Afternoon appointements
Regina conducía por las calles desiertas de su barrio en dirección a la casa de su hermana. Aquella mañana hacía frío, y por eso abrigó a Henry de los pies a la cabeza. El pequeño, que había sido sacado de la cama en contra de su voluntad, dormía en el asiento de atrás abrazado al cisne de peluche que había ganado la noche anterior. Una canción lenta comenzó a escucharse en la radio, y eso rápidamente hizo recordar a la morena que tenía que empezar a centrarse en los preparativos del espectáculo que tendría lugar a mitad de año. Aunque todavía fuera febrero, era mucho trabajo para dejarlo para más adelante. Había conseguido más alumnas, más talentos, y como consecuencia, más dudas sobre quién se quedaría con el personaje principal.
Poco tiempo después, estacionó frente a la casa de Zelena, que ya estaba esperándola en la puerta junto con Cora, madre de ambas. Regina sacudió un poco a Henry para que se despertara, pero el pequeño aún estaba en un profundo sueño. Lo cogió en brazos y caminó hasta la habitación más cercana donde lo puso en la cama y después le dejó un beso en su cabeza. Saludó a su madre y hermana y siguieron hacia la cocina, donde Cora ya estaba elaborando uno de los postres para más tarde.
—Ya puedes empezar a contarnos toda esa historia correctamente, Gina. Sé que nos vemos todos los días, pero no puedes hablar abiertamente conmigo en los pasillos de la academia— dijo Zelena —¡Me lo podía imaginar todo, hermana! Absolutamente todo, menos Robin y tú separándoos.
—Creo que he aguantado demasiado tiempo. Cada día se hacía más difícil convivir con alguien que solo me hacía daño a mí y a mi relación con Henry. Yo…No voy a decir que estoy bien, porque no lo estoy, han sido muchos años compartiendo todo con una persona, y que acabe todo así, de la nada, pero…De cierta forma, me siento aliviada. Me he librado de un fardo y ahora todo lo que necesito es olvidarme de él.
—¿Y cuándo se firmarán los papeles del divorcio?— Cora preguntó mientras batía la masa del pastel.
—El martes por la tarde—dijo mientras jugueteaba con sus uñas
—¿Le has comentado a Robin algo de la pensión de Henry?—preguntó Zelena
—No quiero ni necesito su dinero. Puedo criar muy bien a mi hijo sola, sin ayuda de nadie— dijo sonriendo a la madre. Cora siempre había enseñado a sus hijas a nunca depender de un hombre.
—Bueno, espero que encuentres a alguien de tu talla, hija. Te mereces a alguien que te ame y respete de verdad— dijo Cora
—No quiero pensar en eso ahora. Quiero sacar un tiempo para mí, ¿sabes? Estabilizarme emocionalmente, disfrutar más de Henry, dedicarme más al baile…Dedicarme más a mí misma.
—Mientras te sientas mejor, te apoyaré en esto y en cualquier otra decisión. Las dos lo haremos. Y puedes contar con nosotras para cualquier cosa que necesites— Zelena pasó su brazo por el hombro de su hermana y su madre le dedicó una sonrisa acogedora.
Al otro lado de la ciudad, Emma ya estaba en pie y más despierta que nunca. El sábado era el día en que se hacía la limpieza de la casa, sin embargo, ese día Swan se despertó más eléctrica de lo normal. Estaba limpiando incluso aquello que no necesitaba limpieza. Su hermano aún dormía en su cuarto, y eso la incomodaba un poco, pues quería hacer ruido y limpiar todas las migas que habían dejado tiradas la noche anterior. A causa de August, dejó su habitación para el último momento y se dirigió a la cocina, donde encontró a su madre y a su hermana. Ingrid estaba al fuego cocinando algo, mientras Mia hacía un dibujo en un papel. Como no quiere la cosa, mientras limpiaba los cristales de la ventana, Emma intentó espiar lo que la hermana dibujaba, pero no consiguió identificar nada.
—¡Mamá, mira mi dibujo!— dijo sonriente levantando la hoja de papel hacia Ingrid, que frunció el ceño y sonrió de lado.
—¿Quién es ese a tu lado?— preguntó. Era un dibujo de Mia y Henry, lado a lado, cada uno con los peluches que habían cambiado por las fichas ganadas la noche anterior.
—Es Harry. Es el hijo de la profesora de Emma— explicó. Ingrid miró, confusa, a la hija mayor, que sonrió como boba mirando el papel.
—Es Henry, Mia. Su nombre es Henry— dijo mientras rociaba algo más de producto en los cristales.
—¿Cómo es que ella conoce a ese chico?— preguntó acariciando el cabello dorado de su hija pequeña.
—Ah, ayer nos encontramos a la señora Mills por casualidad en el centro comercial y estaba con su hijo. Mia y él hicieron buenas migas, por lo visto.
—Esa mujer no tiene pinta de ir al centro comercial. Parece más una de aquellas mujeres que está todo el día en casa y pide comida para no darse trabajo en hacerla— bromeó
Emma rió algo avergonzada mientras se dirigía a la mesa de cristal para limpiarla.
—Bueno, de cualquier manera, estuvo bien haber salido ayer. Tenías que haber visto a Mia, mamá. Estaba radiante y se divirtió mucho.
Ingrid solo sonrió satisfecha a las dos hijas, sirvió tres platos con huevos revueltos y se sentaron a desayunar en una de las sillas de la mesa recién limpiada. El timbre sonó, resonando estridente por toda la casa. Preguntándose quién podría ser a aquella hora de la mañana, Emma se secó las manos en un paño y caminó hacia la puerta. Al abrir, vio que se trataba de Killian, que aparentemente estaba bien para ser alguien que debería tener una resaca descomunal.
—¡Buenos días!— dijo alegremente —¿Puedo saber por qué no te vi ayer en la fiesta? ¿Y tampoco a tu hermano?
—Mi padre no nos dejó ir. Mejor dicho, no me dejó ir a mí. August quiso ser bueno y prefirió llevarme por ahí como consuelo— explicó y pudo ver cómo Killian ponía morros, lo que la hizo reír —¿Quieres entrar? Desayuna con nosotros.
—Claro— con una sonrisa en el rostro, entró en la residencia de la familia Swan e inmediatamente fue recibido de brazos abiertos por Ingrid. A veces, Emma se cuestionaba la posibilidad de que a su madre le gustara más Killian que ella misma.
Sin la presencia de George-que había salido temprano para ver a unos amigos y hablar de negocios-desayunaron tranquilamente. Todos parecían muy felices y satisfechos con el rumbo que estaba tomando sus vidas.
En la mañana del lunes, Emma condujo algo desanimada hasta la academia de ballet. Tras haber pasado una semana entera al lado de su hermano, era difícil estar sin él, aunque fuera solo una hora. Cuando entró en la clase y se calzó sus zapatillas, se juntó con Chelsea y algunas otras chicas que se estiraban, e hizo lo mismo que ellas. Una suave música se escuchaba de fondo y eso fue serenando cada vez más a Swan. Presentía que una buena semana comenzaba.
Algunos minutos después, la puerta se abrió y apareció Regina, que entró en el aula con expresión seria, de alguien que no estaba de humor. Todas las bailarinas se pusieron en pie en sus sitios y esperaron a que la profesora comenzara la clase. Al igual que sus alumnas, la morena se colocó junto a la barra, quedando entre Emma y Chelsea. Al pasar por el lado de la rubia, le lanzó una sonrisa disfrazada, que fue retribuida por otra nerviosa y exagerada. Aquello hizo que el corazón de la joven se disparara de una forma fuera de lo normal.
—Vamos a comenzar haciendo el Rond de Jambe…— dijo suavemente ejecutando el paso que consistía en dibujar con la punta de los pies un semi círculo en el suelo —Ahora el plié— este consistía en una flexión de rodillas. Como Regina estaba de espaldas a Emma, la rubia aprovechaba cada segundo para admirar los movimientos delicados e incluso su desnudo cuello —Después el Tendu y acabamos con el Grand Battement— ejecutó los últimos pasos y se apartó para ver cómo ellas lo hacían solas —Ahora repetid todo el proceso. ¡Y por favor, más delicadeza y elegancia con las manos! ¡Dejadlas ligeras! Parecen tablas.
Tras horas enseñando nuevos pasos y comenzando a planificar el espectáculo, Regina liberó a todas. Sola en el aula, la profesora apagaba todo y recogía lo que estaba fuera de su sitio. Estaba de espaldas a la puerta, y escuchó que esta era abierta, se giró y se encontró con Emma.
—¿Qué hace aquí aún, señorita Swan? Ya ha sido liberada— preguntó mientras caminaba en su dirección
—Ah…Olvidaba mi chaqueta— señaló hacia el perchero que tenía al lado, cogiéndola enseguida.
—Ah, claro— sonrió débilmente al mirar la prenda de ropa de color rojo —¿Quiere que la acompañe hasta su coche?
—Si no es molestia…— evitó el contacto visual al darse cuenta de que estaba sonrojándose.
—No se preocupe…— dijo con una suave sonrisa en el rostro guiando a la rubia fuera del aula.
Caminaron por los pasillos desiertos y descendieron cada escalón en silencio absoluto y algo incómodo. "Hasta mañana, señora Mills", dijo Belle a Regina cuando pasó por la recepción.
En el aparcamiento, acompañó a Emma hasta el pequeño escarabajo amarillo en el que la rubia se apoyó para mirar a la cara a la de mayor edad.
—Bueno, hasta mañana, señora Mills— dijo y se estaba girando para abrir la puerta cuando Regina la detuvo tocando su hombro.
—Emma…Le quería pedir una cosa— su voz falló. Era pésima en pedir favores.
—¿Sí?
—Mañana, por la tarde, tengo que resolver un asunto. Un asunto muy importante. No tengo con quién dejar a Henry. Zelena, mi hermana, da clases de jazz aquí toda la tarde y mi madre trabaja. No confío en mucha gente para dejar a Henry y…
—¿Quiere que sea la niñera de su hijo? ¿Es eso?— una sonrisita tonta brotó en sus labios
Regina respiró hondo y bajó la cabeza.
—Vi la forma en que lo trató. Sentí que puedo confiárselo.
—Sin problemas, señora Mills. Además, Mia va a adorar tener alguien con quien jugar. Puede dejarlo en mi casa mañana cuando salga del colegio.
—Muchas gracias, señorita Swan. Estoy segura de que se pondrá muy feliz cuando lo sepa— dijo con una sincera sonrisa —Después arreglamos lo del pago, ¿bien? Ahora me tengo que ir.
—Espere, ¿de verdad cree que le voy a cobrar por cuidar de Henry? Por favor, Regi…Señora Mills. Es un favor que le voy a hacer. No quiero nada a cambio.
—Swan…— dijo impaciente y con los ojos cerrados —Bien, resolvemos esto en otro momento. Hasta mañana, Emma
Sin decir nada más, Regina se giró y caminó hacia su coche que estaba al otro lado del aparcamiento, y se dirigió a la escuela de su hijo. Como de costumbre, Henry estaba sentado en el banco al lado del edificio, y estaba abrazado a su fiambrera. Se acercó al pequeño, que sonrió al notar su presencia y rápidamente agarró su mano.
—Hey…¿Qué te parece si pasamos por aquella heladería que te gusta?—sugirió dándole un beso en la cara.
—¡Sí! ¿Podemos ir ahora!— preguntó entusiasmado
—Claro— dijo con el corazón encogido. Ya era hora de que el pequeño supiera la verdad sobre su padre, y ese sería un buen momento para contárselo, pues la buena noticia de que se quedaría con Emma contrarrestaría la mala.
En la heladería, les sirvieron en tarrinas coloridas sus sabores de helado predilectos. Al contrario que Regina, Henry puso todos los dulces posibles en la tarrina. Tras pagar, guió al pequeño a una mesa cerca de la entrada, y se sentaron.
—A ver…— se llevó una cucharada de helado de vainilla a la boca —Tengo una noticia mala y una buena que contarte. ¿Cuál quieres primero?
—Hum…La mala— respondió despreocupado
—¿La mala? ¿En serio?— parecía incrédula
—Podrá ser recompensada con la buena, mamá. De verdad no sabes nada— reviró los ojos y respondió impaciente, lo que hizo que Regina se riera, pero pronto esa sonrisa fue sustituida por unos labios apretados.
—Bien, Henry…Como ya te has dado cuenta, papá y yo estábamos peleando mucho, ¿verdad? Todos los días prácticamente. Y…La mamá ya no estaba sintiendo lo que una vez sintió por tu padre. Las cosas cambiaron demasiado, ¿entiendes?— algo cabizbajo, asintió ligeramente —No hemos sido hechos el uno para el otro, hijo. Aunque pensáramos que sí. ¿Sabes los cuentos de hadas que lees? ¿Aquellos en que la princesa siempre encuentra a su príncipe?— una vez más Henry balanceó la cabeza afirmativamente mientras miraba fijamente a la madre —Tu padre no es mi príncipe, Henry. Ni siquiera sé si tengo uno.
—Entonces…¿No vais a ser…No vais a ser más una pareja?— algunas lágrimas resbalaban por sus mejillas.
—No, mi amor. No lo seremos más— secó el rostro del pequeño —No te pongas triste con esto, ¿ok? Quiero que pienses que me siento mucho mejor así, de esta manera tú puedes estar feliz por mí, ¿todo bien? Seguirás viendo a tu padre cuando quieras. Él te sacará a pasear, vendrá a visitarte…Nada entre vosotros dos cambiará.
—No necesitas a un príncipe, mamá. No necesitas a un príncipe, porque tú eres una reina. Una reina fuerte y bonita que puede arreglárselas sola, si quiere— ahora quien tenía lágrimas en su rostro era Regina.
Sonriendo, atrajo a Henry a un abrazo acariciando su cabello.
—Pensé que no lo ibas a entender.
—Todo bien, mamá. Ahora…¿Puedes decirme la buena noticia?— preguntó con curiosidad y entusiasmo
—Bueno…La buena noticia es que mañana por la tarde tengo un compromiso— hizo una pausa y arqueó una ceja al pequeño —Por eso, voy a llevarte a casa de Emma y ella va a cuidarte. Y Mia también estará.
—¿De verdad?— preguntó con la voz alterada y con una sonrisa en los labios —¡Es genial!
—Ok, chico…— rio —Solo espero que esta noche consigas dormir. Vamos, acábate el helado que nos vamos a casa.
—¿Y desde cuándo cuidas de los hijos de otros?— Emma había acabado de contarle a sus padres el favor que le haría a Regina al día siguiente, y como era de esperar, George no se lo había tomado muy bien.
—Nunca lo he hecho, papá, pero solo es un favor que le haré a ella. Tampoco es para tanto, confía en mí. Henry es un pequeño tranquilo y sabré controlarlo— explicó con voz suave.
—Para empezar, esa mujer tendría que quedarse en casa cuidando de su hijo. Quien tiene que cuidarlo es la madre, no conocidos o parientes— dijo irritado—Pero…Se trata de un niño y solo por eso dejaré que lo cuides. Por mucho que desapruebe la actitud de esa mujer, no voy a ser tan malo hasta el punto de dejar a la criatura sola.
Intentando tragarse los comentarios innecesarios del padre, Emma solo agradeció y siguió hacia el baño, donde tomó una baño relajante, pero rápido. Tras contarle a Mia lo de Henry, tuvo que calmar a la hermana que no conseguía parar de celebrarlo. Ambos pequeños estaban muy solos y el único sitio donde socialibilizaban era el colegio, así que una oportunidad como esa no aparecía siempre.
La clase del martes había sido diferente a las otras. Emma sentía a Regina más distante, más callada de lo normal. Varias veces se preguntó qué compromiso importante tendría esa tarde, pero no logró una respuesta.
Debido al horario de salida más temprano de Henry, las chicas fueron liberadas antes de la hora normal. Emma llegó a casa en pocos minutos y fue a darse un baño para relajarse. Las clases se estaban volviendo cada vez más intensas, y eso significaba llegar a casa todos los días con dolor en las piernas.
Tras almorzar, escuchó el timbre de la puerta. Por más que había intentado agarrar a Mia, esta salió corriendo para abrir ella primero la puerta. Abrazó a Henry sin prestarle atención a Regina. Emma corrió tras su hermana y se congeló frente a su profesora.
—Buenas tardes, Swan— puso una sonrisa sincera acariciando el cabello del pequeño
—Ho…Hola— se restregaba las manos y ni siquiera parpadeaba
—Bueno…En caso de que tenga hambre o se encuentre mal, esta es una pequeña lista de los alimentos y medicamentos a los que es alérgico— dijo entregándole un papel considerablemente grande para una pequeña lista —No puse el chocolate, pero le digo que es alérgico porque no me gusta que lo coma. Tampoco deje que haga pompas de jabón, ¿ok? El líquido le irrita la piel— Emma no pudo evitar revirar los ojos y reírse guasonamente —Y este es el aparato del asma. No tiene una crisis desde hace tres años, pero siempre es bueno estar preparado.
—¿No quiere pasarme la ficha médica? ¿Certificado de nacimiento? ¿Expediente escolar?— se burló, recibiendo a cambio una fría mirada
—Le estoy confiando mi vida, Emma— por primera vez, clavó su mirada profundamente en la de la muchacha —Cuídelo bien y no me decepcione.
—No se preocupe. Regresará entero a usted— le lanzó una sonrisa con la intención de hacer pasar ese clima incómodo.
Regina regresó a su coche y no tardó en arrancar. Emma cerró la puerta y caminó hacia la sala, donde los dos pequeños ya jugaban al dominó en la pequeña mesa de centro.
—¿Quieres jugar con nosotros?— preguntó Amelia
—¡Mia! ¡No! ¡Ella es grande e inteligente! Nos va a ganar— susurró Henry
—Soy pésima en ese juego, pequeño— se sentó al otro extremo de la mesa y comenzó a jugar con los dos. Obviamente, los dejó ganar en todas las partidas.
Pasaron la tarde jugando a juegos de mesa y viendo dibujos en la tele. Cuando el sol se estaba poniendo, Emma decidió apagar las luces de la sala, tirar edredones y almohadas por el suelo y poner una película de cuentos de hadas. Se dirigió a la cocina y recordó comprobar la lista de Henry, asegurándose de que las palomitas no estaba entre los alimentos que le producían alergia. Al regresar a la sala con un bol lleno de palomitas, se dio cuenta de que Mia se había quedado dormida, y Henry casi también iba por el mismo camino.
—He hecho palomitas para tres, pero Mia se ha dormido— dijo sentándose al lado del pequeño
—¡Así da para más!— susurró sonriendo y entusiasmado metiendo la mano en el bol. Tras masticar y tragarse un puñado que se había metido en la boca, miró a Emma y frunció el ceño —Mi padre no estaba de viaje
Algo confusa, Emma solo apretó los ojos e intentó entender el motivo de por qué Henry le contaba aquello.
—¿Qué?
—¿Recuerdas el otro día en el centro comercial? Te dije que no veía a mi padre, y que estaba de viaje
—¡Oh, sí! Sí, recuerdo
—No viajó. Mi madre me dijo aquello para ocultarme que se estaban separando— dijo con naturalidad y despreocupación. Emma desorbitó los ojos.
—Yo…Yo…Lo siento mucho por ti, Henry. No debe ser fácil— acarició levemente el rostro del pequeño
—Todo está bien. Si mi madre dice que está mejor así, yo también lo estoy— admiró algunos segundos la comprensión y la madurez del pequeño.
Inesperadamente, Henry arrancó el bol de palomitas del regazo de Emma y colocó allí su cabeza, recostándose cómodamente. Extrañando un poco el gesto, ella solo llevó sus manos a sus cabellos, y los acarició.
—Tu casa es la primera a la que mamá me deja ir— dijo bostezando —Yo…Creo que le gustas, Emma
—¿De verdad?— preguntó con una sonrisa en el rostro, pero no obtuvo respuesta—¿Henry?— Cuando bajó la mirada, vio que el pequeño se había quedado dormido.
"Su vida está a salvo, Regina", susurró Emma para sí misma al colocar delicadamente a Henry al lado de Amelia.
—¿Emma?— Ingrid entró en la sala y buscó a la hija, que estaba sentada en el sillón, usando una lámpara para leer, pues las luces aún estaban apagadas y los niños durmiendo. —La señora Mills ha llegado para recoger a su hijo. Está en la puerta.
Swan había perdido por completo la noción del tiempo. Su cabello estaba recogido en un alto moño, sus ropas eran largas y estaban arrugadas, y además de todo eso, estaba usando sus gafas de vista que hacían que sus ojos se vieran muy pequeños. "¡Estás hecha un trapo, Emma!", pensó. "¿Por qué me preocupo tanto por estar presentable? Nunca me he preocupado por eso", se preguntó.
En la puerta se encontró a Regina, que diferente a horas antes, parecía más relajada y feliz consigo misma.
—Hola…— analizó cómo estaba vestida Emma, y le gustó lo que vio. Miró alrededor buscando a Henry, pero no lo vio —¿Dónde está?
—Se quedó dormido— sonrió débilmente —Venga conmigo. Entre.
Guió a la profesora hasta la sala de estar, y esta sonrió hermosamente al ver al hijo dormido todo encogido en el suelo.
—No me dijo nada de no dormir en camas hechas con edredón en el suelo, así que…Espero que no haya problema
—No. Quiero decir, no es algo que yo haría— Emma reviró los ojos sin ser vista —Pero no hay problema
Regina cogió a su hijo en brazos sin dificultad, dejando que su cabeza-donde depositó un beso-descansara en su hombro. Caminaron hasta la puerta de nuevo, pero esta vez en silencio.
—Muchas gracias, señorita Swan. Muchas gracias de verdad—dijo mientras sacaba algunos billetes del bolso —Quédese con esto, por favor. Es lo mínimo que puedo hacer
Emma movió la cabeza frenéticamente de un lado a otro.
—No, señora Mills. No quiero su dinero. Soy yo la que debería pagar por haberme quedado con él. Este pequeño es una terapia. Hablo en serio.
—¡Qué testaruda que es!— se quejó —Está bien. Quizás podamos tomar un chocolate caliente después de alguna clase. Esa sería mi forma de pagárselo.
—Chocolate caliente…Eso es tentador— rio como boba —Trato hecho
Regina le sonrió y clavó su mirada en la de ella.
—Una vez más, gracias, Emma
Sin darle oportunidad de responder, caminó hacia su coche, puso a Henry, acostado, en el asiento de atrás, y enseguida arrancó.
El corazón de Swan estaba más henchido de lo normal. Había pasado un buen rato con Henry y Mia, y también podía sentir que realmente se estaba llevando bien con la mujer más temida entre todas las bailarinas de Virginia. Eso sí era una conquista.
Se sentó al lado de Amelia, que aún dormía, y se quedó dormida junto a ella. Corazón henchido y mente relajada. Hacía tiempo que Swan no sabía lo que era sentirse así.
