo el rostro de la madre.
Mientras caminaba distraída por los pasillos de la compañía de danza, Regina estaba atenta a su móvil. Con la cabeza gacha, seguía en dirección al aula. Se paró inmediatamente y llevó las manos hacia lo alto al sentir que alguien chocaba con ella y que un líquido helado se extendía por su piel y ropa.
—¡Qué mierda…!— Regina refunfuñó sin mirar hacia delante.
—Se…Señora Mills…Discúlpeme, yo…yo…— Emma estaba delante de ella con los ojos desorbitados agarrando aún un vaso con restos de agua —Oh, Dios mío. Soy un desastre. Deje que resuelva esto— en un acto de desespero, Emma comenzó a pasar el filo de la manga de su chaqueta por toda la barriga y el regazo mojados de Regina, con intención de secarla.
—¿Podría dejar de restregarme, Swan?— preguntó irritada golpeando el suelo con los pies —Es solo agua
—Disculpe— dijo tímidamente al apartarse de la mujer
—¿Por qué no está ya en el aula? No soporto los atrasos. Nadie puede entrar después de mí.
—Solo vine a beber agua, señora Mills. Perdóneme.
Regina reviró los ojos ante la formalidad de la alumna.
—Vamos, entre— señaló la puerta del aula a su lado.
Emma y la profesora entraron juntas en el aula, atrayendo algunas miradas confusas y guasonas de otras alumnas. Tras ponerse sus zapatillas, Regina comenzó una más de sus largas clases.
"¿Te echó un rapapolvo?", susurró Chelsea, la muchacha que Swan había conocido el día anterior, provocando que la joven soltara una risa alta y nerviosa. Regina levantó la mirada hacia las dos muchachas y contrajo los labios, y aquello había sido suficiente para que las dos retomaran sus posturas y temblaran de miedo.
Mientras una música suave sonaba, Regina bailaba y mostraba a sus alumnas cada paso. Con pasos delicados y expresiones faciales que acompañaban la melodía, Emma llegó a la conclusión de que quizás aquel fuera el único momento en que la mujer se volvía una persona dócil e indefensa.
—Chicas…— Regina dijo al final de la música. Sus ojos estaban ligeramente aguados y su voz temblaba. Se había acordado de su hijo y de la difícil situación que estaba pasando —Bailen otra vez, ahora sin mí. Voy un momento al baño.
Antes de incluso salir del aula, las lágrimas ya resbalaban por sus mejillas y sus manos temblaban. Todas las chicas parecían tranquilas, a excepción de Emma, que estaba visiblemente preocupada.
—¿Nadie va a ver si está bien?— preguntó lo suficientemente alto para que todas escuchasen.
—Escenas como esas son comunes. Nadie se preocupa ya—dijo una chica cualquiera. Todas las bailarinas comenzaron a hacer los pasos, pero Emma estaba parada en medio de todas aún incrédula ante la actitud de las compañeras de clase.
—Yo voy a ver cómo está— le susurró a Chelsea antes de salir del aula, sin dar oportunidad a que su compañera la detuviera.
Emma caminó por el largo pasillo blanco y rojo a paso apurado, y rápidamente llegó a la puerta del baño. Abrió la puerta y se encontró con su profesora llorando, recostaba sobre el lavabo y echándose a la boca un frasco de perfume con bebida.
—¡Emma!— dijo intentando esconder el frasco en el bolso y limpiarse las lágrimas.
—Us…Usted…— Swan desorbitó los ojos y dio dos pasos hacia atrás —¿Está bien?— preguntó analizando el rostro de la mujer.
—Sí, señorita Swan. Estoy bien. ¿Puedo saber por qué no está en el aula con las demás?— preguntó de manera seca y seria.
—Vine a ver cómo se encontraba. Sé reconocer de lejos cuando algo no va bien.
—No, no lo sabe. Estoy perfectamente bien. Por favor, vuelva a la clase. Ahora.
—¿Bebiendo y llorando en el baño? ¿De verdad? No me parece nada saludable— dijo irónica
—Es usted muy entrometida— con fuego en los ojos, Regina se acercó y encaró los océanos que tenía delante —No me gustaría tener que retirarle la beca.
—No soy una entrometida, señora Mills. Solo me preocupo por el bienestar de las personas— dijo con sinceridad esbozando una sonrisa —Discúlpeme por intentar ayudarla. No será necesario quitarme la beca, me portaré para merecerla.
Algo decepcionada ante la reacción de la profesora, Emma se giró hacia la puerta y la abrió, sin embargo, antes de salir, escuchó que Regina la llamaba.
—Emma…— pronunció, haciendo que la joven apenas girara la cabeza en su dirección —So…Solo no cuente lo que ha visto aquí. Y también quiero que usted olvide lo que ha visto.
La joven apenas asintió y finalmente dejó el baño, volviendo al aula rápidamente.
Al término de las clases, Emma caminó hasta su pequeño y sencillo escarabajo amarillo, que una vez más estaba al lado del lujoso y negro Porsche. Abrió la puerta y tiró su bolsa y su chaqueta en el asiento del copiloto.
—Señorita Swan— escuchó la voz de Regina llamándola por detrás
—Se…Señora Mills…Hum…¿Pu…Puedo ayudarla en algo?— preguntó nerviosa al girarse hacia la mujer. Su apariencia estaba mejor y no parecía que horas antes se hubiera entregado a la bebida y al llanto.
—En verdad, sí. Puede ayudarme permitiéndome el paso, pues me está bloqueando la entrada en mi coche— dijo seriamente
—¡Oh, vaya! Lo siento…— concedió el paso para que la mujer pasara —¿Plazas apretadas, eh?— ¡"Oh, Emma! ¿Plazas apretadas, en serio? Ya lo has hecho mejor", pensó
Regina frunció el ceño y le dio una sonrisa forzada a la joven antes de entrar en el coche.
—Tenga una buena tarde, señorita Swan— dijo antes de arrancar.
Aún algo temblorosa—de frío o de nervios— la joven arrancó su coche, dirección a su casa. Vio la moto de su hermano estacionada al lado del pequeño parterre de flores, y su corazón estalló de felicidad y sus ojos brillaron más de lo normal. Salió del vehículo y corrió a la casa buscando al hombre, ignorando completamente a sus padres y a su hermana en la sala, que obviamente ni se inmutaron, pues sabían cómo Emma echaba de menos al hermano.
—¿Acaso alguien me está buscando?— August apareció tras Emma mientras ella lo buscaba en su antiguo cuarto.
—¡August!— sonriendo, la rubia saltó a los brazos del hermano que la apretó y le dio un beso en lo alto de su cabeza —Te he echado tanto de menos. ¿Qué haces aquí?
—Bueno…Esta semana solo se ha dedicado a los preparativos de la fiesta de la facultad, así que, no tengo clases, por eso decidí pasar unos días por aquí.
—Es genial— sonrió —Hablando de esa fiesta…Me encantaría ir, pero…¿ya sabes, no? Nuestro padre nunca me dejaría
—¿Quieres que hable con él?— Emma asintió —Está bien. Déjalo de mi cuenta. Bueno, creo que ahora debemos sentarnos frente a aquella chimenea y contarnos las novedades recientes de nuestras vidas, ¿hum?
—¡Oh, claro! ¡Tengo mucho que contarte! ¡Ven, vamos!
Regina estacionó frente a la escuela de Henry, y para su sorpresa, no encontró al pequeño sentado en el banco de siempre esperándola. El patio estaba vacío y silencioso, entonces recordó que los martes el pequeño salía más temprano, así que ella estaba atrasada.
"Mierda", se dijo a sí misma irritada.
Se dirigió deprisa hasta la secretaría de la escuela, donde encontró a Mary Margaret, la profesora de su hijo.
—Mary…— dijo Regina —¿Dónde está Henry?— preguntó preocupada
—Oh, hola, señora Mills. Henry no hacía más que llorar y decir que usted se había olvidado de él…Intentamos llamarla, pero salía el buzón de voz— en ese momento, Regina comprobó su móvil y vio las cinco llamadas perdidas de la mujer.
—¿Y dónde está?— preguntó preocupada y decepcionada consigo misma.
—Llamamos a su marido, Robin. Consoló al pequeño y se lo llevó a casa.
Un enorme nudo se formó en la garganta de Regina y sintió deseos de romper todo a su alrededor.
—Gracias, señorita Blanchard— Regina forzó una sonrisa y regresó rápidamente a su coche.
En casa, subió corriendo las escaleras, y se dirigió al cuarto de su hijo. Encontró al pequeño acostado en el regazo de su padre, que estaba viendo una peli con él en su cama. El pequeño tenía expresión triste, al contrario que Robin, que sonrió desdeñoso al encontrarse a la esposa.
—¿Eh, Henry?— lo llamó —¿No vas a venir a hablar conmigo?
—No. Ya no quieres estar conmigo, por eso me dejaste en la escuela— dijo haciendo berrinche y escondiendo el rostro en la camisa del padre.
La mujer alzó la mirada hacia Robin, que aún sonreía burlonamente.
—Robin, ¿podemos hablar en el pasillo?— dijo de manera fría saliendo del cuarto.
—¿Qué quieres?— preguntó cerrando la puerta
—Quiero saber qué estupideces le has contado esta vez. ¿De qué manera le has llenado la cabeza?
—Solo le he dicho la verdad, Regina. No tengo la menor culpa si tu trabajo siempre es más importante que nuestro hijo.
—¿Cómo puedes decir algo así?— gritó dando dos pasos hacia atrás —Cuido de cada fiebre, superviso cada tos, le ayudo a hacer los deberes…Tú solo sirves para ponerlo en mi contra. Es un niño sensible y aún tienes el coraje de aprovecharte de eso. Me das pena, Robin.
Sin darle oportunidad de responder, Regina volvió a entrar en el cuarto del hijo, cerrándole en las narices la puerta a Robin. Se sentó al lado del pequeño, que evitaba mirarla a los ojos.
—Henry…No sé lo que tu padre te ha dicho, pero por favor, que sepas que todo es mentira— apartó unas mechas del cabello del pequeño, colocándolas detrás de la oreja —Eres lo que más amo en todo el mundo. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí, mamá— dijo apoyando la cabeza en el hombro de Regina, que suspiró aliviada acariciando el cabello de su hijo.
—Perdóname por lo de hoy. Mamá trabaja mucho y acaba despistándose con los horarios. No volverá a suceder, ¿hum? Lo prometo.
—¿De dedito?— preguntó encarando a la madre y levantando el dedo meñique.
—¡De dedito!— con los ojos aguados, cruzó su dedo con el de Henry y los besó enseguida, sellando una poderosa promesa.
—¡Ni hablar! ¿Qué haría ella en una fiesta de esas?— George, August y Emma conversaban sobre la fiesta de la facultad en la cocina de la casa.
—Se divertiría, papá, al igual que yo. Emma tiene veinte años, ya es grande para mandar en sí misma.
—Pero es una mujer. Y mientras una mujer viva bajo mi techo, tendrá que obedecer mis reglas. No irá a esa fiesta— dijo con toda la arrogancia del mundo.
—¡Papá, muchas otras mujeres también van! ¡No hay nada malo en ello!— Emma intentó argumentar.
—No eres igual a otras mujeres, Emma. Ellas están perdidas, tú no. No vengas con más argumentos, no vas, ya está decidido.
Con los ojos llenos de lágrimas, Emma volvió a su cuarto completamente decepcionada, pero no sorprendida. Poco tiempo después, August apareció en su puerta con semblante también triste.
—Gracias por intentarlo. Disfruta la fiesta por mí— dijo
—No voy a ir a esa fiesta. Me quedo en casa contigo
—No, August…No es necesario. Es la fiesta de tu facultad. Tienes que ir
—Habrá otras muchas como esta, no te preocupes. Podemos trasnochar, ¿hum? Ver películas, series, comer palomitas…
—Como hacíamos cuando éramos más pequeños…— comentó Emma con una débil sonrisa en el rostro.
—Exactamente— se sentó al lado de la hermana y pasó la mano por sus mejillas —¿De acuerdo?
—De acuerdo— abrió una sonrisa y abrazó al hermano muy fuertemente.
Por la noche, Emma tomó un baño caliente y relajado, que limpió y absorbió todas las energías negativas que había en su cuerpo. Mientras se cepillaba los dientes, vio un frasco de perfume exactamente igual al que Regina bebía por la mañana. Reviró los ojos e intentó apartar aquellas imágenes de su cabeza, pues ya se había envuelto suficiente en aquella situación. Swan era considerablemente curiosa, y siempre intentaba usar eso como excusa para ayudar a las personas. Regina era de lejos una persona que derramaba misterio, lo que consecuentemente despertaba la curiosidad de Emma a niveles elevados.
—¿Emma?— August llamó a la hermana en cuanto la vio pasar por la puerta de su cuarto —¿Quieres que mañana te lleve al ballet?
—Bueno, creo que no voy a rechazar un paseo en moto.
August rió y movió de un lado a otro la cabeza.
—A las ocho, ¿ok?
—Ok. Buenas noches, August.
Aquella noche, Regina cogió una gran maleta que guardaba en el fondo del vestidor, y juntó todo las pertenencias de Robin. Sus ropas, documentos, zapatos…Absolutamente todo. Ya eran las diez pasadas cuando Robin, que estaba en la sala, escuchó el estruendo que venía de las escaleras, cosa que hizo que se levantara y fuera a ver qué sucedía.
—¿Qué mierda es esta?— preguntó incrédulo al detenerse en la parte baja de las escaleras. Regina, que estaba sonriendo desde el primer escalón, había tirado su maleta desde la segunda planta.
—Esa mierda es tu maleta. Puedes cogerla y marcharte— dijo suavemente bajando los escalones.
—No puedes echarme. Esta casa también es mía— argumentó
—Nos casamos con separación de bienes, Robin. Esta casa está a mi nombre. Es mía y solo mía— sonrió burlonamente.
—Gina, no hagas esto— imploró
—No me llames así. Robin, por favor, coge tu maldita maleta y márchate— por más que dentro de ella el odio gritase, Regina mantenía la calma y la suavidad en su voz.
Aún sin poder creerse lo que estaba viendo, Robin recogió su maleta y caminó hacia la puerta, acompañado por Regina.
—¿Vamos a poder vernos algún que otro día?—preguntó
—Claro…—sonrió —En el tribunal— Regina cerró la puerta inmediatamente, sintiéndose completamente aliviada por haber hecho lo que debía haber hecho hacía tiempo.
Aquella misma noche, sola en su gran cama de matrimonio, deseó a alguien a su lado. Alguien que obviamente no fuera Robin. Alguien que la amase, la respetase y la apoyase. Decidió, entonces, ir al cuarto de Henry, que ya dormía profundamente encogido en su pequeña cama. Regina se echó al lado del pequeño, encogiéndose junto a él y depositó un beso en su cabeza.
—Te quiero, Henry.
