A pleasant coincidence

El día tan poco esperado finalmente había llegado: la fiesta de la facultad. Emma se sentía culpable por ver al hermano algo cabizbajo por querer asistir. Intentó varias veces convencerlo de que no había problema alguno si iba, pero August se negó todas las veces.

Ya pasaban de las seis cuando toda la familia estaba sentada a la mesa cenando. Ingrid había cocinado un plato sencillo, puré de patatas y carne asada, la comida favorita de Emma y Mia, la hija pequeña. Todos estaban tan callados y actuando de manera tan extraña que el hijo mayor decidió quebrar tan intenso silencio.

—Eché de menos cenar con vosotros. Es reconfortante— dijo August tras dar un gran sorbo a su zumo.

—Sí, lo es— concordó Ingrid —¿Vas a hacer algo especial esta noche?

—Bueno, como papá no me dejó llevar a Emma a la fiesta de la facultad…Estaba pensando en llevarla a ella y a Mia al centro comercial. Podemos ir al cine y después picar algo.

—¿Cómo estaré seguro de que vas al cine y no a la fiesta?— preguntó George, provocando que Emma revirara los ojos.

—Mia va a estar con nosotros, papá. ¿De verdad crees que sería tan irresponsable hasta el punto de llevar a una niña de su edad para una de esas fiestas?

Tras respirar hondo y dar un trago a su bebida, direccionó la fría mirada hacia los dos hijos mayores, que ansiaban una respuesta del padre.

—Espero, al menos, que escojáis una película adecuada a la edad de Amelia.

—Gracias, papá— dijo August esbozando una sonrisa.

POV Emma on

Durante todo el trayecto hacia el centro comercial, observé las gotas de lluvia desde la ventana del coche. A mí me parece increíble cómo se asemejan a las lágrimas, resbalando por el cristal. Sí, es extraño, pero tiene sentido para mí. Era una de las cosas que más me distraía en los viajes largos en el coche. August conducía mejor que cualquier otro, cosa que me dejaba tranquila. Ir en el coche con mi madre siempre significaba golpearse la cabeza contra el techo o gritar para que tuviera cuidado con los perritos por la calle. En el asiento de atrás, Amelia canturreaba canciones infantiles que sonaban por la radio, pues August había metido en un pen drive sus favoritas.

Cuando llegamos al centro comercial, August fue derecho a la taquilla a comprar las entradas, y regresó rápidamente con tres entradas para una pelí de dibujos animados. Mia sonreía de entusiasmo. Raros eran los momentos en que nuestros padres nos daban un poco de libertad, que todo niño necesita. Me agaché y le hice cosquillas a la pequeña, que se echó a reír escandalosamente, atrayendo algunas miradas. Miré alrededor y sentí que mis mejillas se sonrojaban al ver a algunas personas mirándome a mí y cómo jugaba con Mia, pero una de aquellas miradas me atrajo especialmente. Apreté los ojos para comprobar si era realidad lo que estaba viendo, pero solo pude tener la certeza cuando la persona se acercó un poco más. Y sí, era ella. Regina Mills. Mi profesora.

—Señorita Swan— dijo a modo de saludo. Me levanté y encaré los profundos ojos castaños que tenía delante. Al lado de Regina había un pequeño que aparentaba la edad de Mia. Se escondía tras sus piernas y lanzaba sonrisas tímidas a mi hermana, que se estaba sonrojando.

—¡Señora Mills! Wow…Qué sorpresa verla por aquí. ¿Qué está haciendo aquí?— pregunté algo sorprendida.

—¿Cree que los profesores no tienen vida fuera de sus trabajos?— preguntó con la voz cargada de sarcasmo.

—Oh, claro…Discúlpeme— sonreí débilmente —Estos son mis hermanos. Amelia y August. Y esta es mi profesora de ballet— dije presentándolos.

—Es un placer conocerlos. Este es mi hijo Henry. Es un poco tímido. Bueno…Voy a dar una vuelta con él y después vamos a ver una película, que por lo visto es la misma que vais a ver vosotros— dijo mientras intentaba leer los datos escritos en las entradas que August agarraba.

—S..Sí. Está bien. Hasta luego— dije antes de agarrar la mano de mi hermana y encaminarme hacia el bar del cine, ya que íbamos a comprar palomitas.

Desde la fila conseguía ver a Regina en el restaurante fast food al otro lado del local. Y por un minuto, me perdí en la enorme belleza que poseía. Tal vez sea porque durante las clases era fría, grosera y callada, en cambio al lado de su hijo sonreía sin parar y sus ojos brillaban más que las estrellas del cielo. Estaba vestida totalmente de negro, confundiéndose con el color de sus cabellos, sin embargo, el lápiz de labios era rojo y destacaba en su piel olivácea. ¡Oh Dios! Es muy hermosa.

POV Emma off

En la sala de cine, los tres hermanos escogieron los últimos asientos, pues según August, eran los que proporcionaban mejor visión. Mientras pasaban los trailers por la pantalla, divisaron a Regina y Henry subiendo cautelosamente las escaleras y buscando unos asientos, pero fallando miserablemente. No había dos asientos libres pegados donde estaban buscando, sin embargo, al lado de Emma, sí. August estalló los dedos con la intención de llamar la atención de la mujer, que miró rápidamente hacia donde estaban sentados y caminó hacia allí.

—Puede sentarse ahí. La película ya va a comenzar— dijo refiriéndose a los dos asientos vacios al lado de Emma. La mujer dejó que su hijo se sentara entre las dos, algo intimidado por estar al lado de una mujer que nunca había visto antes.

El corazón de la rubia estaba fuera de lo normal. Extrañamente acelerado y no sabía por qué. En seguida pensó que era su ansiedad atacando una vez más, y felizmente consiguió controlarlo cuando la película comenzó. A su lado, Amelia sonreía y apenas parpadeaba mientras su mirada estaba fija en la pantalla, cosa que hizo que Emma y August se miraran y sonrieran. Henry, por su parte, miraba la bolsa de caramelos que la joven mantenía en sus manos. Al darse cuenta de eso, alzó la mirada hacia Regina, que prestaba atención a la película y le dio un golpe con el codo.

—Hum…No deja de mirar mis caramelos. ¿Puedo ofrecerle?— preguntó con timidez al encarar los ojos castaños que tenía enfrente.

—Oh, no…No es necesario. Le compré palomitas— dijo avergonzada levantando el recipiente rojo lleno de palomitas.

—Yo quiero caramelos, mamá— se enfurruñó y cruzó los brazos

Regina respiró hondo y cerró con fuerza los ojos. No quería ser una incomodidad para Emma.

—Está bien, Henry. Pero sé educado, ¿hum? Un caramelo cada vez—intentaba hablar lo más bajo posible para no molestar a nadie —Coge uno solo, a ser posible— Emma reviró los ojos y rió junto con Henry.

—Es algo pesada, pero te acostumbras— le susurró a Emma, refiriéndose a la madre. La rubia se llevó la mano a la boca y se controló para no reírse ante la expresión de Regina.

—También puedes tú acostumbrarte a quedarte sin tus videojuegos, ¿está bien?— susurró en tono amenazador, cosa que hizo que el pequeño desorbitara los ojos y rápidamente volviera a prestar atención a la película.

Regina admiró durante toda la sesión la forma en que Emma se divertía y reía con la película, más que los propios niños. Las veces que miraba a su hijo, aprovechaba para espiarla. Su piel era como la de un bebé, sus ojos increíblemente lindos, pero no más que su sonrisa, y sus cabellos formaban una hermosa cascada a su espalda. Para Regina, parecía una princesa de los cuentos de hadas.


—¿Te gustó la película?— Emma preguntó a Mia en cuanto salieron de la sala del cine. Regina y Henry caminaban unos pasos atrás.

—Eso mismo te pregunto yo, Emma. Te reíste más alto que cualquier otra persona en la sala— se burló August.

—No es mi culpa si los dibujos me entusiasman— dijo entre carcajadas.

—Bueno…Aún tenemos una hora para volver a casa— dijo August mirando el reloj —¿Queréis ir al salón de juegos?

—¡Sí, sí, sí!— Amelia saltó entusiasmada.

—¿Quiere juntarse, señora Mills?— preguntó Emma suavemente

—Querido…— con expresión de pena, Regina miró al hijo, que ya la miraba con los ojillos brillando e implorando para que lo dejase.

—¡Por favor, mamá!— pidió encogiendo el corazón de la mujer. Era muy difícil resistirse a Henry.

—Está bien— concordó algo impaciente.

En la gran sala de juegos, todos jugaban y reían uno de los otros en medio de los juguetes, mientras Regina se quedó sentada observando todo de lejos. Emma y Henry esperaban su turno para jugar cuando Regina se acercó diciendo que iba a atender una llamada y que ya volvía. "Pórtate bien", le dijo al hijo antes de salir del sitio.

—¿Será papá quien la llama?—preguntó con una sonrisa esperanzadora en el rostro, que hizo que Emma frunciera el ceño.

—¿Algún motivo para estar tan feliz?— preguntó como no quiere la cosa.

—Ya hace unos días que no veo a mi padre. Mamá dice que está de viaje…Pero, ¿por qué no se despidió de mí?

Confusa, Emma apenas respiro hondo y pasó los dedos por el fino cabello castaño del pequeño.

—Ah, pequeño…No sé lo que decirte. No conozco bien a tu madre, quién diría a tu padre— sonrió débilmente —Pero…Deja de intentar entender, ¿ok? El mundo de los adultos es más complicado de lo que piensas.

Henry apretó los ojitos y sonrió sin enseñar los dientes.

—Eres guay. Amelia tiene suerte de tener a alguien como tú en casa.

—Ah, estoy segura de que tu madre también es guay— dijo

—Sí, lo es. Incluso hoy más, contigo cerca. ¡Me está dejando comer cosas que nunca antes! ¡Eso es…genial!

Emma rió ante el entusiasmo del pequeño y le dio un suave golpe en su hombro.

—Venga, ve a jugar— dijo al ver que la mesa de juegos había sido dejada libre, haciendo que Mia y Henry corrieran hacia ella.

Regina volvió algunos minutos después, se sentó en uno de los bancos al lado de Emma, y junto con ella admiró a los pequeños que jugaban al hockey de mesa con la ayuda de August.

—Creo que ya debo llevarlo a casa. Tenemos que despertarnos temprano para una fiesta de familia— dijo Regina con la voz suave sin siquiera mirar a la joven.

—Parece que él y Mia se han caído muy bien— ignoró por completo el comentario de la mujer y sonrió débilmente hacia los niños —Podría quedar algún día con mi madre para que ellos se vean y jueguen juntos.

—Sí…Puede ser— dijo sin ánimo. August, Amelia y Henry se acercaron a las dos mujeres con las fichas que habían ganado en las manos. Los dos niños sonreían y sus miradas eran ansiosas.

—¡Ganamos este dinero de mentira y podemos usarlo para cambiarlo por premios!— dijo Mia

—¡Qué guay! Le estaba echando el ojo a aquel delfín de peluche de la tienda— dijo Emma señalando la tienda de regalos de la sala de juegos.

—¡Bien, pero yo voy a coger la jirafa! Henry, ¿tú cuál vas a coger?— preguntó al pequeño, que miraba indeciso hacia la tienda. Regina sonreía hermosamente ante la escena.

—Creo que el cisne. Adoro los cisnes— dijo mirando el animal de peluche.

—¿Sabías que mi apellido significa cisne?— preguntó Emma mientras acariciaba el hombro del pequeño.

—¡Wow! ¡Un motivo más para quererlo!— vibró —Mamá, ¿vienes conmigo?

Sonriendo, Regina acompañó al hijo, y Emma y August a Mia. Cuando los dos pequeños cogieron sus premios, todos dejaron la sala de juegos, caminando hacia la salida del centro comercial.

—Bueno, a pesar de haber sido una coincidencia, ha sido un momento agradable. Gracias por todo. Henry necesitaba distraerse y estoy segura de que se ha divertido— dijo Regina a Emma y August.

—No hay de qué. No estoy siempre por aquí, pero siempre que quiera, puede entrar en contacto con Emma o mi madre, y así los niños pueden jugar juntos.

—Sí, claro. Bien, ha sido un placer, August, hasta otro día. Emma…Hasta el lunes— sonrió levemente y esperó a que Henry y Amelia se despidieran para finalmente dejar el centro comercial.


—¡Ella es muy guay, mamá! ¡Y su hermana también! ¡Y el hermano de ellas también! ¡Tenemos que hacer esto de nuevo! ¡Fue genial!— Henry entró en casa dando saltitos con su nuevo peluche en las manos. Regina dejó su bolso y abrigo sobre la mesa.

—Otro día pensamos en eso, ¿ok? Ahora, quiero que tomes un baño y a la cama. Ya es tarde y mañana tenemos que despertarnos temprano para ir a casa de tía Zelena. Habrá una fiesta de familia.

—¿Es su cumpleaños? ¿O el de la abuela?— preguntó con brillo en los ojos. Adoraba los cumpleaños, pues en ellos había pastel.

—No, cariño. Es solo una reunión de familia. Va a haber comida, juegos…Quizás le pida a tu tía que te haga un pastel, ¿está bien? Pero ahora, por favor, ve a dormir.

—Mamá, ¿papá va a ir?— preguntó. El semblante de Regina se volvió triste por primera vez en aquel día. Su corazón se encogió al ver lo poco de esperanza que quedaba en los ojos infantiles.

—Tu padre no ha sido invitado esta vez, hijo. Él…Es complicado, Henry. Cuando todo se resuelva, te prometo que te lo explicaré, ¿ok?—los papeles del divorcio aún no habían sido firmados.

Tras un triste suspiro, Henry asintió y subió las escaleras hacia el baño, donde se dio una ducha rápida y caliente, y después su madre le metió en la cama.

Una noche más que pasaba Regina sola en aquella gran cama. De cierta manera se sentía libre por haber salido finalmente de una relación que le estaba haciendo daño. Se sentía orgullosa por haber tomado una primera buena decisión en aquel matrimonio, porque, de hecho, el "sí" dicho en el altar no fue una de ellas.

Al mirar hacia el sillón que había frente a su cama, vio el cisne de peluche del hijo, que en algún momento se lo había dejado olvidado ahí, y entonces pensó en Emma. En los cabellos rubios con bucles perfectamente definidos, en los ojos verde-mar hipnotizadores y en las mejillas y labios de natural rosados. Por más que intentara apartar a la joven de sus pensamientos, no lo conseguía. Así como Henry, Emma tenía la capacidad de calentar y al mismo tiempo irritar el corazón de Regina. Y ella adoraba eso.


En su habitación, Emma y August comían entremeses salados y veían series en el ordenador. Killian ya les había mandado a ambos innumerables mensajes de audio completamente borracho, y eso claramente era mucho más divertido que cualquier película de risa.

—Tu profesora no me ha parecido tan mala como todos dicen. Incluso es bien simpática— comentó August —Y bonita. Muy bonita

—Sí…Creo que solo es fría dentro del aula. No sé, parece que Henry saca lo mejor de ella. Y sí, es muy bonita.

—Su marido es un hombre con suerte— dijo

—En cuanto a eso, no sé. Por lo que parece, se han divorciado. Bueno…Al menos fue lo que entendí de las cosas que Henry sin querer me dijo.

—Wow. No conozco a ese tipo, pero es un idiota. Muy idiota. ¿Quién deja escapar a una mujer como esa? Idiota. De verdad— la voz ya estaba alterada, lo que hizo reír a Emma.

—Ya he pillado que encuentras a la señora Mills hermosa, no sigas hablando.

Tras intercambiar unas palabras más sobre la profunda belleza de la profesora, volvieron a centrarse en la serie que pasaba por la pantalla, sin embargo, Emma solo conseguía pensar en Regina. Sus suaves maneras, ese dulce y delicado tratamiento hacia el hijo. La manera en que se estiraba la pequeña cicatriz el labio superior cada vez que sonreía. Cómo brillaban sus ojos siempre que Henry decía cualquier cosa. Los trazos de Regina eran extrañamente hermosos, y eso incomodaba a Swan. Incomodaba de una manera buena.

Emma se quedó dormida en la cama en mitad de las bolsas de chucherías. Nunca había llegado a ese punto, pero estaba tan cansada y August también, que acabó durmiéndose así como estaba.

Corazones en paz. Ojos brillando. Labios en sintonía, aunque distantes. Toques que se encajaban. Manos atadas. Sentimientos nuevos que aún no habían descubierto, sin embargo, extremadamente peligrosos.